Capítulo 18. ¿Dónde está el alma? II
En casa de Takeru, la familia permanecía atenta a las noticias, que ya se habían hecho eco de lo que había ocurrido. Era cuestión de tiempo de que la parrilla televisiva comenzara a dedicar minutos al ataque a Miyako, especialmente si trascendía la identidad del agresor.
–Ayer tuvo lugar un ataque en un tranquilo huerto de Chiba. El sospechoso de la agresión continúa huido. –informaba el reportero.
–Todavía no han dicho nada de la identidad de Taichi, pero creo que es cuestión de tiempo que salga a la luz su verdadera identidad. –dijo el señor Hiragi.
–¿Crees que los periodistas también vendrán aquí? –le preguntó Kasumi a Takeru.
–No tienes nada de qué preocuparte. –dijo Takeru.
–¿Actuó el presunto agresor de forma extraña últimamente? –preguntó el reportero a una trabajadora del huerto, aunque ésta salía de espaldas para proteger su identidad.
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–¿No debería tomarse el día libre, señor Inoue? –le preguntó Maki a su jefe mientras cargaban la camioneta con cajas vacías.
–Tengo que seguir trabajando. –dijo Goro. –Las facturas del hospital no serán baratas.
–Pero el médico dijo que no volvería a recobrar la conciencia, ¿no? –preguntó Maki. Goro no contestó. Lo más probable es que así fuera, pero tampoco nadie le aseguró que no fuera a despertar.
Entonces, vieron entrar al señor Takenouchi vestido con traje negro y la que probablemente fuera su esposa. Ambos se inclinaron en un perfecto ángulo recto. Goro apretó los labios y se montó en la camioneta, mostrándose indiferente ante el gesto.
–¡Aparten de ahí, vamos a salir! –avisó Maki. El matrimonio se apartó y volvieron a inclinarse mostrando su respeto cuando la camioneta pasó por su lado.
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Yamato se sorprendió de recibir la visita de Mimi Tachikawa. Llevaba un vestido veraniego oscuro. El fino cinturón blanco, el bolso y los zapatos de tacón bajo a juego le daba un toque de sofisticación. En opinión de Yamato, demasiado elegante para el embarcadero del lago Mifune, pero desde que la conoce, Mimi siempre fue bastante coqueta y para ella era un modelo de lo más sencillo e informal.
–Si sale a la luz que el agresor es el mismo que mató a Aki, su familia se pasará toda la vida huyendo. –dijo Mimi una vez que Yamato la puso al día de las novedades.
–Aunque ellos no hayan provocado la situación. –puntualizó Yamato.
–¿Cómo lo lleva Sora? –preguntó Mimi. –Ella es familiar del asesino y tú de la víctima. Sois extraños. Pero estáis ahí el uno para el otro. Si realmente te importa, creo que deberías eliminar cualquier pensamiento de venganza de tu cabeza o acabarás haciéndole daño.
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–Siento molestarte, hermano. –se disculpó Toshiko ante su hermano y dueño de la casa.
–No te preocupes. –dijo su hermano.
–Lo sentimos mucho. –fue el turno de Haruhiko.
–Muchas gracias. –volvió a decir Toshiko. Al fin y al cabo, le había conseguido un trabajo en una empresa de limpieza. Una vez que el hermano de Toshiko se marchó, bajó Hikari.
–¿Dónde está Sora? –preguntó su padre.
– En la habitación. –respondió Hikari.
–Prepararé sopa de miso en un momento. –dijo Toshiko.
–No es necesario. –dijo Hikari.
–Tu padre y yo hemos estado hablando y hemos tomado una decisión. –dijo Toshiko. Mientras Toshiko la ponía en antecedentes, Haruhiko subió a la habitación de su hija mayor.
–La cena está lista. Será nuestra última cena juntos. –dijo Haruhiko. Sora se había pasado casi todo el día durmiendo y aún tenía la cara un poco somnolienta. Una vez abajo, los cuatro se pusieron a cenar, aunque Hikari todavía no había tocado ni un plato.
–Está delicioso. –dijo Haruhiko.
–No es la gran cosa. –dijo Toshiko.
–Pero está bueno. –dijo Haruhiko que quería saborear bien esa cena para guardarla en su recuerdo.
–¿Qué es "Company Dorm"? –preguntó Hikari, a la que su madre le había dicho que empezaría a trabajar para esa empresa cuando su padre había subido para avisar a Sora.
–Es una empresa de limpieza. Yo cuidaré de nosotras. –dijo Toshiko.
–No me gusta. Vayamos juntos. –dijo Hikari, que no quería ver a su familia separada.
–Yo trabajaré duro para rehacer nuestra vida. No podemos ir juntos. –dijo Haruhiko.
–¡Pero prometimos que estaríamos juntos!¡Dijimos que no importaba lo que pasara, que siempre estaríamos en familia! –dijo Hikari con indignación.
–Lo sé, pero no puedo llevar esta responsabilidad familiar yo solo. Quiero que viváis vuestra vida al máximo. –dijo Haruhiko.
Básicamente, Haruhiko se quedaría a vivir solo para que las más que probables consecuencias de lo que hizo Taichi no volvieran a afectar a su familia. Y de paso, intentaría corregir el error que cometió en el pasado, que fue, de alguna manera, abandonar a su hijo, tal y como le hizo ver Taichi cuando estuvo en aquella casa. Después de cenar la familia bajó su equipaje.
–¿Llevas las llaves de la furgoneta? –preguntó Toshiko.
–Está abierta. –dijo él.
–¿Llevas la vajilla? –preguntó Sora.
–Sí, ya está empaquetada. –dijo Toshiko saliendo junto a su marido.
–A continuación, les contaremos las novedades sobre la agresión en el huerto en la Prefactura de Chiba. El padre de la víctima ha accedido a ser entrevistado. –decía la periodista.
–¡Hikari, toma, tira la basura! –le pidió Sora para que no escuchara detalles escabrosos. Tenían la televisión de fondo, pero no esperaban noticias al respecto. Entonces, la cámara enfocó a Goro y a su nieta de hombros para abajo para preservar su intimidad. Ambos parecían sentados en una sala de espera del hospital. Sora se fijó en que la niña llevaba un conejo de peluche, y que éste estaba rasgado.
–Mi hija descansa ahora mismo en el hospital. Considerando la situación de mi nieta, ni siquiera sé los sentimientos que he estado experimentando. Me los he ido guardando. –dijo el señor Inoue.
–Abuelo, quiero jugar. –dijo la niña, que movía el juguete.
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–Bueno, es hora de irse. –dijo Haruhiko. Hikari se montó en la furgoneta. Su padre las llevaría a su nuevo alojamiento. –¿Vienes, Sora? –preguntó su madre.
–No. Tengo algo que hacer antes. –dijo Sora. –Iré a ver a Yamato.
–Estaremos en contacto. –dijo Haruhiko antes de subirse y marcharse.
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Sora aprovechó la ausencia de su familia para ir a la Prefactura de Chiba. A pesar de que dijo que iría a ver a Yamato, aquello sólo fue una excusa. No podía dejar de pensar en la niña que había visto en la televisión. Era la hija de la nueva víctima de su hermano y necesitaba hacer algo al respecto.
Cuando llegó a Chiba, fue directamente al hospital en el que Miyako Inoue permanecía ingresada.
–Gracias, llamaré más tarde. –dijo Goro, que estaba en la puerta del hospital hablando por teléfono a su finca, para comprobar si estaba todo en orden en su negocio. Entonces, Goro vio a una joven que hizo una inclinación mostrando su respeto. El señor Inoue la reconoció como la hija de Haruhiko. Era la segunda vez que la veía. La primera vez se había presentado en la puerta del hospital antes de que se marchara con la policía a la mañana siguiente de la agresión.
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–¡Rika! –la llamó su abuelo. La niña estaba en los jardines del hospital jugando a las palmitas con una enfermera que estaba en su descanso.
–¡Abuelo! –dijo la niña corriendo hacia su abuelo, que no iba solo.
–¿Me enseñas tu peluche un momento? –le pidió su abuelo.
–¿Tienes las manos limpias? –preguntó la niña.
–Claro. Me las he lavado. –dijo su abuelo. La niña le pasó su conejo. –¿Está rasgado?
–Sí. –dijo la niña con cara triste.
–Siento no haberlo notado antes. Pero mira, esa chica se llama Sora y me ha dicho que te lo va a arreglar. –dijo Goro devolviéndole el conejo.
–¿De verdad? –preguntó la niña acercándose a Sora. Sora miró al señor Inoue para asegurarse de que contaba con su permiso. Éste asintió con la cabeza a la par que le daba las gracias. Cuando la vio presentarse de nuevo allí, no supo cómo reaccionar, pero finalmente accedió cuando le explicó sus intenciones.
Sora y la niña se sentaron en un banco.
–¿Cómo se llama el conejo? –preguntó Sora.
–Terriermon. –respondió la niña pasándole el conejo.
–Bueno Terriermon, te voy a pinchar un poquito. –dijo Sora sacando aguja e hilo y empezando a coser el conejo. –Parece que no se queja mucho.
–Es que es muy valiente. Te pareces a mi mamá. –dijo la niña.
–¿Ah sí?¿Tu mamá también sabe coser? –preguntó Sora.
–Sí, y también sabe cocinar. –dijo la niña.
–¿De verdad?
–Sí, pero no es muy buena limpiando. –dijo la pequeña.
–¿Ah sí? –dijo Sora sonriendo.
–Sí, siempre se queja cuando limpia. Siempre se enfada con la aspiradora. –dijo la niña.
–Sí, es que limpiar es un poco aburrido. –dijo Sora.
–Hay algo que me preocupa. –dijo la niña mientras su abuelo se acercaba por detrás, pero decidió no interrumpir.
–¿Qué te preocupa? –preguntó Sora.
–Que mi mamá no come nada. Hoy es jueves pero no ha comido nada desde el miércoles de la semana pasada. –dijo la niña. A Goro le impresionaba lo bien que se llevaba la niña con esa joven que acababa de conocer. Era la primera vez que la veía abrirse a alguien con respecto a su madre y, aunque le doliera admitirlo, sintió que esa chica era una buena influencia para su nieta.
–Bueno, la alimentan con sueros médicos, así que estará bien. –dijo Sora para tranquilizarla.
–¿Qué sabor tienen los sueros médicos? –preguntó la niña mientras Sora cortaba el hilo sobrante. –Porque a mi mamá le encanta la salsa que se le pone al mitarashi dango. ¿Hay suero con sabor a mitarashi dango?
–Listo. –dijo Sora mostrándole el conejo y evitando la respuesta real a aquella pregunta, porque la respuesta no podría ser más triste, aunque le encantaría decirle que el suero médico tiene sabores deliciosos.
–¡Gracias! –exclamó la niña contenta.
–De nada.
–¡Abuelo, mira!¡Sora ha arreglado a Terriermon! –dijo la niña dirigiéndose a su abuelo.
Después, los acompañó hacia el huerto. Cuando bajaron de la camioneta, la niña fue corriendo contenta para enseñarle el conejo a quien se cruzara por allí.
–Gracias por lo que has hecho. –le agradeció Goro. Sora se inclinó para mostrar su respeto. –No hace falta que bajes la cabeza. Díselo también a tus padres. No quiero sus disculpas. Sinceramente, cuando pienso en mi hija, sólo quiero atrapar a ese bastardo y matarlo con mis propias manos. Pero si me meten en la cárcel, entonces mi nieta…
–¡Sora! –dijo la niña que volvió poniéndose delante de ella. –Esto es para ti.
Sora aceptó el hyuganatsu que le entregaba la niña.
–Muchas gracias. –dijo Sora.
Tras despedirse, a Sora le sonó el teléfono cuando emprendió el camino de vuelta. Era Yamato, pero no lo cogió. Entonces, vio un cartel de madera que había allí. Estaba en la entrada de los terrenos del señor Inoue. Era una foto de Miyako y su hija muy sonrientes. Sora no pudo reprimir las lágrimas. Le parecía muy injusto que su hermano hubiera acabado con la felicidad que desprendían madre e hija en la foto. Sora dejó de luchar y por fin, sus lágrimas pudieron salir.
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Una vez fuera de la finca, Sora fue hasta una empresa de alquiler de coches cuando llegó a la zona urbana.
–¿Tienen servicio de recogida del coche para cuando haya terminado? –preguntó Sora.
–Sí, tenemos ese servicio. Cuando ya no necesite el coche, sólo tiene que avisarnos e iremos a recogerlo. –dijo la empleada.
–Bien, me gustaría que lo recogieran en mi destino. –dijo Sora. Una vez firmado el alquiler del coche, le pasaron las llaves y los papeles y emprendió el camino de vuelta, no sin antes pasar por un hipermercado.
Tras un rato de viaje, llegó al lago Mifune, dejó lo que había comprado en la furgoneta de Yamato y se marchó.
Yamato había escuchado un vehículo. Pensando que era un cliente salió, pero sólo vio un coche que no conocía alejarse. Entonces se percató de que la puerta de su furgoneta estaba abierta. Allí había una caja de poliespan. Extrañado, la abrió, encontrando una mandarina escarchada entre un montón de hielo. Al verla, supo que era de Sora. La cogió, y al apartar el hielo, vio que le había dibujado ojos y boca.
Yamato abrió la puerta corredera de la furgoneta, se sentó y comenzó a saborear la mandarina.
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Una vez que le dejó la mandarina a Yamato, se dirigió al restaurante al que fue con Yamato cuando lo conoció.
–Bienvenida al Sun Lake. Avíseme cuando haya decidido que tomar. –dijo la camarera.
–Pollo tandoori. –pidió Sora sin necesidad de que se fuera. Era lo mismo que pidió cuando estuvo allí con Yamato.
–Lo siento, pero ya no tenemos. Hemos cambiado el menú este mes. –se disculpó la camarera.
–Pues comeré pasta. –dijo Sora.
–Muy bien.
–Por cierto, ¿tiene algo para escribir? –preguntó Sora.
–Puede usar mi lápiz. –dijo la camarera pasándoselo.
–Gracias. –dijo Sora. Después cogió una servilleta, como hiciera él el día que estuvieron allí. Sora escribió:
Lo siento Yamato. Me gustas.
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Yamato volvió a llamar a Sora desde el embarcadero, pero ésta no cogía el teléfono, por lo que decidió dejar un mensaje después de la señal, tal y como le pedía la señorita del buzón de voz.
–Soy Yamato. Llámame, por favor. –dijo Yamato. –Ya sé que te conté lo del muñeco sin alma, pero he estado pensando que, quizás, el alma es algo que consigues de alguien que te importa. Aki me dio un alma; mi padre también; y también mi madre. Si te enamoras de alguien, creo que también te da alma. En realidad, eso es el alma. Tú…, también me has dado alma. La tengo ahora mismo conmigo. No sé cómo decir esto. Estoy pensando si no hay algo más importante que la venganza, y voy para allá ahora mismo.
Yamato colgó y se fue corriendo hacia la furgoneta. Entonces, tuvo un presentimiento y abrió la guantera. El cuchillo no estaba allí. De inmediato supo que Sora había aprovechado para cogerlo cuando le dejó la mandarina escarchada. Entonces, el alma que le dio Sora, se le congeló, igual que la mandarina que le había dejado.
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Cuando Sora terminó de comer el plato de pasta, cogió la servilleta en la que había escrito y se limpió la boca sin recordar que había escrito en ella, hasta que lo recordó. Al mirarla, vio sus sentimientos entre los restos del tomate de la pasta. Tras sonreír, hizo una bola y dejó sus sentimientos en aquel restaurante.
Una vez que salió del restaurante, volvió al coche de alquiler y recordó cuando su hermano le pidió en casa que se fuera con él. En la guantera del coche había un libro con el mapa de carreteras, y comprobó cuál tenía que seguir para poder acercarse lo máximo posible al monte Shirataki, su lugar de origen. Después se puso el cinturón y dio un gran suspiro para ahuyentar sus nervios y auto infundirse ánimo.
–¡Vamos allá!
Continuará…
