Capítulo 19. Confrontación I.
Tras haberse dirigido a la zona costera de la Prefactura de Hiroshima, Sora llegó al puente que conectaba la gran isla de Honshu con la isla de Innoshima. Tras cruzar con el coche, llegó al puerto de Shigei.
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Tres niñas vestidas con yukata iban corriendo por el pueblo, donde casi todo el mundo se conocía. Era un lugar muy rural, especialmente en las afueras, donde era evidente que cada vez había menos gente joven porque se marchaba a la ciudad en busca de más oportunidades de progresar. Pero en verano solía haber siempre más gente por la celebración de los matsuri.
–Hola, Sabu. –saludó una de de las niñas a un perro. –Hola, ¿vas a ir al matsuri?
–Lo intentaré. –dijo una señora ya entrada en años que limpiaba junto a su marido unos bidones con unas mangueras. Las niñas se marcharon corriendo. –Espero que dure el buen tiempo.
–No creo que dure hasta la tarde. –comentó el hombre mirando al cielo. Entonces, la señora percibió una sombra. Cuando alzó la mirada, vio a un chico de pelo castaño algo revuelto.
–¿Sí? –preguntó la señora, no muy acostumbrada a recibir visitantes en esa parte del pueblo.
–Soy Taichi Takenouchi. –dijo Taichi. La mujer pareció reconocer ese nombre porque le cambió el semblante.
–¿Eres el hijo de Yuuko Yagami? –preguntó la mujer. Taichi asintió.
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Cuando Yamato supo que Sora le había robado el cuchillo, fue directamente a su casa, pero no encontró a nadie, por lo que decidió volver a la mañana siguiente, donde encontró a Haruhiko. Sora seguía sin responderle a las llamadas.
–Hemos decidido vivir separados. –dijo Haruhiko sirviéndole un té a Yamato. –Estoy preocupado por Sora. Toshiko dice que no ha ido al nuevo apartamento.
–Parece que Taichi le dijo algo que la perturbó. Por lo visto la culpó por la agresión a Miyako. –dijo Yamato. Haruhiko fue a abrir una ventana para que pasara algo de corriente ante el intenso calor del día.
–Taichi le habló de su madre biológica. Le dijo que no murió por un accidente, sino que se suicidó. –explicó Haruhiko. –Entonces él sólo tenía cinco años y creo que tiene recuerdos difusos.
Entonces, Yamato recordó la conversación que mantuvo con Sora en su furgoneta.
Flashback.
–Cuando estuve con mi hermano me habló del lugar de donde es nuestra verdadera madre. –dijo Sora. –Él me pidió ir con él.
Fin del flashback.
Fue entonces cuando supo a dónde había ido Sora.
–¿De dónde es su madre biológica? –preguntó Yamato.
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–Así que Yamato se ha ido. –dijo Takeru a su madre, que se encontraba junto al altar dedicado a Hiroaki. Takeru le dejó unas revistas que volvían a hablar de la nueva agresión de Taichi. De una de ellas se veía la foto de Toshiko y Hikari entrando a su nuevo apartamento. –Me pregunto si no te he presionado demasiado para que siguieras adelante.
–¿Qué?
–Cuando estaba en el instituto o en la universidad, todo el mundo iba al karaoke y en las letras siempre hablaban de esperanza y sueños. Yo también cantaba, pero mientras lo hacía, me preguntaba qué eran esas cosas. ¿Qué es exactamente la esperanza? ¿Qué son los sueños? Me preguntaba si los demás lo sabían, pero no es que les pudiera preguntar. No quería ser un aguafiestas. Además, como alguien que ha perdido a su hermana, la gente podía pensar que era una persona triste y sombría, por lo que nunca dije nada. Sintiéndome como me sentía y con esos pensamientos en mi cabeza, yo te animaba a seguir. –dijo Takeru.
–Takeru. Tú sólo pretendías animarme, y lo hiciste. –dijo Natsuko. No quería que su hijo se sintiera mal.
–No creo que la gente que canta en el karaoke sepa lo que es la esperanza ni cómo animarte. –dijo Takeru.
–Eso es algo que nadie puede entender. –dijo Natsuko.
–¿Y Yamato?
–Yamato. –dijo Natsuko suspirando. –Me pregunto cómo le irá.
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La lluvia comenzó a caer con relativa fuerza, por lo que Sora se refugió en una cabina de teléfono que había en el mismo puerto. De todas formas no sabía por dónde empezar, por lo que ojeó la guía que había en la cabina para ver si le surgía alguna idea. Después, sacó su móvil, donde vio que tenía un mensaje. Nada más escuchar la voz de Yamato, cortó sin escuchar el mensaje completo. Temía que si escuchaba más comenzara a dudar.
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Haruhiko, de nuevo vestido de negro y asfixiado del intenso calor, se presentó en el huerto de Chiba. Al ver entrar la camioneta del señor Inoue, Haruhiko hizo su reverencia, pero este seguía haciendo caso omiso.
Una vez dentro, Goro le sirvió un poco de té fresquito a su nieta.
–Gracias, abuelo. –dijo la niña cogiendo el vaso y marchándose con su conejito. –¿Tú también quieres, Terriermon?
Una vez que su nieta se marchó a jugar, fue al lugar donde solía llevar las cuentas del negocio. Se sentó y abrió un cajón del que sacó una hoja con el consentimiento para retirar a su hija el soporte vital que la mantenía con vida. Aunque en un principio pulsó el botón del bolígrafo para dar su consentimiento, se levantó con rabia, hizo la solicitud una bola y la tiró a la basura.
Entonces entró Maki.
–Señor Inoue, puedo decirle a uno de mis amigos que le dé una lección a Taichi. –le ofreció Maki.
–No, déjalo. No quiero más problemas. –dijo Goro.
–¿Va a continuar cosechando la próxima temporada? –preguntó Maki. Era evidente para ella que tener a Miyako en el hospital suponía unos gastos. También el tener que pagar a sus trabajadores y cuidar de su nieta. La situación comenzaba a ser insostenible y le preocupaba cuánto tiempo podría el hombre asumir todo aquel peso.
–A este paso, me veré obligado a vender la mitad de la tierra. –dijo Goro.
–Entiendo. –dijo Maki.
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Toshiko y Hikari se habían instalado en su nuevo apartamento. Toshiko se atusaba el pelo preparándose para salir cuando llegó su hija menor.
–Hola, hija.
–Hola, mamá.
–¿Sabes algo de Sora? –preguntó Toshiko.
–No.
–Volveré sobre las siete y mañana veremos los papeles para el traslado del expediente a tu nuevo instituto. –dijo la mayor.
–Vale. –dijo Hikari. Cuando su madre salió, Hikari abrió la revista en la cual salía ella al fondo y su madre intentando parar al fotógrafo. Por las leyes de protección japonesas, los medios se veían obligados a taparles los ojos, lo cual lo consideraba una idiotez, puesto que eran perfectamente reconocibles. No sabía cómo se las arreglaban, pero a pesar de la mudanza, habían dado con ellas igualmente.
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Sora se quedó en aquella cabina sentada a esperar a que la lluvia escampara, pero como se quedó medio dormida, no se dio cuenta de que la lluvia ya había dejado de caer. Entonces, alguien tocó en el cristal. Al alzar la mirada, vio a Yamato. Él intentó abrir la puerta, pero ella opuso resistencia. Entonces, el chico dejó de ejercer fuerza.
–El mar es bonito, ¿verdad? –preguntó Yamato.
–Supongo. –dijo ella.
–¿No tienes calor ahí dentro? –preguntó él.
–Supongo que se está calentita. –dijo ella. Entonces, Yamato vio que el bolso de Sora sobresalía por abajo, por lo que se agachó y empezó a tirar de él, mientras que Sora tiraba en dirección contraria.
–¿Puedes devolverme lo que me has quitado? –preguntó Yamato mientras tiraba y dejando de disimular.
–¿Devolverte? No te preocupes por eso. –dijo Sora.
–Estaba en mi coche. Lo dejé en la guantera y tú te lo llevaste. Apuesto a que lo tienes tú. –dijo Yamato refiriéndose al cuchillo.
–¡No sé de qué me hablas! –dijo ella tirando hacia ella.
–¡Devuélvemelo!
–¡Está bien! Voy a salir. –dijo Sora. Lo cierto es que estaba muy agobiada de estar dentro de la cabina. –¡Qué calor!
Sora salió y comenzó a caminar mientras se apartaba el sudor de su frente y recuperaba un poco de aire puro.
–¿Qué vas a hacer con lo que llevas en el bolso? –preguntó Yamato.
–¿Esto es un interrogatorio? –preguntó Sora. Entonces Yamato la agarró del brazo para detenerla.
–Devuélvemelo. –insistió Yamato.
–¡Vete a casa!¡No te me acerques! –le pidió Sora librándose de su agarre. Entonces Yamato le cogió el bolso. Pero Sora también se enganchó a él.
–¡No es algo que debas de hacer tú! –le dijo él.
–¿Y es algo que tú si debes hacer? –preguntó Sora con ironía. Yamato soltó el bolso. –Matar a alguien no es nada fácil. Es un problema de mi familia y debe ser resuelto dentro de mi familia.
–¿Es que no lo entiendes? Para mí es más difícil ver cómo te conviertes en una asesina que serlo yo mismo. –dijo Yamato. –Me molesta muchísimo. ¡Es desquiciante!¡Has elegido ese camino egoístamente!¿Tan frágil es nuestra amistad? ¡Creía que me tenías más confianza! ¿Es nuestra amistad tan superficial?
–Yo siento lo mismo. No puedo ver cómo te conviertes en un asesino. Es más fácil hacerlo yo misma. –dijo Sora. Sin mediar palabra, Yamato cogió el bolso, pero esta vez, Sora no opuso resistencia alguna. Tras buscar, sacó el cuchillo y se lo metió en el bolsillo interior de su chaleco.
–Toma. –dijo Yamato devolviéndole el bolso. –¿Has encontrado la dirección de Yagami?
–¿De quién?
–¿No sabías su apellido? –preguntó Yamato. –Tu padre me lo contó. Vuestra madre se apellidaba Yagami.
–¿Yagami?
–Sí, Yuuko Yagami. –dijo Yamato. –Por eso el nombre falso que adoptó tu hermano tenía ese apellido.
Tras asumir la información sobre su origen, llegaron a un pequeño pueblo montañoso en el monte Shirataki, de donde según Taichi y Haruhiko, era originaria su verdadera madre. Una vez allí, se sentaron en unos escalones de un techado que llevaban a una plaza. Ante ellos, tenían un mapa de la zona desplegado.
–Apenas tenía un año, así que, a diferencia de mi hermano, no me acuerdo de nada. –dijo Sora. –Para mí, mi madre es Toshiko Takenouchi.
–Aquí es. Es la dirección que me ha dado tu padre. –dijo Yamato señalando en el mapa.
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La mujer de antes guió a Taichi y lo dejó en un trastero, donde el chico comenzó a buscar cosas.
–Creo que Yuuko se lo llevó todo cuando se marchó de aquí. –dijo la mujer. –Creo que no queda nada.
Entonces, el chico encontró una caja de metal que abrió. Allí había un pequeño álbum de fotos.
–¿Y esta? –preguntó Taichi, mostrándole a la señora una foto en blanco y negro.
–Es mi sobrina. ¿Por qué buscas una foto? –preguntó la mujer. Pero Taichi no contestó.
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Yamato y Sora comenzaron a alejarse de la zona urbana del pueblo y, siguiendo el mapa comenzaron a subir hacia la parte alta, donde las viviendas eran más antiguas y se veía menos gente.
–Disculpe, estamos buscando la casa de los Yagami. –preguntó Sora a dos mujeres que cosían en la puerta de sus casas. A pesar de haber preguntado a varias personas y que a Yamato le persiguiera un perro en busca de pesquisas, la búsqueda resultó infructuosa, por lo que decidieron sentarse a descansar un poco.
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–¿Sigue ahí? –preguntó el hombre al sacar unas cajas. Como no sabían si aquel muchacho se había marchado, entraron al trastero. Taichi seguía allí después de un rato. –Hey.
–En mi casa estaba mi madre, yo y un bebé. –comenzó a relatar Taichi. –Cuando el bebé comenzaba a llorar, mi madre se lamentaba y decía que no podía sola. Mi madre dijo que mi padre no volvería nunca a casa. Yo me escondí en el armario. El interior era oscuro como la noche. Mis padres hablaban una y otra vez de cuándo fueron a Hawái. De cómo comían manjares en su lujosa suite y de que si no hubiéramos nacido, podrían volver a ir otra vez. De que podrían ir muchas veces. Mi madre salió al balcón a recoger la ropa que estaba tendida. Yo le pregunté que a dónde iba. Y me respondió que se iba al cielo. Me voy a Hawái en el cielo.
El hombre y la mujer se miraron por lo que estaban escuchando. Ni siquiera sabían cómo reaccionar. Entonces, la señora salió. Necesitaba buscar ayuda.
–Lo siento. Yuuko Yagami vivió su vida egoístamente, y murió egoístamente. Ella ya no tiene nada que ver con nosotros. –dijo el hombre.
–A menudo soñaba con matar a mi hermana Sora, a mi padre y a nuestra nueva madre y que, entonces, moriría. –continuó Taichi. –Pensé en coger un martillo y en cruzar la valla del lago Mikazuki. Y entonces, recordé un día a la hermana pequeña de Yamato paseando conmigo.
Flashback.
–¿No habría sido mejor que Nello no hubiera nacido? Al final no hay más que tristeza. ¿Por qué nació? –preguntaba Aki cogida de la mano de Taichi.
Fin del flashback.
–Sólo le pedía ayuda a mi madre, pero no la recordaba. No recordaba su cara en absoluto. –continuó relatando Taichi. –Y cuando abrí los ojos, la hermana de Yamato flotaba en el lago.
–¿Mataste a esa niña? –preguntó el hombre.
–Exacto. Y lo próximo será acabar con mi propia vida.
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Cuando Goro salió hacia su camioneta, Haruhiko Takenouchi seguía allí en busca de su perdón.
–Sube. –acabó diciendo Goro.
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Sora y Yamato retomaron la búsqueda. Mientras subían una cuesta, Yamato se detuvo al ver un hyuganatsu.
–Me pregunto si estamos cerca. –dijo Yamato. Entonces escucharon unos gritos.
–¡Miyo!¡¿Qué ha pasado?! –preguntó el agente de policía que iba arrastrando su bicicleta siguiendo a una anciana.
–¡Venga rápido! –dijo la mujer, que dejó a su marido mientras ella se acercaba al puesto policial.
–¡¿Tan urgente es?! –preguntó el policía, que parecía que le costaba seguir a la mujer, que para su edad, era sorprendentemente rápida.
–Sí. –respondió ella. Una vez que llegaron donde estaba el anciano, le contaron lo del muchacho que había estado en la caseta.
–Así que había alguien en el trastero pero ya no está. –recapituló el policía cuando los dos ancianos le contaron lo sucedido. Yamato y Sora se acercaron por si la urgencia estaba relacionada con Taichi.
–Dijo que mató a una niña. –explicó el hombre.
–¿Dónde ha ido? –preguntó el oficial.
–Quizás haya ido al matsuri. –respondió la mujer. –Creemos que buscaba algo.
–Sí, y también dijo que pretendía suicidarse. –añadió el hombre.
Continuará…
