Capítulo 20. Confrontación II.
–Hikari, siento que me hayan puesto este turno. –se disculpó Toshiko mientras terminaba de lavarse las manos en el fregador. –No podré ir a tramitar tu traslado al instituto.
–No me importa el instituto. –dijo Hikari deprimida.
–Quizás pueda escaparme para la hora de comer, así que podríamos quedar en la puerta del ayuntamiento. –dijo Toshiko mientras se terminaba de abotonar un botón de su uniforme de trabajo.
La joven no contestó y Toshiko ya había intuido el desánimo y el bajo estado anímico de su hija. Además, no dejaba de mirar lo que había publicado la prensa.
–¡Deja de torturarte con esto! –exclamó Toshiko cerrando la revista, que estaba abierta por la página que mostraba sus fotos entrando a su nueva casa.
–¡¿Cómo quieres que vaya al instituto?! –gritó Hikari.
–Lo siento mucho, Hikari. –dijo Toshiko abrazándose a la castaña. El abrazo fue roto cuando tocaron a la puerta.
–Señora Takenouchi. –escucharon madre e hija. Lo último que esperaba era escuchar aquella voz. Toshiko abrió la puerta intentando asumir todavía que tras ella se encontrara Natsuko.
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La tarde comenzó a oscurecer para ir dando paso a la noche, por lo que los farolillos del matsuri ya estaban encendidos. De fondo se escuchaba un taiko que tocaba un joven desde una plataforma, rodeado por personas vestidas con sus yukatas realizando una danza tradicional. El lugar del festival, que estaba cerca del instituto comenzaba a llenarse de gente y otros ya participaban de los puestos, bien pescando peces, comprando comida o intentando averiguar la suerte que les depararía el futuro próximo.
No muy lejos de allí, Taichi observaba a tres niñas que habían encendido unas bengalas mientras debatían cuál duraría más. Entonces, aprovechó la cercanía del instituto para ir hasta la piscina del centro educativo. Fue una suerte encontrar cinta aislante en el trastero de aquellos ancianos. Entonces se sentó y, con gran habilidad puso cinta alrededor de sus tobillos. Después, hizo lo mismo en sus muñecas. Cuando cortó la cinta sobrante con sus dientes, el rollo cayó al agua.
–Tengo hambre. –dijo. Entonces, se dejó caer hacia atrás. El agua pronto le quitaría las ganas de comer.
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–Hace quince años vi tu foto en la prensa. Entonces estabas embarazada. –dijo Natsuko.
–Sí, estaba embarazada de Hikari. –confirmó Toshiko señalándola con la mirada.
–Cuando vi la foto, te odié. –confesó Natsuko.
–Es comprensible. –dijo Toshiko.
–¿No te sentías igual? Estoy segura de que entonces también nos odiabas. –dijo Natsuko.
–Eso es una locura.
–Seguramente notasteis que alguien de la familia de la víctima os atosigaba y aún así, vuestra familia seguía unida. –dijo Natsuko.
–Eso es…
–¿Para hacernos daño? –preguntó Natsuko.
–Claro que no. En absoluto. –negó Toshiko.
–He venido porque quería hablar contigo. –dijo Natsuko, que con la mirada le decía que confesara la verdad.
–Sí. Te odié. –confesó Toshiko. –Durante estos quince años he pensado en vosotros. Después de lo que ocurrió pensé en quitarme la vida junto con mi hija no nata. Pero entonces, te recordé de cuando nos conocimos en aquel taller de costura. Tú tenías la compasión de la gente y a mí, el mensaje que me llegaba era que debía morir. Yo no comprendía cuál era la diferencia entre nosotras. Tu hija fue asesinada y mi hijo es un asesino. ¿Es nuestro sufrimiento tan diferente? Te despreciaba. He vivido cada día despreciándote. He sido muy egoísta.
–Me alivia saber que tú también has sufrido durante estos quince años. –confesó Natsuko. –Yo también soy egoísta. Todavía no veo el día en el que sea capaz de perdonar a tu familia. Sólo que, esta mañana, al ver la fotografía en la revista, no me he sentido igual que hace tiempo. Son emociones extrañas. Quizás mi hijo Yamato también se sintiera así cuando conoció a Sora. Somos iguales que ellos dos. Aunque yo sea de la familia de la víctima y tú del asesino, estamos atrapadas en el mismo barco, y no hay forma de bajar de él. Debemos pensar en cómo bajar de ese barco…, juntas.
–No tienes que decir eso. –dijo Toshiko con los ojos humedecidos. –Te odié demasiado. He vivido odiándote hasta hoy. Escucharte hablar de perdonarnos…
Pero Toshiko se vio incapaz de seguir.
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El señor Inoue llevó a Haruhiko hasta el hospital, donde Miyako seguía en coma. La habitación estaría en completo silencio si no fuera por el sonido intermitente de los monitores que controlaban las constantes vitales de la paciente.
–No tiene sentido tener las luces encendidas aquí, por eso las dejan apagadas. –explicó Goro sentándose junto a su hija, con la única luz que procedía del pasillo del hospital. –A este paso, pronto dejará de ser capaz de respirar por sí misma. Pero si la mantenemos con vida, no tendré nada que dejarle a mi nieta.
–Haré lo que sea para ayudarle. –dijo Haruhiko, abrumado por el sufrimiento de aquel hombre, que no quería que se viera en la tesitura de tener que desconectar a su hija.
–¡¿Acaso a esto se le puede llamar vida?! –le gritó levantándose. –Siéntate.
Entonces Goro sacó un papel de un sobre y comenzó a alisarlo sobre la mesa que había a los pies de la cama. Era el consentimiento para quitarle el soporte vital a su hija que había recuperado de la papelera y que él mismo había tirado.
–Voy a firmar esto ahora mismo. –dijo Goro, haciendo testigo a Haruhiko de aquella fatal firma. –Vas a ver a un padre rindiéndose con la vida de su hija. Quiero que veas su sentencia de muerte.
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Sora y Yamato llegaron al matsuri. Cualquiera que los viera diría que era una pareja que fue a disfrutar del festival, pero nadie intuía que lo que hacían realmente era buscar a Taichi. Si aquellos ancianos hablaban realmente de él, ya conocían sus verdaderas intenciones y querían encontrarlo. Siguieron caminando, llegando a una zona más apartada y oscura cerca del instituto, aunque el ruido del festival quedaba muy cerca.
–Yamato. Si dejamos que se suicide, no tendremos que vengarnos. –dijo Sora entonces.
–¿Es lo que quieres?
–Si lo logra, no te convertirás en un asesino, y la familia Inoue también se quedará complacida, de alguna manera. –concluyó Sora. –Y también tu familia…, y la mía. Todos. Podremos descansar.
Entonces, a pesar de la luz tenue, Yamato vio lo que le pareció un hyganatsu en un escalón. Cada vez que veía uno lo relacionaba con Taichi y automáticamente pensaba que estaba cerca. Entonces se dio cuenta de que aquellos escalones daban acceso a una piscina. Las conexiones mentales del rubio hicieron que comenzara a correr, intuyendo cuáles eran las intenciones de Taichi. Sora no entendía nada, pero lo siguió.
–¡Ah! –gritó Sora al ver una mancha oscura en el fondo del agua. Enseguida supo que aquella mancha era su hermano.
Yamato corrió hacia aquel lado de la piscina y se tiró de cabeza al agua. Lo cogió de los brazos y piernas y lo puso en la orilla.
–¡Taichi!¡Taichi! –Sora lo puso en posición fetal y le golpeaba con desesperación mientras Yamato salía del agua. –¡Taichi!¡Taichi!
A pesar de haberle planteado la posibilidad de dejar que Taichi cumpliera su amenaza de quitarse la vida, Yamato vio la desesperación de Sora al llamarlo y comprendió que en realidad no deseaba su muerte.
Entonces, Yamato sacó el cuchillo.
–¡Aparta!¡Aparta! –exclamó Yamato. Al ver el cuchillo, Sora pensó que Yamato lo remataría.
–¡No!¡No! –gritó Sora. Pero Yamato sólo lo usó para soltarle la cinta aislante de las muñecas para poder iniciar maniobras de reanimación de forma más adecuada. Tras soltarlo, comenzó a realizar el masaje cardiaco mientras Sora se llevaba las manos a la cara temiendo el desenlace.
–¡Vamos Taichi! –decía Yamato. –¡Venga Taichi!¡No huyas!
Tras un primer turno de masaje, Yamato le abrió las vías aéreas y le insufló aire. Tras repetir el agónico proceso dos veces, Taichi expulsó agua de su boca y comenzó a toser.
Sora respiró aliviada mientras que Yamato se quedó sentado agotado por el esfuerzo. Lo primero que dijo Taichi cuando se recuperó fue que tenía hambre.
Una vez recuperados, los tres fueron a un izakaya que en ese momento no tenía clientes. Cuando entraron, el dueño, que llevaba una gorra de su equipo de béisbol favorito, estaba sentado en una mesa viendo el partido muy animado.
–Bienvenidos. –dijo el dueño.
–Hola. Mesa para tres. –dijo Sora.
–Sí. Sentaos ahí mismo. –dijo el dueño indicando la mesa más cercana a la puerta. El primero en sentarse fue Yamato y después Taichi, que se sentó frente a él. Sora se planteó sentarse junto a su hermano, pero tras pensarlo un momento de duda, se sentó junto a Yamato.
–¿Venís del matsuri? –preguntó el hostelero sirviéndoles agua.
–Sí. –mintió Sora.
–Parece que os habéis dado un baño. –dijo el dueño bastante animado al ver a los dos chicos empapados.
–Omurice, por favor. –pidió Taichi. Tras pedir, Taichi se levantó. Yamato hizo lo mismo y le cogió del hombro.
–¿A dónde vas? –preguntó.
–Al baño. –dijo Taichi.
–¿Hay ventana en el baño? –preguntó Yamato, que no le había quitado el ojo de encima durante todo el camino.
–No. –respondió el camarero extrañado por el comportamiento de aquellos clientes. Tras la respuesta, Yamato lo soltó mientras el camarero se asustó por un bateo del equipo contrario y que podía acabar en home run. Para su alivio, no lo fue. –Entonces, ¿qué va a ser?¿Tres omurice? Nuestra ensalada de patata también está muy buena.
–Vale, traiga eso también. –respondió Sora, que no tenía ganas de pensar en qué podían comer.
–Muy bien. Tres omurice y una ensalada de patata. ¡Marchando! –exclamó el hombre yendo a la cocina para preparar la comanda.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Sora en voz baja aprovechando que el camarero y su hermano no estaban presentes. –¿Por qué le has salvado? Si lo hubieras dejado allí…
–No lo sé. Simplemente lo hice. –dijo Yamato, sin querer admitir que no soportó ver a Sora sufriendo de aquella manera cuando vio su desesperación en la piscina.
–¿Vamos a llamar a la policía? –preguntó Sora.
–No lo sé. Pero estoy pensando en darle una oportunidad. –dijo Yamato. Entonces, Taichi salió del aseo y volvió a la mesa.
–Taichi. Yamato te ha salvado. –dijo Sora.
–Lo sé.
–Si no lo hubiera hecho, habrías muerto. –añadió Sora.
–Lo sé.
–Estabas intentando acabar con tu vida, ¿verdad? –preguntó Sora.
–Sí. Y lo volveré a hacer. –dijo Taichi.
–Entonces, te salvaré otra vez. –dijo Yamato con determinación. –No importa cuántas veces lo intentes. Te salvaré. No te dejaré escapar.
–He oído hablar mucho de ti. –dijo Taichi.
–Y yo sé que tienes miedo, incluso de ti mismo. Tienes tanto miedo y sientes tanta pena de ti mismo que incluso mataste a tu hijo antes de que naciera. Y que Aki te preguntó un día si merecía la pena que Nello, de El perro de Flandes hubiera nacido. Y tú la mataste sólo por esas simples palabras. –dijo Yamato apretando sus puños y mandíbulas. Si las miradas matasen, Taichi estaría bajo tierra desde hacía un rato.
–Me pregunto si tardará mucho en traer la comida. –dijo Taichi. A Sora le impresionaba la indiferencia que mostraba su hermano.
–¿Sabes? Te he estado buscando desde hace un tiempo. –dijo Yamato. Entonces sacó el cuchillo enfundado en el cartón del bolsillo interior de su chaleco y lo puso encima de la mesa. Tras enseñarlo, volvió a guardárselo. –He pensado en matarte con esto, por eso lo llevo conmigo. Quizás, si Sora no me hubiese detenido aquel día, lo habría hecho. Te habría apuñalado, y te habría matado. Y ahora mismo estaría en prisión sin sentir absolutamente nada. Simplemente pensaría que mi destino era hacerlo. Pero he cambiado. Sora me detuvo. La conocí y quizás por eso he cambiado. Han ocurrido muchas cosas. Sora ha pasado por mucho. Y también mi madre y tus padres. Ha sido como desenredar una maraña. Y dolía. Era como recibir punzadas en el corazón. Probablemente ignorarlo habría sido más fácil, porque saber dolía más. Aguantaba la respiración cada vez que sabía algo, pero al mismo tiempo, necesitaba saber. Y cada vez deshacía más la maraña. He llegado a un punto en el que ya no sé ni qué quiero hacer. Incluso ahora mismo no lo sé, pero no creo que quiera matarte. Aki me preguntó en varias ocasiones por qué la gente inventaba historias tristes adrede. Aki murió asesinada en manos de mi propio amigo. Mi familia conoció el tormento y Sora, que también sufría, quería creer en tu inocencia por ser su hermano. No hay otra cosa más que tristeza en esta historia. Yo sólo quería huir, pero aunque lo hiciera, la tristeza me alcanzaría. Muriera o matara, la tristeza sólo aumentaría. Hiciera lo que hiciera, siempre habría alguien escribiendo historias tristes. En algún momento, recuperarás tu corazón humano y comenzarás de nuevo. O quizás no. Esta historia puede ir en cualquier dirección. Cualquier dirección está bien. –Yamato hizo una pausa. –Olvida lo que he dicho. Es sólo que…, no he dormido en toda la noche y cuando he ido al baño esta mañana, he mirado por la ventana y he visto el amanecer. Jamás me había sentido así. Ni una sola vez en todo el tiempo que llevo viviendo en el lago Mifune. Simplemente pensé que hoy empezaba todo de nuevo, sin importar si ese nuevo comienzo es triste, penoso, feliz, sin sentido, o si la vida tiene valor o no. Ha sido la primera vez en quince años que he mirado por la ventana y he entendido que siempre llega un nuevo día.
Entonces, Yamato cogió las manos de Taichi.
–No sé cómo explicarlo bien, Taichi, pero quiero que me escuches. Quiero ver cómo sale el sol contigo. –dijo Yamato. –Y eso será suficiente.
Taichi había mantenido la mirada baja todo el tiempo. Entonces la levantó lentamente y miró hacia la cocina.
–¿Todavía no está la comida? –preguntó Taichi. Las manos de Yamato que sujetaban con firmeza las de Taichi, perdieron esa firmeza de golpe mientras él y Sora lo miraban anonadados. Taichi las apartó como si nada. –Yo sólo tengo hambre. Yo sólo me entrego a mí mismo.
Sora se tapó la boca sin poder creerlo. Yamato le había abierto su corazón y le estaba dando la oportunidad de un nuevo comienzo y Taichi sólo reaccionó con frialdad.
–¿Debería disculparme? –preguntó Taichi mientras Sora sollozaba y se limpiaba las lágrimas. Entonces, Taichi los miró a los ojos. –Lo siento, Yamato. Lo siento, Sora.
¿Acaso estaba aceptando su destino?
–¡Oh!¡Un home run! –exclamó el camarero mientras les llevaba la comida. –Aquí tenéis, tres omurice y una ensalada de pasta. ¿Qué pasa?
–Hemos pedido ensalada de patata. –dijo Yamato ante la pregunta del camarero, que percibía el ambiente enrarecido. De hecho, la había recomendado él mismo.
–¿No era de pasta? –preguntó el camarero.
–No importa. Nos comeremos esta. –dijo Yamato.
–Me parece bien. La pasta está deliciosa. –dijo el camarero.
Finalmente, Taichi comenzó a comer su ansiada comida. Sora y Yamato también comieron, aunque realmente lo hacían casi por supervivencia. Llevaban muchas horas sin comer.
Una vez que terminaron de cenar, los tres llegaron hasta una comisaría de policía.
–Iré yo solo. –dijo Taichi a varios metros de la entrada de la comisaría. Entonces sacó su cartera y un billete. –Toma, por el omurice.
Yamato tomó el billete.
–Toma el cambio. –pero Taichi ya se había girado y se dirigía a comisaría. Sora lo siguió y le propinó una patada por la espalda que lo tiró al suelo. Cuando Taichi se giró, Sora se colocó encima de su hermano y le dio un puñetazo en la cara.
–¡Para! –dijo Yamato agarrándola por detrás para detenerla. Pero Sora le dio un codazo y se deshizo de él. Después volvió a golpear con rabia a Taichi, que no opuso resistencia alguna.
Al escuchar los gritos de rabia de una chica, un policía de la comisaría salió a ver qué ocurría. Cuando intentó detenerla, Sora, incontrolable, también se deshizo del oficial. Yamato volvió a agarrarla para tranquilizarla. Cuando consiguió apartarla de Taichi, otro policía salió y por fin controlaron la situación.
Continuará…
