Capítulo 21. Hacia la luz I.
Flashback.
–Oye, ¿no es esa la hermana del chico del martillo? –preguntó una amiga a la otra en la zona donde los alumnos dejaban el calzado de calle para ponerse los uwabaki. Alguien se había tomado la molestia de poner en la pared fotos de las revistas que estaban saliendo en los medios, como si hubiera sido la familia los que hubieran matado a esa niña. Sora se limitó a quitar esas fotos de la pared.
–¿Es ella? –preguntó la otra chica. –Pues qué miedo, ¿no?
–Sí. Me pone los pelos de punta el sólo verla. Vámonos.
Sora volvió a su casa y abrió una caja de música. La melodía era lo único que lograba calmarla un poco cuando vivía algún momento así.
Fin del flashback.
No sabía por qué, aquel recuerdo le vino a la cabeza, junto con el sentimiento de soledad. Aquello, junto a la frialdad mostrada por Taichi durante la cena la saturó tanto que no había podido contenerse más y descargó toda su frustración.
–Me sentía muy decepcionada. Lo que he hecho no tiene excusas. –dijo Sora sentada en un banco de comisaría junto a Yamato. En la mano llevaba una cura de una herida que se había hecho en su ataque a Taichi. –Quizás sí habría sido mejor que no lo hubieras rescatado de la piscina. Lo siento.
–Creo que si lo hubiera hecho otra vez, lo hubiera vuelto a salvar. –dijo Yamato. –Si lo dejara morir, sería como él, ¿no? Y yo no quiero ser como él. Y tampoco quiero que tú seas como él. Es mejor así.
Gracias a ellos, Taichi fue detenido. Una vez trasladado a Tokio, lo encerraron en prisión.
00000000
Cuando Mimi se enteró de que Taichi había sido atrapado, realizó una visita al lago Mifune, encontrando a Yamato trabajando en el embarcadero.
–Entonces, ¿van a encerrar a Taichi en prisión? –preguntó Mimi. –Estaría bien que fuera juzgado como dios manda y que no saliera.
–Se acabó. –dijo Yamato.
00000000
Sora se dirigió al hospital de Chiba en el que Miyako estaba ingresada y esperó a que el señor Inoue saliera de la habitación, pero no salió solo. Con él estaba su nieta, que se alegró de verla.
–¡Sora! –exclamó la niña.
–Hola. –saludó Sora mientras.
–Sólo porque tu padre ya no venga por aquí no significa que tengas que venir tú. –dijo Goro. Entonces la invitó a entrar, dejando a la niña fuera. Sora vio a Miyako yacer en la cama completamente inmóvil. En la pared, había un dibujo de Miyako y su hija que evidentemente había dibujado la niña. –Parece la misma vieja historia. La honestidad de tu familia no durará ni un mes. Ya no utiliza respirador artificial. En unos días, dejará de respirar. No vengas más. Sería un problema que Rika te cogiera cariño.
Entonces, Sora vio cómo a Miyako se le escapaba una lágrima.
00000000
Haruhiko estaba en un restaurante esperando su comida. Mientras le servían, se quedó mirando una pecera con dos peces rojos que había sobre un mueble. Al ver la pecera, no pudo evitar recordar a Taichi.
00000000
Natsuko, Takeru y Yamato iban de camino al cementerio para limpiar y depositar flores al lugar en el que Aki y Hiroaki descansaban. Finalmente, hicieron que las cenizas de él descansaran junto a su hija. Cuando se dirigían al camposanto, se encontraron de frente a Toshiko, Hikari y Sora. Toshiko y Sora iban ataviadas completamente de negro, mientras que Hikari llevaba una falda oscura y camisa blanca. La familia Takenouchi hizo una respetuosa reverencia.
–¿Por qué están aquí? –preguntó Takeru a su madre, que no parecía sorprendida por su presencia.
–Les he dado permiso para que vengan. –reconoció Natsuko. Tras responder, siguieron hasta llegar al lugar donde yacía Aki. Las Takenouchi se quedaron a varios metros de distancia para no molestarlos.
–¿De qué crees que hablarán papá y Aki? –preguntó Takeru mientras Yamato echaba agua para limpiar la lápida. –¿Crees que viven despreocupados estén donde estén?
–Los dos son muy pícaros. En eso se parecían. –dijo Natsuko, dejando un vaso de cerveza por su marido y un obento con deliciosa comida con aspecto infantil para su hija.
Tras arreglar la lápida y colocar sus flores, encendieron incienso, juntaron sus manos, cerraron los ojos y rezaron por sus almas. Cuando terminaron, se encaminaron hacia las Takenouchi.
–Tengo que pediros un favor. –dijo Natsuko antes de que las tres fueran hacia la tumba de Aki. –No le pidáis disculpas a Aki. Le he dicho que vivió bien. Que vivió poco y que encontró su final demasiado pronto, pero que el tiempo que vivió, fue feliz. Por eso no quiero que le pidáis perdón ni ningún castigo. Sólo quiero que recéis por su alma.
Las tres se inclinaron en señal de profundo respeto, haciéndole saber a Natsuko que respetarían su deseo. Tras la inclinación, se dirigieron a la tumba de Aki, se arrodillaron, dejaron sus flores y rezaron por su alma ante la mirada de su familia. Mientras lo hacían, Natsuko se dio la vuelta para marcharse, seguido de Takeru. Sólo Yamato se quedó allí un poco más.
–Sorprendentemente parecen buena gente, ¿no crees? –le comentó Takeru a su madre, que se había sentado en un banco cubierto por un techado, mirando al horizonte, mientras esperaba a que volviera Yamato. Entonces se destapó un botellín de agua.
–No lo sé. –respondió su madre antes de darle un trago.
–Entonces, ¿por qué les has dado permiso para visitar la tumba de Aki? –preguntó Takeru mientras Yamato aparecía por detrás. –Creo que ser amable te ayuda.
–Aki es feliz, y vuestro padre lo está haciendo bien. Estoy agradecida aunque su asesino no se haya arrepentido de nada. –dijo Natsuko. Entonces miró a Yamato. –Yamato. No quiero que vuelvas a sentirte culpable.
–Lo has hecho bien. –se sumó Takeru, reconociendo al fin todo lo que hizo su hermano.
00000000
–Entonces, ¿te quedas con Takeru? –le preguntó Yamato a su madre por teléfono. Después de haber realizado la visita al cementerio, su madre se fue a ver a su nieto y aprovechó para quedarse allí a comer. Pero por lo visto decidió volver a quedarse a vivir con su hermano. –No te preocupes. Estaré bien. No te preocupes. Te llevaré tus cosas. Adiós.
Mientras hablaba, vio a Sora allí plantada. Seguía vestida de negro.
–¿Alguna novedad últimamente? –preguntó Sora.
–Pues…, he cambiado la bombilla. –dijo Yamato.
–Sí, ahora que lo dices se ve algo más iluminado. –dijo Sora.
–¿Y qué me dices de ti? –preguntó Yamato.
–He pisado un chicle. –respondió Sora.
–¿Quieres quitártelo? –preguntó Yamato.
–No, ya lo he hecho. –dijo Sora. –De todas formas no era en estos zapatos. Así que una bombilla…
–Sí. Y también le he cambiado las pilas al mando de la tele. –dijo Yamato.
–Has cambiado muchas cosas, entonces.
–Sí, bueno. De casualidad. ¿Y tú has pisado más cosas? –preguntó Yamato.
–Pues…, una línea amarilla en la estación. –respondió ella.
–¿Te duele? –preguntó Yamato señalando la mano de Sora, donde todavía tenía la tirita con la herida.
–No. –respondió ella.
–Hay algo que quería decirte. –dijo Yamato, acabando por fin con aquel bucle de preguntas estúpidas y poniéndose un poco nervioso. –En realidad no he cambiado nada. Sólo he estado pensando en ti y…, en el futuro. Es un poco difícil por todo nuestro pasado pero, quiero proteger a quien considero importante para mí. Oh, no te he servido té. En realidad sólo te he dicho la mitad de lo que te quería decir.
El ver a Yamato tan nervioso a Sora le pareció de lo más mono. En realidad ya lo había visto en prácticamente todos los estados anímicos posibles debido a todo lo que habían vivido y a pesar de los nervios que sabía que estaba sintiendo el rubio, el saber que Taichi estaba encerrado, lo tenía mucho más relajado, aunque como pez fuera del agua. Sora pensó que era porque estaba acostumbrado a estar en una tensión constante que por fin se había esfumado.
–Está bien. Olvídate del té. Sentémonos. –dijo Sora. Yamato le apartó la silla y el fue a sentarse frente a ella, al otro lado de la mesa. Juntó sus manos, puso la espalda recta y puso cara de intentar mentalizarse sobre lo que le iba a decir.
–Quiero estar siempre contigo. No quiero que el pasado nos estropee el futuro. Ya está dicho. –confesó Yamato. –No sé si tiene sentido lo que estoy diciendo.
–Yo también he estado pensando en eso. Yo también quiero estar siempre contigo. Así que entiendo muy bien lo que quieres decir, y no sabes cuánto me alegro de oírtelo decir. Pero he venido para verte por última vez. –cuando Sora confesó que quería lo mismo que él, Yamato sonrió, pero lo último que dijo le borró la sonrisa sin comprender. –¿Recuerdas a la niña del huerto de Chiba? Se llama Rika. Sólo tiene cinco años. He decidido estar con ella y cumplir el papel de madre mientras la suya no pueda. Le he pedido al señor Inoue que no desconecten a su hija y me deje quedarme en su finca para poder cuidar de su nieta.
–¿Qué? No, no puede ser. ¿Por qué tú? –preguntó Yamato sin comprender nada.
–El señor Inoue también estaba muy sorprendido por la petición y en estos días he sido bastante insistente. Después de explicárselo, finalmente aceptó y ha retirado el consentimiento para desconectarla. –explicó Sora. –Por lo menos vamos a ver cómo funciona, y con un poco de suerte, se recuperará.
–Pero es muy poco probable que despierte. Eso no es vida. –dijo Yamato.
–Lo sé. Y aunque le lleve diez o veinte años, mientras Rika me necesite, estaré para ella. –dijo Sora. –No creo que haya un final para eso. Creo que ser madre trata de eso.
–¿Y cuando crezca?¿Qué pasará cuando descubra que eres la hermana de la persona que postró a su madre en una cama? –preguntó Yamato intentando de imponer un poco de cordura. –Seguramente te odie.
–Lo aceptaré. –dijo Sora. –Además, así ella podrá decidir sobre qué hacer con su madre. Tendrá la oportunidad de elegir cuando sea lo suficientemente madura.
–¡Pero no es tu culpa! ¡Es de Taichi! ¡Tú sólo eres su hermana! ¿Por qué tienes que ser tú quien cargue con ese peso? No tienes motivos para hacerlo. –dijo Yamato.
–Los tengo. Tengo un motivo muy real.
–¿Cuál?
–Quiero empezar a vivir en serio. Quiero ser una persona seria, y no alguien que busque la compasión. –dijo Sora.
–Eso ni siquiera es una razón.
–Para mí lo es.
–Pero algún día todo se olvidará. –dijo Yamato.
–¿Acaso tú vas a olvidar el asesinato de Aki? –preguntó Sora. Para Yamato aquella pregunta fue un golpe bajo, pero tras unos segundos, Yamato suspiró y contestó.
–Puedo olvidarlo. –respondió Yamato.
–¿Puedes imaginarte a ti mismo olvidándolo? –preguntó Sora con lágrimas en los ojos. –Porque yo no lo creo. Algo así es imposible de olvidar. Yo también pensé que podría, pero no creo que pueda.
Sora sabía que Yamato había mentido para intentar retenerla a su lado. Estaba claro que jamás olvidaría la muerte de su hermana, pero necesitaba convencerla para que se quedara. Pero con aquella respuesta supo que Sora se marcharía. Sus ojos también lo sabían, porque una lágrima rebelde se escapó de uno de sus ojos azules.
–Siento haber tomado esta decisión. Pero esta será la última vez que nos veamos. –dijo Sora levantándose para marcharse. Pero antes de irse, se giró. –He sido muy feliz contigo. Normalmente no me lo paso tan bien.
Esta vez la que mintió fue ella. Todo lo que habían vivido no había sido para nada divertido, pero era su forma de decirle que a pesar de todo lo que había pasado, se había sentido bien con él.
Unos segundos después de marcharse, Yamato salió corriendo tras ella.
–¡Espera! –dijo poniéndose delante de ella. –¿Estás libre la semana que viene? Aunque sólo sea un día. ¿Tienes libre un solo día? Podríamos ir a algún sitio como gente normal.
–¿Me estás pidiendo una cita? –preguntó Sora.
–Sí. Una cita. –dijo él.
–Me encantaría. –aceptó Sora sonriendo. Era lo mínimo que podía hacer. Sabía que con su decisión lo había dejado hecho polvo y además, ella también lo deseaba. Retrasar un día su llegada a Chiba no supondría una gran diferencia.
00000000
El día de la cita llegó y Yamato y Sora se montaron en un tren que los llevaría cerca de un parque de atracciones.
–Bonito día, ¿verdad? –dijo Yamato.
–Espectacular. –dijo Sora. Ella le ofreció un caramelo que él aceptó.
–¿Hace mucho que no vienes a un parque de atracciones? –preguntó Yamato una vez que llegaron al parque de atracciones.
–Sí, varios años. ¿Y tú cuánto hace que no vienes? –preguntó Sora.
–Un montón. Ni me acuerdo. Unos dieciséis años. –dijo Yamato echando cuentas.
Sora miró a una de las montañas rusas.
–Uf, ese ángulo es imposible. –dijo Sora viendo la verticalidad de la atracción.
–Sí. Si llevas gafas de sol seguro que se caen. –dijo Yamato.
Una vez entraron, montaron en varias atracciones: el carrusel, atracciones acuáticas, etc. Tras salir de una atracción que parecía un templo, Sora se fijó que en la puerta, en un panel con alambres había omikujis, papeles doblados y atados que predicen el futuro y la fortuna. Cuando a alguien le tocaba un mal augurio, se doblaba y se ataba en alambres o árboles para que la mala suerte se quedara allí.
–Nunca fui capaz de dejar los malos augurios en el árbol del santuario de mi vecindario porque pensaba que era como un buzón. –explicó Sora mientras jugaban al frisbie en una explanada de césped. –Pensaba que era algún tipo de sistema de reparto. Como un árbol de cartas mágicas. Me alegro de que me invitaras.
–Entonces, ¿quieres repetir la semana que viene? –preguntó Yamato con la esperanza de que le dijera que sí. Pero Sora negó con la cabeza. –¿No puedes reconsiderarlo? No tienes por qué llevar esa vida.
–No digas eso, Yamato. Sólo espero que tengas a alguien a quien extrañar. –dijo Sora sonriendo. –De ahora en adelante voy a ser la mamá de Rika. Es lo único que te voy a decir.
–Pero sólo tienes veinticinco años. Seguro que hay muchas cosas que quieres hacer. –dijo Yamato.
–Calla y pásame el frisbie. –dijo Sora. Yamato sólo sonrió con ternura. Pero como venganza, le lanzó el frisbie desviado y lejos. –¡¿A dónde tiras?!
Cuando Sora se giró para ir por él, a Yamato se le borró la sonrisa. No quería que lo viera triste, aunque realmente lo estaba. En realidad Yamato pensaba que Sora, con lo que estaba dispuesta a hacer era la persona más generosa que había conocido jamás, pero le dolía que se marchara, porque como ella mismo le confesó, los dos querían estar juntos. Pero estaba dispuesta a sacrificar su felicidad por estar con aquella víctima inocente de su hermano.
00000000
Haruhiko miraba el pase de la cárcel mientras esperaba sentado a que le dieran permiso para ver a su hijo, hasta que el guardia le pidió que pasara al cuarto número tres. Una vez dentro, se sentó frente al cristal. Cuando Taichi entró y se sentó al otro lado del cristal, Haruhiko cogió una bolsa que llevaba consigo.
–No sabía qué necesitabas, así que te he traído algo de ropa, toallas y pasta de dientes. –dijo Haruhiko bastante nervioso. Pero dejó de hablar al ver que no le interesaba lo que había traído, por lo que decidió cambiar de tema. Entonces, sus ojos comenzaron a humedecerse. – No te imaginas lo mono que eras cuando naciste. Cuando te cogía en brazos me prometí a mí mismo llevarte a la montaña cuando crecieras. La muerte de Aki Ishida fue culpa mía. Y lo que le ha ocurrido a Miyako Inoue también. Es todo porque cargas contigo un gran rencor hacia mí. Porque me odias. Yo he dejado que llegues tan lejos. Te he arruinado la vida. Yo…, no lo entendía. No intenté comprenderte.
–Papá. –dijo Taichi a su lloroso y atormentado padre.
–¿Sí? –Taichi puso su mano derecha sobre el cristal. Al verlo, Haruhiko también llevó su mano izquierda. Era el contacto más cercano que iba a tener con su hijo, pero entonces, Taichi comenzó a hablar y Haruhiko se frenó.
–No recuerdo el rostro de mamá. ¿Por qué? –preguntó Taichi levantándose y entrando en desesperación. –¿Por qué, papá?¿Por qué?¿Por qué no recuerdo su cara?
El guardia que esperaba allí se levantó al ver que Taichi, que había estado impasible durante todo el tiempo que había permanecido en el centro penitenciario, comenzaba a alterarse.
–Cálmate. –le dijo el guardia. Pero Taichi comenzaba a alterarse más y más.
–¡¿Por qué?!¡¿Por qué?! –preguntaba Taichi sin dejar de mirar a su padre.
–¡Silencio! –le ordenó el guardia que lo sujeto por detrás. Otro guardia entró al escuchar el escándalo y entre los dos comenzaron a arrastrarlo para sacarlo de allí. –¡La visita ha terminado!
–¡Esperen, por favor! –pidió Haruhiko, que no podía hacer nada tras el cristal.
–¡Ayúdame, papá! –exclamó Taichi. Pero Haruhiko, una vez más, no lo pudo ayudar, al desaparecer tras la puerta arrastrado por los guardias. Esta vez sí, Haruhiko colocó su mano izquierda donde la puso su hijo, pero al otro lado del cristal.
Continuará…
