Capítulo 22. Hacia la luz II.

Sora y Yamato pasaron necesariamente por la tienda de regalos para poder salir de la montaña rusa en la que se habían montado a pesar de su ángulo imposible. Era un paso obligatorio para que los clientes pudieran comprar las fotografías realizadas en la atracción. Una vez allí, miraron cómo salieron en la fotografía 264, en la que aparecían dos fotos. Una del vagón completo y otra en la que salían los dos bastante sonrientes y fotogénicos. Ambos se miraron y aunque Yamato se ofreció para comprarla, no la compró por insistencia de Sora.

Tras pasar el día allí, se marcharon a un restaurante para tener juntos una última cena. Una cena muy diferente a las que habían tenido hasta ahora. Ambos brindaron con unas copas de champán. Era la primera vez que lo hacían, pero el restaurante, de luz tenue y ambiente tranquilo invitaba a ello.

Tras el brindis, Sora percibió que Yamato quería decir algo, pero que tenía una lucha interna consigo mismo. Por lo que decidió ayudarlo en su debate interno.

–Dilo. –le animó Sora.

–Olvídalo. –dijo Yamato que no quería enrarecer el ambiente. –Estas ocasiones no son muy frecuentes en nosotros, así que vamos a tratar de olvidar el tema.

–Hoy es nuestro último día juntos. Así que, di lo que necesites decir. –le pidió Sora.

–Está bien. ¿Taichi saldrá algún día de la cárcel? –preguntó Yamato.

–Sí. Y por experiencia sabemos que cuando salga seguirá sin tener ninguna clase de remordimiento. Y podría volver a cometer otra locura. –dijo Sora, aceptando el problema mental de Taichi.

–Entonces, iré a visitarlo. Muchas veces, si es necesario. Aunque me rechace. –dijo Yamato.

–Pero seguirá igual. –dijo Sora.

–Lo siento. Pero está decidido. –dijo Yamato. –Aunque sigamos caminos diferentes, siento que nuestro destino es el mismo. Suena triste, ¿verdad?

Entonces se escucharon unos aplausos. Una joven se sentó al piano y comenzó a tocar una melodía que a Sora la trasportó a su pasado, porque aunque la perdió con tanta mudanza, era la misma melodía que sonaba en su cajita de música y a la que solía recurrir para tranquilizarse cuando sufría algún episodio de rechazo.

–¿Qué pasa? –preguntó Yamato al ver la cara ausente de Sora.

–A veces me he arrepentido por haberte buscado la primera vez, pero lo cierto es que me alegro de haberte conocido. –reconoció a pelirroja. Yamato sólo le sonrió con ternura.

Tras la cena, se marcharon y se sentaron en un parque para estirar el día lo máximo posible, porque ninguno quería que acabara.

–Si pudieras ir al extranjero, ¿dónde irías? –preguntó Yamato.

–A la Isla de Pascua. –respondió Sora.

–¿Por qué? –preguntó Yamato, pensando que diría un lugar como París, Roma o Los Ángeles.

–Por los moái, esos grandes monolitos humanoides. –respondió Sora sin ningún atisbo de duda. –¿Y tú?

–Ni idea. No sé mucho de otros países, pero quizás me gustaría ir a los San Fermines, para ver cómo los toros persiguen a gente. –dijo Yamato.

–¿A España? Pero Yamato, podrías sufrir una cogida. –dijo Sora.

–¿Crees que eso duele mucho?

–Peor que doler. Podrían matarte. –dijo Sora sorprendida por la distorsionada percepción del peligro que tenía Yamato respecto al tema.

–¿Tan peligroso es?

–Sí. Recuerdo haber visto en la tele cómo un corredor sufrió una cornada en el vientre. –dijo Sora.

–¿Lo pilló un toro?

–Sí. Y lo lanzó hacia arriba. El corredor lo pasó mal, pero la caída fue muy cómica. Parecía un muñeco de trapo a merced del toro. –dijo Sora.

–Entonces no estoy tan seguro de querer ir. –dijo Yamato.

–Hablando de animales. Siempre he querido trabajar en un zoo o un refugio. –dijo Sora. –Eso sí, no soporto a los koalas. No podría trabajar con ellos.

–¿Qué? –preguntó Yamato con indignación. –Los koalas son muy graciosos.

–¿Los has visto bien?¿Sabes cómo es la nariz de un koala? –preguntó Sora.

–¿Qué hay de malo con su nariz?

–Que me recuerda a la tapa de las pilas de un mando a distancia. –respondió Sora.

–Pues simplemente, ponle pilas. –dijo Yamato.

–Tienen que ser del tipo 2AA. –dijo Sora.

–Creo que tengo de esas en casa. –dijo Yamato.

–Háblame de ti. –dijo Sora cambiando de tema después de reír la ocurrencia del rubio.

–No hay nada interesante sobre mí. –dijo Yamato.

–No me importa que no sea interesante. Oírte hablar me parece lo suficientemente interesante. –dijo Sora.

–¿Es una broma?

–Claro que no. Sé que hay muchas cosas buenas en ti. De verdad lo pienso. –dijo Sora. –Por ejemplo, creo que eres extremadamente amable. Cada vez que recuerdo tu amabilidad me emociono.

–Gracias. –agradeció Yamato.

–Bueno, creo que va siendo hora de irme. –dijo Sora con voz temblorosa y apartando la mirada, aunque percibía cómo el chico no dejaba de mirarla. –Me lo he pasado muy bien contigo. ¿Puedes mirar hacia otro lado un momento?

–Está bien. –dijo Yamato girando un poco su cuerpo. Sora intentaba controlar su emoción y que él la mirara lo hacía más difícil, pero al escucharla sollozar, Yamato la miró.

–No te gires todavía. –dijo Sora posando sus manos en la espalda de él.

–No quieres ir, ¿verdad? –intuyó Yamato sin mirarla.

–No. Pero tengo que hacerlo.

–Podríamos haber comprado las fotos del parque de atracciones. –dijo Yamato intentando relajar el momento.

–Costaban 700 yenes cada una. Habría sido tirar el dinero. –dijo Sora sonriendo. –No me gusta cómo salgo en las fotos.

–¿Tú crees? Pues yo siempre te veo así. –dijo Yamato.

–No seas cruel. –le recriminó Sora.

–Me habría gustado recordarte con esas fotos. –dijo Yamato.

–Todavía hay muchas cosas que pueden pasarte y que serían más dignas de recordar. Por ejemplo, podrías casarte con Miss Universo. –dijo Sora, a la que se le empezaban a humedecer los ojos.

–No quiero casarme con Miss Universo.

–¿No te gusta la corona?

–No me interesan las coronas. Soy feliz simplemente estando contigo.

–¿De verdad? Me haces sentir como si fuera alguien popular. –dijo Sora sonriendo con ternura.

–Me alegro. Eres popular por donde vivo y a varios metros de aquí. –dijo Yamato.

–Sí, tú también. –dijo Sora sonriendo afectada. A pesar de la conversación sin importancia que tenían, le sonaba demasiado a despedida.

–Sora.

–Déjalo ya. –dijo Sora cada vez más incapaz de contener la emoción por la despedida. Entonces se levantó. –Se acabó el día. Me lo he pasado realmente bien. Recordaré este día durante toda mi vida. Muchas gracias.

Sora se despidió haciendo adiós con la mano, pero Yamato permaneció allí de pie sin moverse.

–¿No me devuelves la despedida? –preguntó Sora. Pero Yamato no reaccionó. Sora se acercó y empezó a darle golpes en el pecho. –Despídete. ¿Por qué no dices nada? ¿Me estás ignorando? Despídete de mí.

Yamato no aguantó más y la abrazó.

–Yamato.

–¿Qué?

–Estaba deseando que me abrazaras. –reconoció Sora tras una larga pausa. A Yamato también se le humedecieron los ojos. –Nunca me había sentido tan feliz como ahora. Y hay otra cosa.

–¿Qué?

–Me estás pisando. –dijo Sora sonriendo.

–Oh, lo siento. –dijo Yamato rompiendo el abrazo y quitando sus pies de encima de los de ella. –¿Por qué?

–Porque soy la hermana del agresor. –respondió Sora, sabiendo a qué se refería la pregunta. Sin pensar más, se giró y se alejó unos metros. Volvió a girarse y volvió a despedirse con la mano. –Adiós.

Esta vez, Yamato sí le devolvió la despedida. Por lo que Sora se marchó corriendo para evitar la tentación de volver.

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Aquel día, Sora, cargada con una mochila y un par de bolsos, llegó a la finca del señor Inoue.

–Señor Inoue, mire. –dijo Maki mientras cargaban la camioneta con cajas. –Al final ha venido.

–¡Rika! –llamó Goro a su nieta, que estaba jugando cerca de allí.

–¿Qué pasa, abuelo? –preguntó la niña acercándose y cargando conejo de peluche. Entonces, cuando la camioneta dejó de taparle la visibilidad, la niña vio a Sora y corrió hacia ella. –¡Sora!

–Hola, pequeña. –dijo Sora.

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Yamato había recibido una carta de Haruhiko y decidió aprovechar un viaje a Tokio para visitarlo.

–Entonces, ¿ahora vives cerca de la cárcel? –preguntó Yamato a Haruhiko, que estaba trabajando en un taller.

–Sí. Así puedo visitarlo más a menudo, pero sólo he podido verlo una vez. Cada vez que voy se niega a verme. –dijo el hombre. –Pero la última vez que le vi, parecía pedirme ayuda. Era un hijo que necesitaba a su padre. Ahora mismo, es la única esperanza que albergo.

–Este era el reloj de mi padre. –dijo Yamato sacando un reloj de su bolsillo y pasándoselo a Haruhiko. –Era un regalo del primer aniversario de aquel bar. ¿Puede quedárselo?

–Yo no…–pero Yamato insistió y finalmente aceptó guardarlo. Aquel reloj era aquel con el que su hijo intentó ponerlo en evidencia. –¿Vas a visitarlo?

–Sí.

–Unos viejos amigos encontraron esto. –dijo Haruhiko entregándole un sobre.

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Tal y como le dijo a Haruhiko, Yamato se presentó en la cárcel para visitar a Taichi. La última vez que lo vio fue cuando lo entregaron a la policía en la isla de Innoshima.

–La visita es de quince minutos. –avisó el guardia una vez que los dos estaban frente a frente, sólo separados por el cristal.

–¿Cómo está mi hermana Sora? –preguntó Taichi.

–Sora ya no es tu hermana. –respondió Yamato.

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Tras haber deshecho su equipaje, Sora fue al hospital para ver a Miyako. A pesar de estar inconsciente, sintió la necesidad de presentarse ante ella y explicarle sus intenciones para con su hija.

–Me llamo Sora Takenouchi. Desde hoy hasta que te recuperes me gustaría ejercer como la madre de Rika. –tras decir eso, agarró su mano con suavidad. –Protegeré a Rika siempre.

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Tras decir Yamato que Sora ya no era su hermana, ninguno de los dos habló durante toda la visita. Tan sólo se sostuvieron la mirada.

–La visita ha terminado. –dijo el guardia, que había sido testigo de la visita más extraña de toda su carrera. Taichi se levantó.

–No me culpes. –dijo Taichi antes de dirigirse a la puerta junto al guardia.

–Taichi. –dijo Yamato antes de que saliera. Yamato sacó una foto del sobre que le había dado Haruhiko y la sostuvo en el cristal. Taichi se acercó para verla. Era él con su verdadera madre, Yuuko Yagami. –Es tu madre.

Era una mujer castaña. Estaba claro que él había sacado su cabello. En sus brazos, lo sostenía a él siendo sólo un bebé de pocos meses. A Taichi se le humedecieron los ojos, puso su mano en la foto que no podía coger y empezó a llorar. Gracias a esa foto, consiguió recordar el rostro de su madre y se sintió mucho mejor. Se había sentido muy atormentado por su olvido.

Cuando Yamato salió de la visita en la cárcel, la lluvia lo empapó. Cuando llegó a casa, escribió a Sora.

Sora, hoy está lloviendo de forma intensa. También he visto a un amigo al que le caían las lágrimas a borbotones, como la de esta lluvia. Cuando la lluvia paró, parecía haber limpiado el ambiente.

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En la finca de Goro, Sora se estaba tomando un descanso de la recolecta. No sólo hizo cargo de Rika, sino que también comenzó a trabajar en la finca mientras la niña asistía al colegio. Sora aprovechaba los momentos de descanso para escribir a Yamato.

Yamato. Aquí, en el huerto del señor Inoue, un gato ha tenido dos gatitos. Los he llamado Nazca y Moái. Mientras los veíamos, Rika y yo hemos hecho una promesa de meñiques. Nos hemos prometido estar siempre juntas.

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Sora. Últimamente me he estado levantando a las cinco y media de la mañana para barrer y recoger las hojas otoñales. Cada día noto cómo va cambiando la estación.

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Yamato. Ayer, mientras le leía un libro a Rika me quedé dormida y soñé que un elefante me llevaba en su trompa. Cuando desperté, el señor Inoue me dio una carta que había llegado de mi padre. Entonces me di cuenta de que teníamos una letra muy parecida. Luego recordé los fideos salteados que hace mi madre e intenté hacerlos yo también. Para mi sorpresa, sabían horriblemente mal, así que, los comí yo sola.

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Sora. Mi madre todavía llora en ocasiones, pero el otro día vio el recibo de una compra de 777 yenes y empezó a reírse. Los lunes y los jueves, llora. Y los martes y viernes, ríe. Creo que seguirá así.

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Yamato. Hoy Rika y yo hemos ido al hospital. Rika le ha llevado un dibujo a su madre y hemos escuchado el sonido de su corazón. Después hemos ido al centro comercial.

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Sora. Hoy me he detenido a ver amanecer. Era muy brillante. Me hizo pensar en ti todo el día.

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Yamato. ¿Por qué mientras veo el amanecer pienso en ti? De hecho, siempre estoy pensando en ti. Cuando alguien me toca la mano, deseo que alguien toque la tuya y sigamos adelante.

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Sora. Espero que cuando los sentimientos que albergo te alcancen, dejemos la tristeza y sigamos adelante.

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Tanto Sora como Yamato, cada vez que leían las cartas que recibían del otro, las plegaban y las ataban a un árbol: Yamato en el lago Mifune; y Sora en la finca del señor Inoue. Parecían los omikujis de los santuarios, donde la gente dejaba allí la mala suerte cuando le tocaba un mal pronóstico. Tal y como Sora le contó aquel día en el parque de atracciones, jamás fue capaz de hacerlo. Pero esta vez, para Sora sí era un árbol de cartas mágicas de verdad. Ambos albergaban la esperanza de que cuando llenaran los árboles de esas cartas, volverían a estar juntos.

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Un día, Yamato, mientras estaba relajándose en una de las barcas en medio del lago, se acordó de algo. Rápidamente, volvió a casa y una vez que encontró lo que buscaba, se marchó al videoclub al que fue con su amigo Jou Kido hacía ya quince años.

–Disculpe. –dijo Yamato con una cinta en la mano.

–¿Sí?

–Alquilé esta cinta hace mucho tiempo. –explicó Yamato.

La dependienta miró la etiqueta del envoltorio.

–¿1996? –dijo la dependienta sorprendida.

–¿A cuánto asciende la penalización?

Fin.