Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de InuYasha.

Aclaraciones:

*Este fanfic participa en la dinámica Flufftover del 2021, actividad propuesta por EsdeFanfics y de InuYasha Fanfics en facebook


3. Sabor a felicidad

Tema: Bajo la lluvia


El cielo había estado tremendamente nublado desde muy temprana hora en la mañana que había pasado que podía decir sin temor a exagerar que ese día apenas había visto el sol y ella no había podido hacer más que sentarse en el pórtico de su casa a esperar la primera lluvia de la temporada.

Soltó un pesado suspiro al mismo tiempo que pasaba su dedo índice por su muy hinchado vientre de siete meses de embarazo y tarareaba una canción. InuYasha se había marchado con Miroku apenas amaneció con dirección a un palacio cercano para ofrecer sus servicios de exorcismo, no sin antes pedirle que no saliera de casa pues él no estaría para cuidarla.

Obedeció a su esposo sin poner resistencia, pero ahora se sentía muy aburrida. Aún no era mediodía cuando terminó sus labores en casa, aquellos que aún le permitía hacer su pesada barriga, la comida esperaba lista en el fogón a que él regresara y había decidido no tocar las hierbas medicinales después de que le habían causado unas náuseas espeluznantes.

Salió de sus pensamientos apenas escuchó el suave golpeteo que hacían las primeras gotas de agua al chocar contra el suelo de tierra, pronto el mismo sonido se multiplicó cuando la lluvia comenzó a caer sobre los árboles así como el techo de su casa.

El fresco aroma a tierra mojada así como el soplar de la brisa que hacía que unas cuántas gotas le besaran las mejillas le provocaron de pronto unas inmensas ganas de sentir la lluvia en el resto de su piel.

Motivada, se levantó despacio con su mano derecha en la parte baja de su vientre sólo para asegurarse de no mover demasiado a su bebé, quien aparentemente estaba pasando su tarde durmiendo, y se alejó a paso lento de la protección que le ofrecía el tejado que cubría el pórtico de su casa.

La hierba húmeda bajo sus pies descalzos se sentía fría, la lluvia que ya comenzaba a caer sobre su cuerpo, haciendo que la tela de sus ropas se le adhiriera, le daba una sensación helada ahí donde el agua la golpeaba. Disfrutando la sensación, dibujó una sonrisa curvando sus labios al mismo tiempo que extendía sus manos para atrapar unas cuantas gotas con sus palmas.

No pudo evitar sentirse sorprendida cuando de un momento a otro había dejado de llover sobre ella, a pesar que aún podía escuchar cómo seguía cayendo a su alrededor. Con curiosidad abrió despacio sus párpados sólo para encontrarse con los ojos dorados de InuYasha escudriñando su rostro con un una ceja arqueada en un claro:

«¿Qué demonios estás haciendo?»

También llamó su atención que su esposo tenía ambos brazos levantados así que ella alzó su vista para constatar la razón por la que había dejado de caer la lluvia sobre ella: InuYasha sostenía su Haori color rojo sobre ella, creando una especie de carpa que la protegía del agua. Kagome, en un intento por aligerar el enfado de su compañero le dedicó una suave sonrisa, táctica que pareció funcionar pues él arrugó la nariz y frunció el ceño solo para fingir que no había disfrutado de verla sonreír.

—InuYasha —lo saludó elevando su voz para poder hacerse escuchar por sobre el sonido de la lluvia, el revoloteo en su vientre le hizo entender que su bebé había notado también la llegada de su papá—. Regresaste temprano.

—¿Se puede saber qué haces afuera con esta lluvia? —le reclamó InuYasha dejando caer la tela roja sobre su cabeza para después tomarla de la mano para conducirla al interior de la cabaña que compartían.

—Es la primera lluvia de la temporada —se justificó Kagome como si lo que estuviera diciendo tuviera toda la lógica del mundo—. dejarse bañar por ella te dará buena suerte.

El medio demonio rodó los ojos, tratando de encontrar paciencia de donde le fuera posible.

—No habrá nada de buena suerte si terminas con un resfriado —le advirtió soltándole la mano una vez que estuvieron a salvo dentro de casa.

La joven de cabello azabache infló las mejillas, en un puchero parecido al de una niña atrapada en plena travesura—. Tienes razón, discúlpame.

InuYasha por fin pareció relajarse, destensando los hombros y suavizando su mirada.

—Deberías ir a cambiarte —le sugirió en un tono mucho más amable del que había estado utilizando—. cenaremos cuando tengas ropa seca.

Ella acató con un suave movimiento de arriba a abajo de su cabeza, comenzó a caminar con rumbo a su habitación cuando fue detenida por la mano de InuYasha posada sobre su barriga.

—¿InuYasha? —preguntó curiosa sobre lo que pasaba por sus pensamientos.

—¿Cómo les fue hoy? —Kagome se dio cuenta que InuYasha no la miraba a ella, sino a la hinchazón de su vientre, dibujando la circunferencia con su mano.

Kagome sonrió conmovida cuando los ojos dorados de su esposo se posaron sobre los suyos—. Estábamos esperándote —le aseguró con una voz suave—. Bienvenido a casa.

El beso que compartieron fue lento y dulce. El agua que seguía cayendo fuera golpeaba en el techo y los alrededores en una melodiosa cadencia.

El aroma de la lluvia también llevaba un agradable sabor a felicidad.