Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de InuYasha.
Aclaraciones:
*Este fanfic participa en la dinámica Flufftover del 2021, actividad propuesta por EsdeFanfics y de InuYasha Fanfics en facebook
4. Goshinboku
Tema: Beso indirecto
Se aseguró de que su uniforme color azúl oscuro estuviera perfectamente alisado, a pesar que ya se había cerciorado de ello antes de salir de su habitación. No pudo evitar pensar en lo mucho que había deseado portar ese mismo uniforme, en lo tantísimo que se había esforzado por conseguirlo un año atrás, y ahora solo era cosa de todos los días.
Movió su cabeza de derecha a izquierda un par de veces para disipar su mente.
—¡Me voy a clases! —anunció después de ponerse sus zapatos en el recibidor. Vio a su madre asomarse desde el umbral que daba a la cocina.
—Qué tengas un buen día, Kagome —se despidió de ella sin borrar por ni por un instante su sonrisa que Kagome no tuvo ningún problema en corresponder. Afianzó el agarre de su mochila colocada en sus hombros para después salir de su casa.
El sol le acarició la cara apenas abrió la puerta, corrió una brisa ligera típica de la primavera haciendo danzar unas cuantas hebras de su cabello azabache a un mismo ritmo que lo hacían las copas de los árboles que rodeaban todo el perímetro del templo en el que vivía con su familia. Animada por ese fresco saludo de la mañana
Atravesó el templo en silencio, no pudiendo evitar la nostalgia que se le vino encima como una ola cuando pasó a un lado de la pagoda que protegía el viejo pozo. No le pasó por desapercibido el detalle que las puertas que daban a las pocas escaleras para acceder al pozo ahora permanecían cerradas Pronto se cumpliría un año desde que había dejado de conectarse con la era Sengoku.
Un año desde que dejó de ver a InuYasha.
Se alejó de la construcción de madera casi corriendo. En un intento por escapar de la melancolía, se repetía una y otra vez que llegaría tarde a la preparatoria si no se daba prisa.
Detuvo su marcha cuando una sensación parecida a la de una cadena aprisionando su tobillo le hizo girar hacia su derecha. El viento volvió a juguetear con su cabello cuando sus ojos se posaron en el árbol sagrado
Una melancólica sonrisa se dibujó en su rostro cuando su atención se enfocó en la marca que había dejado el cuerpo de Inuyasha después de haber pasado cincuenta años sellado contra él.
Por todos los dioses, cómo lo extrañaba.
Un año sin saber de él dolía tanto que apenas podía soportarlo.
Pero debía confiar en que estaría bien.
Que, a pesar de la distancia, aún era capaz de sentir su amor.
Con un entusiasmo que le llenó el corazón, llevó los dedos de su mano derecha hasta sus labios, depositando un dulce beso en las puntas para después llevar esos mismos besos hasta la cicatriz del árbol donde la corteza no le cubría, justo en medio del grueso tronco de madera. Presionó firmemente los dedos sobre la superficie de madera para después alejar su mano despacio.
Alzó la vista hacia las altas ramas en la cima de Goshinboku. Donde estas mecían con suavidad sus hojas al son de la brisa.
—Espero estés teniendo un buen día, InuYasha —murmuró con ánimos, aun cuando sabía que no recibiría respuesta.
Dio un par de pasos hacia atrás antes de girar su cuerpo en dirección a las escalinatas del templo.
«Yo estoy bien, no te preocupes» susurró para sus adentros.
-o-
Para esas horas de la mañana, ya los pájaros cantaban con toda su energía revoloteando de aquí a allá sin ningún tipo de problema que les robara la paz.
De pie frente al árbol donde la vio por primera vez, luego de despertar del conjuro que lo había dejado sellado por tanto tiempo, InuYasha solo dejaba que el viento le enredara su cabello color plata cada vez que volvía a soplar.
Como la hacía cada tres días, desde hace poco menos de un año, había ido a inspeccionar el viejo pozo devorador de huesos solo para toparse con la misma escena que, para su jodida mala suerte, se había convertido en habitual: un pozo vacío, abandonado e inservible.
Por todos los dioses, cómo la extrañaba.
Un año sin saber de ella dolía como el propio infierno.
Pero debía confiar en que estaría bien.
Que, a pesar de la distancia, aún era capaz de saber que la estaría esperando.
Sin entender bien por qué lo hacía, llevó su mano derecha hasta la marca que había dejado su espalda sobre el árbol mientras permaneció sellado, sus dedos aplicaron una ligera presión en la madera lisa que no era protegida por la rígida corteza dándole una sensación cálida, su primer pensamiento fue que se debía a que sol había estado calentando hacia ese punto del árbol.
Un picor en la curvatura superior de sus labios le hizo alejar su mano del árbol al mismo tiempo que fruncía el entrecejo ante la molestia y, con los mismos dedos que habían tocado el árbol, frotó suavemente la zona que le había escocido. No entendió la razón, pero un escalofrío le recorrió la espalda, aunque curiosamente no le resultó desagradable.
Alzó la vista hacia las altas ramas en la cima de Goshinboku. Donde estas mecían con suavidad sus hojas al son de la brisa.
—Cuídate mucho, Kagome —soltó al aire sin haber premeditado antes sus palabras. Simplemente las dijo porque quiso decirlas.
Cruzó ambos brazos contra su pecho, dio media vuelta y caminó a paso tranquilo con dirección a la aldea.
«Yo estoy teniendo un buen día...aunque podría ser mejor» se escuchó a sí mismo dentro del mar de sus pensamientos.
