Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de InuYasha.
Aclaraciones:
*Este fanfic participa en la dinámica Flufftover del 2021, actividad propuesta por EsdeFanfics y de InuYasha Fanfics en facebook
5. ¿Una cita?
Tema: cafetería
Caminaba a un lado de InuYasha por una de las calles del Tokio moderno con dirección a su casa. El clima invernal que se podía sentir en ese momento ya le estaba comenzando a enfriar todo su rostro, así que llevó sus manos, enfundadas en unos cálidos guantes tejidos, hasta su cara para cubrir tanto sus labios como su nariz para tratar de concentrar su aliento entre sus palmas y así templarle la piel.
—De verdad me cuesta creer que puedas andar como si nada con el frío que está haciendo, InuYasha—le dijo a su compañero volteando a verlo con curiosidad sin poder apartar sus manos del rostro. El medio demonio solo portaba sus típicas ropas color rojo, nada especial para cubrirse del frío salvo un gorro de lana que ella le había tejido y que servía para cubrir sus orejas no-humanas de ojos curiosos en esa época.
InuYasha bufó cruzando los brazos contra su pecho—. Yo no tengo un cuerpo tan frágil como los humanos —se vanaglorió con aire fanfarrón—. En todo caso, si te llevara en mi espalda podríamos llegar más rápido a tu casa.
—Si dejo que vayamos a tu velocidad, llegaré congelada —respondió Kagome haciendo un puchero que el simplemente respondió refunfuñando.
La azabache regresó su mirada hacia el frente de la calle de concreto para notar como la tarde ya estaba por terminar así que varios locales a los costados de la avenida ya habían encendido sus decoraciones luminosas, entonces en su campo de visión apareció un monísimo establecimiento de café con decoraciones que, a lo que ella pudo distinguir, daban al lugar un aire europeo.
Sus ojos se iluminaron ante la expectativa que le generaba aquel sitio que, aunque se veía pequeño, seguro que era encantador.
—InuYasha —canturreó su nombre endulzando su voz, el hanyo le volteó a ver extrañado por aquel tono que había utilizado—. ¿Te gustaría que tomáramos una bebida caliente en ese lugar?
El joven de cabello plateado dirigió su vista hacia donde ella le señaló—. ¿Ahí? —preguntó claramente sin comprender—. Podemos hacer eso en tu casa, ¿no?
Kagome rodó los ojos—. Sí, claro, pero pienso que sería divertido conocer ese lugar —le explicó tratando de ser paciente—. Sería como una cita —se mordió los labios arrepintiéndose de decir eso en voz alta.
—¿Una cita? —para su mala suerte, al parecer su comentario no pasó desapercibido por InuYasha—. ¿Es eso una bebida?
Kagome no pudo evitar soltar una risita, primero por el alivio que significó para ella que InuYasha no malinterpretara sus intenciones de invitarlo a aquel café, después por la inocencia ante lo desconocido que eran muchas cosas modernas para él.
—No, no es eso —comenzó después de acallar su risa—. Una cita es como una reunión, pero solo de dos personas.
El medio demonio arqueó una ceja, evidentemente no muy convencido—. Y por qué lo hacen? ¿Festejan algo?
—No es necesario festejar algo pero sí, muchas veces sí —Kagome le respondió encogiéndose de hombros—. A veces solo lo hacen porque quieren pasar tiempo juntos, compartir cosas o por el simple hecho de ver al otro feliz.
Kagome vio como InuYasha parpadeó un par de veces, quizá asimilando la idea en su cabeza y, por su semblante relajado, no le estaba pareciendo desagradable.
—Supongo que está bien, entonces —aceptó InuYasha con tranquilidad comenzando a caminar de nuevo, ahora con dirección al café. Kagome no pudo evitar sonreír ampliamente apresurándose a caminar a su lado.
Una vez instaló a InuYasha en una de las bonitas mesitas de madera, Kagome se acercó hasta la barra donde justo a un lado había un exhibidor de postres tan lindos que seguramente eran así de deliciosos. Se apresuró a ordenar un chocolate caliente para ella, un té verde para InuYasha, un par de panecillos de azúcar con nuez, pagó a la dependienta y regresó a la mesa donde su querido hanyo la esperaba.
—No tardarán en traernos nuestra orden —le avisó justo al tomar asiento.
—No es como esa extraña comida que quema la lengua, verdad? —preguntó algo inseguro, probablemente el aroma fuerte a café, que seguramente para su olfato era mucho más intenso, lo estaba poniendo incómodo.
—No te preocupes —le tranquilizó—, he pedido té para ti.
Kagome le dio las gracias al mesero cuando dejó sobre la mesa sus bebidas y el par de panecillos que había pedido. Entusiasmada por experimentar la sensación cálida sensación que el humeante chocolate le prometía, lo llevó hasta sus labios para darle un suave sorbo que de inmediato llenó su boca de un agradable sabor, equilibrado entre lo dulce y lo amargo. Sonrió para sus adentros satisfecha de notar que InuYasha estaba disfrutando con gusto del sabor a nuez de su panecillo.
—Oye, Kagome —le llamó InuYasha después de darle un trago a su té.
—Si? —inquirió ella.
—Esto de las citas… —empezó un poco inseguro, como si no supiera bien cómo hilar sus ideas—. Dices que es cuando dos personas se reúnen para pasar el tiempo juntos y hacerse felices, verdad?
—Sí, así es —le respondió pacientemente.
—Que yo aceptara venir a este lugar contigo, ¿te ha hecho feliz?
La sonrisa de Kagome fue tan espontánea que ni ella misma hubiera podido ser capaz de disimularla si hubiese querido—. Muy feliz.
InuYasha arrugó la nariz, como si no quisiera que su cara se sonrojara pero fallando en el intento, tomó un nuevo trozo de pan de nuez y se lo llevó a la boca.
—Entonces supongo que me gusta esto de las citas —soltó al aire encogiéndose de hombros.
La azabache pudo sentir su corazón revolotear como mariposa—. A mí también —confesó alegremente—. A mí también me gusta esto de las citas contigo, InuYasha.
Volvió a soltar una risita cuando vio que el rostro del hanyo se tornó aún más rojo de lo que ya estaba.
Quizá debería proponerle pronto otra cita.
