Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de InuYasha.

Aclaraciones:

*Este fanfic participa en la dinámica Flufftover del 2021, actividad propuesta por EsdeFanfics y de InuYasha Fanfics en facebook


14. Peineta

Tema: peinar el cabello del otro


Qué tremendo y asqueroso fiasco, se quejó una y otra vez el medio demonio de cabellos plateados mientras caminaba el sendero que conducía hacia la aldea en la que vivía siendo acompañado por su amigo, el Monje Miroku, después de un día de trabajo exterminando demonios en un palacio a unas cuantas horas de viaje.

—Seguramente ese terrateniente era tan adinerado como lo mencionaste —soltó bastante frustrado volviendo a dirigir su mirada hacia la única paga que había recibido: una peineta verde finamente pintada con motivos florales—. Pero es un tacaño.

—Existen clientes difíciles, mi ambicioso amigo —respondió el monje encogiéndose de hombros, él había recibido un pago similar al de InuYasha, solo que de color amarillo—. Pero, en honor a la verdad, este par de peinetas son bastante valiosas.

—Podrán ser tan valiosas como te dé la gana —defendió InuYasha sin disimular su irritación—. Pero hubiese preferido que nos pagaran con arroz o al menos algo más que solo una jodida peineta.

El resto del camino le pareció eterno al medio demonio, así que fue genuinamente un alivio cuando divisó las primeras cabañas que conformaban la aldea. La noche ya había tomado total protagonismo del cielo, haciendo que las únicas fuentes de luz, además de la luna, fueran las hogueras ardiendo dentro de las chozas otorgando una leve iluminación amarilla a través de sus ventanas.

Apenas se despidió de Miroku, emprendió el sendero entre los sembradíos de arroz con rumbo a su propia cabaña. El delicioso aroma a estofado de carne y verduras de pronto le hizo recordar lo hambriento que estaba, provocando que sus pasos sobre el polvoso suelo de tierra fueran más apresurados.

Como si ella hubiese notado su presencia, vio a Kagome hacer a un lado la cortina de paja seca con las intenciones de cruzar el umbral. Sus ojos ámbar se toparon con los ébano de su mujer quien le sonrió apenas lo vio.

—InuYasha —le saludó sin borrar la sonrisa—. Bienvenido a casa

Si acaso aún había un vestigio de mal humor en el hanyo, definitivamente se esfumó al escucharla—. ¿Cómo han estado, Kagome? —preguntó acercándose a ella hasta el umbral de la casa que compartían—. ¿Han necesitado algo mientras no estuve?

Kagome negó con un suave movimiento de cabeza, haciéndose suavemente a un lado para dejarlo entrar—. Hoy Moroha tuvo un buen día jugando con sus primas —le informó una vez ambos estuvieron dentro, cerca de la hoguera donde hervía la cena—. Ha regresado tan cansada que no tuvo ganas de cenar, cayó dormida hace apenas un rato. ¿Y qué tal les ha ido a ustedes?

InuYasha se sentó a un lado de los leños que ardían en el centro de la cabaña y volvió a fruncir el ceño—. Hoy Miroku ha tenido mal tino con elegir qué palacio tiene un demonio peligroso que sólo nosotros podemos exterminar —comenzó a quejarse con evidente burla a las artimañas a las que su amigo solía valerse para conseguir que les contrataran—. Este terrateniente no ha sido más que un mezquino que solo nos ha dado esto como paga —concluyó mostrándole la reluciente peineta.

—¡Oh!, ¡pero es preciosa! —replicó Kagome al notar el fino ornamento, justo después de sentarse a un lado de él.

—De nada me sirve que sea bonita —rezongó InuYasha—. Miroku me dijo que es muy valiosa, pero entonces nos costará de trabajo vendérsela a alguien.

—Podríamos conservarla —continuó su mujer con tranquilidad al mismo tiempo que tomaba la peineta de su mano para estudiarla más detenidamente—. Creo que Moroha se vería muy linda con ella puesta, ¿no te parece?

InuYasha apretó los labios, tratando de imaginarse el cabello negro de su hija peinado en un moño decorado con el lujoso accesorio. Vale, eso le hacía conformarse un poco con la poca paga que había recibido ese día, pero solo un poco.

—Aún tenemos costales de arroz y otros frutos de tus trabajos pasados, de hecho creo que tenemos de sobra —continuó Kagome entendiendo la razón por la que InuYasha se sentía tan frustrado—. No te preocupes de más por ese asunto, ¿está bien?

—Bien —dijo por fin, cruzando los brazos contra su pecho, tratando de quitarle peso al asunto.

Vio a Kagome tomar unos cuantos mechones de su cabello azabache al mismo tiempo que intentaba colocarse correctamente la peineta—. Recuerdo haber visto una como ésta en un museo en mi época, tal vez Miroku-sama tenga razón y sea muy valiosa.

No se dio cuenta de cuándo,pero de un momento a otro su mano estaba sujetando los mismos mechones que su esposa había intentado acomodar con el ornamento de color jade, peinó con cuidado el cabello de su mujer con el mismo ornamento para después colocarlo correctamente asegurándolo entre los mechones de azabache.

Con ese improvisado moño, el rostro de Kagome tenía más protagonismo sin los mechones de cabello que normalmente le enmarcaban la cara, dándole un aspecto más sobrio pero inclusive llegaba a ser elegante.

La vio desviar nerviosamente la mirada, sin poder evitar sonrojarse—.¿Luzco bien? —preguntó llevándose detrás de la oreja las pocas hebras rebeldes que InuYasha no pudo asegurar en la peineta.

—Tienes razón —contestó él llenando su pecho con una renovada confianza—. Deberíamos conservar la peineta.

Kagome soltó una risa que, con la luz que proyectaba el fuego en la hoguera, brilló como una estrella en la noche.

Vale, eso le hacia conformarse más con el pago que había recibido ese día. Mucho más.