Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, autora de InuYasha.

Aclaraciones:

*Este fanfic participa en la dinámica Flufftover del 2021, actividad propuesta por EsdeFanfics y de InuYasha Fanfics en facebook


19. Para Moroha

Tema: compartir hobbies como pareja


Trabajar la tierra para cultivarla era una actividad que antes ni siquiera se hubiera imaginado que tendría que hacer, ahora había descubierto que lo disfrutaba, al menos eso le daba la oportunidad de distraer su tiempo cuando MIroku no había conseguido algún cliente nuevo a quien ofrecer sus servicios, divagó un momento mientras clavaba una vez más la punta de la azada en la tierra blanda para formar los surcos donde irían las semillas.

El resto de la tarde pasó tan rápido que apenas se dio cuenta que era, decidió darse una ducha rápida en la corriente del río cercano a la aldea antes de regresar a casa, disfrutando la sensación del agua fría en su piel después de un día entero de trabajo.

Cuando emprendió su camino de regreso a su casa, el sol ya se despedía en el horizonte, pintando el cielo de colores ocres y rosados, además de la fresca brisa veraniega que sopló en ese instante le acarició la piel jugueteando como podía con su cabello aún bastante húmedo como para volar al ritmo que el viento marcaba.

Kagome le dio la bienvenida con una sonrisa apenas lo vio cruzar el umbral de la entrada, ella estaba sentada sobre sus muslos en el centro de su hogar justo a un lado del fuego, los ojos ébano de su esposa brillaban con alegría. Instintivamente bajó su mirada hasta toparse con la gran barriga de embarazo de la sacerdotisa.

Decidido a pasar el resto de su tarde en paz, se sentó justo a su lado mientras esperaban que el estofado de carne y verduras que hervía en el fuego estuviera listo para que lo compartieran.

Apenas se acomodó junto a ella pudo notar que ella sujetaba en sus manos lo que parecían ser unos pergaminos pero de una longitud mucho más corta de las que recordaba a Miroku utilizar en sus ritos de purificación. En su otra mano pudo notar que sujetaba un pincel empapado con tinta.

Al poner atención, se dio cuenta que en el suelo, al otro lado de Kagome, descansaban unos cuantos de esos pergaminos. Seguramente su mujer los había puesto ahí para que la tinta de lo que había escrito secara más rápido al estar más cerca del fuego.

—¿Qué es eso? —preguntó interesado en la actividad en la que su esposa había invertido su día mientras él estuvo ocupado.

—Sango me entregó un viejo manojo de cartas que yo dejé aquí cuando me quedé en mi época —le explicó alegremente al mismo tiempo que le mostraba unas cuantas de las tarjetas que aún tenía en su mano. Eran de un papel grueso y tenían diferentes dibujos impresos que iban desde monstruos hasta humanos como espadachines o princesas—. Dijo que las estaba guardando todo este tiempo y hoy me las regresó, pues creyó que me gustaría tenerlas.

InuYasha tomó una de las tarjetas para estudiarla mejor, en esta estaba dibujado un guerrero de aspecto heróico con su espada desenvainada. Recordó que era uno de esos juegos que Kagome traía de su época para aligerarles el viaje cuando aún estaban en su travesía contra Naraku.

También recordó que, por recomendación de Miroku, destruyeron todo lo que Kagome dejó en esa época una vez que el pozo dejó de funcionar. Aún podía recordar lo mucho que le dolió arrojar al fuego todas las pertenencias de Kagome, arrugó la nariz de solo recordar como el aroma de Kagome impregnado en sus cosas era sustituido por el de la ceniza.

Agradeció que Sango rescatara aunque sea una pequeña parte de todo lo que ese día se perdió.

Cuando Kagome le entregó su pincel al mismo tiempo que le señalaba el frasco de tinta en el suelo, lo hizo regresar de un certero golpe a la realidad—. Toma, escribe algo en la tarjeta —le pidió sin borrar su sonrisa—. Todos los días escribiré algo en una tarjeta, me encantaría que tú también hicieras lo mismo en otra.

—¿Qué se supone que debo escribir? —preguntó sin entender la nueva loca idea instalada en la cabeza de su mujer pero, aún así, aceptando tomar el pincel que le ofrecía.

Ella se encogió de hombros denotando naturalidad—. Lo que tú quieras —declaró confiadamente—. Puedes contar cómo fue tu día, un deseo de buena suerte, de verdad puede ser lo que sea. Será una tarjeta al día, no es la gran cosa.

—¿Para qué quieres hacer esto? —continuó sintiéndose cada vez más confundido y, por lo tanto, molesto.

—Porque estas tarjetas son para Moroha —sentenció firmemente llevándose la mano derecha a su abultado vientre. A pesar de que aún faltaban unas semanas para que su bebé naciera, Kagome, estando segura de que se trataba de una niña, ya había seleccionado el nombre que llevaría.

Los ojos de InuYasha se abrieron más de la cuenta ante la claridad con la que ahora entendía las cosas.

—Cuando se sienta sola, cuando necesite un consejo, o simplemente cuando tenga la gana de hacerlo...quiero que sepa que siempre tendrá unas palabras de papá y mamá para ella —Kagome ahora no lo estaba viendo a él, veía embelesada su vientre mientras distraídamente barajaba el montón de tarjetas que aún mantenía en sus manos. InuYasha perdió un momento el aliento cuando su esposa volvió a alzar la mirada y clavó sus ojos en los de él—. ¿Te gusta la idea?

El medio demonio bajó la vista a la tarjeta. Su mente había quedado completamente en blanco, no había pensado en qué podría decirle a su hija.

De pronto una sola frase bombardeó su cabeza.

La única frase que sabía que podía decirle cuando no había más palabras.

—Son para Moroha, ¿cierto? —preguntó cuando mojó la punta del pincel en la tinta.

—Son para Moroha —le confirmó Kagome, encantada de que él aceptara realizar esta actividad con él.

« Aunque me cueste la vida. Yo siempre te voy a proteger »