Crecer

Jerry Lee sonaba en la radio, bajito para no molestar a sus padres. A penas estaba saliendo el sol, pero a Jorge se le estaba agotando el tiempo si planeaba llegar puntual a la boda. La culpa era de aquel maldito tupé que se resistía. La humedad de Kirrin hacía que el pelo se le alborotase y la gomina no lograba domar los caracolillos que se le enroscaban en la nuca. Con un suspiro de resignación lanzó el cepillo encima de la cama, sería mejor ponerse en marcha.

Se echó un último vistazo en el espejo; a contraluz, estudiando que la camisa blanca no se transparentara y dejara ver el sujetador reductor. Se lo había comprado su madre y ayudaba bastante a disimular el pecho, pero Jorge sentía que no era suficiente, si te fijabas lo suficiente se intuían unas leves protuberancias cuando se ponía de perfil. Decidió que no se quitaría la americana en toda la boda.

Bajó haciendo un esfuerzo para que la maleta no golpeara contra los escalones. Al pasar por la sala de estar vio la figura de su padre en el sillón. Otra mala noche, intuyó Jorge. Se preguntó si el cáncer la había dejado dormir algo. Se acercó a él para despedirse. Quintín parecía más voluminoso enterrado bajo las mantas, pero Jorge sabía que en los últimos meses había perdido una cantidad alarmante de peso.

Salgo ya papá, les daré recuerdos a los tíos de vuestra parte.

Pásalo bien, cariño.

Su padre le hizo un gesto para que se acercara y poder besarle la frente, como cuando era una niña pequeña. La nostalgia invadió a Jorge, deseaba que sus padres vivieran para siempre.

-¿No llevas corbata?- .Una mano esquelética salió de entre las mantas para posarse sobre la hendidura del cuello.

Jorge intentó sonreír para alejar la imagen a enfermedad y muerte que le inspiraban aquellos dedos delgados, con la alianza de boda brillando sobre la piel amarillenta.

-No papá, eso ya no se lleva.

- Estás muy guapo- y la caricia recorrió la mejilla surcada de pecas.

Aquel día el mar parecía especialmente embravecido. Jorge tuvo la tentación de conducir por la carretera de la costa para poder ver las olas estrellarse contra los acantilados, pero aquel camino era mucho más largo y sinuoso. No llegaría a tiempo para la boda así que se resignó a tomar la autopista, con el amanecer a su derecha y la radio a todo volumen. Hacía meses que no salía más allá del pueblo y aquel viaje se sentía como una huida.

El lugar escogido para la boda había sido un pueblecito pesquero del sur. En comparación con Kirrin, con sus costas escarpadas y un frío que calaba hasta los huesos durante todo el año, aquel lugar era un remanso. Jorge aparcó cerca del puerto y se regaló unos minutos para fumar y dejarse embeber por el paisaje; con los barcos en la bahía mecidos por la brisa y el mar brillando como un espejo. Casi se sintió mal cuando tiró la colilla al suelo, como si su existencia manchara el lugar.

La calle que conducía hacia la iglesia estaba empedrada y por las tapias de las casas se escapaban flores con un olor fuerte y dulzón que al principio resultaba agradable, pero terminaba empalagando.

Al primero que vio fue a Julián. Se encontraba dando la bienvenida a los invitados ante el pórtico de la iglesia. Intercambiaba apretones de manos y frases cordiales como si hubiera nacido para ser el perfecto anfitrión. Su presencia opacaba a la de su esposa, quien empequeñecida a su lado se limitaba a repetir todo lo que Julián decía.

Jorge sitió cómo el estómago se le contraía según se iba acercando a la puerta. Siempre había admirado a su primo mayor; tan alto, tan guapo, tan seguro. Fue decepcionante cuando en la última reunión familiar le llevó a un lado para comentarle que estaba preocupado por su actitud y remató su monólogo con una frase lapidaria que todavía resonaba en su cabeza "Eso de hacerse llamar Jorge tenía su gracia cuando éramos niños, pero ya va siendo hora de que crezcas y empieces a comportarte". Lo peor es que sabía que su primo tenía buenas intenciones, no dudaba de su cariño, pero algo se había roto entre ellos. Había sido la última vez que se habían visto, con Jorge mandándole a la mierda y azotando la puerta al salir.

Quedaron frente a frente. Jorge con su sujetador reductor y la carrera de derecho abandonada, Julián con un hijo pequeño, otro en camino y una casita con jardín a las afueras.

Su primo vaciló un poco, pero puso la mano sobre su hombro.

-Bienvenido. Nos alegra mucho que hayas podido venir.

Intercambiaron formalismos, como si temieran hablar sobre algo más personal, pero la forma en la que Julián apretaba su brazo le hizo pensar que quizás no todo estaba perdido. No le iba a pedir perdón, su primo no estaba acostumbrado a equivocarse, pero quizás podrían fingir que nada había pasado.

Algunos invitados se arremolinaban en el jardincillo de entrada, charlando en pequeños grupos y aprovechando para fumar antes de que llegara la novia. Aunque Ana había planeado una boda sencilla había bastantes personas, muchas de ellas de mediana edad. Supuso que serían conocidos de sus tíos. Su aspecto tradicional contrastaba con el de los amigos de Ana, con aquella ropa colorida que dejaba ver más piel de lo políticamente correcto.

Estaba atravesando el césped para buscar a sus tíos cuando encontró a Dick con su nueva novia; guapa, con un punto hortera y un vestido demasiado ajustado para la ocasión. Ana le había pedido que no la invitara porque a su hermano las parejas le solían durar unos pocos meses y no le apetecía tener que preguntarse, mirando las fotos en el futuro, quién era aquella desconocida sentada en la mesa principal el día de su boda. Por supuesto que Dick no hizo ni caso y llevaba de la mano a la chica como si fuera una provocación.

Cuando era joven sentía una especie de fascinación por Dick; por su sonrisa canalla, por su carisma. Tanto que llegó a plantearse si estaba enamorada de él, si en realidad no había nada raro en ella. Tardó años en darse cuenta de que él no quería "estar" con Dick sino "ser" como él.

-Jorge, mi primo favorito! - exclamó en voz en grito. - Te presento a Tamara

Aquella naturalidad era alentadora. Con Dick siempre podía recordar viejos tiempos, hablar de coches e imaginar la alineación ideal para el equipo nacional de futbol británico. Sin embargo, en los últimos meses le encontraba un poco disperso, como ahora, que hablaba a borbotones y no parecía capaz de fijar la vista sobre nada.

Dick le relataba todos los planes que no llevaría a cabo como aquel de abrir un taller de reparación de coche o el de ir a Estados Unidos a buscarse la vida.

-La tierra de las oportunidades- repetía erráticamente.

Fue entonces cuando Jorge vio a sus tíos, se disculpó con su primo y se dirigió hacia ellos. Su tío estaba hablando con algunos compañeros del ejército que habían sido invitados, aunque sólo a la ceremonia. Mientras se acercaba podía oír fragmentos de su conversación, algo de un guerrillero cubano que se estaba alzando contra Batista y su preocupación por el poder de los comunistas. Cuando llegó a su lado su tío se separó del corrillo para poder hablar tranquilos.

-Te veo bien, ¿Cómo están tus padres?

-Bien, les hubiera gustado poder venir, pero ya sabes…- la frase se le atragantó.

-Seguro que podrán venir al bautizo del hijo de Julián-. Jorge no tenía demasiada relación con su tío, pero agradeció profundamente el poder hablar como si las cosas fueran a mejorar.

Su tía salió para avisar de que estaban a punto de comenzar. Jorge se sentó en el segundo banco, justo detrás de sus primos, Dick se giró para mostrarle una mueca de burlona. La iglesia era sencilla, de piedra y madera. El altar estaba decorado con flores, quizás para ocultar lo feo que era del retablo, con una especie de Pantocrátor rodeado de motivos marinos que parecían haber sido dibujados por un niño. El pasillo también estaba adornado y la luz entraba por los ventanales abiertos a la bahía.

El novio esperaba al pie del altar. Jorge quiso hacerle una señal de saludo, pero estaba tan nervioso que no podía quitar los ojos de la puerta. Era un buen chico, de familia de clase media, pero futuro médico. Se habían conocido en la universidad y al parecer siempre estuvo enamorado de Ana. Tuvo que esperar al último año para empezar a salir con ella, cuando Ana decidió que se había cansado de novios idiotas que imitaban a James Dean. Jorge estaba seguro de que haría feliz a su prima, pero se preguntaba si la vida no sería algo aburrida a su lado. Ana, pese a encarnar todas las cualidades de la esposa perfecta, llevaba viviendo aventuras desde los 11 años y en la universidad había aprendido a hacer oír su voz.

La música precedió la entrada de Ana. Estaba preciosa con su falda de vuelo y flores en el pelo. Viéndola caminar hacia el altar Jorge se dio cuenta de lo orgulloso que estaba de ella. Sin su prima a su lado la vida en el internado para señoritas hubiera sido un infierno. Fue ella la que logró que todos la llamaran Jorge e impidió que hicieran comentarios insidiosos sobre ella. En una ocasión llegó a discutir con una de las maestras y acabó en el despacho del director.

Viéndola dirigirse hacia su vida adulta le sorprendió lo mucho que había cambiado. Había pasado de ser una niña cursi a una mujer dispuesta a tomar las riendas de su vida. Ya había comunicado a sus padres que se iría a vivir en Londres y que el tema de los hijos podía esperar.

Al otro lado del pasillo su mirada de cruzó con una chica de rizos castaños que se le hacía familiar. Pasó casi toda la misa espiándola de reojo, tratando de recordar quién era. Al final un nombre llegó a su mente. Martha. Era la compañera de clase de Ana, se habían conocido durante un fin de semana en el que Jorge fue a visitar a su prima a Brighton, haría cosa de un año. Se habían encontrado en un pub y las tres habían pasado horas charlando a gritos, intentando hacerse oír por encima de la música. Cuando cerraron Martha las invitó a su casa a fumar porros y beber cerveza. No recordaba mucho de aquella noche, tan sólo a Ana dormida en el sofá y a Martha sentada sobre la alfombra hablando sobre música. La falda verde de Martha contrastaba con lo pálido de sus piernas y en alguna ocasión Jorge tuvo que luchar contra la absurda idea de acariciar sus muslos.

Aquel recuerdo le puso nervioso y durante el resto de la ceremonia se obcecó en mirar al frente, aunque tenía la intuición de que la chica le seguía observando, que lo haría durante toda la celebración.

La fiesta estaba siendo divertida. Todos los invitados por compromiso se retiraron pronto y tan sólo quedaron los jóvenes bailando al ritmo del rock and roll. Jorge se estaba asando de calor con la chaqueta, pero no se atrevía a quitársela, no como Dick, que a aquellas alturas de la noche estaba prácticamente descamisado.

Aprovechó el descanso de la orquesta para salir y dejarse acariciar por la brisa marina, no esperaba encontrar a Martha ahí. La había estado evitando toda la noche porque no lograba recordar si Ana le había explicado a su amiga que aquel chico de rasgos delicados era en realidad su prima.

Fue ella la que se acercó a Jorge.

-Creo que no te acuerdas de mí- dijo haciéndole una señal para que encendiera su cigarrillo.

-Claro que sí, Bringhton, tenías una marihuana bastante buena.

Ella se rio.

-Me gusta ser recordada por las cosas importantes.

Jorge se obligó a dar otra calada para evitar confesar que también se acordaba del vestido que llevaba y de cómo su pintalabios dejaba manchadas las copas.

No volvieron a entrar, se dedicaron a charlar como si se conocieran más de lo que en realidad lo hacían. En un impulso Jorge la invitó a pasear por el puerto, no sabía exactamente qué esperaba con ello, pero le gustaba la forma en la que Martha se agarraba de su brazo y el olor a perfume.

El escenario era demasiado perfecto, solos bajo la luz de la luna. Aun así a Jorge el beso le pilló por sorpresa. Ya se había besado antes con chicas, el aquel pub de Londres al que sólo iban mujeres. La diferencia era en que ellas siempre habían sabido que en realidad era Jorgina.

Se dejó envolver por el beso, por los brazos de Martha en su nuca, pero cuando ella trató de acariciarle el pecho Jorge se separó de inmediato, casi como si ella quemara.

Murmuró una disculpa que luego no recordaría y echó a andar lejos de ella. No se sentía con ganas de volver a la fiesta, temía tener que dar explicaciones y no le apetecía ver a parejas felices. Ana lo entendería.

Llegó hasta su coche casi por sorpresa y tiró la chaqueta al asiento de atrás. Pasó unos minutos con la cabeza apoyada contra el volante, deshaciendo el tupé que tanto esfuerzo le había costado peinar aquella mañana.

Sintió una fuerte nostalgia por Tim, por su leal amigo. De volver a tener 11 años se hubiera abrazado a él y todo parecería mejor. De volver a tener 11 años no tendría pechos que ocultar y nadie le diría que ya era demasiado mayor para hacerse llamar Jorge. Viviría aventuras, sin tener que preguntarse por qué le gustan las chicas cuando él no quiere ser una.

Arrancó el coche, deseando volver a casa, a lo que quedaba de su infancia.