La pareja pasaba entre los puestos sin prestarle mucha atención a lo que los rodeaba. O a las personas que pasaban a su lado.

—De verdad lo lamento, Clare.

La muchacha suspiró. En ese punto ya estaba cansada de la necesidad de Raki por disculparse cada vez que creía que hacía algo más.

—Deja de disculparte. Ya te dije que es normal querer ayudar a un amigo en necesidad.

—Sí, pero yo…

—¡Oiga! Joven —la voz pertenecía al dueño de un pequeño puesto—. Si quiere disculparse con la dama, gane para ella un ramillete.

Era un puesto pequeño con un juego de dardos. Como premios se ofrecían flores coloridas y exuberantes de distintas formas y tamaños. El dueño parecía orgulloso de ellas y buscaba con su tono hacerlas apetecibles para Raki.

—Cualquier dama las amaría. Tienen un lindo aroma ¿Verdad?

—Tienen que. Por lo general las llevan las personas que no se bañan.

El tono de Clare era difícil de descifrar, pero por su mirada se notaba que buscaba pisotear la altanería del encargado. No por maldad, sino cómo forma de dejar en claro que no quería terceros en sus discusiones con Raki. El joven, sin comprender esto, trató de apaciguar al hombre.

—Eh… Haré un intento.

Solo era un dardo por persona. El objetivo era un tablero redondo pintado en la pared del fondo. Clare se cruzó de brazos para observar. No necesitaba esas flores, pero ver la inocencia de Raki en acción era un pequeño placer culpable que se permitía. Volvió a dar un rápido vistazo a las flores esperando que no ganara nada muy llamativo cuando la vio.

Con un "plop", el proyectil golpeo el tablero.

—Uy, fue un buen intento —la voz del encargado tenía un tono burlón.

—Sí, arrojar cosas nunca fue mi fuerte —respondió él, apenado.

—Su premio de consuelo.

El hombre dejó escapar una carcajada a la vez que le entregaba a Raki una flor de tela purpura.

—Bueno, yo…

Antes de que pudiera decir algo más, Clare se apoderó de la flor y comenzó a jugar con los pétalos, acariciándolos delicadamente con las yemas de sus dedos. El brilló en sus ojos no era la actuación que él conocía, sino el resplandor que aparecía cada vez que recordaba algún deleite de su vida humana. Fuera lo que fuera, no lo dijo. Solo se acomodó la flor detrás de la oreja y sonrió.

—¿Me queda bien?

Raki extendió el brazo y acomodó un poco la flor a la vez que acariciaba la cabeza de Clare.

—En realidad, creo que tú la embelleces.

Las mejillas de Clare se encendieron fugazmente antes de que ella desviara la mirada y señalara en otra dirección.

—Veamos que hay por allí.