Clare se apartó de los puestos y de la gente para dejarse caer sobre sus rodillas. A su espalda las actividades continuaban, ajenas a su presencia, y ante ella la colina descendía hasta terminar en un colchón de verde hierba salpicada por flores blancas. No sabía la razón de su reacción de unos minutos atrás, pero al segundo de que sucediera ya se lamentaba. Ese exabrupto había sido innecesario e infantil, pero no había podido evitarlo. Desde el momento en que esa mujer besó la mejilla de Raki, algo se su cuerpo se dobló y tensó cada uno de sus músculos de manera dolorosa. Nunca se había detenido a pensar en eso, pero la idea del joven mostrando ese nivel de intimidad con una mujer abrió su mente a una serie de ideas que por solía evitar.
Y era que su frustración no iba dirigida contra Amanda, sino contra lo que ella representaba. Una mujer humana que pudiera volverse cercana a Raki hasta el punto de enamorarlo. Alguien que poco a poco iría reclamando su atención y que lo apartaría de ella. Si eso sucedía un día, fuera con quién fuera, ya no habría lugar para ella en la vida de él. Y en esos momentos se preguntaba ¿Qué derecho tenía ella para reclamarle a Raki su vida? ¿O qué le daba la autoridad para decidir por él? La idea de permanecer a su lado se le hacía similar a ponerle un grillete al joven y forzarlo a entregarle todas sus esperanzas y sueños. Esa idea volvía toda la belleza de sus momentos juntos en una cosa amarga que no podía escupir.
—El pasto siempre se ve más verde del otro lado —murmuró la joven arrancando un manojo de hierba que soltó al viento.
Un par de brazos la rodearon por detrás y el rostro de Raki se posó junto al suyo. Fue tan repentino que sus reflexiones previas quedaron apabulladas por la calidez y el aroma que se desprendían del joven.
—¿Por qué tan apartada? ¿Te sientes bien?
—Raki, yo…
Él volteó el rostro y posó sus labios sobre la sien de Clare. Ella sintió un relámpago en su pecho, detrás de la herida siempre abierta que lo atravesaba. Por un segundo creyó que el estremecimiento haría saltar las puntadas. Temblorosas, sus manos se posaron sobre los brazos de Raki para tratar de apartarlos, pero no podía hacerlo.
—No parece que tengas fiebre —dijo el con suavidad.
—No seas ridículo ¿Por qué tendría fiebre?
—Bueno, te has puesto tan roja últimamente.
Eso último lo dijo con un ligero tono de malicia tan sorpresivo que Clare se sintió en la necesidad de defenderse. Se retorció entre sus brazos. Quería liberarse del agarre, pero sin darse cuenta usó más fuerza de la necesaria y se precipitó hacia adelante arrastrando al joven con ella. Apenas llegaron a gritar. Fueron cinco segundos rodando colina abajo hasta que llegaron al colchón de verde hierba.
Apenas empezaban a recuperarse de la sorpresa cuando Raki habló, todavía agitado. Su pecho subía y bajaba bajo la camisa. Clare era bien consciente de esto pues su cabeza se hallaba sobre el mismo. Los latidos del corazón llegaban con claridad a su oído, y no pudo evitar pensar que aquellos eran unos latidos reconfortantes. Opacaron las palabras del joven y la muchacha debió pedirle que las repitiera.
—No esperaba esto.
Clare se incorporó a medias para poder verlo a los ojos. Tan azules como el cielo primaveral.
—¿Estás bien?
—Sí.
Él sonreía mientras cerraba los ojos cerrados. Su voz tenía un tinte soñador, como el de un niño que piensa en el futuro sin saber de las crueldades del mundo. Una de sus manos se posó en la espalda de Clare y la otra dio unos golpecitos a la hierba.
—Esta hierba que nos amortiguo… tiene el color de tus ojos. Es como si hubiera existido todos estos años solo para este momento… Entre nosotros.
—Eso es ridículo —dijo Clare con repentina frialdad.
—¿Tú crees?
La mano de Raki se deslizó hasta su cabeza y la empujó hasta acercarla a la suya, dejando que sus frentes se unieran en un suave toque.
—Me gustaría pensar que así es.
Y Clare se dio cuenta de que a ella también le gustaba esa idea.
