Algunos aldeanos aparecieron en lo alto de la colina para asegurarse de que la pareja estuviera a salvo. Clare y Raki, que ya se encontraban sentados sobre la hierba, los tranquilizaron con unos gestos mudos. No tardaron en quedar solos de nuevo, contemplando las flores que los rodeaban. Ninguno parecía querer romper el silencio entre ellos. Los eventos resientes habían sido rápidos y sencillos, pero ocultaban mucho detrás de ellos y la pareja no estaba lista para lidiar con esa realidad.
Fue Raki el primero en ponerse de pie. Clare lo siguió con la mirada, sorprendida al percatarse de lo alto que se había vuelto. Su sombra se proyectaba sobre ella como un pilar y en sus cabellos ardían los rayos de sol. La brisa primaveral mecía su cabellera con suavidad y algunos pétalos blancos danzaban a su alrededor. El joven le extendió una de sus calludas manos para ayudarla a ponerse de pie. No necesitaba su favor, pero la tomó de todos modos. Las puntas de sus dedos rozaron con timidez la cálida palma y un escalofrió corrió por su espalda. Los dedos de Raki se cerraron contra los suyos justo cuando una bandada de aves rojas y negras pasaba sobre sus cabezas. Ese fue un breve pero perfecto instante.
—Clare, tus ojos —dijo él un poco alarmado.
Clare se llevó una mano al rostro, rodeando uno de sus ojos entre los dedos índice y medio. Podía sentir el efecto de la píldora supresora desvaneciéndose. Todo un mundo oculto se volvió perceptible para ella, y lo que era visible se mostró incluso más palpable. En especial el joven de pie frente a ella. Encajaba tan bien en ese paisaje, la primavera misma parecía irradiar de él.
Sin perder tiempo, ella tomó el pequeño espejo que Raki le había reglado un tiempo atrás y lo abrió. Allí confirmó que sus ojos eran plateados de nuevo, pero del estuche también pudo tomar una de las píldoras. Se la colocó debajo de la lengua y se puso de pie.
—Antes de subir caminemos alrededor de la colina —sentenció sin problemas—. Así me aseguraré de que no haya nada cerca.
Sin soltarla, Raki volteó para ofrecerle su hombro.
—Cierra los ojos y apoya tu cabeza en mi hombro. Si caminamos así nadie sospechará.
Era cierto, y no dudó en hacerlo. La diferencia de tamaños entre ellos hacía que esa posición no resultara incomoda. Todo lo contrario. La guerrera no pudo evitar una fugaz e infantil idea: que esos hombros habían sido hechos solo para ella, para reposar su cabeza o sus manos según lo deseará. Si era una idea egoísta o no, no le importó. Mucho menos cuando Raki cruzó su brazo alrededor del suyo para conducirla con más facilidad.
Sus sentidos ampliados captaban lo que la rodeaba con más intensidad ahora. Las aves cantaban en todos los árboles, los aromas de las flores cercanas se mezclaban con los de las que brotaban en lo profundo del bosque y a los pies de las montañas. La brisa hacía susurrar la hierba y crujir las ramas de los árboles. La primavera los estaba besando en esos momentos con las promesas de un renacimiento, sellando el final del invierno que había sido la Organización y los derramamientos de sangre. Y Clare podía apreciarlo gracias a su propia naturaleza.
—Tiene sus ventajas.
—¿Qué cosa?
Clare apretó su brazo con más fuerza y acomodó la cabeza en la calidez viviente que era Raki. Un hijo de la primavera y una hija del invierno.
—Nada. Solo pensaba en voz alta.
De momento ese presente era lo único en lo que quería pensar.
