Su caminata se tornó más placentera cuando dieron la vuelta a la pendiente y llegaron a un corredor de cerezos. Habían florecido con rosas pasteles que contrastaba con el verde de la hierba. El aroma dulce cargaba el aire con intensidad y Clare le pidió que se sentaran un momento a la sombra de los árboles, en un gran roca plana.

—Está aldea es muy agradable —dijo ella sin desprenderse del brazo de Raki y con los ojos perdidos en las rosadas copas.

—¿Te gustaría vivir en un sitio así?

—No lo sé. Nunca pensé en establecerme en alguna parte. Una casa propia en un lugar con el que sienta afinidad ¿Me pregunto cómo sería?

Él asintió con suavidad.

—¿Y qué hay de ti? ¿Nunca has pensado en dónde te gustaría vivir?

—Solía creer que pasaría toda mi vida en Doga, incluso si la mina se había agotado. Pero pasaron cosas.

Clare se aferró a su brazo con fuerza al recordar esa noche en la aldea, cuando mató al yoma que había devorado a la familia de Raki. No fue un momento agradable. Él había visto a una criatura que se asemejaba a su hermano, su último familiar con vida, siendo cortado en dos. Tras acabar con el monstruo ella había buscado al niño con la mirada para asegurarse de que estuviera bien. Pero al ver el miedo en sus ojos y movimientos sintió una punzada de dolor y algo de culpa. Permaneció oculta en el techo de una casa vecina hasta que alguien fue a buscar a Raki y luego se atestiguó que lo llevaran a un lugar seguro. Pasó esa noche en el límite de la aldea, en el mismo lugar dónde había hablado con el niño y a sabiendas de que ella había sellado el fin de su inocencia. Esa era la primera vez que lidiaba con alguien tan joven y… amable. Amabilidad, algo que no había experimentado en mucho tiempo. Era tan dulce como el aroma de los cerezos y ni siquiera había tenido la ocasión de disfrutarla. Pero al día siguiente se llevó una sorpresa cuando él apareció para darle las gracias. Desde entonces se había topado con pequeñas muestras de amabilidad cada vez más seguido.

—De cualquier forma, no creo que sea bienvenido de nuevo en Doga. Dejaron eso en claro la última vez.

Clare volteó hacia él con una mirada penetrante, como si tratara de entrar a sus ojos y ver por ella misma lo que había sucedido en la aldea. Algo incómodo se revolvió dentro de ella. No pensaba que le afectaría tanto, pero la idea de Raki siendo despreciado por otras personas la hería más que cualquier ofensa que ella misma hubiera sufrido. Tanto por parte de humanos o incluso guerreras. Era su opinión que nadie tenía derecho a dañarlo o razones para odiarlo. Y si alguien lo hacía…

—Es su problema —murmuró.

Fue un repentino instante de entendimiento que le aclaró muchas cosas. Como la dulzura de las flores de cerezos, podía opacar las cosas con mirada de Clare se suavizó y llevando una mano al rostro de Raki lo hizo voltear a verla. El repentino contacto lo hizo sobresaltarse, pero los ojos de la muchacha le transmitieron tranquilidad.

—Si sirve de algo, yo nunca te apartaría de mi lado. Y si alguien te desprecia, también me desprecia a mí.

—Clare…

—Eres mi hogar, Raki… Y yo el tuyo.