Aquella repentina confesión estremeció a Raki de manera que solo pudo sonreír y darle un beso en la frente a Clare. Permanecieron a la sombra de los árboles por un largo tiempo, tal vez horas por lo que a ellos concernía, meditando cada uno en lo que acababa de suceder. No era fácil poner las cosas en orden después de eso, por lo que ambos llegaron a la conclusión de que lo mejor era dejarlo así de momento. Dejar que se calmaran las aguas antes de seguir avanzando.

Decidieron, al unísono, ponerse de pie y continuar la caminata alrededor de la pendiente. Ya se encontraban en el lado contrario y el corredor de cerezos se separaba de la pendiente para ir a bordear un extremo del lago que habían visto antes. Este se asemejaba a un gran lapislázuli resplandeciente y rodeado por una corona de juncos blancos. La superficie apenas era perturbada con los ondeantes senderos trazados por patos de negras plumas.

—Hasta el día de hoy no me había detenido a apreciar la belleza de estos sitios.

Clare se acercó al lago y poniéndose de rodillas, atravesó grácilmente la superficie con una delicada mano. Movió sus dedos como si tocara una cuerdas invisibles.

—Está fría —dijo sonriendo.

Raki se colocó a su lado y le devolvió la sonrisa.

—¿En serio?

—Sí. Mira.

Alzó su mano de repente y el agua salpicó el rostro de Raki. El joven apenas tuvo tiempo de protestar mientras que ella no pudo evitar que su risa surgiera. Aunque cubrió su boca con la misma mano del crimen en un intento de contenerla. Raki, con el agua corriéndole por el rostro, la miraba con falsa indignación.

—Oh, tú.

Estrelló su mano con dureza en la superficie y esta vez el agua los salpicó a ambos. Hubo más risas, pero eran absorbidas por el ruido que venía de lo alto de la pendiente. Las gotas suspendidas entre sus rostros brillaban con la luz del sol dándole a la escena un aire onírico. O como algo salido de los cuentos para niños que hablaban de jardines secretos perdidos en la inmensidad de la naturaleza. Así como sucedió, la escena también llegó a un rápido final.

Clare dirigió su mirada al lago una vez más, pero sus ojos no parecían estar viendo el paisaje. Más bien era como si estuvieran perdidos el porvenir.

—Quisiera disfrutar de estas cosas como antes. Ha pasado tanto tiempo.

—Si es lo que deseas, podemos empezar ahora mismo.

Clare lo miró levantando una ceja con intriga esperando a que continuará. Y lo hizo.

—Sí. Es una fiesta de bodas después de todo. Tenemos el resto de hoy y dos días más para disfrutar de esto —dijo abarcando el lago con un brazo—. Y de esto.

Extendiendo una mano volvió a acomodar la flor de tela en la oreja de Clare.

—¿Qué dices? Después de todo, nadie va a prestarle atención a dos personas haciendo el ridículo por ahí.

Llevándose una mano al pecho como queriendo contener los latidos de su corazón, Clare contempló a Raki. Aquella invitación a disfrutar de los siguientes días con él se oponía a los primeros pensamientos que había tenido al otro lado de la pendiente. Pero en el camino hasta allí habían sucedido varias cosas en tan poco tiempo y espacio. Por una vez quería entregarse a esos pequeños momentos que la vida apenas le había ofrecido hasta ese entonces.

Esa nueva faceta la hacía sentirse pequeña e inofensiva, como si se convirtiera de nuevo en la niña que necesitaba que la llevaran de la mano. Y quién estaba ahí para ofrecerle su mano era Raki. Asintió con timidez, sin dejar de sentirse como una infanta que se abría a los misterios de la madurez.