Unas escaleras de piedra subían por la pendiente y por medio de ella regresaron al área ocupada por los puestos. La cantidad de gente había disminuido y muchos puestos se encontraban cerrados. El atardecer estaba próximo y después de aquel día muchos deseaban retirarse a descansar. Solo entonces Raki se dio cuenta de que tenía hambre. No había comido nada desde la mañana y en esos momentos se arrepentía de no haber probado la crema de pétalos. Pensó en buscar a Amanda, pero recordó la reacción de Clare y descartó la idea.

Esa noche cenarían con Klein y después de eso tendría que revelarle la verdad a su viejo amigo. No estaba seguro de cómo reaccionaría, pero no sentía a gusto haciendo que Clare tuviera que ocultar su identidad. Después de todo, ella estaba allí por petición suya y para asegurarse de que nadie saliera herido. Cuando menos quería evitar que ella se sintiera incomoda y que pudiera descansar tranquila en la casa.

—Los he estado buscando —dijo una voz agitada.

Klein los sorprendió apareciendo de la nada. Raki se apresuró a responder.

—Lo siento, se nos fue el día caminando.

Su amigo se llevó ambas manos a la cintura y sonrió.

—Entiendo, este pueblo es cautivante. Pero me gustaría que me acompañaran a casa. Ahora.

—¿Y eso?

Klein se sonrojó levemente y bajó un poco la mirada.

—Tengo un favor que pedirte.

El tono de Raki se volvió cauteloso. Clare pudo notar que sus hombros se habían tensionado.

—Oh ¿De qué se trata?

—¿Recuerdas esa salsa para el pollo? La que preparaba tu madre.

—Sí.

—¿Sabes hacerla? Quisiera probarla una vez más.

La casa de Klein era sencilla. Una sala-cocina, un dormitorio, un baño y una buhardilla dónde le habían preparado una cama a Clare. Además de esta sola había una ancha ventana desde la que se veía el bosque que rodeaba el pueblo. Ella hubiera preferido dejarle la cama a Raki, pero él se la había entregado de inmediato alegando que se conformaba con el sofá de la sala.

Ella se encontraba allí, sentada en el mullido colchón con las manos en las rodillas. Hasta allí llegaba el aroma de la salsa con la que el joven bañaba el pollo. Una cuyo ingrediente principal era la miel. No podía negar que olía delicioso, incluso si se daba la posibilidad de que no fuera a comer nada dadas las necesidades de su cuerpo.

Ellos estaban teniendo una conversación bastante animada, pero no había certezas de que el buen ambiente se mantuviera después de la revelación. No se sentía a gusto con ser la causante de una posible discusión, y al mismo tiempo la idea de que Raki estaba dispuesto a enfrentar el rechazo de un viejo amigo por ella… Odiaba sentirse alagada por eso, mas no podía evitarlo. Lo que pensaba acerca de Raki mereciendo su propia vida estaba clavado en su pecho, pero la idea de él entregando todas esas posibilidades por ella causaba un fuerte cosquilleo por su cuerpo. Se llevó una mano al pecho, sintiendo la cicatriz del otro lado. Aquella cosa tan inhumana no producía, al contrario, ningún efecto en ella. Solo estaba ahí. La presencia de Raki en su vida resultaba intrigante, a falta de una mejor palabra.

Las escaleras rechinaron bajo el peso del joven en quien pensaba. Levantó la vista para verlo.

—La cena está lista.

Ese parecía un gesto tan humano e innecesario que no pudo evitar sonreír.

—Gracias, pero creo que no tengo apetito.

—Vamos, tienes que probar el pollo a la Doga —dijo esto con un entusiasmo que ella no estaba seguro si era real o no—. Es una de las pocas recetas que recuerdo de la aldea. Aunque no sé…

—No creo que debas decir lo que soy.

Él casi cae de espaldas al oír eso. La observó buscado algo que explicara el cambio tan repentino, pero no encontró una respuesta. Ella miraba al suelo apenada. Jugaba con una píldora supresora entre sus dedos, lista pata tomarla en cualquier segundo.

—No quiero causarte problemas. Y ya estoy acostumbrada a esta clase de cosas. No me molesta hacerlo una vez más. En especial si es por ti.

—Bueno, hay un problema con eso.

Clare alzó la vista para verlo a la cara.

—Ya lo sabe.

La guerrera casi se pone de pie al oír eso. Sus dedos apretaron con fuerza las sabanas llenándolas de arrugas. No pudo evitar que su voz cobrara un tono acusatorio.

—¿Por qué lo hiciste?

—Se dio la oportunidad. El ánimo era bueno. Y acordamos que ese era el plan.

Era cierto, pero la confesión debía ser después de la cena. Hasta ese momento creyó que tenía tiempo de evitar el conflicto. Pero ahora ya se encontraba en este.

—¿Qué dijo?

—Bueno, está sorprendido. Le gustaría hablar contigo.

Ella asintió y suspirando se puso de pie. Fuera lo que fuera tendría que enfrentarlo. En el trayecto hasta la sala solo se concentró en el aroma a miel que inundaba la casa. Era tan dulce y placentero que se oponía a la vorágine de malos augurios tejiéndose dentro de su cabeza.