Lo rodeaba la oscuridad, pero a la distancia vio un pilar de luz amarillenta. Avanzó hasta ella y en el breve camino se fue dando cuenta que sobre su cabeza se alzaba un techo. La distancia era muy pequeña y podía alcanzarlo estirando un brazo. La luz provenía de un orificio en el mismo y al no tener otra opción decidió que lo mejor era salir por este.
Raki lo cruzó y se encontró en un gran cuarto gigantesco e iluminado por una chimenea grande como una montaña. El suelo debajo del cual había estado era de madera, igual que las paredes y el techo. La abertura se encontraba entre dos dedos gigantescos; un pulgar y un índice. A la mano le seguía un brazo que se alzaba casi en vertical para funcionar como sostén de una pequeña niña. El codo del otro brazo descansaba en una rodilla y sobre la mano el juvenil rostro. Su larga cabellera castaña se derramaba por su espalda y por ambos lados de su rostro para caer hasta su pecho. Los ojos eran de un verde esmeralda, pero apenas podía apreciarlos pues los parpados los cubrían casi por completo. Llevaba un lujoso vestido de un marrón oscuro. Sus labios se movían en un débil murmullo, parecía estar hablando en sueños. No tardó en reconocerla a pesar de las notorias diferencias que el tiempo había hecho en ella.
—Teresa… Vuelve pronto…
La voz adormilada solo confirmaba que estaba más próxima al mundo de los sueños. Y no estaba seguro de qué tan lejos estaba él de ese mundo.
—Clare.
La niña abrió los ojos al oír su nombre y en ellos se evidenciaron los restos del sopor. Pero cuando las esmeraldas se fijaron en él, resplandecieron y ganaron una lucidez evidente.
—Oh, qué lindo.
La mano a su lado giró y en un rápido movimiento se arrastró hasta él. Los dedos se cerraron alrededor de su cuerpo con suavidad y firmeza a la vez. El joven se vio levantado por el aire hasta quedar frente al pequeño rostro sonriente. Un dedo de la otra mano empezó a darle palmaditas en la cabeza.
— Un muñeco de Raki.
Sin aflojar el puño, ella empezó a mover al joven recreando una tosca caminata mientras tarareaba una canción infantil. Para ella solo era un gesto inofensivo, pero para él era una experiencia que revolvía su estómago. Todo le daba vueltas y creyó que vomitaría si eso seguía. Vociferó algunas quejas, pero los oídos de la niña fueron sordos ante ellas. Además su inocente voz engullía sus palabras.
El ajetreó se detuvo cuando Clare volvió a colocarlo frente a su rostro. Sujetó la mano de Raki entre dos dedos y la movió de arriba abajo para que pareciera que la saludaba. Volvió a hablar, pero esta vez hizo sonar su voz como una torpe imitación de la del joven.
—Hola, Clare. Hoy te ves tan bonita como siempre.
Su voz regresó a la normalidad y su rostro cobró un matiz de fingida sorpresa.
—¿Lo dices en serio?
Un nuevo cambio que se ajustaba al rol que ocupaba en esa pantomima.
—Sí, Clare. Siempre he creído que eres muy bonita
Sin avisó previó, la niña acercó a Raki hasta su mejilla y lo frotó contra ella suavemente. Su risa infantil hizo eco entre las paredes de ese extraño cuarto.
—¡Muchas gracias! Juguemos hasta que Teresa regrese.
Raki se estremeció en la cama al ser arrancado del mundo onírico por completo. Lo que había pasado en su sueño se perdía en las neblinas de la inconsciencia y ya no era capaz de recordar los juegos a los que la niña lo había sometido. La sabana enredada alrededor de su cuerpo y los cabellos alborotados le daban a entender que había sido una experiencia brusca.
Cuando todo dejó de darle vueltas se dio cuenta de que Clare se encontraba de pie junto a él. No la niña de su sueño, sino la mujer a la que siempre había conocido. Lo observaba extrañada y sujetando ente sus manos una taza de té caliente. Había varias preguntas pintadas en sus facciones, pero de momento él solo pudo darle los buenos días. Fue entonces que se dio cuenta de que seguía en la buhardilla y que la luz del día ya entraba a raudales por la ventana.
—Clare ¿Qué hago aquí?
—Anoche te quedaste dormido viendo por la ventana. Así que te recosté en la cama.
—La cama era para ti —dijo apenado.
Ella suspiró agotada y habló con un tono irónico.
—Sí, pero gracias a mi elaborado plan fuiste tú quién la uso.
Clare se incorporó sobre él y le dio un golpecito con el índice en la nariz.
—Jaque mate. Ahora bebé tu té.
