Cando hubo acabado de planchar las pocas cosas que había, mientras Harry lavaba los platos, Sakura se puso a sacar la ropa de la secadora y se fijó en que a algunas de las camisas de Sasuke les faltaban botones, y otras tenían descosidas las costuras. Harry le proporcionó aguja, hilo y botones, y la joven se sentó a coserlas y pegarles los botones mientras veía una vieja serie en la televisión.
Un par de horas más tarde aparecieron Sasuke y Sanosuke. —Tío, qué forma de nevar... —farfulló Sanosuke frotándose las manos frente al fuego que Harry había encendido en la chimenea—. Papá tuvo que venir a buscarme en el trineo porque el autobús de la escuela no podía ni avanzar por la carretera.
—Oh, hablando del trineo... —intervino Sakura mirando a Sasuke—, necesito recoger algunas cosas de la cabaña. No puedo ni cambiarme de ropa.
—Bien, ve a ponerte el abrigo. Te llevaré un momento antes de regresar al trabajo —se ofreció Sasuke—. Sanosuke. tú también puedes venir —añadió ignorando la cara de extrañeza del pequeño.
Sakura se puso de pie y subió a por su abrigo. Estaba muy claro por qué quería que Sanosuke fuera con ellos: se sentía atraído por ella, pero, según parecía, estaba decidido a luchar con todas sus fuerzas contra ello. ¿Por qué la consideraría una amenaza? Cuando volvió a bajar se encontró con que Sasuke estaba examinando una de las camisas que había estado arreglando. Alzó la mirada hacia ella con una expresión irritada.
—No tenías por qué hacer esto —le dijo con aspereza.
Sakura se encogió de hombros tímidamente. —Es que me sabe mal estar aquí sin ayudar... -murmuró—. Además, no sé estar mucho tiempo ociosa, me pone nerviosa —añadió.
Una expresión extraña cruzó por el rostro del ranchero. Se quedó un momento estudiando el remiendo en la manga, que se había desgarrado con la alambrada, para dejar la camisa nuevamente sobre el sofá y dirigirse a la puerta sin mirar a la joven.
A Sakura no le llevó demasiado tiempo recoger las cosas que necesitaba. Cerró la maleta, salió del dormitorio y se dirigió al salón, pero recordó que se había dejado unos guantes sobre la cama y regresó a por ellos. Cuando volvió, se agachó para levantar la maleta del suelo, pero Sanosuke se le adelantó. -Yo la llevaré —le dijo con una sonrisa.
Sakura se la devolvió. Verdaderamente era un chico estupendo. Qué curioso que se pareciera tan poco a su padre... Sanosuke le había dicho que su madre era pelirroja, así que debía salir a ella, pero, aun así, que no hubiera nada en sus rasgos que recordara a Sasuke..
El ranchero estaba esperándolos fuera, sentado en su trineo con expresión inescrutable y fumando un cigarrillo. La joven y el niño subieron al vehículo y Sasuke agitó las riendas impaciente. El caballo se puso en marcha de regreso a la casa. Nevaba ligeramente y la brisa soplaba, haciendo que los copos se dispersaran en todas direcciones. Sakura suspiró y alzó el rostro hacía las copas de los abetos, sin preocuparle que se le hubiera caído la capucha, dejando al descubierto su rosado cabello. Se sentía más viva que nunca. Había algo en aquel paraje sin domar que la hacía sentir en paz consigo misma... por primera vez desde aquella tragedia.
—¿Disfrutas del paseo? —inquirió Sasuke de repente.
—No te lo puedes imaginar —contestó Sakura—. Este lugar es tan hermoso...
Sasuke asintió. Sus ojos negros recorrieron el rostro de la joven, deteniéndose en las mejillas arreboladas por el frío, antes de volver a fijar la vista en el camino. Sakura notó que había estado mirándola, pero aquello, lejos de alegrarla, la llenó de preocupación, porque Sasuke parecía nuevamente enfadado.
Y de hecho lo estaba. De regreso en la casa quedó patente que se había encerrado en sí mismo y no tenía intención de salir: apenas le dijo dos palabras seguidas a Sakura antes de que ella y Sanosuke subieran a sus dormitorios.
—Ya se ha enfurruñado —le dijo el niño a la joven—. Le pasa a veces. No le dura mucho, pero cuando está así es mejor no buscarle las cosquillas.
—Oh, te doy mi palabra de que no lo haré —le prometió Sakura.
Sin embargo, no le sirvió de mucho, ya que durante el desayuno a la mañana siguiente y durante la comida, Sasuke la obsequió con miradas furibundas. Estaba empezando a sentir verdaderamente que su presencia allí era no grata. Decidida a no dejarse influir por su ánimo, Sakura se entretuvo ayudando a Harry a cocinar y cosiendo el bajo de una cortina, y después fue a dar de comer a los terneros, la tarea que más le agradaba.
Cuando regresó a la casa, Harry le pidió que fuera poniendo la mesa para la cena. Había terminado, y estaba en la cocina aliñando la ensalada, cuando vio por la ventana detenerse el trineo frente a la casa. Sasuke bajó de él y al cabo de un rato escuchó abrirse y cerrarse la puerta de la casa.
Sakura sintió que los latidos de su corazón se aceleraban. Sasuke había entrado en la cocina y se había quedado parado observándola. Sus ojos fueron del delantal que llevaba puesto al bol de ensalada que tenía en la mano.
—Vaya, ¡si hasta pareces un ama de casa...! —exclamó sarcástico.
Aquel ataque la sorprendió, aunque, irritado como había estado desde el día anterior, no debiera haberla sorprendido su actitud. —Solo estoy ayudando a Harry —contestó ella.
—Ya lo veo.
Mientras el ranchero se lavaba las manos en el fregadero, Sakura no pudo evitar quedarse admirando cómo el musculoso torso se marcaba bajo la camisa de cuadros. Sasuke la pilló mirándolo, y sus ojos oscuros relampaguearon furiosos. La joven, fascinada por las reacciones que provocaba en él, olvidó que no debía forzar su suerte, y se acercó a él en silencio, envolviendo sus manos mojadas en el paño de la cocina. Lo miró a los ojos mientras las secaba.
Sasuke entrecerró los ojos y dejó por un instante de respirar. Un tropel de sensaciones se arremolinaron en su interior: soledad, ira, ansiedad, lujuria... El perfume dulzón de Sakura invadía sus orificios nasales embriagándolo. Bajó la mirada al perfecto y suave arco que formaban sus labios, preguntándose cómo sería inclinarse hacia ellos y besarlos. Hacía tanto que no besaba a una mujer, que no tenía a una mujer entre sus brazos... Y Sakura era tan femenina que bacía que despertaran sus instintos más básicos. Casi se sentía vibrar de necesidad cuando la tenía tan cerca.
No, no podía dejarse llevar por esas emociones, se dijo con firmeza. Si lo hacía estaba abocado al desastre. No era más que otra loba con piel de cordero. Seguramente la aburría aquel aislamiento, aquel confinamiento en las montañas, y quería divertirse con él un rato. Si creía que iba a acaramelarlo con sus encantos estaba muy equivocada. Dio un resoplido y le arrancó la toalla de las manos.
—Oh... Lo siento —balbució la joven.
Esa violencia repentina la asustó, porque demostraba que el ranchero no controlaba del todo sus emociones, y se apartó de él. Esa agresividad inherente al género masculino siempre la había hecho mantenerse a cierta distancia de los hombres, porque la había sufrido hasta que se escapó de casa. Se dio la vuelta para no tener que mirarlo, y se puso a remover una salsa que estaba calentando en el fuego.
—No te acomodes demasiado —le advirtió Sasuke—, la cocina es el territorio de Harry, y no le gustan los intrusos. Tú solo estás de paso por aquí.
—No hace falta que me lo recuerdes —le espetó ella enfadada, girando la cabeza y mirándolo directamente a los ojos—. En cuanto se derrita la nieve me marcharé y te dejaré tranquilo para siempre.
—Esperemos que ocurra muy pronto —masculló él con veneno en la voz.
Sakura sintió deseos de zarandearlo. ¿Qué le había hecho ella? ¿Qué había hecho para merecer aquella hostilidad? Era irónico que hubiese ido a las montañas para descansar después de un suceso traumático, y que se encontrara en medio de una batalla que ella no había comenzado.
—Haces que me sienta tan a gusto... —le dijo con sarcasmo—, como si fuera de la familia. Gracias por tu generosa hospitalidad, Sasuke. ¿Qué más podría pedir? No sé, ¿un poco de cianuro en mi vaso?
Sasuke la miró airado y salió de la cocina a grandes zancadas.
Después de la cena, Sakura se ofreció para fregar los platos, pero Harry insistió en que no era necesario. Sasuke, como cada noche, se encerró en su estudio con sus libros de cuentas, así que Sakura se sentó con Sanosuke a ver una película de ciencia-ficción, y después accedió a darle una nueva lección de música con el teclado.
—Creo que ya me sale la escala del do mayor — anunció Sanosuke tocándola.
—¡En, muy bien! —lo aplaudió Sakura—. Pues entonces pasaremos a la del sol mayor.
Se la explicó, y mientras Sanosuke practicaba, no pudo evitar que su mente volviera a Sasuke.
—¿En qué piensas? —inquirió el chiquillo viendo qué se había puesto muy seria.
—Oh, en nada... bueno, la verdad es que estaba pensando en que tu padre no me quiere aquí —murmuró encogiéndose de hombros.
—No es culpa tuya —la consoló Sanosuke—. Mi padre odia a todas las mujeres, creía que ya lo sabías.
—Sí, pero... ¿porqué?
El muchacho meneó la cabeza. —Es por mi madre. Le hizo algo terrible. Nunca habla de ella. Tengo suerte de que me quiera a pesar de todo.
«¡Qué modo tan extraño de hablar de su padre!», pensó Sakura escrutando el rostro del pequeño. Sin embargo, prefirió no hacer ningún comentario al respecto.
—¿Por qué no tocas una canción? ¿Algo de rock? —propuso Sanosuke cambiando de tema.
—De acuerdo —aceptó Sakura con una sonrisa—, pero tendrá que ser algo suave -añadió mirando con aprensión la puerta cerrada del estudio.
Sanosuke siguió su mirada.— ¡Ah, no, vamos a hacerlo de rabiar! —dijo con una sonrisa traviesa.
—¡Sano! —se rio la joven sorprendida.
—Le hace falta un poco de ritmo. Tendrías que verlo cuando vamos a la iglesia y se le acerca alguna de las mujeres solteras del pueblo. Se pone rojo y muy vergonzoso —le dijo entre risas—. Tenemos que salvarlo, Sakura, o morirá siendo un solterón —añadió con mucha solemnidad.
Sakura meneó la cabeza y suspiró, pero después sonrió. —Muy bien, prepárate: este puede ser tu funeral, amiguito... —subió el volumen casi al máximo, y empezó a tocar una canción muy movida de un grupo del momento, al tiempo que Sanosuke y ella se ponían a cantarla.
No hubo pasado ni un minuto cuando, hecho una furia, salió Sasuke de su estudio pegando un portazo. —¡Por todos los demonios...! —masculló.
Sakura, rápida como el rayo, había arrastrado el teclado para ponerlo frente a Sanosuke.
—¡No! —gimió el muchacho—. ¡Ha sido ella, lo juro! —exclamó señalándola acusador ante la mirada furibunda de su padre.
La joven miró a Sasuke y fingió estar muy ofendida. —¿Me pondría yo a tocar a todo volumen en tu casa habiéndome advertido que no lo hiciera? —preguntó con aire de no haber roto un plato en su vida.
Sasuke entornó los ojos y volvió la cabeza hacia Sanosuke. —Bajadle la voz a ese chisme —dijo alzando el índice amenazador—, o le daré el enterramiento que se merece. ¡Y no quiero volver a oír más esa música demoníaca en mi casa! Además, tienes los cascos, ¿verdad? ¡Pues úsalos!
—Sí señor —balbució el chico tragando saliva. Iba amatar a Sakura...
La joven, que no se había asustado en absoluto de aquel arranque de ira, hizo un gesto de saludo militar. —A la orden.
Si hubiera podido, Sasuke la habría fulminado con la mirada. Se giró sobre los talones, volvió al estudio malhumorado y cerró dando otro portazo.
Sakura prorrumpió en risas, mientras Sanosuke la golpeaba en la cabeza con un cojín. —¡Eres un diablo! —le espetó—, ¡mintiéndole a mi padre y acusándome de algo que no he hecho!
—Lo siento, no lo he podido evitar —se disculpó ella entre risas ahogadas—. Además, fue idea tuya.
—¡Nos matará a los dos —le aseguró Sanosuke parando, con una sonrisa maliciosa—. Se quedará toda la noche despierto pensando en como hacérnoslo pagar y cuando menos nos lo esperemos... ¡bang!
—Que lo intente —se rio Sakura tratando de recuperar el aliento—. Anda, venga, prueba otra vez con la escala de sol mayor. Sanosuke hizo caso, pero, por si las moscas, bajó el volumen al mínimo.
Hacia las nueve, Sasuke volvió a salir del estudio y apagó una de las luces del salón. —A la cama —ordenó.
Sakura quería haber visto una película que habían anunciado para más tarde, pero prefirió no decir nada.
—Buenas noches, papá, buenas noches, Sakura —dijo Sanosuke sonriendo a la joven mientras subía las escaleras.
—¿Has hecho los deberes? —le preguntó Sasuke siguiéndolo con la mirada.
—Casi —contestó el niño parándose en un escalón.
—¿Qué diablos significa eso de «casi»? —exigió saber su padre.
—Que los terminaré mañana a primera hora -contestó el niño terminando de subir los escalones de dos en dos antes de que pudiera reñirle—. ¡Hasta mañana!
Se oyó cómo se cerraba la puerta de su dormitorio, y Sasuke se volvió hacia Sakura con una mirada peligrosa. —No quiero que esto vuelva a pasar —le dijo con aspereza—. Los deberes de Sanosuke son lo primero. La música puede que sea una afición muy bonita, pero no le va a dar de comer.
«¿Y por qué no?», querría haberle preguntado ella, «a mí me da una bonita suma de ingresos anuales». —Tranquilo, me aseguraré de que haya hecho los deberes antes de darle más lecciones de música.
—Eso está mejor —farfulló Sasuke — . Muy bien, vámonos a la cama.
Sakura, fingiéndose escandalizada, se llevó las manos al pecho y aspiró aire por la boca, abriendo los ojos como platos. —¿Juntos? ¡Señor Uchiha!, ¡nunca hubiera pensado esto de usted! —exclamó.
Sasuke entornó los ojos sin esbozar siquiera una sonrisa. —Nevará en el infierno antes de que yo me meta en una cama contigo —le respondió en un tono gélido—. Ya te dije que no me gustan las cosas de segunda mano.
—Pues tú te lo pierdes —replicó ella con descaro, optando por el humor para contener el impulso de tirarle algo a la cabeza—. En mi mundo la experiencia es algo a lo que se le da mucho valor —murmuró pasándose las manos por la cintura y las caderas y parpadeando con coquetería—. Y yo, soy «muy» experta... — «...en lo que se refiere a la música», añadió para sí.
—Sí, eso salta a la vista —dijo Sasuke apretando la mandíbula—, y te agradecería que no fueras exponiendo tu visión del mundo delante de mi hijo, no quiero que nadie lo corrompa.
—Si de verdad quieres que se convierta en un hombre juicioso el día de mañana, deberías dejarle formarse sus propias opiniones.
—Solo tiene doce años.
—Sí, y tú no estás preparándolo para vivir el mundo real —repuso ella.
—«Esto» es el mundo real para él, no la ciudad, donde mujeres como tú van de bar en bar, seduciendo a los hombres.
—¡Oye, oye, espera un momento! —protestó ella al instante—, yo no voy de bar en bar seduciendo a los hombres... —esbozó una sonrisa traviesa—. En realidad voy de parque en parque, tapada solo con una gabardina, y abriéndola cada vez que me encuentro con un anciano.
Sasuke no lo encontró gracioso. —Vamos, arriba —ordenó de nuevo girándose hacia la escalera.
—De acuerdo, de acuerdo... ¿tu habitación o la mía?
Sasuke se giró en redondo con una mirada furibunda en sus ojos negros. Vio que la joven estaba sonriendo provocativa. Solo quería picarlo, lo sabía. Entonces... ¿por qué se sentía excitado? Odiaba aquellas estúpidas reacciones automáticas de su cuerpo.
—Está bien, está bien, no haré más bromas... -murmuró Sakura, haciendo un gesto apaciguador con las manos. Podía ver que estaba llegando al límite del control sobre sí mismo, y no se sentía tan valiente como para ponerlo a prueba más allá de esas barreras—. Buenas noches.
Y comenzó a subir las escaleras. Sasuke se quedó un instante abajo, tratando de recobrar el dominio sobre sí mismo, y al cabo de un rato subió también.
Sakura estaba sacando su pijama de la cómoda cuando escuchó cerrarse la puerta de la habitación de Sasuke, y cómo echaba el pestillo. Dejó escapar una risa incrédula, sorprendida de esa niñería. Se sentó en la cama con un profundo suspiro. No acababa de saber cómo tenía que tratar a aquel hombre. En fin, tenía que intentar tomárselo con filosofía. Al fin y al cabo, aquello era solo algo temporal...
Sasuke estaba pensando exactamente lo mismo en su dormitorio. Sin embargo, cuando apagó la luz y cerró los ojos, era incapaz de quitársela de la cabeza, de dejar de recordar la cosquilleante sensación de sus cabellos rosa rozándole el tórax. En medio de la noche se despertó, bañado en sudor, y no consiguió volver a dormirse. Aquella fue la peor noche de toda su vida, y la más larga también.
A la mañana siguiente, en cuanto Sanosuke hubo salido por la puerta para irse al colegio, Sasuke alzó la vista hacia Sakura, sentada frente a él en la mesa, mirándola fijamente con el ceño fruncido.
—Ayer se me olvidó decirte que no quiero que vuelvas a tocar ni una sola de mis camisas —le dijo—. Si les faltan botones, o hay que remendarlas o plancharlas, Harry se encargará de ello, para eso le pago.
Sakura enarcó las cejas. —No tengo ninguna enfermedad contagiosa ni nada parecido —le espetó—, no voy a pegarte nada solo por coserlas.
—He dicho que no vuelvas a tocarlas —repitió Sasuke con dureza.
—Muy bien, como quieras... —suspiró ella encogiéndose de hombros—, me entretendré haciendo almohadones de encaje para tu cama.
Sasuke masculló por lo bajo una ristra de improperios. Sakura se quedó observándolo boquiabierta. Nunca lo había oído usar esa clase de lenguaje. Lo cierto era que él también parecía sentirse mal por haberlo usado, ya que soltó el tenedor, se levantó de la mesa y salió de la casa como si lo estuvieran persiguiendo.
Sakura se sintió culpable por haberlo pinchado. Ni siquiera se había terminado el desayuno... La verdad era que ni siquiera sabía por qué lo hacía. Tal vez, se dijo, tal vez lo hiciera para mantenerlo a raya, o para que no se diera cuenta de lo mucho que la atraía.
—Harry, voy a dar de comer a los terneros —le dijo al anciano, yendo a la cocina.
—Pues abríguese, señorita, está nevando otra vez.
La joven se puso el abrigo, los guantes y el gorro de lana, y se encaminó al establo por el camino que Sasuke había abierto en la nieve. Sin embargo, cuando llegó allí, se encontró con que el ranchero estaba preparando los biberones.
—No hace falta que me sigas para llamar mi atención —le dijo la joven con una sonrisa maliciosa—. Ya me he dado cuenta de lo sexy y atractivo que eres.
Sasuke resopló, y estaba a punto de decir algo, cuando ella se acercó y le tapó la boca.
—No vuelvas a utilizar ese lenguaje conmigo —le advirtió—. No te preocupes, no te molestaré. Me quedaré ahí, junto a ese poste, admirándote desde la distancia. De momento me parece más seguro que tirarme sobre ti.
Sasuke parecía estar debatiéndose entre sacarla de allí sin miramientos o besarla.
Sakura se quedó muy quieta, y los ojos suspicaces del ranchero descendieron hacia sus mejillas arreboladas y los labios entreabiertos. De pronto, sin saber muy bien cómo, Sakura se dio cuenta de que tenía las manos sobre el tórax de Sasuke, y de que este la había rodeado con sus brazos. La joven apenas podía respirar. ¡La había tocado voluntariamente! El ranchero la tomó por la barbilla y se la alzó, obligándola a mirarlo a los ojos. Había ira en ellos y también resentimiento.
—¿Qué es lo que buscas? —inquirió con frialdad.
—Pues... me conformaría con una sonrisa, unas palabras amables y... no sé, tal vez unas risas —musitó ella.
Los ojos de Sasuke volvieron a bajar a sus labios.
—¿Estás segura? —preguntó—, ¿nada más?
Sakura dejó escapar un suspiro tembloroso por entre los dientes. —T... tengo que... alimentar a los terneros.
Sasuke entornó los ojos aún más, y la tomó por los brazos, apretando sus dedos de modo que ella podía sentirlos a través del abrigo.
—Ten cuidado con lo que me ofreces —le dijo en un tono gélido—: hace demasiado tiempo que no he estado con una mujer, y un hombre puede sentirse muy solo aquí arriba, en las montañas. Si como dices no eres lo que yo creo que eres, será mejor que dejes de provocarme, o te meterás en problemas.
Sakura lo miró a los ojos, comprendiendo solo a medias lo que quería decirle. Sin embargo, poco a poco el significado de sus palabras fue calando en ella, haciendo que sus mejillas se encendieran y se le secara la garganta. —Eso... me ha sonado a amenaza —balbució.
—Es una amenaza, Sakura —contestó Sasuke—. No creo que quieras dar pie a algo de lo que luego quieras escapar.
La joven se mordió el labio inferior, nerviosa. Nunca hasta entonces había tenido miedo de él, pero en ese momento, al ver aquel brillo de advertencia en los ojos, temió estar jugando con fuego.
Sasuke la soltó al fin, tomó los biberones del suelo y se los tendió.
—No tienes que preocuparte —murmuró ella, recuperando su ironía—, no te atacaré por la espalda. No suelo violar a los hombres.
El ranchero enarcó una ceja, pero no sonrió. —Eres una loca temeraria —masculló entre dientes.
—Y tú un mojigato sin sentido del humor —masculló ella a su vez.
Sakura hubiera jurado que, por un instante, los labios de Sasuke se habían arqueado en una leve sonrisa.
—Dales de comer y vuelve a la casa. No querría que te perdieras en la nieve.
—Estoy segura de ello —murmuró ella con una dulce sonrisa. Pero en cuanto el ranchero se dio la vuelta y salió del establo le sacó la lengua. Se arrodilló junto a los terneros, aún agitada por aquella confrontación con Sasuke. Era un verdadero enigma. En cualquier caso era obvio que no se reía mucho. El ternero más pequeño no estaba respondiendo tan bien como había parecido al principio. Lo acarició con ternura y lo instó a chupar el biberón, pero lo hizo sin demasiado entusiasmo. Sakura dejó que volviera a echarse con un suspiro de desesperanza. No tenía buen aspecto. El resto del día estuvo preocupada por él. Tanto, que cuando Sasuke apagó el televisor a las nueve no protestó, y se fue derecha a la cama, bajo las miradas extrañadas de Sanosuke y de su padre.
