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Alegría y conejos.
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Por: Xeina Phi.
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La brisa era cálida, agradable. El delicioso aroma de las flores llenaba el ambiente de un dulzor que seducía a los transeúntes. Era una de esas tardes en las que Serena saldría a comer un helado, o iría al parque a sentarse bajo la sombra de un frondoso árbol. Sí, era un día agradable, y era una lástima que los pensamientos de Serena fueran todo lo opuesto que se podía ser; su cabeza era una tempestad de proporciones catastróficas. Era una lástima también, que estuviera encerrada en la biblioteca en lugar de estar haciendo cualquier cosa.
Frente a ella, estaba un trozo de papel en blanco y a un lado sus lápices de colores. Su cabeza estaba embotada de tanto pensar, de estar con el corazón extrañamente vacío. Nunca se había quedado sin palabras, en especial si se trataba de Darién, pero ahí estaba, meciéndose sobre su silla, viendo hacia la ventana.
Cuando Serena salió de su casa esa mañana, jamás se hubiera imaginado que toda su alegría se iría al traste cuando vio pasar frente a ella ese auto rojo, tan similar al de su novio, que cuando la muchacha observó con atención al conductor, pensó que sería Darién, con su sonrisa galante, sus modales refinados, su pulcro saco y sus zapatos bien lustrados; todo un caballero.
Por primera vez en mucho tiempo, cuando Serena pensó en él, un sentimiento de amargura le pinchó el pecho. El desagradecido ese, no solo no había contestado una sola de sus cartas, tampoco atendía el teléfono. Era como si la estuviera ignorando, y aquello la horrorizaba. En un par de horas, había experimentado toda clase de emociones, desde la euforia que le producía recordarlo y escribir lindas palabras de afecto, hasta el más puro sentimiento de aversión, de rencor, de enojo.
Abrumada por lo nocivos de sus pensamientos, Serena trató de sosegarse.
—Darién solo está estudiando —se dijo con ánimos renovados tomando su bolígrafo.
Evocó la última cita que habían tenido, y se dispuso a escribir, no prestó atención a sus palabras, simplemente dejó que su corazón la guiara. Fue tanta su inspiración, que sus dedos volaron a través de la tinta. Cuando hubo terminado y antes de cerrar el sobre, se le ocurrió corregir su escrito, recordando lo que Amy le había dicho con respecto a su ortografía.
Una mueca de horror se dibujó en su rostro al leer que había descrito la cita que tuvo con Seiya; el zoológico, el parque de diversiones, la casa de espantos, sus brazos protectores en la discoteca, tan cálidos, tan parecidos a los de su novio y tan distintos al mismo tiempo. Y como si aquel inofensivo trozo de papel fuera portador de la mas terrible enfermedad, lo hizo bola y lo tiró al cesto.
¿Por qué siempre pensaba en Seiya? ¿No era suficiente con verlo en la televisión, en los anuncios y hasta en la sopa? No supo que fue lo peor, si descubrir que aquel muchacho había acaparado la mayoría de sus pensamientos, o que estuviera roja hasta las orejas ante su sola sonrisa, su sola mirada.
Después de reescribir su carta, Serena salió a paso apresurado de la biblioteca, no creyendo que fuera a encontrarse con el diablo.
—Hey, Bombón. Casi me atropellas —dijo Seiya atrapando a Serena entre sus brazos—. A menos que quieras robarme un beso —agregó coqueto acercando su rostro.
—Qué cosas dices —farfulló aún más colorada, soltándose de su agarre.
—Tranquila, Bombón. —Seiya se reajustó sus lentes de sol y se acomodó el flequillo—. Por cierto, ¿qué hacías encerrada en la biblioteca en un día tan bonito?
Serena quiso gritarle cualquier cosa para refutarle, pero el recuerdo de Darién ensombreció nuevamente su mirada.
—Vamos, Bombón —dijo Seiya extendiendo su mano, queriendo verla sonreír de nuevo—. Te llevaré a un buen lugar.
Cuando llegaron a lo que a simple vista no era más que una casa común y corriente, Serena frunció el entrecejo, aunque también sintió mucha curiosidad cuando la puerta se abrió, dejando ver a una mujer muy hermosa, de larga cabellera roja, como el fuego, o quizás, como un tomate muy maduro.
—¡Seiya! —saludó efusiva sacudiendo su mano—. Que bueno que vienes.
—Señora Kushina, quiero presentarle a mi novia: Serena —contestó de lo más casual.
—¡Oye, Seiya! ¿Qué estás…?
—Pero que bonita —elogió acercándose a ellos—. Que buenos gustos tienes, Seiya —dijo la mujer codeándole el costado juguetona.
—En realidad no soy… —Serena intentó explicarse, pero Kushina la tomó de la muñeca llevándola al interior de la casa parloteando mil cosas.
—Siéntanse como en casa, tengo que ir por mi hijo a la academia —informó la mujer a una muy aturdida Serena que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo—. Te los encargo, Seiya, y muchas gracias —dijo a modo de despedida cerrando la puerta tras ella.
—¿Qué fue todo eso? ¿Quién es ella?
Serena jamás se habría imaginado que existiera una persona más efusiva que Mina, ni que hablara más rápido.
—Vamos, Bombón. —Seiya la dirigió al jardín trasero, era un lugar muy acogedor con una pequeña hortaliza al fondo.
¿Acaso Seiya cuidaba el huerto de esa señora? Grande fue su sorpresa cuando este se acercó para cosechar las verduras, que empezara a salir una familia de conejos de sus madrigueras.
—Seiya, que bonitos —exclamó no pudiendo contener el impulso de acercarse.
Había conejos de todos tipos; pardos, negros, blancos, con manchas, con sus colitas esponjosas, con las orejas alzadas y otros con las orejas abajo.
—Sabía que te gustaría —dijo Seiya con una sonrisa mientras tomaba a uno en brazos.
—Son tan lindos, me gustaría llevarme uno, pero no creo que a mis papás ni a Luna les agrade la idea. —Serena se agachó para acariciarlos a todos. Una buena dosis de ternura fue todo lo que necesitó para sentirse mejor—. Gracias Seiya, creo que este ha sido el mejor lugar al que me has llevado.
—Por esta ocasión estoy de acuerdo contigo, Bombón —convino el azabache acariciando la suave cabeza del conejo en sus brazos, era su favorito—. Este amiguito es mi preferido, me recuerda a ti.
El ojo izquierdo de Serena se contrajo en un severo tic nervioso y las venas saltaron ominosas en su frente.
—¿Qué estás insinuando con eso?
—¿No es evidente? —señaló Seiya obvio—. Este es el conejo más hermoso de todos, su pelaje es blanco y terso como tu piel, sus ojos son grandes y expresivos, y es muy juguetón.
Serena sintió como los colores se le subieron al rostro, y antes de que Seiya lo notara decidió desviar la conversación.
—¿Y cómo fue que conociste este lugar?
—Bueno, conocí a Kushina en un programa de televisión especial donde teníamos que llevar a una mascota. Ella nos salvó, ya que Yaten había acaparado toda la atención de una gatita que nos habíamos encontrado antes, así que nos prestó un conejo a Taiki y a mí. Después de eso nos hicimos amigos, así que vengo de vez en cuando a ayudarla —explicó Seiya, omitiendo que en realidad él quiso seguirla viendo porque se parecía a su princesa—. Yo también me sentía muy triste ese día, y de alguna forma estos conejos me confortaron —reconoció.
Y no era mentira, habían sido semanas muy difíciles con resultados infructuosos, por más que cantara lo más fuerte que podía, nada parecía funcionar. Sin embargo, la presencia de esos conejos, su dueña y Serena, le devolvieron la fe en sus acciones.
—Gracias, Seiya. —Serena lo tomó de la mano—. Estaba muy triste porque aún no he tenido noticias de Darién, pero a mí también estos hermosos conejos me dieron consuelo. —Entrelazó sus dedos con los de él, afianzando su agarre, tratando de imprimir en ese gesto todo su agradecimiento—. No sé que haría sin ti.
—De nada, Bombón.
Y así pasaron su tarde desconectándose de sus aflicciones, simplemente siendo felices con los conejos.
Fin.
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Notas:
¿Alguien notó mi pequeño cameo con Naruto? Lo siento, no pude evitar hacer una referencia con este anime que es mi segundo favorito. Quise agarrarme del parecido entre Kushina y la princesa Kakyuu jejeje.
Hacía un rato que no escribía sobre estos tórtolos, y debo confesar que lo disfruté muchísimo. El relato lo escribí para el CCDF, nos dieron una serie de palabras y de ahí salió esta historia.
