Los personajes no me pertenecen, solo los tomo prestados para que mi turbia mente los haga interactuar en mis locuras.

Antes de que den inicio a la lectura, les comento que este fic aunque es un intento de pos manga, yo personalmente lo coloco en un universo alterno, por aquello de las personalidades y cambios que pudiera hacerle de manera inconsciente.

Este oneshot fue creado con la intención de participar en la dinámica de la página Inuyasha fanfics, la cual lleva por nombre los oneshots llenos de clichés.

El tema que elegí fue "el virgen" o "la virgen"

Y como yo soy súper aprovechada quiero ver la posibilidad de que este oneshot entre al concurso de la misma página HISTORIAS LLENAS DE ROMANCE.

No soy experta en el Fandom de Inuyasha, por lo cual esta historia debe de estar llena de errores y desconexiones en la trama por lo cual pido una disculpa por adelantado si esto impide que la lectura sea fluida y entendible.

Como en cada historia les comento de mi mala ortografía, para que no los agarre muy desprevenidos jejeje. Sin más preámbulo les dejo leer.

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LOS VIRGENES

Después de que Kagome llegó para quedarse en la época del Sengoku, donde Inuyasha y sus amigos habitaban, la Miko fue bien recibida por las personas que radicaban en las diferentes aldeas, para aquellos aldeanos el tener a una agradable, fuerte, joven y sabia sacerdotisa al alcance de la mano era un beneficio que no muchos podrían tener. La chica de vestimentas extrañas como muchos le llamaban, poco a poco se fue adaptando a las prácticas y costumbres de las personas que moraban a su alrededor, era verdad que antes de instalarse por completo en dicha época la joven ya tenía tiempo visitando los poblados, pero las rutinas y recatos de los habitantes le costaban algo de trabajo a la hora de asimilarlos.

Recordaba como en la época actual donde ella vivió la mayor parte de su vida, los liberalismos y conductas eran muy diferentes. Las mujeres vestían más atrevidas, maquillaban sus rostros y las expresiones de amor entre parejas eran tan diferentes en comparación a donde actualmente radicaba, Kagome estaba impuesta a convivir con melosas parejas que sin tapujos se tomaban de la mano en lugares públicos, al igual que besarse o abrazarse, incluso algunos de ellos eran más osados y trataban de conocer sus cuerpos acariciándose a escondidas por los jardines de los colegios.

Mientras en la curiosa mente la chica comparaba ambos mundos, una vez más su cerebro ilustra las románticas memorias de cuando ella e Inuyasha se besaron por primera vez, ese preciso instante fue la gloria para la azabache, por fin los sentimientos de ambos habían quedado plasmados en una caricia, en algo tangible y tan sublime que experimentó como su corazón golpeaba con fuerza las paredes torácicas de su anatomía.

Kagome seguía sumida en sus pensamientos atrayendo los infames momentos de cuando regresó a la época actual, donde lamentablemente ya no pudo ver más a Inuyasha durante tres largos años, tiempo en el que aquella sensación de calidez en su corazón la invadía con profunda nostalgia, cada día deseaba sentir las sensaciones que él despertaba en ella, pedía a las deidades experimentar aquellos fuegos artificiales que le hicieron estallar en miles de emociones.

Cada día durante aquel lapso de tiempo donde al observar parejas en el parque o en el colegio a su mente llegaba la imagen de los orbes dorados del hanyo, aquel momento en el que el peliplata la rescató de la perla, su cerebro le torturaba con las nítidas ilustraciones del instante efímero cuando Inuyasha acercó su rostro con anhelo, sus miradas estaban fijas en el otro, tratando de memorizar cada detalle en ese momento lleno de amor. Al tiempo que los iris de Inuyasha delineaban los femeninos rasgos de su amada, sus ojos se tornaron en un mágico tono ámbar, oscureciéndose ante la atenta mirada de Kagome, definitivo aquel primer beso entre ambos era difícil de borrar.

Kagome soñaba despierta con ese instante añorando cada segundo de ese toque, volviéndolo épico ante sus ojos. Y ahora que había tomado la decisión de estar en una época totalmente diferente, con personas ajenas a su familia, líderes y leyes que desconocía, se preguntaba en sus momentos de soledad, si, ¿Había tomado la decisión correcta?, ya que desde que llegó a la época del Sengoku los acercamientos físicos con el hanyo los podía contar con los dedos de una mano y le sobraban más de tres.

El varón de hermosa cabellera platinada demostraba una timidez que en algunas ocasiones a la chica le parecía casi aberrante, ¿Que acaso Inuyasha no había vivido ya muchos años más que ella? Este cuestionamiento llegaba a su mente como un flashazo, pero al instante recordaba la inmadurez del hombre, aunque era conocedora de que la edad mental de Inuyasha podía ser varios años menor que la de ella, era un ser con sangre Yokai, descendiente del poderoso y temido Gran perro demonio, el ojidorado había peleado con seres fuera de este mundo, siempre demostraba fortaleza y valentía, pero a la hora de estar a solas con su pareja el muchacho parecía un chiquillo de trece años, el cual se ruborizaba hasta con el mas mínimo contacto de la mujer. Siempre tan esquivo, le costaba admitir con palabras lo que sentía por la actual sacerdotisa, los mimos estaban descartados totalmente del itinerario del varón, aunque cuando existía algún tipo de problema alrededor de la mujer, Inuyasha siempre era quien estaba al pendiente de su seguridad, su personalidad sobreprotectora y celosa demostraba el interés que este tenía por la sacerdotisa de largas hebras azabaches.

Kagome era consciente de los sentimientos que el humano con sangre Yokai profesaba hacia su persona, pero a veces como toda mujer las dudas se instalaban en su mente, las inseguridades, la falta de ese contacto físico le hacía sentir que tomó una decisión apresurada, esos cortos instantes que nacían en su mente le hacían flaquear y dudar.

La azabache elaboró en sus memorias una vida de pareja en cuanto sus pies pisaran el Sengoku, era conocedora de que aquella convivencia entre ambos no sería la vida perfecta de cuentos de hadas, pero si sería la vida que necesitaba para ser feliz.

La realidad golpeó su rostro con fuerza, pues para su mala suerte el hanyo parecía cada vez más lejano, siempre en misiones, buscando excusas con el fin de distanciarse.

La mujer de largas hebras oscuras demostraba ser valiente, osada, era una mujer moderna atrapada en un extraño mundo que ella misma eligió como hogar por amor a un ser, ahora ya no quería lamentarse, ya no había vuelta atrás, tenía que tomar el problema en sus manos y resolverlo, por Dios ella era Kagome Higurashi, una chica avanzada, con ideas diferentes a las mujeres que habitaban en esa época. Si ella quería un poco más de ese hombre lo tomaría por ella misma y no esperaría a envejecer siendo virgen.

Ya había esperado demasiado por él, sacrificó todo por seguir las coordenadas que le gritaba su corazón, así que tomaría la iniciativa. No podía evitar pensar en sus amigas de la era actual, definitivo se reirían de ella, ya pasaba de sus veintes y con mucho trabajo había besado a su ¿Novio? ¿Pareja? ¿Esposo? Ni siquiera tenía un nombre para su relación; no es que le importara lo que los demás pensaran, pero…. Si lo meditaba detenidamente su estatus romántico seria tema de conversación y sacaría unas cuantas risas, incluso Sango no podía evitar preguntar cada día que le veía.

-¿Kagome aún no….. –era el intento de pregunta que la castaña articulaba al entablar una plática con su amiga, al ver como Kagome negaba con la cabeza agachada y la mirada triste, no se animaba a terminar de armar el cuestionamiento anterior –no te preocupes, tal vez al ser mitad humano y mitad demonio su naturaleza sea diferente –trataba de sonar lo más segura posible para que la azabache no se sintiera peor.

-¿Tu lo crees? –casi con un susurro la sacerdotisa del futuro contestaba con una pregunta, aunque en realidad aquello era una simple frase que salía de sus labios por inercia, solo por brindar una respuesta a lo que Sango hablaba.

-¡¡Si por supuesto!! –un poco más animada la exterminadora alentaba a la azabache –y a parte no es tan malo que aun seas virgen… veras…. Yo conozco a muchas mujeres que se guardan de esa manera… y…. son… emmm…. Y tener intimidad con tu pareja no lo es todo…. ustedes son muy unidos…. Y yo… veras….. –No formulaba un enunciado coherente producto de los nervios, ante la escrutadora mirada de Kagome, la joven madre colocaba las manos frente a su rostro a manera de plegaria disculpándose –perdóname no sé qué decirte, perdón, perdón –avergonzada suplicaba delante de su amiga.

-No te preocupes Sango –después de un sonoro suspiro Kagome dejaba la plática de lado, para dar seguimiento a una conversación más amena.

En los momentos de soledad, cuando el razonamiento la perturbaba haciendo conjeturas innecesarias en la mente femenina, confirmaba la teoría de que Inuyasha era virgen al igual que ella; pero… ¿Qué acaso Kagome no despertaba nada en él? pues si lo pensaba fríamente, Inuyasha era un hombre con necesidades, el sexo masculino se distinguía por ser el cazador, el seductor, el ser que buscaba su hembra para saciar sus más bajos instintos, "Entonces que ocurría con ellos dos" ¿faltaría química? ¿Amor? ¿Atracción? aquellas hipótesis eran imposibles, Inuyasha le amaba y se lo demostraba con hechos. Era un joven vivaz, sano, de buen porte, fuerte… era casi imposible que no gozara de una libido normal como cualquier otro humano, pero su timidez y la torpeza de sus actos en la intimación romántica le decían otra cosa.

-Ya basta Kagome –se decía a sí misma en voz alta, tratando de aclarar sus pensamientos –Pero Sango…. Comentó que Miroku hacia comentarios extraños acerca de Inuyasha, ¿entonces? –y una vez más el soliloquio iniciaba, tratando de armar el rompecabezas imaginario, recordaba como la exterminadora en una ocasión le platicó una peculiar charla que escuchó entre su esposo y el peliplata, donde Miroku entre broma y broma se vanagloriaba de su ahora vasta experiencia en las artes amatorias.

Mencionó que por momentos el azabache parecía intentar darle consejos de como acercarse de manera romántica a Kagome, mientras la incondicional amiga de la sacerdotisa platicaba acerca del dialogo entre amigos las mejillas de la fémina se teñían de un intenso rubor, ya que recordaba como su pareja le explicaba a Inuyasha sobre las increíbles sensaciones que un cuerpo femenino les podía brindar, aunque el monje nunca menciono el nombre de la exterminadora ella conocía aquel contenido del monologo, sabía a la perfección de las habilidades de su esposo.

"¿Por qué Inuyasha? ¿Por qué no te acercas a mí?" las dudas de la actual sacerdotisa invadían su cabeza, llenándola de inseguridades.

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El clima en particular había sido perfecto, la temperatura del ambiente parecía acariciar las pieles de los habitantes de la zona, toda la jornada gozó de una atmosfera pacífica y sin ningún tipo de contratiempos.

La negrura de la noche perpetuaba la promesa de aquel perfecto día, las estrellas iluminaban de manera majestuosa el cielo, formando hermosas constelaciones que decoraban el oscuro manto estelar. Esa noche Kagome se las había ingeniado para no tener visitas de ningún tipo en la cabaña que el mismo Hanyo había construido para ella, pero que para su desgracia el varón nunca había osado dormir ahí, justificando aquel hecho con que hacía guardias nocturnas en la aldea, cuidando a los débiles humanos de posibles ataques demoniacos.

Aquella noche al igual que siempre el peliplata se disponía a desearle un buen dormir a la joven. Detuvo su andar frente a la puerta de entrada pensando en las diferentes actividades de su día, había pasado la mayor parte de su jornada haciendo diferentes actividades en aldeas cercanas, ahuyentando probables bandidos y exterminando débiles yokais, que a decir verdad los aldeanos no necesitaban la intervención del hanyo, incluso trató de perder la mayor cantidad de tiempo dándose frías duchas en el lago apaciguando sus instintos, buscando excusas para estar lo suficientemente lejos de Kagome.

La razón por la cual mantenía su distancia, se debía a los deseos insanos que el varón de ojos color ámbar experimentaba por la linda sacerdotisa, emociones o sentimientos que le hacían perder el auto control que tanto le costaba mantener estando cerca de ella.

Kagome representaba tentación, lujuria y no era que no quisiera expresar delante de ella esas sensaciones, al contrario quería amarla y demostrárselo con caricias, pero sentía temor de lastimarla, la azabache era una frágil humana ante sus ojos, su figura era pequeña, su piel delicada, mientras que él era un semi demonio, una aberración de la naturaleza, sus garras eran filosas y letales para cualquier humano. El hanyo había luchado contra todos esos estigmas desde pequeño, incluso con sus actos bondadosos había cambiado el actuar de muchos seres a su alrededor, pero era imposible callar las bocas de las personas, las cuales cuchicheaban a sus espaldas, haciendo comentarios fuera de lugar que le provocaban dudar al muchacho de su naturaleza, en más de una ocasión se preguntó si… ¿aquella unión entre una humana y él sería natural? Por Dios él era un hibrido, incluso su misma genética se lo recordaba a diario, sus manos concluían con unas puntiagudas uñas, las suaves orejas triangulares que resaltaban de entre su larga cabellera, los afilados colmillos le hacían ver su realidad.

Cuando la sacerdotisa intentaba acercarse a él, casi como auto reflejo el peliplata se alejaba de la fémina colocando distancia entre ambos, le dolía, pero tal vez era lo mejor para ella, era casi seguro que inconscientemente la dañaría.

Existían ocasiones en que por alguna razón el menor de los Taisho bajaba las defensas, ocasiones en que la mujer a su lado aprovechaba al máximo, lanzándose a sus brazos; cuando sus pieles se rozaban una corriente eléctrica corría por la medula del joven, aunque no estaba familiarizado con esa sensación que invadía su cuerpo, sabía que su naturaleza saldría a relucir, donde por instinto puro deseaba acorralarla y poseerla cual fiera en celo, pero por todas las deidades…. ella es delicada y temía de los alcances que él pudiera tener, por eso prefería ir al lago a las orillas de aquel pacifico cuerpo de agua donde buscaba descargar un poco de la frustración que actualmente vivía.

Se estimulaba pensando en la tersa piel de su amada, imaginando las múltiples sensaciones que experimentaría al tenerla debajo de su cuerpo, aprisionada, retorciéndose de placer ante sus caricias, lamentablemente todas esas escenas quedaban en su mente ya que la nula experiencia del muchacho no ayudaba mucho.

Las memorias aturdían su razón, pues disparaban imágenes y escenas en su mente como un voraz torbellino, donde todo giraba alrededor de un mismo eje, el cual busca desestabilizar el poco juicio del varón, sentía como si aquel vórtice de viento se instalara en su mente trayendo consigo todo tipo de emociones.

De un instante a otro las palabras de Miroku resonaban con fuerza en los oídos del varón mitad demonio, estaban tan vivas aquellas charlas, y tan llenas de razón.

-Inuyasha la señorita Kagome necesita sentirse amada, yo sé que solo vives para protegerla y cuidarla en todo momento, pero debes de entender que las mujeres necesitan ese tipo de contacto, ellas necesitan sentir el amor de su pareja –las palabras del Monje habían llegado directo a su destino, Inuyasha sabía perfectamente el objetivo de aquella conversación.

-Feh, Monje pervertido, ¿no sé a dónde quieres llegar con esto? –habló tratando de restarle importancia al contenido de la plática, era un tema incómodo y delicado para el Hanyo, Miroku era conocedor de las vulnerabilidades de su ahora mejor amigo.

-Lo único que puedo decirte, es que si no haces algo pronto la lastimaras profundamente –la azulina mirada del azabache estaba clavada en las transparentes reacciones del peliplata, leyendo a la perfección las emociones que este reflejaba –Sé que tienes miedo, crees que tu mitad demoniaca lastimaría al ser que amas, ¿miento? –Inuyasha tragó duro ante las indiscutibles aseveraciones del monje –no busco incomodarte, ni hacerte sentir mal, lo único que quiero es que tú, mi amigo, seas feliz con la mujer que amas –después de esto el varón de la corta coleta le sonrió de manera amigable, tratando de derrumbar las enormes murallas que el Hanyo había forjado alrededor de sus emociones y sentimientos.

El casi imperceptible sonido del crujir de la madera dentro del hogar de la chica lo devolvió a la realidad, tomó unas cuantas bocanadas de aire antes de ingresar a la choza al igual que cada noche, tratando de suplicar a Kamisama le diera serenidad y frialdad en sus pensamientos para poder estar delante de la Miko, tomar la cena con la acostumbrada naturalidad del día a día y al final de la velada desearle una buena noche, mientras él se retiraría a velar por el bienestar de ella, vigilaría su apacible sueño, cuidándola en todo momento.

Una vez que sus pulmones soltaron el aire que retenían decidió entrar a la choza, sus ojos contemplaban el interior con parsimonia, estaba impecablemente limpia, una vasija con la cena preparada para esa noche se sostenía en el lugar de siempre, el olor a hierbas y especias mezclado con el floral aroma de la chica llegaron a las fosas nasales del Hanyo, indicándole que todo estaba bajo control al igual que cada día.

Sus dorados orbes observaban los detalles del lugar, los tatamis sobre las maderas del piso, los tazones depositados cerca de la pequeña hoguera que calentaba sus alimentos, todo estaba en su lugar, le agradaba ver el orden y sentir la presencia de su amada a salvo; eso era suficiente para él.

Entró sereno buscando con sus ojos a la Miko, la cual en el momento no ubicaba, le llamó una vez y un ligero sonido salió de la pequeña habitación, Inuyasha se dirigió a los aposentos de la mujer topándose con una imagen que solo creyó ver en sus más turbios sueños.

Kagome solo vestía una sencilla yukata entreabierta, la mirada del pelilargo se posó de manera inmediata en el canalillo de piel aporcelanada, el cual daba inicio en el hermoso rostro, siguiendo su descendente camino hacia el largo y níveo cuello, pasando deliberadamente por el delicado lugar entre sus pechos, la concupiscente vereda que le llevaba directo a la perdición lo hizo tragar duro, sentía que sus ojos se anclaban en los paradisiacos lugares de aquel cuerpo hermoso. Le vio una vez más directo a los ojos comprobando que fuera ella, comprobando que aquello que su mirada escudriñaba no fuera un sueño, la sacerdotisa al ver el asombro y la duda en los ojos dorados sonrió, las femeninas mejillas se ruborizaron al sentir como era analizada a detalle por su pareja, sintió el deseo de desistir a causa de la vergüenza, pero su decisión estaba tomada, ella llevaría la iniciativa de aquel momento entre ambos.

Inuyasha por reflejo apretó los puños, sintiendo las puntas de las garras en su palma, hecho que lo trajo a la realidad, recordó sus miedos e inseguridades, elevó las manos solo un poco para que estas fueran visibles para él, observó lo afiladas y mortales que podían llegar a ser en la piel de Kagome, con desespero cerró los ojos e inclinó su rostro en un gesto de frustración, tensando la mandíbula. Kagome supo lo que pasaba por la mente de Hanyo, visualizó el miedo de lastimarla, conocía aquellos traumas de la niñez de su amado, e hizo lo que con tanto amor trazó meticulosamente en su mente.

Con pasos suaves para no ahuyentar a su pareja se acercó a él dejando que la yukata se balanceara de un lado para otro, mostrando de manera descuidada más de la piel que el canalillo dejaba ver en un principio, Inuyasha al sentir los movimientos de la pelinegra levantó el rostro, simplemente le veía con algo de asombro, al percibir la actitud en su amada e inocente Kagome.

La mujer le sonreía con ternura, aunque los femeninos ojos denotaban deseo, el bonito semblante era pacifico.

Una vez estuvo frente al hanyo le tomó las manos sin despegar sus miradas, acarició con delicadeza los bordes de sus garras y dedos en un ligero roce, como si la mujer temiera lastimarlo con su tacto.

-No temas –fueron las cortas palabras que la chica pronunció antes de besar con delicadeza las mortales y afiladas uñas.

Inuyasha estaba estupefacto ante aquel acto, Kagome había cerrado los ojos, mientras con sus carnosos labios dejaba tiernos besos en las masculinas manos, demostrando así la devoción que sentía ante lo que él representaba para ella. Sus delicados bordes besaban con ternura las garras del hanyo.

-Me encanta lo que eres, te amo por lo que representas en mi vida –decía entre susurros y besos la sacerdotisa.

Inuyasha sentía como su piel comenzaba arder, aunque aquella zona probablemente no tenía ningún tipo de sensibilidad el acto de amor de la humana lo dejaba con una electricidad corriendo por su cuerpo, las filosas garras solo habían experimentado el desgarrar y desmembrar a sus enemigos, pero ahora las puntiagudas uñas palpaban el calor de los labios de Kagome delineando toda su extensión con amor.

-Kagome… yoo –fue lo único que pudo articular antes de ser interrumpido.

-Ssssh… no digas nada solo déjame demostrarte lo mucho que te amo –una vez terminada la frase la mujer lo guio con paciencia hacia el futon, donde ella se posó sobre la acolchada superficie, colocándose sobre sus rodillas frente al varón. Inuyasha hizo lo mismo una vez que ella le indico que le siguiera.

Estando frente al otro, La mujer alzó sus brazos sobre el peliplata para acariciar las blancas orejas, haciendo que el chico se estremeciera instintivamente ante el suave tacto, con sigiló Kagome acercó su cuerpo hacia el hombre rozando casi imperceptiblemente sus anatomías, ella incorporó su cuerpo suavemente quedando aun hincada sobre el futon, sin dejar la labor de tocar y mimar las sensibles orejas de Inuyasha, tomándolas con suavidad entre sus manos y rozándolas con sus labios, besó cada una de ellas provocando espasmos y respiraciones irregulares en el varón, besó aquella parte con la misma devoción que plasmó en las garras del Hanyo, necesitaba transmitirle todo el amor que ella sentía por él.

Inuyasha cerró los ojos dejándose llevar por los roces de la mujer, jadeando ligeramente ante las sensaciones, Kagome experimentó las tibias manos del hanyo posarse en su desprotegida cintura, podía sentir como las masculinas extremidades temblaban con el contacto de su piel. Inuyasha experimentaba los dulces mimos de su pareja en aquellas zonas que lo hacían diferente a los demás, las dulces respiraciones de la mujer en su sensible piel, le hacían entregarse a las caricias, perderse en la cómoda atmosfera, mientras Inuyasha bajaba sus barreras Kagome terminaba con la distancia entre ambas anatomías, pegando lo más posible sus cuerpos.

El femenino pecho era tímidamente acariciado por el sonrojado rostro de Inuyasha quien mantenía los ojos cerrados dejándose embriagar por los dulces aromas de la mujer, le encantaba los detalles en ella, la fresca agua del rio mezclada con las esencias de las flores que la chica preparaba le enloquecían, la feminidad de Kagome era algo que él agradecía infinitamente. Inuyasha ya no respiraba, aquello era más parecido a un jadeo, un lastimero y forzoso intento de inhalar y exhalar aire, sentía como sus instintos se apoderaban más y más de él, podía sentir como despertaba dentro de su ser aquello que tanto temía, la masculinidad del ojidorado se alzaba de manera agradable ante los estímulos que Kagome despertaba, el delicioso calor de su bajo vientre reunía los más bajos instintos, acumulándolos en su ya erguida intimidad.

De un rápido movimiento intentó alejarse de Kagome, echando su cuerpo hacia atrás con temor, sentándose de manera brusca sobre la acolchada superficie, aun su naturaleza era dominable por la razón, quiso alejarse, sintió miedo de él, de lo que su demonio interior pudiera hacerle a la chica, odiaba lastimarla y no quería crear una mala experiencia en la mujer.

-No puedo Kagome –habló avergonzado –puedo dañarte, mírame soy un…. Un…. –no pudo terminar la frase sin sentir pena por el mismo –ni siquiera puedo decir que soy un demonio, porque no lo soy, soy eso que ambos mundos detestan, ni humano ni demonio –su mirada cayó al piso avergonzado y furioso de su naturaleza.

-Eres producto del amor entre un demonio fuerte y una hermosa humana, eres la prueba de que el amor no tiene etiquetas –le aseguró la joven sacerdotisa mientras se acercaba seductoramente al Hanyo, el cual permanecía sentado sobre el futon con las piernas estiradas, mientras observaba sus afiladas garras –Yo te amo Inuyasha y deseo ser tuya, ser tu mujer –comentó mientras posicionaba su cuerpo a horcajadas sobre la pelvis de Inuyasha.

Kagome tomó con sus pequeñas manos el varonil rostro, rozó sus mejillas de manera tierna, acariciando con sus pulgares la áspera piel del peliplata, al mismo tiempo sus ojos delineaban las masculinas facciones, aquellos orbes que podrían emanar odio, rabia y coraje, en ese momento la mirada del Hanyo denotaba la vulnerabilidad que experimentaba, ese hombre frente a ella podía derrotar al más fuerte demonio con un solo zarpazo por protegerla y ahora estando de frente en un momento tan íntimo él parecía derretirse, parecía minimizarse por temor o tal vez vergüenza.

-Inuyasha –Musitó despacio al acercar sus rostros, perdiéndose en el oro líquido de sus ojos, en la profundidad de sus iris, una vez que acabó con el espacio que existía entre ambos, tomó los masculinos labios entre los suyos, entre abriendo sus bocas para degustar de sus alientos, Inuyasha ya no podía luchar más, su autocontrol fallaba, y las nobles palabras de la muchacha no habían ayudado mucho para seguir resistiéndose.

Mientras sus lenguas danzaban en una seductora melodía, las manos del menor de los Taisho ya se encontraban palpando la estrecha espalda de la mujer, abriéndose camino debajo de la tela de la mal puesta yukata, a Kagome le encantó experimentar como el filo de las puntiagudas garras exploraban su delicada piel, la mujer se percató de como las afiladas uñas ascendían y descendían por el dorso de su tronco.

Kagome dejaba salir de sus labios ligeros gemidos entre los apasionados besos que degustaba de su amante, era una fusión entre excitación, miedo y poder. Excitación por las caricias y mimos que ambos se obsequiaban con desespero y hasta cierto punto con brusquedad, miedo; porque conocía el poder de las armas letales que Inuyasha poseía en sus manos, esas garras que ahora parecían tocarla con extremo cuidado y devoción, en esos instantes se sentía la mujer más poderosa, ya que en ese momento la pelinegra era consiente que el Hanyo presentaba vulnerabilidad ante las emociones que despertaba en él, Inuyasha jamás lastimaría de manera consiente a Kagome y ella lo sabía, él la amaba y se lo demostraba en cada acción, aunque de sus palabras no haya escuchado ese tipo de frases.

Entretanto sus besos subían de nivel, el femenino cuerpo se mecía con cadencia sobre la erguida virilidad, frotando sus intimidades por placer en un movimiento meramente instintivo, dejándose llevar por las sensaciones que sus cuerpos les brindaban.

Kagome separó sus labios de los del Hanyo para erguir en su totalidad su espina dorsal, sin dejar de producir la deliciosa fricción entre ambos, cerrando los ojos, echando su cabeza hacia atrás totalmente abandonada a sus necesidades carnales.

Por su parte el peliplata no podía apartar la dorada mirada de la erótica escena que tenía delante, la mujer se deleitaba de los exquisitos roces que su virilidad le brindaba, Kagome separaba ligeramente sus labios para dejar salir jadeos llenos de obscena lujuria denotando el nivel de excitación que el femenino cuerpo experimentaba, las delicadas mejillas estaban algo enrojecidas, una vez que los masculinos ojos terminaron de grabar aquella imagen en su mente, bajó la mirada hacia su bonito y perfecto cuello, estaba ligeramente perlado por una tenue capa de sudor, los dorados iris siguieron el camino descendente en el cuerpo agitado de la mujer, observando como sus firmes pechos estaban desprotegidos, los bordes de la yukata solo cubrían parte de los blanquecinos hombros y brazos.

Los redondeados pechos de Kagome se bamboleaban con parsimonia en un rítmico vaivén producto de los sensuales movimientos de cadera que ejercía sobre el hipnotizado Hanyo. No era que el varón mitad demonio nunca hubiera visto a una mujer desnuda, en su larga vida había visto muchas cosas, pero un lindo cuerpo entregándose a él de esa manera, con sentimientos de por medio era totalmente embriagante para él.

Los dorados orbes quedaron fijos en las rozadas y erectas puntas de la mujer, instintivamente llevó su lengua hasta la endurecida piel que coronaba los preciosos senos, provocando de manera inmediata un jadeo femenino, ese erótico sonido le gustó, quería que ella disfrutara, así que hizo lo mismo con el otro pecho, lamiendo, succionando, y por momentos mordisqueando las rozadas aureolas femeninas, la lengua del Hanyo acariciaba de manera gloriosa la ya endurecida piel, el pezón de la mujer mandaba deliciosas sensaciones a la palpitante y caliente intimidad.

Al sentir como Kagome enloquecía por su húmedo tacto, ciñó con fuerza las masculinas manos en la estrecha cintura, uniendo más ambas anatomías, pegando sus intimidades en una fricción demandante, aquello era un infructuoso intento de querer desvanecer la barrera de su grueso hakama, la sensación era placenteramente dolorosa, el erguido miembro pedía la calidez de su mujer, necesitaba liberarlo e introducirse en ella, la necesitaba, la amaba y la haría suya si ella así lo deseaba.

Domado totalmente por la naturaleza animal, abrazó a la chica y se giró en un movimiento brusco, para colocar la espalda de Kagome sobre el acolchado futón, Inuyasha dio un vistazo completo a la femenina anatomía al tenerla bajo su cuerpo, la yukata había cedido notoriamente, parte de sus hombros estaban al descubierto, su pecho subía y bajaba producto de la acelerada respiración, los redondeados pechos lucían un ligero brillo a causa de las efusivas lamidas que él mismo había propinado en toda aquella zona, su perfecto abdomen era embellecido con la pequeña hendidura que marcaba la mitad del femenino cuerpo, el ojidorado sintió la necesidad de besar y probar un poco de aquel delicado manjar, al igual que toda la anatomía de su amada.

Trazó un camino hacia su vientre besando, degustando la fina piel con su lengua, el dulce sabor de Kagome le encantaba, su experta y meticulosa nariz grababa los deliciosos olores que su piel emanaban con sutileza. Su agudo sentido del olfato se deleitó con la femenina intimidad, aspiró con fuerza memorizando la esencia de su amada, porque a partir de ese día ella le pertenecía de todas las maneras posibles, no solo tendría su corazón, ahora también su cuerpo sería suyo.

Con curiosidad la lengua del peliplata se abrió camino en la intimidad de la mujer, de inmediato un exquisito escalofrió invadió la anatomía de Kagome, provocando una sensual curvatura en su espalda, separando su cuerpo del futón, seguido de un sonoro y gutural jadeo.

Amaba como la anatomía de Kagome respondía ante sus acciones, siguió mimando y conociendo los femeninos pliegues, explorando todos los sensibles puntos de la rosada y excitable dermis, el sabor era exquisito, su lengua se deleitaba con el femenino y húmedo manjar. Una dolorosa punzada en su miembro le recordó que aún permanecía vestido, Inuyasha se incorporó de su posición, quitando con brusquedad la masculina y pesada ropa, con algo de desesperación y torpeza, se despojó en su totalidad de las prendas, con movimientos descuidados colocó su cuerpo entre las blancas piernas de Kagome, posicionando su dura virilidad en la entrada de la mujer, vio con gusto como ella le sonrió con complicidad, dando por entendido que tenía su aprobación.

Despacio se introdujo en la virginal abertura, experimentando en el proceso la suavidad de su interior, era cálido y estrecho, la dura erección del hanyo podía sentir como era abrazado por la húmeda piel interna de la mujer, aquellas caricias instintivas que su virilidad padecía era la locura total, aquel acto era por mucho lo más placentero que en su vida había sentido.

Entretanto su miembro abría un nuevo sendero en la femenina cavidad, el rostro del ojidorado era un deleite visual para Kagome; los iris caoba delineaban con devoción como su amante transformaba el masculino semblante, aquella faz que normalmente permanecía osca, por minutos iracunda y hasta intimidante ante ciertas circunstancias, en esos eróticos momentos estaba totalmente contraída por el placer, en un efímero instante distinguió como las marcas moradas aparecían en el rostro de su pareja, estas iban y venían luchando por el control del cuerpo del semi demonio; Kagome sabía que Inuyasha trataba de contenerse, temía por ella, le daba terror lastimar aquel frágil cuerpo de la mujer que amaba.

La joven sacerdotisa enredó sus piernas con fuerza abrazando la fuerte cintura del medio demonio, pegando el fornido cuerpo hacia ella, tratando de unir lo más posible sus intimidades, dándole al mismo tiempo la seguridad al hombre para degustar a placer los manjares que las penetraciones le darían, el menor de los Taisho ya no pudo resistir más dejándose llevar por las placenteras sensaciones.

El pinchazo al sur del femenino cuerpo hizo estragos momentáneos en la gesticulación de la azabache, Inuyasha se había llevado la angelical pureza de su pareja entrando en ella con una fuerte estocada, a pesar de que el delicado rostro se contrajo por el dolor, Kagome estaba feliz, estaba llena, completa, ahora era la mujer del Hanyo. Inuyasha se paralizó un instante al percibir que físicamente le hacía daño a la chica.

-¿Estas bien? –Preguntó agitado observando detenidamente a Kagome, ella asintió embelesada por el amor y la preocupación que el Hanyo emanaba –No mientas tonta, sé que estas sangrando, el olor a tu sangre es fuerte –la visible preocupación se reflejaba en sus palabras, dejando de lado el acto carnal que estaban llevando a cabo.

-Es normal, la primera vez siempre es así, no te preocupes…. Yo estoy muy feliz –argumentó con ternura, acariciando el compungido rostro del hombre sobre ella, pasó sus manos por la áspera piel de Inuyasha, colocando ambas palmas a los costados del varonil rostro, acercando sus labios para así acariciar los delgados bordes del ojidorado.

-¿Estas segura? –ella sonrió ante la intranquilidad de su pareja, afianzando el agarre de sus piernas en la cintura masculina.

-Solo muévete despacio –susurró mirando aquellos ojos que le gritaban una y otra vez lo que el corazón de Inuyasha desbordaba, por inercia el varón de largos cabellos plateados asintió, aunque internamente temía no poder contener su naturaleza demoniaca.

Retrocedió su cuerpo despacio, solo un poco y embistió nuevamente el femenino cuerpo con cuidado "Que maravillosa sensación" pensó el semi demonio al sentir la íntima caricia que su mujer le ofrecía, las embestidas fueron cuidadosas, esperando pacientemente que la mujer se acostumbrara a la invasión, besaba el níveo cuello con amor, mimaba cada parte de la femenina piel con su boca y lengua , deseaba que su amada experimentara placer, que aquel acto fuera la más gloriosa experiencia, una vez que observó como Kagome se retorcía bajo su cuerpo y pedía más fricción, apretando la cintura del Hanyo con sus piernas. Inuyasha supo que era el momento de darle rienda suelta a sus instintos.

Entraba con fuerza en ella, su miembro friccionaba de forma celestial las paredes vaginales de su amante, los sonidos de ambos seres entregados al placer eran una sinfonía de erotismo, tan lasciva e impúdica, que cualquier ser que les escuchase podría adivinar de la obscenidad de sus actos.

La respiración del peliplata era pesada cargada de concupiscente sensualidad, su aliento chocaba de manera agradable en la erizada piel de su amada, sus besos, mordidas y lametones hacían placentero el vaivén de sus intimidades, -Por Dios, esto es increíble –las sensaciones se apoderaban de él, estaba extasiado, alterado internamente ante las diferentes emociones que experimentaba, aquello era la locura.

Kagome sintió como un agradable cosquilleo se formaba a la altura de su bajo vientre, el cual le alertaba de la gran explosión que percibiría su interior, después de la última succión que Inuyasha ejecutó en uno de sus pechos, sintió como el clímax la inundaba, era la absoluta culmine del placer, era una electricidad que acababa con su fuerza, haciéndola flotar entre nubes, sintiendo por momentos que su cuerpo desfallecía.

Abrió los ojos teniendo la más hermosa vista, Inuyasha estaba siendo arrastrado por el placer, le vio perder el control, las marcas en su rostro iban y venían denotando el dominio de sus instintos, sus iris habían perdido el hermoso color dorado dando paso a la oscuridad, dilatados por completo, las marcas se exhibían en su máxima expresión, la respiración, los sonoros gemidos le decían a la fémina que el peliplata había alcanzado el tan ansiado orgasmo.

Una vez que las hermosas sensaciones terminaron, se relajó, sintió como sus brazos perdían fuerza y se dejó caer sobre el pecho de su amada, estaba agitado, tratando de regular sus respiraciones.

-¿Te hice mucho daño? –fueron las primeras palabras que articuló el Hanyo después de salir del cálido interior de la mujer.

-No, para nada –respondió con una gran sonrisa en sus labios, buscando los ojos del peliplata, tratando de trasmitir todo lo que su corazón desbordaba.

-No me mientas Kagome

-No miento, fue maravilloso

Inuyasha sonrió mientras acomodaba su cuerpo a lado de ella, acomodando su rostro en el femenino pecho, sintiendo la suave piel desnuda y húmeda acariciarle el perfil.

-¿Te molesta si duermo así? –hablaba con los ojos cerrados, inundado de una agradable sensación en su pecho.

-Claro que no me molesta –

Cuando los rayos del sol comenzaban a calentar el rustico material de la cabaña, poco a poco el par de enamorados empezó a estirar el cuerpo, sintiendo la tibies de la anatomía que se encontraba a lado, el calor que emanaban era satisfactorio y se podía decir que hasta adictivo.

La mañana había llegado una vez más a la época feudal, los pajarillos daban la bienvenida al gran astro que iluminaba la faz de la tierra, el mundo parecía haber conspirado para que aquello aun fuera más perfecto, la pareja ya se encontraba colocando las diferentes prendas sobre su cuerpo, observándose con algo de timidez, ya que las marcas del día anterior aun permanecían en sus anatomías.

-¿A dónde vas? –cuestionó Kagome al ver que su pareja tomaba su inseparable espada.

-Tengo una plática pendiente con cierto Monje – Kagome pudo observar como los dorados orbes del Hanyo brillaban de manera peculiar, el masculino rostro se dirigía hacia arriba, como añorando el ansiado encuentro.

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Después de no más de treinta minutos se puede sentir un aura un tanto combativa acercarse al hogar de la sacerdotisa, al percibir aquello de manera inmediata la mujer sale de la estructura de su hogar para distinguir como su esposo caminaba de manera decidida hacia ella.

-¿Pero qué fue lo que ocurrió Inuyasha? –preguntó al ver la actitud de su esposo.

-Kagome entra a la cabaña –ordenó entre dientes.

-¿Pero qué sucedió? –la mujer seguía sin entender aquel cambio de humor en su compañero, se preguntaba internamente que había ocurrido para que su compañero cambiara tan drásticamente de humor.

-Quiero que me digas ¿que es "de perrito"? y también quiero saber ¿qué es el "Hiyodorisakaotoshi"? Y no me refiero a su significado, si no a la posición… -la mirada de Inuyasha emanaba decisión, era un reto explicito marcado por su renovada confianza.

-¿Qué? –la sacerdotisa no podía creer lo que sus oídos escuchaban, parece que la gran noticia que el Hanyo llevaba, había sido opacada por su mejor amigo.

-Anda entra ya, que tengo que callarle la boca a ese sucio y pervertido Monje –

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Fin

Notas:

Hiyodorisakaotoshi (Cayendo del precipicio): postura del kamasutra japonés, Ella debe acostarse boca abajo, cerca del borde de la cama. Luego tú, estando de pie en el suelo, debes levantar sus piernas, colocarlas sobre tus hombros y realizar la penetración.

La postura de perrito obviamente no viene en el kamasutra japonés, pero creí que le daría un buen toque a la lectura ya que Inuyasha es un demonio perro.

Según lo que pude investigar el kamasutra llega a Japón en el año 300 después de cristo, donde por extraño que parezca los monjes fueron los primeros que tuvieron acceso a este libro, ya que resguardaban con recelo sus contenidos.

Las posturas del Kamasutra japonés son más sencillas de practicar que las del Kamasutra tradicional, ya que se basan en técnicas de entrenamiento del sumo, por lo que no es necesario ser excesivamente flexible o fuerte.

¿INTERESANTE NO? Ya no veré al sumo de la misma manera

Gracias por haber llegado hasta aquí, espero que haya sido de su agrado, no soy experta, de hecho es el primer oneshot que escribo para este Fanfom, y me siento satisfecha de lo que salió, tal vez pudo hacer sido mejor, si me hubiera empapado más en el tema, hasta leí el manga para poder elaborar un buen relato.

Gracias a mi beta hermosa Ziari27 que siempre está dispuesta a ayudarme en cada detalle y locura que se me ocurre… bella mil gracias.

Un agradecimiento súper especial para mi amiga Phanyzu por ayudarme con las personalidades de los personajes, por sus atinadas observaciones y comentarios, gracias por tu tiempo y paciencia.

Gracias a las chicas de Inuyasha Fanfics por esperarme todos estos meses, soy muy lenta para escribir, los tiempos no me dan, entre casa, hijos, familia, trabajo el día es demasiado corto.

Gracias a los que siempre me dejan un review lo agradezco mucho, a los que me leen y me colocan en favoritos, a los que comparten mis historias, a todos mil gracias.

Gracias a las diferentes páginas que me apoyan, Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma, Es de fanfics, Mamá Nodoka, Ranma Fanfics por siempre a todos gracias.

Agradecida con la vida por encontrar gente tan linda y tan amable en los diferentes Fandoms, personitas con las cuales puedes platicar de esos detalles que en ocasiones es imposible de hacer con los seres que te rodean.

No menciono a nadie porque me da miedo dejar a alguien fuera, de mi lista.

Saludos al #TeamRanmaconda que siempre me sacan una risa con sus ocurrencias.

Creo que es todo, como siempre me quedo más grande la explicación y los agradecimientos que el oneshot… jejejejeje

Me despido como los grandes….

¡¡Gracias Totales!!