A quien aun haya estado pendiente de este fic, ¡mil perdones por la espera! Entre una cosa y otra no llegué a actualizar aquí los avances que ya había hecho en Wattpad.

También, un enorme abrazo de fuerza y compañía por las actuales circunstancias que estamos viviendo. Todo pasará, y volveremos a estar juntos quienes aun quedemos.

Mucho amor y salud.


22. Confrontación

Tokio amaneció con un inusual sol mañanero. Uno de esos que suelen llenar de energía al peor día de la semana, en labios del mundo occidental. Los lunes, para nadie era secreto, no eran el día favorito de ningún trabajador, ni del sector público ni del privado. Pero, el sol, fiel amigo, ayudaba a minimizar al máximo esa predisposición negativa.

Haruka ya no tenía manera de eludir el trabajo, y tampoco deseaba hacerlo. No era una mala mujer, y ahora más que nunca, deseaba, anhelaba, cuidar a ese par de niños. Hiyori era una niña adorable y femenina, y Mamoru tenía el equilibrio perfecto que cualquier varoncito debería tener para no convertirse en un patán o en un hombre afeminado. Tal vez la sociedad podría llegar a tildarlo alguna vez como orientado al camino de sus dos padres, pero… Casi podía jurar que si al crecer, Mamu llegaba a amar de la manera en que se amaban ellos dos, sería incluso más varón que muchos que ella conocía.

Oda, por su parte, la observaba de reojo, por primera vez en mucho tiempo, sin deseos inmundos. Sin ropa que la cubriese más allá del coqueto conjunto íntimo, Haruka era preciosa, pero ahora en verdad tenía un aura diferente. Un no sé qué que formó una sonrisa extrañamente dulce en aquel rostro que lucía a simple vista aterrador, pero que quizá…

- ¿Tengo algo malo? —al notar su mirada, ella se miró, preocupada.

- …todo en su lugar —se acercó a ella, intimidándola un instante, pero luego se regalaron una sonrisa—. Insisto en que no deberías ir al menos durante los primeros tres meses. Pero nunca me haces caso, ni siquiera cuando quiero tu bien.

- Para ser la persona que puso a este bebé en mi cuerpo, con todo menos cuidados, deberías callar más y hablar menos.

- Ya estabas así cuando… —algo en la mirada del hombre pareció brillar en arrepentimiento—. O al menos eso me dijiste.

- Así fue, y serías un patán si no reconocieses que pudo ser cualquier día antes de esa noche asquerosa —lo rodeó, alejándose—. No voy a hacer esfuerzos innecesarios, cuidar esos dos niños no es un problema. Te puedo asegurar que no haré nada imprudente, yo quiero tenerlo… —algo en su voz denotaba una ligera melancolía.

- …terca a mil, pero me imagino que nunca cambiarás.

- Si hablas sobre mi responsabilidad, aciertas. Tengo un compromiso con Kirishima-san.

- Cierto. Además, supongo que debes morirte de deseos por verlo —pasó por su lado, rumbo a la cocina, empujándola levemente.

Ella lo siguió con la mirada, que poco a poco se le fue llenando de lágrimas.

En ocasiones como las de hacia segundos, recordaba al hombre del cual se enamoró, ese que había logrado ver en ella a alguien más allá de un cuerpo hermoso. Pero este Oda no era él.

Era el terrible y temible ruso que la había encaminado al que era ahora su estado actual, uno que debería ser vivido en paz y amor y que, sin embargo, incluso había tenido en medio un episodio de abuso despreciable.

La paz y el amor que, aunque no le pertenecían, aparentemente Kirishima Zen le podía ofrecer compartir, aunque no terminase de estar convencida.

- ¿Ya te vas, no desayunaremos juntos? —se asomó, frunciendo el ceño al escuchar la puerta de calle abrirse.

- …teníamos esa intención. Pero es evidente que quien tiene una mayor obsesión con esa pareja eres tú. Entenderé si prefieres irte de mi vida, te juro que no diré nada de tus actuales planes ni de los pasados, y mucho menos de lo que me hiciste —salió, y le habló por encima del hombro—. Solo te pido que no te lleves dinero ni nos comprometas en tus cosas, lo necesito para mis gastos, y no quiero estar sometida a un estrés gratuito: Deja que nazca, Oda, es lo único que te pido. Luego, si quieres, yo misma usaré esa pistola en mi cabeza.

La puerta se cerró ante sus ojos, y sus ojos se cerraron contra el vacío.

—.—

Habían despertado con un dolor de cabeza espantoso la mañana siguiente de su borrachera, pero como padres responsables que eran (o se creían), decidieron ir por sus pequeños a casa de Saki. Y luego, entre risas, Kirishima había hecho las de caballito para ambos, por sentirse mejor, mientras Takafumi los observaba, sentado en el pasto de aquel parquecito comunal. La gente los miraba, y al notar la felicidad de los pequeños, simplemente se alzaban de hombros, y sonreían. Hacía mucho que ya no experimentaban dolor ante miradas impertinentes.

El fin de semana se había pasado en un suspiro. Los tres engriendo a Mamoru, quien se sentía amado incluso por los dos gatitos. Aun daba pequeños respingos cuando alguien que no fuese sus papás lo tocaba, partiéndole el corazón a Takafumi y despertando instintos sobreprotectores en Zen, pero con paciencia y amor, incluso tío Ritsu recibía ahora abrazos de los dos ositos.

Y justamente, el joven de los ojos verdes estaba caminando a convertirse en su segundo o tercer mejor amigo, abriéndose espacio en aquel corazón maltrecho que había cuidado con tanta devoción a su propio amor. Ritsu no pudo evitar desear sentirse también amigo de Takafumi, porque su historia, de alguna manera, le recordaba a su propio inicio con Saga-senpai, en el entonces de aquel ex adolescente tan herido por su entorno familiar que no había sabido reconocer la pureza de sus sentimientos.

Pese a que sabía cuán extraño era que hubiese cedido a los intentos de llamar su atención y ganarse su cariño, de parte de su principal rival de amores, Takafumi había perdido, dejando de lado su careta fría. ¿Cómo no dejar entrar a Ritsu en su mundo? Takafumi también había sido joven, quizás un poco más maduro que el más jovencito y menos extremista en cuestiones del amor, pero entendía ahora las pasadas dudas de Ritsu. Y, por ende, ahora disfrutaban momentos agradables de complicidad, como la que habían vivido aquel divertido día.

- ¡Jajaja, hey, me van a tumbar! —Ritsu había terminado en el suelo, convirtiéndose así en su propio adivino, como consecuencia del ataque de cosquillas sufrido ese domingo, en que Masamune y él los habían ido a visitar.

- Te falta fortalecer esas piernas, Onodera. Creo que te los voy a dejar a cargo uno de estos fines de semana, ¡no corran! —el mismo Takafumi casi terminó en el suelo cuando pasaron corriendo por su lado, haciendo carrera con los gatitos.

- Jajaja, será un honor reemplazar a mamá oso —Ritsu los siguió con la mirada, riendo al igual que él, pero luego frunció el ceño: Había notado a Haruka demasiado cerca a Zen, mientras él y Masamune lavaban los platos del almuerzo— …soy de la misma idea que Takano-san. No debieron meterla de nuevo al departamento, Yokozawa-san, esa mujer no me gusta.

- …quiero creer que Zen es tan fiel como tu Masamune, y que sus sentimientos por mí son tan fuertes como los que yo le tengo. Dudo que Zen me vaya a destrozar como él lo hizo…

Ritsu lo había mirado a los ojos y había suspirado, dándole la razón y cambiando de tema para no ponerlo melancólico. Y en parte, confiado también: Conocía a Masamune y a Kirishima-san, y era imposible que esos dos, voluntariamente, traicionaran a sus propios corazones.

Dejando esos recuerdos mediatos, se obligó a concentrarse en el hecho de que era lunes y, por ende, la vida debía seguir su ritmo laboral y escolar. Por eso, cuando tocaron el timbre y fue a abrir la puerta, Takafumi opinó lo mismo que Ritsu aquella vez, aunque mentalmente: Haruka llevaba una vez más un vestido escotado y ajustado, nada apropiado para cuidar a un par de pequeños.

- …buenos días, Yokozawa-san…

- …pasa —se apartó, dejándola pasar, y cerrando la puerta.

- ¿Zen no está en casa?

- Para ti es Kirishima-san —marcó territorio, haciéndola reír.

- Creí que había quedado claro que tu tigre no forma parte de mis deseos —se acercó a él, lentamente, mientras Takafumi la miraba con evidente incomodidad y molestia—. Mi oferta sigue en pie. Porque supongo que aun no le dices nada, ¿verdad?

- ¿Desde cuándo lo tuteas? Y, ¿qué no me ha dicho, según tú? —a Takafumi se le detuvo el corazón: Zen acababa de salir de la habitación, desnudo de cintura para arriba, y con gotas cayendo hacia sus hombros y pecho.

Toda una delicia ante la mirada de Takafumi.

Y una molestia para la mujer.

- Nada, nada. Buenos días… —Haruka se acercó al rubio y depositó un beso en su mejilla, enfureciendo internamente a ambos miembros de la pareja— …Zen.

- Te he dicho que… —pero no pudo reclamar nada, porque Takafumi caminó de frente hacia el mueble y agarró con fuerza su maletín—. ¿Takafumi…?

- Iré a la oficina, debo encontrarme con Masamune a primera hora —el otro sintió un feo retorcijón en su estómago.

- Dame un par de minutos y estaré listo, puedes ir desayunando…

- No, gracias. Comeré con él —casi choca con la mujer cuando ella caminaba hacia el baño de visitas, sonriendo con divertida culpa.

- Yokozawa-san, no debería no desayunar. Eso afectará su salud —quiso matarla, pese a que el comentario había sido sincero.

- Necesito que me ayudes a elegir mi camisa, nunca sé cuál me conviene para la junta de hoy… —por un segundo, Takafumi quiso sonreír al oírlo tan torpemente adorable. Pero luego frunció el ceño al ver cómo la mujer se acercaba a su novio, llevando una toalla en las manos.

- La niñera que contrataste te ayudará mejor que yo, me imagino que le dejaste en claro sus obligaciones. Métela a la cama, si quieres —gruñó por lo bajo, pero ambos lo oyeron. Takafumi abrió la puerta y ya con un pie en la calle, tuvo que detenerse para recibir los besos de los pequeños, quienes lo apretujaron contra la pared.

Luego de un par de minutos en los que los acurrucó contra su cuerpo, se fue, de milagro sin estrellar la puerta, y por supuesto, sin mirar a Zen.

- Papi estaba muy apurado, ¿tiene reunión…? —pese a que habían saludado con afecto a Haruka, Mamoru se veía triste. Amaba cuando iban juntos, los cuatro, a la escuela o a cualquier lugar, a pasear; pero ahora, por culpa de esa mujer, la rutina familiar se había alterado.

- Sí, mi amor. Estaba apurado —Zen se forzó a sonreírles, aun rumiando aquella situación desagradable, y los empujó con suavidad hacia la cocina—. Vayan a desayunar, polluelos, se nos hace tarde.

- ¿Haruka-chan nos cuidará…?

- Sí, des…

- Justamente debo consultarle si tiene tiempo. Vayan, ¿sí? —la mujer frunció el ceño al ser interrumpida, y más aun por aquel comentario; cuando quedaron solos, Zen le lanzó una mirada cargada de molestia—. Tienes quince minutos para ir a cambiarte de ropa. Si demoras uno más, puedes considerarte fuera de esta casa.

- Te recuerdo que tú me fuiste a buscar, yo no vine a rogarte el trabajo. Y en ningún momento especificaste que debía usar un uniforme —se sentía mal por hacer sufrir a Takafumi, pero tenía que reconocer que adoraba hacer rabiar a Zen.

- Me importa poco. Te ves indecente, y no pienso permitir que incomodes a mi novio.

- ¿No que íbamos a compartirlo? —se atrevió a ser altanera—. Cuando saliste casi desnudo, creí que prometerías un trío…

Tarde, la mujer fue consciente de su error, al ver la cara furiosa del hombre, y la manera en que sus facciones se endurecían.

Zen se inclinó hacia el mueble, donde su maletín reposaba, esperando el momento de su partida, y sacó su billetera. Extrajo todos los billetes que estaban en ella. Y los alargó hacia Haruka, quien lo miró, asombrada.

- Considérate despedida —el poco color que el embarazo mantenía en las facciones femeninas terminó por desaparecer.

- Pero, Kirishima-san, yo…

- Vive tu embarazo en paz, sin hacer maldades, desde ya deberías ser un ejemplo para tu bebé —la mujer palideció, y abrió la boca con evidentes signos de querer negarlo—. Tuve una hija, sé reconocer a una mujer embarazada cuando la veo, Haruka, ni te esfuerces en intentar engañarme.

- …iba a comentarlo de todas maneras… —bajó la mirada, apretando los puños y aguantando las ganas de llorar—. Si sabe que estoy embarazada, no debería correrme…

- Quise darte una oportunidad precisamente por eso, pero la has desperdiciado tontamente. Cuando dije que podíamos convivir en paz a favor de nuestros hijos, hablaba de que tu comportamiento fuese el más respetuoso, que mantuvieses tu lugar en esta casa ayudándome a cuidar de los niños y de Takafumi. Pero por lo visto, sigues en modo oportunista, interpretando mi propuesta como algo sexual y no como la ocasión perfecta para que tu hija se desarrolle con paz y tranquilidad —la mujer apretó los puños—. Sé que deseas a ese hombre y no puedo reprochártelo, porque yo mismo estoy idiotizado por él, pero solo una enferma mental podría haber traducido mi propuesta de sana convivencia como un ofrecértelo en bandeja.

- Yo no quise…

- Me hiciste pelear con mi novio, y ahora, te atreves a sugerir una aberración, sin asco alguno —no pudo evitar alzar su voz—. No pienso mantenerte más tiempo cerca de nosotros.

- Los niños…

- Los niños entenderán cuando yo hable con ellos, eso me corresponde a mí. Ahora, por favor, vete —abrió la puerta—. Hablaré con Takafumi para apoyarte de alguna manera, ya que es evidente que quizás ni siquiera tenga un padre —un feo dolor afectó el pecho de Haruka, al comprender que no podía reprocharle ese prejuicio—. Pero ahora, largo de nuestras vidas. Cometí un error grave al dejarte entrar de nuevo, y no pienso volver a repetirlo.

—.—

Victor se limitó a negar con la cabeza, sonriendo resignado, al ver llegar a Takafumi, solo, y con pinta de poder matar a quien se le acercara. Así que se alejó casi sin hacer ruido, omitiendo el saludarlo.

Pero, claro, la cortesía japonesa, incluso a los rusos, le había sido contagiosa.

Incluido Yurio.

- Buenos dí…

- ¡¿Qué tienen de bue…?!

Victor sabía también que por más oso pardo que fuese Takafumi, jamás le iba a poder ganar al impetuoso tigrillo de Rusia, ese cachorrito que, curiosamente, tampoco andaba de buenas pulgas totales esa mañana.

Se mordió los labios, para no reír, cuando vio mutar aquellas facciones preciosas y aun ligeramente femeninas, de la impresión inicial al recibir aquella respuesta, a la cara de un verdadero prospecto de demonio que amenazaba con convertir tu existencia eterna en un verdadero infierno.

- ¿Qué carajos te pasa? ¡A MÍ NO ME VAS A GRITAR CUANDO SE TE PEGA EN GANA, PENDEJO! —el pobre Takafumi retrocedió, asustado, cuando Yurio se le fue encima, avanzando hacia él mientras lo aguijoneaba con el índice.

- Yo… no… Gomen, yo…

- ¿ACASO NO TE DIERON ANOCHE, O QUÉ MIERDAS? ¡TE RECUERDO QUE SOY TU SENPAI POR MÁS QUE TENGAS EL TRIPLE DE AÑOS QUE YO, ANIMAL! -el pobre Takafumi se hacía cada vez más pequeñito, ocultándose tras su maletín.

- Yuri, basta. Ya van a llegar los sensei —Otabek se llevó a su novio, quien no dejaba de maldecir a sus siguientes generaciones, pidiendo disculpas con la mirada a un culpable Takafumi.

- Ellos no tienen la culpa de mi estupidez, por favor, no los conviertas en pequeños Henmi —el asustado osito volteó lentamente cuando escuchó la voz de Zen a sus espaldas. Y se sonrojó, mientras Victor se alejaba, sonriendo ahora con comprensión, para darles espacio—. No volverá a casa. Le pagué el mes completo.

- Pero…

- ¿Meterla en mi cama, es en serio…? —Takafumi bajó la mirada, sonrojándose—. Para empezar, hace meses que la cama es de ambos, eso lo sabes mejor que nadie —lo fue acorralando contra los estantes más ocultos, poniéndolo nervioso.

- Fue… fue tu culpa…

- Debí vestirme, lo sé, pero su sola voz cerca de ti me produce gastritis. Salí como estaba, porque necesitaba llevarte de regreso a nuestra habitación —acercó su boca a su oreja—. Me dejaste sin mi mañanero...

- …ya van a llegar, Zen, compórtate… —ignorando su llamada de atención, lo atrajo por la cintura, y a Takafumi solo le quedó apoyar las manos en sus hombros.

- Esta noche no te dejaré huir —besó su mejilla, deteniéndose en esa unión por varios segundos.

- …estarán los niños —susurró, sin importarle estar dando un espectáculo bochornoso.

- Solo quiero no dejarte escapar de mis brazos, no hacer lo otro será mi castigo por ser tan idiota y haber ideado un plan que yo no iba a poder soportar.

- ¿Eh?

- No quiero que siquiera pienses en ella —Takafumi rió, bajito, ante esos celos absurdos—. Sí, búrlate por tener a este viejo perdido por ti de manera irremediable…

- Para tal caso, somos dos viejos sin remedio… Debí decirte que no la quería cerca de ti —Zen asintió, y lo abrazó con cuidado, solo buscando su calor.

- No volvamos a hacer algo parecido, ¿de acuerdo…?

- Hai.

- Bueno, esfuérzate mucho, ¿sí? Y cuida de mí en esto de los temas de publicidad, no sé tanto como debería… —Takafumi suspiró, enternecido, aunque era consciente de que una vez más lo trataba como si fuese una mujer.

- Eres mejor publicista que yo, venderías rocas a cualquiera. Pero si vamos a apoyarnos en esto, ayúdame a editar también.

- Me consta que nadie redacta mejores informes que tú. Incluso me ayudaste con la ortografía y gramática de algunos tomos de Za-Kan —cerró los ojos, casi adormilado por su cercanía.

- Pero es lo único que manejo. Tú mejor que nadie conoces los gustos populares… —medio se arrepintió de esas palabras cuando lo sintió separarse, y mirarlo con un atisbo de picardía en sus ojos miel.

- Bueno, no puedo negarlo. Tengo un gusto exquisito —recorrió con la mirada todo su cuerpo, estremeciéndolo, y provocando a sus manos al atreverse a acariciarle las caderas—. Si hablamos de eso, juro que le gustarás a todo el mundo, para mi desgracia —el otro se mordió el labio inferior—. Dios, Takafumi, no me exci…

- ¡CARAJOS! ¡VAYAN AL CUARTO DEL AMOR, NO ME TRAUMATICEN! ¡YA TENGO SUFICIENTE CON EL CALVO Y EL CERDO! —ambos se alejaron, sonrojados, pero sonriendo divertidos por la indignación de Yurio.

- Ok, ok, procuraré no hacerlo gemir demasiado ni ser muy explícito con cosas como que no entra, se me dobló, o le falta lubricación… —el ruso más joven parecía a punto de vomitar, pero Takafumi, y los recién llegados sensei, rieron con ganas.

Y como en el grupo de los sensei se encontraba el más pervertido de todos…

- Si se te dobla, será por falta de estimulación; permíteme mostrarte cómo hacerlo —Akihiko atrajo a Yurio por la cintura, horrorizándolo, para diversión incluso de Otabek, y fue llevando su mano directamente hacia su muslo—. Para eso debes apretar la…

- ¡AUXILIO! —y terminaron de carcajearse al verlo huir despavorido. El buen Misaki rió bajito, entendiendo perfectamente al más joven. Después de todo, él sabía cuán intimidante era Akihiko cuando en verdad quería aprovecharse…

…de él.

- …debería estar molesto, pero es la primera vez que lo veo intimidado por alguien —Beka logró hablar por fin.

- Me sorprende, pero puedo entenderlo. Sensei me llega a intimidar incluso a mí —Zen rió divertido.

- Vaya, no sabía que mi personalidad fuese tan dominante. Aunque creo que no lograría nada con Yokozawa-san —Takafumi rió divertido—. Supongo que esa risa te va a costar caro, Otabek-kun, asumiré mi responsabilidad porque estoy seguro de que me van a dejar sin postre hoy día —Akihiko guiñó a Misaki, quien le dio un suave codazo, y luego volteó hacia Victor—. ¿Y su muy impresionante y sexy novio? No me diga que no se le pasa la resaca.

- Jejeje, tengo que reconocer que aunque no resista a los efectos del alcohol, Yuuri es el más resistente de todos. Me despertó como siempre a las cinco de la mañana y… —los ojos celestes se habían dirigido un instante a la puerta de ingreso.

Desde donde estaban logró ver, en medio de la calle, caminando de manera despreocupada hacia la editorial, a una aparición masculina que hizo que todo su cuerpo se estremeciera.

Y sus bellos ojos se abriesen con horror mal disimulado.

- Mierda, lo olvidé…

- ¿Eh? ¿Olvidaste qué…? —Otabek lo miró confundido, repasando mentalmente la organización de aquella reunión y de las siguientes.

- Sensei, acompáñeme un momento… —ignorándolo, Victor habló de manera atropellada—. Kirishima-san, por favor, vayan avanzando con Takahashi-sensei —Victor casi desprendió a Usami del cuerpo de Misaki, quienes no entendían nada de su comportamiento.

- Ok, pe…

- Beka, dile a Yuuri y a Yurio que vayan a la Sala del Amor, por favor, urgente. Y no vayas a la oficina de los jefes —llevándose a rastras a Akihiko, ambos desaparecieron tras la puerta de la mencionada habitación.

- ¿…eso era ruso, verdad? —Zen los miró a los otros dos, quienes no salían de su estupor, ya que no habían entendido ni una sola sílaba de lo anterior. El buen Beka simplemente asintió, antes de ir corriendo a cumplir la orden de su senpai, tan confundido como el resto, luego de decirles lo que debían y no debían hacer.

- Supongo que debemos empezar... Por aquí, sensei —Takafumi, aun confundido, invitó a Misaki a ingresar, y luego esperó a que su novio lo imitase, para poder entrar tras él.

—.—

La bienvenida inicial fue corta, así que tan pronto como se reportó con sus nuevos jefes, marchó a su destino oficial. Al entrar, miró su nueva oficina con algo parecido a la ilusión.

Sí, ilusión, porque al final de cuentas, no se consideraba un hombre irresponsable. Luego de que la KGV considerase que el problema con los patinadores enfermos se le había ido de las manos, hasta el punto de casi haber involucrado un problema entre naciones, había sido despedido, y desterrado de Rusia.

Eso nadie lo sabía.

Nadie sabía que, aunque era un hombre mas bien tolerante, aunque no del todo amigo de los homosexuales, él no odiaba a Nikiforov, Katsuki, Plitsetsky y Altin. Si los hubiese odiado, no habría enviado a esos dos, después de todo, a un país en el que podrían estar medianamente protegidos por un país amigo.

Mucho menos había deseado dañar a esa niña pelirroja, a la que tuvo que engañar por órdenes superiores. No, eso jamás: En esa época era un títere, pero siempre, hasta antes de que Haruka lo enloqueciese, había respetado a las mujeres.

A su modo, obviamente.

Se dejó caer en la silla frente a la computadora. No le agradaba ser un delincuente, así que había considerado que su "despido" del asunto de Marukawa había sido una bendición. Afortunadamente, reconocieron todo el proceso como un rotundo éxito, y no necesitaron más sus servicios, más allá, al menos, de mantener la boca bien cerrada, y desaparecer.

Gran arreglo: Él ya no deseaba más problemas en su vida, solo ganarse la vida de manera honrada.

Ahora, lo movía otro tipo de deseo.

Encendió el ordenador, y empezó a elaborar el inventario preliminar de archivos que le habían pedido. Era una editorial pequeña, minúscula, si la comparaba con Marukawa, pero igual de importante. Pero incluso más enigmática, si se basaba en aquella extraña petición de su nuevo jefe: Pese a que editaban todos los géneros, a excepción del manga, la advertencia había sido muy clara…

"Solo te exigiremos que no toques los archivos relacionados con música, modelaje, y deportes. Esos de ahí los vemos directamente nosotros, así que no necesitamos que los revises, Oda-chan"

- Mariquitas —susurró divertido, recordando al par de homosexuales que tenía como jefes—. Supongo que así se ven las personas verdaderamente enamoradas... Ojalá tú y yo nos viésemos tan bien como esos dos, Ha…

- Oh, buenos días —una voz varonil interrumpió sus reflexiones. Y cuando volteó hacia la puerta, sus ojos se abrieron de golpe—. Disculpe, soy Yokozawa Takafumi. Daiki-san me indicó que usted podría imprimirme unas plantillas del año pasado.

Los celos volvieron a aparecer, mezclados con el recuerdo de un apetecible borracho al cual se había quedado con ganas de sentir, de manera más íntima y personal.

Porque debía admitir que su tolerancia radicaba en el hecho de que su cuerpo pedía también satisfacciones más estrechas…

- …será un placer. Soy Oda —se detuvo un segundo, extendiendo su mano— …Nekola. Soy checo —respondió, mostrándose divertido por la ligera confusión de Takafumi al no saber si tomar su mano o no.

- Oh, extranjero… Bienvenido a Japón —aunque Takafumi no lo sabía, el hombre frente a él empezaba a sentirse muy atraído también por esa personalidad suya, siempre tan amable hasta que entraba en confianza y lograba transformarse en una erupción volcánica—. ¿Hace mucho que está aquí en Japón?

- No, en realidad, solo un par de meses. Por favor, indíqueme qué archivos requiere, me parece que están listados en ese volumen de lomo rojo —señaló frente suyo, y el otro, inocente, extrajo el documento y lo apoyó en la mesa que, dada la estrechez de la oficina, lo obligó a inclinarse, dejando a la vista del hombre su siempre exquisita fisonomía.

- Gracias. Hum, el… —empezó a dictar los nombres para que el otro los imprimiese, mientras lo miraba sin ningún tipo de pudor, deseando volver a verlo ebrio y sin ningún tipo de ropa encima—. Y… hum… no sé qué símbolo es este… —los ojos del otro hombre brillaron en emoción. Era su oportunidad para al menos tantear el terreno.

- A ver. Permítame… —desde sus espaldas, se inclinó, para verificar el listado, pegándose lo suficiente al otro, y poniéndolo muy incómodo con su cercanía.

- Yo…

- ¿Se refiere a este símbolo…? —susurró, cerca de su cuello, haciéndolo sentirse vulnerable.

- …s…sí. Ese es el archivo, por favor, imprímalo —intentó apartarse, pero el otro se lo impidió.

- ¿…te incomoda mi cercanía…? —volvió a hablar. Oda era incluso un poco más alto que Zen y mucho más corpulento, como buen ruso que era. Y al poseer una personalidad tan fuerte, estaba logrando cohibirlo y anular cualquier reacción defensiva.

- …sí —deseó sonar más firme, pero la sensación de ahogo crecía a cada segundo.

- Lo siento. Es que, ¿sabes? —llevó su mano a su cadera—. Eres realmente lin…

- Yokozawa-san, Kirishima-san lo necesita. No lo haga esperar más —ante la voz salvadora que llegó desde la puerta, Takafumi apartó al sujeto, rojo de la indignación y el miedo, y agarrando con fuerza los papeles, corrió hacia el más joven.

- …onegai… —Takafumi susurró, con voz temblorosa.

- No se preocupe —el joven susurró a su vez, serio, y esperó hasta que el otro se fuese para volver a mirar al otro hombre.

- Lindo chico. Aunque parece no muy habituado a los cumplidos —Oda intentó minimizar el incidente, consciente de que era el nuevo en aquel lugar, y no le convenía que de plano lo empezaran a acusar de pervertido. Ni siquiera se dignó a mirar bien al muchacho, quien no lograba verse del todo por culpa de la sombra que generaba sobre él uno de los archivadores más grandes.

- Su futuro esposo suele prodigarlo de cumplidos. El acoso es otro tema. Uno que puede ser denunciado —esas palabras lo congelaron—. Aunque supongo que su pareja preferiría tomar la justicia con sus propias manos... Yo fingiría que no vi nada si lo amenazan por abuso.

- ¿Sería cómplice de una injusticia? —lo miró indignado y con terror.

- ¿Qué tendría de malo o de anormal? Después de todo —salió de su escondite involuntario, y le mostró su rostro—, tú me convertiste en uno, hace algunos años, ¿o ya me olvidaste…?

La luz dio de lleno en las bellas facciones que parecían labradas en porcelana, con esa frente amplia descubierta, gracias al peinado que había decidido hacerse ese día.

Por su parte, el rostro del ruso perdió color cuando la información proporcionada por sus ojos fue decodificada por sus neuronas en forma de recuerdo.

Logrando que sus ojos se abrieran con espanto.

- …Corazón de Cristal… —su voz pareció la de un alma en pena.

Mierda…

- Me alegra que no me hayas olvidado… Porque haré de tu vida un infierno —susurró, acercando su rostro al suyo, para luego alejarse con una sonrisa peligrosa en el rostro—. Bienvenido. Espero que te sientas como en casa: A veces hay ratones aquí dentro.

¿En qué me he metido…?

—.—

Akihiko ya había entendido, cuando Victor solo fue capaz de decir "Oda", antes de dejarse caer en el sofá cama. Pero Yurio no entendía nada, y menos podía estar tranquilo cuando Beka lo metió ahí dentro, con los otros, y salió diciendo que no encontraba a Yuuri. Hecho que ocasionó que Victor prácticamente se conectase al surtidor de café, para calmar sus nervios (según sus muy brillantes ideas).

- No entiendo qué carajos te pasa, pero si es una nueva pelea entre tú y el cerdo, me largo. Este violador estuvo a un paso de tocarme y tú no hiciste na… ¡Suéltame, pervertido! —intentó arañar a Akihiko cuando él lo agarró del brazo, con firmeza.

- Lo de hace un rato fue solo una broma de mal gusto y me disculpo por eso. Jamás te dañaría, porque mi prometido es Misaki, ¿recuerdas? —Yurio se fue relajando de a pocos—. Necesitas estar a salvo, al menos hasta que los cuatro puedan conversar con tranquilidad…

- ¿A salvo, los cuatro…? —Yurio lo miró, confundido, y luego a Victor, quien no lograba conectar sus miradas—. ¿…por qué no Mila…?

- …Mila… —solo en ese momento, Victor reaccionó y se puso de pie, pálido—. Mierda, no le dije a Otabek que la busque —se precipitó a la puerta, y ya la había abierto, cuando chocó de frente con ella, seguida de Beka, y un Yuuri sonriente—. Mila —la abrazó, fuerte, apretujándola como a una hermana menor, sin que ella comprendiera lo que ocurría.

- Oye, ¿debo ponerme celoso…? —la voz de su novio lo hizo reaccionar, pero su rostro bañado en lágrimas, desde la frondosa cabellera roja, los asustó. A todos, menos a Akihiko y a Yuuri.

- Oi, Katsudon, ¿qué le has hecho a tu novio…? —Yuuri no respondió.

Separó a Mila de Victor, y lo llevó a la cama, para sentarlo. Se arrodilló frente a él, y acarició sus cabellos, intentando calmarlo.

- ¿…cuándo pensabas decírmelo…? —Víctor sollozó fuerte, y evitó su mirada—. Vitya…

- Le pedí que confiara en mí y que lo mantuviese en secreto, no fue su culpa —Akihiko se ganó una mirada fría de parte de los ojos chocolate, pero no se inmutó—. Sabes bien que fue lo mejor, Katsuki-san…

- ¿Alguno de ustedes puede explicarnos? Beka, ¿de qué hablan? —como su novio negó con la cabeza, Yurio volteó hacia Mila—. ¿Bruja…?

- Tampoco tengo idea de lo que ocurre. Lo único extraño de hoy es que Osito-chan y Zen-chan llegaron separados, y que tenemos ya un nuevo encargado de sistemas.

- Oda —soltó Yuuri, sin mirarla—. Oda Vorobiov. Ese es su nombre.

El nombre fue escuchado por todos, pero tuvo un efecto muy diferente en cada uno de ellos.

Otabek trastabilló y tuvo que sentarse al lado de Víctor, sintiendo el cuerpo flácido, tembloroso y débil.

Yurio, por su parte, palideció aun más que su tono natural de piel, abrazándose de manera inconsciente a sí mismo, como si se sintiera desnudo frente a todos.

Pero Mila…

Mila se puso rígida, boqueó, como si le faltase el aire, y luego sollozó con fuerza, mirando con ojos desorbitados a todos lados, como queriendo huir.

- Yuuri… Yuuri, no hagas bromas de tan mal gusto… —susurró con reproche, entre el ahogo de su garganta estrangulada por el pánico, y la necesidad de expresarle su molestia.

- No bromeo.

- ¡Claro que debes estar bromeando! —Yurio se puso de pie, también inestable, pero logró aferrarse a Mila, dándose soporte entre sí—. Ese malnacido… No es posible que esté libre, hace años, cuando ustedes se fueron, en Moscú, un abogado nos… —los ojos verdes y azules giraron hacia Akihiko, y si antes ambos cuerpos habían sufrido leves agitaciones, en ese momento Victor temió que fuesen a convulsionar.

- …ese abogado… pero…

- No es momento para reprochar decisiones que se tomaron con buena intención. Usami-sensei quiso ayudar, terminó fregándonos las carreras —Yuuri se acercó a ellos, impasible, emanando una seguridad que nadie le reconocía, porque era superior incluso que aquella que había desarrollado en esos años funestos—, pero quiso ayudar. Y supongo que sigue dispuesto…

- Totalmente —el escritor se había sonrojado solo un poco, pero le sostuvo la mirada. Al final de cuentas, Yuuri no había mentido ni exagerado en ningún momento.

- ¿Confiar de nuevo en él…?

- ¿Tenemos otra opción, Yurio?

- ¡No me llames así! —soltó a Mila y lo encaró, casi a punto de golpearlo—. ¿Opciones? ¿Qué carajos has tramado con tu novio de porquería?

- Yurio, no había hablado con Yuuri sobre esto, yo recién reconocí a Akihi… —Victor intentó explicarse, pero fue en vano.

- ¡NO HIZO NADA! ¡NI SIQUIERA ESTÁ PRESO POR VIOLAR A MILA O AMENAZARME A MÍ!

- Lo de Mila lamentablemente fue consensuado, y tú no quisiste denunciarlo, Yurio, lo tomaron como una bro… —un puñetazo se estrelló contra el rostro del japonés, para horror de Mila y Otabek. Ambos alejaron al rubio del otro, mientras Victor le revisaba la mejilla, angustiado.

- ¡SUÉLTENME! ¡SE MERECE ESO Y MÁS! ¡POR CULPA DE ESE DELINCUENTE Y DE ESTE ESCRITOR DE PACOTILLA MI ADOLESCENCIA TERMINÓ POR IRSE A LA MIERDA!

- ¡Yuri! —Mila lloraba, aferrada a su pecho.

- ¡MI VIDA ERA EL PATINAJE, MALDITA SEA! ¡ERA LO ÚNICO QUE SABÍA HACER! ¡Y ESE HIJO DE PUTA ME QUITÓ TODO! —su grito hizo eco en aquella estancia, infectándolos con dolor— …todo… —soltó con un hilo de voz al final, resbalando lentamente hasta quedar sentado en el mueble.

- …no nos quitó lo más importante, Yurio… —Yuuri habló bajito, aferrando las manos de Victor.

- ¿En serio tienes cara de decir eso como si nada hubiese ocurrido? —no le importó al ruso alzar la vista y mostrarle el desastre de sus facciones andróginas—. Lo último que puedes hacer en este momento es decirme que por tu cultura y religión lo has perdonado, u otra de esas mierdas como el karma y las reencarnaciones…

- ¿Perdonar…? —Akihiko estaba cerca a los otros dos, y por ello, fue el primero, junto a Victor, en estremecerse por la risa fría y sarcástica de Yuuri. Avanzó, lejos de todos, hasta una esquina, y habló, sin mirarlos, apretando los puños—. ¿Tienes una idea de cuántos años luché conmigo mismo para vencer mi problema de autoestima, seguridad y ansiedad, antes de ganar mi primera medalla de oro…?

- …pu…pues, fue…

- ¿Tienes una idea de cómo tuvo que hacer mi familia para solventar el primer evento realmente importante…? ¿Cómo lograron pagar al primer entrenador…? ¿Qué tuvo que vender Minako-sensei para ayudarnos a pagar mi ingreso en Detroit, porque fue la única universidad que me permitió llevar una carrera a la par de seguir con mi entrenamiento, siendo tan viejo?

- Yuuri… —Mila escuchaba, cubriendo sus labios, y con lágrimas fluyendo sin control.

- La única cosa que tu historia y la mía tienen en común, Yuri, es el saber cómo todo se rompe por dentro al perder a la persona que elegiste para ser tu compañero de vida… Yo no sabré nunca lo que sentías al no tener a tus padres cerca, y tú tampoco lo que es perder a un mejor amigo canino —volteó a mirarlo, sus ojos cargados de odio derretido y un afán de venganza que parecía gritarles que no iba dirigido a ellos—. Me lo quitó todo. ¿De verdad crees que estoy tranquilo…? —claro que no, menos cuando todos podían distinguir las sombras de su antigua enemiga llamada ansiedad en esos puños apretados y temblorosos, que parecían anhelar estamparse en la cara de aquella basura—. Nunca es demasiado tarde, sin embargo. ¿En verdad crees que no quiero descuartizarlo en mil pedacitos…?

- …si una tardanza no es demasiado crítica como para que quieras asesinar, ¿por qué quieres matarme, Yuuri-senpai…? —todos se sobresaltaron al escuchar la voz entre divertida y confundida de Zen, quien los observaba desde la puerta.

- ¿Cómo entró…? —el japonés menor preguntó con un hilo de voz, perdiendo de golpe toda su energía al temer que aquel hombre en el que empezaban a confiar hubiese escuchado algo de su discurso.

Sin embargo, Akihiko lo invitó a entrar, y cerró la puerta nuevamente poniendo el seguro, pese a que parecía algo inútil en aquel momento.

- …si soy sincero, fingí necesitar la sala para, bueno, ya saben… Me sirvió de mucho que mi Takafumi esté no habido, quizás haya ido por café o esté con Misaki-sensei. Yo había ido a buscarlo porque le pedí unos documentos para revisarlos con él —Yuuri frunció el ceño al recordar el mal momento anterior—. Yo…

- ¿…cuánto oíste…? —para Yurio fue claro que toda su maravillosa disertación acerca del tema prohibido—. Mierda…

- No tengo idea alguna de lo que está pasando, pero pongo mis manos al fuego por sensei —apoyó su mano en el hombro del escritor, y este lo miró con gratitud—. Sea lo que sea que ocurre, estoy seguro de que…

- El monstruo al que le debemos la ruina de Marukawa, es decir, su salida intempestiva y la mía, está en esta editorial, Kirishima-san —fue el propio Akihiko quien se encargó de interrumpirlo, bloqueándole cualquier pensamiento y reacción.

- ¿…qué…?

- …le prometo que le contaremos todo —Victor miró a Yuuri con pavor al escucharle pronunciar aquellas palabras, pero su novio le acarició la mejilla con cariño, antes de proseguir—. Pero por el momento, necesitamos que nos haga tres favores fundamentales. Por favor —rogó—, sin preguntas, sin reproches. Si de algo puede estar seguro, es que ninguno de nosotros es un delincuente…

- …jamás pensaría eso de mis senpai. Cuenten conmigo —se permitió dar un salto al vacío por ellos.

- Primero, no mencionar, ni siquiera a Yokozawa-san, lo que acaba de oír. Por razones más que evidentes, aunque no tan claras, nunca mencionamos nuestros pasados porque tenemos prohibido hablar de ello.

- ¿…pero luego podré hacerlo…? Odio tener secretos con él —Yuuri miró a Akihiko, y él asintió, para todos.

- Dudo que esa alimaña intente algo para delatarlos, así que no hay problema. Pero no lo haga aquí, espere a estar en casa —Zen asintió.

- Perfecto. Segundo… —Yuuri calló, al ver cómo Yurio se acercaba a Zen, mirándolo a los ojos, sin poder evitar que su verdor se viese demasiado acuoso.

- Ayúdanos… Ayúdennos, por favor —para Zen fue como ver a un Mamoru más alto, suplicando protección, y algo en su interior se estrujó fuerte—. Ese hombre, aquella vez, antes de llegar a Japón… Él… —Zen había logrado escuchar algo entre los gritos desesperados y furiosos de Yurio minutos antes, entendiendo a medias el inglés mezclado con ruso y japonés, así que supo leer entre líneas. Su mandíbula se apretó con fuerza, más aun al ver cómo Mila se contagiaba, y hacía esfuerzos por cubrir su delicado cuerpo.

- Juro que no voy a descansar hasta que pague lo que sea que les ha hecho… Más a ellos dos, que son los menores, ¿verdad? —haciendo uso de su instinto paternal, atrajo con cuidado a ambos contra su cuerpo, ocultándolos casi del resto—. Incluso si es necesario que tengas un colega a tu lado, puedo pedirle a Masamune que hable con su madre, sensei.

- Te lo voy a agradecer mucho, porque hay demasiadas cosas en juego.

- Descuiden, nada malo va a ocurrirles, de ser posible, incluso me los llevaré a ustedes tres a casa de mi madre —los cinco alzaron sus caritas, cual pollitos ante un tazón de comida—. Tiene muchas más habitaciones que mi departamento, y ya quiero ver que ese hijo de la grandísima intente meterse con mamá. Hasta mi papá le tiene miedo.

- …gracias —la gravedad de la estabilidad emocional nula de Yurio en ese momento se hizo evidente en su sonrisa agradecida, y más porque no se opuso a la idea de ir a vivir con una familia desconocida, pese a tener un lugar en el cual refugiarse.

- Si usted no ha dado esa dirección como referencia, estará perfecta como refugio.

- No lo he hecho. Ni esa, ni la de los padres de mi Takafumi. Y ahora que lo pienso, aunque queda un poco más lejos, podrían ir ustedes para allá; me comprometo a pagar sus traslados—Zen miró a la parejita silenciosa que los observaba con una tierna sonrisa.

- No será necesario. Vivimos en el mismo departamento, he estado evaluando si llevármelos al mío, de paso que cuidan de mi Misaki y se encargan de manera más personalizada de mis pequeños proyectos —Victor asintió, acariciando tiernamente el cabello negro de su pareja.

- Entonces está arreglado. ¿Cuál es el tercer punto en el que deseas que los ayude, Yuuri-senpai?

El joven cerró los ojos, implorando inspiración para decir las cosas de una manera que no despertasen la impulsividad de aquel hombre que de seguro querría matar al tipo que había osado acosar al amor de su vida.

- En Rusia, ese hombre se mostró como un homofóbico. Nos arrebató lo más preciado que teníamos, y no me estoy refiriendo a nuestras carreras y la posibilidad de seguir ascendiendo… Sin embargo, pese a que sabemos, de muy mala manera —Mila se apretujó aun más contra Zen—, que suele abusar de mujeres, también demostró que se cree un "corrector de gais". Si puedo conjeturar, diría que es bisexual…

- Más califica como enfermo, Yuuri —Otabek habló al fin, acercándose a Zen para recibir con cuidado a su temperamental novio—. Un enfermo que solo se deja llevar por sus instintos sin interesarse verdaderamente en si se trata de un hombre o una mujer el objeto de su deseo. Y de si es o no, correspondido.

- Exactamente. Y yo acabo de comprobarlo de primera mano…

- ¡¿Quiso abusar de ti?! —Victor lo miró, ofendido y furioso.

- No, Vitya. Pero me tocó salvar a la persona que aparentemente ha llamado su atención en esta editorial.

- ¿De quién…?

En ese instante, la puerta se abrió, y un sonriente Daiki ingresó, reprendiéndolos de manera bromista por haberlos excluido a él y su esposo, a Misaki y a Takafumi, de la "orgía" que estaban haciendo.

Sumidos aun en la tensión insoportable a la que los había sometido la presencia de aquel delincuente en la editorial, rieron por compromiso, sonrojándose, y haciendo lo posible por seguirle la corriente.

Pero tres personas definitivamente estaban con la mente en otros pensamientos, incapaces de fingir y mucho menos estabilizarse emocionalmente.

Takafumi se apresuró a acercarse a Zen, sin siquiera percatarse de la cercanía de este con la joven, y aunque Mila no sabía nada de lo ocurrido minutos antes, se alejó de manera discreta, pero sospechando mucho sobre aquella expresión corporal.

El hombre de cabellos negros solo se acercó a su novio, evitando sus ojos miel, buscando sin embargo su calor al casi pegar sus caderas a las suyas, sin intención alguna de contacto sexual. Y aunque era el momento ideal para cuestionar su ausencia, demora y comportamiento, Zen tuvo un muy desagradable presentimiento, que lo llevó a buscar con su mirada a los ojos chocolate que parecieron entender, sin palabras, su mudo cuestionamiento.

Y cuando Zen entendió que, en efecto, había sido Takafumi la nueva víctima de aquel cerdo, su ceño y puños se fruncieron, llevándolo sin remordimiento alguno y por puro instinto, a atraerlo por la cintura, en actitud posesiva y protectora.

- …no hagas eso… —afortunadamente nadie les prestaba atención, porque Akihiko seguía bromeando con Misaki sobre la reacción de Yurio, logrando así que el jovencito se fuera serenando, y por ende, lograse responder muy a su estilo, aunque tan solo con el sesenta por ciento de su hostilidad natural.

- No nos están mirando, y es tu culpa por hacer que te extrañe tanto, ¿dónde estuviste…? —Takafumi se estremeció y buscó sus ojos. Había una disculpa gritándole que no era su culpa, y a Zen le dolió verla, porque aunque desconocía el contexto, sabía que aquel hombre jamás le sería desleal y menos infiel.

- Fui a buscar tus archivos, pero…

- Hey, tortolitos, ya vamos muy retrasados, y antes de que empecemos la reunión con sensei, necesito presentarles a nuestra nueva adquisición —todos se tensaron ante las palabras de Haruto.

- ¿…nueva adquisición, Haru-chan…? —Mila habló con voz temblorosa, sintiéndose de pronto desnuda, y expuesta.

- Así es. Nuestro nuevo especialista en sistemas —Daiki le respondió, y ella se limitó a asentir—. Adelante, Nekola-san…

Decir que escuchar aquel apellido tuvo la propiedad de volver estatuas a los ex patinadores, no era ni de cerca lo más acertado. Victor no había sido nunca tan cercano como Yuuri al resto de compañeros de pista, y los otros dos mucho menos, pero Emil Nekola, por muchos motivos, era un amigo muy cercano y amado por ellos.

Y el que aquella alimaña usase aquel apellido como suyo, le provocó arcadas a los cinco.

- Pueden llamarme simplemente Oda —inicialmente, Zen había pensado mostrarse así, aferrado a Takafumi. Pero algo en su interior le gritó que lo más acertado era que no los vinculase desde un inicio.

Por ello, aunque no se apartó de su lado, fue testigo de cómo aquel sujeto los barría a todos con la mirada, perdiendo ligeramente el color hasta encontrarse con la humanidad de Takafumi. Y en ese momento, pese a que este pareció a punto de salir por la puerta, huyendo, su actitud generó un evidente cambio en la fisonomía del sujeto.

- Espero en verdad que seamos buenos compañeros, estoy seguro de que lograremos mejorar juntos las ya astronómicas ventas de la editorial. Deseo que me vean como a un amigo más —incluso a Akihiko se le revolvió el estómago al oírlo, pero siguió oculto tras Zen, lugar que había ocupado antes de la entrada del sujeto—. Ya he tenido el… placer… de conocer a Yokozawa-san: Espero en verdad que lleguemos a conocernos mucho mejor —Takafumi no pudo sostener su mirada, y aquella actitud fue una patada brutal para Zen.

- Definitivamente trabajaremos como venimos trabajando. Después de todo, todos somos personas honestas y merecemos el empleo —Yuuri se adelantó, esbozando una de sus típicas sonrisas gentiles, la misma que no alcanzó a sus ojos apagados por la frialdad de sus emociones. Oda trastabilló, sintiendo aquellas palabras como una sentencia a muerte por adelantado, y se limitó a agradecer, inclinándose con respeto.

Y nadie más dijo nada. Mila se limitó a sentir el apretón de mano de Akihiko, y la cercanía de Yurio, quien estaba oculto tras Otabek. El tamaño y disposición de los muebles había logrado que Misaki tampoco fuese visible para aquel hombre.

Al notar que ninguno de sus trabajadores parecía recibir con buenos ojos a su nueva contratación, Daiki le lanzó una mirada sutil a su esposo, quien terminó por llevarse al hombre, comentándole a viva voz cómo funcionaban las cosas en aquella editorial, sugiriendo incluso que podía llevar a su pareja en sus días de calentura.

Cuando ellos se fueron, todos parecieron regresar de un proceso potente de petrificación.

- Bien, creo que lo mejor es que recuperemos el tiempo perdido de nuestros sensei, Kirishima-san. ¿Tiene los papeles listos, Yokozawa-san?

- Hai…

- Perfecto, en ese caso…

- Daiki-sama, yo quisiera —Yuuri y su voz tímida se dejaron escuchar una vez más, pero el buen hombre, sonriéndole, negó.

- Primero terminemos con esta reunión, Yuuri-kun. Luego quisiera hablar con ustedes sobre la reestructuración de los proyectos.

—.—

El día acabó sin mayores incidentes, y por fortuna, sin que le viesen siquiera los cabellos al tal Oda. Supusieron que Daiki lo había enviado a casa, como solía hacer con los nuevos trabajadores, pero fue insólito para los más antiguos el que sus jefes no insistieran en ir a cenar, para darle la bienvenida.

Como lo había prometido, Daiki solicitó a sus senpai el quedarse unos minutos más, así que ellos decidieron irse a casa, para que Takafumi tuviese tiempo para jugar con los niños. Luego de despedirse y agradecerle a todos su maravillosa colaboración, salieron juntos, sonriéndose, aunque Takafumi aun mostrase una ligera timidez.

- Hey —Zen tomó su mano, sin ser posesivo ni invasivo, logrando en respuesta una mirada sorprendida que nada tenía que ver con el rechazo de años anteriores —. Hemos tenido un día muy pesado a nivel emocional, déjame invitarte un café… —las mejillas de su pareja se colorearon de manera tenue, y no pudo evitar responder a la sonrisa que se escapó de los labios de su Takafumi al oírlo.

- ¿Me estás invitando a una cita…?

- ¿Por qué no? Alguna vez, una psicoterapeuta me dijo que la labor de padres no debía nunca eliminar el rol de pareja del matrimonio —Takafumi rió.

- Vaya, ¿tuviste problemas con Sakura-san…? —era tan natural hablar de ella como el pasado de Zen, que ninguno sentía que le faltaba el respeto, sino todo lo contrario. Era como si ella, de alguna manera, los guiara para convertirse en la familia que su pequeña niña necesitaba para seguir creciendo.

- Algo así. Ya viste que este trabajo es esclavizante —lo jaló con suavidad, y el otro se dejó guiar —. Tuvimos algunas peleas antes de que enfermara de gravedad, así que ella nos aconsejó darnos tiempos de calidad para disfrutarlos a solas —Takafumi entendió, borrando su sonrisa de golpe—. Hey, no te estoy contando esto para que te pongas triste. Han pasado cosas muy fuertes las últimas semanas y es natural que hayamos priorizado a los niños por encima de nuestra relación. Y no, mi amor, no hablo del sexo…

Iba ya a replicar, pero llegaron a la cafetería que había sido testigo de las primeras citas oficiales como pareja que Takafumi le había regalado, luego de que aclararan sus sentimientos en el balcón del departamento del mayor. Zen había sido lo suficientemente respetuoso como para solicitar en todas ellas la mesa más alejada y discreta, aprovechando también maravillosas oportunidades para cortejarlo sin ser demasiado evidente.

Y por ello, ya los conocían, y sin ser juzgados, todas las veces eran llevados con respeto y servicial discreción a su mesa. Como ya era habitual, se tomaron unos minutos para solo compartir el silencio de la convivencia ya madura gracias sus edades, hasta que les llevaron sus respectivos pedidos.

- …sé que no hablas solo de sexo —Takafumi retomó la conversación, luego de que le aseguraron al mozo que estaban satisfechos con la orden entregada—. Siempre me pone mal recordar que Sakura-san enfermó y sufrió algún tiempo.

- Bueno, habríamos tenido pequeños problemas existenciales si estuviese viva, ¿o crees? —Takafumi lo miró escandalizado—. Jajaja, no me mires así. Sakura supo que yo estuve enamorado de un niño por muchos años y, de hecho, siempre bromeaba con la idea de que en realidad ella era solo un reemplazo temporal. Siempre la he visto como una pitonisa, así que con el tiempo llegué a la conclusión, luego de conocerte, de que no estaba equivocada —los ojos miel se llenaron de una dulce melancolía, que recibió consuelo en un apretón de manos íntimo de parte del joven que tenía en frente—. Pienso, que si ella hubiera seguido viva, tú y ella habrían sido grandes amigos.

- Pero, ¿qué habría pasado con nosotros…? —algo de miedo se coló en el azul de sus ojos, y Zen le sonrió de manera serena.

- Solo puedo conjeturar. Pero, sin ánimo de que pienses que solo lo digo porque eres tú y no ella quien está aquí conmigo como mi casi esposo, debo decir que habrías sido el detonante de una potencial crisis de pareja… Tarde o temprano la verdad sale a la luz, y estoy seguro de que no habría otra manera en que yo podría haberme interesado en ti, fuera de lo profesional, que no fuese tu desengaño amoroso.

- ¿Solo por eso…? —deseó poder besarlo al escuchar ese tono casi resentido.

- Es lo que me hizo darme cuenta de que más allá de tu fachada de oso, eras un hombre con una sensibilidad que yo siempre he admirado en las personas. Verte llorar, estoy seguro, me habría afectado mucho. Y como el hombre que aun amaba a su esposa fallecida, estoy seguro de que no habría habido diferencia alguna por más que ella aun viviese —Takafumi bajó la mirada cohibido—. Obviamente no te habría convertido en mi amante ni la habría engañado. Pero siempre he sabido, y es algo que ella también aprobaba, que lo más importante cuando hay ese tipo de situaciones, es contarle al otro que nos sentimos turbados por un tercero —esta vez, el oso alzó la mirada, sorprendido, y leyó en los otros ojos algo reciente, una pregunta que parecía dudar entre hacerse realidad o simplemente quedarse dormida en la intención—. Sakura y tú habrían sido grandes amigos… Estoy seguro de que los habría perdido a los dos, porque ninguno de ustedes habría podido ser feliz conmigo sabiendo que el otro salía herido…

Zen bajó la mirada, sintiendo su corazón latir a velocidad. No se consideraba un hombre inseguro, de hecho, con Sakura nunca había experimentado celos, pero Takafumi era diferente. Él, por algún motivo que podía comprender a cabalidad, atraía muchas miradas, porque era precioso en toda su humanidad… Y la llegada de aquel ruso, con esos ademanes, y ese casi susurro de misterioso secreto de hacía unas horas, le había removido internamente. Odiaba admitirlo, pero… Ver a Takafumi sonrojado, nervioso, y sin saber cómo ponerse de pie, le generaba mucha angustia.

- Tú… dices que prefieres que las cosas se digan de frente cuando recién inician, ¿verdad? —Zen asintió, aun sin mirarlo—. Cuando… fui un intento barato de pareja para Masamune…

- No vuelvas a mencionarte de esa manera —esta vez sí lo miró, arrugando el entrecejo.

- …está bien. Cuando intentaba ser correspondido por él, solía ser quien… —suspiró, se puso de pie, y ante la mirada confundida de Zen, se sentó más cerca, dando la espalda a quien pudiese verlos—. Solía ser quien seducía… —aquello solo hizo aumentar la incomodidad en el otro—. Luego llegaste tú, y… tu manera de… —se trabó, nervioso, evidenciando sin palabras que Zen había sido el completo y perfecto inverso.

- Bueno, no se me puede acusar. Pese a que me vanagloriaba de ser heterosexual, apareció un hombre que con solo estar en la misma junta que yo me generaba pensamientos nada inocentes… —se miraron, sabiendo que debían detenerse a menos que estuviesen dispuestos a ganarse un nuevo sermón por parte de sus madres si llegaban al día siguiente—. ¿Hay algo que me quieras contar que tenga que ver con esto…? —susurró, con cariño, invitándolo a sincerarse.

- Te debo una explicación, y necesito tu ayuda —pero nada lo preparó para el tono de voz que empleó Takafumi, medio angustiado y temeroso—. Hoy, cuando fui a ver los archivos digitales, conocí al nuevo responsable de sistemas. Pero intentó… —Zen abrió la boca y los ojos, dejando por fin fluir su indignación, solo manteniéndose en su sitio para terminar de escuchar a su novio, quien lucía irreconocible—. Iokawa siempre fue insistente, lo sabes, pero dentro de todo, mantenía su lugar. Y tú, aunque siempre eras insistente, solo me robaste un beso en tu primer acercamiento directo. Pero este tipo —Takafumi apretó los puños, y cerró los ojos, respirando de manera agitada.

- Hey, amor, cálmate… —alzó la mano al mozo, y en cuanto lo tuvo cerca, le pidió un vaso con agua, con urgencia—. Takafumi, mírame, respira tranquilo, ¿sí? —acarició sus manos, logrando que se soltaran lentamente, y cuando el agua llegó, le ayudó a beber—. Ya decía yo que algo en ese sujeto no me agradaba, pero cuéntame con calma. Te juro que no estoy molesto contigo… —le importó bien poco el qué dirán. Se acercó a su rostro y besó sus labios, con dulzura, instándolo a continuar.

- …se acercó de más a mi cuerpo, y empezó a tocarme. Pero lo que me molesta es que se detuvo solamente porque Yuuri-san apareció, no porque yo lo hubiese detenido… Perdóname, pero no sé por qué no pude… —se le notaba avergonzado, molesto consigo mismo, e incluso, decepcionado. Y aunque Zen sintió aquella confesión como una amenaza latente, respiró profundo y le respondió, con voz tranquila.

- Es natural. Puede que conmigo haya habido instantes en los que el contacto físico fue casi obligado, pero algo de interés sexual había entre nosotros y por eso lograbas ceder y oponerte. Creo que lo que ocurre es el hecho de que se trata de un hombre enorme, a todas luces, mayor que nosotros, totalmente capaz de amedrentarme incluso a mí porque soy menos musculoso —Takafumi escuchaba, suplicando una explicación coherente para su propio infierno interno— ¿Te parece apuesto?

- ¡No! —lo miró indignado.

- Bueno, no es un monstruo, pero no soy yo, eso es obvio —el otro le dio un manotazo, pero sonrió levemente—. Puedo entender que las personas te miren de más, e incluso, aunque me de rabia, que lleguen a sobrepasarse contigo porque eres un hombre apuesto… Y mira que se lo he perdonado a esa pu…

- ¿Ella te gusta como mujer…? —aquella pregunta llegó de la nada, pero Zen sabía que era justo responder con sinceridad porque Takafumi le había revelado algo muy difícil de compartir en condiciones normales.

- Si tú no existieras, tengo que confesar que habría evaluado la posibilidad de llevarla a mi cama al menos una sola vez —lo sintió tensarse, víctima de sus inseguridades—. Soy un hombre, aparentemente bisexual, y entenderás que habiendo estado casado, no soy ajeno a la admiración que el cuerpo femenino me puede llegar a despertar. Pero créeme cuando te digo que aun si eso hubiese pasado, no habría habido una segunda noche: Ese tipo de mujeres solo se goza una vez, mientras que mujeres como Sakura son las que yo elegiría para pasar toda mi vida.

- ¿…entonces sí la deseas…? —su voz había sonado temblorosa.

- …a riesgo de sonar enfermo, debo reconocer también que cuando noté que ella estaba interesada en ti, fantaseé con la idea de verlos haciéndolo…

- ¿Pero qué carajos? —todo el miedo se fue de golpe, dando pie a un furioso sonrojo.

- Mejor dicho, fantaseé que ella y yo te hacíamos de todo, obviamente sin tocarnos entre ella y yo, y por supuesto que tú únicamente recibiéndome a mí por todos lados —Takafumi le lanzó la servilleta de tela en todo el rostro—. ¡Oye!

- Hentai! De seguro quieres hacerla tuya… —ladeó el rostro, celoso y con un dolorcito angustiado en el pecho.

- No necesito un cuerpo femenino para saciar mis deseos, Takafumi. Si tú pudieses ver mis pensamientos cada vez que nos cruzamos en Marukawa, estoy seguro de que te sorprenderías al ver que por milagro de Kamisama no estoy duro todo el tiempo —el otro jadeó, hundiéndose en su asiento—. No la deseo, y mayor prueba de ello es que la largué de nuestro hogar. Prefiero contratar un investigador privado que saberla cerca de ti, imaginándote desnudo o a su merced.

- Ya entendí… —fue casi una súplica.

- Me alegra saberlo. Ahora, retomando lo otro —tomó su mentón, para obligarlo a mirarlo—. Dime la verdad, ¿sientes que, si no hubiesen sido interrumpidos, habría intentado tener sexo contigo…? —Takafumi se ruborizó, y asintió, con ojos nublados—. ¿Sentiste que estaba excitándose, y tú también…?

- Él sí… Pero yo tenía miedo, miedo a que me empezara a tocar…

- ¿Y que tu cuerpo reaccionase….? —asintió, con evidente vergüenza—. ¿Lo habrías disfruta…?

- ¡¿Cómo se te ocurre?! —se liberó, ofendido—. Ese malnacido me quería violar, ¡yo estaba petrificado porque contigo nunca me he sentido tan vulnerable y abusado!

Me volvió el alma al cuerpo.

Pensarlo con otro hombre o mujer me encela hasta desconocerme, pero la idea de que alguien lo fuerce me enfurece. Ya lo han usado tanto a nivel emocional, que quisiera que en todo momento sienta que su cuerpo es una bendición y no una fuente de malas experiencias.

El que mis dos amores, mi Mamu y mi Takafumi, acabaran de pasar por cosas tan similares en tan corto tiempo, me llenó de miedo y rabia.

Esto solo podía ser de malagüero.

- A eso quería llegar. No tienes por qué sentirte culpable, ni siquiera si hubieses respondido de la manera en que él quería —le limpió las lagrimitas que habían aflorado—. Es un abusivo, mañana mismo hablaré con los jefes para mantenerlos al tanto.

- Yuuri-san lo hará. Yo prefiero estar lejos de aquel sujeto y no intervenir. Por favor, tú tampoco lo hagas —habló con apremio.

- Descuida, no daré pie a nada, porque no quiero exponerte de más. Voy a, eso sí, dejar bien en claro que no vas a estar a solas con ese tipejo en ningún momento. Y te vestirás con sotanas desde mañana.

- Ha? —lo miró sin entender. Pero, por respuesta, Zen, lo atrajo por la cintura, aprovechando que estaban muy cerca, y susurró en su cuello.

- Este pantalón te marca de manera deliciosa el trasero… igual que todos los que tienes. ¿Crees que yo mismo no he querido tomarte en los intermedios…? —lo hizo estremecer—. O empiezas a vestirte de manera diferente, o me van a surgir fantasías que he dejado dormidas para que no termines ofendiéndote.

- Estás loco…

- Por ti. Pareciera que no entiendes que no hay momento en el día en que no piense en hacerte el amor hasta el día siguiente —besó su cuello, y el otro soltó un jadeo.

- …nos van a ver… No sigas —se alejó, sin ser brusco, temblando.

- ¿Sentiste esto que sientes, con él…? —negó, inflándole el ego—. Mañana lo haremos a media tarde, luego de la reunión con sensei.

- Cállate…

- Lleva una ropa interior de encaje. Me vuelven loco…

- ¡Carajo, basta! —se enfadó. Pero para Zen era evidente que no porque estuviese en total desacuerdo —. …Zen…

- Dime… —le habló con voz ronca.

- …llama a mamá y dile que llegaremos tarde…

—.—

Aquellas reuniones con Daiki eran cotidianas, y les hacía sentirse especiales el que aun fuesen considerados solo ellos como organizadores del plan mensual. Probablemente en un futuro cercano, Zen y Takafumi también los acompañarían, pero por ahora, concordaban con los duelos en que lo mejor era que se centrasen en el tema para el que habían sido contratados.

Sin embargo, aunque ya estaban más que habituados a esta clase de reuniones, por primera vez no era Yuuri el único ansioso. Yurio no dejaba de mover los pies, mientras Beka garabateaba sin darse cuenta su firma japonesa por todo el borde de la hoja.

Por su parte, Victor de seguro se había ya generado una herida al interior de su mejilla, de tanto morderla, y Yuuri…

Yuuri pensaba, y pensaba, y no lograba encontrar el momento apropiado para explicarse, menos cuando Mila era la única que parecía no esforzarse siquiera en intentar fingir que estaba mal emocionalmente.

- …comienzo a creer que la llegada de sus senpai los ha vuelto flojos —los cinco se enderezaron—. Vaya, gracias por al fin ponerse alertas. Aunque debo reconocer que perdemos el tiempo si ustedes siguen en algún punto de galaxia que yo no conozco…

- Daiki-sama, gomen…

- No estoy molesto, Yuuri. Es solo que al igual que tú, me temo que me encuentro muy nervioso. No, temeroso —las miradas tan diferentes entre sí mostraron total confusión, pero Daiki simplemente apoyó el mentón en sus manos, mirándolos con un afecto muy diferente—. Ha ocurrido algo muy grave con el nuevo trabajador, ¿verdad, Yuuri…?

- …hai…

- ¿Tiene algo que ver en ello Yokozawa-san? —asintieron—. Cuento con que Kirishima-san sabrá defenderlo y cuidarlo, y yo mismo estaré atento. Pero mi intención en todo momento es que mis colaboradores, mis socios —las miradas bajaron en sincronía, con tímida emoción, sabiendo que aquel hombre los apreciaba hasta el punto de considerarlos al nivel de su amado esposo—, estén tranquilos, y a menos que haya pasado algo antes de la llegada de Oda-san, ustedes no están de acuerdo con su presencia... ¿Me equivoco?

- …no, Daiki-sama… —Victor habló quedito, mirándose sus dedos largos manchados en tinta.

- Ya veo… —los cinco parecían niños regañados, o excesivamente adulados, sin alzar sus rostros y, por ende, ajenos a lo que aquel hombre podría estar haciendo. Solo cuando oyeron que se levantaba de su sillón, y les daba la espalda para empezar a acariciar los lomos de los libros ordenados en su pequeña biblioteca, se atrevieron a mirarlo—. No quiero que ustedes sientan que deben estar cerca suyo. Solo Haruto y yo trataremos con él, así que siéntanse libres de pedirnos que solicitemos la información que deseen. Supongo que Kirishima-san también querrá tenerlo vigilado, así que, dejen en las manos de los más viejos el trabajo sucio —les arrancó una ligera sonrisa.

- Arigatou, Daiki-san… —Mila se apresuró a limpiar la lágrima que se había atrevido a caer, agradeciendo que él no los veía.

- No hay problema alguno, mi niña bonita. Sin embargo, les debo una explicación —suspiró, y cerró los ojos—. Mi tiempo es limitado y lo saben, pero desde hace unos años, vengo persiguiendo un objeto de colección que no logro encontrar. Es lo único que me falta, y con ese hombre a cargo de una de mis tareas más importantes, me voy a avocar a conseguirlo a como dé lugar…

- Oh, ¿de qué se trata? No me diga que una foto comprometedora de Haru-san —Yurio se atrevió a bromear, sabiendo que ante aquellos dos hombres, podía ser como realmente era.

Aunque ellos no supiesen quiénes eran.

- Jajaja, no, esas las tengo bajo mil candados y hay varias copias en todos mis ordenadores personales. Aunque es probable que cuando está solo, me lo llegan a retratar, y no puedo reprocharlo —le guiñó de manera cómplice a Victor, quien abrazó a su Yuuri, sonriendo en forma de corazón.

- ¿Entonces qué es…? —Daiki celebraba cada muestra de curiosidad en su serio kazajo.

- Pues, digamos que mi colección era inalcanzable al inicio, y crecía año a año a la distancia para mi propio deleite. Sin embargo, cuando dejaron de producirlos, estuve a un paso de perder la razón, hasta que me enteré que estaban disponibles por un medio más que atípico...

- ¿Mercado negro? —Daiki asintió, aguantando su carcajada—. Oh, ¡tengo un padre delincuente!

- Jajaja, tanto así no… Pero —volteó una vez más hacia su biblioteca, y mirándolos por encima del hombro, preguntó, con coquetería—, ¿quieren verla…?

- ¡SIII! —los cinco saltaron de la emoción, aplaudiendo, y casi imaginando muñequitos de edición limitada de Star Wars o Harry Potter, las sagas que aquel hombre consideraba las mejores del mundo.

Sin embargo, cuando jaló un particularmente extraño libro, de lomo plateado con delicados copos de nieve, y algo sonó con un ligero click, nada los preparó para lo que se abrió ante sus ojos, como si de un portal a otra dimensión se tratase.

- …no puede ser…

Decir que Yuuri empezó a llorar, es poco, porque más allá de que Victor cayó de rodillas, con los brazos inertes, la boca en estado de estupefacción, y las lágrimas manchando como perlas la alfombra, que las recepcionaba una a una en su caída libre, Yuuri se desbordó.

Se desbordó, porque nunca había reclamado, nunca había cuestionado, nunca se había atrevido a siquiera preguntar si en verdad se los habían robado, si en verdad habían sobrevivido trabajando en pequeños establecimientos de comida.

Ante sus ojos, lo que el niño que empezó a adorarlo por ser su ídolo había seguido desde la primera, se alzó, brillando, casi cegando todo el dolor acumulado.

Y Daiki, aunque era un celoso de aquella colección, lo dejó abrazarse a las medallas de oro, a todas, lo dejó bañarlas en llanto. Dejó que sus manos temblorosas acariciaran las cuchillas de los primeros patines, y hasta estuvo tentado en suplicarle a Victor que se vistiera con el traje de Stammi Viccino.

Pero cada uno estaba en su mundo… Yuuri transformado en el fanboy de su único amor, y Victor sintiendo cómo poco a poco le devolvían su derecho a ser la Leyenda de Rusia.

- Los suyos los tengo en mi departamento porque los comparto con Haruto —Mila también lloraba, abrazada a un Victor que no lograba reaccionar, ni cesar su llanto—. No soy padre, Yuri, pero le habría partido el cuello a esa porquería que osó tocarte —Yurio no quería verse vulnerable, pero cubrió su rostro, al sentir cómo por fin un alguien ajeno lo defendía, aunque no fuese ruso y mucho menos parte de su Federación—. También tuve dieciocho años, y también sé lo que es amar a una persona menor que tú, conteniendo tu amor para no dañarlo y que no lo infecten por una ignorancia indignante —Otabek apretó los puños, y se fue a una esquina, para llorar con libertad, para terminar de ahogar su culpa—. Victor —solo en ese momento, el ruso mayor lo miró, y pareció ir recuperando poco a poco incluso su masa muscular, irguiéndose lentamente—, Yuuri es el único que puede decirme si esa colección está completa… ¿Tú también puedes…?

- Nuestros anillos no están ahí. Es lo único que no quise vender porque sabía que de alguna manera actuarían como un imán o una brújula…

- ¿Qué más falta…? —su voz sonaba retadora, y esta vez fue Yuuri quien, dejando en su lugar todo, mirando todo con adoración, se acercó a su esposo emocional, y entrelazó sus manos antes de responder.

- Nuestras medallas… Las que prometimos obtener antes de toda esa mierda…

- Sí, eso también. Pero me falta lo más importante, aquello que no pudieron quitarles ni podías vender —Daiki alzó el mentón, y los otros tres se acercaron, con un nuevo fuego en sus ojos—. De modo que…

- Marukawa y Dahari no se verán nunca más amenazadas por alguien —Otabek habló apretando los dientes.

- Oda Vorobiov nunca más violará mujeres inocentes —Mila endureció sus facciones, luciendo mayor y extremadamente fuerte.

- El amor va a ser respetado en todas sus formas, y pobre de la alimaña que intente ponerme un dedo encima —los nudillos de Yurio se estrellaron contra su palma.

- ¿Y ustedes...? ¿Qué harán…?

Victor bajó la mirada para enfocar sus ojos en los de Yuuri. Y cuando vio el mismo brillo que los había inundado aquella noche, en Barcelona, donde unos anillos fueron comprados para convertirse en la materialización de sus sueños comunes, sonrió de lado, con desafío.

- Voy a ser el mejor de Japón, y te juro que no podrás derrotarme, Victor…

- Mas te vale cumplir esa promesa, Yuuri, me sigues debiendo un matrimonio tras tu medalla de oro —luego alzó la mirada hacia Daiki, quien asintió—. Rusia deseará no haber intentado matar a su Leyenda.