24. Propuestas
Masamune conocía muy bien a su mejor amigo. Y aunque Ritsu aun no al cien por ciento, desde su lugar tras el asiento del copiloto, podía ver la evidente tensión en los nudillos de Zen. Manejaba completamente silencioso, meditabundo, y casi ajeno a la conversación que su novio tenía con su Takafumi. Contestando con cortas frases e incluso monosílabos. Así que, sabiendo que ya no existían motivos para ser odiado por el Oso, Ritsu se armó de valor, y aprovechando que una de las calles estaba momentáneamente interrumpida por unas obras viales, se atrevió a preguntar.
― Hem… ¿Ha ocurrido algo, Zen…?
Una frase casi balbuceada que llevó a la pareja dueña del vehículo a mirarse, suspirar con cansancio, y asentirse mutuamente, mientras Masamune tomaba la mano más cercana de su pequeño para acariciarla, sonriéndole.
― Ha habido un pequeño avance en los planes contra aquel sujeto. Pero, implica que Takafumi esté aun más cerca de ese cerdo, y de esa maldita polilla.
― ¿Polilla? ―Ritsu miró confundido a los tres jóvenes que estaban junto a él.
― Haruka, ¿verdad? ―los prometidos asintieron a la pregunta de Masamune, y Ritsu entendió todo, indignándose―. Por eso nunca me han gustado las mujeres, traen demasiados problemas.
― No seas bestia, no es que sea mujer. Es que es… ella ―Takafumi se cruzó de brazos. No podía negarlo: Le importaba bien poco si ella intentaba generarles malos entendidos, porque ambos tenían muy en claro que nadie podría meterse en su relación. Pero, debía fingir celos, cuando en realidad, lo que le aterraba de su presencia era que fuese a abrir la boca.
¿Cómo pudo ser tan torpe aquella vez? ¿Y por qué no había vuelto a intentar hablar con él? ¿Qué tramaba esa zo… mujer?
― Di lo que quieras. Espero que cuando nazca su hijo cambie ―Ritsu podía entender ese pensamiento. Masamune no había tenido una mamá hasta aquella ocasión en la que el reproche por su relación había llevado a que madre e hijo se sincerasen. Y ahora, esa mujer era la principal defensora de los derechos de su adorado hijo, e incluso protegía como una tigresa a Ritsu―. De cualquier manera, hallaremos una forma de alejarla de ustedes, y a ese cerdo también…
― De esa mujer me encargaré yo, indirectamente es mi culpa que exista en nuestras vidas, y tampoco es que haya cometido alguna falta hacia Takafumi en estas semanas ―la vía se liberó, y Zen avanzó―. Es el sujeto quien no me deja descansar bien, y tampoco a Takafumi.
― ¿Ha vuelto a acosarlo?
― No, Ritsu ―Yokozawa se relajó solo un poco, y giró el rostro, buscando el suyo, para mostrarles una sonrisa que aunque cansada, no daba muestras de incomodidad―. Creo que el haber perdido la uña de su dedo gordo sirvió de amenaza efectiva…
― Yo le habría cortado las bolas, sinceramente ―los otros tres rieron. Pero Masamune continuó―. Y de hecho, no soy el único que piensa así: Mamá está completamente frustrada. Desde que compartiste con nosotros aquello, se ha tomado como algo muy personal el ayudar a Usami-sensei.
En efecto. Takano Chikako había renunciado internamente a ser líder de las investigaciones más importantes de su estudio de abogados, de manera impulsiva, cuando un consternado Zen, tras recibir la tímida aceptación de compartir su historia con sus seres amados de parte de los niños rusos y Yuuri, la había invitado a ella, Masamune y Ritsu, a su departamento, aprovechando un lindo fin de semana soleado en el que Mamu y Hiyori fueron invitados por sus abuelitos a un paseo por el zoológico. Sin embargo, nadie los preparó para el grito emocionado de la mujer, y sus lágrimas, cuando los vio aparecer con la pinta de niños de kínder, o pollitos recién salidos del cascarón. Fue un grito ahogado, lleno de emoción, y una mirada cargada de preguntas que llenó de calidez a Yuuri.
Resultó ser que aquella mujer había ayudado al pequeño a poder viajar a Detroit, cuando sus sueños de tener una carrera y sus ansias de patinar junto a Viktor lo habían llevado a ilusionarse con esa idea. Ella aun tomaba casos de manera particular, y Hiroko había sido una madre muy persuasiva. En aquellas vacaciones, con un Masamune ya convertido en Takano, y unos intentos silenciosos por animarlo, Yutopia se había convertido en un lugar lleno de risas para aquel niño que había perdido a su primer amor. Yuuri era un amigo menor que él, que de alguna manera le recordaba a la inocencia de Ritsu, aunque no en el sentido que cualquiera hubiese creído.
― Me habría gustado que lo conocieras en esa época. Era una bolita adorable. Tal vez podríamos adoptar un niño como él, de cabellos negros y ojos verdes… ―Ritsu sonrió, sonrojado. La manera en que hablaba de aquel chico no le molestaba, sino que le recordaba a ese senpai que lo había enamorado.
― ¿Chikako-haha sigue teniendo ese tic cuando mencionan a Oda? ―Takafumi suspiró cuando Ritsu asintió en su dirección―. No le malogren el día entonces, menos este.
Sin embargo, cuando bajaron, y ella avanzó hacia ellos luego de apartar la vista de su celular, la manera en que abrazó a su hijo les recordó que era una mamá más de aquella familia, en la que ahora los rusos y ese japonés dulce formaban también parte. Y que aun cuando ellos no hablaran, ella iba a consultarlo, aunque tal vez no al instante.
― Mamá, míralo ―como un niño mostrándole su juguete favorito, Masamune le cedió el paso a su novio, quien fue abrazado también.
― Me alegra verte así de saludable y guapo ―Chikako lo evaluó, orgullosa, con la misma mirada llena de cariño hacia aquel chiquillo que acababa de ser desheredado por amar a un hombre. Ritsu asintió, satisfecho de sí mismo, y agradecido con su novio por hacerse ahora cargo de su alimentación y sueño. Ella les acomodó el cuello de las camisas a ambos, como una mamá gallina, y tras acariciar sus mejillas, volteó hacia sus otros hijos―. Hola. ¿Ya puedo llorar? ―los cuatro rieron.
― Aun no. Espero en verdad que Takafumi y yo seamos un buen aval. Después de todo, hoy Takashiki-san nos entregará los documentos de adopción. Ahhh, creo que yo empezaré a llorar en este momento.
Yokozawa lo abrazó, con cariño, mientras él se escondía tras su hombro. Bajo la mirada enternecida de sus amigos, y la madre de Masamune, ambos estaban en su pequeña burbuja, la misma que no logró ser afectada por la mirada contrariada de una mujer que pasó cerca de ellos, con unos expedientes entre los brazos, que sí fue notada por Chikako.
Un mal presentimiento se apoderó de ella, pero decidió quedárselo en su pecho. No, no podía quitarles la ilusión y, después de todo, estaba preparada para afrontar cualquier situación.
Aun con los Kirishima sumidos en su burbuja de felicidad infinita, los cinco caminaron, siguiendo los pasos de aquella mujer, e ingresaron a la recepción. Kirishima ya era conocido, por ser quien llevaba mes a mes las constancias de sus ingresos conjuntos, y las calificaciones de sus dos hijos y, muy eventualmente, a sus propios polluelos y su mamá, para que vieran cuán felices eran juntos. Siempre los recibían con una sonrisa en los labios, y los llamaban "Los Kirishima", y de vez en vez, motivados por Zen, "Los ositos". Era una dinámica a la que Takafumi ya estaba más que acostumbrado, y que lo hacía muy feliz.
Sin embargo, esta vez fue completamente diferente.
― ¡Hola, hola! Hoy es el gran día ―la sonrisa resplandeciente de todos no halló su par en los rostros de las dos recepcionistas, quienes se miraron entre sí, incómodas.
― …Kirishima-san, Yokozawa-san… ¿Takashiki-san se comunicó con ustedes?
― Oh ―creyendo que tal vez le había escrito el día anterior, Zen sacó su celular, y se puso a revisar sus mails.
― No, al menos no por una llamada telefónica, ¿la cita se reprogramó? ―Takafumi intentó no verse afectado por la situación, pero el que las jóvenes los miraran de aquella manera empezaba a incomodarlo.
― Pues, verán, ella…
― Lamento decir que Takashiki-san ha sido temporalmente relevada de sus responsabilidades, ¿Kirishima-san? ―aquella mujer que tan malas sensaciones le despertaba a Chikako apareció tras la puerta de la oficina de Takashiki, cargando un expediente que ellos conocían muy bien porque la dulce mujer le había colocado los stickers y pegatinas infantiles que Mamoru y Hiyori le habían obsequiado en su cumpleaños―. Ahora yo estaré a cargo de su caso ―casi parecía hablar sobre un juicio, y eso cada vez tensaba más y más a la abogada presente―. ¿No han traído a los infantes? ―incluso la manera en que hablaba de sus hijos era tan impersonal, que Zen mismo perdió su expresión de confusión y la mutó en una incomodidad contenida.
― Nuestro hijos están con sus abuelos en este momento…
― Oh, por eso los Kirishima y los Kusama no han venido. No hay problema ―aquello dejaba completamente fuera de lugar a Yokozawa, incomodándolo por completo―. Bueno, espero que esto sea muy breve, pase por aquí, por favor… Solo usted, lo tengo identificado como pa…
― Ambos, somos los padres de Hiyori y Mamoru ―Zen alzó la voz, por primera vez, frenando cualquier comentario adicional de aquella persona. Y haciendo que ella diese un respingo y se acomodara el cabello.
― Oh, cierto. Había olvidado lo especial de su situación…
― ¿Perdón…? ―Zen se indignaba más y más, y Takafumi no supo cómo reaccionar en ese momento, temiendo mostrarse más cercano ante una persona que evidentemente no iba a ayudarles.
― Ciertamente, mis representados son un caso de amor paternal muy especial… Takano Chikako ―sin embargo, la madre de Masamune se acercó, esbozando su sonrisa diplomática mientras extendía su tarjeta personal, serenando momentáneamente cualquier intento de su hijo por ir y soltar alguna de sus frases atinadas y, por ende, inoportunas.
― ¿Re…representados…? ―quedó en claro que aquella mujer no se esperaba que una abogada fuese testigo de aquel comportamiento evidentemente homofóbico, o al menos, discriminatorio. Sonrió por primera vez hacia Yokozawa, quien se notaba muy tenso, y luego volvió su atención a Kirishima―. Vaya… No sabía que estuviese implicada una abogada en este caso.
― No había sido necesario hasta este momento. Pero dado que hay dos casos especiales que Takashiki-san iba a revisar el día de hoy, creo que podemos tratarlos en esta misma reunión. Después de todo, son correlativos, ¿verdad? ―Chikako empleó su sonrisa más dulce y sincera hacia las recepcionistas, quienes le asintieron, temerosas, pero esperanzadas―. Lo ve. Mi hijo y su prometido continúan, ¿tendría la amabilidad de dejarnos pasar a los cinco?
Fukui Shiho.
Ese era el nombre que había sido colocado en una hoja bond impresa, doblada a la mitad, sobre el nombre de la verdadera dueña de aquella oficina. Fukui los dejó ingresar, falseando su amabilidad, y casi ordenando que le trajeran tres sillas más. Fingió rebuscar entre los cajones, todo con tal de no mantener un contacto visual con las dos parejas ante ella, y mucho menos con la mujer. Y cuando las sillas llegaron, y quienes las trajeron salieron, aquella mujer alargó un suspiro pesado, y encendió su computadora. Otros cinco minutos en silencio.
― Bien. De lo que veo en el expediente, Kirishima-san tiene una niña casi de la misma edad que Mamoru, ¿verdad? ―asintió.
― Hiyo es su mayor, por poco, pero lo es.
― Ya veo. Y… ¿Yokozawa-san? Cría un gato, ¿cierto? ―el tono de burla no fue disimulado en lo más mínimo, llenando de vergüenza a Takafumi, y bloqueando su respuesta.
― Criaba. Ahora criamos juntos a Sorata y ha estado a cargo del cuidado de nuestra hija desde que iniciamos nuestra relación, y del de Mamoru cuando ingresó a nuestra familia.
― No es lo mismo un gato que un niño y menos una niña, Kirishima-san. La psicología dice…
― ¿Takashiki-san ha reportado algún mal comportamiento en Takafumi, señora? ―Masamune habló, recibiendo una mirada de reproche de parte de su madre y su novio, pero no le importó. Aquella mujer era en verdad detestable.
― No, tuvo la gentileza de ignorar ciertos aspectos. Como el intento de violación que el pequeño sufrió hace unos meses atrás, justo cuando ingresó a la nueva familia de Yokozawa-san…
― ¿Perdón? ―Zen sentía que la ira empezaba a apoderarse de su interior―. No sé qué hayan escrito quienes reportaron esto a los sistemas sociales, pero Mamoru fue atacado en su colegio, no en casa, y mucho menos por nosotros.
― Tal vez no por usted, pero a los niños Kusama siempre se les inculca el proteger sus cuerpos. El que no haya reportado algo como esto, es un indicador de que estuvo sumamente afectado psicológicamente al ver que, pues… ―los miró de manera alternada, y resopló―, que un hombre tocara indebidamente a otro, era, correcto.
― ¿…dónde está Takashiki-san? Exijo que ella retome nuestro proceso ―Zen intentó calmarse, porque estaba a un paso de mandar a la mierda a esa mujer.
― Lamentablemente tuvo un accidente que la ha alejado de sus responsabilidades. Y aun cuando se recupere, dudo que se le permita volver a esta oficina. Usted, independientemente de que sea viudo, sabe que la crianza de los hijos involucra el asegurarles un ambiente de calidez y respeto a los principios morales derivados de la unión sagrada del matrimonio, ya sea civil o religioso. La familia es el deber primordial de una pareja que aspira a darle un hogar a un niño, más en las circunstancias particulares de los huérfanos. Por ello, me temo que lo mejor para Mamoru es que…
― Ellos se casen, ¿verdad? ―Chikako le cortó el discurso basura, y logró confundirla, al haber olvidado quién estaba también en la oficina―. Todo ese… comentario personal sobre la validez de la paternidad de dos personas se reduce a que mis representados no son un matrimonio. Bueno, en ese caso, si se confirma, por más que un matrimonio entre dos personas del mismo sexo no sea reconocido en Japón, que su relación funciona como un vínculo matrimonial y paternal, ¿será suficiente?
― Pues… bue… bueno…
― Habló también de moralidad. Para mí, como madre, la parte más importante de una situación de intento de abuso es la preservación de la dignidad del niño, más si es un pequeño que ya cuenta con una circunstancia de abandono. Tengo entendido que lo ocurrido tuvo un cierre favorable no solo para Mamoru-kun sino también para todos los niños de la escuela, porque entenderá como trabajadora social, que si lo hicieron con un niño tan vulnerable, podrían haberlo hecho con cualquiera. ¿Qué deberían haber hecho sus padres? ¿Priorizar la explicación sobre la sexualidad de su relación sobre el brindarle el amor de familia que hasta ese momento debía compartir con más niños del orfanato Kusama?
― Claro que no, el acoger al niño es lo prioritario… ―la mujer la miraba con fastidio y vergüenza, sabiendo muy bien que estaba en desventaja.
― Qué bueno que pensemos igual. Me sorprendería muchísimo que usted pensara que es más importante la manera en que tienen relaciones sexuales los padres de Mamoru y Hiyori al estado actual de nutrición, salud emocional y mental, y avance académico de un niño feliz como lo es él.
La mujer miró con odio a Yokozawa, y él entendió lo que debía pasar por su mente. Kirishima tenía una hija, claramente había sido heterosexual. Entonces, Yokozawa había corrompido a un hombre ejemplar que salía en ese instante de la lista de potenciales candidatos a maridos, de la que posiblemente esa misma mujer era usuaria.
Una vez más se sintió intimidado y triste. Casi culpable. Pero la mano que acarició la suya y la sonrisa que iluminaba ese hermoso rostro, lo tranquilizaron.
― ¿Cuánto tiempo tenemos disponible para formalizar nuestra unión? Y aun si eso no es completamente necesario, si nos mudamos a casa de sus o mis padres, ¿cubrimos su cuota de moralidad? ―Zen estaba enamorado hasta los huesos de ese hombre, y nada ni nadie lo iba a separar de él. Aunque hacerle el amor sería mucho más complicado en un escenario como ese, no importaba. Mamoru y Takafumi eran parte de su ADN. Perderlos era como convertirlos a él y a Hiyori en huérfanos, y esta vez, dolería mil veces más.
― Pues… ―casi con asco, la mujer tecleó un par de cosas en su ordenador, y sonrió de lado―. De aquí a dos semanas será la próxima cita. Para ese entonces, espero que tengan solucionados todos los aspectos.
― Así será ―Zen contestó con firmeza, y Takafumi se estremeció ante aquella realidad. Dos semanas.
Dos semanas.
― De acuerdo. Necesitaré todos los sustentos, todas las pruebas de que la unión sea real ―Chikako apretó los puños, indignada.
― El colmo ―Masamune se puso de pie y se alejó hacia la mampara, intentando calmarse. Ritsu casi empezaba a avizorar que ellos iban a vivir algo parecido.
― Ni en los peores momentos del proceso hemos falsificado información. El que suelte aquellos comentarios me indica que ya viene con una premeditada opinión y sabe muy bien que podría acusarla de difamación, sobre todo teniendo a una abogada de testigo ―sin embargo, Zen le plantó cara, haciéndola palidecer. Al verse acorralada, por supuesto, eligió desviar su frustración y malas intenciones hacia la otra abominable pareja presente.
― Bien, en ese caso, de aquí a dos semanas se verán los siguientes pasos a seguir ―Takafumi apretó sus puños, impotente y molesto―. Si no tienen nada más que comentar, nos veremos los cinco de aquí a dos semanas.
― ¿Los cinco? ―Masamune volteó, visiblemente irritado―. Nuestra cita aun no inicia.
― Es más que claro que si tienen el atrev… la intención, de pedir lo mismo, deben cumplir los mismos requisitos. Nos vemos en dos semanas.
Sin despedirse, sin dirigir la más mínima mirada a nadie, la mujer insoportable salió, dejando tras de sí un aura llena de incertidumbre y congoja.
― Takafumi… ―Zen se puso a su altura en la silla, buscando sus ojos llenos de lágrimas.
Las dos recepcionistas esperaron a que aquella persona desagradable estuviese fuera de su vista, para ingresar y disculparse. Todo había sido tan rápido: El accidente de Takashiki-san, y su desesperación por no dejarlos en el aire habían hecho que solicitaran de inmediato un reemplazo que continuase con aquel trámite, confiando en que la hermosa familia que eran se viese muy pronto favorecida con la oficialización de aquel sueño.
Pero ninguna había esperado que enviaran a esa dependencia a la única asistenta social libre. La peor de todas.
Aquella que podía quitarles a Mamoru.
—.—
Sutilmente, Chikako había logrado que su hijo entendiera que los Kirishima necesitaban procesar lo ocurrido a solas. No porque fuese una molestia en sus vidas, sino porque habían muchas cosas por hacer. Para empezar, Kirishima mostraba en sus ojos miel la necesidad de poder expresar una vez más una necesidad compartida con Hiyori meses atrás, que aunque trajo momentos de tensión a la pequeña familia, también había hecho evidente que Takafumi estaba de acuerdo. Había una sombra que ennegrecía ese día, sí. Pero unidos, serían mucho más fuertes. Y ella, que conocía a aquel jovencito ya adulto, que había tratado con tanta devoción a su propio hijo, entendía que aunque era un hombre arisco con otras personas, con Zen se desnudaba no solo en cuerpo.
Y luego estaban ellos mismos. Ritsu se veía sereno, casi indiferente, aunque había despedido a los otros con afecto. Chikako casi podía leer esa cabecita que empezaba a trabajar a mil por hora, y aunque sabía que la conclusión no era del todo favorable para Masamune, muy dentro de sí tuvo que admitirse que era una propuesta potencialmente satisfactoria y oportuna. Pero como ella no debía meterse de más, para no mal influenciar en su terco hijo, decidió retirarse antes de que se lo pidieran.
Sin embargo…
― Oh, cierto. Entonces los dejaré en Marukawa, ¿bien? ―hizo el ademán de avanzar hacia su auto, presta a llevarlos, pero el menor habló.
― Yo… ¿Cree que pueda llevarnos a Takano-san y a mí a la estación? ―como ambos lo miraron sorprendidos, se armó de valor, y se dejó escuchar―. Quiero intentar hablar de nuevo con mis padres. Pero quiero ir contigo ―la mirada gatuna se llenó de temor, no por él, sino por un rechazo que no deseaba que Ritsu volviese a vivir.
― Pueden tomarlo como un desafío…
― No importa. No puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que tú lo hagas todo. Quiero casarme, y creo poder pedir ayuda a mis amigos de Inglaterra ―la sorpresa fue aun mayor, porque ya Masamune se había estado imaginando que sufriría mucho para convencerlo―. Sin embargo, yo, crecí en una familia muy tradicional. El hecho de que no seas An-chan no debería cambiar las cosas, y no quiero que cuando recapaciten sea yo el culpable de no haberlos invitado. Si no aceptan, y peor aun, no me reciben de nuevo contigo y con nuestra futura hija, tendrán que ganarse el derecho a futuro. Pero ahora es mi deber hacerlo. Por nosotros.
Chikako acarició las llaves que llevaba en su mano, y las dejó casi en silencio en la de su hijo. Y luego se alejó, enjugando una lágrima emocionada, rumbo a la parada de taxis más cercana.
― ¿…estás proponiéndome matrimonio…? ―aquello era tan irreal. Tan maravilloso, que si aparecía un nuevo "Esto no es amor", iba a morirse.
― Me lo ibas a pedir algún día, ¿verdad? ―bromeó, acercándose―. Quiero un hijo de los dos.
― Dijiste hija ―le sonrió, nutriéndose de aquel prado verde fascinante que solo le pertenecía a él en todos sus brillos.
― La personita que venga a completarnos será correcta, siendo quien sea. Yo solo sé que estoy cansado de negar lo que siento. Solo no me trates como a una mujer, por favor.
― Creí dejar en claro que las odio ―lo abrazó, casi fraternalmente, porque sabía muy bien que en ese lugar no debía ser expresivo, por su propio bien―. Jamás podría verte como una dama, ni siquiera en la intimidad ―susurró solo para él―. Siempre has sido el chico del que me enamoré ―Ritsu sollozó―. Dos semanas es muy poco tiempo para hacerlo como lo había soñado, y si tengo que ir a la cárcel por golpear a tu padre, será muy tétrico que nos casemos en una celda. Aunque siempre te fantaseo dándome las visitas maritales…
― Idiota ―se separó lo suficiente, y luego lo guió al auto. Se despidieron de lejos de las dos amables recepcionistas que parecían haber estado fangirleando al verlos, y Masamune empezó a conducir.
― Solo por haber sido tan lindo, te dejaré retrasarte en el storyboard de esta semana. Pero deberás compensarme con aquello… ―Ritsu lo miró con indignación, y decidió retomar su costumbre.
― ¡Esto no es amor!
—.—
Ellos habían ya enviado un mensaje a Viktor, cuando el ruso mayor les consultó si estaban ya por ir a la oficina. Ilusionados, como los imaginaban, de seguro armando una bienvenida sorpresa, para celebrar que Mamu era ya suyo. Pero, la escueta respuesta de Zen los había puesto en alerta. Retiraron todos los globos (incluso con ayuda de Haruka y Oda), y retomaron sus actividades.
Takafumi ingresó primero, pero mantuvo la puerta para Zen. En ese momento, todos los cercanos a la entrada pensaron que tal vez los habían burlado y en realidad sí había buenas noticias. Pero entonces, el menor de ambos preguntó si Haruto estaba en su oficina, y cuando le dijeron que sí, marchó rumbo a esta, cabizbajo, tras dejar su maletín en su oficina. Solo cuando estuvo lejos, Zen sonrió, y procedió a explicarles.
― Nueva asistenta social, y más pretextos. Aunque, bueno. Tal vez este sea al final un algo a nuestro favor ―Haruka sacaba unas copias en ese momento, y fingió no escuchar―. Nos vamos a casar ―los gritos ahogados de Viktor, Mila y Yurio le ampliaron la sonrisa―. Ah, rayos… Me siento demasiado nervioso, ya quiero pasar a la Luna de Miel ―rieron.
― Como si no la tuvieras cada noche ―Mila le mostró la lengua y luego aplaudió―. Ah, ¡esto es tan hermoso! Oh… ―pero luego su alegría menguó.
― ¿Qué ocurre, tomatito? ―Zen la llamaba así, con permiso de Takafumi, siendo él quien lo había sugerido en una nueva salida que tuvieron, fuera de las reuniones luego del trabajo. Y la jovencita adoraba el apodo, porque sabía que estaba lleno de respeto y cariño.
― Bueno… Conozco tantas opciones entre las que podrían elegir. Pero, pues… ―Zen comprendió. Sabía muy bien que tenían un amigo norteamericano, otro canadiense, un par italianos, incluso uno coreano… Pero, estaban prohibidos de hablarles.
― Hum… Bueno, lo cierto es que yo tenía ya pensado una boda de ensueño, pero casi nula cooperación femenina, salvo mi Hiyori. Así que… ―la rodeó, examinándola, al igual que a Yurio y a Viktor―. Seh, ustedes pueden ser mis damas de honor.
― ¿Haaa? ―el rubio fue el primero en quejarse, mirándolo como si lo hubiese ofendido―. ¿A quién carajos llamas dama de honor, anciano?
― ¡Jajaja! ―Haruka aprovechó aquel momento para retirarse, siendo seguida por la mirada de Mila―. Ay, no aguantas ni una bromita, así tu maquillaje se va a correr el día de tu boda. .to ―bajo la amenaza de morir entre las garras de aquel ya no adolescente, Zen fue a paso apurado hacia la oficina de Haruto.
― Bienvenido nuevamente ―sin embargo, fue Haruto quien le abrió, luego de tocar tres veces. Takafumi estaba de espaldas a él, pero cuando se sentó a su lado, fue recibido por una sonrisa cargada de sonrojo―. Ya Yokozawa-san nos ha comentado las noticias. Creo que está de más decir que nuestra indignación es enorme con respecto al mediocre sistema de adopciones no solo japonés, sino también mundial, para casos como el nuestro. Pero coincido con Yokozawa-san en que la última opción posible será que él adopte a Mamoru-kun de manera personal.
― Tras el matrimonio, sin embargo, yo debería dar mi aprobación ―Haruto suspiró.
― Exacto. Es hora de elegir, o mejor dicho, es algo que deben pensar con serenidad. Podemos apoyarlos en una apelación, e incluso respaldarlos en un juicio, pero deben evaluar bien las cosas.
― Quiero casarme ―Zen habló, serio, firme y decidido―. He querido hacerlo desde hace muchos meses. Sé que tiene que existir una manera de mandar al diablo a esa bruja, pero ya hemos comprometido la palabra de matrimonio. Y, perdónenme, pero… ―miró a Takafumi a los ojos―, maldita mujer, pero bendita su jodida existencia si así logro que este hombre no se me escape…
― Cá…cállate… ―Takafumi abrió su agenda, intentando buscar una salvación. Mientras los otros dos reían.
― Bueno, bueno, luego podrán usar el cuartito del amor si desean ir adelantando pasos. Ahora, tengo algo muy importante que comentar con ustedes ―algo en la seriedad del hombre los alertó, y dejaron de lado cualquier tema personal―. Sumi-sensei vendrá hoy ―aquel apellido tensó completamente a Zen―. Ya saben que jamás restringiré muestras de amor, porque yo mismo amo compartirlas con mi esposo, pero… Estando Marukawa implicada en este evento tan importante, tenemos que estar a la orden con todas las exigencias de esta celebridad. Después de todo, es uno de los mejores amigos del padre de Ryuuichirou.
Claro, claro. Los actuales acontecimientos habían mandado bien lejos la situación actual en la que estaban metidos en el trabajo…
Y es que, luego de reunirse con los Usami, habían regresado a la oficina, solo para tener el honor de conocer a otra de las grandes glorias de Marukawa: Sumi-sensei, probablemente, el único escritor de literatura capaz de competir con Usagi-san, y una de sus personas menos favoritas en el mundo, por cierto. Kaoru y Ryuuichirou les habían advertido que pronto conocerían a aquel sujeto, y que lo mejor era mantener una cierta distancia cuando él estuviese presente, porque se trataba de un hombre tradicionalista.
Zen se lo había tomado con incomodidad, pero Takafumi, quien había creído que todo era una broma de mal gusto de aquellos recuperados amigos, en ese momento comenzaba a sentir un nuevo y desagradable mal presentimiento.
― Nunca en mi vida lo había visto tan serio, Haruto-san… Me asusta ―Zen fue completamente honesto, y Daiki lanzó un suspiro cansado que solo contribuyó a tensar aún más al oso.
― Quisiera decir que bromeamos, pero… ―Daiki se puso de pie, y abrió el armario en el que ellos sabían muy bien solían dejarse algunas mudas de ropa por si se les venían las ganas de darles el día libre para ellos mismos irse de paseo con algo menos formal. Pero cuando extrajo dos conjuntos que parecían salidos del armario personal de Takafumi, comprendieron que Isaka-san no había mentido―. Incluso nuestros actuales conjuntos ofenderían a ese autor, y nos vamos a ver obligados a quitárnoslos…
Ese día, los colores elegidos habían sido el verde limón y el lila, que en cualquier otra persona se habría visto como mínimo demasiado ridículo. Pero algo en aquellos dos sujetos lograba que incluso el rosita chicle de cualquier juguete de la Hiyo niña se viese formal… ¿Cómo podían decir que necesitaban usar dos trajes grises de color rata para verse bien ante Sumi-sensei?
― Entonces… ¿Hay… algo que debamos corregir en nosotros…? ―Takafumi se atrevió a hablar, intentando no temblar en el proceso.
― Básicamente no. De hecho, él sabe muy bien sobre Viktor, Yuuri, Otabek y Yuri, y obviamente, sobre nosotros, y tiene la capacidad de poder interactuar sin emitir comentarios mordaces o de otro tipo. Sin embargo, y debo decir que de la peor manera ―Haruto se acomodó de manera incómoda sobre el escritorio de Daiki―, Viktor y Yuuri comprendieron que hay cosas que no admite en su presencia, y eso que simplemente los vio mientras nuestro ruso mayor acomodaba sus cabellos detrás de su oreja.
Takafumi suspiró. Tenía que aceptar que la nueva vida laboral que llevaban había sido un soplo de vitalidad en su vida, sin tener que fingir algo que en realidad no era para Zen, o reprimiendo el deseo de poder ser abrazado e incluso besado. El tener la libertad de sonreírle, de bromear, incluso, a veces, responder a sus coqueteos aunque luego tuviese que huir cobardemente buscando la ayuda indirecta de Mila y ser vilmente traicionado por ella antes de ser atacado de manera amorosa, todo aquello, era como estar en una cálida familia tolerante.
Volver a los días en que debía llamarlo "Kirishima-san", molestaba, mucho. Pero ahora que habían hecho las paces con Isaka, no quería crearle problemas.
― Solo será cuando él esté presente ―Daiki se inclinó hacia el deprimido y a la vez molesto Zen, mientras Takafumi buscaba una de sus manos para acariciarla―. Solo esas horas, y nada más. Los preparativos, por otro lado, ya están bastante avanzados y en realidad, solo nos necesitan para temas logísticos. Si sensei lo desea, seremos nosotros quienes vayan, para que no tengan que soportar los celos al ver cómo su amado es acosado por las mujeres ―Takafumi y Zen sonrieron, sonrojándose. Daiki solía hacerles sentir que estaban frente a un padre comprensivo―. Creo que incluso solo nos reuniremos hoy, incluso me parece que sería bueno sugerir hacer un sobre tiempo hoy para terminarlo todo, ¿verdad, mi amor?
― Sí, no tenemos planes, pero de todas maneras hablaré con los niños. Aunque, cierto ―Haruto les habló directamente―. ¿Desean ustedes irse temprano para hablar con los niños y sus padres?
― Sería lo ideal, pero…
― Quizá… ¿Zen podría ir a la hora de recreo? Yo podría ir avanzando los temas aquí. Sería bueno que antes puedas consultar con Chikako-haha si es prudentes decirles por qué el proceso se ha retrasado…
Daiki y Haruto se miraron, compartiendo el evidente dolor de Takafumi. Ellos lo habían vivido muchas veces a lo largo de su vida, y solo el hecho de que Mila fuese ya una mujer, había favorecido a que el proceso fuese rápido, bueno, relativamente rápido.
― Lo considero una excelente idea. Será mejor que vaya ahora, de paso que habla también con sus padres sobre la posibilidad de que puedan quedarse hoy fuera del horario de trabajo.
― Tiene razón, Daiki-sama. Entonces haré eso. Cielo, ¿deseas que me lleve algo o traiga algo de casa? ―Takafumi se sonrojó al ser llamado de aquella tierna manera, y simplemente buscó eludir las miradas divertidas y pícaras de sus dos jefes.
― A…abrigos, solo eso…
― Yo aconsejaría una caja de preservativos, pero bueno… ―Zen y Daiki vieron con diversión cómo Takafumi huía tras el comentario de Haruto.
—.—
― Caja de… Juro que si no es Sumi-sensei, yo…
― Buenos días…
La voz femenina lo hizo saltar del susto. Y solo cuando volteó a mirarla, recordó que, en efecto, su presencia era justificada en aquella sala de juntas.
― Buenos días… ―se sentó, intentando ignorarla, mientras sacaba su agenda para revisar los temas que no podría trabajar ese día. Ella simplemente lo observaba, en silencio, hasta que la ausencia de otras voces cerca la llevó a buscar conversación.
― Supongo que no es tan bueno… Escuché de casualidad lo que ocurrió en la Asistencia Social ―Takafumi detuvo sus acciones, sin mirarla―. Lamento mucho que estas situaciones se presenten aun para casos como el suyo, estando en una sociedad tan avanzada ―las manos del joven retomaron su labor de buscar la página correspondiente a aquel día, sin mostrar indicios de escucharla―. Sin embargo, tras tantas semanas siendo padres de Mamoru-kun, estoy segura de que les darán la adopción pronto. Aun si ese no es el caso, hace un tiempo conocí a alguien que trabajaba en la delegación de Osaka, tal vez yo podría…
― ¿Qué busca diciéndome todo esto?
Takafumi cortó su discurso de golpe, casi actuando como si se tratase de una cachetada. La joven recibió el impacto, y aunque sabía muy bien que jugaba con fuego, puesto que a lo lejos se escuchaba aun la risa característica de Zen, se puso de pie, cerró la puerta, aunque sin ponerle seguro, y volvió a sentarse, esta vez, más cerca.
― Aunque no me crea, solo quiero verlo feliz… Pero es claro para mí que su problema de salud y mi oferta siguen vigentes ―aquellas palabras tensaron a Takafumi―. Tengo entendido que Zen no es su primera pareja masculina, pero no he oído que haya tenido a alguna mujer…
― Pues no se ha enterado de nada en ese caso. ¿Cuánto quiere por callarse? ―una vez más, ella se acercó, pero esta vez, él la alejó con firmeza.
― …estás enamorado…
― No me tutee. Usted y yo no tenemos ningún tema pendiente ―Takafumi fue frío y firme, como el antiguo Oso de Marukawa que aun dormía en su interior. Pero ese mismo interior rogaba porque alguien lo salvara de aquella amenaza a su relación amorosa, en una etapa tan bella y crítica, como lo era la inminente celebración de aquel matrimonio para el que justamente la mujer frente a él había sido contratada para destruirlo.
― Lo tenemos. Yo no quiero que muera, y él tampoco… Sé que se casarán, pero, ¿y si hacer el amor conmigo lo convenciera de que no es homosexual, o como mínimo, que puede ser bisexual…? Si nunca ha entrado en una mujer, no puede jurar que no vaya a gustarle…
Aquellas palabras, lejos de excitarlo, lo asquearon. Pero soltó una risa burlona, casi asqueada, logrando que el ímpetu irrespetuoso muriese en el acto.
― Masamune fue mi primer hombre, y el que me convenció de que los sentimientos que tuve por todas las mujeres que pasaron por mi cama no habían sido ni siquiera carnales… Ni siquiera creo poder afirmar con certeza que lo amé a él. Fue dependencia. Por Zen, en cambio, siento amor ―Haruka bajó la mirada. Se tomó unos segundos, antes de ponerse de pie y recuperar el asiento frente a Takafumi.
― Siempre hay una primera vez…
― Entonces busque a una mujer ―la voz que brotó de Takafumi fue brusca, notándose en los ojos vidriosos de la mujer. Se arrepintió―. Perdone mi grosería, pero estoy en verdad harto de sus amenazas e insinuaciones.
― ¿Me jura que ni siquiera le parezco atractiva…? ―ella no iba a ceder, y él lo sabía.
― A Zen y a mí nos es fácil aceptar cuándo una mujer es atractiva. Hiyori es y siempre será la mujer más preciosa del universo junto a nuestras madres, y su madre. Mila-chan siempre será una belleza fresca y gentil que alegra todos nuestros días, incluso por el celular. La señora Kusama y las señoritas de la Asistencia Social, junto a Takashiki-san, son la materialización del amor maternal divino. Pero una mujer que no se valora, siento tan bella, como usted, solo puede generarme mucha pena ―los ojos femeninos se anegaron aún más, y ella bajó la cabeza―. Lo siento. No puedo escupir al cielo diciendo que no aceptaría una noche con usted estando soltero, porque en ausencia de Zen, tuve una vida muy desordenada y patética, pero… Mi vida ahora son ellos dos. Zen jamás me traicionaría, antes me diría que se empieza a interesar en otra persona, pero jamás ofendería mis sentimientos. Si el padre de su hijo se pierde la maravillosa oportunidad de tener una mujer como usted a su lado, yo solo puedo prometer ofrecer un hombro amigo. Pero nada más. He luchado por mi relación, y aunque soy consciente de que no contarle a él lo que me pasa, puede tirar todo a la basura, prefiero que eso ocurra porque le fallé al tener miedo a herirlo con mi salud, y no a ofenderlo doblemente siéndole infiel. Le ruego que lo entienda. Pagaré lo que sea por su silencio, pero… no me siga haciendo daño con esto.
Haruka escuchó palabra tras palabra vertida con la honestidad que solo Takafumi lograr externar con aquella voz profunda. Y simplemente comprendió que lo mejor era aceptar de una vez por todas que la admiración que sentía por aquel hombre jamás iba a ser retribuida. Tenerlo en su cama, entre sus piernas, era una ilusión idiota, una fantasía enferma que ni ella ni Oda merecían. Ellos se merecían el uno al otro, así de turbios, y asquerosos. Viendo de lejos cómo aquella criatura era amada por un verdadero hombre que no lo tratara como a una mujerzuela.
― E…en verdad conozco a alguien en la delegación de aquella Asistencia Social. Si lo desea, puedo averiguar si allá hay algún caso similar al de su familia ―Takafumi se sorprendió al ver cómo se limpiaba el rostro, antes de alzarlo para mostrarle una sonrisa resignada y honesta―. Sí fui sincera al decir que lo deseo, aunque hay algo más profundo. Por eso envidio a su futuro esposo. Debe ser bello estar dentro de usted…
― No… yo…
― Sin embargo, Yokozawa-san, voy a insistir en un solo punto de manera desinteresada: Hable con él. Aquella enfermedad no es un chiste. Por fortuna, usted es alguien muy metódico y casi adicto a la comida casera y nutritiva, pero… Imagine cómo sería su vida si estuviese en el lugar de un Editor en Jefe como Kirishima-san, que a veces, como sabe, ni siquiera puede comer de manera adecuada y a sus horas. Parte de amar es compartir las peores situaciones con quien se ha elegido… ―el cambio en ella parecía sincero. Y considerando que Yokozawa no había comentado a nadie su situación, se vio tentado a ser sincero también.
― Ya ha perdido a un amor que era su vida, y quien tampoco le mencionó sobre sus síntomas previos. Si yo… No quiero que él sienta que no pudo cuidar de mí tampoco.
― Siendo mujer, puedo decirle que nosotras tendemos a creer que somos tan fuertes como ustedes y muchas veces no deseamos colocar más cargas en sus hombros. Pero adivine qué: Una mentira que traiga consigo una ausencia eterna es mucho más dolorosa que el perder tras una lucha larga. Yo no voy a volver a mencionar ninguno de los temas que lo incomodan, pero si en verdad desea que su matrimonio sea una maravilla… Sea sincero. No le siga mintiendo.
La puerta de la sala se abrió de manera repentina, y lo primero que vio Takafumi, por estar frente a ella, fue la mirada desconfiada de Viktor puesta en él. Sin embargo, esta cambió cuando se hizo a un lado, para permitir el ingreso de un hombre vestido de manera tradicional quien, para su sorpresa, era seguido de cerca por un incómodo Isaka-san, y sus tíos.
― Sumi-sensei, es un honor para mí presentarle a nuestra actual Jefa de Publicidad y Marketing, Haruka-san.
Tanto ella como Takafumi intercambiaron una sutil mirada, agradeciendo internamente no haber estado involucrados en medio de un llanto compartido. Ella sacó de inmediato una de sus tarjetas de presentación y la extendió con educación y cortesía, y el escritor la recibió de la misma manera.
― Encantado de conocerla. Estoy seguro de que será un refuerzo más que evidente en la campaña ―Haruka sabía muy bien que la mayoría de hombres solía hacer ese tipo de comentarios basados en su aspecto físico, pero el hombre mayor ante ella se veía como una persona profesional y correcta, de modo que asintió, esbozando una sonrisa cortés.
― Tenga por seguro que así será, sensei. Todos en Dahari Shoten estamos ampliamente comprometidos con este evento para que sea lo mejor de lo mejor ―Viktor captó nuevamente la atención del mayor de aquella sala, y lo dirigió hacia la presencia aparentemente calmada de Yokozawa―. Por ello, tanto Marukawa como nosotros hemos considerado que el principal organizador de este evento sea…
― Yokozawa Takafumi… El mago de Publicidad de Marukawa ―Sumi clavó su mirada en las orbes azules, generando una ligera tensión en el joven. Haruka y Viktor se miraron, compartiendo la misma sensación incómoda, y luego miraron a sus jefes, quienes se encontraban separados por el ceñudo Isaka―. Fue muy triste para mí saber que mis obras no volverían a tener las ventas que solían tener bajo su dirección.
― Sensei me halaga en extremo ―aunque podría considerarse una descortesía, Takafumi no extendió su tarjeta; lo consideró realmente algo innecesario, dado que el hombre ante él sabía perfectamente todo su historial laboral―. Pero debo decir que yo no hice mucho, fueron muy pocas las ocasiones en que colaboré con el equipo a cargo de sus obras.
― Cierto. Su predilección son las novelas y mangas homoeróticos, ¿cierto? ―pero nada los preparó para semejante comentario. Las orejas de Takafumi se incendiaron, y su mandíbula inferior se proyectó hacia abajo, presa de una completa y desagradable sorpresa―. Antes de que culpes a tu anterior jefe, déjame exculparlo: Es natural que todo lo que ocurra en la competencia se llegue a saber… Más si un nanahikari como Onodera Ritsu trabaja en la editorial y es pareja de su mejor amigo ―no hubo desdén, pero la cantidad de la información manejada por el hombre era tan grande, que Takafumi empezó a sentirse enfermo.
― Estoy seguro de que sensei no piensa realmente todo esto, ¿cómo puede comparar géneros literarios después de todo? Por más que Takafumi y yo seamos honorablemente homosexuales, amamos más la literatura en su esencia pura, ¿cierto?
Ryuuichirou se había jurado no volver a herir a Takafumi, y por ello, acudió, sin importarle dejarse expuesto de una manera tan sincera. Después de todo, su padre, aunque ofendido y en modo castigador, ya sabía sobre su unión con Kaoru. Entonces, ¿podría acaso ser capaz de no ofenderse con semejantes comentarios?
― No me malinterpreten. Mi propio hijo estuvo por mucho tiempo obsesionado con mi rival literario… Solo soy un anciano quejumbroso que desearía ser el único interés de los lectores. Pero bueno, no hay problema alguno. Si lo tuviera, jamás habría permitido que una pequeña editorial como Dahari ayudase a Marukawa con este evento tan importante.
― Noso… ―Haruto en verdad se sintió ofendido por aquel adjetivo innecesario. Pero estando a ese nivel de ofensas diplomáticas, Daiki reaccionó antes, colocándose a su lado y atrayéndolo suavemente por la cintura, sorprendiendo a Sumi.
― Marukawa siempre ha delegado en nosotros, por nuestra incomparable capacidad, el apoyo en grandes eventos como este. Siempre hemos sido parte por ende de las conferencias de prensa de Usami-sensei ―aquello fue un golpe muy bajo, pero Viktor lo celebró con una recatada sonrisa―. Será en verdad una maravillosa oportunidad el también apoyarlo a usted ―Daiki concluyó su comentario, inclinándose, siendo imitado por su esposo.
Sumi simplemente los observó, apretando los dientes, mientras Isaka miraba a Takafumi. Aunque no era un peligro, aquel hombre en verdad iba a joderles aquellos dos días…
—.—
― ¡Papi!
Zen había adelantado ya las no gratas noticias a sus padres, suegros y la Directora del colegio, así que los seis adultos tuvieron que reorganizar sus expresiones para no ser evidentes.
Sin embargo, acostumbrado a observar a las personas para identificar sus verdaderas intenciones, Mamoru supo que algo no andaba bien. Papá siempre sonreía con sus ojos miel, pero esta vez, esos preciosos ojos parecían derretirse y no bañar en dorado a sus polluelos.
― Ohhh, ¿y esos aspectos culpables? Jum ―Zen los había apachurrado más fuerte de lo normal, pero luego, haciéndose el gracioso, los alejó, haciendo muecas mientras los "evaluaba" con la mirada―, algo me dice que reprobaron un curso…
― ¡Eso nunca! ―los dos piaron en dueto, haciendo reír al resto.
― Hum… Lo comprobaré viendo sus libretas a fin de mes… ―les apretó las mejillas, mientras Hiyo le mostraba la lengua.
― Papi ―iba a seguir bromeando, pero la vocecita de Mamoru se dejó oír―, ¿estás bien…?
Kirishima siempre había pensado que había criado a Hiyo como una niña saludable y feliz. Y de hecho ella lo era: Aparentemente, no sería tan alta como él o Takafumi, pero para sus quince añitos, estaba en una altura correcta, quizá preparándose para un futuro desarrollo que le traería muuucho dolor y celos, porque era preciosa, casi la viva imagen de su madre.
Pero no tenía manera de comparar a Mamu con un niño de su edad, al menos no con un niño huérfano que probablemente, pese a los cuidados de los Kusama, no habría podido estar del todo bien nutrido. Cierto era que sus compañeros eran más altos que él hasta el momento, y que él, por tanto, era casi tan alto como Hiyo en ese momento; pero su hijo, oh dioses, también era precioso, y mil veces más porque en verdad parecía creado por él y su novio, habiéndole imitado a Takafumi la dulzura en la mirada y ese amor que parecía destilar de cada uno de sus apachurrables cachetitos.
¿Cómo podía no llegar a ser su hijo? La sola idea lo ahogaba, la amenaza le hacía sentir unas ganas enormes de robárselo, de secuestrarlo, de irse con él, Takafumi, Hiyo y Sorata a otro país…
Los Kusama, estaba seguro, firmarían su consentimiento, ¿por qué había gente como ese demonio que no podía entenderlos…?
― ¿Papi…? ―solo cuando la voz de Hiyo se dejó oír, preocupada, notó que estaba llorando. La niña, menos habituada a pensar en cosas malas, priorizando la bondad de las personas, medio empezó a sospechar lo que ocurría, y se aferró fuerte a la mano de su hermanito.
― Estoy… ―quince, se repitió. No eran adultos, pero ya eran grandes, y tal y como había dicho la Directora, siendo parte de la familia, debían saber la verdad. O una parte, la más comprensible y menos dañina―, estoy un poco desanimado. Cambiaron a Takashiki-san, así que las cosas van a empezar de cero.
― Esa persona nueva no quiere que yo sea su hijo, ¿verdad? ―Mamoru frunció el ceño, mientras sus ojitos se humedecían.
― Tiene una visión un poco… tradicional. Hay cosas que algunas personas no pueden llegar a entender o como mínimo, respetar. Yo las respeto, y ustedes deben hacer lo mismo, ¿sí? ―Mamoru agachó la mirada al oírlo, y apretó los puños, molesto.
― De seguro piensa que igual que esos cerdos, ¿verdad?
― Mamu-kun, no es apropiado…
― ¡Pero…! ¡Pero ellos dijeron…! ¡Ellos dijeron que el amor de mis papás era asqueroso! ―era la primera vez que volvía a hablar sobre el tema, y el escuchar aquello saliendo de los labios de su hijo y hermano, quebró a Zen y a Hiyo―. Las personas… Las personas que creen amar con normalidad me dan asco… ¡NADIE ME HA AMADO MÁS QUE ELLOS DOS DESPUÉS DE MIS PAPÁS KUSAMA!
Mamoru tenía quince años…
Hiyo tenía quince también…
Pero viéndolos llorar a moco tendido, en aquella oficina del colegio, de rodillas, y entrelazados, Kirishima creyó ver a dos bebés de como máximo ocho. Y no pudo seguir mirando porque se sentía el ser más miserable e impotente del mundo.
― ¿Y quién ha dicho que no lo seguirán haciendo…? ―la dulce voz de su abuelita materna lo arropó tiernamente, haciendo que los ojitos tan similares a los de su Takafumi se elevaran para observarla, notando que ella y Akane estaban de rodillas, frente a ellos―. Si nos desesperamos en este momento, ¿no la estamos haciendo feliz a ella con nuestras lágrimas?
― Saki tiene razón. Mi Mamu tiene ya una habitación en nuestra casa también, e incluso ya he empezado a depositar en su cuenta personal con miras a su futura carrera profesional ―Akane le limpió las lágrimas a él, mientras Hiyo hipaba, emocionada y sonriente―. Quiero ver que ese troll se enfrente a nosotras dos, y ahí sí que le van a quedar ganas de ser quien se largue de la dependencia ―Mamu se lanzó a los brazos de aquella abuelita que al inicio lo había hecho llorar, pero que ahora lo acurrucó con cuidado y adoración.
― Además ―tanto Kotaro como Ken ayudaron a Zen a ponerse pie, mientras él hacía lo posible por recobrar la compostura―, ¿acaso en las bodas no se necesita un paje y una damita? ―las palabras de Ken frenaron el llanto de los dos niños, quienes se separaron de sus abuelitas y miraron pasmados a sus abuelos.
― Pues sí. Este galán lo ha logrado gracias a ti, Mamu ―Kotaro le dio una fuerte palmada a Zen, haciéndolo trastabillar al encuentro de sus emocionados niños―. Takafumi ya aceptó. Necesitamos que ustedes organicen esa boda en una semana…
Todos los que pasaron frente a aquella oficina saltaron del susto al escuchar los chillidos.
—.—
Él había querido regresar, pero Takafumi le rogó quedarse con los niños, indicándole que su presencia aun no era necesaria. Aquello no le agradó, porque significaba que esa mujer sí era necesaria a su lado, pero tras la promesa de pasar la noche, juntos, tuvo que desistir. De modo que se pasó la tarde/noche planificando la boda sorpresa con esas dos pequeñas calamidades que por poco y hasta le habían preguntado el tipo de cama que deseaba usar.
Ok, estaba exagerando, porque, para empezar, si le hubiesen dicho aquello, los habría encerrado en una torre muy alta de por vida… Pero no podía negar que cada detalle pensado por sus dos amores chiquitos lo habían llenado de luz.
― Estoy en casa…
Había estado viendo la noche en el balcón, de modo que solo fue consciente de su presencia cuando le saludó, desde el acceso al mismo.
Y se quedaron en silencio, un momento, mirándose. Takafumi, embelesado por el efecto que la luz de la calle tenía sobre esos cabellos castaños casi rubios, y esos ojos miel. Y Zen, idiotizado por la expresión enamorada que ese precioso hombre ya no podía ocultarle.
Luego de un momento, se acercó a su novio y, tomándolo de la mano, lo acercó al balcón, para mirar juntos la noche estrellada.
― ¿Habían exagerado?
― No. No puedo decirte realmente si me agradó o no. Fue profesional en todo momento, pero algunos comentarios fuera de lugar incomodaron incluso a Daiki-san. Y bueno, supongo que es mejor decírtelo desde ahora… ―la voz de Takafumi sonó resignada, generando en el otro un mal presentimiento―. Habrá una cena de gala con los inversionistas del proyecto. Ha, sugerido, que seamos Haruka-san y yo quienes vayamos en representación de Dahari Shoten ―el ser soltado delicadamente fue la clara evidencia de que aquello no le había gustado nadita a su prometido―. Zen…
― ¿Haruka-san? ―aunque bueno, tal vez Zen no había terminado de madurar…―. Vaya, te dejo con ella un día y vuelven a ser cercanos, ¡qué alegría! ―Takafumi no pudo evitar reír―. ¡Y te ríes! Ah, ya decía mi madre, que no debía confiar en hombres sexys de ojos azules casi grises o grises casi azules…
― ¿Estás bromeando, verdad…? ―Takafumi lo miró alzando una ceja, medio divertido, medio exasperado.
― …simplemente no la quiero cerca de ti…
― ¿Por qué en lugar de ocuparte de ella no nos ocupamos de lo que verdaderamente importa…? ―los ojos miel fueron hipnotizados por aquellos que lo volvían loco. Yokozawa había hablado con seguridad, pero en cuanto se supo observado, se sonrojó―. Yo… Me siento ilusionado y nervioso… Eres… eres mi mejor amigo y la persona que elegí para sanar mi alma y para ser feliz. He aprendido a amarte, a ser la mejor versión de mí. Yo… Yo quiero ser tu familia y hogar ―sus ojos se nublaron y su voz tembló―, pero quiero serlo porque ambos lo deseemos y no para darle la razón a una persona que no nos entiende…
Kirishima recordaba muy bien las palabras que había dicho a la madre de Hiyo el día en que se propuso… Y se sintió muy avergonzado por haber sido tan simple en medio de su enamoramiento. Sonrojado, sintiéndose probablemente ridículo o hasta inferior, por sus propios fantasmitas internos, Takafumi era en ese momento un dios pidiendo a un mortal el aceptarlo… ¿Eso tenía algo de coherencia?
― Quiero casarme contigo por los mismos motivos que me llevaron a ayudar a un niño más pequeño que yo a alcanzar un paquete de toallas femeninas en mi niñez… Amor a primera vista ―acarició su mejilla, sin romper el contacto visual―. Lo que más he odiado de esa mujer, es la sugerencia de que tú puedas siquiera pensar en dañar a nuestros hijos. Todo lo que tú tocas, se convierte en algo divino, y te juro que no es un cumplido basado en los roles de nuestra intimidad… No puedo vivir sin ti y sin Mamoru, ya no puedo. Prefiero ser un fugitivo de la justicia que permitir que siquiera sugieras que no nos casaremos o haremos lo imposible porque sea legalmente nuestro.
― No he dicho eso…
― Entonces hazte a la idea. Quiero hacerte el amor siendo mi esposo.
Mamu y Hiyo, escondidos tras uno de los muebles de la sala, se sonrojaron ante aquella declaración. Pero ninguno se sintió incomodo ni ofendido. Para sus quince años, hacer el amor estaba en una dimensión paterna que nada tenía que ver solo con tener sexo.
― Mamoru, si así lo quieres, será un Yokozawa Kirishima… Y Hiyo, una Kirishima Yokozawa. Si esto requiere de mucha inversión de dinero, te pido que me esperes a poder organizar un matrimonio a tu altura, hasta antes de morirnos…
― Idiota… ―Zen supo que había vencido cuando esos hermosos ojos bajaron, halagados y cohibidos, mientras su dueño se sonrojaba aún más.
― Takafumi… Quiero casarme contigo… ―Zen no lo abrazó. Solo se acercó más, y apoyó su frente en su hombro izquierdo, quedándose ahí, nervioso e ilusionado―. Por favor… Por favor…
Mamu y Hiyo se miraron, y sonrieron, procediendo a darles la privacidad que sabían necesitaban esos dos. Y solo cuando Takafumi, por el rabillo del ojo, vio que al fin volvían a estar solos, elevó aquel rostro precioso desde su hombro, a su altura, para lograr una vez más su atención.
― Si te casas conmigo ahora… tendrás que aceptar que yo tome tu lugar alguna vez… ―Zen se sorprendió, pero tomó su mano y la besó con devoción.
― Si te casas conmigo ahora… cambiaré lugares contigo de por vida.
― Solo quiero probar una vez… ―Takafumi resopló―. ¿No vas a arrepentirte?
Zen quedó en silencio unos segundos eternos, en el que evaluó la razón de aquella pregunta…
¿Arrepentirse de ser el uke? Jamás, la idea de ser tomado por su novio, aunque asustaba, lo excitaba en la misma medida.
¿Arrepentirse de casarse con él? Nunca, porque si por él fuera, hace mucho lo habría obligado a hacerlo.
― Solo me podría arrepentir si me engañaras de alguna manera ―la altura de Zen creaba un efecto de sombra sobre Takafumi, por lo que le fue imposible notar la sutil variación en el color de su rostro y la vacilación en sus pupilas―. Y aun si lo hicieras, jamás te dejaría. Mi amor por ti está por encima de todo, así que… Aunque tampoco deberías abusar, siéntete feliz al saber que tendrás todo de mí por siempre…
Takafumi fue el primero en acercarse, buscando el beso que sellaba aquella propuesta. Y ya juntos, en el lecho, donde pudieron hablarse en un lenguaje más íntimo, acordaron el destino final y necesario de aquellos dos dijes con forma de gotita.
