25. Contactos
Masamune tenía que aceptar que, aunque ser esposo de Ritsu era un sueño que había creído imposible por mucho tiempo (durante años), saber que esta vez se haría realidad lo tenía muy nervioso. Lo peor era que ese nerviosismo no se debía a la perspectiva de los gastos y la logística de último minuto que tiraba por la borda algunas de sus ilusiones más tiernas. Ritsu había sido claro, incluso, con su suegra presente (aun si la presencia de Chikako hubiese sido más bien indirecta, cuando recibió los mensajes emocionados de su único hijo). Onodera estaba superando sus expectativas, y la felicidad que sentía en ese momento sobrepasaba todo.
Sin embargo, tener que manejar hacia aquel barrio con aires casi feudales, obligándose a no temblar, lo había sumido en un silencio que Ritsu, sin ser cruel, estaba disfrutando. Y es que, había algo reivindicativo en hacer lucir de aquella manera al gran Takano-san.
― ¿Es aquí? ―detuvo el auto, tras mirar por la ventana hacia la impresionante casa de los Onodera.
― Sí. No te dejes intimidar por la estructura, por dentro el orden solo es posible gracias a las señoras y señores de limpieza ―aquel comentario de Ritsu solo le aumentó más nervios a sus nervios, por lo que, para disimular, se ajustó por enésima vez la corbata; no fuera a ser que un mayordomo perfectamente ataviado con su uniforme de trabajo les abriese la puerta, mucho mejor vestido que él―. Ven aquí ―sin embargo, contra todo pronóstico, su prometido retiró sus manos e inclinándose hacia él, aun dentro del auto, le ajustó aquella prenda que había sido justamente un obsequio de esos tímidos de aniversario mensual que aquel pequeño gatito asustado de ojos verdes hacía dejado amorosamente bajo su puerta o entre sus papeles.
― Quizá hubiese sido mejor que vinieses solo. Si te faltan el respeto, no podré controlarme… ―Ritsu sonrió, y se atrevió a dejar un beso en su mejilla.
― Takano-san. La explosión inicial fue casi mortal y lo sabes. Las réplicas o insultos que vengan serán menores, y honestamente, no me importa recibirlos. Te lo dije: Estoy siendo benevolente y dando una oportunidad para que no se pierdan a un nieto o una nieta ―Onodera paseó sus ojos por aquel rostro amado, suspirando internamente; aquellos ojos gatunos seguían moviendo sus cimientos, pero temblaban cuando él se permitía hablar con esa honestidad blanca.
― Te daré la familia que siempre quisiste tener ―Ritsu sabía que aquella voz profunda no mentía―. Sin embargo, y yo lo sé muy bien, el amor de los padres nunca podrá ser reemplazado por un amor romántico… ―los ojos verdes se desviaron hacia sus manos entrelazadas, para ocultar la tristeza que no deseaba admitirse―. No tienes que esforzarte por nuestro sueño, podemos ir a otra delegación, donde haya alguien humano y racional a cargo de las adopciones. Nosotros aun no tenemos un lazo con un niño o niña, podemos darnos el lujo de esperar. Recuerda que somos buenos en eso, nos esperamos muchos años mutuamente… ―su voz se quebró levemente, y los ojos verdes volvieron a mirarlo―. Te quiero a mi lado, pero temo no ser suficiente para sanar tu corazón si te vuelven a herir.
Ritsu no lograba entenderse a sí mismo, ¿cómo los Esto no es amor habían sido dirigidos a este hombre tan devoto por tanto tiempo? Masamune ni siquiera era un hombre inseguro de sí mismo, o falto de amor propio, sino todo lo contrario, y sin embargo, se había dejado humillar por él en tantas ocasiones. No era lástima, no era hacerle un favor. Ritsu entendía muy bien todo lo que esta visita implicaba, y lo que estaba por perder, pero...
― ¿Y si en lugar de no tenerles fe, me crees a mí? ―Ritsu habló con ternura, acariciando su mejilla―. Confía en mí. Te amo ―era tan maravilloso oír esa frase venida de sus labios―. Aun si ahora digo lo contrario, sabes que te amo y que eso no cambió en todo el tiempo en que no estuvimos juntos.
― Tus padres…
― Fueron muy importantes para mí. Lo son, pese a que por su culpa An-chan y yo estuvimos a un paso de desgraciar nuestras vidas. Pero debes entender que la mejor manera de crecer es salir del nido con las alas abiertas y no siendo empujado a tu muerte. Tú creciste a la fuerza, y aunque siempre me molestó ver y sentir que estabas muy solo, no puedo odiar a tu madre. A tu padre tal vez un poco, pero puedo entenderlo ―sonrieron, compartiendo cierta complicidad en eso de criticar la dinámica familiar de los señores Saga―. Confía en mí. Necesito que confíes en mí.
Bajaron del auto de Masamune, y tras mirar un instante la belleza de la vegetación en el jardín externo, caminaron a paso firme por el corto camino rumbo a la puerta principal. Faltaban unos cinco pasos para que Ritsu alzase la mano y tocara el timbre, pero esta se abrió, dejando a la vista a una mujer vestida con un kimono violáceo, quien se sorprendió con la visita aparentemente imprevista.
― ¿Ritsu…?
― Madre. Perdona que no haya avisado, pero agradecería mucho pudieses recibirnos ―los ojos avellana de la mujer se dirigieron hacia el hombre alto que estaba detrás de su hijo, y frunció el ceño.
― Tú puedes entrar siempre y cuando no… ―la voz femenina murió incluso antes de que la de su hijo se dejase oír, comprendiendo tácitamente que en esta ocasión ya no estaba frente al hijo manipulable que creían haber criado para provecho de la familia.
― Ambos o ninguno. Lamento ponerte las cosas de esa manera, pero no habiendo algo más por ocultar, Masamune quiso venir a ofrecerles sus respetos ―Takano-san miró a Ritsu como si le hubiesen salido un par de cuernos en la nuca, mientras que la mujer mostraba la misma sorpresa, observándolo a él―. Sabe cuán importante es para ustedes y su propia madre el crear un vínculo para el futuro ―sin embargo, aquel minúsculo instante de turbación desapareció del rostro de mayor edad.
― Sabes muy bien que un futuro como tal, entre ustedes, y más entre nuestras familias, es imposible. Lo de ustedes no es correcto ―Masamune apretó los puños, aguantándose su indignación―. Podría entender perfectamente aquello de que su amor fue un tema infantil que se mantuvo en el tiempo si fuese una mujer ―aquel comentario fue un nuevo motivo de shock para el mayor, quien no podía creer que aquello fuese cierto, salvo porque las orejas de su novio aumentaban aún más su tonalidad rojiza―, pero ustedes son hombres.
― Me ama más que ustedes ―las palabras de Ritsu sonaron como dagas de hielo, que callaron una vez más a la mujer―. He venido a que él pida mi mano formalmente ―Masamune sí que tuvo que sostenerse disimuladamente de una plantita que estaba cerca, ¿cómo que pedir su mano? ¡Ni siquiera habían comprado los anillos!―. Madre… Me voy a casar con él, les guste o no.
Una cachetada estalló contra la piel delicada y blanca de su mejilla derecha, pero lejos de quejarse, Ritsu bloqueó de manera delicada la mano de Masamune, que se había adelantado por reflejo.
― Me voy a casar, aunque no les importe. Porque amo a Masamune, no tengo intenciones de separarme de él, y al ser dos hombre mayores, deseamos convertirnos en padres ―esta vez, la castigada fue su mejilla izquierda, mientras los ojos avellana de la mujer lloraban con decepción―. No hagas esto madre, no pierdas la oportunidad de conocer a tu nieto o nieta…
― Cualquier ser común entre ustedes…
― ¡Será una abominación!
Aquellas palabras, escupidas con asco, habían venido de su padre, un hombre tan visiblemente tradicional como su mujer, que se había acercado al escuchar la voz indignada de ella, y los sonidos producidos por aquel injusto contacto contra la piel de su hijo.
Y Ritsu entendió que todo estaba dicho al escuchar aquellas palabras y verse reflejado en unos ojos verdes que carecían del amor que le habían brindado en su niñez.
Aquel hombre, que por años había sido un héroe literario, la figura paterna que compartía con él los lanzamientos más exclusivos de Onodera Shoten, el profesional a quien imitar, le acababa de demostrar que en realidad era simplemente…
Un hombre. Un hombre incapaz de comprender al amor.
Una lágrima cayó, una sola, y rodó hasta estrellarse en el piso, rompiéndose en millones de fracciones húmedas de decepción.
― ¿Cómo has podido venir a restregarnos en la cara tu fallo…? ―el anciano pareció no conmoverse por aquella lágrima, y aunque eso dolió mucho más, Ritsu permaneció imperturbable―. Eres decepcionante, Ono…
― Me tomaré un par de días de vacaciones luego de la boda ―esta vez fue su padre el callado, y Ritsu no le dio pie a quejarse―. Pero antes de irnos, me encargaré de que todos mis ahorros restantes sean depositados en su cuenta. Creo que tengo lo suficiente para cubrir todo lo que invirtieron en mí.
― Ritsu, no… ―Masamune se atrevió a hablar, y lanzó una mirada desesperada a aquellos suegros que no lo querían, pero que en ese momento parecían flaquear en su reacción.
― Tú, no…
― Cierto, no puedo ser imprudente. Después de todo, darme lo que me dieron hasta ahora, a excepción de An-chan, fue una cuestión de obligación moral, no un favor ―era completamente cierto, y ellos no pudieron refutarle―. Y todo lo que obtuve luego de graduarme del colegio y la universidad, un mérito a mis sacrificios y constancia personales. Así que, solo renunciaré a Onodera Shoten y todo lo que hayan decidido dejarme ―su madre pareció querer hablar, pero él le dio la espalda, adelantándose hacia el auto. Se detuvo un instante―. No soy rencoroso, ni cruel. Si alguna vez desean saber cómo es él o ella, podrán contactarme a través de Marukawa Shoten o Isaka-san. Y si quieren ir a la boda, solo necesitan enviarme una manita positiva al celular, para que les envíe la invitación. Así nos ahorraremos discursos hipócritas que ninguna de las partes llegará a creer.
― Hi…
― Hasta pronto, Onodera-san, Onodera-sama. Espero que en verdad sea un hasta pronto.
Tanto la mujer como el hombre se quedaron de pie, golpeados por aquellas palabras. Y aunque no sabía si aquello jugaría en contra de ambos, Masamune se inclinó con respeto, y tomó la palabra, luego de que Ritsu cerró la puerta del copiloto tras ingresar al vehículo.
― Haré feliz a su hijo. Lo que haya sufrido por mi causa, por mis errores, yo lo transformaré en luz. Por favor, piénsenlo. Aun no tenemos definido nada para el matrimonio, pero sé que él amará tener su bendición.
Tras ello, y sin esperar respuesta, Masamune subió al auto, y manejó en silencio, hacia un parque que no parecía muy concurrido. Apagó el motor, bajó, y le invitó a salir. Caminaron, hombro a hombro, aun sin hacer contacto, y cuando llegaron a un ambiente apartado de todos, lo obligó a detenerse.
― Hoy me he enamorado más de ti ―Ritsu se sonrojó―. Y al mismo tiempo, hoy deseo más que nunca acurrucarte contra mi pecho ―el joven de los ojos verdes se animó al fin a abrazarlo, y él, lo apretujó, con fuerza, besando su coronilla―. Ritsu… ¿Quieres casarte conmigo aunque aún no tengamos anillos…? ―su novio resopló, y asintió, dejando que una mezcla un tanto asfixiante de lágrimas de felicidad y dolor bañaran la solapa del traje de su prometido.
― Nunca me sueltes…
—.—
Ya era de noche, y Viktor y Yuuri estaban acurrucados sobre su sofá, mirando con angustia a los dos abogados que en ese momento revisaban las únicas pruebas legales que habían logrado reunir en Rusia, contra Oda.
― Ahora que trabajan con él, será fácil poder conseguir algún documento suscrito de su puño y letra, para poder validar la carta que te dejó, Viktor. Sin embargo ―Chikako suspiró―, quizá, haya variado su caligrafía en todos estos años, y puede que el tribunal invalide las pruebas precisamente por ello, a menos que su superior de aquella época lo inculpe.
― También lo he pensado, y dudo que ocurra ―Akihiko le dio una calada a su décimo cigarrillo de la noche, y volvió a revisar los papeles―. Tristemente, todo lo que puede ayudarnos se va al piso con la maldita ley esa de invalidación de la homosexualidad.
― Yo lo llamaría genocidio ―la mujer lo imitó, y luego tiró su cuello hacia atrás, apoyándose en el sofá―. Hasta el momento, lo único que veo viable es que lo cerquemos y amenacemos con involucrar a Japón en esto.
― ¡No! ―Yuuri fue el primero en reaccionar, habituado a su lengua madre―. No, por favor. Un escándalo como este podría afectar a la Federación y las nuevas promesas, incluso al propio Minami…
― O podría ser positivo ―el escritor se inclinó hacia ellos y los miró a los ojos―. Que no tengan acceso a las noticias del medio deportivo no quiere decir que no hayan sido un escándalo. Tu desaparición fue en verdad una locura y aun ahora, en los eventos, se menciona que no hay una luz similar a la tuya en todo Japón.
― Pero…
― Esto es algo que en verdad no logro entender… Incluso contrataron yacuzas para buscarte, ¿qué rayos hicieron ustedes dos para esconderse? ―Otabek y Yuuri se miraron, con evidente tristeza―. Hasta estoy pensando que fue un complot mayor, algo de Japón y Rusia, una situación negativa en la que fueses simplemente un peón involuntario.
― No podemos sentirnos orgullosos de ser japoneses cuando se trata de "eventos aislados". Simplemente no le pusieron el alma a esto, porque había que continuar con un campeonato de algo que favorece al Sol Naciente como nación ―Akihiko, habituado a hablar mal sobre aquello que consideraba mediocre, estrelló su cigarro contra la superficie de vidrio que recepcionaba cada nuevo cadáver.
― Sin embargo, la Federación Japonesa de Patinaje no quedó conforme con la explicación de su par ruso. Aquí simplemente llegaron a decir que fue un evento de sobrecarga de estrés ―mientras la madre de Takano hablaba, Viktor tomó la cajetilla olvidada en la mesa de centro por Akihiko, y se puso de pie, tras encender uno de los cigarrillos. Mila, Otabek y Yurio, los presentes silenciosos en el departamento de los Nikiforov, lo observaron, visiblemente tensos, ya que él no fumaba―. Solo me queda conjeturar que ya saben dónde están ustedes, pero que saben bajo qué términos y en qué circunstancias, y no pueden hacer nada contra ello.
― Ese de ahí es una liga mayor, morirás en el acto ―las palabras del escritor, tan fuera de contexto, llamaron la atención del resto. Akihiko decidió bromear con Viktor, buscando ayudarlo de una manera no dañina para su cuerpo―. Aquí tengo chicles sin azúcar.
― En otra época tal vez, habrían sido una alternativa ―Viktor les daba la espalda, imperturbable en apariencia―. Ahora no importa tanto cuidar el cuerpo.
― Aunque no patinemos, debemos cuidar nuestra salud, vejestorio ―pese al insulto, Yurio habló con un dejo cariñoso―. Si te enfermas, no pienso cuidar a Katsudon por ti, ya sabes que cuando te resfrías, a él se le viene la Parca encima.
― Eso es cierto también ―acercó el cigarro a sus labios, pero al último momento, desistió, estrellándolo contra el cenicero―. Lo cierto es que no le encuentro salida a este problema. El nombre de mi Yuuri ya ha sido mancillado de muchas formas, y en la realidad, ni siquiera sé qué es la versión oficial de nuestra desaparición…
― Como dije, estrés de parte de Yuuri… Angustia por la posibilidad de perderlo, de parte tuya. Nadie supo sobre Vorobiov ni sobre el tema de los juicios, eso me queda claro porque puedo jurar que me he revisado todos los periódicos y revistas que salieron sobre este tema.
― Y yo tuve a Misaki y al estúpido de mi hermano también apoyándome. Haruhiko solo encontró una microscópica nota en un blog ruso que hablaba de cómo la bola izquierda de Plisetsky era más pequeña que la derecha ―Yurio se ahogó con el agua que acababa de beber, mientras Otabek enrojecía hasta la raíz de los cabellos.
― ¿PERO QUÉ CARAJOS?
― ¡El punto es…! ―Chikako decidió alzar la voz antes de que aquello se convirtiese en un campo de batalla donde todos empezasen a sacarse los trapitos turbios―. El escándalo fue maravillosamente tratado por Yakov-san, así que en estos momentos podrías decir que la mayoría de fans piensa que ustedes tal vez están juntos en un lugar de reposo. O que en el peor de los casos, se separaron, pero que la situación fue tan fuerte que ambos se suicidaron ―la sinceridad de Chikako los sorprendió, estremeciendo incluso al estoico Otabek―. ¿Qué? Ok, exagero, pero tienen que admitir que es lo primero que podrían esperar aquellos que no saben lo que pasó si de la noche a la mañana sus dos dioses del patinaje desaparecieron.
― Takano-sama tiene razón. Quizá en América y Oceanía sus nombres no sean tan relevantes, pero Asia y Europa son casi un bloque unitario. En aquellas revistas que ustedes no desean ni mirar ―Akihiko abrió su maletín, y lanzó contra la mesa cinco revistas deportivas que generaron la misma reacción de pánico en los cinco―. ¡Vamos, por Kamisama! Ninguno de nosotros va a ir a Rusia a decir que ustedes miraron durante cinco segundos cinco revistas de deportes.
― No es tanto por la prohibición ―Mila fue la valiente. Se acercó, estremeciéndose en el acto al punto de que su falda corta se movió como por acción del viento―. Es más… un tema personal. Un dolor que aparece y que no se va ―acercó una mano temblorosa, pero luego la alejó, antes de tocarlas.
― Pero no podemos huir todo el tiempo ―Otabek volvió a sorprenderse incluso a sí mismo, cuando dejó atrás el mueble y tomó una de las revistas, temblando, y tras dirigirse a la página destinada a los eventos de patinaje, todos pudieron observar cómo sus ojos se nublaban―. JJ… JJ está por debajo de Minami…
― ¿QUÉ? ―esta vez fue Yuuri quien corrió, y tras lanzar un grito de júbilo, casi voló hacia su novio para jalarlo de la mano, aunque el pobre ruso estaba pasmado con semejante noticia.
― ¡JA! Esa papa frita cubierta de kétchup en verdad era talentoso, no es para tanto el que haya vencido a esa mierda, ¡el día que me venza a mí se convertirá en un héroe! ―Yurio lo imitó, colándose al lado de Otabek, sin darse cuenta de que sus propios ojos verdes estaban llorando.
Los dos mayores los observaron, en silencio, conteniendo el nudo en la garganta. Akihiko había admirado a Viktor como cualquier aficionado al patinaje artístico internacional, coleccionando en silencio cuanta mercancía de él llegaba a caer en sus manos y ocultándola incluso del propio Misaki por considerarlo su más importante tesoro (luego de su novio, claro).
Por su parte, Chikako había sufrido desde su condición de madre ante los rostros llorosos de los Katsuki, cuando ellos se acercaron a ella llenos de desesperación, pidiendo ayuda por si las cosas se volvían terribles para Otabek y Yuuri, indignándola ante la noticia de que aquel caballero kazako estaba siendo acusado de algo tan terrible como una violación.
Solo ella lo había sabido. Solo ella, porque Yuuri le había enviado un mensaje de agradecimiento y disculpa por destruir lo que ella tanto le había ayudado a construir. Había deseado ir a Rusia, pero él le rogó no intervenir. Una vez más, el sentido del honor que todos los japoneses tenían para con su patria, como en esta ocasión, lo había hecho desistir de su sueño. Y eso aun le dolía.
A ambos, les dolía que Japón, el Sol Naciente, no tuviese oportunidad alguna de ayudar a su Corazón de Cristal. Los hacía sentir frustrados el no poder desempolvar, en el caso de Akihiko, y ejercer, en el caso de Chikako, sus dotes ante un tribunal. Akihiko podría haber creado toda una estrategia, que ella podría muy bien haber hecho explosionar en una corte. Pero, estaban atados de manos.
Si nadie hablaba, no había nada por hacer.
― Yo hablaré. Sé que no va a tener el mismo efecto, pero… Yo hablaré.
Entre los gritos de emoción de sus amigos, la voz de Mila se elevó como la nota in crescendo de un aria. Incluso pareció sonar mucho a Stammi Viccino, y por ello, Yuuri y Viktor perdieron un poco de color al oírla.
― ¿Mila…? No, tú no… ―Yuuri negó con suavidad.
― Durante todos estos años, me he mantenido en silencio sin poder decir esto… ―se inclinó hacia su cartera, y extrajo de su interior una grabadora pequeña; apretó el botoncito de grabar, y tras suspirar, empezó a hablar―. Conocí a Vorobiov en una de las cenas de los patrocinadores. Tiene muy buena labia, es capaz de enamorar con un par de palabras. Por alguna razón, sin embargo, y voy a ser justa con ello, me confundió inicialmente con un miembro del staff de apoyo de las patinadoras senior. Conversamos de todo un poco, incluso me habló acerca de la que en ese entonces era su mujer. Y, bueno, supongo que en ese entonces en verdad era muy estúpida, como solía repetir Yurio ―el aludido negó, apretando los puños no por el mote que le había otorgado, sino por la rabia de verla estremecerse al hablar sobre su primer encuentro con Oda―. No me acosté con él esa noche, pero le di mi número, diciéndole simplemente que mi nombre era Mila, y que mi apellido se lo daría en la próxima vez. Jajaja, recuerdo que se rió, y me robó un beso.
― Hijo de puta… ―Yurio escupió, y Otabek acarició la nuca de su novio, rogándole en silencio que guardase silencio.
― Me llamó al día siguiente, y fuimos a un parque a caminar. Posterior a ello, llamaba todos los días e íbamos a un lugar diferente, hasta que… Luego de una semana, cometí el peor error de mi vida.
Akihiko casi que lo imaginaba. De hecho, ya había logrado hacer algunas averiguaciones por su cuenta. Y Chikako no se quedaba atrás. Como mujer, estaba haciendo un enorme esfuerzo por no ir y arrancarle las bolas a esa bazofia.
― Me invitó a un hotel, y… ―Viktor aplastó la grabadora, agitado, y frunciendo el ceño. Mila lo miró asustada, al igual que Yuuri, pero él no dijo nada durante unos segundos.
― ¿Viejo…?
― Para mí, siempre vas a ser la niña que llegó a la Federación, asustada y a la vez coqueta, dándole una frescura que no teníamos hasta antes de que llegaras. Puede que yo haya sido, o siga siendo, una leyenda, pero hay cosas que sobrepasan al talento. Yurio, Otabek, y tú, en sus posiciones, grupos y destrezas, son mejores que yo en todo sentido. No me pidas que escuche todo esto y no pierda la cordura mientras lo hago.
― Viktor… ―Mila sollozó, enternecida.
― Prefiero arrancarme el corazón antes de permitir que tú te expongas de esta manera. Doy todo por Yuuri y por ustedes tres, ¿cómo podría, dime, cómo, Mila? Ese cerdo te dañó, quiso dañar a Yuri. Permitió que mi Yuuri y Beka… ―las lágrimas cayeron por fin, y todo ese veneno podrido que llevaba en su interior se vertió por completo―. ¿Cómo pudieron? Beka daría todo por Yurio y sin embargo, tuvo que fingir por tanto tiempo que amaba a alguien que estaba sufriendo tanto… ¡No pude ayudar a mi Yuuri en esos momentos y es algo que no puedo perdonarme!
― ¡Viktoruu! ―Yuuri lo atrajo a él, y cayó lentamente sobre la alfombra, con él aferrado a su cuerpo―. Viktoruu… Yo tampoco pude estar… cuando te desprendiste de todos tus recuerdos… de todo lo que era tuyo…
― Nuestro… Desde que te convertiste en fan mío, todos esos premios y artefactos eran tuyos también ―su voz sonó muy nasal, entre hipos y toses, sollozos y estremecimientos.
― Y aun así, te desprendiste de ello… ―Mila le acarició la espalda, con un amor fraternal que brotó de manera natural―. A mí no me importa desprenderme del fantasma de una membrana de piel entregada por una ilusión infantil. Yo lo único que deseo es justicia, y la primera que grita por una reivindicación soy yo misma.
― Mila tampoco fue la única afectada en ese sentido, Viktor. Recuerda que yo era aún menor de edad, igual que Beka, pero aun así, amenazó con forzarme, delante de un grupo de viejos de mierda que le celebraron la bromita ―Yurio habló con odio, apretando los dientes―. ¿Por qué no tenía derecho a entregarme a quien amaba desde esa edad? ―sollozó, odiando su debilidad emocional, pero no se contuvo―. Incluso estuvieron a un paso de motivar que Yuuri y Beka fueran linchados por gente de a pie. Yo no quiero una reivindicación ―sus ojos verdes parecieron arder―. Yo quiero venganza, una revancha de ley. Aun si no llegan a oírnos, aun si todo empeora… Yo quiero que sufra el uno por ciento.
― Por Mila, Yuri, Viktor, Yuuri, incluso por Maccachin… ―miraron al perrito, que dormía tranquilo, ya con su peso ganado―. Por esos años en los que Yuuri tuvo que vencer su ansiedad para no hacer nuestra vida más difícil, por el tiempo en el que tuve que mandar al diablo mi dolor y desesperación por no saber si Yuri estaba bien… ―lloraba. Él, el más tranquilo y sereno de todos, empezó a llorar, recordando esa angustia que lo ahogaba en las noches, tras velar a Yuuri en sus pesadillas―. Por todo eso, yo…
― Yo presentaré la denuncia.
Beka miró a Yurio, y al ver que estaba tan sorprendido como él, comprendió que no era quien había hablado.
Desembarazándose de Viktor y tras acariciar a Mila en los cabellos rojizos, el Yuuri que había enfrentado a Oda en Dahari Shoten se irguió, deslumbrando al hombre que lo amaba y despertando un enorme orgullo en los dos japoneses mayores que él, quienes le miraron sonrientes, pese a los evidentes signos de estar conteniendo su propia emoción.
― Yo, Katsuki Yuuri, elevo una denuncia ante mi Federación de Patinaje, contra la Federación de Rusia, por haberme tratado con homofobia e injusticia.
—.—
Llevaban ya casi media semana de preparativos organizados en la seguridad de su casita, pero al mismo tiempo, llevaban otra media semana de soportar a Sumi-senpai en el trabajo. Tristemente, no podían ampliar el tiempo para lo primero, ni disminuir el empleado en lo segundo. Y lo que era peor…
― Si usted necesita que en verdad alguien vaya con Takafumi a aquella cena, Mila es la mejor opción, Sumi-sensei. Quienes mejor para combinar estéticamente que una belleza extranjera exótica y un perfectamente apuesto y bien… parecido hombre japonés.
Takafumi deseó matarlo, pero al menos el anciano escritor no había notado la connotación sexual de aquel comentario final. O si lo notó, le valió bien poco el demostrar su inconformidad.
― Ciertamente es una estrategia mucho más ambiciosa ―Zen sonrió victorioso, mirando de lado a Haruka y guiñando con disimulo a su novio―. Por eso… pienso que lo más indicado será que usted y Haruka-san sean quienes asistan a la cena, por combinar mejor. Y Mila-chan con Yokozawa-san quienes me asistan en el lanzamiento.
― ¿…eh…? ―el pobre Kirishima lo miró aterrado. Pero el escritor dio por terminada la reunión, poniéndose de pie sin mayores comentarios y dejándolo con la palabra en la boca. Yuuri y Viktor lo escoltaron hacia la salida, dejando en el interior únicamente a los otros dos rusos, el kazako, y al triángulo amoroso.
― ¿Cuánto le pagaste a Satanás para cagarme la vida…? ―Yurio y Beka resoplaron tras escuchar a Zen, y prefirieron irse antes de que la guerra estallara.
― Lo mismo que le pagó usted para no ir al infierno ―sin embargo, Haruka decidió no pisar el palito―. Yokozawa-san, dado que han cambiado la organización tan abruptamente, pienso que debería poner al día a Kirishima-san en lo referente al protocolo a seguir en la cena ―Takafumi frunció el ceño―, mientras yo le indico a Mila-chan nuestros avances en los temas relacionados con el lanzamiento.
― Oh… ―el Oso se relajó, suspirando internamente por el alivio de no ver a aquella mujer tan extraña más del tiempo necesario junto a su prometido―. Me parece excelente.
― ¡No se diga más! Vamos a mi oficina, Haru-chan, ¡te compré de esos pastelitos que ya vi que le gustan al bebé! ―y Mila, siempre conectada con Zen en sus travesuras, se llevó a casi rastras a la otra mujer, dejándolos a solas.
Kirishima las observó irse. Y cuando estuvieron fuera de su visión, se puso de pie y cerró la puerta con seguro. Pero lejos de acercarse a Takafumi, se tiró en su silla y se desmayó (no literalmente) contra la mesa.
― No exageres…
― Tu vena de Publicista es envidiable, ¿cómo puedes aguantarlo a este nivel? Es odioso, detestable, y está obsesionado con volverlo todo heterosexual. Sus nietos serán gays, ya lo verás.
― De hecho, su hijo es gay. Aparentemente tuvo un crush con Usami-sensei ―Zen alzó la vista de golpe, impactado―. Como sea, no estamos aquí para hablar sobre la sexualidad del hijo del autor al que estamos apoyando.
― Odio que seas tan formal. Pero te he prometido ser profesional, y lo voy a ser ―suspiró, y abrió su agenda―. La cena es este sábado, ¿verdad?
― El siguiente ―Takafumi se sentó a su lado, abriendo su propia agenda. En ambas, las hojas estaban llenas de pegatinas, gracias a sus amados niños, quienes habían marcado las citas que debían tener con los diferentes proveedores de los componentes de su futura boda―. Hum… bueno, siendo que el matrimonio será el domingo, supongo que tendrás que abstenerte de beber en exceso.
― Sabes que no lo hago, y soy resistente. Además, en todo momento dejaré en claro que mi hija me estará esperando. Pero… ―resopló―, si como supongo, irá gente de Marukawa, ¿cómo haré para que no surjas en la conversación social?
― Simplemente di que estoy bien de salud, y que me encontrarán en la presentación del libro.
― ¿Si preguntan por nuestra boda? ―le sonrió, enamorado, al verlo sonrojarse.
― Haces un gesto de advertencia. Masamune dice que todos en Marukawa saben que no deben preguntar sobre nosotros como pareja.
Una de las cosas gratificantes de haber hecho las paces con Isaka-san, había sido justamente esa. El saber que tenían su apoyo, y por ende, el de todos sus ex compañeros, quienes habían sido invitados a su pequeña ceremonia (obviamente no todos, solo los Emerald, bajo promesa de que a la oficial iban incluso a contratarles la movilidad y un hotel para todos los editores en pleno.
― Está bien, no hay problema. Como sea, ya mucho de lo que has avanzado me lo has ido compartiendo. ¿Hay algo más que deba conocer? ―Takafumi negó con la cabeza―. Bueno, en ese caso… ―se acomodó en su silla y buscó su mirada―, ¿puedo ya besarte…? Muero de ganas desde la mañana…
― I…idiota… ―Takafumi se sonrojó aún más, pero no lo detuvo. El toque de sus labios suaves y ligeramente mentolados era lo que necesitaba para poder recuperar energías. Cuando se separaron, Zen apoyó su frente contra la suya, manteniendo sus ojos cerrados.
― ¿…y si adelantamos la fecha…?
― Jajaja, ¿ya quieres tu Luna de Miel? No es como si viviésemos separados, viejo verde ―ambos rieron.
― Oh, vaya… Tú pensando en lo carnal y yo muriendo por verte vestido de novio. Te amo ―suspiró―. Te amo, pequeñito ―Takafumi se sonrojó aun más, odiando su vulnerabilidad ante ese sujeto.
― Deja de ser tan cursi, vas a echar por tierra mi reputación de Oso Pardo ―se separó, con delicadeza, y empezó a ordenar sus cosas, bajo la atenta y divertida mirada de su Tigre.
― Me escribió Ritsu, por cierto. Dijo que si no teníamos nada pendiente, que le confirmase para poder vernos más tarde. ¿Qué opinas? Hoy Mamu y Hiyo irán con nuestros padres a la feria.
― ¿Estás de acuerdo con que vayan siendo mitad de semana? ―Zen también se puso de pie, arqueando los hombros.
― Se quedarán a dormir con tus papás luego, en tu departamento, y me consta que madre es muy cuidadosa. No permitirá que se desvelen. Además, irán cuando aun haya luz y regresarán a más tardar a las ocho.
― Entonces está bien. Pregúntale a Onodera qué desean para cenar, no tengo muchas ganas de estar fuera de casa; hace mucho que no cocino para ellos ―Zen asintió, orgulloso, y se tomó unos segundos para esperar la respuesta.
― Dice que tu amigo tiene antojo de pastas italianas caseras ―ambos rieron.
― ¿Italianas caseras? ¿Acaso no sabe que vive en Japón? Jajaja, ok, ok, le daremos en el gusto a tu padrino.
Sí, por extraño que pareciese, Zen había pedido a Masamune como su padrino… secretamente, para impedir que estuviese en el altar cerca de SU Takafumi.
Por su parte, luego de todo aquel escándalo, y asegurándose de no ocasionarle potenciales problemas, un tímido Yokozawa había preguntado a Isaka-san si podía ser su padrino. Y así, se habían ganado el que nada les estuviera costando, por esa típica tendencia del ojos de color violeta de regalarlo todo.
Aunque, y eso no lo sabían los novios, el buen Akihiko (pese a ser el padrino frustrado por el momento), les preparaba una Luna de Miel muuuy particular.
― ¿Me dejarás ayudarte con la cena? ―en ocasiones como esa, en que se dejaba llevar por su natural entusiasmo juvenil, Zen simplemente se sentía más y más enamorado de su Takafumi.
― Sí. Va siendo hora de que tus clases de cocina suban de… ―su voz calló cuando escucharon a alguien intentar abrir la puerta.
Zen quitó el seguro al instante, y su peor pesadilla surgió ante sus ojos.
― Señores… ¿interrumpimos? ―Sumi-senpai los recorrió con la mirada, pero pareció quedar satisfecho.
― Estábamos alineando agendas ―Takafumi bendijo el haber cerrado y guardado ya la suya en su maletín―. De hecho, ya íbamos de salida.
― Comprendo. Sin embargo, quisiera un último aporte de parte de ambos. Oda-san ―Vorobiov fue empujado hacia ambos, por el autor, y fue evidente que su presencia provocaba náuseas en Zen― se encargará de elaborar los fotochecks que serán distintivos del personal a cargo, con los logos de las dos editoriales. Necesito por lo tanto que pueda sacarles unas fotografías ―la tensión en Zen fue aún mayor, y esto fue notado por el anciano―. Aunque, si prefieren usar las fotos antiguas, pues…
― Lo preferiría. Al menos en lo personal estoy conforme con la mía ―Takafumi se adelantó a cualquier potencial respuesta―. Imagino que Kirishima-san también opina lo mismo.
― No ―Zen lo sorprendió con su respuesta, pero algo en su astuta expresión tranquilizó a Takafumi―. Creo que puedes irte adelantando, Takafumi. Atenderé el requerimiento de sensei e iré a casa, te veo allá ―ambos asintieron, y tras despedirse del autor con una inclinación, Takafumi salió sin mirar a Vorobiov.
― Yo, iré a preparar todo en el… ―Oda habló con mucho recelo.
― Creo que lo mejor es que puedas sacar la foto aquí. Hay más luz y paredes blancas. Casi similar a la oficina de nuestros jefes ―el hombre asintió, dejando solos al autor y a Zen.
― Pude notar que ese compañero de trabajo no le agrada.
― Tengo mis motivos, sensei.
― ¿Celos? ―Zen no respondió ni varió su expresión. Considerando que ya estaban "fuera del horario de trabajo", el autor pareció relajarse―. Lamento si mis condiciones han sido muy impertinentes para usted, pero lo hago principalmente por mi público objetivo. Son novelas tradicionales, si yo me mostrase trabajando con… bueno…
― ¿Parejas gays? ―Sumi se tensó al escuchar las palabras que no mostraban interés alguno en maquillar su relación―. Descuide. Debo aclarar que no estoy acostumbrado a que mi empleador sea tan restrictivo y frontal sobre este tema en particular ―Zen habló de manera respetuosa―, pero el choque ha sido principalmente porque tras Marukawa, vinimos a trabajar a este paraíso. Y no lo llamo así por las libertades de expresión que tenemos. Lo llamo así, porque aunque tal vez en verdad seamos una aberración, mis sentimientos son reales.
― Yo no…
― Sensei. Tengo una hija, y he pasado por mucho antes de poder lograr una relación amorosa real con mi novio. Mi forma de amar cambió, pero a él no lo cambiaré por nada. Comprendo muy bien sus intenciones, y aunque no me favorecen, créame que tiene a su lado el apoyo de dos estrellas que hicieron de Marukawa una mina de oro. Solo le ruego que nos respete como somos ―se inclinó, mostrando su nuca. Perdiéndose la sonrisa satisfecha de aquel hombre.
― Los respeto. Y estaré feliz de poder asistir a su boda, Kirishima-san. Siempre y cuando acepten invitarme.
—.—
Aunque había trabajado para aquella editorial extranjera, lo cierto era que Oda no conocía la labor de los editores. Y tras haber sido involucrado en los temas de diseño de la publicidad, invitaciones, paneles, pancartas, entre otros, en tiempo casi record.
¡Debía reconocer que lo estaba pasando de maravilla!
Al fin estaba haciendo algo productivo y bien intencionado. Al fin se estaba involucrando en cosas importantes y blancas, aunque ciertamente no podía decir que su ambiente laboral era el idóneo. Los muñecos europeos, el japonés que lo aterraba, y el otro que casi lo había dejado cojo, eran unos demonios a los que había aprendido a temer. Pero lo cierto era que estaba feliz.
Feliz, porque Haruka era cada vez más cercana a él. Porque pese a la hostilidad, aquellos mocosos eran menos agresivos al cruzarse en su camino. Y porque, de una u otra manera…
Ser padre le hacía desear tener la oportunidad de librarse de sus mierdas pasadas y renacer como un buen y nuevo hombre.
― Vo… Nekola-san ―justo en ese momento en que alistaba todo lo que iba a necesitar para tomar la dichosa fotografía a Kirishima, Haruka ingresó, ligeramente pálida, pero haciéndole una señal para que no hablase de más―. Tiene una visita... Por aquí, por favor ―Haruka cedió el paso a la mujer que venía detrás, y tras una inclinación, se retiró.
― Buenas tardes. Takano Chikako ―tras la partida de Haruka, la madre de Masamune ingresó, mostrando una expresión serena, pero confiada, mientras extendía su tarjeta personal.
― Mucho gusto. Nek…
― Creo que es mejor que dejemos de pretender que su nombre es Nekola Oda, Vorobiov-san ―aquellas palabras lo hicieron sudar frío―. Solo estoy aquí para entregarle esta citación ante la Federación de Patinaje Japonés, ¿los ubica, cierto?
― Me… me parece que se equivoca… ―intentó mostrarse sereno, pero le fue imposible.
― Bueno… De todas maneras le dejo la citación, dependerá de usted el atender a la misma con su asistencia, o contactar al señor Vorobiov para que lo haga. Infórmele también por favor que al estar involucrada una entidad estatal, por más que sea una deportiva, cualquier indicio de eludir a la justicia solo incrementará las condiciones de su falta. También, que dado que se desempeña en un ambiente donde laboran antiguas estrellas del patinaje internacional, lo más inteligente es no ser confrontacional.
― Si saben de eso, ustedes… ―se mordió la lengua. Mierda, acababa de afirmar que conocía a los europeos y asiáticos, y su estupidez fue confirmada por la sonrisa satisfecha de la harpía que tenía al frente.
― Creo que empezamos a entendernos… ―la sonrisa triunfante de Chikako precedió a su despedida―. Cuídese mucho. Me parece que nos veremos muy pronto.
Luego de ello, salió de la oficina, dejando la puerta abierta.
Nada lo preparó para lo que vio al final del pasillo.
Al fondo, la vista desafiante de aquellos chiquillos, sonriéndole de manera arrogante, con las posturas de verdaderas estrellas.
Malditos…
