26. Errores

En cualquier otra circunstancia, Vorobiov habría avanzado por el pasillo, luego de hacerse con un abre cartas como mínimo, para borrar cualquier potencial daño eliminando a esos estúpidos, aunque luego de ello hubiese tenido que huir hacia otro país. Pero esos malditos cerdos y esa zorrita se acaban de volver intocables, jodiéndole cualquier potencial escapatoria.

Ya decía él que los silencios nunca eran un buen augurio de calma y tranquilidad.

― Oh, Oda-san ―Daiki ingresó a la editorial luego de comprar algunos bocadillos para todos, y al verlo de pie en el pasillo, casi en estado de shock, frunció el ceño―. Hum, ¿Oda-san…?

― Perdone ―reaccionando, y obligándose a parecer "normal", le sonrió―. ¿Me decía algo?

― Parecías haber visto un fantasma…

― Diría mas bien que vi otra rata… ―Oda susurró, mirando con frustración cómo Mila se acercaba a ellos, fingiendo mucho mejor que él que nada había pasado.

― Oh, ¿qué compraste, papaíto? ―la joven arrebató con infantil entusiasmo las bolsas y empezó a olerlas.

― No te lo diré, es mejor que lo descubran por sí mismos. Me va a perdonar que no haya sabido qué elegir para usted, Oda-san, me basé únicamente en mi pobre conocimiento sobre la alimentación checa ―ambos rusos intercambiaron una mirada de aparente complicidad y un asentimiento cordial.

― No hay problema alguno, sé comer de todo ―a Mila aquella respuesta le produjo asco, ya que sabía muy bien que eso era correcto también en un doble sentido, claramente dirigido hacia ella con el afán de asquearla.

― No se diga más entonces. Bon apetit ―la joven cedió el paso al ruso, no dispuesta a quedar vulnerable ante él. Oda suspiró, cansado y con ganas de comer a solas para no tener que soportar a todas esas personas que parecían a punto de torturarlo psicológicamente, pero Daiki volvió a hablar―. Oh, Mila-chan, espera. En ausencia de mi Haruto creo que comeré con Oda-san en mi oficina, ¿podrías darle la bolsa más pequeña, por favor?

― Hai! ―Mila extendió con aparente gentileza el paquete indicado, mientras Daiki caminaba rumbo a su oficina. Por su parte, Oda la fulminó con la mirada―. Espero lo disfrutes, Oda-chan ―luego de mencionar lo último con clara burla, la joven se marchó, dejándolo sumido en sus propias maldiciones.

Bueno, al menos iba a poder cenar con su jefe. Aunque tenía ganas de estar solo, sin dudas este escenario era mucho más agradable que estar con esa gente.

Incluso, se sintió capaz de poder tolerar cualquier potencial coqueteo de parte del mayor. No es que anduviese por la vida viendo a otros hombres, pero, había que reconocer que para ser un hombre entrado en años, Daiki era incluso más apuesto y apetecible que Haruto. Un manjar macerado en sabiduría y experiencia, a diferencia de su esposo, que era un bocadillo dulce que a veces le antojaba morder.

― Adelante ―Oda se sobresaltó cuando la voz de Daiki lo despertó de sus fantasías mientras le observaba las posaderas.

Haciéndose el interesado en la bolsa de comida, sonrió e ingresó, mientras el mayor mantenía la puerta abierta para él.

― Disculpará que solo tenga café e infusiones en esta oficina, Haruto prefiere que el alcohol esté un tanto lejos de mí cuando estoy trabajando.

― No hay problema ―tras ser invitado por el otro a sentarse en la silla frente a su sillón gerencial, Oda se sentó con deleite, colocando el paquete sobre su regazo, disfrutando al fin de un buen descanso para su trasero―. Yo que soy aficionado a la cerveza hubo un tiempo en que me era un tanto imposible tolerar tenerla cerca sin poder tocarla.

― Me suele pasar ahora con mi Haruto ―Daiki guiñó divertido, y se alegró internamente al observar un leve rictus en uno de los ojos del hombre más joven, aunque la sonrisa no se hubiese desvanecido―. Ah, hubo una época en que ni siquiera me miraba, y ahora tenerlo revoloteando alrededor mío es una bendición, ¿así se siente estar enamorado de una mujer, Oda-san…?

― Pues… ―una vez más Oda se había perdido en la imponente figura del hombre delante de él. Daiki vestía de manera elegante y usualmente usaba en todo momento su chaqueta. Pero tras quitársela, y haberse dedicado a preparar el café en las dos tazas, la delicia de su parte baja había bailado delante de los ojos codiciosos, que empezaban a hacer corto circuito en el resto de su sistema―, creo que depende de la mujer. Personalmente, y con mucho respeto, debo decir que si se tratase de una mujer como Haruto-san, yo mismo perdería la cabeza.

― ¿En serio? Jajaja ―Daiki colocó la taza frente a su invitado, acercándose muy ligeramente a su cuerpo―, no lo culpo, no lo culpo. Hubo una época en que tuve un comportamiento mas bien heterosexual, y tengo que admitir que me fascinaban ciertas partes de la anatomía femenina.

― Nuestra anatomía también es fascinante… ―Vorobiov estaba cada vez más confundido, y excitado.

Era evidente que Daiki lo estaba llevando a algún lugar, pero él no lograba vislumbrar a cual. La pareja que dirigía Dahari Shoten era indestructible, y a menos que esto fuese a tratarse de una invitación a un trío, pensar en que Daiki lo estuviese seduciendo ponía en alerta todas sus defensas, e instintos.

― Aunque, obviamente el que las mujeres tengan tantos atributos visibles, es un regalo a los sentidos.

― Ciertamente… ―Daiki bebió un sorbo de café, sin dejar el contacto visual―. Por lo que me indica, ¿es usted bisexual? ―Oda, quien lo había imitado, casi sufrió un atoro con su café. Pero luego de reponerse, negó, soltando una ligera risa.

― Oh, no, no, la verdad no creo serlo. Me considero, si lo quiere, curioso en materia de sexo, pero mis principales fantasías a futuro son siempre con una mujer.

― ¿Se refiere al matrimonio? ―Daiki lo observaba con interés.

― En el mejor escenario ―por primera vez, sonrió con honestidad, e incluso con ternura―. No he sido el mejor hombre, pero ciertamente, por mi mujer y mis hijos, sería capaz de todo.

― Oh, entiendo. Bueno, independientemente de mi forma de amar, creo que cuando uno se enamora es para toda la vida. Creí estar enamorado una vez, pero cuando Haruto llegó a mí, cualquier circunstancia quedó descartada. Él es mi todo, y por él yo sería capaz de todo.

― Sé de ese sentimiento… ―la sonrisa no desapareció de la faz de Vorobiov, ni siquiera cuando una ligeramente torcida en picardía apareció en el rostro de Daiki.

― Sin embargo, ¿me equivoco al pensar que usted también usa muy bien sus ojos? ―el ruso no vio venir esa pregunta, y por ende, enrojeció―. Haruto es mi vida, pero tengo que reconocer que admirar la belleza de un hombre como Kirishima o, usted, es algo que no puedo evitar.

― Yo, creo compartir esas formas… ―Vorobiov se estremeció al verlo desabotonarse la camisa, solo un poco, caminar hacia él, e inclinarse con una clara intención. Y tuvo que morderse el labio al comprobar que el hombre frente a él acercaba una de sus manos hacia su parte baja.

― Deberíamos comernos esto, ¿no cree? ―sin embargo, Daiki simplemente había rescatado el paquete con la comida, completamente olvidado por el más joven.

Oda estaba a un paso de ponerse de pie para someter a aquel japonés que le ganaba en edad y experiencia profesional, y que evidentemente pedía un verdadero hombre para estrenar su trasero (en su muy retorcida mente, Haruto no tenía la capacidad para ser el activo bajo ningún escenario). Pero se obligó a recordar que era un hombre astuto, y que si en verdad estaba siendo víctima de una propuesta sexual, podría aprovechar esto para amenazarlo por acoso y saciarse con más noches como la que esta prometía.

― En verdad espero que mi elección sea de su agrado ―Daiki habló, mientras regresaba a su sillón, mirando el interior del paquete, y sacando primero el suyo, antes sentarse―. No conozco mucho de la cultura checa, pero, me he vuelto adicto a las salchichas gracias a sus compañeros… ―del interior del envase que guardaba su comida, y luego de extenderle el correspondiente al hombre que no perdía detalle de sus acciones, extrajo un hot dog que tenía todo menos de típico de Japón, y más de Estados Unidos.

― Sí que le gustan las salchichas… Sin embargo, debo decir que las rusas son las mejores, más gruesas, y largas… ―habiendo recibido aquella visión del hombre mayor llevando aquel bocadillo a su boca, su cerebro se fue al infierno, y quedó a merced de sus instintos, su brutalidad…

Y su estupidez.

― ¿Y las salchichas checas, Vorobiov, son igual de gruesas…?

Aquella voz llegó a su cerebro alterado desde sus espaldas, junto con el click de la puerta. Y sus sospechas se confirmaron: Aquella pareja de los gais supremos de Dahari Shoten habían empleado algo tan seductor como la comida para atraerlo y seducirlo, para convertirlo en un auténtico animal.

Ciertamente, nada quitaba el hecho de que pensaba construir una familia con Haruka, pero…

Si podía también probar a Haruto, y lograr incluso un aumento para él y su mujer, estaba más que dispuesto a sacrificarse por el bien de su familia.

― No lo sé. Tengo experiencia en las de Rusia, Haruto-san… ―el otro Gerente de la Editorial se acercó, se colocó a su lado, y lo observó, desde la altura que era menor a la del dueño principal pero extremadamente suficiente para sus objetivos, y desde los años más jóvenes que tenía frente a los de Daiki, y lo miró, sin pestañear y atípicamente serio―. Sé cómo se comen, pero tengo que confesar que en este momento las japonesas me…

― ¿Ya miraste la comida que eligió Isaka-san para ti? ―el empleo del apellido de Daiki los sorprendió a ambos, y con mayor fuerza a su esposo. Pero no se inmutó, y tras tomar él mismo el paquete, lo extrajo de la bolsa y lo estrelló contra el pecho del tipo―. Llevo mucho tiempo usando ese apellido para hablarte, pero por lo que veo, tienes el pene más activo que el de un adolescente americano, o mejor dicho, lo usas para pensar. Lee lo que indica el paquete, Vorobiov. Isaka-san lo marcó con tu nombre completo…

Su apellido actuó como una señal de alerta esta vez, ya que era la cereza del comportamiento evidentemente pasivo agresivo del hombre que lo estaba atacando.

Un estremecimiento recorrió la espina dorsal del más joven. Bajando la mirada con terror, comprobó que, en efecto, su nombre, completo, y gritando a los cuatro vientos que era más ruso que su propio presidente, le bajó de golpe la ya notoria reacción de su entrepierna.

― Yo… yo…

― Ni siquiera te atrevas a ensuciar de nuevo el nombre de mi patinador checo favorito, ¿eres imbécil de nacimiento? ―la furia que hervía en Haruto lo obligó a olvidar el inglés, y empezó a usar su lengua materna, la cual, para desgracia del ruso, le era perfectamente entendible―. Trabajaste en varias editoriales, entre ellas las de las familias Oda y Sumi, patrocinadores de varios pequeños institutos que forman a los futuros talentos de nuestra selección, ¿Y PENSASTE QUE SOMOS IGUAL DE IDIOTAS QUE TÚ? ¡ENTRASTE A DAHARI SOLO PORQUE NOSOTROS QUISIMOS EMBOSCARTE, CERDO!

― Cielo… ―Daiki se puso de pie, apresurado, para calmarlo, porque parecía a punto de un ataque de ira, pero se detuvo cuando fue fulminado por su mirada.

― ¡CÁLLATE! ―Haruto mantuvo su mirada tres segundos paralizando a su esposo, y luego retomó su atención sobre el ruso―. Además de usar documentos falsos, de burlarte de nosotros, de acosar a Yokozawa-san, y seguirle el juego a este viejo pervertido hasta el punto de faltarme el respeto, ¿vas a negarme que ese es tu verdadero nombre?

― …no ―acorralado, solo atinó a bajar la mirada, y luego cayó de rodillas, en una completa dogeza mientras el corazón le retumbaba como un tambor―. Por favor, se lo ruego… Necesito el empleo, tendré un hijo pronto, y…

― ¿Crees que somos idiotas al punto de no saber quién es tu mujer? ―Oda abrió los ojos con espanto al escuchar a Haruto, en medio de su súplica, mirando con terror la alfombra fina sobre la que estaba inclinado―. La abogada que vino hace un rato es conocida mía. Lo sé todo ―la cabeza del ruso parecía a punto de explotar―. Más te vale, Vorobiov, no intentar alguna cosa más estúpida aun, porque si intentas, por ejemplo, irte, te encontraré. Si intentas matarnos, te pisaré como a una cucaracha. Si intentas cogerte a mi esposo, te cortaré el pene y te insertaré una salchicha. Si…

― Amor, ya entendió… ―Daiki, muy consciente de que la explosión de su amado esposo se debía más a su comportamiento que al plan que habían tenido desde un inicio, buscó cortar aquel parlamento que poco a poco pasaba a ser incluso ridículo y cómico, restándole firmeza―. Vorobiov… Sabemos el tipo de calaña que eres. Sabemos que nos necesitas, y no solo por lo que ocurrió en Rusia ―hizo una pausa, mientras veía cómo el sujeto se iba incorporando lentamente―. Está en nuestras manos destruir tu sueño matrimonial por el que evidentemente no tienes respeto alguno…

― ¿Y usted provocándome sexualmente sí respeta a su esposo? ―consciente de que estaba frente a dos lobos que ya habían ganado, al ruso le valió bien poco ser prudente.

― ¿Realmente crees que teniendo un caballero a mi lado me metería con una bazofia como tú? He contenido las náuseas desde el momento en que ideamos este plan… Y las ganas de masacrarte desde que mencionaste que mi esposo te parecía apetecible ―Haruto lo escuchó, y bajó la mirada, perdiendo por completo su aire imponente y dominante―. No vuelvas a confundirte. A los adictos al sexo como tú solo se los pesca moviendo la cola, para luego meterles el arpón hasta el fondo.

― Te perdiste de estrenarte con uno mejor que el que te comes… ―Haruto lo miró completamente ofendido, pero…

― ¿Quién te ha dicho que ibas a ser el primero…? ―Oda quedó en shock ante semejantes palabras, más que por su propia situación―. Sé que tu cita ante la Federación es la siguiente semana, y para mal o para bien, has sido eficiente estos días, y te necesitamos. Te estoy dando la oportunidad de tener un trabajo decente antes de que te pudras en una cárcel de tu país o de Japón, en caso desistas de ser honesto.

Oda apretó los puños sintiendo completa impotencia. Pero no pudo negar que Daiki estaba en lo cierto.

Si no hubiese sido por esa mujer, por esos extranjeros y el Cristal… Dahari Shoten habría sido su destino final, su reivindicación con la vida.

― No tendrás una mejor opción que esta.

― Preferiría que me dejaran ir. No exigiré pago alguno, ni diré nada a nadie… ―volvió a temblar.

― Vorobiov, eres inteligente ―esta vez, la voz de Daiki sonó serena, casi invitándolo a confiar en ellos, y Oda buscó sus ojos por propia voluntad―. Por lo poco que he oído de ti, y lo mucho que he investigado, aunque no eres una santa paloma, creo que fuiste un títere. Y sin un respaldo, no podrás solo. Cierto es que somos fans de esos muchachos, pero… ―Daiki suspiró―. Soy capaz de verme satisfecho con una condena en Japón y tu colaboración absoluta para encontrar a los verdaderos culpables.

― No soy tan inteligente si vine a caer en el lugar donde están ellos, protegidos por ustedes… ―Oda soltó una risa resignada.

― A veces la vida no otorga segundas oportunidades ―Haruto intervino, sereno―. Entenderás que es imposible que te perdonemos todo lo que hiciste, como fanáticos, y como actuales padres adoptivos de Mila. Pero, ahora que serás padre, no puedes negarme que existe la posibilidad de que tengas una niña que algún día podrá encontrarse en su camino con alguien que la perjudique como tú lo hiciste. Y si es un niño, tal vez, algún día se llegue a enfrentar a la intolerancia de una sociedad hipócrita. En ambos escenarios, sus sueños, metas, y trabajo de años se irá al tacho… ¿No crees que sería mejor, que empieces a ayudar a construir un mundo mejor para esa personita, haciendo lo correcto?

Un mundo mejor…

Haruto definitivamente era un romántico idealista, pero por alguna razón, sus palabras serenas, en lugar de generarle burla, o desesperación, lo aliviaron. Sus hombros anchos cayeron, su mirada también. Y cuando habló, su voz salió limpia, como aquella que usaba con Haruka en aquellas tardes de sake, compartiendo vivencias y sueños.

Haruka.

Haruka y ese pequeño alguien.

― No pude traer conmigo muchas pruebas, solo tengo algunos impresos. La KGB eliminó todo sobre mí, y asumo que también a las personas que originaron todo. ¿Cómo planean colaborar conmigo?

― Aunque no lo creas, al haberse tratado todo de la manera en que lo trató Yakov-san, no hubo necesidad de que alguien más aparte de ti fuese eliminado de esa parte de la historia, además de los chicos ―Oda amplió su mirada ―. No es solo Rusia, Vorobiov. Todos los países tienen conflictos internos a causa de seres podridos.

― Tú no querías dañar a Mila, ¿verdad? ―la pregunta de Haruto sorprendió a los otros dos. Oda se tomó un par de segundos, y decidió ser honesto.

― Llevaba un tiempo infiltrado en la Federación, pero aunque no lo crean, no por temas de sospechas de homosexualidad, porque al fin y al cabo, la relación de Nikiforov y Katsuki era casi un secreto a voces y al menos a mí me importaba un pepino. Ganaba medallas para Rusia, y aunque suene mezquino venido de un ruso, podríamos decir que al haber convertido a su Cristal en un Diamante, era casi una manera de colocarnos también por encima de ustedes como entrenadores de las promesas de Japón ―aunque fue incómodo para ellos escucharlo, asintieron―. La Federación sospechaba mucho de la existencia de abusos a sus patinadoras que pasaban la transición de junior a juvenil, y de juvenil a senior, y me enviaron a averiguar aquello. No tuve intención ni interés sexual alguno en Babicheva más allá de esa preocupación, porque mi Superior y yo no teníamos intención alguna de consentir semejantes comportamientos. Tras conocerla, y tener la primera cita, sin embargo, tengo que admitir que admiré mucho su forma de ser. Sin embargo, coincidió con un escándalo interno de faldas entre el estúpido de mi Superior y un oficial de otra área de su mismo rango. El resultado fue que lo obligaron a dimitir aduciendo enfermedad, y trajeron al cerdo homofóbico que de entrada me pidió conseguir pruebas contra la Leyenda. Me negué ―soltó una risa entre divertida y resignada―. El resultado fue que mi futuro hijo jamás podrá conocer a sus abuelos paternos.

Daiki y Haruto se esperaban cualquier cosa, incluso un nuevo ataque de arcadas a causa de alguna confesión nauseabunda, pero aquello los paralizó. Y tuvieron que reconocer que tuvieron mucho miedo de estarse metiendo en un lío tan grande, casi dando un salto de fe.

― Ellos eran mi familia. Supongo que es correcto afirmar ahora que hice lo que hice por resentimiento, pero no hacia ellos por ser homosexuales sino por ser el motivo de mi desgracia. Fui por décadas el orgullo de mis padres, y lo perdí todo por intentar defenderlos. Ser heterosexual y dominar de la manera más primitiva a un hombre que ama a otro, se convirtió en un fetiche, aunque siempre he tenido límites muy claros, y jamás habría tocado a Plisetsky. Pero tengo que reconocer que enamorar a Babicheva y usarla, es algo que no he podido perdonarme. Así que si pueden menguar en algo mis crímenes, devolverles la libertad, y destruir a ese cerdo que mató a mis padres, háganlo. Estoy en sus manos ―Haruto entrecerró los ojos, mirándolo con sospecha. Se sentía tocado por la historia, pero estaba muy lejano el momento en que pudiese confiar en el sujeto―. Solo les pido que no le digan nada a Haruka. Está enterada de lo que hice, pero cree que es parte del pasado. Ilusionarla o asustarla no es algo que desee, sé que no tengo derecho a pedirle esto, Daiki-san, pero… Por favor, no se lo digan. Por mi hijo o hija, no se lo digan.

Daiki y Haruto lo observaron. Había sido tan fácil todo, que temieron estar siendo engañados en medio de su plan.

― Eres un asco de ser humano. Ellos no mandaron matar a tus padres, también eran víctimas ―Oda bajó la mirada al escuchar su frialdad, sintiéndose nuevamente vulnerable―. Pero por el bebé, tienes nuestra palabra. No le diremos nada, a menos que hagas alguna estupidez adicional.

Oda sabía de antemano que ya su suerte estaba echada, aunque hubiese tenido un nuevo evento de impulsividad estúpida.

― Muchas gracias. ¿Qué debo hacer?

― Por el momento nada. No pienso comprometer las actividades en las que estamos metidos ―Daiki sonó firme, como Jefe, y él asintió―. Tienes hasta el lunes que viene, luego del lanzamiento, para ordenar tus ideas, reunir todas las pruebas que tengas, y volver a esta oficina con una declaración que sea concluyente. Como ex miembro de la KGB, asumo que tienes la capacidad de engañarnos y crear información falsa tan buena como tu nueva identidad, pero, si quieres realmente ser libre y hacer libre a tu familia, te recomiendo ser honesto.

― Lo seré.

― Sé algo de relaciones internacionales, y tengo asesores. Aunque quisiera hundirte en la miseria, también tengo que admitir que el niño de por medio, me ablanda el corazón. Te repito, mientras no hagas idioteces, y me ayudes a sacar el evento por lo alto, te respaldaré. Puedes irte ―Oda giró hacia la puerta―. Solo un tema adicional: Has un poco de memoria y recuerda si es que no tienes algún otro crimen del cual arrepentirte. Si lo hay, inclúyelo… Te conviene.

Oda no miró a nadie ni se inclinó. Simplemente salió de la oficina cerrando la puerta de golpe, dejándolos solos. Avanzó por el pasillo, rumbo a su oficina, pero delante de ella, lo esperaban Yuuri y Yurio.

Los tres se miraron. Había una extraña atmósfera de cansancio en el aire. Una especie de tregua en el campo de batalla.

― Si aun tengo permitido pedir algo, les ruego que me dejen tranquilo. Al menos hoy. Tengo que tomar la fotografía de su senpai… ―habló con voz añosa, casi ronca, aunque esta vez no fuese producida por el deseo.

― Chikako es una buena abogada. Deberías evaluar las cosas con calma. Tienes una semana, después de todo ―las palabras de Yurio le sugirieron que tal vez, habían estado oyendo tras la puerta del Jefe. Sonriendo levemente, asintió.

― Es malo espiar a tus mayores. Pero lo sé, solo… Hoy no quiero pensar, por favor ―Yuuri y Yurio sabían que no podían confiar en él. Su corazón, sin embargo, era noble, así que asintieron.

― Trae todas tus cosas. Estaremos en la sala de juntas, para ayudarte ―Yuuri se adelantó, dejándolos solos.

― Si tu historia es cierta, lamento que tu hijo o hija nunca vaya a saber lo que es tener un abuelo. Yo… Si el mío aun vive, prometo que cuando todo acabe, le prestaré el mío…

Yurio no dijo nada más. Simplemente pasó de largo, siguiendo a Yuuri, con un visible temblor en su cuerpo. Pero Oda no se burló ni con su mirada ni con sus pensamientos.

Sus ojos simplemente se nublaron. Y se prometió averiguar para él si el señor Plisetsky aun vivía.

Mientras tanto, en la oficina que acababa de dejar minutos atrás, Haruto evadió la mirada de Daiki, cuando volteó a mirarlo, visiblemente avergonzado, tras quedarse solos. Y suspiró al escuchar sus pasos acercarse, y sentirlo a centímetros de su cuerpo, con los ojos fijos en él.

― No te atrevas a tocarme… ―Haruto habló, tembloroso, lleno de nervios y un poco de resentimiento. Pero su esposo ignoró su vocecita y el adorable pedido, y se acercó más, hasta rozarlo con su presencia.

― ¿Celoso…? ―Daiki no se burló, y por esa razón, Haruto asintió a sus pies. Pese a su pedido inicial, se dejó atraer en un abrazo dulce―. Perdóname. Perdóname, por favor, sabes bien que jamás haría algo como eso por voluntad propia, solo te deseo y te amo a ti. Les dije a Akihiko y a Ryuuichi que esto no me gustaba, pero ustedes insistieron.

― Duele… Ni siquiera a mí, cuando me conociste, me trataste así… ―era verdad. Conocer a un hombre más pequeño que él, en edad y estatura, adorable y precioso, que contenía en sí mismo todo lo que buscaba, lo había llevado a convertirse en su devoto, a contener y reprimir cualquier cosa que pudiese incomodarlo, hasta que poco a poco sus atenciones recibieron el primer tierno consentimiento en la forma de un beso compartido.

― Por supuesto que no te podría haber tratado así nunca. Eres un caballero, y en esa época, eras el niño más hermoso que había visto en toda mi vida. No podía asustarte ni ofenderte siendo tan vulgar, grosero e invasivo.

― No era un niño, no soy tan joven… ―Haruto se sonrojó aun más, y se ocultó en su pecho.

― Estaba tan enamorado de ti que pensaba que eras lo más bello del mundo, y eso jamás va a cambiar. Sin embargo, que no haya dicho o hecho nada, no quiere decir que no haya deseado nada… ―susurró en su oreja, seduciéndolo―. Que no te haya tocado, no quiere decir que no te haya desnudado de otras maneras…

― Cállate… ―susurró, sintiéndose de gelatina.

― Solo tú. Aunque nunca te pude dar los bebés que deseabas, aunque nunca pude llevarte a una cena familiar… Solo tú… ―el más pequeño empezó a llorar.

― Dahari es nuestro hijo, y yo solo te amo a ti. Oyendo todo esto, tengo mucho miedo. No quiero que te pase nada, tú vas a ser visible ante todo el proceso ―Daiki buscó su mirada y limpió la humedad en ella, con sus labios.

― Nadie será herido ni morirá. Te lo prometo. Bajo Dahari, nadie saldrá herido.

—.—

No era usual, en la actual "Era Kirishima", que Yokozawa tomara la iniciativa de buscarlo, menos cuando era un día de semana, y mucho menos a la hora del almuerzo. Entendía que su mejor amigo, por trabajar en Dahari, tenía una cierta mayor libertad, pero… Aunque se sorprendió mucho al ver el mensaje, por lo que dejó a Ritsu a cargo de todo, y salió rumbo al punto acordado.

Masamune conocía muy bien a Takafumi, quizá no tanto como Zen, pero lo conocía. Y por ende, mil escenarios surcaron su mente, entre ellos, la posibilidad de que el Oso se retractara y no quisiera casarse por obligación. Suspirando resignado a tener que hacerle entrar en razón, una vez más, con psicología inversa, caminó con rapidez hacia el restaurante, una vez salió de su auto.

Sin embargo, pese a verlo a lo lejos, de espaldas, sentado ya en aquel restaurante que antes solían frecuentar cuando iban al centro de Tokio, comprendió que la psicología de su amigo había cambiado, y que tal vez tardaría un poco más en aportarle un poco de tranquilidad.

― Perdón, había tráfico, y tuve que detenerme un momento porque recibí la llamada de un autor ―se sentó frente a él, con la confianza de siempre.

― Descuida. Llegué hace poco también, Sumi-senpai exigió tener un pequeño ensayo de heterosexualidad entre Mila y yo, y entre esa mujer y Zen.

― ¿Me estás jodiendo? ―Takafumi negó, y él se rascó la cabeza―. Ahora entiendo por qué nadie en Marukawa se ofreció en ayudar a organizar su lanzamiento…

― Supongo que así nos veríamos tú y yo si no fuésemos gais, no te hagas el digno ―Takafumi soltó una risita divertida, con una expresión muy diferente, lo que impidió que el otro contra atacara y mas bien permitió que le acompañara con una propia.

― Pero por fortuna somos las señoras de la casa ―rieron ante la clara alusión a que eran los encargados de mantener vivos a sus parejas, en ausencia de una evidente capacidad en Ritsu y Zen de auto sostenerse alimentariamente―. A propósito, ¿dónde está tu galán?

― Takashiki-san llamó antes de que fuésemos a trabajar. Por eso te pedí reunirnos de improviso ―Takafumi habló mirando sus manos sobre la mesa, y sus cejas se fruncieron levemente en una expresión de tristeza.

― ¿Qué fue lo que les dijo?―Masamune temió lo peor, aunque confiaba en aquella mujer.

― Primero se disculpó por no avisar, por no verificar a quién enviarían antes de solicitar un reemplazo. Si bien su accidente fue grave, ya puede caminar, pero eso no es algo que supiese desde un inicio.

― Obviamente, no es su culpa. Buscaba el bien de Mamu por encima de todo.

― Eso lo sé. Pero es consciente de que estamos en un terrible problema ―las manos de Yokozawa temblaron, y Masamune se sintió muy impotente―. Dice, que lo más conveniente es esperarla, que ya ha anunciado que volverá en máximo dos semanas. Que lo mejor es retirar la solicitud de adopción, y pedirle a los Kusama que no permitan que sea asignado a otra familia. Que aunque en condiciones normales sería empezar de cero, ella nos apoyará en todo momento…

― Entonces hagamos eso. Mamá sabe más de estas cosas, ella apelará incluso si algo malo ocurre por culpa de esa vieja de…

― De hecho, ya hizo un movimiento… ―Takafumi sacó su celular, y tras buscar algo en su pantalla, le mostró a su amigo un correo―. Se equivocó, supongo, al enviar ese correo, ya que le escribe a Kirishima-san y no a mí. Pero como vez, es una recopilación de noticias sobre casos de niños…

― Maldita vieja… ―solo porque el celular era de su amigo, no lo estrelló contra el piso. Pero la sangre le hirvió hasta llevarlo a morderse el labio del puro coraje al verificar que todas las noticias trataban sobre abusos sexuales a niños por parte de los hombres a su cargo. Obviamente, todos abiertamente gais.

― Nunca podré tener a Mamu, ¿verdad? ―sin embargo, la voz temblorosa de Takafumi lo llevó a mirarlo. Sonreía, con esa expresión de las personas que acaban de sentir que su corazón se rompía tras una ilusión destruida―. La vida me ha dado a Zen y a Hiyo, pero, ¿por qué no me permite tener un hijo, Masamune…?

― No es la vida. Es la basura que vive en la cabeza y el alma de la gente.

― ¿Cómo podría dañarlo…? El día en que descubrimos lo que estaba sufriendo en el colegio, casi mato a esos cerdos… ¿Cómo podría dañarlo? ¿Cómo…?

Kirishima nunca le había contado a Masamune el desastre que había encontrado tras su rechazo. Tal vez, era que él lo había sospechado siempre, pero viendo ahora a ese hombre tan alto como un oso, preguntando a la nada y a él mismo, el motivo que llevaba a alguien a pensar que un hombre que vestía con un delantal de lunares blancos, se comportaba como una mamá con las personas que amaba, era un imán para todos los gatitos del mundo, podía llegara dañar a un niño, de la peor manera…

Aunque sonara cruel, se felicitó por haberlo rechazado. Porque comprendía que jamás lo había merecido.

Pero Mamu sí lo merecía. Porque era como un gatito abandonado bajo una lluvia, en una caja de cartón, causando pequeños destrozos pero sanando heridas con sus preciosos ojos y su radiante sonrisa. Mamu era como un mensaje de la naturaleza diciendo que los hombres en verdad sí podían tener bebés, solo que en una dimensión diferente, porque había que convivir menos de cinco minutos con los Kirishima para ver que Mamu tenía la picardía de Zen combinada con la preciosa dulce mirada de Takafumi, y la nobleza e inocencia de Hiyo.

Masamune nunca olvidaría aquella tarde-noche en que él y Ritsu los habían cuidado, para darles a sus padres un día de cine, por uno de sus tantos aniversarios, en la que Mamu, a escondidas de tío Ritsu y su hermanita, le había preguntado a él si sus papás lo olvidarían si llegaran a tener un hermanito o hermanita. Recordó en ese instante las mejillas rechonchas teñidas en rubor, lo que le indicó que sabía muy bien cómo se hacían los bebés, no refiriéndose, por supuesto, a un bebé creado de manera natural, por ser hombres.

Takafumi y Zen, de seguro, sabiendo que convivirían como hermanitos, ya habían conversado con ambos sobre esos temas, con madurez y amor. Y aun así, o mejor dicho, justamente por esa libertad y sinceridad hogareña, no cuestionaba que eso ocurriese entre sus papás, sino que lo comprendía como un acto de amor puro, tan importante, valioso y cómplice como el que los había creado a él y a Hiyo.

Él solo quería saber si lo olvidarían. Ambos. Porque temía perderlos.

― Takafumi ―acarició su muñeca, intentando serenarlo―. No dejes que la mente de mierda de una rata como esa mujer te afecte. Tomemos esas dos semanas, los Kusama no permitirán que les quiten a Mamu.

― ¿Cómo le voy a decir que renunciaremos a él…? ―una lágrima cayó lentamente por su mejilla pálida―. ¿Cómo podré vivir sin él dos semanas? ―parecía como si esos catorce días fuesen toda una vida.

― Esas dos semanas puedes aprovecharlas en tu Luna de Miel. Ya no habría urgencia de hacerlo todo a la loca, ni de que te estés consumiendo entre las exigencias de ese escritor de pacotilla y la psicótica esa. Ni siquiera le tienes que decir algo a los niños.

― Recuerda la parte final del mail que te mostré. Debemos llevarlos mañana por la mañana…

Masamune en verdad se sintió impotente.

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Tras un día de trabajo nuevamente pesado, aunque más corto, Zen y Takafumi volvieron temprano a casa, con un plan ya coordinado y asumido, juntos. Prepararon una cena diferente. En casa, no se solía comer comida rápida, eso lo sabían Hiyo y Mamu, e incluso Sora-chan y Zenta-kun. Pero esta vez, al llegar del colegio, el olor a frituras y refrescos les iluminó las caritas.

― ¡Hamburguesas! ¡Pizza! ―Mamu pareció crear dos faroles con sus hermosos ojos azules y miró con ilusión a sus papás―. ¿Podremos comer todo esto, papá…?

― Hai. Han sacado unas excelentes calificaciones, según un pajarito, y por eso merecen este pequeño festín. Y mañana tendrán el día libre ―Mamoru se puso a saltar, emocionado hasta gritar como un niño lleno de energía, y corrió a la sala, dispuesto a hacer danzar con él a sus gatitos.

Pero Hiyo era la princesa de ese lugar, y sabía muy bien cómo funcionaban las cosas.

― ¿Qué ha pasado…?

Solo cuando su abuelita paterna la había sacado de su nido, Zen había permitido que comiese comida chatarra. Solo cuando su mejor amiga de infancia se fue al extranjero, la había llevado a un restaurante de comida chatarra.

"La comida chatarra sirve para engordar y aminorar el dolor", solía decirle Zen, "y tú eres una niña feliz".

¿Por qué de pronto ya no iba a serlo?

― ¿Por qué dices eso, Hiyo-chan…? ―las risas de Mamoru murieron, sus bailes también. Zen hubiese querido bromear, decir alguna cosa, pero no podía. Confirmando así por qué Takafumi no había volteado en ningún momento y seguía limpiando el mismo vaso de vidrio.

― Mañana… ―quince, volvió a repetirse Zen, eran una edad para entender que el amor era amor simplemente, sin géneros. Pero no eran suficientes para asimilar la estupidez de algunos seres humanos―, mañana, iremos nuevamente a ver el tema de la adopción de Mamu. Por eso, hemos logrado que tengan el día libre y… Bueno, papi y yo pedimos permiso para llevarlos al trabajo para que vean a nuestros kohai, ellos los extrañan mucho.

― ¿Papi…? ―los hombros de Takafumi se detuvieron cuando la voz de Mamu se dejó oír―. Papi… ―lo oyeron suspirar, y lo vieron dejar lentamente el vaso que rechinaba de limpio y seco en la mesa. Luego, volteó, sin poder ocultar sus ojos enrojecidos, aunque la sonrisa que les regaló era igual de dulce y cálida―. ¿Papi…?

― Tenemos que contarles algo…

― Takafumi… ―Zen lo miró, temeroso, pero él negó con sutileza.

― Ha surgido una oportunidad muy favorable para tener a Mamu con nosotros para siempre… ―la voz varonil de Takafumi llenó ese espacio de la cocina, iluminándola, aunque Zen se sentía muy a oscuras desde la llegada de ese maldito mail.

― ¿Me adoptarás tú? ―sus manitos agarraron las suyas, y él aguantó su dolor, para acariciárselas.

― No. Takashiki-san regresará a su puesto en dos semanas ―las caritas infantiles se llenaron de ilusión―. Sin embargo, aunque ella será capaz de solucionar las cosas al volver, ahora debemos actuar según lo solicitado por Fukui-san.

― Papá y tú tendrán la boda más bonita de todas. Mamu y yo ya tenemos todo cronometrado, ¿verdad, papá? ―Hiyo imploró con su mirada miel, y Zen solo pudo bajar la mirada.

― Esa bru… ―Takafumi soltó una tosecita, y Zen tuvo que corregirse―, Fukui-san, ha solicitado la reunión de mañana, probablemente, según tía Chikako, para cambiar la solicitud anterior. Solo quizá, cambie esa solicitud ―los dos niños fruncieron el ceño y sus ojitos se nublaron, por lo que se apresuró a agregar―. ¡Pero es solo un supuesto! Nadie salvará a nuestro Osito de ser amado por mí dentro de poco…

― …

Silencio.

Ni Takafumi, ni Mamu, ni Hiyo, ni siquiera los gatitos, hablaron. Una atmósfera opresiva los rodeó, y Mamoru se acercó a Takafumi, elevando su mirada, recibiendo en retribución la atención de aquellos ojos que tanto adoraba y que eran copia fiel de los suyos.

Tenían quince, pero, ¡maldita sea! Una vez más por culpa de esa maldita mujer la ternura de sus hijos se veía como la vulnerabilidad de unos ocho años.

― ¿De verdad es solo eso…? ―Mamu suplicó casi susurrando―. ¿No te has arrepentido…?

― Jamás me arrepentiré ―Takafumi sonó firme, decidido―. Nunca. Si es necesario, suplicaré a quien esté por encima de todo para que nos permita ser seis. Ya sea venido de mí, o llegado a mí, te elegiría siempre. Te elegiré siempre.

Ambas miradas se llenaron de lágrimas, pero no cayó ni una sola gota.

Oso y osezno solo atinaron a aferrar sus manos con más fuerza, bajo la atenta mirada de sus cuatro felinos.

—.—

Mientras Zen conducía, a la mañana siguiente, rumbo a la oficina que aquella mujer había convertido en su lugar menos favorito del mundo, Takafumi y los niños entonaban canciones infantiles, con la intención de aminorar el evidente estado de tensión del mayor de la familia. Sin miedo alguno, y con evidente y voluntario cariño, en los semáforos en rojo, era atacado por las caricias de sus tres adoraciones humanas y llenado con los maullidos de sus dos adoraciones gatunas. Sí, porque Mamu y Hiyo habían insistido que debían ir los seis juntos. Y punto.

Chikako, Masamune y Ritsu ya los esperaban. Y para alivio de sus tíos, los dos polluelos corrieron a abrazarlos, dejándose despeinar con cariño. Chikako se acercó a los padres, que para ese punto, estaban pálidos como fantasmas, y les ayudó con las cajas de los gatitos. Aprovechando esta acción para hablarles en tono bajo.

― No pierdan la calma. Ni para gritar, ni para hacer cosas parecidas a suplicar, ¿sí? ―ambos asintieron―. Isaka-san me entregó una copia confidencial de tu último examen psicológico, lo único preocupante es que hablan de tu temperamento fuerte, pero si maltrataras a los niños no te adorarían como lo hacen, y eso es algo que no puede refutar. Daiki-san también me envió un Memo donde me hace saber que eres el más serio de su equipo.

― Solo hay algo que no puedo cambiar, y es justamente el algo que me impide ser el padre de Mamu… ―Takafumi sintió un nudo en su garganta, pero ella acarició su rostro.

― ¿Me vas a decir que te arrepientes de ser amado por este hombre? Con riesgo a ser llamada asalta cunas, si no lo quieres, puedo intentar conquistarlo ―el comentario de Chikako le devolvió algo de color a las mejillas, y arrancó una sonrisa divertida en Zen.

― Madre, no diga eso, por favor. Es una mujer preciosa, pero solo me gusta recorrer las curvas de mi Takafumi…

― Pedazo de… ―para desgracia de ambos, ese preciso momento en el que Zen le guiñaba el ojo, él estaba ruborizado, y los niños celebraban la broma, fue el elegido por aquella mujer horrorosa para hacer acto de presencia.

― Cuiden su comportamiento, por favor. Hay niños cerca. Entren.

Era evidente que los había observado, probablemente hasta oído, y venía con ganas de ofender. Eso a Zen le revolvió el estómago, pero decidió respirar profundo y no caer en el juego.

Masamune fue el último en entrar, pero al escuchar un ligero alboroto, volteó hacia la entrada. Su rostro se iluminó en una sonrisa, pero decidió no comentar nada. Así que ingresó a la oficina, y cerró la puerta.

― Me alegra que ambas parejas estén presentes, ya que lo que debo decirle al señor…

― SEÑORES Kirishima ―resaltó Zen.

― ¿Ya cuentan con el acta matrimonial? ―pero tuvo que contenerse al ser increpado de aquella manera hosca―. Como decía, lo que tengo que decirle al señor Yokozawa ―el aludido dio un respingo, ya que era poco habitual que siquiera notase su presencia―, es que hice una investigación detallada en el colegio de las criaturas y que, en efecto, ni el niño ni la niña muestran signos de abuso sexual ―Hiyo y Mamu se replegaron entre sí, confundidos y asustados, llevando a un estado de indignación total a Zen y Masamune.

― Pido que se permita a los niños no estar presentes si se va a hacer uso de un lenguaje tan vulgar ―Chikako, sin embargo, se adelantó a cualquier respuesta, recordándole a la mujer que ella estaba para impedir que faltara el respeto a su familia―. Los señores Kirishima y Yokozawa, me consta, emplean un lenguaje apropiado con sus hijos. Que usted los exponga a… ―la puerta se abrió, y para sorpresa de todos, ingresaron los abuelitos Kusama, desatando la euforia de Mamu y Hiyo, quienes corrieron a abrazarlos con ilusión.

Y tras ellos, ingresó otra persona.

― ¿Takashiki-san…? ― Fukui se puso de pie en el acto, impactada por la presencia de la verdadera dueña de aquella oficina, quien ingresó ayudada por una de las, ahora sí, sonrientes recepcionistas, para poder movilizarse con su muleta.

― ¡Ah! ¡TAKASHIKI-SAN! ―la pobre mujer tuvo que hacer equilibrio para no caer ante el ataque colectivo de dos polluelos llorosos, y visiblemente molestos, contra su cuerpo.

― ¿Por qué tardaste tanto? ―Mamu casi lloraba ya, sin vergüenza alguna―. ¡Esa bruja llamó de maneras horribles a mi papi!

― ¡No quiere que seamos una familia! ―Hiyo gimoteó, ofendida.

― ¡Me hizo llorar! ¡Varias veces!

― ¡A papi también!

― ¡NIÑOS MENTIROSOS! ―la voz de la mujer se elevó por toda la estancia, haciéndolos callar y asustarse, por lo que corrieron para ocultarse tras Chikako―. No dije nada que no sea verdad, basada en las estadísticas de casos nacionales e internacionales.

― Yokozawa-san es un hombre cálido que le ha brindado un hogar y amor maternal a este niño. Sí, maternal ―Takashiki habló, con firmeza, pese a ser una mujer de apariencia menuda y extremadamente dulce, y menor en edad que la otra mujer―. Vinieron a mí, desesperados, cuando aquel evento desagradable con unos niños que necesitaban mucho apoyo desestabilizó la belleza de su hogar. ¿Por qué no lo reporté? Se equivoca. Lo hice ―todos se sorprendieron―. Pero la manera en que fue manejado fue tan correcta, amorosa y asertiva, que los superiores ni siquiera quisieron tocar el tema con Mamu. Eres la única persona que ha enlodado este proceso, Fukui-san, y no puedo permitirte que lo sigas haciendo.

― Aun estás de licencia por andar de caliente con tu pareja… ―Zen mutó a mil colores al escuchar semejantes palabras pronunciadas delante de sus hijos.

― Deje de decir barbaridades o no respondo…

― ¿Lo ves? ―la mujer señaló con agresividad a Yokozawa―. ¡Este tipo gay ha mal influenciado a un hombre culto y centrado! ―Masamune escuchó con total incredulidad semejante disparate―. ¿Cómo puede expresarse de esa manera? ¿Amenazar a una mujer es correcto, pero llamar las cosas por su nombre, no?

― ¿Las cosas por su nombre? ―Takashiki evidentemente contenía su irritación por Mamu y Hiyo, ya que a mano que aferraba la muleta tenía clavada las uñas en la almohadilla de jebe―. Dilas, cuando los niños no estén presentes. Esa es nuestra obligación, preservar su…

― Sigue apoyando esta sin razón y terminarás con una niña embarazada y un niño gay ―Mamoru y Hiyori empezaron a llorar, sintiéndose peor que si los hubiesen golpeado.

Zen y Masamune apretaron los puños con fuerza, y dieron un paso al frente, importándoles un carajo las futuras consecuencias de destripar a aquella bestia. Pero nuevamente, sus puños no pudieron ser usados.

― ¿Por qué no puedo ser padre de Mamu y de Hiyo? ¿Solo porque no pude evitar enamorarme de un hombre que antes estuvo casado con una mujer y creó a una niña con amor? ―Takafumi se sentía ofendido, herido, pero también furioso. Que lo humillaran a él era soportable, pero que insultaran de una manera tan horrible a las dos personas por las que daría su vida, lo mataba de dolor. Amar a Zen era lo mejor que le había pasado, pero ambos sabían que daban todo por esos dos niños, ¿era tan difícil entender eso? ―. Dice que mi pecado es ser gay, tristemente no puedo cambiar. Entonces, ¿si pierdo mis brazos, mis piernas, mi condición de varón, puedo ser su padre, pagaría mi cuota para acceder a ese derecho? No me importa dejar todo eso, pero he luchado demasiado contra mí, contra mi trabajo, contra la vida misma, para poder llegar a donde estoy. No seré el que aporte más a la familia, nunca, porque Zen es mi superior, pero no soy poca cosa. Y fui profesor en mi juventud, no de una institución, pero todos mis alumnos hicieron un buen trabajo. ¿Por qué no tengo derecho a ser padre y a enamorarme? ¿Por qué tiene que ser usted quien me quite mis derechos?

Fukui solo lo observó, en silencio, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, mientras Takashiki abrazaba con cuidado a los niños.

― Hiyori será mamá el día en que su padre apruebe a la persona que ella elija para su futuro, y yo la apoyaré en todo. Si Mamu un día descubre que su mundo es alguien que luzca como él, su padre y yo evaluaremos si lo merece, y lo apoyaremos en todo. Si un día Hiyo se da cuenta que alguien como ella merece su amor, apoyaré a su padre a entenderla como lo habría hecho su madre, y la apoyaré en todo. Si Mamu llega a casa un día de la mano de una hermosa mujer, intentaré guiarla para que pueda entender su temperamento y para que lo apoye en todo momento, creciendo juntos. Y por supuesto, lo apoyaré en todo ―su voz estaba quebrada, pero sonaba tan firme como en las reuniones de Marukawa―. No soy una mujer, y ellos lo saben muy bien. Por eso su padre es papá y yo papi, principalmente por nuestra diferencia de edad. Jamás he dado pie a que ellos se confundan, siempre los he apoyado. Eso no tiene que cambiar ahora, por favor. Solo quiero formalizar mi amor y compromiso con mi hijo ―sin embargo, esta no era la editorial, y lamentablemente, la mujer no era Isaka, comerciando con copias de mangas.

― Muy interesante su visión romantizada de la vida, pero, ¿cómo lo ha tratado la sociedad siendo gay? ¿Desea que sus hijos sean tratados bajo el título de "los mari…"?

― ¡SUFICIENTE!

Abuelita Kusama nunca gritaba. Incluso cuando Mamoru cometía un error, o su travesura era muy fuerte, enseñaba, con paciencia y delicadeza, suavizando el regaño.

Pero en esa ocasión, rugió, callando con la potencia de una bomba la sarta de estupideces de aquella mujer.

― Me niego a seguir exponiendo a Mamoru al trato de una persona tan mediocre como usted, Fukui Shiho ―evidentemente, su reacción tampoco fue esperada por la mujer, porque quedó muda en el acto, y viéndola con estupefacción―. Si piensa que porque el Estado financia nuestro orfanato voy a permitir que le falte el respeto a uno de mis hijos y su familia elegida, está muy equivocada.

― No, Kusama-san, yo solo velo por los ni…

― ¿Despotricando contra su figura paterna, contra el hombre que le ha brindado el soporte que siempre ha necesitado a exclusividad, y que lo ha rodeado de figuras femeninas que han potenciado su condición de varoncito respetuoso de las mujeres, es velar por Mamoru? Tengo cercanía con los señores Kirishima, y sí, en plural, porque así como una pareja compuesta por un hombre y una mujer no necesitan un vínculo en papel para ser considerados pareja, ellos tampoco lo necesitan, el tiempo suficiente como para haber visto con mis propios ojos que mi Mamoru eligió a sus padres desde el primer momento. Sin prejuicios. Sin miedos. Les inculcamos a no estar cerca de aquellos que les despiertan recelo, y Mamu jamás ha tenido miedo. No sé en qué mundo vivirá, pero aquí la única que considera que pueden dañarlos sus padres, es usted, coincidentemente, la única que no deja de repetir comentarios ofensivos del tipo de lo que quiere evitarles en su futuro.

Fukui bajó la mirada, incómoda, y completamente expuesta. Pero luego alzó la mirada, desafiante.

― Si retiran su solicitud, será como si la hubiésemos denegado. Y no podrán solicitarlo nuevamente ―al escuchar semejantes palabras de Fukui, Mamoru corrió, aterrado y se aferró a Takafumi, casi apretándolo hasta romperle los huesos.

― ¡No, es mi papi…!

― Ellos no están retirando la solicitud, yo estoy reclamando mi derecho de no exponer a Mamu ni a mis otros niños a un proceso dirigido por usted. Y espero que pueda informarlo a los superiores ―la señora Kusama se dirigió a la recepcionista que ayudaba a Takashiki, quien miraba todo con evidente alegría al saber que aquella horrorosa mujer sería sacada de su sucursal.

― ¡Por supuesto que lo haré!

― Usted… ¡No puede hacer eso! No se puede eliminar un proceso a pedido del orfanato, ¡y tú lo sabes! ―señaló con desesperación a Takashiki.

― ¿Y por qué te desesperas tanto? ¿No es tu prioridad la protección de Mamoru-kun? ―Takashiki, sin embargo, contestó con calma, incluso con un ligero toque de burla―. Si estás tan segura de que estás teniendo el comportamiento correcto, vamos en este mismo instante con los supervisores. Ilústranos, ante el Jefe, a Chikako-san y a mí sobre los muchos motivos que invalidan a los señores Kirishima como padres de Kusama Mamoru.

― ¡NO! ―ajeno a las intenciones de la joven, y temiendo que aquella propuesta significase el fin de su hogar, Mamu se aferró con fuerza a Yokozawa, hecho un mar de llanto―. Por favor, ¡no me quiten a mi papá! Prometo nunca más comer comida chatarra, ¡pero no me quiten a mi papá!

Solo su llanto se dejó oír, contagiando a la recepcionista, a Hiyo, y a un furioso Zen que apretó los puños para no lanzarse contra la maldita bruja que había logrado quebrar a un niño tan precioso como Mamoru.

― Jamás me arrepentiré. Nunca. Ya sea venido de mí, o llegado a mí, te elegiría siempre. Te elegiré siempre… ¿Recuerdas? ―Takafumi se puso a su nivel, incluso se achicó un poco más, para que fuese Mamoru quien quedase por encima de su visión―. Lo que dice Takashiki-san es correcto, porque nosotros no hemos hecho nada malo. Tal vez su Jefe pueda hacerle ver a Fukui-san que eres un niño muy bueno que considera que soy un buen papá, aunque ya tengas uno...

― ¿Pero y si es como ella…? ―la señaló, incomodando a la mujer.

― Si es como ella… ―la voz de Takafumi tembló, amenazando con quebrarse―. En Japón, Inglaterra, América, Marte, la Luna u otro Sistema Solar… No hay forma en que puedan romper nuestro vínculo. No hay forma en que puedan hacerme elegir entre ti, tu papá y tu hermanita, porque nos considero uno solo. Esas son cosas que no deben importarte. Solo ten presente algo, Kusama Mamoru ―unió sus frentes―. Naciste para ser un Kirishima Yokozawa. Tus papás te trajeron para nosotros, tus abuelitos te cuidaron para nosotros… El Universo conspiró con nosotros ―sonrieron. Los ojitos se consolaron mutuamente, y todos sonrieron, conmovidos, exceptuando a la mujer.

― ¿Algo más para agregar, Fukui? El Jefe está presente, aprovecharé para entregarle mis documentos de descanso.

― Yo…

― Takashiki-san ―sin embargo, Ritsu la interrumpió, sorprendiendo a todos―. En… en caso su propuesta en verdad no fuese viable ―tartamudeó al notar la mirada felina de su prometido sobre sí, casi apuñalándolo―, Mamoru-kun, ¿podría ser adoptado por otra familia o, persona…?

― ¿Onodera? ―Masamune lo miró con espanto.

― Si se refiere a su absurdamente similar solicitud, se equivoca completamente. Por mi parte, al menos, no son candidatos de fiar ―Fukui, habiendo sido expuesta abiertamente, se olvidó de fingir.

― Bueno, es que… ―Ritsu se sonrojó―. Sobre eso… Masamune y yo rompimos lazos ayer ―solo la impresión de escuchar semejante estupidez bloqueó la capacidad de respuesta de Takano―. Yo… ―tomó una bocanada de aire y continuó―. He retomado mi compromiso matrimonial con mi prometida. De hecho, me casaré con ella el fin de semana que viene. Por ello, quisiera ser considerado preliminarmente como guardián de Mamoru. Hemos sido familia, así que… Puede saber inclusive por boca de los señores Kusama, que conmigo estará bien.

Zen tuvo que sostener disimuladamente a Masamune, cuando notó que estaba a punto de caerse, mientras que Fukui asentía con evidente aprobación, y por primera vez, lo invitaba a sentarse delante suyo, al igual que a los Kusama.

Hiyori se acercó a Mamoru y Takafumi, quien lanzó una mirada confundida a Takashiki. Ella solo arqueó los hombros y frunció el ceño, sin comprender lo que había ocurrido.

Pese a ello, al buscar los ojos verdes que habían buscado también los suyos, el Oso de Marukawa y Dahari decidió dar un salto al vacío.