¿Les ha pasado que tienen prácticamente 8 años trabajando en una historia, a la que ya le habían escrito el capítulo final aproximadamente hace cinco años, y de la noche a la mañana, los propios personajes les cambian todo el esquema?

Los invito a compartir conmigo la triste historia de mi vida como escritora, jajaja...

Por si alguien llega a interesarse por todo aquello que no será visto, cuando publique el Epílogo les compartiré las cosas que Mamoru decidió cambiar.

Sí, él es el responsable. Ámenlo, o el Osito se enfadará n.n

Primera parte del penúltimo capítulo.


29. Argumentos – Parte 1

Ta…Takano-san, ¿verdad? Lo lamento, habla Shiro. Kirishima-san, pues… —toda la ira que había explotado en las palabras de Masamune desapareció al escuchar la voz de Iokawa—. Lo siento, tuve que darle un sedante contra su voluntad, para que pudiese descansar —el hombre que estaba en Japón oyó una respiración agitada, seguida de un suspiro.

— Gracias… ¿Qué se sa…?

— ¿Papi está muriendo…?

Los latidos del corazón de Shiro, Masamune, y todos los que estaban en el recibidor de la casa de Akihiko se detuvieron un instante al oír la voz aterrada de Mamoru.

Como en cámara lenta, el hombre que era ahora su apoderado legal volteó con horror, maldiciéndose por ser siempre tan jodidamente impulsivo.

— No, Mamu, yo…

— ¡¿QUÉ TIENE PAPI?! ¡¿POR QUÉ PAPÁ QUIERE ABANDONARLO?! ¡¿POR QUÉ LA POLICÍA TIENE SU CELULAR?! —desde la línea telefónica, al propio Shiro se le aguaron los ojos. Era como escuchar a Ryuutaro aterrado ante la posible muerte de Ryuu, o regresar al momento en el que su hijo estuvo a un paso de morir—. ¡QUIERO IR A JAPÓN, LLÉVAME A JAPÓN DE REGRESO, YAAA!

— Mamoru… —solo Misaki no fue rechazado por el niño, quien se aferró a él como si en verdad tuviese menos de quince años. Y aunque nadie le reprochó a Masamune su reacción y su responsabilidad, se sintió absolutamente miserable y ruin.

Takano-san, ¿puede colocar el altavoz, por favor?

En medio de su arrepentimiento y la cascada de lágrimas que caía por sus mejillas, Masamune le alargó el celular a Akihiko, quien siendo el más cercano había escuchado el pedido. Ritsu aferró a su prometido con toda la fuerza que necesitaba, igual de angustiado por el estado de su ahora amigo, mientras que el escritor se acercó a los otros dos, quienes se habían deslizado a un costado de las escaleras, con Mamoru llorando desconsoladamente.

Mamu-kun, ¿me escuchas? Soy tío Shiro —el pequeño elevó sus ojitos azules solo lo suficiente para mirar el celular, como si esperase verlo—. A veces las noticias llegan de un extremo a otro como un teléfono malogrado, sin querer. Y nos asustan, ¿verdad?

— ¿Entonces, no es verdad lo que dijo mi tío?

Eres un niño grande y entiendes muy bien las cosas. Tu papá Takafumi ya no está en peligro inminente, han logrado sanar sus heridas, pero necesitará de medicina para recuperarse completamente, así que le están dejando dormir —Mamoru sollozó con ligero alivio—. Estoy seguro de que estará feliz al saber que estás divirtiéndote allá…

— No quiero seguir aquí, quiero ir con papi. ¡Más si mi papá quiere abandonarlo!

En la sala de Shiro y Ryuu, Kirishima, entre sueños, escuchó aquella vocecita que había aprendido a amar tanto como las primeras palabras de su niña.

Sumido aun en la influencia de la pastilla, logró incorporarse, turbado, casi llamando a Takafumi… Acto que lo llenó de comprensión, y terror porque aquella voz, que no debería oírse en Japón, fuese un mal augurio.

Si quiere abandonarlo, y se lo ha dicho, papi se morirá de dolor… —a Zen aquellas palabras lo golpearon peor que el estado de su amor, y las lágrimas aparecieron de manera voluntaria e ineludible—. Papá es todo en su vida, ha estado en peligro, y él… él… ¡Él le está fallando!

— No le está fallando. Está muy herido, muy asustado, y a los adultos, esas situaciones y mezclas nos nublan —escuchar a Shiro justificarlo le hizo sentir demasiada vergüenza. Porque en parte era verdad, y en parte…

En parte, él, Kirishima Zen, era una basura.

Si él no quiere más a papi, ¡yo no lo quiero como mi papá!

Aquella sentencia se sintió tan horripilante, que a Zen no le importó golpearse la canilla ni la rodilla con los muebles de la sala. Casi se arrastró en el suelo hasta llegar a Shiro, y sin formalismos, le arrebató el celular, sorprendiéndolo.

— Puedo ser el ser más vil del universo, pero si ya no me quieres, entonces prefiero morirme… — tarde, se dio cuenta de que era la única cosa que jamás debió decirle en un momento como ese.

Masamune escuchó aquellas palabras, que eran claramente de la persona que menos quería escuchar, y quiso tenerlo al frente para estrangularlo. Porque los pequeños ojos azules brillaron en terror, y de hecho, Mamoru gritó algo que no llegaron a entender, y se fue corriendo a su habitación, siendo seguido por un asustado Misaki.

— Maldito hijo de puta, ¿tenías que decir lo menos correcto en este preciso momento? —Masamune tomó el celular y habló en tono bajo, signo inequívoco de que ahora sí estaba destilando veneno.

Pásame con Mamu, por favor. Luego si quieres… —su desesperación era más que evidente.

— ¡NI PIENSES QUE HABLARÁS CON ÉL! De hecho, no vas a volver a ver a Mamoru ni a Yokozawa, hablaré con sus padres y les diré la bestialidad que acabas de hacer…

¡MALDITA SEA, MASAMUNE, ¿CÓMO CREES QUE ME ESTOY SINTIENDO?! ¡TAKAFUMI, MI TODO, ESTÁ EN EL MISMO LUGAR QUE SAKURA! ¡ESTOY ENLOQUECIENDO!

El llanto al otro lado de la línea volvió a llevarse toda la ira.

Claro, justo en ese momento, Akihiko y Masamune se miraron en comprensión: Kirishima no era solamente el prometido de Takafumi. Era el viudo de la madre de Hiyori. Un hombre que había renacido también en muchos sentidos al lado de su mejor amigo, y sospechaba, con un inicial interés por apoyarlo y borrar la tristeza de su propio rechazo.

Kirishima en Marukawa era visto como un dios infalible. Incluso los errores los convertía en obras de arte, y Takafumi había sido la más hermosa de todas sus obras. Le constaba a él, que cada mirada solo contenía amor y deseo perfectamente equilibrados. Que cada coqueteo era justo y preciso para no ahogarlo, pero para recordarle que había alguien suspirando por él. Sabía muy bien, que Kirishima había sido el primero en odiar trabajar con Sumi, porque a diferencia de sus actuales jefes, ese escritor los había separado en un momento en el que necesitaban más sentirse. Kirishima era muy maduro, quizá el más maduro de todos junto a Akihiko, aunque compartiesen chispazos de travesuras llenas de picardía, como un par de adolescentes llenos de hormonas en ebullición. Pero, recordó, cuánto ese hombre había hecho por no preocupar a Takafumi cuando también fue despedido. Con cuánta devoción lo había cuidado y atendido.

No, ciertamente, incluso si en verdad había mencionado lo de dejarlo, no había sido su culpa o su verdadero deseo, lo sabía muy bien. Era simplemente que estaba atrapado en un recuerdo terrible que tenía olor a realidad.

— Sakura-san y Yokozawa son dos personas diferentes, Zen. Y no porque una haya partido el otro va a hacerlo también. Tienes que mantener la calma y no perder la cabeza, todo esto es solo miedo…

¿Sabías que tiene una grave anemia, una anemia crónica? —los ojos gatunos se abrieron completamente, impactados—. Y no me lo dijo. Sakura tampoco me dijo que estaba enferma, ambos me subestimaron, ¿o es que no sirvo para proteger a quienes amo?

— Sirves. Es solo que ambos te aman con locura, y eso lo sabes muy bien… —todos oyeron la nueva tanda de sollozos desgarradores, y los intentos de Shiro por tranquilizarlo—. No te voy a decir que seas fuerte, porque gracias a Dios, ese papel siempre es de ese imbécil que termina preocupándonos a todos por su terquedad de mula —algo en el resoplido de Kirishima les indicó que lo había hecho reír, y se alegraron—. Además, ¿estás exento de culpas relacionadas con ocultamientos…? —escucharon como el llanto se calmó de golpe, y la sonrisa de Masamune hizo acto de presencia—. Sé que no es lo mismo, porque no estuvo implicada tu salud ni tu integridad, pero recuerda que tú le ocultaste también lo de tu despido y actuaste a sus espaldas. ¿Fue porque lo subestimaste, porque creíste que no te servía?

Por supuesto que no. Quería ahorrarle preocupaciones y angustias…

— Bien. Piensa en eso. Por ahora, recomponte, si necesitas ir al hospital, ve, habla con tus suegros, con tus padres, has lo que necesites para reforzar esto que acabo de recordarte, por favor. Yokozawa te necesita, y tú lo necesitas. Son tan patéticos que no pueden vivir sin el otro… —esta vez fue una risita audible, y todos suspiraron con alivio.

— No le hables mal a Mamu de mí, por favor, y no me lo quites. Lo que dije es cierto.

— Pero inoportuno. Déjanos trabajar aquí con él, haz lo que tengas que hacer y llámalo luego. No fuerces las cosas en este momento.

— Gracias, Masamune… Por favor, abracen mucho a mi hijo y díganle que papi va a estar bien.

Segundos después, Masamune colgó. Y el silencio se hizo en la sala. Nadie había esperado que Mamoru escuchase aquellas palabras, ni las de Masamune ni las de su padre, pero estaban dichas y no se podía hacer nada.

— ¿Qué implicaría regresar? —Ritsu habló primero, mirando a Akihiko.

— No conozco mucho de legislación familiar, pero en teoría pueden hacerlo porque son los tutores de Mamu. El problema serán las repercusiones. Se supone que debían casarse para adoptarlo.

— Coincido con Ritsu en que nuestros sentimientos no están definidos por ese matrimonio, eso es lo de menos en este momento —el aludido asintió, con el ceño fruncido—. Era solo una fachada para poder mantener en nuestra familia a Mamu, para ellos dos, cuando aquella víbora dejase de estar a cargo del niño, pero… —el celular de Akihiko sonó, interrumpiéndolo, y sorprendiéndolo al ver que era un número de Japón.

— Usami al…

Bue… ¿buenos días? —la voz femenina que se dejó oír de manera tímida fue familiar para la pareja, mas no para el escritor, pero aun así, sintió tranquilidad al ver la calma en aquellos rostros—. Soy Takashiki-san, la Asistenta Social que viene siguiendo el proceso de adopción de Mamoru-kun.

— En paralelo conmigo… Buenos días, habla también Fukui Shiho.

El alma se les cayó a los pies a los tres. Ciertamente debieron haber imaginado que ocurriría más pronto que tarde. Nowaki, por lo que Chikako había comentado a Akihiko, estaba involucrado con el equipo tratante de Takafumi, y por ende, los abuelos Kusama estaban obligados a informar acerca de cualquier tema relacionado con las familias que pretendían adoptar a sus niños.

— No deseo que mi presencia en esta conversación sea tomada a mal —Fukui interpretó correctamente el silencio tras el fono—. Estamos sumamente preocupadas, ambas, por la situación de Yokozawa-san. Y entenderá como abogado, sensei, que esta situación que involucra un atentado y una conspiración internacional, some...

— ¿Perdón? —Akihiko la interrumpió, confundido—. Cuando me comentaron lo ocurrido, dijeron que recibió un impacto de bala, pero nada más, pensé que había sido un intento de robo o algo similar.

Asumo que Takano-san no quiso preocuparlos, pero nos hemos estado apoyando con el tema en conjunto con los otros abogados contratados por Dahari Shoten —Takashiki volvió a hablar, sin ser interrumpida ni contradicha—. El caso es el siguiente: Al estar los dos futuros padres de Mamoru-kun implicados como víctimas de este atentado, y de lo otro que ya les explicarán con calma, hay la posibilidad de que se niegue la adopción…

— No, por favor… —Ritsu se angustió, pero pudieron escuchar un ligero carraspeo.

Solo si el niño regresa a Japón y se queda con ellos o con las personas cercanas a ellos. Porque podrían tomarlo como exposición de un niño al peligro —la otra mujer calló, porque se hicieron bastante audibles los pasitos que se veían acercando.

Mamoru tenía el rostro muy hinchado y los ojos muy rojos, pero buscó los brazos de su tío Akihiko y ahí se quedó, mirando el celular como si le quisiese suplicar. Misaki miró al resto, y negó, igual de triste.

¿Mamu-kun, estás ahí? —Takashiki habló, con su dulzura característica, y él solo susurró en respuesta—. ¿Oíste lo que dijo Fukui-san?

— Sí, pero, ¿y si ya no… no quisiera que me adopten…? —su voz rota era la evidencia más clara de que estaba mintiendo.

¿Y les rompemos el corazón a tus papás y tu hermanita? —por increíble que pareciese, aquellas palabras casi tiernas salieron de Fukui, y no de la otra joven, y calaron de manera diferente en Mamoru—. Ellos y yo hemos tenido muchas diferencias, pero lo que me queda claro es que te adoran. Ambos, en igual medida. Y ahora mismo, tu papá te necesita —la mujer volvió a abrir el grifo que estaba precariamente cerrado, creando una nueva lluvia de dolor.

Si no te conociésemos y a ellos, créeme que ahora mismo anularíamos todo y ordenaríamos tu retorno, porque asumimos que el matrimonio no se llevará a cabo, así que regresarías con tus abuelos Kusama y todo quedaría como algo que no pudo concretarse —Takashiki habló casi con complicidad—. Pero, Fukui-san te quiere proponer un par de ideas para que las cosas no tengan que destruirse antes de hacerse realidad, y que de paso, puedas ser un soporte para papá y papito.

Mamoru miró con sorpresa el celular, y luego a sus tíos. Masamune le sonrió, asintiendo.

Aquella mirada rota era totalmente su culpa, así que se juró a sí mismo que haría todo lo posible por revertirla.

— . —

Una hora después, medianamente calmado, y acompañado por Ryuu, quien simplemente lo dejó ahí y regresó rápido a casa para cuidar de Shiro, Kirishima llegó nuevamente al hospital, y fue recibido con total recelo por todos los presentes. Solo Ken, y una demacrada Hiyori que no quería ir a la escuela y a la que no estaban obligando a hacerlo, se acercaron a él para abrazarlo. Kotaro lo miró de reojo, y cuando la niña lo soltó, caminó hacia ellos, completamente serio.

— Kotaro-sa…

— Hiyori, ve con tus abuelas a la cafetería, por favor —la pequeña tembló, habiendo conocido ya una parte de la personalidad de su abuelo materno que distaba mucho de la dulzura habitual. Solo Ken y ellos dos quedaron en aquella antesala, y entonces, el hombre mayor volvió a hablar—. ¿A qué viniste? ¿Ya tienes las cosas claras, al fin te harás cargo?

Kirishima se sintió intimidado, muy pequeño y frágil ante aquel hombre que en verdad parecía un oso capaz de aplastarlo con un solo zarpazo. Tenía tanto por decir, externar tantas decisiones, e incluso dudas que necesitaba fuesen aclaradas por un hombre de mayor edad que la suya, por no tener tanta sabiduría como la acumulada por aquellos padres que lo miraban con expresiones abismalmente distintas.

Pero Kotaro estaba ya en su límite, así que tomó aquel silencio como la permanencia de aquella terquedad que a él también lo había sorprendido para mal la noche anterior, y se sintió rebasado.

Muy probablemente su hijo al recuperarse se lo echaría en cara, pero en ese momento Takafumi no estaba presente, y nada ni nadie le iba a hacer cambiar de opinión.

— Bien, si esa es tu respuesta, no tienes nada que hacer aquí —se dio la vuelta, dispuesto a ir hacia las enfermeras y el médico. No fue difícil intuir el motivo, y por ello, Zen, se angustió, y lo detuvo, jalándolo por el brazo.

— ¡No, Kotaro-sa…!

Ken casi sintió en su propia piel la sonora y fuerte bofetada que su hijo recibió, y la que lo llevó a apoyarse con fuerza en la pared hacia la que fue propulsado con una más que merecida aunque injusta rabia. Injusta, porque el hombre mayor no estaba viendo del todo la tormenta de aquellos ojos miel.

— ¡No te atrevas a tocarme, mocoso de mier…! —la amenaza de una nueva bofetada se irguió hacia Zen, quien solo atinó a intentar cubrirse con el brazo, lloroso y con la mejilla palpitándole.

— No te atrevas a volver a ponerle un solo dedo encima, Kotaro.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Ken le salió al frente, tomándolo con fuerza por la muñeca. Acto que sorprendió a los dos presentes, porque ambos sabían que aquel hombre al cual el menor de los tres le había heredado todo menos la pasividad en sus actos, jamás solía actuar con aquella firmeza, y mucho menos, externar ese tipo de sentimientos que eran de evidente rechazo. En ese instante, Ken miraba con ira contenida a Kotaro, llevándolo a retroceder unos pasos, con temor.

— Es mi hijo. Puede que se merezca tu resentimiento y tu mala impresión sobre sus actos, pero te recuerdo que es mi hijo —tanto para su casi ex amigo como para su hijo, fue evidente que al mencionar aquellas palabras, el ímpetu desapareció. La voz quebrada y los ojos que empezaban a humedecerse llevaron a Kotaro a mirar a un lado, sintiéndose culpable por dañarlo—. Dijimos que jamás íbamos a poner un dedo encima sobre alguno de los dos, independientemente de sus actos. Tú eres libre de corregir a Takafumi como desees, pero no tienes derecho alguno a corregir a mi hijo…

— Papá…

— Debiste criarlo bien entonces. Eso es lo que hacen los padres, ¿cierto? —la vena de irritación volvió a inflarse de manera dolorosa en Kotaro, por lo que elevó el mentón, buscando intimidarlo.

— Y sin embargo, aquí estamos tú y yo, y no te veo cumpliendo ello a cabalidad —algo en aquellas palabras hizo sonrojar al mayor, quien trastabilló en su estabilidad—. Mi hijo es un hombre con todas sus letras, pero ninguno de los dos tenemos la entereza moral para acusarlo de no amar o ser irresponsable, y lo sabes bien. Así que, aunque te molestes, ocúpate tú de ayudar a tu hijo, y yo haré lo mismo.

Kotaro jamás había recibido un ataque tan directo, eso fue evidente para Zen. Como evidente fue también que aquel japonés de provincia se estaba conteniendo las ganas de probablemente estrellar uno de sus puños en el hermoso rostro de su casi ex mejor amigo. Pese a ello, por alguna razón, Kotaro fijó sus ojos en Zen nuevamente, y habló con la misma frialdad de antes.

— Tu padre y yo hemos compartido muchas aventuras y también muchos errores. Lo amo con todo mi ser —Ken bajó la mirada, y le dio la espalda—, pero de ti dependerá que todos esos años juntos se vayan a la mierda si sigues jugando este juego de porquería.

— No han pasado ni veinticuatro horas, Kotaro, no seas…

— ¡Déjalo responder como el hombre que se supone que es! —el rugido calló no solo a Ken, sino también a las personas que hablaban cerca a ellos, en las otras salas—. ¿O es que tú dejarías sola a tu mujer un solo segundo en medio de una desgracia? —su contemporáneo apretó los puños y la mandíbula, echando nuevamente fuego por los ojos.

— Sabes muy bien que en eso somos completamente iguales, no te la des de digno.

De acuerdo, de acuerdo, esto estaba tomando un rumbo que Zen en realidad no estaba entendiendo del todo.

Y sospechaba que a diferencia suya, Kotaro sí que lo estaba entendiendo, porque si ya había estado rojo por la ira contenida, en ese momento se puso púrpura. Los puños se le cerraron aun más, dejando sus nudillos completamente blancos, y Zen comprendió que su amado padre acababa de tocar un tema tabú.

— ¿Cómo te…?

— Tiene razón en todo lo dicho —Zen se puso delante de su padre, y lo cubrió, encarando con sumo respeto a Kotaro—. Tiene completa razón en su opinión sobre mí. Y aunque no tengo derecho a pedirle nada, le ruego que me escuche solo un momento… —Kotaro fijó sus ojos fríos en los miel que irradiaban súplica y dolor en igual intensidad, y asintió—. Ustedes nunca nos mencionaron sus nombres, ni a Takafumi ni a mí, pero crecí sabiendo muy bien que mi padre tenía un hermano que no era de sangre, a quien yo podía llamar tío o padre, si es que algún día él llegaba a faltarme… Papá nunca me dijo su nombre, pero yo sabía muy bien que determinados juguetes o ropa, habían sido elegidos por mi tío con el amor y cariño con el que papá compraba cosas para enviarle a mi primo pequeñito —los ojos azules se humedecieron—. Preferiría morirme a ser el culpable de que ustedes terminaran su relación, porque sé cuánto papá sufriría por ello…

— Hijo… —Ken ya estaba llorando, con esa fragilidad que era tan suya y que lo convertía en alguien demasiado adorable.

— Sé que nadie puede entender las cosas que vive cada uno en su propia historia, pero le ruego un poco de empatía… ¿Cree que no me estoy muriendo de dolor? Acabo de cometer una estupidez ante mi hijo y he decepcionado a mi hija, pero honestamente no sé qué hacer —Zen se quebró por completo, pero no apartó los ojos del hombre frente a él, obligándose a mostrar lo que en verdad llevaba dentro—. ¿Cree que no amo a Takafumi? Lo estuve persiguiendo antes de siquiera ser su amigo, lo chantajeé para que empezara a mirarme con otros ojos, lo he seducido para convertirme en la única persona a quien mire… Todo porque desde el día en que quise hacerme responsable de él, entendí que no iba a poder ser de otra persona, solo de él, y como sabe, eso ocurrió desde que somos niños… Pero me enamoré también de Sakura, Kotaro-sama, no puedo negarlo. Me enamoré, y ella se llevó muchas de mis primeras experiencias. Me enamoré, y aunque ella siempre supo que no era mi verdadero amor, se dedicó a cuidarme y me regaló una hija… ¿Cómo cree que me sentí cuando se fue? ¿Cómo cree que me sentí cuando me enteré tan cerca de su muerte, que ella llevaba sufriendo sola meses de meses? Hiyori era un bebé, un ángel que aun no entendía las cosas, pero… ¿Qué hago ahora? ¿Qué hago si el momento llega y de nuevo no estuve para mi pareja, la verdadera, la definitiva, teniendo dos hijos que están desmoronándose ante la misma idea? ¿Qué hago?

Ken sabía muy bien que el dolor de Zen solo podían entenderlo Saki y Akane, pero no por eso fue indiferente al desgarro que el alma de su hijo estaba exhibiendo. Los cuatro lo habían hablado hacía tantos años, que parecía haber sido una conversación en una encarnación previa: Zen nuevamente enamorado, y esta vez, de alguien a quien no había presumido ante ellos… Takafumi igual de hundido en sus temas laborales, pero acudiendo puntualmente a recoger a Hiyori, o acompañándola cuando su padre estaba demasiado ocupado. Zen pagando vacaciones para los tres, o dejando que Takafumi llenara a la pequeña de dulces o pequeños obsequios. Hiyori, manifestando casi indirectamente que papá ya no estaba tan solo gracias a su niichan…

Todo había sido tan natural, como natural entendía Kotaro la desesperación de ese chico al que amaba, como bien había descrito Zen, como un hijo más, aunque las circunstancias emocionales de Saki y Akane hubiesen impedido una cercanía mayor. Claro que lo amaba, y claro que había rogado por estar con ellos cuando supieron sobre la pérdida de Sakura. Claro que cuando empezó a notar que el corazón de Takafumi caía por Masamune, y se comprimía al no ser correspondido, había deseado que Zen estuviese para él, como un hermano mayor o un primo cercano, para orientarlo, para guiarlo, si no se sentía con la suficiente libertad de abrir su corazón ante su padre. Kotaro no era un padre que monopolizara a su hijo único, pero sí era un padre preocupado por su niño. Así que se había valido de su Saki, y de la loca de Akane, para mantenerse al tanto, fingiendo indiferencia ante las alcahuetadas de sus mujeres.

Kotaro amaba a Ken, y Ken amaba a Kotaro, y obviamente esta situación jamás iba a ser lo suficientemente fuerte para romperlos, pero…

Quizá estaba llegando la hora de que acumulara todas las oportunidades truncas para guiar a ese polluelo que ya estaba casi en sus cuarentas, y de paso, apoyar también a su propio niño.

— En primera, entiende que si sigues pensando que Takafumi se va a morir, ni siquiera tu madre va a impedir que te rompa el hocico —Zen jadeó, en medio de su llanto silencioso, y lo miró, sorprendido—. Cuando despierte, créeme que seré el primero en darle un correctivo para su cojudez, y junto con Saki nos encargaremos de que esa hemoglobina sea restaurada, y si sigue sin desear responder, estoy seguro de que Ken y Akane nos ayudarán a conseguir tratamientos más efectivos. Necesitas… Necesitan, todos, que dejes ir a tu esposa, porque si no, no vas a poder amar a Takafumi como mi hijo lo merece —los ojos miel se abrieron completamente, en horror, y Zen se olvidó de respirar—. No voy a levantar la orden de impedirte verlo hasta que seas capaz de dejar de lado lo que conceptúas como traición por parte de Sakura-chan, y dejes de repetirte en la cabeza que Takafumi no cumplió con esa promesa de porquería... El día en que al verte sienta que ya dejaste ir a tu mujer muerta, y que eres capaz de mirar a mi hijo solamente, en ese momento volverás a entrar. De ti depende que lo que vea primero al despertar, seas tú, y no cualquiera de las personas que están demostrando auténtico amor y preocupación por él…

Kotaro dio media vuelta, luego de lanzar una mirada de disculpa ante un resentido Ken, quien pasó un brazo protector por los hombros de su hijo. Le susurró amorosamente para guiarlo hacia un patio interno, buscando alejarlo de las miradas curiosas y morbosas que habían estado fijas en ellos en todo momento.

Caminaron en silencio hacia un patio interno, curiosamente similar al lugar en que, le recordó su cerebro, le pidió a Sakura ser su esposa. Si no tuviese el padre que tenía, hasta habría pensado que Ken estaba trabajando en complicidad con su casi ex suegro para atormentarlo, pero definitivamente ese hombre no actuaría nunca de esa manera.

Ken jamás le habría dicho algo como aquello, porque sabía muy bien que Takafumi era su único y verdadero amor.

— Kotaro siempre sabe decir las cosas ciertas y correctas en el momento más inoportuno —aquellas palabras lo descolocaron, y no pudo evitar mirarlo con incomprensión—. No era el momento ni el lugar, pero aunque ahora me mires así, lamento decirte que él tiene razón. Desde hace mucho sé que no dejaste ir a Sakura, y es una idea que compartimos tu madre y yo.

— ¿Te atreves a decir que no amo a Takafumi?

— Por supuesto que no he dicho eso. Uno puede perfectamente amar a dos o más personas al mismo tiempo, y eso no nos hace ruines —el asombro se incrementó en sus facciones, y Ken solo pudo lanzar una risita nerviosa—. Zen, ¿en verdad crees que desestimaría tus sentimientos actuales después de todo lo que he visto entre ustedes?

— Eso parece.

— Si piensas eso, entonces Kotaro también tiene razón en el hecho de que no he sabido criarte como un hombre —Zen iba a quejarse, pero lo detuvo alzando la mano—. Sakura era muchas cosas en tu vida, y la más importante de todas no es su papel de madre de Hiyori. Ella te conocía todo, incluso supo lo de tu primer encuentro y tu amor por aquel niño misterioso que solo viste una vez. Sakura era una cómplice de tu madre en muchas cosas, y hay ocasiones en las que ambos recordamos con nostalgia muchas veladas compartidas entre ambas, que obviamente no pueden volver, por más que Takafumi pusiese todo de su parte por imitarla. Porque simplemente él la llena de ternura de otras maneras —Zen bajó la mirada y jugueteó con sus manos—. Kotaro y yo no hablamos de que debas dejar de amar romántica y sexualmente a Sakura, porque sé muy bien que esa parte hace mucho que la pudiste procesar, por Hiyori. Hablamos de que seas capaz de dejarla ir emocionalmente, dejando de resentir el hecho de que no te dijera lo que pasaba, porque es obvio que estás atascado en ese momento.

Una brisa fresca los rodeó, y Zen casi pudo sentir cómo acariciaba con un toque conocido su mejilla. Pero no sintió miedo, solo, anhelo, nostalgia, y, sí, tristeza. Tristeza porque en efecto, en quien pensaría como primera opción para acurrucarse y procesar el dolor de estar perdiendo a Takafumi, era ella. Porque solo ella sería capaz de tranquilizarlo y decirle las cosas que Kotaro le había escupido con el tono justo y preciso para no herirlo, pero sí despertarlo de golpe.

— Kotaro es duro, a veces cruel, pero aunque no lo creas, en verdad te ama como a un hijo. De hecho, él… —la voz titubeante de Ken lo sacó de aquel trance, y Zen volteó a mirarlo, observando una extraña expresión ruborizada en su rostro—. Supongo que recuerdas, que hubo unos meses en los que me fui de casa, cuando aun eras un niño. Asumo que Takafumi tenía unos… ¿Cuatro, seis años? No me ubico bien en el tiempo. El caso es que hui cobardemente, cuando empecé a sentir algunas cosas que me confundieron… No me juzgues, por favor —sus ojos miel suplicaron, y Zen casi suspiró ante la expresión juvenil y tierna de su padre—. No quería herir a tu madre, así que le pedí separarnos de cuerpo hasta tener las cosas bien claras. Y para mi propio asombro, Kotaro hizo lo mismo…

El corazón de Zen se agitó con fuerza. Recordaba aquellos años, como unos llenos de preguntas que prefería no formular al ver a Akane llorar en los rincones más apartados a él, mintiéndole descaradamente sobre el paradero de su padre, quien había viajado al extranjero por motivos de trabajo. Zen aquella vez lo había creído, pero ahora entendía que no era así.

Ahora iba a conocer probablemente el tabú aquel que ambos hombres se habían lanzado entre líneas minutos antes.

— Fuimos a beber, él contándome que sentía que Saki aun pensaba en aquel joven, y diciéndome que eso le hacía hervir la sangre porque no entendía por qué carajos después de tantos años, no lograba ser lo suficiente, y yo intentando hacerle entender que era más que suficiente, y que solo era un juego de su mente. Dormimos juntos esa noche —aquello impactó a Zen—. Pero no, no como lo imaginas. Aunque, confirmé que el motivo por el que me había separado de ustedes era real: No pude dormir desde las cinco de la mañana, mirándolo. Y, no pude evitar el impulso.

Ken bajó el rostro, sonrojado, avergonzado por completo de lo que estaba confesándole a su hijo. Él, quien era visto como el hombre más fiel del universo por ese mismo muchacho, como el ejemplo a seguir, estaba confesando que…

— Papá…

— Kotaro había despertado y no me di cuenta hasta que me separé. No me dijo nada, pero pude ver, muchas cosas en sus ojos. Intenté salir corriendo, pero él me detuvo y… Se puso a llorar —sonrió, con melancolía, mientras las lágrimas caían—. Pedía perdón, como si mis sentimientos fuesen su responsabilidad, y recuerdo que se abrazó a mi cintura con fuerza. Y por mi culpa cometió la mayor estupidez de su vida.

— ¿Qué? —mil escenarios vinieron a su mente, escenarios que como hijo no eran nada agradables, aunque como hombre enamorado de otro, los entendía como respetables y naturales.

— Asumiendo que estaba "confundido", que era simplemente el amor que nos teníamos como hermanos, buscó a una… —la mente de Zen se puso en blanco—. Quería morirme, porque llevaba mucho tiempo sin estar con tu madre, y mi escenario inicial tras irme había sido imaginar un reencuentro apasionado con ella, tal vez, creando un hermanito para ti. Pero aquella mujer parecía lo suficientemente decente como para comprender que estaba ante la desfloración de un semi viejo no virgen con pensamientos homosexuales y una familia heterosexual esperándolo, y actuó lo más sutil que su experiencia y las hormonas del Kotaro resentido con Saki y culpable por mí le permitieron: Se lanzó a él, y él a ella, y, pues…

En cualquier otro contexto, Zen habría pedido que no le siguieran contando aquello, porque lo que menos necesitaba en ese instante era una imagen mental de su honorable casi ex suegro en un nada honorable prostíbulo, haciéndolo con una probablemente nada elegante mujer, ante su, obviamente, muy asustado, culpable y confundido padre.

— Me sentí un ser asqueroso. Era la primera vez que veía a Kotaro de aquella manera, y…

— Papá, sé que excitarse por un hombre, siéndolo, causa muchos conflictos iniciales, pero no es algo malo.

— ¿Excitarme por Kotaro? —Ken lo miró horrorizado, confundiéndolo—. ¿Has visto a ese tipo? ¡Parece un oso! Sé que puede parecer que tiene buen cuerpo incluso ahora, y antes sí que era extremadamente varonil y sexy, pero, por supuesto que no me excité por él —Zen casi suspiró en alivio—. Lo cual me tranquilizó, al ver que aquello me llevaba a desear estar en la misma situación que mi amigo… Tengo que admitirte con vergüenza y arrepentimiento, que olvidé a tu madre, ambos olvidamos a Saki y Akane, y nos dedicamos a disfrutar aquella situación. De una u otra manera, saber que yo disfrutaba lo mismo que Kotaro, nos tranquilizó a ambos, y quedó casi como una anécdota de dos treintones que estaban reafirmando su sexualidad…

— Pero no me estás contando esto porque pienses que yo estoy confundido sobre dónde deseo meter mi pene, ¿cierto?

Ken tosió, recordando que su hijo tenía una lengua atrevida sumamente insolente. Y claro, obviamente sabía que para bien o para mal, Takafumi tenía de mujer lo que Kotaro había tenido de una en su juventud, solo que a diferencia suya, el joven sí que se excitaba por su hijo.

Sonrió entre divertido y pícaro, confundiendo un poco a su hijo.

— Obviamente no. Este es un relato sobre la importancia de tomarte un tiempo para analizar lo que pasa por tu cabeza, corazón y alma, para no tomar decisiones que luego pueden llegar a joderte la vida. Si yo no hubiera besado a Kotaro, él no habría sugerido aquel trío. Y Kurinawa Henmi nunca hubiera existido.

Zen, quien había estado a punto de bromear sobre el hecho de que alguien que sospechaba era a veces ukeado por su propia madre, hubiese participado de un trío con una mujer de la buena vida y la poca vergüenza, le hablase sobre actuar con responsabilidad, quedó un tanto confundido al oír aquel nombre.

¿Kurinawa Henmi? ¿Henmi, el polluelo a quien debía ser el casi ex prometido de aquel hombre que lo estaba volviendo loco?

— ¿Papá…?

— Ay, Dios… Promete que jamás le dirás a Kotaro que lo sabes, y tampoco a Takafumi —el otro asintió por inercia—. Luego de que la acción terminara, los tres nos sentamos un momento a charlar. Resultó que esa mujer tenía una excelente posición social, pero estaba harta de vivir encerrada en el palacio de sus padres, así que empleaba ese pasatiempo casi como una buena acción social. Kotaro la conocía por un conocido de su trabajo en la capital, y aparentemente, había tenido encuentros con ella antes de casarse con Saki, y durante el tiempo en que yo tuve que estar fuera de Japón antes de casarme con tu madre. Tenían una amistad extraña, y cuando le contó el motivo por el cual la necesitaba, acudió presurosa para ayudar. Le alegró saber que mis dudas estaban aclaradas, y aunque no seguimos su recomendación de asegurarnos, follándonos mutuamente, nos despedimos. Ella dijo que se marchaba al día siguiente a Francia con sus padres, y nosotros decidimos volver… —Ken respiró profundo y lo miró a los ojos—. Saki y Akane no buscaban acercarse la una a la otra debido a sus recuerdos comunes, y ambos temíamos abrir heridas con aquella situación, pero nunca les hemos mentido. Kotaro me contó mucho después, que aunque le dolió saber que se había involucrado con otra mujer de aquella manera, le perdonó solo cuando le juró mil veces que no los unía nada más allá de una amistad lejana.

— ¿Y mamá? —la mirada cargada de tristeza le anunció su respuesta.

— Tu madre sufrió demasiado y yo me odié como nunca. Pero afortunadamente para ti y para mí, me rogó que no me fuese de nuevo. Le dije que jamás podría dejarla, porque aquello no había significado nada más allá de minutos de éxtasis, que me confirmaron que el único lugar donde me siento en calma, es en nuestra cama —Zen bajó la mirada, con pudor. Aquellas palabras habían sido pronunciadas con la ternura característica en Ken—. Fueron dos años de paz, y de terapias, como debes recordar, hasta que una mañana, Kotaro me llamó y me pidió reunirnos.

Algo dentro de Zen remeció todos sus cimientos. Aun Henmi no volvía a aparecer en la conversación, pero ya él empezaba a vislumbrar la historia tras su mención.

— Me dijo que lo habían contactado y citado al café en que nos reuniríamos. Luego de que llegué y nos encontramos, apareció aquella persona: Era el mayordomo de la familia de aquella mujer, quien fue muy directo e implacable con sus palabras: Kurinawa-san había fallecido en un accidente de tránsito, y sus padres, quienes renegaban de ella desde hacía casi dos años, habían entregado a su hijo a un orfanato desconocido —Zen confirmó sus sospechas, pero eso no evitó que se indignara por la situación—. Aquellos horribles seres se negaban a dar el nombre del lugar, a menos que el verdadero padre se hiciese una prueba de ADN. Pero, obviamente, ¿contra qué se iba a contrastar el padre, si no quedaba nada del niño en aquella casa? Y era por eso que el mayordomo estaba ante nosotros —Ken cerró los ojos un momento—. Nos mostró una lista de nombres que Kotaro confirmó como escritos por ella, y en el que solo figurábamos ambos como los posibles padres de la criatura.

— ¿No se habían protegido? —Ken asintió—. Entonces, ¿cómo podían serlo?

— Hijo, estás muy grande para no saber que esas cosas no son infalibles. No fue una noche tranquila, no estábamos cien por ciento asentados en nuestra racionalidad. Este tema era muy delicado, sobre todo porque de nosotros dependía esa criatura. Y sus madres coincidieron en ello —aquello fue un nuevo shock para Zen—. Fueron meses complicados, porque cabía la posibilidad de que no lo hubiesen dejado en Japón, y los cuatro tuvimos que desistir cuando surgieron algunos temas personales, aunque delegamos en aquel mayordomo nuestra búsqueda y esperanza. Luego sus abuelos fallecieron, y con ello, el hombre perdió el empleo, y esa familia se fue a pique, perdiéndolo todo debido a una serie de deudas que estrangularon el patrimonio que debería haber heredado el niño. Y no pudimos dar con el, hasta que de la manera más casual, Takafumi empezó a hablarle a sus padres de su subordinado Henmi, que era medio torpe y menor que él. Llámalo instinto, o como quieras, pero, Kotaro sintió curiosidad luego de conocer el apellido del joven, y empezó a investigar sobre él. Y ahora, bueno… —sonrió—. Hace poco, en medio de todos los embrollos, y concretamente gracias a aquel terremoto, Kotaro pudo acercarse, preguntarle por su familia, y se sinceró con él. Y adivina qué le dijo Henmi…

— Que ya lo sabía, ¿verdad? —Ken asintió.

Y entonces, una dulce historia de un niño a quien su mamá le había cosido una cartita en el borde de su mantita, salió a la luz en los labios de Ken. Ahí, en lenguaje infantil, y obviamente como previsión ante la conducta de sus abuelos, la mujer había plasmado la historia de un joven que dudaba entre amar a su mejor amigo y a su mejor amiga, quien había sido rescatado por ella con cariño y cuidado. Le había narrado que ese cariño, también se lo había compartido a aquel mejor amigo. Y que con el tiempo, ambos, de alguna manera, como gratitud a aquella ayuda, le habían regalado un hermoso niño de nombre Henmi.

La carta era extensa, y la persona que había cuidado de él, bajo indicación de la misma autora, cada año, leía a Henmi párrafos adicionales de aquella historia, hasta que a sus nueve años, se enteró de que tenía dos hermanos, Zen y Takafumi. Los apellidos, Kirishima y Yokozawa, aunque muy probablemente, según su madre, se parecería más a Takafumi. Henmi, con toda la historia que su madre había dejado amorosamente en aquella manta, fue buscando información sobre aquellos dos hermanos, y aunque no sabía nada de sus yoes adultos, algo en su interior lo llevó a escoger la misma carrera que su hermano Yokozawa, y a buscar empleo en la misma compañía en que primero se había ocupado su hermano Kirishima.

Zen en verdad estaba estupefacto con aquella historia. Pero más aun con la cerecita del pastel.

— Aunque no lo creas, Henmi había asumido desde un inicio que Takafumi era su hermano. Sin pruebas de ADN ni fundamentaciones científicas. Le contó, muy molesto, que Takano Masamune lo hacía sufrir, y que por ello, él le había estado buscando un nuevo amigo, cuando por fin se enteró de tu presencia —Zen lanzó una risita divertida. No lo culpaba, en aquel entonces, ellos se apoyaban más en el Departamento de Ventas de Literatura, por alguna extraña razón que jamás llegó a entender, pero que asociaba a que Takafumi muy probablemente había pedido exclusividad para la sección manga shojou—. Pero ya lo han confirmado.

— ¿Takafumi lo sabe? —no era que quisiera añadir más sal a su herida, pero si era así, se iba a sentir decepcionado.

— No. Henmi le ha pedido primero lograr entablar una relación cercana a Kotaro, reunirse y conversar para contarse sus propias experiencias, porque no desea afectar a su hermano estando ustedes tan ocupados, y menos ahora. Pero llegará el día, y Kotaro va a tener que asumir sus responsabilidades.

— Como yo debería hacerlo, ¿verdad? —Ken lo despeinó.

— Yo tuve que arriesgarme a un embarazo no deseado, y pude joderle el matrimonio a mi mejor amigo por no tener mi cabeza en claro, Zen. Tampoco es que hubiese estado mal el enamorarme de él, porque estoy seguro de que Akane, como mejor amiga, no me habría dejado solo, y yo tampoco los habría dejado a ustedes. Pero tú no estás confundiendo sentimientos, ni te has acostado con otro u otra, aunque estés así por otra persona. Solo te ruego que serenes tu mente, aclares tu corazón, y no le des más largas. Kotaro dijo algo muy importante y lo sabes. No dejes pasar esa oportunidad, hijo.

— . —

Mamoru se había apagado. Completamente. Del niño emocionado ante la perspectiva de conocer aquel nuevo país, no quedaba nada. Tal vez, por sentir la energía maternal de ambos, aceptaba ahora más la compañía de Ritsu y Misaki, al menos en lo que había sido aquel día. Y aunque no había creado vínculo alguno, An-chan había recibido una mísera sonrisa de gratitud cuando fue a visitarlos y ofrecer su apoyo, dejando de paso un chip nuevo para que el niño se pudiese comunicar con su papá.

Pero Mamoru tenía miedo, y ni siquiera aquel acto le había dado calma.

Mucho miedo.

Le había dolido escuchar a Masamune sugerir que su padre deseaba dejar solo a su papi. Le había dolido, porque en su cuento de hadas personal, ambos reyes se amaban y rescataban mutuamente del monstruo llamado vida y soledad. En su cuento personal, la princesa y él vivían en la misma casa como hermanos, y aunque no tenían enanitos a su alrededor, contaban con dos mininos que eran ya como hermanitos de sangre también.

Sora-chan y Zenta-kun habían creado también un vínculo.

Ante la perspectiva expuesta por las dos asistentas sociales, ¿tendrían que alejarlos también? ¿O debería dejar a su gatito con ellos para que el minino de papi no sufriera?

Papá y mamá…

No iba a ser hipócrita y negar que, cuando tuvo uso de razón sobre su orfandad, siempre soñó con tener ambas figuras en su vida. Y papá lucía exactamente como Zen: Alto, guapo, alegre, protector… Coqueto con aquella mamá a quien curiosamente nunca sabía darle forma en su mente.

Por eso, aquel día en el parque, cuando vio a Takafumi colgarse para alcanzar aquel avioncito de juguete, recordó que no todas las mamás están hechas de azúcar y flores. A veces también tienen músculos fuertes, un poco de barba o bigote, y el cabello corto. Un cuerpo varonil carente de pechos o caderas, que brinda también la contención emocional que necesita un niño cuando se siente amenazado por males ajenos y externos. Takafumi no vestía un lindo vestido, ni tenía el cabello largo y brillante, y sin embargo, Mamu había deseado ser como él, así de impresionante y cálido. Y cuando supo que Kirishima lo amaba a él, sus sueños infantiles más locos y atrevidos tomaron completa forma.

Porque aunque el papá seguía siendo como Zen, la mamá al fin se hizo visible.

Y le encantó poderle dar el nombre de papi, aunque ya fuese un niño grande en crecimiento.

Su teléfono sonó, y por contar aun con su propio chip, lo hizo con la tonada que Mamoru le había asignado a Zen. Los ojitos no pudieron ocultar los sentimientos que no habían mermado, aunque había un brillo apagado en ellos. ¿Cómo podía intentar siquiera engañarse? En ese momento necesitaba tanto a papi, que su papá era el único nexo lo suficientemente maduro y cercano que podía aportarle un poco de tranquilidad a su corazón asustado y herido.

Por eso, luego de la quinta tonada, contestó. Y entonces, el internet hizo la magia que tanto necesitaban ambos.

Los dos rostros pudieron comprender cuánto estaba afectando a ambos la ausencia del amor más grande que compartían. Porque Zen parecía un espectro, con los ojos hundidos e inflamados, y evidentes signos de no haber comido nada en esas horas, y mucho menos haberse preocupado por su aspecto físico, pese a que siempre se mantenía impecable incluso en la intimidad de sus cuatro paredes. Y Mamoru no mostraba energía alguna, algo que partió aun más el corazón de Zen, porque para todos era sabido que aquel niño había llegado para cerrar el círculo perfecto de su nido con la pícara ternura que todos necesitaban, sin saberlo, hasta conocerlo.

— ¿…papá…? —aquella palabra llevó a Zen a las lágrimas nuevamente, igual que a su pequeño; había sido casi susurrada con urgencia, pero se había sentido como un trueno.

Mi luz… Hijo —Mamoru no necesitó más para mostrar con su rostro que las palabras de hacía horas no habían tenido verdad en sus letras—. Soy el más idiota de tus dos papás, pero no voy a dejar de serlo nunca… No te vi en una ecografía, como sí vi a Hiyori, pero me sé muy bien el ritmo de tus latidos y cómo todo esto está afectando a ese hermoso corazón que tienes. Y no sabes lo mucho que me odio al saber que parte de ello es mi culpa…

— ¿De verdad ya no amas a papi…? —su puchero derritió a Zen.

El día que deje de amar a papi será únicamente cuando Dios decida que nuestras almas ya no reencarnarán jamás y nos convierta nuevamente en una sola.

— Pero papi jamás dudaría… —Zen sabía muy bien que el que un niño tan pequeño hubiese concluido aquello decía mucho sobre cuán incorrecto estaba siendo él mismo.

Y aunque en ese momento sentía a Mamoru aun más pequeño que quince años, viéndolo como su desprotegida Hiyo de meses, llorando por no tener un pecho femenino al cual aferrarse para buscar alimento, Zen decidió confiar. Confiar, como cualquier padre haría en una parte de sí mismo, venida del amor.

— Papi siempre confía en ti. No me han querido contar mucho, pero, si él cometió un error, estoy seguro de que va a solucionarlo. Por favor, no lo dejes… —Zen mantuvo su mirada en sus ojos azules, llorosos y apagados, y decidió ser honesto.

Sabes que ser mi hijo y hermano de Hiyo, te convierte en hijo de su mamá también, ¿verdad? Takafumi te presentó a Sakura, y Hiyo me contó que le compartiste una linda sensación de calidez cuando oraron juntos la segunda noche que dormiste en casa —Mamu asintió—. He estado enamorado solo dos veces en mi vida, Mamu. Sakura es una de ellas, y créeme que, como le dije a papi un día, habría estado a su lado hasta morirme, si Takafumi no se hubiese cruzado en mi camino…

— ¿Por qué?

— Porque papi es mi primer y verdadero amor —Mamoru abrió los ojos, sorprendido—. Lo conocí cuando éramos más pequeños que tú, y fue inevitable enamorarme —soltó una risita nerviosa, y hasta se sonrojó, enterneciendo a su hijo—. Era una pulga renegona pero sumamente adorable, como tú haciéndolo sonrojarse con tus conclusiones sobre nosotros cuando nos conocimos. Me enamoré, y mamá Sakura supo todo el tiempo que ese amor estaba atesorado en mi corazón.

— ¿No se enfadó?

— No. Solía decir que ella simplemente me estaba preparando para mi futura vida de casado con mi pequeñito. Era mi mejor amiga, mi hermana, mi esposa, mi amante —Mamoru entendía lo que estaba diciendo, y bajó la mirada, con pudor—. Me rompí mucho cuando me enteré que no podía salvarla, y que ni siquiera me había dado la oportunidad de acompañarla en ese proceso…

— Entonces ella te amaba tanto como papi. Prefirió ahorrarte el dolor de verla enfermar día a día —Zen se quedó sin palabras. Mamoru ya estaba caminando hacia su adolescencia, y pronto empezaría a racionalizar las cosas como un mini adulto, con esa malicia tan desagradable de la gente grande, pero era evidente que ellos habían continuado con el hermoso trabajo de sus abuelitos y papás Kusama para convertirlo en este hermoso niño inocente.

Sí, mi amor. Pero me dejó completamente roto, sintiendo que no fui suficiente.

Mamoru no sabía hacer diferencias entre su amor por Zen y Takafumi. Cierto era que emocionalmente se sentía más cercano y más atraído por la extraña dulzura del hombre más serio y estricto de su pequeña familia de seis, pero Zen era ese mar de calma, risas y picardía que anhelaba luego de un día cargado de tareas o conflictos con sus compañeros. Zen era ese rey encantador que lucía como un tigre custodiando la guarida de su osito, sus dos pollitos y sus dos gatitos, solo que en lugar de usar sus zarpas para defenderse, atacaba a los enemigos con la miel que brotaba de su mirada. Zen había acunado sus primeras noches luego de aquel casi atentado a su inocencia, cuando solía tener pequeñas pesadillas. Takafumi esas noches había organizado la cama matrimonial de tal manera que Mamoru quedara en medio de los dos hombres, apachurrando a los dos gatitos con Hiyori como cómplice, mientras el cuerpo de Zen los había abarcado de alguna manera milagrosa a todos, como un enorme baobab, ocultando su tesoro en su tronco.

Por eso, escucharle decir que no era suficiente, lo confundió por completo. ¿Cómo podía pensar aquello? Takafumi, en las noches en que Zen trabajaba un poco más que él mismo, y cuando Hiyo ya dormía, le contaba todo lo que su papá había hecho por él y su hermanita. Papi quizá no era muy abierto al mostrar sus sentimientos ante las personas, con palabras cariñosas o gestos dulces, pero todas esas veces, sus ojos brillaban, sus labios se curvaban sutilmente, y sus mejillas enrojecían. Y cuando Zen entraba a la habitación, bromeando con echarlo para que lo dejara a solas con su osito, aquel amor lo llenaba de nervios y timidez, haciendo suspirar a padre e hijo.

No ser suficiente…

¿Incluso su papá podía ser así de tonto?

No logré acompañarla… No pude salvarla…

— ¿No crees que esta es una buena oportunidad para hacerlo…?

Zen volvió a sorprenderse, y aunque aun sollozaba, alzó la vista y la fijó en ese rostro aun infantil, embellecido por una sonrisa compasiva y amorosa.

— Mamá… mamá y papi creyeron que lo mejor era que no sufrieras con ellos, y te han puesto las cosas difíciles. Pero aunque a ella no pudiste ayudarle, a papi sí que puedes, ¿o es que quieres que nos deje?

— Por supuesto que no.

— Entonces, papá, ¿qué hacemos hablando de lo que ocurrió con mamá? ¿O es que no has dejado de amarla de esa manera…?

Había un rastro de temor en aquella tonada, y Zen se sorprendió al notar que la duda que Kotaro y Ken habían colocado en su mente, no enturbiaba la respuesta correcta.

Amo a mamá por ser tu mamá y la de Hiyo. A Takafumi lo amo por ser el papi de ustedes, pero aunque no debo decirlo siendo tú tan joven, nadie me enloquece la mente, el corazón y el cuerpo más que él.

Mamoru tuvo que cubrirse el rostro, avergonzado ante semejante sinceridad, y su padre recuperó la paz al comprender que la calma que estaba sintiendo era un signo de recuperación. Necesitaba que Mamoru creyera en él, pero, más importante, necesitaba confiar en sí mismo de nuevo.

— Lo amas. Y eso es lo que importa, ¿no crees? —la envidiable simpleza del razonamiento infantil.

— Nuevamente mi bebé tiene razón…

Habiendo concluido eso, te puedo permitir que sigas siendo mi papá —Zen lanzó una risa divertida, llena de gratitud y calma.

— Y yo que andaba pensando que era mejor ya no pensar en ti. Desagradecido…

— ¡Papá! —el pequeño se quejó. Pero luego, acarició el rostro de Zen a través de la pantalla, y él lo imitó—. Me dijeron, que aun si vuelvo a Japón, no podré estar con ustedes por ahora…

Tus tíos están trabajando en ello, según me han contado. Una organización mala quiso hacernos daño, es por eso que papi fue herido. Tus abuelos Kusama te van a acoger, si decides regresar.

— Hiyo me pidió cosméticos… —Zen se conmovió—. Yo… yo quiero comprarlos mañana y luego viajar —parecía que se sentía culpable por mostrar un poco de interés creciente.

— Papi nos matará si no disfrutas este viaje. Te prometo que voy a seguir trabajando en mis miedos, ahora que tú me estás ayudando a pensar con inteligencia, mi amor. Hoy descansa, debes estar con el Jet Lag encima.

— Fukui-san dijo que podía regresar a Japón cuando quisiera… Quiero comprar algunas cosas para nuestra casa, ¿está bien? —Zen asintió, sin dejar de acariciar la pantalla—. Solo dime si de verdad papi ya está estable…

— Está estable, solo que no despierta. Están cuidando muy bien de él, tenemos que orar mucho.

— ¿Lo has podido ver? —algo en la mirada baja de su papá le sugirió a Mamoru que algo estaba ocurriendo a consecuencia de sus miedos, así que prefirió no profundizar—. Papá… Yo tengo un plan, ¿quieres que te cuente…?

— . —

Henmi lo había estado mirando de muy mala gana desde que llegó a su departamento, cuando lo saludó con un "cuñado", se le tiró encima para llorarle sobre el hombro y, tras serenarse, le pidió un lugar para poder hacer una llamada en soledad. Y aunque no se consideraba chismoso, habiendo sido ya informado sobre las noticias que por poco lo matan también a él en desesperación, en cuanto escuchó el nombre Mamoru ser pronunciado por el lloroso Zen, decidió alejarse del estudio. Y ahí lo encontró Tanaka, quien también lucía ojeroso y cansado.

— ¿Alguna novedad? —Henmi lo observó sin poder ocultar su angustia, pero Tanaka negó con la cabeza—. Ya veo… Bueno, aquí sí tengo una novedad: Kirishima-san vino —claro que el mayor de ambos había notado los zapatos desconocidos; miró hacia donde se escuchaban dos voces y tras suspirar, asintió.

— No hay mayores cambios, aunque el hecho de que su salud siga estable, pese al coma inducido, es ya un milagro. Solo sé que Kirishima-san tiene prohibido acercarse a la habitación de Yokozawa-san. Eso y que, hay noticias sobre el hijo de Sumi-sensei.

— ¿Confesó? —Henmi se enderezó, ansioso.

Había sido para todo el mundo editorial y literario un verdadero shock el saber que el hijo de uno de los escritores de mayor renombre en Japón, aparentemente a causa de problemas mentales, había tejido toda una telaraña de conspiraciones en contra de Marukawa y sus trabajadores más eficientes.

— Confesó, aunque en realidad, no sé cómo tomarán su testimonio. Sumi Keiichi dio su declaración ante la comandancia en la que están Haruka-san y Vorobiov, medio riéndose, medio queriendo matar a todo el mundo, según me comentaron Daiki y Haruto. Dijo que estaba trabajando como parte del staff de marketing de una editorial canadiense, y que se mantuvo muy al tanto de los movimientos que había en Marukawa. Creo, y espero que no se sienta culpable por ello, que abusó de su amistad con Misaki-kun, quien confió en él pese a aquel incidente con Akihiko —suspiró.

— ¿Incidente?

— Intentó seducirlo —Henmi se sorprendió—. De hecho, solo sirvió para que Misaki-kun confirmara sus propios sentimientos y se uniesen más, pero aparentemente las palabras de renuncia que recibió a cambio de volver a confiar en aquel amigo eran en absoluto una falsedad. Parece que en realidad sus sentimientos hacia Akihiko nunca disminuyeron, simplemente estaban macerándose con los años…

— Qué tipo más desagradable…

— Dijo, que cuando retornó el año pasado, empezó a notar que Misaki-kun hablaba mucho sobre un tal Kirishima-san, que era el editor de Ijuuin Kyo, el autor del manga favorito de su amigo. Misaki-kun le confesó cuánto "amaba" a ese mangaka, y lo mucho que a Akihiko le hervían los celos cuando los sabía cerca el uno del otro. Keiichi sabía muy bien que aquel mangaka estaba despertando muchas de las inseguridades de Akihiko, y empezó por ello a odiar a sensei, ya que le era incomprensible que alguien que tuviese la completa atención de Akihiko, se fijara en un hombre tan patético como Ijuuin...

— Que mi autor no te escuche decir eso, por favor… —una voz lo interrumpió.

Zen estaba apoyado en el marco de la puerta del estudio, con el ceño fruncido, pero Henmi pudo notar algo de calma en su mirada.

— O bueno, mi ex autor. Perdón por interrumpirte, Tanaka-san, sigue, por favor.

— No hay problema. Como empezó a sentir odio por Ijuiin-sensei, empleó toda su inteligencia en manipular a sus superiores para buscar hundirlo. Tristemente aquella editorial suya necesitaba una movida muy grande para reflotar sus operaciones, y eludir el cierre de como mínimo su área de comics, así que les presentó un tomo de Za-Kan que Misaki-kun le había obsequiado —Zen siguió escuchando, pero se apartó de la puerta para ir a sentarse frente a ambos—. Cuando se enteró de que Akihiko se había hecho amigo de ustedes a causa de cómo marchaban las cosas en Marukawa, también te convertiste en su objetivo: Su plan era quitarle su trabajo a Ijuuin-sensei, y por ende, a ti tu reputación, con la finalidad de demostrarle a Akihiko que no eras más que un pelele que no merecía su deseo…

— ¿Su deseo? —incluso Henmi puso cara de incomprensión.

— No me jodas, ¿pensó que yo tenía algo con él? —Zen se escandalizó.

— Recuerden que hablamos de una persona con problemas…

— Es que eso no se lo creerían ni las editoras de Zaphiro. No negaré que sensei es muy apuesto e impresionante, pero entre dos alfas no nos comeríamos jamás…

— Qué buen momento para hacer ese tipo de bromas sexistas, Kirishima-san. Concuerdo con Sumi Keiichi en que debieron matarlo a usted… —Henmi habló con fastidio, cruzándose de brazos, y aunque Tanaka alzó una ceja invitándolo a controlar sus comentarios, Zen solo bajó la mirada.

— Henmi, solo estaba intentando aligerar el ambiente, no digas algo como eso, por favor. Sé que debes odiarme, pero…

— Lo que yo no sé es cómo es que puede estar aquí y no en el hospital. ¿Ya no le importa Yokozawa-san? —aquella increpación tensó aun más a el ambiente—. ¿Tan pronto dejó de quererlo, solo porque estaba enfermo y protegió a su hija de una muerte segura? Aun no he logrado atar todos los cabos sueltos, pero sí que escuché las idioteces que gritó aquella noche, porque, claro, ¿quién le faltaría una promesa al gran Kirishima, no? ¡Solo un ser inferior como Yokozawa Takafumi! —el joven habló sin filtros ni piedad algunas, aumentando la vergüenza de su víctima.

Tanaka se sentía muy incómodo ante aquella situación, pero comprendía lo ofendido que estaba Henmi. Quizá no sabía todo lo que su prometido era en la vida de Yokozawa, pero entendía muy bien que el cariño que le tenía era inmenso.

— No puedo competir con tu devoción, es cierto, al menos no en este momento, Henmi. Pero si Mamoru me ha dado un voto de confianza, ¿puedes otorgármelo también tú? Yokozawa es tu hermano, y lo sabes… Él te lo confirmó desde su corazón aquella noche en el hospital, luego del terremoto —Henmi abrió los ojos con sorpresa, y algo en la expresión de Zen le indicó que no estaba hablando de manera figurativa. Pero, como ya sospechaba el castaño, asintió suavemente, en un gesto que hizo evidente que aun Tanaka no estaba enterado de su origen, dejando ver que toda la molestia se había disipado, al menos por el momento—. Estoy seguro de que él te pediría que me ayudes, aunque pienses que soy una mierda como pareja, y aun más como prometido.

Henmi mantuvo fija su mirada en él, y aunque el jovencito destilaba sencillez, dulzura y humildad por todos sus costados, algo de aquella firmeza tan característica en Kotaro y Takafumi se filtró en sus ojos, haciendo evidente el vínculo de sangre.

— ¿Qué necesita de mí? En estos días prácticamente todos en Ventas estaremos buscando todas las pruebas que puedan incriminar a esa compañía y a esos sujetos.

— No es algo que vaya a interferir en tus obligaciones, Takafumi me mataría si te hago faltar a ellas. Es solo que, Kotaro-sama me ha otorgado un tiempo para pensar las cosas manteniendo una distancia obligada. No puedo acercarme a Takafumi hasta tener mi cabeza clara y sin bloqueos que, créeme, me joden a mí en primer lugar… Esto ha removido cosas que para todos son ridículas, pero, tristemente, son reales, Henmi, y van más allá de si Takafumi debía o no decirme si algo malo pasaba. Estoy siendo empujado nuevamente a una etapa depresiva que solo mis padres me conocen, y mi estabilidad mental es algo que no existe en este instante. Sé que piensas que el joven Sumi es un loco peligroso, pero, hay otro tipo de locuras que son mas bien autodestructivas…

Tanaka escuchaba con atención, y supo de lo que hablaba el más joven. Después de todo, él había pasado por dos pérdidas, y tenía que aceptar que suicidarse había sido una imagen mucho más placentera que el vivir sus siguientes años en soledad, cuando la desgracia apenas había pasado. No sabía si la depresión de Kirishima había llegado a ese nivel cuando perdió a su esposa, pero estaba claro que luchaba en esos momentos con una amenaza incluso más fuerte que la propia anemia de su prometido, porque estaba viviendo una nueva ocasión de fracaso.

— Aunque esté molesto con esos pensamientos, sabe que cuenta conmigo. Siempre… —el enojo de Henmi bajó completamente, sabiendo muy bien que Takafumi habría rogado porque no dejaran que su amor se hundiese en la miseria—. Imagino los pensamientos que andan pululando, pero solo le pido que recuerde que ya está estable. Durmiendo aun, justamente para que recupere sus fuerzas, pero ya pasó lo más terrible.

— En mis ojos no. Esa noche, vi a Sakura en él… —era algo que no le había dicho ni a su padre, y Henmi comprendió con mayor fuerza la reacción involuntaria, sintiendo un nudo en la garganta—. Yo… Tengo tan tatuada esa imagen desde aquella vez, que ver a Takafumi así… Dios, fue como ver el cadáver de…

— Aleje esas imágenes de su mente, en este momento es el prometido de Yokozawa Takafumi, aférrese a esa realidad —Tanaka le pasó un brazo por los hombros, al verlo palidecer. Y él poco a poco, empezó a calmarse, y asintió—. Henmi y yo le ayudaremos en todo lo que necesite, solo díganos qué hacer.

— Pues… Considerando que el lanzamiento de aquel libro se ha cancelado, imagino, quisiera ir a Marukawa. Asumo que ya todos están enterados, pero quiero pedir que por favor sigan donando sangre. Quizá Takafumi necesitará más… —ambos sabían que ya casi todos habían ido a donar, apenas se enteraron de la desgracia, pero prefirieron callar—. Quizá, Isaka-san necesite mi ayuda con Ijuuin, no quiero que me paguen un sueldo, solo quiero…

— Lo llevaré a hablar con él y con Danna-sama. También pienso que lo mejor será que se mantenga ocupado —Zen asintió, agradecido.

— Henmi… —su atención nuevamente se centró en el joven, quien lo miraba con compasión—. Mamu y sus asistentas sociales, han ideado un plan para que él acompañe a Takafumi todos los días, pero yo no tengo cabeza para identificar un plan telefónico apropiado, ni el permiso para dejar el nuevo teléfono en su habitación, ¿podrías ayudarme?

— ¿Mamoru-kun no podrá venir? —aquello sorprendió ingratamente a Henmi.

— Si se mantiene cerca a nosotros con todo y la investigación de conspiración en marcha, dicen que podría ser visto como un acto de negligencia. Hasta que el destino de ese chico se defina, hasta que la editorial aquella aclare que yo no era el objetivo real de sus planes, siendo ellos una persona jurídica y yo simplemente un hombre, no puedo exponer a nuestro hijo. Aun si viene, no podremos tenerlo.

— Creo entender, y sé que será momentáneo —al escuchar a Tanaka, Henmi entendió que luego le sería explicado el motivo—. Descuide, Haruhiko-sama es quien mejor conoce de temas tecnológicos, y hace mucho que está en buenos términos con Akihiko. Le escribiré para que nos apoye en elegir la mejor opción, y Henmi y yo hablaremos con su suegro, no se preocupe.

— Muchas gracias. No importa cuánto haya que gastar, por favor, dígale a Haruhiko-sama que yo le devolveré todo lo que invierta, y pagaré la cuenta mes a mes…

Henmi nunca había visto en tal deplorable estado al que sabía era su cuñado con todas las de la Ley. Y le preocupó mucho imaginar siquiera cómo seguiría estando si su hermano de sangre no despertaba pronto, para solucionar las cosas de manera favorable entre ellos y la familia.

Aun no lo comprendía del todo, muy probablemente debido a su juventud, por la manera en que Tanaka-san, aquella noche, había sido una de las personas que no le gritó ni intentó golpearlo, pese a las barbaridades que había gritado. Tanaka-san simplemente le había aconsejado a Henmi no meterse en aquella terrible situación, argumentando que lo mejor era no echar más leña al fuego. Y entonces recordó al fin, cuando su novio le ofreció a su cuñado una muda nueva de ropa para ir en ese mismo momento a Marukawa, que Tanaka estaba viéndose reflejado en aquel hombre.

Y rogó a los Cielos porque aquella tristeza inconsolable no volviese a alcanzar las cicatrices de su amor que habían cerrado en la soledad de aquel tiempo.

— . —

Ryuuichirou lo había abrazado muy fuerte, y aunque Zen era mucho más alto, logró encontrar calidez en aquel hombre que era ahora su amigo. Kaoru había traído tres sillas más a la oficina compartida, y entonces, Tanaka volvió a contarles a todos la historia de Sumi Keiichi y las razones irracionales que los habían llevado a aquella desgracia, por un amor no correspondido.

— Puede que esté loco, pero… Si yo…

— Basta de auto flagelaciones, al menos por hoy —Isaka colocó ambas manos en sus hombros, y Zen asintió—. Bien, esto es algo que jamás habríamos imaginado, ni siquiera su propio padre pudo vislumbrar cuán podrida estaba su mente. No es tu culpa, ni la de Akihiko y menos la de Chibi-tan. Quienes, por cierto, aun no están enterados de esta situación, ¿verdad?

— Mamu no me comentó nada, solo sabe que un señor malo de una compañía mala disparó e hirió a papi —Kirishima se jaló los cabellos.

— Ok, no pienses en ello, ya me encargaré yo de decirles las cosas en su momento —miró a Kaoru y su prometido asintió, disculpándose antes de salir de la oficina—. Lo he enviado a llamar a papá. Yo no tengo problema alguno en que te reintegres a Marukawa, pero dudo que mis tíos estén conformes.

— No es tanto un retorno, te dije que tendrías que pedirme de rodillas el volver, y más a Takafumi. Es solo que…

— Vaya. El digno está de regreso…

Kirishima solo había escuchado una vez aquella voz, y sinceramente, en ese momento, se arrepintió de no haber mantenido la mente lo suficientemente tranquila como para no exponerse a una potencial humillación de parte de ese jumento. Pero en ese instante, nada le importaba. En verdad, no le importaba nada.

— Qué rápido te duró el orgullo…

— Danna-sama, le pido recuerde que habla de Kirishima-san, una de las víctimas directas de esta situación legal —las palabras de Kaoru frenaron cualquier palabra adicional llena de mala intención.

Isaka padre lo miró con una expresión despectiva, y sin respeto alguno, se sentó en la silla que minutos antes la pareja de su hijo había estado ocupando.

— Sin duda alguna, víctima y victimario. Las personas se ganan a pulso los malos deseos de quienes les gañan, ¿no es eso lo que ha ocurrido aquí? Tengo entendido que sus actitudes fueron confundidas con un interés sexual hacia Usami-sensei, ¿es eso sano? —Ryuuichi apretó los puños con indignación. No podía creer que su padre tuviese una piel tan gruesa como para comentar algo tan fuera de lugar.

— ¿Quiere decir con ello que Usami-sensei y yo también somos enfermos? Acláremelo, porque estaré gustoso de irme a Dahari Shoten esta vez. Kirishima y su esposo me han protegido más que su propio apellido, Isaka-sama. Solo me he quedado por consideración a su hijo.

Zen había estado escuchando todo aquel discurso ofensivo con la cabeza gacha, los ojos llenos de lágrimas, y la impotencia vencida por la culpabilidad… Pero al oír aquella voz que conocía desde mucho antes, aquella voz que había pronunciado en su oportunidad palabras de apoyo y aliento cuando perdió a Sakura, toda la avalancha de emociones se le vino nuevamente de golpe a la garganta.

— Kyo… —alzó la vista hacia su amigo, quien claramente estaba en una de aquellas etapas de galán de cine, y suplicó con la mirada—. Kyo…

— No digas nada. Ven aquí —el mangaka lo encerró en un abrazo y él descargó todo el llanto acumulado aun en su pecho sobre aquel hombro ofrecido.

— Increíble, ¿también intentó seducir a Ijuuin-sen…? —un golpe fuerte en el escritorio más cercano calló la voz del Presidente, quien miró con asombro y temor el semblante furioso de su hijo.

— Que te atrevas a cuestionar mis sentimientos siendo un hombre casi en mis cuarenta te lo he respetado, por el enorme cariño que te tiene Kaoru. Pero te recuerdo que aunque hayas creado esta compañía, me delegaste la Presidencia como castigo por mi homosexualidad, y además, soy el Director. Por lo tanto, el personal, los autores, y sus familias, están a mi cargo.

— Ryuuichi…

— Vete de mi oficina, perdiste el derecho de decidir en el momento en que priorizaste el qué dirán sobre las palabras de uno de mis mejores editores y me permitiste ser injusto con el mejor de mis trabajadores…

— Ryuuichi, piensa bien lo que estás diciendo, yo aun… —pero ciertamente, su hijo no le hizo caso.

— Esta familia está atravesando una desgracia porque se expusieron por protegernos, ¿Y TIENES LOS HUEVOS PARA BURLARTE DE SU DOLOR Y MENOSPRECIAR SUS SENTIMIENTOS?

— ¡Ryuuichirou-sama…!

— ¡Cállate, Kaoru! ¡Ya tuve suficiente!

No era el mejor momento para algo como aquello, pero el impulsivo Isaka-san lo atrajo por la corbata y lo besó, con la intensidad del primero de sus besos, provocando un shock en su padre, quien hasta ese momento solo se había intentado hacer a la idea de que jamás tendría nietos.

Ocultando a Zen contra su cuerpo, Ijuuin sonrió con tristeza ante aquella escena, y el llanto ahora sereno de su editor.

Todo era tan similar a aquella vez…

…solo que ahora, nadie enterraría al amor de su mejor amigo.