¡Hola a todos! Hace miles de años que no publico absolutamente nada aquí en mi primer hogar, Fanfiction, pero desde la última vez que decidí publicar algo muchas cosas han pasado. Incluso decidí mudarme a Wattpad por motivos de libre escritura, ya que decidí empezar un proyecto original. Sin embargo, este sitio siempre tendrá un lugar muy importante en mi corazón porque aquí aprendí a escribir y encontré historias llenas de magia.

Sin más, quiero presentarles este crossover que me viene a la mente, un pequeño One-Shot.

Desde hace algún tiempo tengo una extraña atracción por una súper pareja crack, Kagome Higurashi x Tomoe (si el mismo Tomoe de Kamisama Hajimemashita) ya que en Wattpad ha tenido buena aceptación mi pairing, quiero compartirles este pequeño escrito.

Nos leemos pronto.

Desclaimer: Los personajes de InuYasha y Kamisama Hajimemashita, pertenecen a Rumiko Takahashi y Julieta Suzuki respectivamente.

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LA LAGUNA DE LAS LUCIÉRNAGAS

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Kagome no sabía cuantas veces había llorado cuando InuYasha decidía marcharse en medio de la oscuridad para encontrarse con Kikyo. Había perdido la cuenta de las lágrimas que derramaba, a esas alturas se veía tan lejana la primera vez que lloró al darse cuenta que los sentimientos del hanyou seguían siendo tan fervientes por su antecesora como la primera vez.

Incluso había perdido la cuenta de todas las veces que Sango, Miroku y Shippo la miraban con lástima debido a ese triángulo amoroso.

Esa vez tampoco había sido la excepción.

Había encontrado a InuYasha abrazando fuertemente a Kikyo mientras le susurraba dulces palabras al oído. ¿Le dolía? ¡Por supuesto! E incluso llegó a pensar que era masoquista al acudir a esas citas en completa clandestinidad, los miraba unir sus bocas repetidas veces mientras la luz que desprendían las almas de aquellas mujeres en pena iluminaba a la pareja, rodeados de las serpientes cazadoras.

Siempre era igual…

Muchas veces se había regañado internamente, quería obligarse a dejar de ver al peliplata como el hombre que ella amaba, pero vaya que era difícil. Incluso quiso dirigir sus sentimientos hacia el joven hombre lobo, Koga, pero no podía verlo como veía a InuYasha. Simplemente no podía y eso dolía demasiado… a veces tenía la imperiosa necesidad de regresar a su época y jamás volver al Sengoku.

Otras veces sus sentimientos se hallaban tan tranquilos que olvidaba la desdicha de su corazón.

—Eres tan patética, Kagome—se dijo con una voz tan nasal mientras se levantaba del húmedo césped de aquel bosque. Intentando no ser detectada por ninguno de aquellos dos, en primera porque no tendría cara para mirar a InuYasha y segunda porque aunque Kikyo no mostraba emoción alguna, sabía que por dentro esa mujer se regocijaba de saber que el hanyou siempre la preferiría.

Estaba más claro que el agua que InuYasha estaba perdidamente de la sacerdotisa Kikyo, y ella una joven estudiante de secundaria jamás podría cambiarlo.

Así que salió de ese pequeño claro en dirección al campamento.

Se metería en su bolsa de dormir sin mirar a nadie para no recibir la compasión de sus amigos, no lo soportaría. Pero antes pasaría a la pequeña laguna que estaba por allí, la había visto justo cuando intentaba seguir a InuYasha, esperaba fervientemente que el agua helada le aclarara un poco su maltrecho corazón y de paso eliminar el aroma salino de sus lágrimas o el hanyou las detectaría inmediatamente.

Quería evitar malos momentos.

No quería que tampoco InuYasha la mirara con culpa por no poder corresponder a sus sentimientos como ella quería.

Arrastrando los pies, caminó sin percatarse de nada, no había monstruos en ese lugar porque el campo espiritual que Kikyo había levantado a su alrededor era bastante grande, tanto que incluso la laguna se veía rodeada de la energía de la mujer.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Kagome dejó que todos sus sentimientos afloraran dolorosamente, las lágrimas empañaron sus ojos azules y empezó a correr mientras lloraba amargamente. Era como revivir una y otra vez todos los momentos dolorosos en ese lugar, varios recuerdos de InuYasha y Kikyo juntos la golpeaban con fuerza mientras ella no dejaba de correr.

» No quiero seguir sufriendo más… ya no… ¡Ya no puedo más! «

Al ir corriendo sin fijarse en el camino, no se dio cuenta que había llegado al amplio claro de aquella laguna llena de luciérnagas iluminando el lugar. Cuando quiso parar era demasiado tarde pues sus tobillos se doblaron justo frente al agua.

No hubo testigo alguno de como Kagome caía pesadamente en la laguna. Solo la mirada curiosa de algunos animales nocturnos y los grillos del lugar.

La chica sentía el agua como filosas agujas clavándose en su dolorido ser, estaba tan helada que aquel chapuzón se sintió tan adormecedor. E incluso mientras lloraba bajo el agua, pensó que sus lágrimas podrían congelarse, estuvo allí mientras en su mente se reproducía el cariñoso beso que InuYasha le daba a Kikyo minutos atrás. ¿Por qué dolía tanto el amor?

Cuando sus pulmones parecían querer estallar, emergió a la superficie, sintiendo el frío dominarla. ¿Se iba a morir por hipotermia? Quiso sonreír con lástima de sí misma al imaginar que su muerte iba a ser incluso tan patética como ella, seguramente los chicos la encontrarían con la piel azulina y los labios morados por el frío que la adormeció hasta no haber retorno. Quizás sería lo mejor para dejar de sentir tanto dolor, sin hacer nada por salir de la helada agua, se acostó sobre la superficie y miró a todas las luciérnagas que revoloteaban tranquilas, después sintió que el agua adormecía cada una de sus extremidades.

Estaba segura que se avecinaba el final…

Una lágrima escurridiza salió de sus ojos y se mezcló con el agua dónde Kagome pretendía morir, hasta que no supo absolutamente nada más, solo el reconfortante abrazo de la muerte cercana.

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¿Dónde estaba? ¿Así se sentía la muerte? Debía admitir que, si estaba muerta, era bastante cómodo, reconfortante y… ¿calientito? Aquella sensación la hizo abrir lentamente los ojos, al principio le costó un poco de trabajo al recibir la luz de lleno en sus ojos y se sorprendió no solo de sentir el calor que desprendía una fogata frente de ella, sino la extremada suavidad en su espalda.

Cuando se dio cuenta quiso salir corriendo y gritar lo más fuerte que pudiera.

Definitivamente la muerte que estaba experimentando no era nada agradable.

—Por fin despiertas… —el terror inicial que sintió se hizo más grande cuando escuchó la profunda voz de aquel ser que la mantenía entre sus brazos, dándole calor—. Pensé que ibas a morir.

Kagome no supo como reaccionar. ¿Qué estaba pasando? ¿Ese ser acababa de decirle que iba a morir? Eso solo explicaba esa cómoda y cálida sensación que seguía experimentando. Estaba con vida.

Quería hablar y cuestionar a ese hombre.

Por un momento pensó que sería Sesshomaru por la larga cabellera plateada, pero enmudeció cuando vio sobre la cabeza de este dos puntiagudas orejas peludas, como las de InuYasha. Entonces su corazón volvió a despedazarse lentamente y las lágrimas se agolparon en sus tristones ojos azules.

Solo atinó a preguntar dolorosamente al sentir un nudo en la garganta cargado de angustia—. ¿Quién eres tú?

—Es de mala educación preguntar eso antes de haberse presentado—dijo el demonio con esa voz tan profunda que le provocó a la chica un pequeño estremecimiento que no logró alejar aquella angustia de su interior, después emitió una pequeña risa—. Mi nombre es Tomoe, soy un kitsune y te encontré en esa laguna a punto de morir, yo te saqué y te traje a esta cueva.

La miko no supo que decir, no sabía si agradecerle al tal Tomoe por haberla salvado o reprocharle por no haberla dejado morir.

—Tuve que cubrirte con mi cuerpo—dijo este con total naturalidad—. Tu temperatura corporal era demasiado baja y el fuego no es lo suficientemente rápido para regresarte a la normalidad. ¿O es que estabas buscando morir?

Kagome no contestó, solo se estremeció ante aquella pregunta, era tan patética que ni su intento de suicidio había funcionado y el que ese youkai le estuviera preguntando aquello solo demostraba lo débil que resultaba e inútil. Sin darse cuenta solo pudo acurrucarse más entre los brazos de Tomoe con tristeza, lamentándose de una situación en la que ella sola se había metido desde un principio.

—Gracias—fue lo único que pudo decir. Su garganta se hallaba tan reseca que le costó hablar, incluso su voz sonó levemente más grave de lo normal.

—Todavía no me has dicho como te llamas, humana.

Aquel apelativo no le gustó para nada a Kagome, ella odiaba que los demonios allí se refirieran de esa manera, tenía un nombre, uno que su madre se había esforzado en asignarle. Pero no podía reprochar ya que Tomoe había preguntado inicialmente.

—Soy Kagome…

—Bien Kagome, cuando hayas recuperado tu temperatura puedes marcharte.

Ninguno de los dos volvió a hablar por un buen rato, la chica hasta ese momento no había visto el rostro del kitsune pues al estar recargada de espaldas sobre su pecho le dificultaba la vista, lo único que si pudo ver habían sido sus orejas, sus ojos se clavaron en las finas manos opalinas con largas garras.

Se parecía tanto a InuYasha y dolía recordarlo.

Ella quería alejar de su pensamiento al hanyou o terminaría llorando nuevamente, aquel youkai le recordaba tanto a este y una imperiosa necesidad por salir corriendo la dominaba, más no se movía ni un centímetro, su cuerpo estaba tan necesitado de calor que aquel contacto la mantenía en un sopor.

—¿Por qué? —cuestionó ella removiéndose un poco de aquel abrazo tan cálido, quería mirar al demonio que la había salvado. En esos momentos su mente estaba tan obnubilada que su sentido del peligro ni siquiera estaba en alerta, no llegó a pensar que ese ser quisiera comérsela, de todas formas, no le hubiera importado—. ¿Por qué me salvaste? —volvió a preguntar, remojándose los labios.

—Pasaba por aquí—fue lo único que Tomoe dijo encogiéndose de hombros—. No suelo salvar humanos, pero algo me llamó hacia aquella laguna y te vi flotando, pensé en dejarte allí y seguir mi camino. Pero una voz en mi cabeza me dijo que te salvara y veme aquí, abrazando a una mujer humana que no conozco—emitió una pequeña sonrisa seca, aprovechó que la chica se removió para poder girarla y mirarla directamente a la cara.

Cuando ambos se miraron un cosquilleo los molestó en el estómago.

Kagome pestañeó sin dejar de mirarle, el rostro de ese youkai era tan bello, cada una de las facciones eran tan finas. Su nariz era respingada y aquellos ojos lilas tenían unas abundantes pestañas rizadas naturalmente, la boca era pequeña y tenía ese toque elegante que la hizo vibrar sin saber por qué.

Si al principio pensó que Tomoe se parecía a InuYasha había estado muy equivocada, pues el kitsune era totalmente diferente, podía sentir su youki poderoso a través de los poros de su piel.

Para el youkai fue algo similar cuando pudo apreciar bien a la chica, cuando la sacó del agua tenía facciones totalmente diferentes. Se vio sumergido en ese par de ojos tristones de un precioso azul, tan intenso como el mar, aquellas mejillas habían recobrado su color natural e incluso su nariz se le hizo perfecta, esa humana era tan diferente al resto. Había visto muchas e incluso había matado demasiadas, ninguna como esta, además sus ojos pasearon por sus largas piernas pues Kagome vestía extrañas ropas que resultaban llamativas, aunque fuera un youkai, seguía siendo hombre.

—Hubieras dejado que yo muriera—soltó desmoronándose, tuvo que desviar la mirada en otra dirección para que Tomoe no la viera llorar.

No lo conocía y se sentía tan patética por llorar frente a un desconocido.

—Pude haberlo hecho—dijo sin sentirse ofendido por el comentario de la chica—. Pero algo solo me dijo que te sacara del agua, es todo—se levantó del duro suelo sin mirar a la mujer.

Kagome se vio un momento intimidada por el youkai cuando vio lo alto que era, su larga cabellera era incluso más larga que la de InuYasha y aquella cola llamó su atención.

—Debo marcharme—fue lo que la chica dijo, había sido tanta su impresión al ver el rostro de Tomoe que no se dio cuenta que aquella calidez tan profunda desapareció cuando rompieron el abrazo, tampoco se había dado cuenta que su interior vibró regocijado ante el kitsune.

—Nos volveremos a ver… —dijo el kitsune sin mirarla, comenzó saliendo de la cueva mientras la chica lo seguía a poca distancia, le echó una última mirada a esa fogata y luego se dio cuenta que la noche aun no terminaba. Todavía estaba en el claro de esa laguna donde pretendía quitarse la vida.

—Supongo que sí—dijo ella sintiendo esa desazón en su pecho, porque la amarga realidad volvía a golpearla con dureza—. Un gusto conocerte… Tomoe.

—Lo mismo pienso—el kitsune girándose para mirarla una vez más y ser preso de aquel cosquilleo tan agradable—. En ese momento tú serás completamente mía… Kagome.

Ella ya no escuchó aquellas palabras, pues el caminar de Tomo era tan etéreo que parecía que volaba, la chica sonrió mientras veía como su cabellera se ondeaba alejándose poco a poco. Sin saber porque un pequeño sonrojo apareció en sus mejillas.

Albergando un sentimiento agradable en su interior, llevó sus manos a la altura de su pecho sin poder dejar de sonreír al recordar al youkai que alguna vez le salvó la vida.

—¿Uh?—se preguntó cuando sintió la calidez de los fragmentos de la perla de Shikón que llevaba consigo, al sacarlos del interior de su blusa los vio brillar ávidamente en un tono liliáceo, ignorando que la creadora de la joya y los dioses habían acudido al llamado de su destrozado corazón—. Qué extraño… están totalmente purificados.

Sin cuestionarse más, se encogió de hombros mientras decidía que era momento de regresar con los demás.

Lo que ninguno de los dos supo es que una chiquilla de cabellos castaños había contemplado aquella escena con lágrimas en los ojos, sin comprender como aquella chica de azabaches cabellos estaba en esa época. No sabía que ese pequeño encuentro con esa chica había roto sin querer su destino al lado del guardián del Templo Mikage.

The End.