El ser humano es un ser lleno de ideales, de imaginación y de deseos que añoran cumplir, importe o no su situación actual, al fin y al cabo, la humildad y la pobreza económica existía, y más en la escena vista en un viejo bar de mala muerte a las afueras de la ciudad.

El lugar donde se encontraban no era mínimamente decente, era Londres del año 1900, el inicio de un nuevo siglo, más el cambio solo era relativo, puesto que la clase marginal no había cambiado en absoluto.

Se encontraban tres amigos en la barra, con una distancia bastante corta entre ellos sintiendo la madera pringosa y sudorosa de esta, como si tuviera una capa grasosa natural que naciera de la dureza del material ya desgastado por los años. El olor a tabaco barato que nublaba el ambiente y el bullicio de la zona eran aún más visibles estando en la posición tan central dónde se encontraban en aquel bar. Para cualquiera que entrara a este cuchitril, llegaba a ser un ambiente terriblemente pesado, incluso para aquellos que mantienen la no tan sana costumbre de estar allí, tal como los clásicos borrachos que dormían entre las mesas y eran retirados al amanecer, esto sumado a las lluvias del invierno londinense que no daban tregua alguna.

Estos vivían en un hostal barato que a duras penas lograban pagar, de colores realmente sombríos y antipáticos, puesto que la situación económica de ellos era paupérrima, no tenían más dinero que para pagar sus cuentas, comer algo y malgastarlo en al menos una botella de whisky por todos que podían tomar "cada dos semanas, si el tiempo y el dinero nos permite, queridos hermanos", como decía uno de los inquilinos, quien tenía la fama de ser un simple galán conquistador.

Aquellos tres hombres tenían personalidades distintas pero complementarias entre sí. El mayor del grupo y según su persona "el más asombroso líder de la pandilla" Gilbert Beilschmidt, este tenía 27 años de edad, nacido en Alemania, rechazado por muchos por su albinismo, destacable por su cabello despeinado y totalmente blanquecino, defecto genético totalmente ignorado por aquel par de amigos que se tenían uno al otro desde hacía bastantes años, puesto que había sido dejado en el mismo orfanato en el que conoció a los otros dos, al final los únicos que deben ser considerados amigos son aquellos que hasta en las mayores desgracias te acompañen. Saltaba a simple vista su actitud orgullosa y presumida que resaltaba muchísimo más que sus cabellos, su excesivamente blanca piel y sus ojos tan rojos como la sangre misma, adornados con lentes debido a la mala vista dada por la enfermedad, se le veía apenas en días soleados, era tan nocturno como sus compañeros que lo acompañaban siempre.

El "hermano" del medio en aquella desventura era un francés, de elegantes ademanes y conquista inmediata, su nombre es Francis Bonnefoy, de 26 años, había nacido en Francia, curiosamente aunque nacido en el "país del amor", haber sido abandonado por sus padres nunca fue prueba de ello, este hombre destaca por sus cabellos excesivamente rubios que le llegaban a los hombros, recogidos con un lazo, gustaba más de esto que tener todo su cabello en su rostro, su barba era apenas notoria en el mentón y tenía unos intensos ojos azules. Él fuera de que su poco dinero era malgastado por el ya mencionado alcohol, el mal hábito del cigarrillo era el "derrochador" más importante entre sus gastos, incluso en aquel momento con sus amigos tenía en sus labios un cigarrillo a medio fumar que se confundía con el ambiente ya pesado del lugar. Este hombre era conocido por conquistar a toda bella dama que aceptara su galanteo, ignorado en su mayoría por no tener nada en sus bolsillos más que polvo, una caja de cigarrillos y un encendedor viejo que nunca lo desamparaba.

El menor del grupo nada más ni nada menos que un español, Antonio Fernández Carriedo, nacido en Madrid y llevado al mismo destino de sus acompañantes ya un poco mayor debido a la pérdida de sus padres a los 12 años, encontrando su hogar entre los dos extranjeros a quienes terminaría llamando "hermanos". Este hombre de tez más morena mantenía casi que una eterna sonrisa, sus ojos eran verdes, tanto que incluso brillaban, era de cabello castaño y corto. Este no tenía mayores pretensiones, no era ni tan orgulloso como Gilbert, ni tan galán como Francis, era lo que se decía un enamorado soñador, buscaba más enamorar a la que sería la mujer de su vida, un ideal por el que incluso algunas risas iban y venían por parte de sus acompañantes con ideas más materiales.

Mucho tiempo llevaban sentados en aquel lugar, era realmente cercano a dónde dormían, pensando en cómo solucionar sus penas, más el español, sin dar una idea clara, suelta una pregunta al aire a sus acompañantes.

— ¿Ustedes qué harían si tuvieran un traje elegante?, solo piensen, el traje más elegante que puedan imaginarse. —

Antonio sonaba como un soñador, tal como lo era, con aquella pregunta, más sus compañeros respondieron.

— Pues yo lo alardeaba, ¡mostraría quién es el más asombroso del mundo!, saldría a las calles a mostrarlo, todos alaban a mi persona y además lograría por mi elegante apariencia ser rico, después de todo necesitamos dinero. — Gilbert tenía bastante claro aquel ideal, la atención que quiere recibir, sumado a la necesidad que vivían nublaban incluso su mente, imaginaba dicha escena victorioso.

— Está claro lo que quiero yo, obviamente lograría conquistar a toda aquella mujer que se me cruce, enviaría a cada una, rosas, les dedicaría los más exquisitos poemas y desearía que todas por mi cayeran a mis pies. —

El francés terminó su cigarrillo antes de pronunciar aquellas palabras, dando un apasionado discurso sobre su ideal de conquista, incluso actuando un poco, más al terminar, la curiosidad le mataba y terminó por preguntarle él al español sobre lo que haría, manteniendo un afrancesado y sutil acento al hablar.

— Ahora cuéntanos tú mon ami Antonio, ilumínanos con tu sabiduría, ¿qué harías si usaras ese supuesto traje elegante? —

El español antes de dar la palabra soltó una suave risa.

— Mis gustos no son la gran cosa, ojalá no tuviera que valerme de mi físico, pero ya veréis vosotros qué destino nos dejó el mundo que hace que tengamos que pensar esas cosas, si tuviera un traje buscaría el amor de mi vida, así sin más. —

Soltó simplemente, ni joyas, ni mujeres, ni siquiera ego, simplemente buscar enamorarse.

Aquel par de amigos miraban al español de la manera más incrédula posible y volvieron a reírse en su cara, ideal ilógico para ellos, valioso para otros.

— Sabes que soñar con eso no vale de nada Antonio, nunca con esta situación conseguiremos dinero ni para un traje medianamente decente. —

Mencionó de manera realista el alemán, quien cerraría momentáneamente el tema sin mucha fe, a pesar de sus inmensas ganas de sentir el balsámico cosquilleo al ego que tanto le encantaba.

Normalmente cualquier persona que escuchara aquella conversación la pasaría por alto totalmente, puesto que no había algo menos inspirador que ver a 3 hombres arruinados hablar sobre un supuesto traje que no podrían costear, ni siquiera con Francis dejando su mal hábito y su encendedor. Más siempre está el hombre curioso que escuchaba la conversación con la mayor atención del mundo, justamente el dueño del local. Se alzó suavemente entre las voces indistintas de los presentes, una voz que, a pesar de ser monótona, se sentía en la sala un eco misterioso, incluso indiscreto.

— Escuché que ustedes, unos pobres idiotas quieren conseguir un traje, ¡es verdad!, ni siquiera tienen dónde caerse muertos… — Dichas palabras eran severas incluso, aquel hombre sintió como aquellos tres desgraciados clientes rodaban la mirada a otro lado, como ignorando aquel insulto a su situación.

— ¿Sabían que los mejores trajes son conseguidos en el cementerio?, por supuesto, solo los más valientes, o los más estúpidos, conseguirían saquear un muerto solo para conseguir un tonto traje. Solo un demente descerebrado que no tuviera dinero ni miedo a la muerte lo haría. —

Luego de explicar dicha hazaña, el más pálido del grupo muestra incredulidad ante aquella idea.

— ¡Tonterías! yo nunca he visto como saquean cuerpos solo para conseguir trajes, y siendo tan asombroso, yo nunca iría allí para… —

A media frase fue cortado por el español, quien había estado escuchando con mayor atención al dueño del local que los alegatos de su compañero.

— ¿Cómo sabéis eso?, ¿alguien os lo contó? —

Inquirió a quien había contado dicho dato, resultando la respuesta a todas sus dudas.

— Hablen con el vigilante del lugar, él los puede guiar mejor que yo en cuanto a eso, ¿acaso me ven cara de enciclopedia?, yo solo vivo de rumores y de las malas lenguas que abundan en este pueblo, hagan lo que les plazca. —

Al terminar de hablar, se dio la vuelta, volviendo a su humilde trabajo de atender y ser como un búho, de pocas palabras, pero gran oído para esa clase de detalles.

La curiosidad mató al gato y la idea sonaba cada vez más atrayente, incluso para los menos atrevidos.

— Antonio, ¿estás seguro de que quieres seguir esa idea? —

Preguntaba el rubio con aún más preocupación de lo normal, más sabía que el español tenía una confianza inmensa ante esta clase de situaciones, aunque esto era arriesgado, ¿en serio sería un buen plan hacer lo que estaban pensando?

— Vamos Fran, ¡es la oportunidad de nuestras vidas!, ¡podremos cumplir nuestros sueños con un traje! —

El español intentaba animar al grupo con solo esa mera idea, aunque era arriesgada.

— Yo digo que es de necios hacer esto, aunque… ¿seguro que si lo conseguimos podemos usarlo todos y lograr lo que queremos? —

El diablo metió la cola, incluso el más incrédulo logró ser convencido.

— Bueno, creo que intentarlo no cuesta nada… —

Se rascó el cuello el francés mirando al albino antes de tornar la mirada al español.

— Mañana mismo iremos todos al cementerio local y preguntaremos, la situación es algo desesperada, pero, es mejor eso a gastar una gran cantidad de dinero de manera innecesaria. —

La conclusión era clara, los tres hombres irían al día siguiente al cementerio, solo para calmar aquellas dudas sobre si el mundo de los muertos dejaría a disposición un obsequio material al mundo de los vivos y si el vigilante podría ser alguna clase de cómplice en tal inmoral acto que pretendían hacer como era el saqueo.

El primer y obvio paso era ir hacia el sujeto y hacerle la gran pregunta, más nadie dijo que dar dicho paso fuera sencillo. El hombre en cuestión era en definitiva más que peculiar, lo bastante como para sorprenderse de que tuviera un trabajo como ese. El susodicho se negaba a usar un uniforme, pareciendo más una clase de uniformado militar rojo con un inmenso saco que hacía juego con su pantalón, usaba una clásica camisa blanca de mangas largas bajo aquel gran saco, sus manos estaban igual ocultas bajo unos guantes negros y además usaba un sombrero del tipo bombín de un monótono tono negro, muy a juego con su corbata negra. aquel hombre se veía bastante jovial con todos los presentes, su cabello levemente largo era castaño y su mirada oscura, era bastante común muy a pesar de parecer un vampiro por sus levemente grandes colmillos, más aquello eran rumores inciertos, de los que bien sabían inventar en un pueblo tan chico.

El primero en acercarse fue el que tuvo tan maravillosa idea, el español.

— Disculpe, ¿es usted el vigilante del lugar? — preguntó cortésmente al vigilante, quien se levantó de su asiento, acomodándose su sombrero.

— Háblame sin formalidades amigo, ese soy yo, ¿necesitabas algo? —

Tomó la palabra el francés esta vez.

— Sí, por supuesto, pero es algo, como decirlo, muy personal, ¿podríamos ir a un lugar cercano a charlar? —

— Quiero admitir que no hay trabajo más aburrido que el mío al ser el guardián de este lugar. —

Fue sincero aquel vigilante soltando una risotada que mostraba incluso sus filosas fauces, daba incluso miedo, más ninguno de los tres presentes sintió tal sensación al verlo, tal vivacidad generaba confianza.

— Por supuesto, ¡igual ya me he ausentado varias veces de este lugar! —

Efectivamente comenzaron con el pie derecho. Deciden en vez de ir al bar con el que les diría cómo cumplir sus deseos, ir a la cafetería más cercana del lugar, tomando una taza de café cada uno para amenizar tan polémica charla que se iba a armar entre todos. Charlando un poco, el hombre, luego de quitarse su sombrero en el interior del lugar, se presentó como Vladimir y contó que llevaba unos tres años en su trabajo en tal "aburrido" lugar.

Al acomodarse el grupo, tomó la palabra el albino de manera simple e incluso algo seria.

— Vamos al grano, queremos conseguir un buen traje de gala, pero, no contamos con dinero alguno, nuestra situación económica es penosa. —

Vladimir tornó su curiosa mirada al albino, poniendo una mano en su barbilla y dándole una sonrisa dirigida a su interlocutor.

— Vaya, vaya, ¿con que estamos presentes ante otras tres personas conocedoras del sitio con los mejores trajes de la ciudad?, parece que este rumor está tomando auge entre los más necesitados. —

La respuesta del francés no se hizo esperar, con los ojos abiertos incluso.

— Juraba que esto era tan raro en este mundo de ricos como para pedirlo así sin más a un simple vigilante, este pueblo está lleno de dementes. —

Admitió esto con un deje de sorpresa e incluso molestia al saber que se hizo todo un drama para nada. Curiosamente, este hombre hablaba de locura, cuando preguntaban sobre cómo hacerlo, un movimiento bastante hipócrita.

— ¡Nada es raro en este mundo compañero y créeme que puedo solucionar eso!, dejen esto en mis manos, solo deben darme su dirección para comunicarles la buena nueva y efectivamente les daré lo que pidan, pero mucho cuidado, deben traer su pala, ir con una linterna o lámpara, venir luego de medianoche, y lo más importante, ¡tengan cuidado con los fantasmas! —

Aquel último comentario que soltó Vladimir fue incluso impertinente en tan tediosa circunstancia, más fue ignorado por el resto de los presentes que preferían tener un sano respeto a la muerte y lo que conllevaba, bastante contradictorio sonaba eso incluso, sabiendo lo que iban a hacer.

Claro está que los tres presentes dieron la dirección postal, todo en caso de poder conseguir tan anhelado traje rápidamente, la demora sería la llegada de tan necesario mensaje, tuvieron que ser pacientes, incluso, una semana después de la conversación creían que aquel hombre no era más que un charlatán. Bien dicen que la paciencia es amarga, pero da frutos dulces. La noticia les llegó al mes siguiente del encuentro en el cementerio local, comentando la noticia de que había algo por ahí, pero debían ir justo el día que llegara dicha carta, ir a medianoche y hacer lo que debían hacer, si no, sería demasiado tarde.

Aquellos tres hombres de tan bajos recursos por mero respeto se vistieron de negro, tomando cada uno una pala, uno de ellos llevó una vieja lámpara de aceite que guardaban por casa y el único que era medianamente creyente debido a su pasado y crianza con padres hasta tan mediana edad era el español, quien por el terror que le causaba llegar a tal punto solo por sus deseos, tomó un crucifijo, llevándoselo consigo; definitivamente aquello era solo apto para los más valientes o los más estúpidos.

La medianoche exacta los tomó en la entrada del cementerio, con el chirriar metálico de la entrada y el ulular del viento. La escena lúgubre en todo sentido, incluso el jovial Vladimir lograba dar una mínima sensación de terror, quien en la noche parecía todo un guardián de la noche y la muerte, destacando el sombrero y la sombra de sus ojos entre la luz emitida por la lámpara que era sostenida cuando trabajaba.

Aquel hombre permitió la entrada de los presentes, quienes tenían el paso turbado y la voz nerviosa del simple miedo que les confería la situación, llegaron ante una tumba reciente. El vigilante se retiró del lugar dejándolos frente a lo que sería el dueño de su futuro tesoro. No medió palabra alguna, más que una despedida que incluyó quitarse el sombrero en una reverencia, yendo a su puesto de entrada solo por si se entromete alguien más en tan inmoral escena.

Luego de cruzar miradas por un rato a la tumba, comenzaron a cavar y sacar el cajón en dónde se encontraba el cadáver, ignorando totalmente el físico del difunto que se notaba que había fallecido hacía poco tiempo, tal vez el mismo día y enterrado pocas horas luego de su deceso, puesto que todavía no tenía aquel olor de putrefacción que caracterizaba a la muerte.

Lo que si se fijaron los presentes era en su sueño hecho realidad, el traje que llevaba aquel hombre era el más elegante y magnífico entre los existentes, era incluso tan bello como aquellos que eran usados por los hombres más adinerados del pueblo y a simple vista se notaba la riqueza. En un principio creían incluso que estaban en un profundo sueño del que debían despertar, aunque no quisieran. Más despertaron de su ensoñación al ver que debían desvestir al cadáver, sacar lo que debían sacar y volver a la normalidad todo sin que sospecharan nada.

Hicieron tripas corazón tomando entre dos personas el cuerpo, la tercera desvestía el cuerpo sacando cada prenda teniendo el más mínimo cuidado de no rasgar la tela ni dañar tan preciado tesoro, incluso sacando las joyas que tenía el difunto, que no eran más que un anillo que parecía ser de matrimonio y una joya que parecía ser bastante valiosa incrustada en el traje de gala, fueron estos revisados con una mirada rápida con la lámpara que usaban para iluminar dicha tumba profanada. Terminaron guardados tales tesoros entre la ropa mal doblada por el afán al terminar tal hazaña, sosteniendo todo esto quien desvistió el cuerpo, mientras sus compañeros acomodaban el cuerpo y cerraban la tumba rápidamente.

— Que Dios nos perdone por lo que acabamos de hacer. —

La voz trémula del español resonó en el silencio del lugar, claro está que habló en plural a sabiendas de la poca creencia de sus compañeros que le miraron, duró menos las miradas y la incómoda escena que el comienzo del repiqueteo de las palas que terminaban de enterrar de nuevo al cuerpo, pareciendo así que todo volvía a la normalidad, nadie había hecho nada.

Al terminar, ya fuera real, ya fuera producto del miedo o ya fuera producto de la imaginación de los tres hombres sentían la sed de venganza del mundo de los muertos. En un principio andaban sin mirar atrás, empero escucharon entre el ulular del viento las desgarradoras voces de los muertos quienes reclamaban la existencia de ladrones que atormentaban la paz del lugar y su descanso, intentando martirizar entre gritos y lamentos a los tres profanadores de tumbas. Los gritos entre la confusión no duraron mucho en los oídos de los hombres, ya que aceleraron el paso, terminaron corriendo como almas en pena frente a la curiosa mirada del vigilante, quien luego de que salieran, cerró la verja metálica de la entrada sin mediar palabra y sin cuestionamiento alguno, tal vez por mera costumbre de escuchar tan tristes lamentos nocturnos de ultratumba. El mundo de los muertos había sido turbado y recibirán su castigo en cualquier momento.

El trío luego de completar aquella hazaña y llegar al hogar, tomaron la percha más cercana que guardaban en su viejo y desgastado ropero, esto para apreciar con mayor detenimiento el traje, impoluto a pesar de tan ajetreado viaje, era simple en primera instancia puesto que era negro, con su clásica camisa de manga color blanco y su corbata elegante , más los agregados como las joyas robadas, que eran una hermosa rosa de oro y su respectivo anillo del mismo material, lo hacían tan valioso como agraciado a la vista. Ahora lo que venía era el paso de encontrar el primer afortunado en usar dicho traje, echándolo a suertes mediante la tirada del clásico dado de seis caras, el mundo de los números y el azar dieron su veredicto en corto, Antonio en la tirada saca un uno, Gilbert un dos y el ganador entre los tres fue un maravilloso cinco sacado por el francés, dejando así el orden de uso bastante claro, charlando cortamente de respetar dicho acuerdo sin oposición alguna.

Eran más de las dos de la madrugada y los presentes deciden ir a dormir, pero no exactamente sintiendo paz en el ambiente y durmiendo sin preocupaciones, puesto que luego de lo que habían hecho, nadie podría hacerlo, porque podría llegar la persecución y la huelga del mundo de los muertos, todo por ideas venidas del mundo de los vivos.