La mañana siguiente luego de tan desesperada travesía a mitad de la madrugada londinense comenzaba a transcurrir de manera tranquila, no había realmente mayor novedad más que las caras pálidas de todos luego de haber dormido a medias, como si la culpa les carcomiera por dentro luego de hacer lo que hicieron. Los presentes no dijeron palabra alguna de lo ocurrido, incluso se puede decir que hicieron la firme promesa de no hablar del rostro del cadáver que habían visto con sus propios ojos.
Nunca iban a olvidar unos cabellos tan rubios ni unas facciones tan finas, se notaba bastante que su muerte no había sido en absoluto abrupta o violenta, más la frialdad de su piel determinaba el estado obvio de fallecimiento; intentaron no abrirle los ojos por curiosidad, puesto que sabrían que serían juzgados por aquella mirada de ultratumba, después de todo no salieron corriendo asustados por nada, fuera de las voces escandalosas que reclamaban que no eran más que unos burdos ladrones que habían turbado la paz de tan magno lugar.
Poco importaban sus rostros o el miedo luego de todo, puesto que el primer elegido por el azar le animaba saber que tendría el honor de disfrutar de la fama y el amor de la gente al tener tan elegante traje en su poder aquel día, sin saber que sería el primero y último que tendría tal oportunidad. Todo era posible, tal como el pensamiento de que podría colarse entre la burguesía sin ser descubierto y atiborrarse de comida como nunca en alguna elegante reunión que se encontrara abierta a los más adinerados de Inglaterra; las posibilidades son infinitas y más teniendo en sus manos aquellas prendas que le transmitían una sensación de poder indescriptible.
Cada compañero le deseaba suerte y cuidado ante todo, puesto que por muy hermanos que se consideren, conociéndose, debían cuidar que el otro no dañara tan preciado artilugio por muy valioso que fuera y por mucho que lo intentaran, algo podría resultar terriblemente mal en algún punto, algunas inocentes bromas y chistes incluso estaban a flor de piel, jurando que el más rubio llenaría de nicotina o de polvo el traje o que incluso lo quemaría con el encendedor que tenía en su bolsillo, aunque nunca se sospecharía que la culpa de los daños ocurridos aquel día no fueran de la comida o de eventos manejados por el francés propiamente como se esperara que fuera, hubieran incluso agradecido que fuera así.
El rubio se peinó sus dorados cabellos con esmero, cuidó cada mínimo detalle de su apariencia incluso al salir, sin olvidarse del anillo y la flor de oro los cuales hacían que la apariencia fuera aún más valiosa, realmente aunque el más presumido e incluso egocéntrico fuera el alemán, su actitud coqueta no evitaba preocuparse de manera exagerada su apariencia, pensaba en cada intento de galanteo que podría salir de tan elegante apariencia y tan sofisticada labia que solía tener el francés incluso para con las mujeres inglesas quienes no solían sospechar sus orígenes francófonos con facilidad debido a su talento para disimular su acento, divirtiéndose de cómo podría engañar a cualquier interlocutora que jurara no tocar a algún francés en su vida; dicho efecto es fácilmente aprovechable y ayudaría incluso más si no fuera porque el mundo de los muertos no veía viable la felicidad en el mundo de los vivos a costas de sus pertenencias.
Algunos espíritus no son tan altruistas, para descansar necesitan no ser molestados; las almas que habitan en ese inmenso mundo de lo que llamamos "muerte" son incluso seres indiscretos que buscan saber todo lo que nunca pudieron saber sobre la vida, incluso en su irónica posición. Su rebelión a veces es tan sutil como hacer sentir a su profanador los helados vientos del inframundo, jalar los cabellos sutilmente o descansar su pesada existencia en el cuello ajeno para aliviar su pesada carga, pasándola a quien merezca tal escarmiento; se ha de notar que se toman en serio todo, los chistes y el humor se acaban al llegar a ese estado, el de morir, en aquel momento notaban como podría ser utilizado el engaño para ser un galán y aprovechando sus vestigios, bullía esa sed de venganza digna de su falta de altruismo, en aquel momento incluso un viento helado estaría recorriendo la espalda del francés como mal augurio de lo que ocurriría, sonando como una advertencia silenciosa que le decía que parara inmediatamente o que se atuviera a las consecuencias, parece ser que decidieron ir a por las consecuencias.
Francis se había levantado sin problema alguno de salud aquella mañana muy a pesar de su mal vicio que a veces afectaba sus pulmones y hacía que tuviera constante ataques de tos que se hacían insoportables, más incluso al levantarse sentía vitalidad, el momento detonante de sus dudas y estado afectado por el traje y la venganza de los espíritus fue cuando sus ojos se llenaron de espesa bruma con una facilidad incluso extraña para ser Londres, comenzaba el francés a culpar la exagerada cantidad de maquinaria a vapor que invadía el aire o incluso la niebla venida de algún bosque, más era imposible, sus ojos se llenaban de aquella turbada sensación de invisibilidad que lo obligaban a frotarse los ojos de manera constante. No pasó mucho tiempo para sentir vértigo, como si su cabeza diera vueltas sin parar, las concurridas calles se movían tal como si fuera un vil borracho, intentando mantener la compostura luego de gastar todo su dinero en el alcohol. El primer impulso del francés fue calmar dicha sensación que creía que eran inesperados nervios sacando de sus bolsillos su encendedor y un cigarro, más nunca pudo hacerlo; terminaba por sostenerse en una desaliñada pared intentando mantener la cordura y el equilibrio.
Sentiría luego un inmenso terror al ver en el reflejo de una vitrina ya fuera por alguna alucinación o ya fuera real la existencia de aquello, una desesperada multitud de seres indescriptibles, sus miradas eran penetrantes y terriblemente frías, ni siquiera la noche tenía tal efecto en su piel ahora erizada por el terror que daban, sus voces de ultratumba eran incluso lo más agobiante entre todos los sentidos que afloraban en el francés, no se escuchaba más que desgarradores gemidos que profería fuertemente la palabra "ladrón" que zumbaba en sus oídos, incluso aún más de lo que comenzaban a zumbarle por la misma sensación de vértigo que no dejaba su cuerpo.
¿El impulso principal ante esta clase de situaciones?, intentar escapar, correr, huir; más el cuerpo del francés no lograba reaccionar como debía, todo eran trompicones paso por paso, con choques con estructuras cercanas como las fuertes paredes de piedra que lograban dar golpes en sus brazos, piernas e incluso algún golpe en la cabeza que le dejaba atolondrado antes de seguir en la huida. El rubio se rindió fácilmente, sintió como si algo rozara su pierna, tirándolo fácilmente al frío suelo, un tropezón final que lo dejó fuera de combate, dejando su rodilla sangrante en tan impoluto traje y una contusión en la cabeza que haría que perdiera la conciencia en una calle tan concurrida como esa, en aquella escena nunca faltó el curioso que miraba al hombre tirado en el suelo, agradeciendo, claro está que un alma caritativa reconoció al hombre y su lugar de residencia aunque fuera gracias a la dirección proporcionada para la llegada de cartas, coincidencias de la vida que justo era Vladimir, el guardia del cementerio que patrocinó la entrada de aquella tríada al lugar. Este llevó el cuerpo aún inconsciente del francés a los otros amigos, quienes sorprendidos abrieron la puerta viendo aquella curiosa escena de aquel pseudo-vampiro cargando a su amigo. El vigilante esta vez habló con enigmático tono.
— Parece ser que su amigo terminó desmayado en la calle por alguna extraña razón. —
Al decir estas palabras, el primero en recibir el cuerpo es el español, quien no profirió palabra alguna, la cual si lo hizo el alemán.
— Esto es raro, ¿cómo Fran va a terminar en la calle tirado de la nada? ¡Es absurdo! —
Al dar tal declaración, la voz de sorpresa del español no se hizo esperar, justo al ver la herida hecha por tan mal golpe dado en la caída a la inconsciencia.
— ¡Se ha lastimado la pierna incluso, está sangrando! —
La preocupación fuera del tema del traje comenzaba a ser notoria, más antes de cerrar la puerta, el vigilante les dio un último consejo, sosteniendo un poco su sombrero.
— Tengan cuidado con lo que hacen, el traje le pertenece a alguien que actualmente se encuentra fallecido, tendrán que acostumbrarse a ver rondando a aquellos que no están de acuerdo con su adquisición, no se asusten, ellos sienten el miedo y parece ser que el miedo atrapó a su amigo hasta el punto de que lo dejó en las calles… —
Al irse tan enigmático hombre los presentes que quedaron no hicieron más que cambiar las ropas del francés, dejando el ahora descuidado traje colgado en dónde lo habían dejado en la noche.
No pasó mucho tiempo para que el rubio recuperara el conocimiento, claramente perdido en tiempo y espacio, no lograba recordar cómo es que llegó al lugar y que, para su sorpresa y desagrado, tuviera puesto nada más que sus viejos harapos, su pierna a su vez estaba vagamente vendada con viejos trapos que lograron detener el sangrado.
No logró proferir palabra alguna de manera lógica al despertar, las miradas atentas de sus compañeros delataban la evidente preocupación digna de la escena, sin contar que no sabían nada más que lo contado por quien sacó de las calles al francés, encontrarlo desmayado en las calles por alguna extraña razón, ser herido igual, el rubio solo balbuceó de manera vaga, incluso con tropiezos entre palabras.
— Persiguieron… eran muchos… —
¿Perseguir?, ¿quién podría perseguir a un hombre que no le ha hecho a nadie en la vida?, no tenía mucha lógica ser perseguido, ni siquiera para ser robado, puesto que aunque la apariencia engañara seguía siendo nula la cantidad de dinero que tenía en sus bolsillos, tal vez podría valer algo el anillo o la flor, más eran detalles menores puesto que seguían allí intactos en el momento del reencuentro estando inconsciente, definitivamente no se lograba sacar una conclusión medianamente lógica de aquella escena de tan contradictorios hechos, la obvia conclusión después de tan bochornoso hecho era que debían descansar, aunque con dudas sobre la supuesta existencia aquel ser que persiguió o hirió al francés, ante la duda la negación lograba para ellos dar con una respuesta; al final dormir era lo último que harían, aunque fuera dudando.
Más el francés en la fría noche parecía no haber conciliado completamente el sueño, sintiendo como si algún estuviera observándole toda la noche con atención, como si estuviera juzgando cada una de sus acciones; más ninguno se acercó a la habitación en la noche, solo la compañía trémula del viento chocando entre la ventana de la habitación, acompañado del sonido de algún grillo traicionero que se posaba en el lugar.
El más rubio sintió momentáneamente como su cuerpo quedaba paralizado, la desagradable sensación de sentir como aquel ser observante de sus acciones se acercaba a su persona lentamente, no podía reaccionar como era necesario, dado a una extraña sensación de enmudecimiento que logró causar el miedo que sentía. De creer o no, sentía cómo las frías manos de algún ente se posaban en su cuello, teniendo la sensación de sudor rodar, hiperventilando, incluso el miedo relajó sus esfínteres hasta el punto de mojar su cama, pudo gritar luego de mucho tiempo.
— ¡AYUDA! ¡POR FAVOR! —
El grito que logró despertar a sus compañeros, los cuales tal escena en vez de asustarlos o incluso escandalizarlos a la hora de explicarles les parecía ridícula e infantil, se rieron en su cara, puesto que eran incrédulos a toda clase de historias de tal tipo, pidieron al francés que se fuera a dormir como fuera y que fuera el encargado de limpiar como si fuera un castigo por ello, más aunque no hayan creído, en el francés quedará la memoria de aquel terror que sintió y aquella fría mano que intentó quitarle el aire, en aquella noche de tan fuerte viento y de frívolo ambiente.
