A la mañana siguiente la obligación de la limpieza claramente estuvo a cargo del francés que la noche anterior que era por lo demás mala con el requerimiento de la muerte y además de eso la limpieza que comenzó a primera hora de la mañana con el primer canto del gallo mañanero que nunca falla. El traje estaba levemente sucio, las manchas de sangre de los tobillos y el polvo mezclado con la polución de la maquinaria de la época hacían verlo medianamente mugriento para ser de alta calidad; más al tener tan pocos recursos costear una limpieza profesional a este era meramente imposible y aun deshaciéndose de la suciedad, la muerte acechaba a quien osara tocar sus finas fibras y a quien decidiera quitar las manchas de culpabilidad por un robo a un mundo que al igual que el palpable conocía el fino concepto de la venganza, y la manera de cobrar dicha venganza nunca eliminará los recuerdos dejados.

El siguiente que debía continuar con la prueba del traje era nada más ni nada menos que el alemán que juraba no sentir miedo alguno, su pensamiento juraba que la mentira por parte del francés era latente, en pro de ocultar un robo frustrado, algún enemigo que no quisiera ser reconocido o cualquier otra respuesta que haya tenido un mínimo de credibilidad, aún mayor que la que podía tener algo tan poco probable como la supuesta aparición de un ser fantasmal que quitara el aire y decidiera buscar el verdadero dueño de unas ropas, simplemente sentía que la muerte no debía ser temida en absoluto.

Se vistió con aquellos ropajes con suma calma, como si fueran suyas; cuando decide salir y encontrarse con sus dos compañeros, ambos sentían un deje de preocupación puesto que sabían que todo podía pasar; maldita sea el escepticismo del mayor del grupo, puesto que ningún espíritu es escéptico, puesto que la muerte les enseñó que la vida no tiene nada incrédulo o cuestionable, tardíamente descubierto por obvias razones, porque cuando ves tu mundo en tercera persona, logras ver más de los que tus humanos ojos lo logran.

— ¿No sientes miedo de lo que va a ocurrir luego de que salgas de casa? —

Preguntó el español del grupo al verlo tan elegantemente vestido, fuera de que es quien más respeto le tiene a la muerte; demostrado incluso el día que tomaron aquello.

— ¿O acaso no me crees lo que me pasó a mí? —

Preguntó el francés igual de sorprendido ante tanta incredulidad por parte del albino, en parte le parecía sumamente normal debido a su preocupación hacia sí mismo más que hacia los demás, pero por otra incluso era una sensación incluso desmotivante en el sentido de tantos años confiando en sus palabras, siendo más que una amistad, una hermandad, más lo dejó pasar, escuchando la respuesta de este.

— Ustedes saben que soy tan asombroso como para soportar esa clase de situaciones, sé que no me pasará nada, nadie se dará cuenta en absoluto que soy pobre o algo así; creo que están exagerando en realidad, estaré bien. —

Su preocupación mínima aun así no tranquilizó a sus compañeros, y aun así salió de casa, cerrando la puerta, nada bastó para evitarlo, definitivamente su terquedad estaba siendo más que evidente; sin embargo, aquella terquedad le iba a cobrar factura en un momento, porque recordar el dueño de aquel traje es el motivo de la indignación general de los dueños de la agonía del mundo inmaterial.

El más albino desde hacía mucho llamaba la atención desde hacía muchísimo tiempo, una piel, mirada, cabello y persona tan llamativa y sensible al sol no es para pasar desapercibida; más su búsqueda siempre es ir a por más, la atención era algo que más aprecia y busca en realidad, por ello su búsqueda le hizo caminar por todas las calles londinenses, posando su mirada ante toda la evolución que había llegado la ciudad a lo largo de los años. Llegó incluso a la zona más adinerada de la ciudad con la caminata. Más la problemática comenzaba lentamente a surgir ya que su piel comenzaba a mostrar pequeñas marcas rojizas, como si se hubiera rasguñado con sus uñas, su piel cada vez era aún más sensible de lo normal; sentía escozor en la piel, ni siquiera rascando con sus uñas y sacando pequeñas manchas sanguinolentas calmaban aquella sensación tan dolorosa como era aquella.

Era insoportable para el albino aquella sensación, más era aún peor empezar a escuchar voces de ultratumba perseguir y retumbar su cabeza de manera punzante, aquello podría incluso enloquecer al más cuerdo. Incluso podría llegar a escándalo ir ante los más adinerados del pueblo mostrando ese lamentable estado, aquellas notorias heridas marcarse en tan blanca piel, ¿podría ser aún peor para él en algún momento?, no evitaba rasgar suavemente las telas del traje, que por alguna razón no lograban dañarse por completo; ¡bendito sea aquel sastre que lo confeccionó!, puesto que los daños sufridos a costa de aquellos dos hombres no era para nada correcto en absoluto.

La sensación de querer correr era aún mayor que las ganas de acabar consigo mismo ahí mismo, sus piernas eran por lo demás lentas, y su vestuario andrajoso, digno de ser considerado un loco por completo realmente; puesto que la locura según los menos estudiosos llegaba a demostrarse con solo andar en las calles haciendo lo impensable o corriendo y escapando de lo invisible a la mirada del ojo humano, todavía apático ante la batalla ajena, que incluso llegaba a ser totalmente interna.

La llegada de Gilbert fue aparatosa en todo sentido, tirando la puerta ante su entrada, con la respiración aún agitada y su cuerpo totalmente dolorido por la exagerada fuerza al rasgar su piel con sus uñas, su mirada era más trágica que nunca, se sentía maldito por haber sospechado que todo lo dicho por Francis era falso, la desconfianza lo había matado, todo argumento de valentía se cayó a pedazos.

El rostro consternado de sus dos acompañantes era evidente, no esperaban que aquel rostro blanquecino llegara con sus brazos rojizos y la camisa del traje casi ensangrentada, y la reacción del alemán luego de recuperar aire no se hizo esperar evidentemente.

— Debí haber hecho caso, ahí afuera, esas voces, mi piel, ¿no ven que alguien ha hecho que rasgara mi asombrosa piel? Esto es una catástrofe completa. —

Su rostro era trágico en todo sentido y sus ganas de quitarse el traje eran mayores a las esperadas.

Ojalá todo haya sido una broma de mal gusto para todos pero al quitar la camisa del mayor ver su espalda dieron un grito al cielo; las marcas, escandalosamente sangrantes y amoratadas formaban aquella palabra temida hasta por la mismísima muerte que buscaba respuestas, estaba escrito de una manera incluso confusa, más entenderlo tenía una evidente facilidad, "ladrón", lo que evidentemente eran, "ladrones" ante los ojos del más allá, ante todos lo eran aunque nadie del mundo palpable realmente lo supiera, pero evidentemente lo eran.

— Esto ya fue suficiente, definitivamente no fue buena idea tomar este traje del cementerio, debemos devolverlo lo antes posible. — Comentó el francés con un tono totalmente decidido ante ambos acompañantes que tenían dos puntos de vista claramente distintos.

— Estoy de acuerdo con Francis, es imposible sobrevivir con eso puesto. — Afirmó el alemán con un tono severo.

El español claramente se sentía obviamente asustado, más su miedo podría llegar a ser incluso menguado si hablamos de su curiosidad, sus ganas de experimentar por sus propias carnes lo que verdaderamente ocurría, debía negar que lo devolvieran, a pesar de la opinión ajena.

— Déjenme probar a mí, sí, siento miedo, pero ¿y si descubro quién está detrás de todo esto? —

Preguntó el español sin ningún ápice de desconfianza en absoluto, sorprendiendo a sus compañeros presentes.

— ¿Acabas de escuchar lo que dijiste? estás loco Antonio, arriesgarte de esa manera es ilógico… —

Comentó el francés frunciendo el ceño con severidad.

Pero la terquedad del español era aún mayor que una opinión, a pesar de que guardó un sepulcral silencio, sabían sus acompañantes que sus deseos eran aún mayores que el temor de ser herido, o que fuera perseguido por aquellos seres etéreos que con un soplo calaban hasta los huesos; el alemán y el francés debían hablarlo, no podían permitir tal atrocidad, aquella noche decidieron esperar a que el español durmiera, su sueño de por sí era profundo a pesar del frío invierno y el rechinar de la ventana oxidada con el viento, atando sus manos y pies con destreza y dedicación, era necesario si querían buscar el bien de tan terco español, y era necesario si querían pronto devolver aquel traje al lugar dónde pertenecía.