La caminata dada por aquellos hombres no tuvo más compañera que el mismo silencio, no eran capaces de mediar palabra alguna y menos al ver aquella mujer desmayada en brazos del español; tan inmóvil, tan silenciosa, sabían que estaba bien, pero ¿habrá sido su cometido buscar en el mundo físico aquello que no estaba entre nosotros?, las posibilidades eran altas.
La llegada al hogar al ser tensa decidió mantenerse un respetuoso silencio, recostando con suma delicadeza el cuerpo de la única dama que los acompañaba en el hogar, realmente no era el mejor para una dama que se veía tan fina, sus cabellos eran oscuros por completo, con un suave mechón que sobresalía en sus cabellos, sus ojos cerrados eran almendrados, de rasgos finos, con un lunar en su barbilla posado cerca del lado derecho de su labio inferior, fuera de los ropajes que usaba no se veían para nada gastados, se notaba que era aristocrática, algo que en absoluto no eran los dueños de aquel cuchitril, nadie decidió alegar nada, al fin y al cabo era imposible echar en cara las discusiones sobre la terquedad de una u otra persona, era incluso curioso cómo ni el alemán ni el francés sospecharon de que la terquedad del español era aún mayor que su fuerza de voluntad per se.
Cabe destacar que el traje fue colgado de nuevo, aún más desastroso que el día anterior, pero con aquel halo de incertidumbre que captaba la atención al instante, el español se había cambiado los ropajes minutos antes de llegar, más por solicitud ajena que por iniciativa propia.
Lentamente los ojos de la dama se abrieron de par en par, la reacción de esta era de suma intranquilidad, ahogó un quejido de terror con su mano al ver aquellos tres hombres mirándola con total atención al ver como reaccionaba ante el abrupto cambio de ambiente que había sufrido durante la pérdida de conciencia; más la reacción de aquella mujer fuera del terror de una constante pesadilla que la atormentaba, el temor por las miradas de tres personas nunca acostumbró a tanta atención junta. Al salir de su shock el temblor de sus labios hizo evidente una reacción de llanto al recordar lo que veía ante sus ojos y como la muerte llegó a su casa sin aviso alguno; su incapacidad de contener las lágrimas la hizo hablar entre sollozos.
— Arthur, ¿por qué lo querían matar?, ¿habrán querido nuestro dinero?, ¿joyas?, estos ladrones de hoy en día no tienen piedad alguna… —
La dama no lograba consolarse por sí misma, el hombro de Antonio se tornó por ahora reconfortante para aquella mujer.
— Al parecer ese tal Arthur… era tu marido, ¿no? —
Preguntó el español en voz baja recibiendo una afirmación por parte de la mujer, suspiró suavemente dejando que enjugara sus lágrimas sin vergüenza alguna, más decidió hacer otro comentario seguido de una pregunta.
— Eras tú esa mujer del reflejo de mi sueño, ¿eso era lo que buscabas?… ¿volver a verle?, no, no tienes que responderme esa pregunta… —
El español se tornó cohibido al hablar de más, más ambos entendían aún más por qué algo buscaban, por qué aquello más que una búsqueda ilógica los llevaba a un punto aún más cercano, como si, la muerte pidiera disculpas por no dejar que el hombre cuidara a la tristeza que quedaba ante la partida.
— ¿Podemos saber tu nombre? —
Preguntó el francés amablemente a la dama, la cual se levantó del catre con elegancia luego de tranquilizarse de tan fuertes emociones.
— Me llamo Anneliese… —
La mujer luego de levantarse no quería más que retirarse del lugar ya hecho su cometido de ver por última vez a su amado, aunque fuera en el más allá, como era esperable, más el español no superaría la pérdida de tan hermosa mujer, había quedado prendado por su belleza y en el fondo, dejarla sola no era más que un pecado para él.
— Anneliese, por favor, cuidaos mucho… espero que nos reencontremos pronto. —
Aquellas palabras del español fueron rápidas pero sinceras, con un inimaginable deje de emociones y vergüenza interna; claramente la mirada del francés y el alemán era de un mohín burlesco al verle reaccionar de tal manera solo por eso, más en el fondo entenderían perfectamente porque es que estaba así, tal vez el traje si lo había elegido, más la victoria no estaba cantada.
La salida de la dama fue pausada pero firme, ya para la tarde el silencio de la sala se había hecho, el ambiente entre ellos era más frío de lo acostumbrado, más aquella sensación cambió casi que abruptamente, cuando se dieron cuenta que la muerte no quedaría en silencio por respeto en absoluto, obviamente el español había reconocido aquel rostro esbelto de cabellos rubios y verdosos ojos que había hablado con él, más el temblor temeroso del trío les ganaba, aquella figura de ultratumba demostraba total molestia, desaprobación e ira, había visto a aquellos que buscaban ganancias personales a costa de su muerte, sorpresa irónica sabiendo la reacción menguada que había tenido hacia el español momentos atrás. Aquello más que un tono grave de ultratumba había sonado como un grito de terror que acobardaba hasta al más valiente guerrero.
— ¿VAN O NO A DEVOLVER AQUELLO QUE ROBARON?
Aquel desaforado grito no había hecho más que aterrarlos aún más de lo que estaban en aquel instante, sus rostros estaban desencajados del inmenso terror, con un nudo en la garganta que les impedía soltar palabra alguna, más el asentir con la cabeza había sido su supuesto salvador, al ver desaparecer, así como llegó aquel espanto que les recordaba sin escrúpulo alguno el error cometido, terrible error, por cierto.
No podía haber más discusión al respecto, y en absoluto la hubo, sabían que debían devolver aquella reliquia a su lugar, por muy complicado que sea y por mucho dolor que causa el dejar tan lujoso traje fuera de sus humildes manos, obviamente, aquello iba a ser para ellos todo un desafío, más si no querían vivir atormentados toda la vida, debían hacerlo.
Aquella noche todos acordaron igual por mero respeto el devolver el traje tal cual se lo llevaron, con aquellos negros trajes que evocaban para ellos el respeto que ahora le debían a tan vengativos espantos que les recordaron lo hecho durante aquellos días, más la sorpresa y otro inmenso susto se volvió a llevar el español al ver de nuevo el terrorífico reflejo del hombre volviendo a hablarle, sin evitar sentirse el receptor del mensaje sumamente perdido con sus palabras.
— Antonio, voy a encargarte a Anneliese, porque en el más allá solo puedo ver aquellos ojos relucientes llorar por mí, pero en este mundo sé que serás capaz de quererla tanto como yo. —
Aquel reflejo desaparecido lo había dicho todo, y a pesar de su estado, entender el mensaje nunca había sido más fácil, aunque la promesa más grande debían cumplirla en grupo, volver a ver la rechinante verja que daba como entrada al camposanto. El vigilante no debía pedir explicaciones, aquella pseudo-vampiresca sonrisa lo decía todo y lo entendía, sabían el fin de su visita, más la lejanía con los hombres la mantuvo durante todo el rato.
Excavaron hasta encontrar aquel cuerpo ahora con un olor más nauseabundo dado el tiempo, tenían que volver a poner sus ropas, con el intento de no dar arcadas de tal hedor emanado por aquel cadáver en putrefacción, fuera de la sensación de miradas brillantes que atormentaban aún más sus actos, cada vez más cercanas y visibles, las cuales miraban como devolvían paso por paso aquel robo que habían hecho. Sin embargo, el terror ganado de las miradas los había espantado tal como todos aquellos espíritus que todos los días los buscaban, era poco ético irse, así como así, pero dejaron a medio llenar aquella tumba, corriendo despavoridos hacia la salida del lugar; Vladimir simplemente al llegar a la tumba indicada siguió cavando para llenar la tumba, porque las miradas de almas siempre fueron familiares para él.
Y aun así Antonio debía seguir con ese ideal de cumplir su promesa, buscaba siempre a Anneliese, como si él fuera el ya difunto Arthur, como si sus miradas pasadas se unieran con las presentes, sabiendo que solo así podían lograr unir aquellos frágiles hilos que apenas se unían, la de dos corazones, tanto de la vida como de la muerte.
