Capítulo 1: Mentiras
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Disclaimer: No poseo los derechos de nada.
N/A: En esta historia Powder/Jinx tiene veinte años, y Vi veintidós. Este fic es AU, pero creo que se pueden reconocer muy bien personajes, situaciones, y lugares. La pareja principal es Vi/Jinx, así que obviamente hay incesto. También habrá lenguaje vulgar, violencia, drogas, alcohol, se hará referencia al bullying, a la dudosa estabilidad mental de Jinx, y varias cosas malas más de las que ahora mismo no me acuerdo (iré advirtiendo de todas formas en cada capítulo). Léelo bajo tu propia responsabilidad, y espero que te guste (en ese caso dejar una review podría animarme a seguir escribiendo, no sé, una idea XD).
Basado en la serie de Netflix "Arcane".
Por cierto, hay spoilers de todo por todas partes.
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Al otro lado del río, junto a un polígono industrial, el barrio de Zaun se extendía ante los ojos de Caitlyn. Desangelados bloques de apartamentos se apiñaban a ambos lados de calles mal pavimentadas, en cuyos baches se acumulaba barro de la tormenta de la noche anterior. Miró a su ex novia de reojo, sabía que para ella no era fácil haber vuelto a su barrio. Pero necesitaba su ayuda: Jayce, profesor titular del departamento de Bioquímica y Biología Molecular, se había vuelto a meter en un buen lío con aquél robo en su laboratorio. Esta vez el menor de sus problemas sería que parasen sus investigaciones o lo expulsasen de la universidad. Así que ella tenía que encontrar aquél maldito pendrive antes de alguien lograse desencriptar el archivo de la investigación secreta de su amigo.
O mucho se equivocaba o las personas que habían jodido a su amigo venían de Zaun. Y ella no solía equivocarse, no en balde era la mejor detective de Piltover, aunque aquel trabajo no lo estaba haciendo por dinero.
-Destrozaron el laboratorio entero, solo para robar un pendrive. ¿Qué tipo de persona haría algo así? —dijo Caitlyn.
-No lo sé, y la verdad es que no me importa mucho. Yo estoy aquí por lo de mi hermana —respondió Vi.
Había recibido un anónimo, un ridículo anónimo con letras recortadas de revistas, diciendo textualmente que su hermana estaba en peligro. En una familia normal, Vi hubiese llamado a su hermana solo para cerciorarse de que todo estaba bien, y si acaso hubiese puesto el caso en manos de la policía. Pero la familia de Vi era de todo menos "normal".
Había perdido el contacto con Powder tras la muerte de su padre en un accidente. Tras la explosión le habían dado la custodia de la niña a su tío y ella, a sus catorce años, había acabado en un reformatorio. Todos aquellos años Vi había odiado a Silco por aquello: era un asqueroso narcotraficante, pero tenía comprada a la policía, y Vi estaba segura de que había tenido mucho que ver con que ella fuese enviada allí. No es que la chica no estuviese metida en líos de pandillas y robos, no era ninguna santa… pero las pruebas que presentaron contra ella en el juicio eran falsas. Tras esto, todos los intentos por comunicarse con su hermana habían fracasado, y Vi casi (casi) había acabado por asumir su pérdida… pero nunca la había olvidado, de ninguna manera.
Hasta aquella carta anónima. Aquella carta había abierto la caja de los malos recuerdos y los remordimientos.
-Y ahora vamos a visitar a ese cerdo. Habrás venido preparada ¿verdad? —preguntó Vi.
- ¿Preparada? ¿Preparada para qué? ¿Te refieres a esto? — preguntó Caitlyn tocando con discreción su arma.
-A eso mismo. Se puede liar bastante. Silco es un camello, no sé si te había comentado ese tema. Y también me odia, ese es otro detalle. Nunca entendí por qué se quiso quedar con ella… bueno, vamos allá, de cualquier manera no creo que vivan todavía allí, —dijo Vi en un suspiro.
Nada más poner un pie en aquella calle supieron que la visita iba a ser en vano. No era algo que pillase a Vi por sorpresa: durante años, todas las cartas que había enviado a su hermana le habían sido devueltas por cambio de dirección, pero quería cerciorarse por sí misma.
El bloque entero parecía por completo abandonado, aunque a pesar de no ver a nadie, sentían miradas clavadas en su nuca. El ascensor no funcionaba, y subieron a pie hasta el cuarto piso. La escalera estaba en mal estado y la pintura de las paredes se caía a pedazos, acumulándose en pequeños montones de residuos junto a las paredes, que nadie barría.
El timbre no funcionaba y Vi aporreó la puerta mientras Caitlyn se apostaba a su lado vigilando. Nadie respondió a la llamada, pero la puerta simplemente se abrió: ni siquiera estaba cerrada con llave.
Una intensa oscuridad se abrió ante ellas y un fuerte olor a humedad las invadió. Vi avanzó a ciegas a través del pasillo y abrió una rendija de una persiana. Estaba rota, y esa rendija fue todo lo que tuvieron para iluminarse. Caitlyn entró tras ella, pero poco había allí que les pudiese resultar de utilidad: restos de juguetes rotos, algún mueble viejo, y dibujada en la pared de la cocina una línea señalando las diferentes alturas de dos niñas, Violet y Powder.
- ¿Así que aquí vivíais? — preguntó Caitlyn, sintiéndose de pronto incómoda. Vi no respondió, ni siquiera se molestó en mirarla.
Escucharon un sonido de una puerta en la lejanía, y ambas salieron de la casa. El ruido había sido al final del oscuro pasillo de aquella planta: no estaban tan solas como habían pensado, pero ahora todas las puertas estaban cerradas de nuevo.
La bocanada de aire seco y caliente que sintieron en sus rostros al salir del edificio fue un alivio. Para aquel día estaba previsto que se alcanzasen los cuarenta grados, y aunque apenas eran las once de la mañana Caitlyn hubiese jurado que ya hacía aún más calor.
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Jinx no estaba de buen humor. Se le acumulaban las tareas pendientes y los problemas. Además, la noche anterior le había robado una botella de whisky a su padre para montarse una pequeña fiesta con sus queridos amigos Mylo y Claggor en el garaje abandonado de su padre que le servía de taller, pero como ellos dos eran abstemios ella había tenido que beber por los tres… y ahora tenía una bonita resaca.
Ella era muy consciente de que Silco, su padre adoptivo, se daría cuenta de que le faltaba una botella, y que tendría una idea muy aproximada sobre quién era la autora del hurto, pero también sabía que no le importaría demasiado. Otra cosa distinta sería que la pillase drogándose. A pesar de que él mismo consumía, ya le había dicho que si a ella se le ocurría hacerlo la mandaría al hospital de una paliza. Pero Silco no tenía por qué preocuparse: a ella no le gustaban las drogas ni el efecto que tenían en su cabeza. Las había probado y había decidido que definitivamente no eran lo suyo. Seguía siendo una buena hija, se dijo.
Reflejada en el espejo del ascensor podía afirmar que sin duda alguna estaba hecha una mierda. En algún momento de la fiesta había llorado y el maquillaje de sus ojos se había corrido. El lápiz de labios de un violeta oscuro estaba cuarteado sobre sus labios resecos y la pintura de sus uñas había conocido días mejores. De hecho, había conocido semanas mejores. Pero seguía teniendo el pendrive colgado del cuello, como un trofeo arrebatado en batalla al enemigo. Esta idea la hizo reír mientras se limpiaba las mejillas con dos dedos humedecidos con saliva. No quería que si se encontraba por casualidad con su padre él supiera que había estado llorando.
Cuando metió las llaves en la cerradura la puerta se abrió sola, y Sevika estaba al otro lado. Jinx no se molestó en disimular su cara de asco y entró dándole un empujón "sin querer queriendo".
-Se dice buenos días, señorita.
- ¿Qué haces aquí? — respondió Jinx.
- Hay cucarachas en mi casa, y mientras el tío de las plagas arregla el asunto tu padre me ha dicho que me puedo quedar aquí unos días.
- Eres la peor madre del mundo ¡mira que mandar matar a tus propias hijas! —dijo Jinx, mirándola con una sonrisa torcida.
- Muy graciosa. ¿De dónde vienes? Porque aquí no has dormido.
- No te importa.
- Sí que me importa. Me preocupo por ti: no quiero que le vayas a dar problemas a tu padre.
- Estuve por ahí. Con amigos.
- ¿Qué amigos? ¡Si tú no tienes amigos! ¿No habrás estado follando con algún pandillero? ¿verdad? ¡Ya verás la gracia que nos va a hacer a todos que te quedes preñada!
Jinx puso los ojos en blanco y se encerró dando un portazo en su cuarto. Se tiró de lado en la cama deshecha sin importarle manchar las sábanas con sus botas, y se tapó la cabeza con la almohada intentando huir del sol. Pero esto no iba a detener a Sevika, ni mucho menos.
- ¡A mí no me des portazos en la cara, niña! ¡Ya me estoy hartando de tus malos modales! —gritó la mujer irrumpiendo en su cuarto.
Jinx no dijo nada. "Si no le respondo a lo mejor se aburre y me deja en paz" —pensó.
Nada de eso. Sevika se apuntó su silencio como una pequeña victoria, y siguió hostigando a Jinx.
-Te hiciste unos macarrones y dejaste la olla y los platos sucios tirados por ahí. No te molestaste ni en meterlos en el lavaplatos. ¿Quién te crees que va a venir recogerte la mierda?
Silencio de nuevo.
- ¿Hace cuanto que no te das una ducha? ¿Has visto cómo tienes el cuarto? ¿Cómo puedes vivir así? He visto animales más limpios que tú ¡no me extraña que nadie se te acerque!
- Pues lárgate de mi cuarto, o voy a pensar que te gusta olerme.
- Qué asquerosa y desagradable eres —dijo Sevika resoplando—. ¿Hiciste lo que se te pidió?
- Ahí está la pasta —respondió la chica alzando levemente su dedo índice para señalar una mesa atiborrada de papeles desordenados y cachivaches, donde había un fajo de billetes.
Sevika avanzó y empezó a contar el dinero.
- Está todo —dijo Jinx sin asomar la cabeza—. Sevika siguió contando el dinero sin escucharla, —Jinx podía escuchar el ruido del papel entre los dedos de la mujer— hasta que se dio por satisfecha. "Por supuesto —pensó la chica —está deseando que me equivoque de nuevo, que cometa un error de nuevo".
- Pues levántate, anda, que te toca hacerlo hoy también. Ya te he apuntado la dirección.
- Lo haré luego. Ahora voy a dormir.
- Lo harás ahora, a estos luego no los vas a encontrar en casa.
- Ahora tengo que dormir. Necesito dormir.
De pronto la almohada le fue arrebatada con brutalidad y un fuerte brazo la levantó de golpe de la cama agarrándola por el brazo. Jinx sintió una punzada de miedo. Sabía que físicamente no tenía nada que hacer contra Sevika. Luego sintió rabia: ¡era tan humillante que esa bestia la tratase así! Algún día tendría que darle una lección para hacerle entender que ella no era alguien a quien se pudiese tratar de esa manera, oh sí, desde luego que algún día lo haría, y más pronto que tarde.
Podría drogarla y atarla a una silla para luego dibujar sobre su cara, podría después colgarla del techo del despacho de su padre como un elemento decorativo, ya que tanto aprecio parecía tenerle a esa mula grande y fea. Pero antes de eso le sacudiría un poco. Nada que enfadase demasiado a papá, solo un par de bofetones y tal vez, tal vez podría ponerle un ojo morado. Sería agradable, sería tan divertido cuando lo hiciera… al pensar en aquello era casi como si ya lo estuviese haciendo. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando Mylo y Claggor le dijeron que sí, que lo hiciera, que era una buena idea.
Los dedos de Sevika chasqueando frente a sus abiertos ojos la hicieron volver a la realidad.
- ¿Me estás escuchando, niña? ¿O estás de nuevo en Babia? ¡He dicho que ahora!
Los duros dedos de Sevika se clavaron en su hombro, y acercó la cara de forma amenazadora. Ahora podía ver muy cerca de su rostro la expresión feroz de aquella mujer. Podía distinguir los bordes oscuros de la cicatriz de su cara, incluso los poros de su piel. Tenía unos ojos bonitos, pensó por un momento. Pero le había salpicado la cara de saliva. Asqueroso.
No le gustaba aquello, pero lo sentía como algo ajeno. Se sorprendió al escuchar su propia risa. Era una risa breve e infantil, casi inocente.
Sevika la soltó mirándola con desprecio. Era evidente que pensaba que estaba loca. En realidad ella no la podía culpar, pensó la chica. Por un lado no era la única que lo pensaba, y por otro… Jinx no sabía si estaba loca o no y no le interesaba. Tal vez lo estuviera, era algo bastante probable.
Pero el que todos lo pensasen no era un accidente. Ella había cultivado esa imagen a propósito.
Lo de Jinx iba mucho más allá de ser una inadaptada. Jinx era una freak y ella lo sabía. Ya que la persona a la que más había amado la había tratado como a un montón de basura justo antes de abandonarla para siempre, ella asumía que podría llegar a ser temida, pero no era digna de ser amada. Sin embargo, lo era. Silco la quería. Aunque ¿por cuánto tiempo?
Al fin y al cabo, su hermana también la había querido mucho, hasta que ella cometió un error.
No podía confiar en el amor que inspiraba a los demás, no, no podía confiar en eso otra vez. Pero el miedo era un sentimiento más sincero, más irracional y primitivo. Y los locos dan miedo, pensó Jinx, mientras percibía de forma muy lejana cómo Sevika se desesperaba al ver que sus azules ojos vidriosos ni siquiera la miraban. Al parecer le había vuelto a decir algo. Alguna otra chorrada.
-Dame la dirección. Voy para allá —dijo tras un parpadeo y una breve sacudida de cabeza.
-Nada de tiros esta vez ¿vale? A ver si eres capaz de no liarla de nuevo. Entras, que te paguen lo que le deben a tu padre, y te vas. No la jodas, que luego tiene que ir él detrás a salvarte el culo con la policía. No le des más problemas, no vaya a ser que se harte de ti. ¡Y no le cojas su coche, que no tienes carné, desgraciada! —gritó Sevika al ver que Jinx agarraba las llaves de un cuenco en el pasillo.
Pero la chica ya se había ido, volviendo a cerrarle la puerta en la cara.
-Ojalá te maten un día, pequeña loca hija de puta —masculló entre dientes la mujer.
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Donde quiera que Vi y Caitlyn preguntasen obtenían la misma respuesta. No sabían nada de nada, de ningún laboratorio destrozado y mucho menos de una tal Powder o de Silco. Tampoco querían meterse en problemas.
"Puede que hayan sido los Firelights", les dijeron. Pero tampoco sabían nombres ni querían meterse en líos con ellos. Al parecer eran una de tantas bandas de skaters que había en el barrio, solo que ellos iban de justicieros enmascarados. Destruir un edificio público de Piltover era algo que podrían haber hecho en el tiempo libre que les dejaba enfrentarse con la gente de Silco. Alguien también mencionó a una tal Jinx, pero se negó a seguir hablando. Así que así estaban ahora, sin saber dónde encontrar a los Firelights y qué tenía que ver la tal Jinx con ellos, o si realmente existía. Mencionaron ese nombre un par de veces con distintos resultados: o bien la gente se negaba en redondo a seguir hablando o bien contaban historias extrañas, demasiado extrañas para ser ciertas.
"Es una de las que van con Silco. No está bien de la cabeza y le gusta hacer explotar cosas", les dijeron en un bar.
- Eso me recuerda un poco a mi hermana… siempre la recuerdo trasteando con máquinas y cacharros —dijo Vi sonriendo mientras Caitlyn ponía los ojos en blanco.
- ¿Qué pasa? —preguntó la de Piltover. Te has quedado seria de repente.
- Nada, no es nada. Me acordé de algo. Da igual, sigamos.
- ¿Dónde vamos a ir ahora? —preguntó Caitlyn.
- Ahora vamos a ver a un amigo. No sé si se acordará de mí, pero lo vamos a intentar.
Un cuarto de hora más tarde, se encontraban frente a otro deslucido bloque de pisos. Este estaba claramente habitado: hileras de ropa colgaban de forma precaria de cuerdas bajo las ventanas y una señora sacudía una alfombra desde un balcón, pero en cuanto las vio se escondió y cerró de golpe. Subieron hasta el sexto piso en un anticuado ascensor que hacía sospechosos ruidos y tocaron el timbre mientras Caitlyn intentaba evitar aspirar el acre olor a humedad que desprendía el felpudo.
Tuvieron que tocar varias veces y cuando estaban a punto de retirarse pensando que no había nadie en casa empezaron a escuchar pasos que se acercaban a la puerta. Hubo un momento de silencio en el que se sintieron observadas a través de la opaca mirilla, y por fin la puerta se abrió.
El chico que abrió parecía aproximadamente de la misma edad que ellas. Llevaba una desgastada camiseta con publicidad de un supermercado, unas chanclas negras, y unos pantalones anchos a media pierna del mismo color. Era bastante atractivo, pero tenía la amargura pintada en su rostro. Se restregó los ojos por el sueño hasta que reconoció a Vi.
- Te hacía en el talego, Vi —dijo el chico mirándola con desconfianza.
- Eso fue hace un tiempo. Ya salí, y ahora estoy aquí.
- Ya veo. Aquí, en mi puerta, por las buenas, después de tantos años. Y con una "Pilti".
- Se llama Caitlyn, y es mi amiga. Él es Ekko, un viejo amigo. ¿Podemos pasar?
Ambos se miraron unos segundos con recelo, pero nadie pronunció palabra alguna, ni siquiera una fría fórmula de cortesía.
- A decir verdad, no, no podéis pasar. Estaba durmiendo y me habéis despertado. Deberíais salir del barrio… hay muchas cosas que han cambiado, Vi, y no para mejor.
- Estoy buscando a mi hermana, Ekko. Me llegó un anónimo diciendo que puede estar en peligro.
- Pregúntale también por lo del laboratorio, Vi. Y por los Firelights —susurró Caitlyn de forma no demasiado discreta.
- Tu hermana… ¿en peligro? —dijo el muchacho con una sonrisa torcida que pronto se borró de su rostro. —Lo siento, Vi, pero te han gastado una broma pesada. Tu hermana… tu hermana murió.
- ¿Murió? ¿Qué? ¿Cómo que murió? —preguntó Vi con un hilo de voz, dejando caer al suelo su teléfono, que Caitlyn recogió.
- La gente se muere. Y no es lo peor que les puede pasar.
- ¿Cómo murió? ¿Qué le pasó? ¿Cuándo fue?
- Fue hace un año. Un accidente. Le cogió el coche a su viejo estando pedo, se durmió, y se estampó contra un árbol. No sufrió, Vi, dicen que fue muy rápido. No se dio cuenta de nada.
Vi no dijo nada, lo miró con los ojos muy abiertos y parpadeó un par de veces. Sentía como si su cerebro y su corazón fuesen a explotar a la vez.
- Vi, Powder ya sabía que iba a morir joven, me lo dijo más de una vez, que no se veía poniendo lavadoras, pagando facturas, y ahorrando para el futuro. Mientras vivió tuvo la vida que quiso, y eso es mucho más de lo que la mayoría pueden decir.
- Llévame a su tumba ¡necesito ver su tumba!
- La incineraron, Vi. No sé qué hicieron con sus cenizas, tal vez las tenga el viejo —dijo Ekko girando la cabeza hacia un lado para esquivar los ojos llorosos de su antigua amiga.
- ¿Cómo fue su vida estos años? ¿Era… fue feliz?
- Powder era la chica más cariñosa e inteligente que he conocido nunca. Incluso fue un par de años a la universidad, a estudiar Química. El puto viejo no quería, pero le dieron una beca y se lo pagó ella misma todo. Por una vez se puso firme. Luego la expulsaron, por lo visto tuvo algunas palabras con un par de profesores. No le importó demasiado, dijo que ya había aprendido lo que necesitaba. Luego… su padre la metió en "el negocio", ya sabes. Oh, sí, si el viejo le hubiese dicho que se tirase desde lo alto del puente a ella le hubiese faltado tiempo para saltar.
Como cuando le dijo que me dejara… estuvimos juntos ¿sabes? Entonces éramos casi dos niños, fue un par de años después de, ya sabes, de la explosión. En fin. Ahora Powder está muerta, que descanse en paz. Y ya he hablado de más.
- No era su padre. No te refieras a él como su padre… su padre se llamaba Vander y era un buen hombre.
- Lo sé, Vi, lo sé. Lo siento. Fue una forma de hablar.
- Vámonos, Vi. Vámonos de aquí —dijo Caitlyn agarrando su mano.
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Se habían sentado a descansar un momento en el banco de una sucia placeta, a la sombra de unos árboles. Aunque ya no lloraba, Vi estaba abatida por completo. Caitlyn por su parte intentaba unir mentalmente un puzle en el que faltaban o sobraban piezas. No sabía qué era, pero algo estaba mal. Entonces recordó algunos detalles del lenguaje corporal de Ekko mientras les contaba la historia de la muerte de Powder en los que antes solo se había fijado de pasada.
- Nos ha mentido, Vi. Lo sé, me doy cuenta de esas cosas. No quiero darte falsas esperanzas o algo así, pero cuando dijo que tu hermana estaba muerta… ahí hay algo que no nos ha contado. Se notaba que estaba inventándose una historia sobre la marcha, Vi.
- Solo me dices eso para que sigamos buscando el estúpido pendrive —dijo Vi, sin mirarla.
- Piensa lo que quieras. Vas a hacerlo de todas formas —respondió Caitlyn, hastiada. Vi era bastante intensa con el tema de su hermana, eso no era nuevo.
- Entonces… ellos estuvieron juntos… curioso —dijo Vi, limpiándose una lágrima.
-Es un chico guapo. Borde, pero guapo. Si ella era la mitad de guapa que tú, seguro que hacían una bonita pareja.
- ¿También te gusta a ti? —preguntó Vi con una sonrisa triste.
- Yo no he dicho eso. Ya sabes que lo mío no son los tipos. Pero de manera objetiva, es muy atractivo, eso puedo verlo. De todas formas ¿qué importancia tiene eso?
- Ya ninguna. Solo que… jamás me hubiese imaginado que a mi hermanita le gustasen los tíos. Siempre pensé que era incluso más lesbiana que yo. Supongo que nunca conoces del todo a nadie ¿verdad?
Caitlyn la miró con una expresión de pena, suspiró, y volvió la cara.
- Nunca me has preguntado por qué te dejé, Vi.
- Supongo que porque somos como el agua y el aceite. O tal vez tu madre te dijo que podías conseguir algo mejor… a decir verdad, apuesto por eso último. A ella nunca le caí demasiado bien —comentó Vi recordando aquella vez que la señora la había llamado "vagabunda".
- No fue por nada de eso. Fue porque siempre estuviste… obsesionada con otra. En fin… mejor me callo.
Vi la miró por un momento con una expresión dura y le dio la espalda. No contestó y se hizo un silencio tenso entre ellas, hasta que Caitlyn lo rompió de la forma más inesperada.
- ¿Qué es eso? ¿Qué se supone que es eso?
- ¿El qué? —preguntó Vi con voz apagada y sin levantar la vista del suelo.
- ¡Mira ese grafiti! ¡Ese mismo grafiti estaba en el laboratorio!
A la entrada de un oscuro callejón y al lado de unos contenedores de basura, justo donde las sombras impedían seguir viendo la sucia calleja, había un grafiti. Caitlyn debía tener muy buena vista para haberlo distinguido desde donde estaban entre todos los demás grafitis de aquella estrecha calle, aunque lo cierto es que este era bastante particular. Era un tosco dibujo de una cabeza de mono de un color entre violeta y rosado, y debajo, en el mismo color, la firma de aquel personaje del que tanto habían oído hablar últimamente: Jinx.
Vi hubiese reconocido hasta en el infierno los dibujos de su hermana, y de pronto lo entendió todo: recordó la última frase que le dijo a Powder antes que las separasen por la fuerza, y todas las pequeñas pistas que habían recopilado aquí y allá, todos los silencios, incluso las mentiras de Ekko tuvieron sentido en un solo momento.
"No te quiero volver a ver, porque traes mala suerte".
El corazón de Vi latía con fuerza mientras distintos sentimientos y emociones peleaban por tomar el control de su cabeza. Aquello era una mierda, una mierda enorme. Pero al menos estaba viva. Al menos había esperanza, algo de esperanza. Ekko no tenía razón: Powder aún vivía, ella lo sabía mejor que nadie.
Pero decidió que por el momento no iba a compartir esa información con Caitlyn. Era lo más prudente.
