A Jinx apenas le llegaban los pies a los pedales del anticuado Mercedes de su padre, su metro cincuenta y cinco de estatura no daba más de sí. Echó el asiento hacia adelante todo lo que pudo hasta sentirse encajonada contra el volante. Intentó poner el aire acondicionado en funcionamiento, pero resultó estar averiado. Maldiciendo su mala suerte abrió las ventanas y arrancó… pero apenas había recorrido medio kilómetro cuando se vio en un atasco. El coche olía al tabaco negro que fumaba Silco y parecía un horno, y el sudor le caía por la frente, mojándole el flequillo. Buscó en la guantera y sacó una lata de cerveza. Estaba más caliente que la sopa que había cenado la noche anterior, pero al menos le serviría para hidratarse, se dijo. El coche de al lado también tenía las ventanas abiertas y el conductor atronaba la calle con su música.
"Contigo todo lo tenía, nada me faltaba, nada me faltaba, contigo todo lo tenía y ya no tengo nada, ya no tengo nada, perdido voy por este mundo sin saber a dónde, como un vagabundo".
El tipo no llevaba camiseta y se rascaba negligentemente sus peludos pectorales, y aquel era precisamente el tipo de música que ella odiaba con todas sus fuerzas. A decir verdad, tampoco la letra de la canción estaba ayudando.
"Por más que me pregunto, no encuentro la razón, ¡ay qué dolor!, para dejarme así, ¡ay qué dolor!, sin una explicación, ¡ay qué dolor!".
- Yo nunca te dejé, Jinx, me mataron, lo sabes. Ya te lo contaron… un navajazo en el patio de la trena. Yo no te hubiese dejado, yo te quería —dijo Vi, dentro de su cabeza.
- Te está mintiendo, Jinx. Ella te dejó antes de palmarla. Te dejó por gafe, porque eres una desgracia sobre dos patas. Por eso y porque se avergonzaba de ti —dijo Mylo.
- ¡Eso es mentira, aquello fue un mal momento, un arrebato! ¡Lo hubiésemos arreglado! —se defendió aquella Vi imaginaria.
- La cagaste, Jinx, la cagaste, pero bien. Estamos todos muertos por tu culpa, ¡por tu puta culpa, Jinx! —añadió Claggor.
- ¡Fue un error, fue solo un error! ¡Yo no quise, no quise que eso pasara! ¡Lo siento! ¡De verdad que lo siento! —gritó Jinx soltando el volante para llevarse las manos a la cara.
"Si alguna vez te viera por la calle pasar, ¡ay qué dolor!, no lo quiero pensar, ¡ay que dolor!, que lo pasé muy mal, ¡ay qué dolor!, ¡ay qué dolor!, ¡ay qué dolor!, ¡ay qué dolor!".
Jinx levantó la cara. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero se dio cuenta de que no demasiado porque aún seguía sonando la misma maldita canción. El tipo del coche de al lado la miraba sin disimulo, y ella se estaba empezando a cabrear.
- Oye tío, ¿te importaría bajar eso, por favor? — preguntó Jinx intentando usar sus mejores modales.
- ¡Que te den por el culo, puta pirada! —respondió el otro.
- Mira, gilipollas, te he pedido muy amablemente que bajes esa mierda —respondió Jinx, esta vez dejando que el descamisado conductor pudiese dar un vistazo a Pow – Pow —. ¿Lo vas a hacer?
Al tipo le faltó tiempo para apagar la música y cerrar el cristal. La cola de coches se fue moviendo, y el hombre arrancó el coche y salió corriendo en cuanto pudo. Suspirando Jinx arrancó también el suyo.
- De nada, Jinx, ha sido un placer ayudarte —dijo Pow – Pow, o más bien Jinx sujetando su arma muy cerca de su cara (mientras manejaba el volante con la otra mano) y poniendo una voz en falsete.
- Sí, bueno, gracias y todo eso. Supongo que eres bastante útil —contestó la chica.
- ¿Solo útil? ¿Solo soy eso para ti? ¿Un instrumento? ¡Me estás rompiendo el corazón!
- No tienes corazón, Pow – Pow, eres solo un trozo de metal. Ahora cállate un poquito, por favor. Callaos todos un rato, ¿vale? Vamos a ver qué música tiene papá en el coche. A ver: mierda, basura, caca, cacota, caca de la vaca… mira, ¡esto no está tan mal! —dijo Jinx cogiendo un CD pirata de los "Héroes del Silencio".
Antes de que se acabase la cerveza estaba en la dirección que Sevika le había escrito con su letra grande y clara. Era la peor zona de Zaun, a la que se llegaba en coche a través de un camino de tierra y a pie por unas escaleritas que subían un cerro. Las casas eran precarias construcciones con tejados de plástico y hojalata, la basura se acumulaba en las calles sin asfaltar. Ninguna de aquellas viviendas tenía agua potable, y la electricidad estaba pinchada.
"Se ve que esa guarra de Sevika está deseando que me liquiden bien pronto" —pensó la chica.
Jinx aún tarareaba el estribillo de la última canción que había escuchado cuando aporreó la puerta con su puño. Llevaba su arma oculta, pero sabía que su sola presencia sería intimidante para los habitantes de aquella casa. No era como con el imbécil del coche: estos sabían quién era. Y eso podía ser bueno o malo. Se vería.
"Dame tantas rosas como espinas me clavé, no encajo bien tus bromas, ¿por qué serás tan cruel? Hoy dame tantas rosas como espinas me clavé, tan fácilmente explotas ¿qué infierno te posee? Dame tantas rosas, dame tantas rosas…
A Jinx se le olvidaba la letra. Estaban tardando en abrirle y empezaba a perder la paciencia.
- ¡Sé que estáis en casa! ¡Abridme, que tengo las mejores intenciones! —dijo antes de echarse a reír. Su propia ocurrencia le había parecido de pronto muy divertida. De pronto escuchó un ruido, y se giró apuntando con el arma. Solo era una niña, una niña pequeña que la miraba con sus ojos azules muy abiertos. Tenía una expresión determinada en la cara: no se había dejado amedrentar ni por ella ni por Pow-Pow. A Jinx le recordó a alguien que había perdido hacía algún tiempo.
- Hola. ¿Estás sola? —preguntó Jinx bajando el arma.
De pronto la puerta que había permanecido cerrada se abrió y salió una mujer con las manos en alto.
- Por favor, ¡no le hagas daño a la niña!
Jinx la miró de arriba abajo, apuntándola esta vez a ella. —No le voy a hacer daño. Solo he venido a que me deis lo que le debéis a Silco. Me pagas, me largo, y adiós muy buenas.
- No tenemos ahora mismo el dinero. Tuvimos que tirar al río la mercancía: nos seguía la pasma. Os pagaremos en cuanto podamos ¡te lo juro por mi hija!
- No jures en vano por la niña. ¿Podemos pasar y hablamos? Me estoy torrando de calor aquí fuera.
Aquello se estaba complicando, y justo la semana pasada se había perdido la paciencia y antes de que se diera cuenta toda la cuestión se había puesto muy fea... sobre todo para los otros implicados. Suspiró: el asunto se podía arreglar de dos maneras: a la suya o a la de su padre. La chica pensó que por una vez intentaría parecerse a papá, a su aburrido papá.
Sentadas en la habitación principal de aquella casucha que era al parecer la única, a juzgar por la cama de matrimonio que había en un rincón, Jinx suspiró mientras la mujer la aburría con sus excusas. Había cogido a la niña en brazos ante la mirada aterrada de su madre, que sin embargo, dado que ella estaba desarmada, no se atrevía a hacer nada al respecto.
- Bla bla bla. Mamá es una aburrida. Ya nos ha contado ese cuento tres veces por lo menos. Me está doliendo la cabeza y eso me pone de mal humor —dijo jugando con Pow – Pow.
- ¡No tengo el dinero! ¡Me puedes matar si quieres, pero no te voy a poder pagar! Sin embargo, si vuelves en un mes… te lo podría devolver con intereses.
- Ya, ya, ya… Mira, en un mes no sé si siquiera estaré viva. Además, ya ni siquiera se trata de dinero, sino de que no habéis cumplido vuestra parte. ¿Cómo nos deja eso a nosotros? Entiéndeme, si la gente se entera de que os salido gratis faltar a vuestra palabra, todos irán a jodernos, pero a jodernos bien jodidos. Se me ocurre una solución: ¿qué te parece si me llevo a la niña? Me la llevo ahora y todo arreglado. ¿Cómo se llama, por cierto? ¿Cómo te llamas, niña?
- Se llama Jessica María. Déjala, por favor ¡ella no tiene culpa! —contestó la madre en un susurro.
- No te he preguntado a ti ¿O sí? Bueno, ahora no me acuerdo, da igual. ¿Quieres venirte conmigo, Jess? Te aseguro que soy más divertida que mamá. Yo no te voy a mandar a lavarte los dientes ni a acostarte a las nueve ¡ni siquiera te llevaré al colegio! —dijo Jinx en un susurro abriendo mucho los ojos—. Te aseguro, Jess, que ir a clase es una enorme, inmensa pérdida de tiempo. De eso nada, te quedarás conmigo… y te enseñaré cosas que valgan la pena. Te enseñaré a traficar, te enseñaré a manejar un arma…
En este punto tuvo que interrumpirse por un ataque de risa. La madre comenzó a llorar y la niña empezó a hacer pucheros al ver a su progenitora.
- ¿Pero por qué lloras? ¿No te quieres venir conmigo? ¡Sería divertido! No llores. Sonríe. Así —dijo Jinx estirando con dos dedos sus propios labios para mostrarle a la niña lo que debía hacer—. ¿Ves? Mucho mejor. Me gustas, Jess, toma un caramelo. ¡Ya ves que no soy mala!
La madre hizo un gesto para impedir que la niña se llevase el dulce a la boca, y Jinx volvió a apuntarle a la cabeza.
- ¿Qué clase de persona te crees que soy? Te aseguro que ese caramelo no lleva nada más que caramelo. No le hará daño a la niña a no ser que sea diabética. ¿No eres diabética, verdad Jess?
La niña denegó con la cabeza. Jinx hizo un exagerado gesto de alivio llevándose la mano libre al pecho.
-Pues como te decía, Jess, resulta que yo no puedo tener bebés. Sí, un estúpido médico me lo dijo, pero es una larga historia. Tú podrías ser mi bebé, además ya no te haces pipí encima ¿verdad? No, ya eres una niña mayor. Eso me gusta. A decir verdad, serías más mi hermanita pequeña, más que mi bebé. ¡Podríamos ser las super hermanas! Podríamos ser las putas amas de este barrio y de Piltover entero. ¿Qué me dices?
- ¡Basta de juegos! —gritó la madre.
- ¡Aw, mami se ha enfadado! No estoy jugando, ya no me interesa tu dinero. Ahora quiero a Jess. ¡A veces me siento sola y aburrida, y ella me podría entretener!
- A ver, si me das un segundo… tengo algo de oro escondido. Algunos anillos y colgantes. Lo guardé cuando te escuché tocar en la puerta. Si lo llevas a una tienda de empeños te van a dar más de lo que te debemos. ¿Vale? ¿Está bien eso?
- Tendrías que haber empezado por ahí. Aunque ¿me vas a hacer dar otro viaje? ¿Ahora tengo yo que llevar a empeñar tus mierdas? ¿Sabes que llevo tres días sin dormir? No, no lo sabes y no te importa. ¿Qué piensas de esto, Pow – Pow?
- Creo que lo sensato sería que llevase ella misma a empeñar sus cosas y no que lo tengas que hacer tú —dijo Jinx en falsete hablando como si fuese su arma.
- Claro, desde luego eso sería lo razonable, pero entonces tendría que venir de nuevo a hacer otra visita. Y mira, me da pereza. Nah, prefiero la niña a la pasta. Me llevo a Jess y quedamos en paz ¿qué te parece, Jess?
La niña comenzó a llorar y Jinx puso los ojos en blanco.
- Creo que eso es un no ¿verdad? No sé por qué, no les caigo bien a los niños. No tengo la mano de mi padre. ¡Los niños lo adoran! ¡Hasta yo lo adoro! En fin… mira, no voy a llevar a empeñar tus cosas. Si son robadas o algo así, la que se mete en un problema soy yo. Lo vas a hacer tú, y me vas a llevar el dinero en una bolsa de supermercado a "La última gota". Te espero allí a las diez, a las diez en punto. Búscame en la barra, ven sola, y sé discreta. No intentes jugármela ¿vale? Si tengo que volver por aquí, te aseguro que no voy a ser tan amable.
- ¿Estabas dispuesta a quedarte con la niña? —preguntó la Vi que vivía en el interior de la mente de Jinx cuando estaban de vuelta en el coche.
- ¿Por qué no? Se parecía a ti. Podría sustituirte. Sería mejor hermana con ella de lo que tú fuiste conmigo, y ella sería también mejor conmigo que tú, porque peor es imposible.
- No funcionaría. Sabes que no funcionaría, y lo sabes porque ya lo has intentado. Solo hay una Vi, del mismo modo que solo hay una Jinx. Siempre seremos nosotras, tú y yo. No habrá nadie más.
- Cállate la boca, no intentes engatusarme ahora —se contestó a sí misma, sonrojándose mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.
oOo
Vi sabía que si quería encontrar a su hermana debía buscarla en "La última gota", el bar que había sido de su padre y que había heredado Silco. Pero también había escuchado hablar de ese lugar en el rato que llevaba en el barrio… y no era nada prudente ir allí sola, ni siquiera con Caitlyn, ni aun estando ella armada.
Aquel sitio era ahora una tapadera para los negocios sucios de su tío y también era el lugar de reunión de sus matones. Meterse allí era entrar de forma voluntaria en la boca del lobo. Tenía que haber otra forma de hacer las cosas.
- ¿Qué crees que querrá hacer la tal Jinx con los datos que hay dentro del pendrive? —preguntó Caitlyn.
- Jinx es solo un peón: hay que ir a por Silco. Te aseguro que él es el que está detrás de todo esto, él es quien maneja todo el negocio de la droga en Zaun y Piltover. Por cierto… ¿qué hay en ese pendrive? ¿Por qué es tan importante?
- No debería decirte esto, pero… es lo menos que puedo hacer ya que me estás ayudando. Se trata de una nueva droga, puede tener un uso médico muy importante, al parecer ayuda a soportar la quimioterapia a los enfermos de cáncer —dijo Caitlyn suspirando—. Parece que el mejor amigo de Jayce se está muriendo de cáncer, pero no sabemos qué lo matará antes, si la propia enfermedad o la quimioterapia.
- Ah. Eso es genial. Digo lo de la droga, no lo del amigo de tu amigo, claro —dijo Vi, pensando para qué querrían Silco o su hermana algo así. No encajaba de ninguna manera con lo que sabía hasta ahora.
- Pero si se usa de forma indebida —continuó Caitlyn— puede ser bastante tóxico. En las manos inadecuadas, podría convertirse en la nueva droga de moda o en un medicamento para crear súper soldados: el sujeto se siente eufórico, no siente dolor, ni miedo, ni tampoco cansancio, también se distorsiona la manera en la que el cerebro interpreta los estímulos exteriores, y por un tiempo el cuerpo adquiere una resistencia sobrehumana.
- Entiendo. Y toda esa mierda estaba en un pen. Donde cualquiera podía cogerla.
- Solo había datos clave sobre el estudio, obviamente los ensayos se están desarrollando en un laboratorio —dijo Caitlyn.
- Pero eso estaba tirado por ahí, para que alguien entrase y lo robase —insistió Vi, asombrándose de tan tremenda estupidez.
- Estaba guardado a buen recaudo, pero al parecer la persona que lo robó tenía alguna idea acerca de dónde buscar. Obviamente mi amigo tenía una copia de seguridad, pero que ese dispositivo haya sido robado… es un problema.
Vi prefirió no opinar en voz alta, pero le pareció desesperante la ingenuidad de crear algo así y no pensar en la posibilidad de que pudiese haber personas deseando usarlo para fines nada nobles hasta que ya el mal estuviese hecho.
Ahora que sabía eso las cosas se complicaban. Ya no se trataba solo de encontrar a su hermana, sino de impedir que accediera a la información que había robado. Aunque siendo optimistas, probablemente no tuviese cómo hacerlo. Era casi imposible que ella o los suyos tuviesen conocimientos o un laboratorio equipado como para desarrollar aquello, se dijo.
El sol de las cinco de la tarde caía sobre las calles de Zaun como si fuera plomo derretido. El parte meteorológico ya había anunciado que la ola de calor duraría al menos tres días más y faltaban cinco horas para que llegase la noche. Ya habían visto de nuevo el mismo grafiti del mono, esta vez sin la firma debajo. Entraron en un bar para pasar el rato a la sombra mientras pensaban algo. El sitio era oscuro y sucio, pero Vi había tenido cierta amistad con Jericho, el dueño, y el hombre todavía se acordaba de ella.
- Entonces, si quisiéramos pillar… es un suponer, farlopa, por ejemplo. ¿Por quién deberíamos preguntar? —dijo Vi.
- Yo no sé nada de esas historias, niña. Yo estoy a lo mío y no me meto en eso.
- No es para nosotras, hombre, es para un amigo. Pero escúchame, él no la quiere tratar con cualquiera que le vaya a vender alguna mierda cortada con tiza o talco. Él quiere calidad. Además, mi colega está pensando meterse en el negocio —insistió Vi.
El hombre miró a Vi con reproche, tal vez preguntándose si lo tomaba por idiota, pero ante su insistencia, suspiró, dejó el vaso que estaba fregando, y se secó las manos en el mandil.
- Si tu amigo tuviera ganas de destrozarse la nariz y el cerebro con mierda de "calidad" y de paso envenenar a medio barrio, supongo que podría ir en busca de Sevika. Ella tal vez le podría echar una mano con eso —rezongó el hombre. No estaba muy feliz de darles esa información, pero pensó que de todas formas se iban a enterar. No les estaba contando ningún secreto.
- Genial, lo tendremos en cuenta. Para decírselo a mi amigo, ya sabes.
- Yo no he dicho nada ¿de acuerdo?
- Tú no has dicho nada. ¿Y dónde encontramos a esa cerda, digo, a esa tía?
- ¿Aparte de en "La última gota" con todos los demás? Se pasa la vida jugando a las cartas en un tugurio clandestino que está a una manzana de aquí. Es un sótano, y normalmente no dejan entrar a desconocidos, pero vais a tener suerte: como es verano, han sacado unas mesas a la calle para que los clientes no se cuezan de calor. Esta noche estará seguro, pero no la encontraréis allí antes de las ocho.
Vi sonrió y sus ojos brillaron: por fin tenían una buena pista. Sevika había sido una amiga personal de Vander, pero ahora al parecer se había metido en los sucios negocios de Silco. No era más que una mafiosa y una traidora egoísta, y Vi estaría encantada de patearle el culo.
- Una cosa más: no sé que estás tramando, Vi… pero ten cuidado. Esa panda es peligrosa. No son gente con la que se pueda jugar —añadió Jericho tras un momento de duda, para seguir luego con sus quehaceres.
Caitlyn se había sentido incómoda durante todo aquel rato, y bebía Coca-Cola de una pajita intentando centrarse en otra cosa que no fuera una conversación sobre tráfico de drogas. Ella era buena investigadora y estaba muy consciente de sus muchas habilidades, pero prefería que Vi se encargase de esa parte de la investigación.
Vi la miró. Jugaba con su pajita en su vaso, removiendo la bebida y pasándola por los bordes. Se la llevó a los labios y bebió. Aquel gesto le resultó encantador sin que pudiese muy bien explicarse el motivo, y la miró mordiéndose los labios. Sus ojos se cruzaron y Caitlyn se sonrojó, miró hacia un lado y luego volvió la vista a Vi, pero para entonces su exnovia ya no la miraba. Estaba absorta en la pared de enfrente, pues acababa de recordar la última vez que vio a alguien hacer eso, en aquél mismo bar, muchos años atrás.
oOo
Jinx abrió la puerta de su casa de puntillas. El subidón de adrenalina había acabado y ahora estaba tan mareada por el cansancio y el déficit de sueño que casi perdía el equilibrio a cada paso. Para colmo la resaca con la que había empezado el día se había convertido en un punzante dolor de cabeza.
Por suerte la casa estaba en silencio, con un poco de suerte Sevika estaría por ahí haciendo vida social. A pesar del cansancio Jinx no estaba segura de si sería capaz de dormir o se quedaría tirada en la cama sintiendo pinchazos en los ojos. Puso la alarma del reloj para que sonase a las nueve, y por si acaso puso otra a las nueve y cinco y otra más a las nueve y ocho minutos. Abrió con mucho cuidado la puerta del cuarto de su padre, y allí estaba él, durmiendo la siesta. Parecía tranquilo y amable, y Jinx se arrepintió aún más de haber discutido con él dos días atrás.
Se acercó como un ratoncito a la cama y tras descalzarse se acostó a su lado hecha un ovillo y cerró los ojos. Pero Silco no estaba tan dormido como ella creía.
- ¿Dónde estuviste esta noche? —preguntó en voz baja mientras le pasaba una mano por la frente para apartarle el pelo de la cara. Desde donde estaba él no podía ver su expresión, pero se la imaginaba triste, como cuando de niña venía a su cama en medio de la noche porque había tenido un mal sueño.
- Estuve en el laboratorio. Necesitaba estar sola —respondió la chica, pensando que en realidad nunca estaba sola, lo quisiese o no.
- Me preocupé por ti cuando vi que no contestabas al teléfono. Pensé que te habían atacado los Firelights. Incluso salí a buscarte por la zona del puente. ¡He estado en un sin vivir hasta que Sevika me dijo que habías vuelto a casa casi al mediodía!
La voz de Silco, que antes había sido suave, ahora era dura, cargada de reproche.
- Lo siento, no tenía ganas de hablar. Lo siento —dijo Jinx en un susurro.
- Por cierto, hablando de Sevika. He hablado con ella. Termina lo que tengas entre manos, porque va a ser tu último trabajo por ahora. Tienes cosas más importantes que hacer, y quiero que te centres en eso.
- Esto no será todavía por lo de la semana pasada ¿verdad? —gritó Jinx a la defensiva, volviéndose con rapidez con sus ojos azules centelleando de rabia y una fea expresión en su rostro de facciones infantiles.
- No es por eso. Quiero que te centres en lo importante. Cobrar pagos atrasados y meter mercancía en Piltover lo puede hacer cualquier idiota, no quiero que pierdas el tiempo en eso. Tengo grandes planes para ti, mi niña, para nosotros dos —dijo Silco con tranquilidad acariciando su mejilla y levantando su mentón para mirar sus ojos, que brillaban enfadados bajo sus cejas fruncidas.
De sobra sabía Silco que Jinx odiaba verse excluida de los asuntos de la banda, aun cuando no le gustase el trabajo en equipo ni socializar, pero también sabía que él tenía razón: su hija era la mejor en todo, pero aprovecharía más su tiempo y recursos si se quedaba investigando sobre lo que había robado en aquel laboratorio.
Ella era poco más que una adolescente, todavía le quedaban muchas lecciones por aprender. Todavía no había sacado todo el potencial que tenía dentro, pero él se encargaría de eso. Ella solo tenía que obedecer como hacen las buenas hijas con sus padres.
Papá sabía lo que le convenía. Él conocía el mundo mejor que ella.
- Está bien. Como quieras —dijo Jinx bajando la cabeza y volviendo a su expresión de tristeza anterior al estallido de rabia.
Silco la abrazó contra él, haciendo que su cabeza quedase encima de su pecho. Si no se hubiese dado cuenta a primera vista de que no estaba en su mejor momento de ánimo, si no lo hubiese sabido desde el mismo instante en el que la chica había entrado de puntillas en su alcoba, las ojeras negras marcadas en su rostro le hubiesen podido dar una pista.
- ¿Has vuelto a tener pesadillas? —preguntó Silco.
Ella asintió con los ojos cerrados. —He vuelto a soñar con ella. ¡Y ya no puedo dormir, estoy cansada y no duermo, cuando cierro los ojos ya no hay oscuridad, sino luces de colores! —exclamó la chica.
- Mírame, Jinx —dijo Silco esperando a que ella abriese los ojos para hablar de nuevo—. Tu hermana se fue. ¡Tienes que dejar morir el pasado! ¡Tienes que dejar morir a Violet! Y tienes que dejar morir a Powder para que Jinx pueda vivir.
- Lo sé. Tienes razón. Solo que no puedo —susurró Jinx con la voz quebrada. Los músculos de su rostro se contraían de forma involuntaria mientras ella trataba de evitar echarse a llorar. Odiaba llorar frente a su padre, no quería que pensase que era débil.
- Sí que puedes, solo que no quieres, porque todavía no ves las cosas como yo las veo. Pero lo harás, sé que lo harás. Ahora respira hondo, cierra los ojos y no pienses en nada. El sueño vendrá solo, si te estás quieta y tranquila.
- No puedo estar aquí mucho rato, tengo que despertarme a las nueve. He quedado con una zorra en "La última gota". He estado a punto de quitarle a su niña, por desgraciada y mentirosa. ¿Sabes? la ha puesto en riesgo con tal de intentar escaparse sin pagarnos lo que nos debía. No se merecía a su hija.
- ¿Y para qué quieres tú una niña? No haría nada más que estorbarnos, Jinx —comentó Silco con preocupación. Jinx ya le causaba bastantes problemas como para que ahora le entrase el deseo de ser madre, pensó.
- Para nada. No la quiero para nada —respondió ella—. Yo no quiero una niña. No quiero ser la madre de nadie, así que, si eso te preocupa puedes estar tranquilo.
"A la que quiero de vuelta es a mi hermana, a pesar de todo, a pesar de todo lo que me dijo. Pero eso no lo tendré nunca: los muertos no vuelven" pensó la chica, alegrándose de que su padre no pudiese leerle la mente.
