Capítulo 3: Cae la noche en Zaun
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N/A: Hasta ahora he sido bastante fiel a la historia de Arcane, pero al final de este capítulo todo va a cambiar bastante. Por cierto, aquí hay muchísimos spoilers.
N/A (2): Silco y Jinx no tienen ni van a tener una relación más allá de ser padre e hija. Otros personajes pueden pensar lo que quieran y de hecho lo harán, pero eso no va a pasar.
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Sevika salió del piso asqueada. Había cometido la imprudencia de entrar en el dormitorio de su jefe para robar su desodorante, y los había visto a los dos dormidos y abrazados. Cerró la puerta en silencio maravillándose de que no se hubiesen despertado. Dio una vuelta a pie por el barrio para despejarse. Tal vez no fuese lo que ella estaba pensando, tal vez solo estuviesen durmiendo juntos porque… ¿había chinches en la cama de Jinx? se preguntó a sí misma, burlona.
Por lo que fuese —se dijo—. Aunque su padre jamás, nunca, en ningún caso, hubiese dormido con ella. Sevika tenía unas ideas muy claras acerca de lo que las relaciones entre padres e hijos debían ser, y no podía aceptar aquello. No, de ninguna manera estaba bien lo que había visto, pensó. ¿Pero qué podía hacer ella? Al fin y al cabo, la niña en realidad no era una niña, ya era mayor de edad desde hacía dos años.
Era casi la hora de ir a la timba, pero pensó que sería adecuado pasarse antes por "La última gota" solo para asegurarse de que todo estaba en orden. Entró en el despacho de Silco, y allí estaba él, bastante centrado leyendo el periódico. Cuando Sevika se aproximó a la mesa pudo ver que había estado dibujando orejas y rabo de demonio a la alcaldesa Medarda, y que todos los miembros del ayuntamiento estaban rodeados con círculos rojos. Sevika sacudió la cabeza con impaciencia, pensando que sería mejor que Finn no viera aquello, o lo reforzaría en su idea de que el viejo estaba chocheando.
— Estás aquí. Me alegro, porque llevo pensando en ti toda la tarde. Necesito que me hagas un pequeño favor. Un favor personal. Ni que decir tiene que espero que seas discreta, Sevika.
— Por supuesto, señor. Solo dígame de qué se trata y haré lo que esté en mi mano.
— Se trata de mi hija, Sevika. Creo que no está bien.
Sevika resopló. Tenía ganas de gritar que no, que evidentemente la maldita mocosa no estaba bien, que estaba fatal de la cabeza, pero que ella no pensaba hacer absolutamente nada por aquella horrible niña. Ni siquiera se explicaba cómo Silco le contaba eso a ella, que no disimulaba su antipatía hacia la chica.
— Con todos mis respetos, señor, yo no soy la persona más adecuada para ocuparme de ese problema.
— ¿Así que piensas que mi hija es un problema?
— Yo no he dicho eso, lo ha dicho usted, pero ya que lo menciona, sí: es un problema. ¡Es un enorme problema!
— Necesito que me busques una bruja.
— ¿Una bruja, señor?
— Sí, una bruja, una curandera… lo que sea. Que le ahuyenten el mal de ojo, que le hagan una limpieza, que le pasen un huevo por la cara para quitarle sus males, cualquier chorrada bastará.
— Señor… —comenzó a decir Sevika, sin saber qué pensar. Aquel estaba siendo un día muy extraño.
— Tiene un montón de tonterías en la cabeza, y necesito quitárselas. No me interpretes mal, Sevika: yo no soy hombre que crea en supersticiones. Pero si ella se lo cree, si logro convencerla de que todos sus males se han ido y de que está limpia, tal vez pueda conseguir que de una vez deje el pasado atrás.
— Señor. No voy a fingir que le tengo aprecio a Jinx porque el respeto que le tengo a usted me impide mentirle a la cara. Pero si fuera mi hija… si fuera mi hija la llevaría a un médico —dijo Sevika, añadiendo mentalmente que hacerla dormir en su propia cama también ayudaría.
— ¿A un médico? —preguntó Silco arrugando el entrecejo. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
— Sí, a un médico. O haga venir a un médico de Piltover para que la vean: ¡usted puede permitírselo! Tal vez con medicación esa locura que tiene se le calme un poco, y tal vez…
— ¿Medicación? —gritó Silco interrumpiéndola—. ¡Mi hija no necesita medicación! ¡Mi hija no va a tomar veneno! ¡Mi hija no va a andar por ahí hecha una zombi, sin ser ella misma! ¡Jinx no está loca! ¡No vuelvas a decir eso de mi hija! —gritó el hombre, mirando con dureza a Sevika, quien no se arredró y le mantuvo la mirada guardando un silencio hostil.
— Sevika, Jinx solo está confundida. Esto pasará, pero si empieza ahora a tomar drogas del tipo que sean, ya nunca podrá dejarlas —añadió Silco en un tono de voz más tranquilo—. Ella no necesita una camisa de fuerza, necesita que la guíen, y para eso estoy yo. Ella no está loca, ¡es solo una cría! Tú búscame una curandera o lo que sea: un ritual bonito y misterioso con muchos colores y parafernalia debería ser suficiente por ahora para que su cabecita descanse.
"Una cría que en cuanto se bloquea dispara sin mirar a quién le está dando" —pensó Sevika—. Pero también había tenido ya esa conversación con Silco y no había acabado bien. —Lo que usted diga, señor. Le buscaré a alguien —dijo la mujer en un tono de voz neutro y frunciendo los labios sin tratar de esconder su disgusto. Dio un portazo murmurando entre dientes que la niña más bien necesitaba un exorcista, y Silco abrió un cajón de la mesa de su despacho para coger cualquier pastilla contra el dolor de cabeza que hubiese allí.
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La alarma del teléfono comenzó a sonar y Jinx abrió los ojos. Estaba sola de nuevo. No estaba segura de cuánto tiempo había podido descansar en realidad, pues tras la conversación con su padre había tardado mucho tiempo en caer dormida. Con suerte debían haber sido tres horas. Tres horas en tres días no estaba nada mal, ¡estaba batiendo su propio récord! pensó ella riendo con amargura.
Se levantó de la cama y fue a la ducha con una taza de café instantáneo que dejó al lado del champú para el pelo. Mientras se duchaba algunas gotas de agua con jabón lo iban salpicando, pero ella iba dando pequeños sorbos de igual forma. Deshizo sus largas trenzas para sentir el agua caliente correr por todo su cuerpo, y retorció su pelo entre sus manos para enjuagarlo antes de volver a peinarlo ante el espejo. No le quedaba mucho tiempo para maquillarse, pero se delineó los ojos en negro y se pintó los labios de aquel color violeta oscuro que tanto le gustaba… para acordarse justo después de que no se había lavado los dientes. Lo hizo intentando no estropear su maquillaje y se puso la ropa con la piel todavía húmeda. Se volvió a colgar el pendrive del cuello, de un intenso azul oscuro que destacaba sobre su top negro: había estado procrastinando una tarea aburrida, pero ya era hora de ponerse con el tema, y aquella noche seguiría intentando desencriptar la información que aquellos arrogantes y estúpidos profesores habían guardado allí.
Estaba segura de que Jayce y Victor la habían olvidado por completo, pero ella los recordaba muy bien. Y ahora iba a hacer que se arrepintiesen de haberla menospreciado. Desde luego que sí, les iba a demostrar lo mucho que se habían equivocado con ella.
Eran las nueve y media y no quería llegar tarde a su cita, pero antes quería pasarse a por chicles. ¡Los chicles eran importantes! Tal vez pudiese también conseguir algo para cenar antes de irse a su taller, o laboratorio, o lo que fuese aquel garaje abandonado. Se puso sus gafas de sol a pesar de que pronto iba a anochecer y volvió a coger las llaves del coche de su padre.
"La última gota" no estaba muy lejos, pero iría más deprisa en coche, y por suerte su padre no lo había necesitado: estaba aparcado en el mismo lugar en el que ella lo había dejado la última vez. Salto dentro, poniendo el CD por la misma pista por la que se había quedado unas horas antes. Quería escuchar de nuevo aquella canción.
"Dame tantas rosas como espinas me clavé… hoy dame tantas rosas como espinas me clavé".
Iba tarareando cuando el semáforo se puso en ámbar, justo en el momento en el que un chico quería pasar. Jinx no lo reconoció al primer momento, pero luego por supuesto supo quién era. Su pelo con rastas de un rubio tan claro que casi era blanco en contraste con su piel oscura, sus vivos ojos de un negro brillante, y esa actitud: no había duda, había cambiado, pero era él.
Hacía tiempo que no lo veía. Desde aquella tarde en la que le dijo que todo había acabado solo lo había visto un par de veces más, en breves encuentros casuales. De todas formas, le habían llegado rumores de conocidos y había escuchado chismes en el barrio. Decían que era un pandillero. A ella no le importaba, de ella decían que era camella y además tenían razón.
Iba con una tabla de skate colgada de su espalda. Jinx recordó a los Firelights y torció el gesto un momento, para luego desechar esa sombra de su mente: ¡ni que esos payasos fuesen los únicos skaters del mundo! En un solo momento se dio cuenta de todo lo que lo había extrañado durante aquellos años: aparte de su hermana había sido su único amigo, su único amigo verdadero. Se quitó las gafas de sol mientras asomaba por la ventana, dudando un momento si hacerle un gesto para que pasase o intentar iniciar algún tipo de conversación con él, pero el chico al parecer también la había reconocido y en un gesto muy gráfico levantó su brazo mostrando su dedo corazón.
El semáforo se puso en rojo y ambos quedaron mirándose con dureza: una sonrisa cínica en los labios de Jinx y una expresión de profundo desprecio en la cara del muchacho. La chica se enfadó consigo misma por haber sentido nostalgia por alguien que obviamente la odiaba y evitó la tentación de parpadear para intentar apartar la niebla de color violáceo que nublaba su visión. Aquello demostraría debilidad, se dijo mientras mantenía muy abiertos sus ojos a pesar del escozor que sentía.
Era demasiado temprano y había demasiados testigos para cometer un homicidio, pero no lo era para darle un pequeño susto: Jinx hizo avanzar su coche muy despacio y solo un poquito, solo lo suficiente para rozarlo y tirarlo al suelo. El chico se levantó con rapidez, iba cojeando, pero parecía en bastante buen estado por lo demás, y mientras los viandantes huían presas del pánico ella arrancó su coche acelerando a mucha más velocidad de la permitida en aquella calle mientras escuchaba a Ekko gritar a su espalda que era una maldita sociópata y una hija de la gran puta. A la salida de aquella avenida esquivó a otro coche que venía en dirección contraria por los pelos, en medio de un caos de gritos, pitidos, y voces que la llamaban zumbada. Por un momento no supo de dónde venían aquellas voces, si de fuera o de dentro de su cabeza, pero tampoco se paró a pensar en aquel detalle irrelevante.
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Sevika acababa de ganar una partida de póker: satisfecha y rebosante de confianza en sí misma sonreía mientras fumaba, y no vio venir el derechazo que Vi le propinó en la mandíbula. Los otros jugadores rápidamente se esfumaron, dejándolas a ellas dos pelear: no era asunto de su incumbencia.
Caitlyn por su parte contemplaba la escena desde las sombras de un callejón: Vi le había pedido que la esperase en el bar, pero ella sabía que iba a hacer algo peligroso, y no iba a dejar que se enfrentase ella sola a quien quiera que fuese aquella tal Sevika.
Sevika contraatacó golpeando el estómago de Vi con todas sus fuerzas, tras un momento de sorpresa al reconocer a aquella chica a la que creía muerta. Vi se dobló por el dolor, pero se defendió con otro derechazo en la cara de Sevika.
— ¿Dónde está mi hermana Powder? ¿Qué habéis hecho con ella?
— ¿Tu hermana? ¿Jinx? ¿Vienes a por tu hermana? ¡Por favor, llévatela, tu hermana es una maldita pesadilla! —contestó con sorna la enorme mujer.
Vi cayó sobre Sevika como una lluvia de golpes y puñetazos. Había pasado años en aquel siniestro centro de menores aporreando una pared e imaginando que eran Silco y sus secuaces, y por fin tenía la oportunidad de desquitarse.
— ¿Dónde está? No te lo preguntaré otra vez más, te lo advierto —susurró amenazante la chica, sujetando a Sevika contra el suelo con una mano, mientras la otra estaba cerrada en un puño que se mantenía amenazante a centímetros de su rostro.
— Búscala en la cama de Silco. La última vez que la vi estaba allí… con él —dijo la mujer con los ojos entrecerrados y una sonrisa cruel en su rostro. En ese momento no le importaba si lo que sus palabras implicaban era cierto o no: solo quería hacer daño a Vi, darle donde más le podía doler.
— ¡Mientes! —gritó Vi, distrayéndose y soltando un momento su agarre contra Sevika, lo que la mujer aprovechó para hundir en su brazo una pequeña navaja que llevaba escondida.
Las tornas cambiaron cuando Vi, asombrada por el dolor, soltó a Sevika y ella la agarró con brutalidad golpeándola contra la pared. —Les daré recuerdos a los dos de tu parte— dijo la mujer, preparándose para destrozar la cara de Vi a puñetazos.
Varios tiros se escucharon, acercándose cada vez más. El primero dio en el aire, el segundo se quedó incrustado en una pared, el tercero pasó rozando el brazo de Sevika haciéndola soltar a Vi y huir, y dos más zumbaron tras ella en su huida, disuadiéndola de volver atrás.
— ¿Estás herida? ¿Volvemos a Piltover, al hospital? —preguntó Caitlyn al ver a Vi con su brazo sangrante.
— No es nada, solo es un corte superficial. Necesitaré desinfectármelo y vendarme la herida, y todo estará bien. Ayúdame a levantarme, cupcake —dijo Vi.
— No me llames así: ¡sabes que lo odio! ¿Qué te ha dicho esa mujer?
— Mentiras. No me ha dicho más que sucias mentiras —contestó Vi con frialdad.
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— La hermana ha vuelto —dijo Sevika sin más preámbulos, entrando en el despacho de su jefe sin llamar a la puerta y sujetándose el estómago con una mano, con una quemadura por el roce de una bala en su brazo, y la cara señalada por los golpes.
— ¿Cómo que ha vuelto? ¿De la tumba? ¡Marcus me aseguró que estaba muerta!
— Pues ya ve usted que no. Le aseguro que está bien viva, y la está buscando —replicó la mujer.
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Jinx aparcó en doble fila junto a un quiosco: no era como si la policía fuese a venir a Zaun a poner multas. Mientras esperaba su turno para comprar tras unos adolescentes que estaban adquiriendo de forma clandestina cuatro litronas de cerveza, no pudo evitar recordar la tabla de skate colgando de la espalda de Ekko.
— Es uno de ellos, Jinx —dijo Mylo.
— ¡No lo es! ¡Me hubiese dado cuenta!
— Parece que se te ha escapado esa minucia —añadió Claggor.
— He dicho que no lo es. ¡No lo es! ¡Dejadme en paz! ¿Por qué no me dejáis en paz por un rato?
— ¿Pero y si lo fuera? ¿Qué harías si lo fuera? —insistió Mylo.
— ¡Si fuese un pinche Firelight me colaría en su casa por la ventana de la cocina y le pondría una bomba, una puta bomba debajo de la cama! ¡Y cuando fuese a acostarse BOOOOM! ¿Satisfechos? —gritó Jinx.
Un sospechoso silencio la hizo volver a la realidad. Los chicos que había en la cola se habían apartado a un lado y el dueño del quiosco la miraba boquiabierto.
— ¡Vaya, parece que lo he dicho en voz alta! Bueno, mira, ya que tengo tu atención: dame diez chicles de fresa, un ramen de ternera, y unas patatas fritas de jamón. También quiero dos piruletas y regaliz negro. Toma, aquí tienes la pasta, está justa, la he contado. No, no necesito nada más, gracias. ¡Buenas noches!
Cuando aparcó el coche en la puerta de "La última gota" eran las diez menos cinco. Llegó a la barra y la mujer ya la esperaba allí. Contó el dinero y quedaron en paz. Solo por pincharla, Jinx estuvo a punto de preguntarle por su hija, pero luego cambió de opinión y dejó que se fuera sin más problemas: no quería arriesgarse a que a última hora le fuese a endosar a la cría, por la que ahora que ya no la tenía delante en realidad no tenía ningún interés.
El camarero parecía rehuirla, dándole la espalda "de forma accidental" mientras lavaba y secaba vasos. No será por mucho tiempo, —pensó la chica— ¡necesito un maldito trago!
— Ey Chuck —saludó Jinx pensando que Chuck estaba un poco raro, de pronto tenía la espalda más ancha y un peinado distinto.
— No soy Chuck, me llamo Thieram —dijo el camarero volviéndose y mirándola con aprensión.
— ¿Y dónde está Chuck?
— El jefe lo mandó a trabajar al almacén. Ya no volverá a atender el bar.
— Vaya. Era guay venir aquí y verlo, sentarme a hablar con él y todo eso. Era guapo, muy tonto pero muy guapo. Contaba buenas historias. Me gustaba Chuck.
— Creo que ese fue el problema —murmuró el camarero de forma inaudible, consciente de que a Silco se había deshecho del anterior barman por haberlo visto tonteando con su hija.
— Pues yo te pienso seguir llamando Chuck. Te pondré al día: tienes que servirme calimocho en mi vaso favorito, que está guardado allí —dijo señalando con el dedo— y darme conversación. También quiero una pajita, pero no te pases con el hielo, dos cubitos están bien. Por cierto… te conozco, ¿verdad? Creo que te he visto antes.
— Sí, hemos trabajado juntos un par de veces —dijo Thieram con cara de estar reviviendo un recuerdo traumático.
— Entiendo —dijo Jinx frunciendo el ceño, preguntándose si le habría disparado "sin querer" y probando su bebida. ¿Por qué está tan vacío esto? ¿Dónde están todos?
— No lo sé —dijo de forma evasiva el camarero.
— ¿No lo sabes? No sé por qué, no te creo del todo —dijo Jinx tras hacer burbujitas con la pajita en su bebida. —¿Y esa cara que traes? —volvió a la carga Jinx.
— El jefe quiere que agarremos a un par de tías. Y yo no les pego a las mujeres.
— ¿A qué tías? ¿A las primeras tías random que os encontréis?
— A unas que le han pegado a Sevika.
— Vaya, le han pegado a Sevika —comentó con cierta malicia Jinx. —¿Y qué le han hecho?
— No lo sé —volvió a decir Thieram esquivando su mirada, como si tuviera miedo de haber hablado ya de más.
— ¡Tampoco lo sabes! Para ser camarero, estás muy desinformado. Y dime ¿cómo es que no me han invitado a la fiesta? Te aseguro que yo no tengo ningún problema en pegarle a quien sea, ¡podría sustituirte!
El hombre la miró por un momento esperanzado, pero luego desvió la mirada como si recordase algo, y solo repitió que no lo sabía, que no sabía nada, nada de nada. Y eso fue todo lo que Jinx pudo sacar de él esa noche. Lamentó no tener a mano nada para gastarle una "bromita": aquél Chuck era un idiota. Y estaba segura de que le había mentido en la cara, justo lo que ella más odiaba.
Sabía que le estaban ocultando algo. Por mucho que su padre apreciara a Sevika, no mandaría a todos sus matones a perseguir a dos tías por eso, además, sabía que Sevika podía arreglar muy bien sus propios problemas sin ayuda. Y, por otra parte, si el asunto hubiese sido tan importante, hubiese contado con ella.
Al parecer no le iba a quedar más remedio que tener una charla amistosa con la susodicha, pensó Jinx mientras recogía unos cuantos artículos en su taller. Iba a necesitar algunas cosillas: munición extra para su beretta, varios paquetes de Valium inyectable, pintura acrílica y en espray, un par de pinceles, un espray de pimienta, un taser, cuerdas y esposas, un cuchillo de montaña, una botella de plástico rellena de gasolina, dos bombas caseras hechas con clavos, y tal vez un mini soplete. Sí, definitivamente un soplete de camping podría ser útil, pensó mientras introducía todo en una mochila de un vistoso color morado, junto con el dinero y su comida. Por si acaso también cogió las llaves de su escondite secreto, aquél que ni siquiera su padre conocía. Tenía el presentimiento de que la noche podría complicarse, y mejor ir preparada con algunos juguetes por si empezaba la diversión.
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— ¡Si supieras lo dulce que era! —dijo Vi, mientras intentaba taponarse la herida con papel higiénico—. Era la niña más adorable, siempre colgada de mí… y yo no siempre era igual de cariñosa con ella. Es posible que alguna vez la tratase como una molestia. Es posible que haya sido una hermana de mierda.
— Vi, son cosas de hermanos, no le des más vueltas a eso. Ahora escúchame, por favor: yo soy la primera que quiere seguir investigando, pero ahora tenemos que volver a Piltover. ¡Esa herida se te puede infectar!
— No vamos a volver a Piltover ahora. ¡Tengo que encontrar a mi hermana! No puede pasar ni un minuto más con esa gentuza, y me la voy a llevar, ya lo creo que me la voy a llevar, ¡aunque sea lo último que haga, aunque los tenga que matar a todos! —murmuró recordando las sucias palabras de Sevika.
— ¿Qué te dijo esa mujer? ¡Estás como loca desde que hablaste con ella!
Vi movió los labios para hablar, pero luego sacudió la cabeza y volvió a guardar silencio. Había cosas que Caitlyn no iba a entender. Recordó a Ekko diciendo que Powder había muerto, que se había estrellado conduciendo borracha el coche de su padre. Había sido una piadosa mentira, ahora lo veía claro. Pero tan solo un momento después de este pensamiento vino la culpa, la horrible culpa de haber deseado la muerte de su hermana.
— Tenemos que pasar inadvertidas un rato, cupcake. Silco tiene que haber enviado a toda su gente a perseguirnos, e irán armados. Pero si no nos encuentran en un rato, se aburrirán y supondrán que hemos vuelto a Piltover.
— ¿Y cómo sugieres que hagamos eso? En este barrio nadie habla, pero hasta las paredes tienen oídos. Y nosotras llamamos bastante la atención, y más ahora que estás sangrando —dijo Caitlyn, disgustada por la poca sensatez que estaba mostrando Vi.
— Tampoco ayuda que tú lleves "soy policía" escrito en la frente —señaló Vi, molesta.
— ¿Perdón? ¡Eso para nada es así! Además, sabes que ya no soy policía: me echaron por saltarme la cadena de mando.
— Y seguramente tu madre también tuvo algo que ver. Acuérdate de que ella odiaba que fueras poli —señaló Vi.
— Es bastante probable. Pero eso ahora da igual, Vi. Insisto en que volvamos a Piltover, al menos hasta que te suturen ese corte ¡estás siendo una cría caprichosa!
— Shhh, calla. He escuchado algo —susurró Vi poniendo los dedos sobre los labios de Caitlyn.
Solo era una discusión entre varios yonkis sentados en torno a una improvisada hoguera. Si los dejaban en paz, ellos no se meterían con ellas, pero tampoco convenía llamar su atención.
— ¿Qué estamos haciendo aquí, de todos modos? ¡Si ni siquiera sabemos dónde seguir buscando! —protestó Caitlyn cuando estaban de nuevo solas, ocultas en un callejón que olía a orines de gato. Estaban en las afueras del barrio, donde ya no había alumbrado público, y siguieron avanzando a la luz de la luna menguante hacia el abandonado paso a nivel situado sobre las vías de un tren que había dejado de pasar muchos años antes de que Vi naciese.
— Mira, Caitlyn, en este descampado jugábamos Powder y yo de niñas. Podemos quedarnos aquí un rato, entre estos coches. Aquí no nos van a buscar —dijo Vi señalando unas viejas chatarras abandonadas que se oxidaban a la intemperie entre montones de basura y maleza reseca por el sol del verano.
— Puede que no nos busquen, pero tampoco avanzamos. Y mientras tanto, tienes ese corte abierto y expuesto a todos los gérmenes que…
— ¡Basta! ¡No me voy a morir por un corte! ¡No es la primera vez que me dan una cuchillada! —interrumpió una exasperada Vi. Espera ¿qué es eso?
— ¿El qué? ¿A qué te refieres?
— ¡Mira esa humareda! Mi hermana y yo teníamos una broma con lo de hacer señales de humo para encontrarnos ¡es ella! ¡Me está llamando! —gritó Vi corriendo en la oscuridad hacia la columna de humo negro que se divisaba no muy lejos de allí, justo en lo más alto del paso a nivel.
Caitlyn intentó seguirla, pero no conocía el terreno tan bien como Vi, y avanzó como pudo a ratos haciéndose daño en el tobillo y otras arañándose con la maleza. A mitad del camino se rindió y paró a frotarse su pierna dolorida, viendo desde la distancia como una ágil sombra oscura saltaba de dos en dos los escalones rotos.
Vi se paró junto a la hoguera, justo detrás de aquella chica con largas trenzas y tatuajes que echaba ramas secas al fuego como si le fuera la vida en ello y que tan poco se parecía a la Powder que ella guardaba en su recuerdo. La joven estaba tan en su mundo que ni siquiera se dio cuenta de que Vi estaba detrás, hasta que ella la llamó en un susurro por su nombre.
— ¿Powder?
— ¿Vi? —dijo la chica volviéndose lentamente, con sus grandes ojos azules muy abiertos.
No se parecía en absoluto a la descripción que le habían hecho de Jinx, aquella criminal psicótica. Solo era una adolescente, y ahora que veía su rostro no la encontraba tan distinta de la chica a la que había conocido y amado. Tenía una dulce expresión de cachorrito asustado, una cara de facciones aniñadas, los enormes ojos de un curioso tono de azul que recordaba, y algunas pecas en las mejillas. Vi acortó la distancia entre ambas y la abrazó, sintiendo a la chica por un momento congelarse, para luego corresponder a su abrazo y llorar sobre su hombro.
— ¿Eres… eres real? —preguntó Jinx separándose un momento de su cuerpo para mirarla como si se fuese a desvanecer.
— ¡Claro que soy real! ¡Estoy aquí, contigo!
— ¡Creí que estabas muerta! ¡Todos estos años he creído que estabas muerta! —dijo Jinx abrazándola de nuevo y mojando con lágrimas su cuello.
— ¡Lo siento, Powder! ¡Intenté escribirte, pero me devolvían las cartas, y no me dejaron llamarte por mucho tiempo! ¡Y después ya no vivías allí y no sabía dónde localizarte!
— ¡Pensé que nunca más te iba a volver a ver! —lloró Jinx, sin separarse del hombro de su hermana. Ni por un momento le importó sentirse vulnerable estando con ella: estar con Vi la hacía sentir libre para poder ser de nuevo la niña que fue.
— Apaga ese fuego y bajemos de aquí, Powder. Esto no es estable, estos hierros están oxidados. Seguiremos hablando abajo: ¡tengo tanto que contarte!
Jinx obedeció como en los viejos tiempos solía hacer con su hermana mayor, y en un momento el fuego estaba apagado y ambas saltaban los rotos escalones de vuelta a la seguridad de un suelo firme. Pero a la hermana menor no le gustó demasiado ver a Caitlyn esperando allí.
— ¿Quién es esta? —dijo sacando su arma y apuntándole en la cara.
— Tranquila, es una amiga. Es una amiga, Pow Pow —dijo Vi en voz baja, intentando calmar a su hermana.
— ¡Esta de aquí se llama Pow Pow! —gritó Jinx abriendo mucho los ojos y señalando con la mirada a su arma— ¡Yo soy Jinx! ¡Deja de tratarme como a una niña!
— ¿Tu hermana es Jinx? ¿Lo has sabido todo este tiempo? ¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó Caitlyn pasando de la incredulidad a la decepción, para luego reparar en el pendrive que colgaba de su cuello. Era del mismo modelo que el que había sido robado. ¡Qué demonios, estaba claro que era el mismo dispositivo!
Caitlyn también se fijó en otro detalle: Jinx se parecía físicamente a ella, no podía engañarse con eso. Sus ojos, su pelo… hasta su complexión física era la misma. Apretó los dientes con rabia, ya que hubiese preferido no confirmar nunca sus sospechas.
— Tranquila, podemos arreglarlo —se volvió Vi, intentando tranquilizar ahora a Caitlyn.
— ¿Entonces Sevika no mentía? ¿Estás con ella? ¿Con una "Piltie"? ¿Has venido buscando este estúpido pen? —dijo por su parte Jinx con un tono de voz que sonaba extraño y peligroso.
— ¡He venido a por ti! —exclamó Vi, intentando expresar con su mirada sus buenas intenciones hacia su hermana, que ahora la encañonaba a ella.
— ¡Cállate, no estoy de humor! —gritó Jinx girando la cabeza hacia un lado. Allí no había nadie. Volvió a apuntar a Caitlyn. Sus manos temblaban, y el dedo que tenía en el gatillo se movió levemente.
— Todos estos años he llorado por ti, maldita sea, pero tú… tú —dijo Jinx volviendo la cabeza y el arma de nuevo hacia su hermana, y de su hermana otra vez hacia Caitlyn, tan furiosa que apenas se le entendía lo que trataba de decir.
— Viene alguien—advirtió Caitlyn, notando que algo se acercaba a su espalda, pero sin poder girarse ya que estaba de forma literal en el punto de mira de una demente.
Jinx se volvió dirigiendo el arma hacia el sonido. Pero el ruido no venía de una sola fuente, sino de muchas distintas, y antes de que se dieran cuenta, estaban rodeadas por una pandilla de chicos enmascarados con tablas de skate colgando a sus espaldas, que dispararon intentando alcanzala. Vi se pudo dar cuenta de que el que parecía ser el líder cojeaba un poco, pero pronto estuvo muy ocupada repartiendo puñetazos como para fijarse en ningún otro asunto.
Vi dedujo que eran los Firelights, y no parecían estar de broma: querían derribar a Jinx a cualquier precio. Por suerte, la chica era muy ágil y pudo sortear los disparos. Sacó de su mochila un artefacto explosivo y lo arrojó hiriendo a varios con la metralla. Otro cayó víctima de un disparo, aunque Vi lo vio levantarse cojeando.
Caitlyn por su parte hizo lo que pudo para mantenerlos alejados, pero ella no pretendía herir a nadie, y los enmascarados pronto se dieron cuenta. Vi golpeó y fue golpeada, pero contra un arma de fuego poco podían hacer los puños.
Vi sentía que aquello no podía ser real, que aquello no podía estar pasando: después de tantos años, por fin su sueño se cumplía y encontraba a su hermana… solo para verla convertida en un animal rabioso y sin respeto hacia la vida humana.
En esos momentos apenas la reconocía: su cara estaba desencajada en una expresión de pura ira, y sus ojos se salían de sus órbitas. La llamó un par de veces por su nombre, sin poder creer lo que estaba viendo ¡su hermana, que siempre había sido tímida y había odiado pelear!
Un golpe cayó sobre su cabeza al mismo tiempo que sus ojos se nublaban. Escuchó de forma muy lejana como Powder la llamaba desesperada, pero su mente se nubló y ya no pudo hacer nada más, ni siquiera evitar su propia caída en el suelo, golpeándose el mentón contra una roca.
Cuando abrió los ojos estaba tirada en una habitación en penumbra, sobre un viejo colchón en el suelo. Se tocó la cara, notando que tenía un tosco vendaje en la zona que se había golpeado. Recortándose contra el marco de la puerta estaba Ekko, mirándola con severidad.
— Te dije que te largaras del barrio. ¿Ahora qué hago contigo y con la piltie?
— ¿También la tienes a ella? ¡Suéltala! ¡Ella no tiene nada que ver con Powder!
— Powder murió, ya te lo dije. Ahora solo queda Jinx, y cuanto antes te des cuenta, mejor para todos.
— Tú no la conoces como yo —replicó Vi desafiante, sentándose en el colchón.
En ese momento el teléfono de Ekko sonó. —Lo siento, me llama mi madre. No sé qué quiere a estas horas, debería estar durmiendo —dijo el chico encendiendo la luz y cerrando la puerta tras de sí. Vi pudo escuchar un cerrojo correrse, y sus ojos se centraron en la puerta cerrada y la ventana tapiada de aquél cuarto. Iba a ser difícil escapar de allí.
— Mamá ¿qué tripa se te ha roto? —dijo Ekko bajando la voz para que no lo oyesen ni Vi ni los otros chicos que pululaban en aquella fábrica abandonada que era el escondite secreto de los Firelights. ¡Aquello era tan humillante!
— ¡Hola hola! ¿A que no te esperabas escucharme? —le respondió una voz femenina con una entonación infantil y burlona.
— ¿Quién coño eres? —preguntó Ekko, sintiendo que la sangre se le helaba. De sobra sabía él quién era.
— Qué decepción, ya no te acuerdas de tu vieja amiga Powder. Aunque esta tarde sí que me has reconocido. ¿Sabes? Ha sido innecesariamente grosero lo que has hecho. Me has roto el corazón —dijo Jinx.
Su voz sonaba juguetona, como el gato que juega con el ratón antes de comérselo, pensó el chico.
— ¿Qué has hecho con mi madre, psicópata? —preguntó Ekko con rudeza, no queriendo demostrar su miedo.
— Tu madre está muy bien aquí conmigo. No te preocupes, estoy siendo muy amable con ella. Por los viejos tiempos ¿sabes? Le he puesto un rato la tele y todo. No creo que tenga quejas de mi hospitalidad… al menos por ahora.
— ¿Qué quieres?
— Que me devuelvas a mi hermana, por supuesto. Estábamos teniendo un encantador reencuentro familiar hasta que hemos sido interrumpidas de un modo muy desagradable. Quiero terminar esa conversación sin intrusos estorbando.
— No te las voy a dar. Eres una maldita hija de puta ¡vete a saber lo que les harías!
— ¡No le voy a hacer nada! ¡Es mi hermana! ¿Por quién me tomas? Por cierto, solo la quiero a ella, a la otra te la puedes quedar, no me importa lo que hagas con ella: matarla, devolverla a Piltover, vender sus órganos, darle una tabla de skate y convertirla en una escoria como tú… me da igual. Tú dame a mi hermana y quedamos en paz por ahora. Ah, una cosita: ni se te ocurra llamar a la policía o hacer una tontería. Te aseguro que tu madre se podría morir de vieja antes de la encontrasen… y eso en el caso de que no se me acabase la paciencia antes.
