Jinx había vuelto al refugio con un viejo portátil, dos bolsas de comida y una mochila llena de productos de higiene y ropa cómoda para Vi. Calentó una pizza cuatro quesos en el microondas de la parte superior de la casa antes de bajar al sótano, y cuando abrió la puerta y su hermana vio la comida no pudo disimular el brillo de sus ojos, aunque su rostro se mantuviese serio.
—Dijiste que no ibas a tardar —reprochó Vi frunciendo el ceño. No se iba a dejar sobornar por una pizza de microondas, pensó la chica.
—Al final la cosa se ha complicado. Lo siento ¿vale? No fue mi intención dejarte sola tanto tiempo —dijo Jinx sentándose enfrente de su hermana.
—¿Por qué te sientas tan lejos? Llevo sola muchas horas, ni siquiera sé cuántas. ¡Siéntate a mi lado!
—No intentarás nada raro ¿verdad? —dijo Jinx. Pero antes de acabar la frase ya estaba sentada junto a Vi, con sus brazos rozándose casualmente al coger trozos de pizza.
La chica incluso podía oler a su hermana. Obviamente llevaba varios días sin ducharse en pleno mes de julio y tras haber tenido varias peleas físicas. No olía a rosas precisamente, pero a Jinx no le importaba. Había dormido con ella en una misma cama durante muchos años, cuando ambas eran adolescentes, y amaba ese olor.
Jinx abrió dos latas de cerveza y ofreció una a su hermana. Vi dio un trago y después eructó de manera sonora. Se disculpó y Jinx contestó con otro eructo más largo y sonoro que el de su hermana.
—¡Para medir medio metro hay que ver lo bruta que puedes llegar a ser!
—Perdona, pero mi estatura es muy normal ¡tú eres demasiado grandullona! ¡Mira que manazas tienes!
—¿No te gustan mis manos? —preguntó Vi. Hubo algo en el tono de esa pregunta y en la mirada de Vi que hizo que Jinx se sonrojase hasta la raíz del pelo.
—Yo no he dicho eso. Solo que son grandes. ¡Tienes unas manazas muy grandes! —dijo Jinx poniendo sus propias manos encima de las de su hermana para comparar tamaños.
Eran mucho mayores, pero eso tampoco era algo novedoso: Violet siempre había sido más grande, más fuerte, más sociable y segura de sí misma… Vi siempre había sido todo lo que Jinx admiraba y deseaba. A ella le gustaban las manos de su hermana lo mismo que le gustaba el resto de su persona, pero no pensaba reconocerlo, al menos no en ese momento.
Jinx retiró sus manos. De repente se sintió avergonzada: no quería que su hermana pensara que estaba siendo incómoda. Reparó en sus propias manos con el esmalte de uñas descascarillado. No era algo a lo que le diese la menor importancia, pero en ese momento hizo que se sintiese aún más insegura.
—Ey ¿Qué pasa, Jinx? —preguntó Vi, poniendo la cabeza en su hombro. Aquello era tan cálido… era lo que tanto había deseado durante años. Además, por fin la estaba llamando por su nombre, por su verdadero nombre.
—Si me prometes que no vas a intentar atacarme ni escaparte… podría quitarte las esposas —dijo Jinx mirando a su hermana, todavía con recelo.
Un rato después Vi estaba libre y ambas veían una película en el portátil que ella había traído. Era como si aquellos ocho años no hubiesen pasado: las dos sentadas en un mismo colchón y el brazo de Vi sobre sus hombros. Sus dedos se deslizaron casualmente de su cuello al hombro bajando su top y dejando uno de sus hombros desnudos, y el borde de la prenda al moverse rozó uno de sus sensibles pezones. Notó cómo se le mojaban las bragas al tiempo que su sexo empezaba a sentirse tirante e incómodo, y de pronto un golpe seco la tiró hacia delante.
Estaba en el coche de su padre, en el asiento del copiloto, con Sevika sentada detrás. Nada había sido real, pero se sentía incómoda y vergonzosamente mojada. Tenía una barra de labios morada sobre su regazo y los dedos manchados de pintura. Se miró en el retrovisor: se había empezado a pintar los labios, pero luego había empezado a fantasear y los había dejado a medias. Retomó su tarea, mirando por el rabillo del hombro a Sevika, que también la miraba a ella con sorna, como si supiese en qué había estado pensando.
Sabía que lo mismo que ella la estaba viendo, la otra la podía ver a ella. Se movió un poco para salir de ese ángulo, pero era inútil: en cuanto se volviese a distraer volvería a estar en la misma posición y ella podría espiarla de nuevo.
—Jinx, te dije que te pusieras el cinturón. ¡En otro frenazo como el que he tenido que dar te podrías hacer daño! —dijo Silco.
La chica no tardó en obedecer. La verdad es que no recordaba que le hubiesen dicho nada, pero podría ser verdad. Un doloroso pinchazo en cierta parte le recordó las necesidades de su cuerpo: había despertado algo que ahora pedía alimento. Se removió incómoda en su asiento, cruzando y descruzando las piernas, rogando porque los dos adultos que estaban con ella estuviesen tan distraídos por sus asuntos que no reparasen en su agitación.
—Jefe, Finn quiere ver los libros de contabilidad. Y me temo que no va a ser el único que empiece a quejarse —dijo Sevika.
—¡Esos estúpidos solo piensan en el dinero! ¡Y esto no va sobre el maldito dinero!
—¿Ah no? ¿Y entonces sobre qué va? Solo pregunto, jefe. ¡Solo para informarme!
—¡Va de darles su merecido a aquellos que nos han menospreciado toda nuestra vida! Si mis planes siguen su curso, pronto dirigiré esta ciudad. ¡Y cuando esta farsa haya caído, las cosas se harán a mi manera, y por fin los Zaunitas seremos respetados!
—Entiendo —dijo Sevika alzando una ceja.
Jinx sonrió ante el espejo. Tenía todos los dientes manchados de pintura. Se los restregó con un dedo para después intentar arreglar el desastre de su boca. No había quedado mal después de todo. "Me auto follaría" se dijo guiñándose un ojo.
¿Cómo sería montárselo con una mujer? Su experiencia amatoria no llegaba mucho más allá que el sexo —furtivo y menos satisfactorio que la simple masturbación— que había tenido con Ekko en sucios callejones y parques solitarios bastantes años atrás. Su hermana tenía razón cuando había dicho que nunca habían llegado demasiado lejos con sus "juegos". Seguro que luego ella sí que había hecho más cosas con la guarra de Piltover. ¡La mataría solo por eso! pensó apretando los dientes.
Sevika la estaba mirando de nuevo con la sorna pintada en la cara. Al parecer debía haber gesticulado mientras pensaba sobre ese asunto de la poli de Piltover: se dio cuenta de que tenía las manos crispadas en forma de garra por encima de su cabeza. Se atusó el pelo intentando disimular un poco.
—Hablando de pasta: necesitas un coche nuevo o que te arreglen el aire acondicionado. ¡Te lo cogí para hacer un par de recados y por poco me derrito! —dijo Jinx.
—Si te sacases el carné te compraría tu propio coche, y así no me dejarías este lleno de papeles de chicle. ¿Por qué no te apuntas a una academia? ¡No te costaría mucho, solo un par de clases para que te enseñen qué es lo que no debes hacer en el examen!
—Sabes que no me van a dar el carné —murmuró la chica, maldiciendo interiormente a su padre por tener que sacar este tema delante de Sevika.
—¿Por qué no te iban a dar? —preguntó Silco.
—Hacen test psicotécnicos. No les voy a dar a los de Piltover la oportunidad de humillarme —comentó la chica con rabia contenida.
¿Aquello que había escuchado por detrás era una risilla de Sevika? Jinx estaba bastante segura de haberla escuchado, pero su padre no había reaccionado en absoluto. "Me da igual: la voy a matar. Cualquier día la mato, le ato una piedra, la tiro a un pantano, y no la echarán de menos ni las cucarachas de su casa".
—Solo son test para ver si tienes los reflejos necesarios para conducir. No te van a hacer preguntas raras, niña. Además, conducir sin carné puede ser peligroso: puedes llamar la atención sobre nuestros asuntos —dijo Sevika.
—Aparte de que como te pillen te mandan a la cárcel. Luego ya veríamos cómo te sacamos de allí, pero en principio te enchironarían. Y te aseguro que no te gustaría pasar una temporada en la trena, niña —añadió Silco.
—Hasta podría ser que coincidieras con algunas de las Firelights a las que les cargamos los tiros que tú les metiste a aquellos policías. No creo que se alegren mucho de verte—dijo Sevika con una sonrisa cruel.
—Pues mejor, así tengo con quién entretenerme —contestó Jinx.
"Podrías disimular un poco las ganas que tienes de que me maten, hija de la gran puta", pensó la chica mirándola con disgusto.
—¿No llevas sujetador? ¡Se te ve todo por los lados! —siguió pinchándola Sevika.
—¿Podrías no mirarme las tetas? —preguntó irritada Jinx.
—¡Más quisieras tú, niña, que yo te mirase esas dos lentejas que tienes! Pero si vas medio desnuda, ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Arrancarme los ojos? —se burló la mujer.
—¡Bueno, basta! ¡Callaos las dos! ¡Estoy harto de peleas entre nosotros! —gritó Silco.
Sevika y Jinx siguieron mirándose con desprecio durante unos segundos, antes de que Jinx volviese la cabeza y se concentrase en el camino que se extendía ante ella. Ya hacía tiempo que había atardecido, y la luna iluminaba con su fría luz la carretera secundaria que discurría entre pinares por la que circulaban. Las montañas se adivinaban como manchas oscuras recortadas contra el cielo casi negro, y cuando se abría un hueco entre los árboles podían ver aquí y allá las luces amarillas de alguna población lejana.
Si no fuese porque tenía a la odiosa Sevika sentada justo detrás de ella, y sobre todo porque estaba impaciente porque todo terminarse rápido y poder volver con Vi, Jinx hubiese podido disfrutar aquel paseo. Pero su padre no era hombre que perdiese el tiempo yendo de excursión: aquello era raro.
—¿Dónde vamos? Me dijiste que era muy importante que viniera, pero luego ya le habías dado el trabajo a otro. ¡Y llevamos más de media hora en el coche! ¿Dónde vamos?
—Ya lo verás, niña. Te va a encantar —dijo Sevika con una sonrisa torcida.
—¿Dónde vamos, papá? —preguntó de nuevo. Se estaba empezando a asustar. Si a Sevika le gustaba, es que no era nada bueno para ella.
—No te preocupes por eso. Hay una botella de licor de cereza en la guantera ¿no quieres un trago?
Jinx encontró rápido la botella. No era su bebida favorita, pero podría funcionar. La movió un poco, solo para ver algunas cerezas flotando en medio del líquido color granate. La luz que pasaba por el cristal hacía que el líquido de dentro pareciera cobrar vida en un sinfín de tonalidades entre el rojo y el violeta.
—Qué bonito —murmuró Jinx girando la botella entre sus manos. Una sonrisa soñadora se dibujó en su cara, y miró a su padre, que le también le sonreía animándola a beber.
Siguió jugando con la botella, como si fuese un barco de juguete en manos de una niña. El líquido parecía sangre, solo que era mucho más bello. La sangre tenía un color más sucio y apagado, esto era brillante como una piedra preciosa, como la gema de un collar antiguo. Abrió el precinto y le dio un trago. Una cereza había entrado en su boca, y la aplastó con la lengua contra su paladar. Estaba tan dulce que no parecía una bebida alcohólica, sino algún tipo de golosina. Se limpió con cuidado una gota que se le escurría por la barbilla y se miró de nuevo al espejo: sus labios seguían estando aceptablemente bien pintados.
—Vamos a realizar una ceremonia. Pero no te voy a contar más: quiero que sea una sorpresa. Pero puedes beber antes un poco, solo procura no emborracharte demasiado —explicó Silco.
—Sí, deberías estar al menos consciente —apuntó Sevika.
—Una ceremonia. Entiendo —dijo despectivamente Jinx, molesta porque la hubiesen separado de Violet por alguna chorrada que se le había ocurrido a su padre. Solo esperaba que no le fuese a contar otra vez aquella historia de cuando su hermano le dio una paliza y lo tiró al río.
Este pensamiento trajo otro: había una conversación que debía tener con su padre antes de que él empezase a sospechar algo, solo que no le apetecía en absoluto y menos estando Sevika delante. Decidió hacerlo sin darle más vueltas al asunto.
—Oye papá. Me dijiste que Violet estaba muerta. Y resulta que está bastante viva, o al menos lo estaba hace dos días. ¿Qué tienes que decir de eso? ¿Llevas ocho años mintiéndome, o cómo va la cosa?
—No te he mentido, te dije lo que para mí era la verdad. Yo no sabía que estaba viva, pensé que la habían apuñalado, eso fue lo que Marcus me dijo: ya hablaré con él. Por cierto: ¿sabes algo de ella? Escuché rumores de que te atacaron los Firelights y ella estaba por allí.
—Me encontré con ella. Venía con una poli —dijo Jinx avergonzada. Lo que su hermana había hecho no solo le había roto el corazón: también la había humillado de un modo muy profundo ante sus conocidos.
—¿Y?
—Discutimos. No fue agradable. Luego nos atacaron esos mierdas, y ella huyó. A la otra creo que la cogieron, tampoco es que me importe. ¡Espero que la maten!
—Si la matan tendremos problemas: eso puede atraer la atención de los "pilties" hacia nosotros.
—En cualquier caso no podemos hacer nada ¿verdad? Quiero decir: no es cómo si supiésemos quiénes son o algo así —dijo Jinx intentando disimular y enterrar la culpabilidad que sentía.
—No podemos hacer nada —coincidió Silco—. Y de todas formas tampoco ganamos nada adelantándonos a los acontecimientos: ya se verá lo que ocurre y cómo lo solucionamos, si es que de verdad pasa algo.
Miró de reojo a Sevika. Supo enseguida que la otra sabía que mentía, y también supo que se acababa de dar cuenta de que Jinx había intentado comprobarlo.
—¿Y va a durar mucho la ceremonia? Te lo digo porque tengo algunas cosas que hacer. Cosas que tú me has encargado hacer.
—Esto también es importante, Jinx. Y quiero que te lo tomes en serio y hagas todo lo que se te pida ¿estamos?
—Lo que tú digas —contestó la chica poniendo los ojos en blanco—. Oye, tengo hambre y me está doliendo el estómago de beber a palo seco. ¡Perdona si quiero terminar pronto para satisfacer mis necesidades básicas de ser humano!
—Después podrás comer todo lo que quieras. Pero ahora tómate esto en serio: ¡hazlo por mí! Ya hemos llegado, por cierto. Es aquí —dijo Silco, girando el coche fuera de la carretera para introducirlo en el jardín asilvestrado de una mansión en apariencia abandonada.
