N/A: En este capítulo hay varias cosas de las que me gustaría advertir: la relación entre Vi y Jinx es volátil y lo mismo se amenazan con causarse lesiones importantes que se muestran "afectuosas". También hay una ceremonia relacionada con la brujería para la cual me asesoró una amiga muy amable que entiende del tema (no obstante lo he contado todo como a mí me convenía para mi historia y también hay cosas que puede que haya entendido mal, ese riesgo existe). Yo soy atea y siento el mismo respeto por todas las religiones, pero si no quieres leer sobre brujería y paganismo, puedes saltar hasta donde están las tres "O".
Y bueno, que hay incesto, pero de eso va este fic.
Espero que os guste, es precioso (¿o no?).
Cuando Silco, Sevika, y Jinx entraron en la casa, todas las luces estaban apagadas. Sevika se adelantó y les indicó que pasasen, pues ya los estaban esperando. Abrió la puerta sin necesidad de llave y se retiró para dejarlos pasar. Dentro del zaguán todo seguía estando oscuro salvo por unas pequeñas velas blancas que los dirigían hacia las escaleras, también iluminadas por velitas que proporcionaban solo la luz suficiente para avanzar sin tropezar. El papel de las paredes caía a trozos y las ventanas estaban cerradas a pesar del calor. Algunas habían sido tapiadas con ladrillos. Todo olía a polvo, humedad, incienso, y humo de las velas.
Jinx sonrió de forma burlona. Aquello era raro. Más raro de lo normal, pero por supuesto estaba demasiado oscuro como para que Silco pudiese apreciarlo. Siguieron a Sevika hasta una habitación, ante la cual llamó tres veces. Una voz les indicó que podían pasar, y una vieja sentada en un viejo sillón los recibió. La habitación estaba iluminada solo con un cirio blanco en una esquina, y apenas podía ver las facciones de la mujer.
"Ahora es cuando me darán a elegir si quiero la pastilla roja o la pastilla azul" pensó Jinx sonriendo.
—Gracias, Sevika. Ya puedes dejarnos solos —dijo la mujer.
Sevika se fue tras anunciar que los esperaría en el coche, y Silco le dio la llave. Jinx escuchó sus pasos escaleras abajo, y se preguntó de nuevo si aquello duraría mucho más.
—Imagino que tú eres Powder —dijo de nuevo la mujer.
—Ya no me llamo así.
—No te preocupes, niña. Ya llegaremos a esa parte. ¿Estás aquí voluntariamente para ponerte bajo la protección de la diosa Némesis?
—No lo sé. Papá, ¿tú qué dices? ¿estoy aquí voluntariamente o me habéis traído un poco engañada?
—¡Jinx! ¡Compórtate! —dijo Silco. Su voz sonaba seria, pero su mirada dura fue la que acabó por convencer a la chica.
—Estoy aquí de manera voluntaria para todo lo que se le ocurra a mi padre que yo deba hacer por mi propia voluntad —dijo Jinx con resignación.
Si la mujer sintió alguna contrariedad no lo demostró. Se levantó del sillón hasta quedar frente a Jinx. Era más alta y mucho más corpulenta que ella. Puso su mano en su cabeza y Jinx no pudo evitar resoplar de frustración.
—Has perdido mucho en el camino, niña.
Jinx no respondió y la miró sonriendo. Tal vez así todo acabase antes. ¡Era tan irritante que la hiciesen perder el tiempo con esas tonterías!
—Aún puedes recuperar algo. Tal vez ya lo hayas hecho. Ahora tienes que pensar si vale la pena seguir con eso que estás haciendo… aunque tal vez ya no tengas la opción de volver atrás ¿verdad?
Jinx contuvo la respiración y tragó saliva. No se atrevió a mirar a Silco. Intentó mantener la sonrisa mientras deseaba que aquella bruja o lo que fuese se callase. Estaba disparando al azar y podía acertar en el blanco por casualidad y darle alguna pista a su padre sobre el paradero de la desaparecida Violet.
—Y tienes algo pegado a ti. Algo malo que te ha perseguido toda tu vida ¿no es así? ¡Lo tienes bien pegado, niña! Sabes que todos lo notan cuando te miran ¿verdad? ¡Saben que va contigo!
Jinx tragó saliva de nuevo. Esta vez la sonrisa se borró de su cara y sus manos temblaron.
—Puedo intentar quitártelo. Pero necesito que no te resistas. ¿Me ayudarás a hacerlo?
—Sí —fue lo único que dijo Jinx esta vez.
—Ven conmigo. Venid conmigo los dos.
Los condujeron a otra habitación iluminada con velas. Era un antiguo baño con una enorme bañera de patas. La chica se fijó en que parecía más limpio que el resto de la casa. La bañera estaba llena de agua con algunas manzanas flotando, y sobre el inodoro cerrado había una toalla blanca.
—Es un baño purificador. Además de las manzanas que ves, el agua tiene sándalo y sal. Quítate la ropa y métete dentro. ¡El pelo también te lo tienes que lavar, y tienes que deshacerte las trenzas! Frótate bien para que salga todo lo malo, y cuando acabes sécate con esa toalla, vístete de nuevo, y vuelve a la habitación de la que has venido. Te estaremos esperando allí.
Silco y la bruja desaparecieron del baño y Jinx se quedó sola. Aún conservaba la botella en la mano, y le dio otro trago. ¡Se lo merecía por tener que aguantar tanta mierda!
La luz amarilla de las velas brillaba en los azulejos blancos, pero no iluminaba todo el baño, sino que dejaba bastantes rincones oscuros. La chica metió una mano en el agua: no estaba fría, pero tampoco caliente como para darse un baño en ella. Suspiró e hizo lo que le habían dicho dejando su ropa en el lavabo. Puso el pendrive encima de todo y se deshizo las trenzas mirándose en el espejo. Escuchó algo susurrar a su espalda y cerró con fuerza los ojos. Cuando se hizo el silencio se metió en la bañera mirando por una rendija entre sus párpados.
Todo aquello estaba empezando a darle una sensación desagradable. Tal vez incluso un poco de miedo. Era un miedo muy distinto al de estar en mitad de un tiroteo o huyendo de la policía. Era un miedo que hacía que la realidad pareciera engañosa, era un miedo que la hacía sentir indefensa.
¿Y quién coño era Némesis? Pensó mientras sumergía su cabeza bajo el agua. Puesta a elegir una diosa random ella hubiese preferido a Diana o a Atenea, que molaban bastante más. A Némesis no la conocían ni en su casa a la hora de comer.
Se restregó la cara para quitarse el maquillaje que un rato antes se había puesto. Salió del agua temblando de frío, se retorció el pelo, y se miró de nuevo al espejo: tenía toda la cara sucia, ya que el eyeliner estaba corrido y la pintura de sus labios formaba un borrón sobre su boca. Acabó el trabajo con la toalla humedecida y se vistió antes de volver a agarrar la botella, beber de nuevo y volver a la habitación del sillón.
El alcohol estaba empezando a hacer su efecto y se sentía a la vez más torpe y más liviana. Ya no sentía frío, no le importaba tanto que Vi estuviese sola y sin cenar, ni tampoco estaba irritada con Silco por haberla traído allí. Ya nada era tan grave, el pasado no existía y el futuro era irrelevante. Solo se acordaba de manera intermitente de lo que le había dicho la bruja acerca de que llevaba algo pegado. Había sido una revelación desagradable, aunque no del todo inesperada.
Cuando había avanzado medio pasillo se tocó el pecho y volvió sobre sus pasos para recuperar el pendrive, caído al suelo al lado de un charco de agua. Por suerte estaba seco, se dijo mientras se lo anudaba de nuevo.
Jinx fue conducida a otro cuarto diferente en el que había dibujado un círculo en el suelo y una especie altar en uno de los lados. La bruja derramó agua con sal sobre el círculo y encendió un sahumerio. Aquello empezaba a oler como si fuese una maldita iglesia, pensó Jinx.
La mujer sacó una brújula e invocó a los elementos en cuatro puntos a cada lado del círculo, al este el aire, al sur el fuego, al oeste el agua y al norte la tierra. Mientras tanto Jinx seguía bebiendo de vez en cuando, hasta que en cierto momento Silco le arrebató la botella de las manos. Le indicaron que se arrodillase dentro del círculo, y ella obedeció no sin antes mirar a Silco con rencor por quitado el alcohol.
—¡Némesis, hija de Nyx, diosa de la justicia y la venganza, equilibradora del mundo, tú que corriges los excesos de la diosa Fortuna y castigas a aquellos hijos que desobedecen a sus padres, te invocamos! ¡Diosa Némesis, recibe a esta joven como tu servidora y protégela del mal y la desgracia!
Puede que si Jinx hubiese estado un poco menos ebria hubiese tenido alguna reticencia a pasar a formar parte del club de fans de la diosa Némesis sin haber sido consultada primero, pero había hecho cosas más raras estando con su padre, así que no tuvo mayor problema. Además, todo ese rollo de la venganza era muy cool, pensó la chica. Ella podría ser una buena adoradora de Némesis, se dijo sonriendo mientras pensaba en Pow -Pow, su querida beretta. Por desgracia no le habían permitido llevarla a la ceremonia, una pena, podía haberle pedido a la bruja que se la bendijera. O que se la maldijera, lo mismo daba.
—¡Némesis, limpia a esta joven y elimina toda impureza de su alma para que pueda ser una digna servidora de tu causa! Y ahora, te voy a pasar un huevo para limpiar todo el mal que llevas dentro —dijo la mujer sacando un huevo de un bolsillo.
—¿De verdad es necesario lo del huevo? Quiero decir, el huevo ha salido del culo de una gallina, no me apetece que me pases eso por la cara —dijo Jinx.
—Es un huevo lavado con detergente —dijo Silco a sus espaldas guiñándole un ojo a la bruja, que optó por no contestar a la pregunta.
La mujer empezó a restregar el huevo por la cara de Jinx, que lo olfateó un poco. No olía a jabón, pero tampoco tenía aparentes restos de caca, así que cerró los ojos y se dejó hacer. La habitación daba vueltas en su cabeza, y sentía la frente caliente. El huevo por el contrario estaba frío y se sintió reconfortada cuando la anciana le tocó la cara para sujetar su mandíbula y así pasar el huevo por su cuello. Después siguió con el escote, los brazos, y el resto de su cuerpo. Cuando acabó se apartó de la vista de Jinx y lo rompió, anunciando que la limpieza estaba concluida ya que el contenido había salido ensangrentado. La chica no vio nada, y así debía ser, le dijeron, ya que si no el mal se metería de nuevo dentro de su cuerpo.
—El mal se ha ido —dijo la bruja.
—Entonces ¿ya no los veré más? —preguntó Jinx.
—¿A quiénes?
—A mis amigos muertos. Se quedaron conmigo… nunca se fueron. Ellos me culpan de todo —dijo Jinx en un susurro.
—¡Jinx, tú no tuviste la culpa! ¡Ya hemos hablado de esto! —intervino Silco.
—Ellos seguirán contigo, niña. Ellos no eran el mal, aunque él puede haberte engañado para que creyeses que eran ellos los que te atormentaban. Pero ahora ya lo sabes: ellos no te culpan de nada, solo están contigo porque se sienten solos.
Jinx intentó decir algo, pero solo sollozó. No estaba muy convencida de la explicación de la bruja, pero quería estarlo. Se sentó en el suelo y escondió la cabeza entre los brazos como una niña mientras intentaba controlar su llanto. Sabía que en parte estaba así por haber bebido demasiado, pero ese pensamiento culpable y vergonzoso tampoco ayudaba.
—Vamos Jinx. Esto no ha acabado, deja de llorar —dijo Silco.
La mujer se le acercó y le puso un trozo de cinta roja en la muñeca explicándole que era para protegerla del mal de ojo. Jinx se limpió las lágrimas y abrazó a su padre, que la apretó contra su pecho como hizo aquella primera vez que la vio llorar. Aquel día en que decidió que adoptaría a aquella niña triste y solitaria, traicionada y despreciada por su propia hermana, como a él le había pasado años atrás.
La anciana sacó un cordel y empezó a tomar las medidas de Jinx: cabeza, su pecho, la medida del bajo vientre y su altura. Por cada medida iba haciendo un nudo. Jinx había dejado de llorar, aunque ahora tenía un ataque de hipo. Silco le ofreció de nuevo la botella por si algo de líquido pudiese ayudarla con eso, pero se la retiró tras un par de tragos, lo que le valió otra mirada de reproche de su hija.
—Bien, ahora llegamos a la parte interesante. ¡Jura respeto y obediencia a tu padre y a la Némesis, diosa de la venganza, hija de Nyx, la noche, y madre de Helena de Troya! ¡Y jura también silencio sobre lo que aquí ha pasado esta noche! —dijo la anciana poniendo un cuchillo sobre el pecho de Jinx, que por un momento tuvo el reflejo de saltar hacia atrás, hasta que se dio cuenta de que la mujer no pretendía clavárselo. Miró por encima del hombro a Silco, que movió la cabeza afirmativamente.
—Lo juro. Juro respeto a la diosa Némesis. Y a mi padre, y obediencia, y eso. Y silencio, también silencio —añadió al ver que su padre le hacía una señal con el dedo, como indicándole que le faltaba algo.
—¡Y si falto a mi palabra me arrojaré sobre este cuchillo! ¡Vamos, repítelo! —exigió la mujer.
—Y si falto a mi palabra me arrojaré sobre este cuchillo —dijo Jinx sin poder evitar una sonrisa nerviosa.
"Pero luego soy yo la creepy soy yo, por hablar sola. Bueno, por eso y por aquellos tiros que se me escaparon sin querer queriendo, claro, eso también" pensó la chica.
—Muy bien. Ahora como muestra de sumisión a la diosa voy a atarte.
Y con otro cordel ató su cuello, manos y pies, todo unido por la misma cuerda. Las ataduras eran tan flojas que a pesar de todo se podía mover con bastante libertad. Jinx parpadeó. Le estaba entrando sueño. "Ya no debe quedar mucho, tal vez incluso pueda echar una siesta antes de visitar a Vi". Lo cierto es que, aunque se negase a reconocerlo del todo, con toda aquella atención —ese tipo de atención en concreto— se estaba sintiendo mejor que en mucho tiempo. Tal vez la última vez que se había sentido así estaba acurrucada en la cama con su hermana.
—Y te voy a flagelar con este látigo. No temas: solo van a ser treinta latigazos —dijo la mujer sacando uno de esos instrumentos de debajo del altar.
—¿Qué?
—¡Tienes que aguantar el dolor para probar ser merecedora de la protección de la diosa Némesis! ¡Es simbólico, no te voy a arrancar la piel!
—Mira, ni simbólico ni hostias. ¡A mí no me pega nadie y punto!
—¡Si no te dejas azotar el ritual no quedará completo!
—¡No me vas a pegar con un látigo! ¡Esto seguro que se le ha ocurrido a Sevika! —murmuró con rabia la chica.
—Lo haré yo —dijo Silco acercándose.
—¿En serio, papá? —protestó Jinx con exasperación.
—Cuando acabe esto, dejarás tu viejo nombre y tu pasado atrás, pero para eso tiene que hacerse bien. ¡Así que apártate el pelo, que vamos a empezar!
Jinx se lo quedó mirando boquiabierta durante unos segundos, pero su padre ya había tomado el látigo de manos de la anciana y su rostro parecía inflexible. La chica parpadeó un segundo. Si le hubiesen dicho hacía una semana si quería dejar atrás su pasado, ella hubiese estado segura de la respuesta, pero ahora no estaba segura de querer que eso pasase. Quería darle un nuevo significado a su pasado, no dejarlo atrás. Sin embargo, si se negaba, él pensaría que ella era débil. Pensaría que se estaba acobardando por unos cuantos golpes.
—Jinx, confía en mí. Para vivir una vida libre de miedo, una vida que valga la pena, debemos enfrentarnos con el dolor. ¡Tras esto, Powder morirá y Jinx vivirá, perfecta y libre como ella es, como tú eres!
Jinx se quitó el pendrive del cuello para dárselo a Silco, y después se volvió de espaldas y pasó la parte trasera de su top por el cuello, dejando libre su espalda y apartándose el pelo.
—Cuando quieras —dijo Jinx. No estaba asustada en realidad, sabía que Silco no le haría daño ni permitiría que se lo hiciesen, pero aquello había sido algo inesperado que le había acelerado el corazón.
El primer golpe la cogió por sorpresa pese a estar esperando algo así. Sin embargo, apenas dolió: su padre se estaba conteniendo. Los siguientes dolieron aún menos, ahora que ya sabía qué esperar. Lo malo era que golpe tras golpe el espacio en su espalda se iba llenando, y el látigo golpeaba de nuevo justo la zona en la que acababan de caer los anteriores golpes. Silco iba contando los latigazos y todavía iba por catorce. Pensó por un momento en intentar evadirse, pensar en otra cosa, pero por un lado iba a ser complicado, y por el otro, si de verdad aquello tenía un significado místico o curativo, empezar a disociar era la mejor manera de tirar a la basura todo el esfuerzo que había puesto su padre en prepararle todo aquello.
Diecisiete, dieciocho… Jinx cerró los ojos, se mordió los labios, y tomó aire. Volvió a abrirlos al momento, por supuesto seguía en la misma habitación. El pelo se le había escapado de las manos y ahora se movía por todas partes cada vez que un nuevo golpe caía.
Al menos se alegraba que Sevika no estuviera allí: ella habría disfrutado aquello.
—Bien, ya ha acabado. No ha sido para tanto ¿verdad? —dijo la anciana—. Como has soportado los latigazos, voy a liberarte de tus ataduras. Y también te presentaré a los cuatro elementoscon tu nuevo nombre: Jinx. ¡Ya no responderás nunca más al nombre de Powder! ¡Ahora eres una nueva persona, estás bajo la protección de Némesis, y todo lo que te atormentaba ha quedado atrás!
—Ahora eres libre —añadió Silco.
La última parte de la ceremonia se realizó sin más incidentes. La anciana aplicó sobre la espalda de Jinx una pomada que desprendía un penetrante olor y le dio el tubo para que lo usase a su criterio, y también le regaló una pequeña amatista que le serviría para sus problemas de insomnio: solo debía colocarla bajo la almohada cuando fuese a dormir. También le entregó el cordón con el que había sido medida, y ella se lo anudó en el cuello dándole varias vueltas.
El ritual había funcionado, o por lo menos parecía estar funcionando de momento, pensó Silco: Jinx estaba de muy buen humor e incluso dio las gracias y abrazó a la anciana bruja al despedirse de ella. Eso no era muy común en su hija, por lo general partía de la base de que todos la iban a odiar nada más conocerla y actuaba en consecuencia.
Tampoco es que eso fuese exactamente algo malo: Silco estaba muy orgulloso de cómo había educado a Jinx. El mundo era un lugar cruel y él la había enseñado a hacerse respetar. Solo esperaba poder enseñarla también a verse a sí misma como él la veía, como ella era en realidad: perfecta.
oOo
El ruido de un coche hizo que Vi levantase la cabeza. No sabía cuánto tiempo llevaba allí o si era de día o de noche. ¿Podría ser Powder regresando? Esperó unos segundos, pero el coche pasó y el ruido se perdió en la lejanía. Vi golpeó una pared con rabia.
No podía negar que estaba muy enfadada, pero no solo con Powder, sino también consigo misma por desear su presencia. Aquello era mucho peor que la cárcel: al menos allí había tenido compañía y ciertas certezas, pero ahora estaba en un lugar desconocido en manos de su hermana, y ni siquiera tenía acceso a comida a no ser que ella se acordase de alimentarla. ¿Qué podía hacer ella? No podía hacer nada, pero aun así se odiaba a sí misma por desear que Powder llegase.
Al principio no había querido comer, pero luego se lo había pensado mejor: fuese lo que fuese lo que el futuro le deparase, lo afrontaría mejor si estaba bien alimentada, o al menos todo lo bien alimentada que su hermana le permitiese, se dijo masticando aquella pasta fría y cocida de más.
Lo había intentado todo: registrar la habitación, forzar la cerradura, derribar la puerta a base de empujones… nada había funcionado. Afiló el tenedor de plástico como había aprendido en la cárcel y lo escondió bajo el colchón.
Luego intentó poner la tele un rato para distraerse, pero solo sirvió para desesperarse más: el mundo se iba al garete mientras la alcaldesa Medarda y otros como ella se enfangaban en sórdidos casos de corrupción y los anuncios de la tele intentaban venderle productos que alguien de Zaun jamás podría comprar. Un telefilme aburrido contaba la historia de una familia con la que no podía sentirse identificada… y mientras tanto Caitlyn estaba retenida por un Ekko bastante distinto del niño que ella había conocido y su hermana estaba por ahí, haciendo vaya usted a saber qué, pero seguro que nada bueno. Al menos cuando la tenía delante sentía cierto control de la situación.
No podía negarlo, sabía que ella tenía poder sobre su hermana. Siempre había sido así, y hay cosas que nunca cambian. Si Silco podía manipularla, ella también podía jugar a eso, o al menos intentarlo. Solo que ella no era especialmente buena con los juegos mentales, no le gustaban ni los había practicado nunca. Ella siempre había sido más directa: no me gustas y no vamos a llegar a un acuerdo… pues te presento a mis puños.
Sin embargo, su hermana estaba armada. No sabía si era capaz de dispararle, pero no se iba a arriesgar. Además, la había tenido casi dos días inconsciente en un sótano ¿quién le decía que si se le escapaba un tiro no intentaría curarla allí mismo, sacándole la bala con unas pinzas y cerrándole la herida con grapas o alguna chapuza por el estilo? No, ahora no podía resolver las cosas con violencia, o el asunto podía acabar muy mal. Incluso si la mataba —y estaba muy segura de no querer matar a su hermana— eso no le garantizaba su libertad. Powder podía ser bastante retorcida, y eso no era una novedad —tuvo que reconocerse Vi—. Era poco probable que el camino al exterior fuese tan fácil como quitarle una llave del bolsillo y abrir una puerta.
Pero tampoco se iba a dejar someter o humillar por una niñata de medio metro. Si no habían podido con ella en la cárcel, no iba a poder con ella tampoco la pequeña mierda de Powder.
Otro coche se acercaba. Esta vez Vi se mantuvo quieta, en cuclillas sobre el colchón y con la cabeza caída sobre los brazos apoyados en sus rodillas. Aguantó un momento la respiración, pero el coche siguió de largo. Al menos sabía que estaba cerca de una carretera, aunque ese dato tampoco le ayudaría a salir de allí.
Empezaba a adormecerse de puro aburrimiento cuando escuchó un portazo seguido por un objeto que caía al suelo y el sonido de unas llaves. Más puertas se abrieron y más llaves se cerraron, y trastabillando y en evidente estado de ebriedad apareció Powder en la habitación.
No llevaba nada de maquillaje en su rostro y su largo pelo caía húmedo y suelto en forma de ondas sobre su espalda. Tenía una botella de licor de guindas a medio consumir y una bolsa bastante llena. Sus pantalones piratas dejaban ver sus pantorrillas arañadas, y en sus botas pudo observar un par de hierbajos pegados, como si hubiese venido caminando a campo través. Olía a alcohol, a algún licor dulce y pegajoso, probablemente el mismo que llevaba en la mano.
—Siento haber tardado tanto: Silco no me ha prestado el coche ¡dice que estoy sobria! ¿O era ebria? ¡Siempre me confundo! —dijo Powder riendo.
—Estás borracha —dijo Vi, sin una sombra de sonrisa en su rostro.
—Sí, eso mismo. Estoy bastaaaante ciega. Estoy súper ciega, pero todavía controlo. ¿Quieres un poco, por cierto? Tal vez demasiado dulce, pero está bueno.
—No, gracias. No voy a beber con el estómago vacío.
—Tú te lo pierdes. Por cierto, ¡me he acordado de tu cena! Te traje pollo con patatas, leche y gachas de avena para el desayuno de mañana, y más ramen. También te he traído pan de molde y fiambre para que te hagas un sándwich. ¿No soy la mejor hermana del mundo? —dijo la chica dejando las cosas en el suelo y bailando.
—¿Gachas de avena? ¿En serio? ¡Mátame ya si eso, es menos cruel que darme esa mierda! —dijo Vi. No pretendía ser simpática con su hermana, pero no pudo evitar sonreír mientras se quejaba.
—Es lo único que encontré. ¡Resulta que la mayoría de las tiendas tienen la mala costumbre de cerrar de noche! Pero oye, ¡al menos no es un sándwich de mayonesa y pepino!
—O de mantequilla de cacahuete —replicó sonriendo Vi.
Por un corto espacio de tiempo durante su infancia habían tenido una vecina británica que había acabado viviendo en Zaun. Era madre de otra niña amiga de ambas hermanas, y a menudo Vi y Powder habían merendado en su casa hasta que un día, tras un tiroteo, decidió coger a su hija e irse a vivir fuera del barrio. Desde entonces guardaban el recuerdo de aquellas extrañas meriendas, con las que habían bromeado durante años.
Cuando compartían aquellos recuerdos parecía que el tiempo no había pasado. Pero allí estaba Powder para romper el hechizo, ahora convertida en una extraña chica desequilibrada y peligrosa que se hacía llamar Jinx, y que en ese momento bailaba al ritmo de una música que solo ella podía escuchar.
Había algo nuevo en ella, algo que Vi no podía concretar. No solo es que llevase el pelo suelto o no se hubiese delineado los ojos, o aquella cinta negra que llevaba en el cuello: era algo en su actitud. Parecía eufórica. Estaba muy alegre, pero de una manera extraña.
—¿Qué te parecen mis tetas, Vi? Sevika me ha dicho que son dos lentejas. ¿qué piensas tú? —preguntó la chica levantándose el top, bajo el que, en efecto, tal y como Sevika había observado, no llevaba sujetador.
—Están muy bien, ahora tápate, anda, y no le hagas caso a esa víbora —dijo Vi, preguntándose si su hermana iría haciendo eso por ahí cada vez que bebía de más y tal vez por eso Sevika sabía el tamaño de su busto. Prefirió no darle más vueltas a ese tema, al menos por el momento.
—¿Entonces te gustan? ¡Me caes bien! —dijo Jinx sin dejar de bailar cubriéndose de nuevo.
Su brazo izquierdo se levantó al tiempo que el derecho bajaba. Su cuerpo giró y su pelo cayó sobre su cara mientras seguía con el baile, su top se deslizó de su hombro cayendo por su brazo, y Vi pudo ver que tenía toda la espalda señalada y enrojecida, como si le hubieran dado una paliza con un cinturón.
—¡Powder! ¿Qué te ha pasado? ¿Qué te han hecho? —gritó Vi al ver aquello.
—¿Qué? ¡Ah, esto! ¡No es nada, no te preocupes, estoy bien! —dijo Powder encogiéndose de hombros antes de volver a cubrir su espalda y agacharse para recoger la botella para darle otro trago.
—¡Pero como vas a estar bien, pedazo de idiota! ¡Que te han dado una paliza!
—¡No me han dado una paliza! ¿Crees que iba a estar tan tranquila si me hubiesen dado una paliza? ¡Es una movida mágica y mística que tú, con tu cabecita cuadrada, no puedes entender!
—¿Has dejado que te hagan eso? —preguntó Vi sin poder disimular su repugnancia.
—Sí, no ha sido para tanto. Me duele más ahora que cuando me lo hicieron, de hecho.
—Claro que te duele más ahora, tonta: la adrenalina debe haber hecho que no te hayas enterado apenas. ¡Ya verás mañana!
—Me tomaré un ibuprofeno. No es un gran drama —dijo Powder encogiéndose de hombros.
—¿Quién ha sido? —preguntó Vi, aunque ya se imaginaba la respuesta.
—Oye, no puedo hablar de esto. Estoy bien Vi, y no es ningún rollo sexual si eso te preocupa. Hace… ¿cuatro años? Sí, cuatro años. Hace cuatro años que no me acuesto con nadie. Y en realidad solo he estado con el idiota de Ekko, y bueno, lo que tuvimos nosotras, pero eso no lo cuentas como sexo ¿verdad? —dijo la chica interrumpiendo su verborrea para mirarla fijamente.
—Dime quién ha sido —repitió Vi, esquivando sus ojos y tragando saliva.
—Ha sido Silco, por supuesto. No dejaría que nadie más me pusiese la mano encima. Pero no ha sido ningún castigo ni nada perverso o retorcido. ¿Satisfecha?
—Me dejas de piedra. No sé ni qué decir, Powder. ¡Es como si no te conociera!
—Pues no digas nada. No pasa nada porque no tengas una opinión sobre todo, Vi. Pero no me llames Powder. ¡Me llamo Jinx! ¡Tienes que llamarme Jinx, es como si yo a ti te dijera "maceta"!
—Nunca te llamaré Jinx —dijo Vi apretando las mandíbulas. Era cierto lo de que no sabía lo que decir: toda la conexión que había tenido un momento antes con ella mientras ambas hablaban de comida y compartían bromas y recuerdos de su infancia había desaparecido.
—¿Por qué eres tan difícil, Vi? ¡Esto no tendría que estar pasando! ¡No deberíamos estar discutiendo otra vez! ¡No he tomado dos taxis y he caminado un buen rato por los sembrados para venir aquí y discutir contigo!
—¿Ah no? Y dime: ¿a qué has venido?
—¡Pues a traerte la cena, por supuesto! También te he traído un cepillo y pasta de dientes. Y una toalla y jabón, por si quieres asearte un poco en el lavabo. Y mañana te traeré más cosas. ¿Hay algo que quieras en especial? ¿Chocolate? ¿Café? ¿Un libro? ¿Un consolador? ¡Quiero que estés cómoda!
—¿Cuánto tiempo me vas a tener aquí? —preguntó Vi ignorando la broma sexual.
—A ver, Vi. Eso no depende de mí.
—¿Ah no? ¿Y de quién depende? ¿de Silco?
—¿Puedes dejar a Silco en paz un rato? No, Silco no tiene nada que ver con esto. ¡Obviamente depende de ti, idiota!
—¿De mí?
—¡Claro! ¡Cuando te des cuenta de que te has equivocado viniendo a Zaun con una "piltie" para meterte en asuntos que no te importan, entonces te soltaré! ¡Pero tengo que ver que estás de verdad arrepentida, que de verdad estás en mi equipo y no jugando en mi contra! ¡Y no creas que me vas a engañar!
Vi suspiró y se dio la vuelta para evitar mirarla, quedando sentada de cara a la pared. En el mundo particular en el que Powder vivía, ella era la víctima y Vi la victimaria. No sabía qué decir para hacerla entrar en razón.
—Tú también te has hecho daño. Has intentado derribar la puerta o algo así, ¿verdad? —escuchó a Powder hablar a su espalda, mientras su mano acariciaba su hombro, en el que se estaba formando un moratón.
—Vale, no me respondas, no hace falta. Solo para que lo sepas: la puerta es solo el primer obstáculo. Después hay una serie de ingeniosas trampas —está mal que yo lo diga, pero es la verdad—. ¡No te van a matar, pero te pueden hacer bastante daño! Sobre todo, las que involucran electricidad. ¡Yo no lo haría si fuese tú! Y no, no las vas a poder evitar, por si estás pensando que podría valer la pena correr el riesgo.
—Estás pirada.
—¡Qué insulto tan ingenioso! ¡Es la primera vez que me lo dicen!
—Vete a la mierda, anda.
—Voy a ponerte un poco de pomada ahí, ¿vale? De la misma que me han puesto a mí en la espalda. Casualmente tengo el tubo aquí. Estate quieta.
Los dedos de Powder recorrieron el hombro de Vi con algo pringoso de fuerte olor. En un impulso Vi se dio la vuelta y la empujó contra la pared colocando su brazo contra la garganta. Moverse así de rápido y bloquear a Powder fue difícil con las esposas, pero Vi ya había pensado cómo hacerlo. Sacó la improvisada arma que había hecho afilando su tenedor de plástico hecho astillas, y la colocó contra el cuello de su hermana.
—Ahora vamos a salir, pero primero vas a desactivar todos tus juguetitos.
—¿Y si no lo hago? ¿Me vas a rebanar el pescuezo?
—¿Te vas a arriesgar?
—Hazlo. Córtame el cuello —dijo Powder, con una extraña sonrisa y la locura brillando en sus ojos. Parecía que en realidad morir así hubiese sido el único deseo que siempre hubiese tenido.
—No te voy a cortar el cuello. Pero podría desfigurarte la cara. ¿Qué te parece un corte que vaya desde aquí… hasta aquí? —dijo Vi pasando el plástico astillado desde la comisura del labio de su hermana hasta el lóbulo de su oreja.
Powder entrecerró los ojos retándola y Vi le mantuvo la mirada. Había algo en sus ojos frío y ardiente al mismo tiempo. Vi vio una gota de sangre deslizarse por su mejilla: aquél plástico estaba muy afilado y había hecho un corte superficial en su rostro. Estaría curado por completo antes de un día, y sin embargo la chica sintió un escalofrío. Por supuesto que era incapaz de hacer eso, pero quería que su hermana lo creyese.
—Hazlo. ¿Crees que eso cambiará mi vida? ¡Para nada, si me presento con la cara cortada en "La última gota" les daré a todos esos gilipollas aún más miedo del que ya les doy! Si antes alguno se meaba de miedo cuando jugaba con Pow - Pow, ahora también se cagará. ¡Así que venga, hazlo, déjame señalada para toda la vida! Me importa menos que una mierda —dijo Powder escupiendo las palabras con desprecio.
Vi retiró el arma y la arrojó al suelo, aplastándola con el pie y escuchando como crujía. Notó un nudo en la garganta y su voz sonó temblona cuando habló.
—Nunca te haría daño, Powder.
—Entonces no me amenaces. ¡Podría no acabar bien para ti! —dijo Powder sonriendo. Fue una extraña sonrisa, porque al mismo tiempo una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Contigo nunca puedo ganar ¿verdad?
—No. No puedes. Acéptalo.
Powder la miró un momento con aprensión y luego se agachó para recoger con rapidez los restos del tenedor roto. Los echó en una bolsa y volvió a dar un paso atrás alejándose de Vi.
Se miraron de nuevo a los ojos. Ambas estaban llorando, y Powder giró la cara para sonarse la nariz. Vi se dio cuenta de que tenía un ataque de hipo, y sintió deseos de abrazarla, pedirle perdón por lo que fuese, y prometerle que todo iba a estar bien… pero tal vez ese no fuese el mejor momento para acercarse a ella.
—¿Qué quieres cenar, Vi? ¿Las putas gachas, ramen, un sándwich, o el pollo con patatas? Elige lo que quieras, tengo que colocar el resto en el frigorífico de arriba antes de que se eche a perder.
—Ahora no tengo hambre —dijo Vi en un susurro.
—Pues tienes que comer. Elige lo que sea porque me tengo que ir.
—¿Dónde vas ahora? ¡Pensé… pensé que te ibas a quedar un rato!
—Por mucho que disfrute de tu compañía tengo que dormir. Si no duermo… eso no es bueno para mí, es casi peor que si me drogase. Y solo puedo dormir cuando estoy con él, por lo menos de un tiempo a esta parte.
—¡Te vas con Silco! ¡Después de lo que te ha hecho!
—No hagas drama, por favor, al menos Silco nunca me ha amenazado con rajarme la cara —dijo Powder poniendo los ojos en blanco.
—No lo iba a hacer. ¡Sabes que no lo iba a hacer, solo trataba de que me soltaras de una vez!
—Pero querías asustarme. Eso no es muy decente por tu parte. Y a ver, que yo diga o haga algo así, pues bueno, nunca he pretendido ser una santa. ¡Pero tú! ¿Qué hubiese dicho tu poli de Piltover si te hubiese visto?
—Ya tenías que sacarla otra vez —reprochó Vi.
—Mira, cómete el pollo. No creo que esté bueno mañana. Te lo dejo aquí y me llevo el resto de las cosas arriba. ¡Adiós! —dijo Powder recogiendo las bolsas y la botella y disponiéndose a irse.
—¡No te vayas! Puedes dormir aquí, conmigo. Como cuando éramos niñas —dijo Vi con timidez, alzando las manos hacia ella.
—¿Aquí? Ni de coña. ¡Intentarías jugármela en cuanto cerrase los ojos!
Pero Powder había parpadeado un par de veces mientras decía que no. Vi interpretó aquello como el principio de una negociación. De ninguna manera quería que durmiese con Silco, nada más que pensar aquello hacía que se le revolviese el estómago.
—No lo haré. Te lo prometo.
—No te ofendas, pero no puedo confiar en la palabra de alguien que se presenta en Zaun con una poli.
—¿Entonces qué tengo que hacer para que me creas? ¿Qué se supone que debo hacer?
—Fácil. Dame algo a cambio, y me quedo.
—¿Qué quieres? Ya me quitaste el teléfono y no tengo nada más que te interese…
—¿Estás segura de que no tienes nada que me interese? —preguntó Powder. Había un brillo travieso en sus ojos y se mordía los labios.
—¿Qué quieres?
Powder estaba ahora cerca de ella, mirándola con sus ojos grandes y brillantes. Vi pensó que le recordaba a un pequeño depredador nocturno de pelo suave y garras afiladas. Sus labios estaban ligeramente húmedos, y sus manos temblaban un poco. De pronto pareció distraerse con algo invisible a su izquierda e hizo un gesto como negando algo con la cabeza, pero luego volvió de nuevo su atención a Vi.
—Bésame. Si lo haces, llamo a Silco, le digo que no puedo volver esta noche, y me quedo a dormir contigo en este cuarto.
—Powder, las hermanas no…
—Bla bla bla, ya me sé ese cuento, ¡las hermanas no hacen eso! ¡Me estás aburriendo, así que me voy a dormir! ¡Adiós!
—Espera. Estate quieta. Si te estás quieta te besaré, pero tú ten las manos quietas.
—¡Qué tonta eres, Vi! ¡Ni que te fuera a violar!
—Hago esto solo para que no te pongas en peligro yendo sola y borracha por ahí. Si has tenido que coger dos taxis para venir y andar por el campo, no quiero que hagas ese camino de nuevo en tu lamentable estado.
—¡Claro, por supuesto eres libre de ponerte la excusa que más te guste! —dijo Powder riendo.
"Por lo menos está de nuevo de buen humor", pensó Vi. Dio un paso hacia ella y con sus manos esposadas sujetó las de su hermana, que se crisparon al contacto como temiendo un ataque. Un momento después se relajó un poco, y le dirigió una tímida sonrisa. Ya no parecía tan amenazante, y en sus ojos había más miedo que otra cosa.
Vi no sabía en qué momento había pasado a darle miedo a su hermana, si fue a partir de aquella última tarde de la explosión, si ese último recuerdo magnificado y repetido una y otra vez durante años había acabado por crear en su cerebro la imagen de una Vi malvada, de una hermana mayor odiada, idealizada, y extrañada a la vez.
Aproximó sus labios a los de su hermana, y dejó allí un beso cálido. No fue un roce breve y casto, pero a Powder no le pareció suficiente.
—¿En serio, Vi? ¿Esto es todo? ¿Crees que me voy a conformar con esto? —dijo Powder tan despechada que era casi gracioso verla, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Por toda respuesta Vi pasó el dedo corazón por su entrecejo, masajeando la zona y sonriendo.
—¿Ves? ¡Mucho mejor así! ¡Mucho más guapa sin fruncir el ceño!
—¡Adiós! —gritó Powder enfurecida tras quitarse de la frente la mano de su hermana —que se reía sin poder evitarlo— de un manotazo.
Vi volvió a agarrar sus manos y la apretó contra la pared sin pensar en la espalda lastimada de la chica. Cerró los ojos y apoyó sus labios contra los de Powder buscando abrirlos con la lengua, cosa que no le costó mucho cuando la chica se recuperó de la sorpresa y adivinó sus intenciones. Powder mordisqueó sus labios con suavidad, pero Vi pensó que había llegado el momento de tomar venganza sobre su hermana, así que mordió su lengua lo bastante fuerte como para hacerla gemir. Soltó su presa, pero en ese momento Powder contraatacó explorando con su lengua la boca de Vi. La mayor de las chicas acarició el cuello de su hermana sintiendo en la yema de los dedos la suavidad de su piel y su pelo que se enredaba en sus dedos, y profundizó con la lengua en la garganta de la chica. Powder se colgó de su cuello y clavó sus uñas allí, y solo se separaron cuando a ambas les faltó el aire.
Vi abrió los ojos y vio a su hermana mirándola. Powder se relamió los labios y se limpió la saliva de su mentón con la mano, y Vi la imitó imaginando que su cara estaría en el mismo estado. "Si le metiera la mano bajo las bragas ahora mismo seguro que estaría mojada" pensó la chica, para luego arrepentirse de esa idea. Pensar eso de su hermana era jodidamente enfermo, se reprochó.
—Joder, Vi —dijo Powder, mirándola con una mezcla de asombro y excitación.
Vi supo que no iba a ser necesario preguntarle si esta vez le había parecido suficiente, pues de inmediato la hermana menor empezó a mover los colchones de su cama para dividirlos. Colocó el suyo en la otra punta de la habitación, y se sentó allí mirándola. Ella se tiró en el que había quedado y clavó sus ojos en las tuberías que corrían por el techo de aquel sótano. De pronto Powder se levantó, sacó una llave de su bolsillo y le abrió las esposas sin decir palabra. Dijo que tenía que meter cosas en el frigorífico y hacer una llamada, y desapareció de la habitación tras cerrar la puerta. Mientras tanto su hermana aprovechó para cenar y lavarse los dientes con el cepillo que la otra chica le había dejado en la cama.
—¿Cómo supiste que era Ekko? —preguntó Vi cuando su hermana estaba de vuelta en el cuarto.
—¿Qué? —preguntó a su vez Powder, volviendo a la realidad. Tenía la vista fija en Vi, pero en realidad no la estaba mirando, sino que inventaba una historia en la que las dos eran las felices protagonistas, lejos de Zaun, lejos de Piltover, lejos de cualquier sitio donde nadie recordase su pasado o supiese que eran hermanas.
—Que cómo supiste que Ekko era un Firelight. Lo amenazaste con algo, ¿verdad? Me dijo que no había tenido elección.
—No lo amenacé con nada, ¡solo secuestré a su madre! ¡Pero solo por un ratito, luego se la devolví!
—No sé por qué ya ni me sorprende.
—Y respondiendo a lo de cómo lo supe: no lo supe.
"En realidad me lo contaron Mylo y Claggor, pero tampoco es necesario que conozcas todos los detalles" pensó Powder.
—¿Cómo que no lo supiste?
—Solo lo adiviné. Esa misma tarde me lo había cruzado, iba con su tabla de skateboard, y me dio mala espina. Además, me hizo un corte de mangas muy gratuito, el muy idiota. Yo le di luego un empujoncito con el coche, pero me quedé pensando en todo eso. Luego más tarde, por la noche, cuando esos mamones te cogieron me di cuenta de que uno de ellos cojeaba. Y bien, era el único hilo que tenía del que tirar. Probé suerte y funcionó.
—¿Que hiciste qué con el coche?
—Puede que lo atropellase un poco. Pero muy poco, casi nada. Se levantó él solo del suelo, ¡se le veía bastante entero!
—¿Y si hubieses secuestrado a su madre por error?
—Pues hubiese vivido con eso —dijo Powder encogiéndose de hombros—. ¡De todas formas se lo había merecido, por gilipollas!
—Un castigo completamente justo y proporcionado: te enseña el dedo y tú lo atropellas y luego le secuestras a su madre —se burló Vi.
—Pues sí, así es la vida. ¿De qué va haciéndome la peineta? —se rio Powder. —Vi, no le tengas pena a Ekko —añadió más seria—. Los Firelights tampoco son los buenos de la historia, como al parecer ellos creen. Y te aseguro que si tienen la más pequeña oportunidad, me matarán. ¡Vamos, no le hice nada a esa señora, solo lo asusté para que te soltara!
—¡Para secuestrarme tú!
—Tampoco lo estás pasando tan mal —respondió Powder con una sonrisa inocente.
—Eres una secuestradora bastante cariñosa, eso tengo que reconocerlo. Pero en serio, Powder. Esto no puede durar. ¡No puedes tenerme aquí toda la vida, me acabaré volviendo loca!
—Lo dices como si fuese lo peor que te pudiera pasar, Vi. No es tan malo estar loca. Yo estoy un poquito loca, no sé si te habrás dado cuenta —dijo Powder riendo.
Vi no supo qué responder. No podía discutir con ella ese punto: llevaba razón. Cerró los ojos. Estaba cansada.
—Buenas noches, Vi, espero que descanses. Te quiero mucho ¿sabes? Te quiero tanto que me duele al respirar cuando pienso en ti.
—Yo también te quiero, Powder. Mucho. Más de lo que tú te imaginas.
—¡Pero no me llames Powder!
—¡Duérmete de una vez, o te llevará el hombre del saco por estar despierta tan tarde!
—¿De qué me sirve ser la puta ama de este barrio si mi propia hermana no me tiene ningún respeto? murmuró Powder haciéndose un ovillo para dormir. Por cierto… no intentes nada raro ¿vale? Tengo el sueño muy ligero, por si no lo recuerdas.
Vi lamentó no tener a mano ninguna almohada para tirarle a la cara.
