Nuevos planes, idénticas estrategias

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"Amigo en la otra orilla, humilde y pobre soy… el río nos separa, suplico compasión. Le pido una moneda, que habré de atesorar, le ruego sin envidia…".

El tarareo de aquella canción infantil mezclado con el ruido de fondo del televisor se fue infiltrando en el sueño de Vi. De pronto estaban Powder y ella allí, de nuevo era aquel día, de nuevo estaban en el puente, frente al cadáver de su madre. Su padre las cogió en brazos para sacarlas de la zona mientras los últimos policías se retiraban. Se revolvió en su pesadilla y abrió los ojos. Todo estaba oscuro y su hermana, ya crecida, estaba sentada frente al televisor. Mel Medarda estaba dando una rueda de prensa, y Powder le apuntaba con dos dedos a la cabeza y hacía el gesto de disparar.

—Powder por favor ¿qué se supone que estás haciendo?

—¿Te he despertado? Parecías muy dormida, no pensé que te fuese a molestar que encendiera un poco la tele. No podía dormir —dijo Powder mirándola con cara triste.

—¿En qué universo paralelo no vas a molestar a alguien que está durmiendo si enciendes la tele y te pones a cantar? —exclamó Vi, exasperada.

—¡No te pongas así! Cuando éramos pequeñas dormías como un tronco. ¿Yo que culpa tengo de que ahora seas tan sensible al ruido? Además, a mí el ruido me ayuda a dormir.

—Seguro que hacer como que disparas a la petarda esa te ayuda muchísimo a dormir —replicó Vi.

—Me divierte —dijo Powder encogiéndose de hombros y apagando el televisor.

Se quedó quieta, sentada en su colchón con las piernas cruzadas como una niña y mirando en dirección a Vi. Su hermana tuvo la sospecha de que en realidad no la miraba a ella, que se confirmó cuando vio a Powder sonreír sin motivo y asentir. Después se percató de que Vi la miraba, e intentó disimular llevándose la mano a la boca. Fue un esfuerzo bastante en vano, pero a Vi le pareció gracioso.

—Te ríes de mí —dijo Powder con un mohín.

—Eres graciosa, Powder.

—¡Que no me llamo Powder!

—¿Por qué no puedes dormir?

—Dormí un poco. Luego tuve una pesadilla. Parece que la amatista no está funcionando —dijo Powder encogiéndose de hombros.

—Anda, ven a mi cama. Tal vez así pueda asegurarme de que no te mueves más. No vas a poder dormir a no ser que te estés quieta. Lo sabes, ¿no?

Powder no se lo hizo repetir y se escurrió hasta el colchón de su hermana. Colocó la cabeza junto a la suya, como cuando eran niñas, y retiró su pelo para que no le hiciera cosquillas a Vi.

—Entonces ¿se supone que con una amatista ibas a dormir? —comentó Vi en un susurro, mientras el sueño la iba invadiendo de nuevo.

—Sí, ya sé que no suena muy científico. ¡No se lo vayas a contar a nadie!

—¡Uy sí, tengo tantas oportunidades de contar tus chismes estando aquí encerrada!

—No puedo con tanta negatividad —dijo Powder dándose la vuelta y pateando "sin querer" a su hermana.

Vi respondió con otra patada, y la siguiente por parte de Powder fue en realidad bastante agresiva. Antes de que tuviese tiempo de disculparse, Vi la sujetó con un brazo mientras con otro le hacía cosquillas en el cuello y las axilas. La chica se defendió con fuerza y sin reparar en medios: lo mismo mordía que clavaba las uñas. En un momento en el que Vi la soltó para mirarse un mordisco en el brazo, Powder aprovechó la ventaja para sentarse a horcajadas sobre ella y darle la vuelta a la situación, comenzando ella a atormentar con cosquillas a su hermana mayor, que resultó ser más sensible aún, para alegría de Powder, que se reía con malicia.

—¡Basta! ¡Firmemos la paz! —gritó Vi entre carcajadas.

—¿Ahora quieres la paz? ¡Es muy tarde para la paz! ¡Ahora vas a tener lo que te mereces! —respondió Powder, metiendo la mano bajo la camiseta de su hermana para atacar también su torso.

—¡Suéltame por tu propio bien, pequeño monstruo!

—Joder, estás muy cuadrada ¿dónde has estado todos estos años, en la cárcel o en un gimnasio? —preguntó Powder al intentar cosquillear los duros abdominales de su hermana.

Ese momento de descuido fue suficiente para que Vi atrapase de nuevo las manos de su hermana y la sujetase con la pierna.

—Basta. Te perdono: ¡ahora vamos a dormir!

—¿Me perdonas? ¿Tú a mí? ¡Pues yo no te perdono a ti!

—Cállate —dijo Vi cogiendo con los dedos los labios de su hermana y riendo porque ella intentaba seguir hablando, aun así. —¿No tenías sueño? ¡Pues duerme! ¡Puedes seguir molestándome mañana!

—Tú eres la que me molesta a mí, no al revés —farfulló Powder mientras se acurrucaba de nuevo de espaldas a Vi, que estaba acostada mirando al techo.

—Gruñona —murmuró Vi en un tono apenas audible. Powder la castigó con su indiferencia y no contestó, pero una risita infantil confirmó a Vi su sospecha de que el enfado de su hermana era fingido.

En realidad, Jinx estaba más que feliz de haber acabado acostada en aquel colchón con su hermana.

Durante un rato Jinx estuvo en vela mientras escuchaba a su hermana respirar de forma pesada a su lado. Poco a poco su corazón empezó a latir más lento y sus párpados a cerrarse, y durante un rato descansó de forma bastante apacible, hasta que sintió que algo la presionaba y esta vez fue ella la que despertó de golpe, para darse cuenta de que solo era Vi, que completamente dormida la estaba apretando contra su cuerpo.

Se quedó quieta un momento, sin saber cómo reaccionar. El roce del cuerpo de su hermana contra su espalda lastimada ardía, las manos de Vi estaban sobre su pecho y sus labios en su cuello. Una de sus piernas caía sobre las suyas. Cierto era que antes se habían besado, pero aquello había sido fruto de una negociación, y por qué no reconocerlo, del afán de Jinx de intentar probar los límites de su hermana. Ahora Vi era la que estaba avanzando sexualmente, y lo estaba haciendo en sueños. ¿Debería despertarla? ¿O hacer como que no pasaba nada y esperar a que parase? ¿Tal vez lo mejor sería aceptar aquello sin darle más vueltas y seguir durmiendo? Al fin y al cabo, estaba ocurriendo justo lo que ella había deseado.

—Está pensando en la otra —dijo Mylo, sentándose a su lado en el colchón—. No te hagas ilusiones.

—Mucho rato llevabas tú sin venir a incordiar —murmuró Jinx.

—Solo te dice la verdad: no mates al mensajero —añadió Claggor mientras se sentaba al lado de Mylo.

Vi pareció despertarse de nuevo con el ruido, y azorada separó su cuerpo del de su hermana.

—¿Qué pasa, Powder? —preguntó con voz soñolienta tras superar la vergüenza que le causó descubrir que tenía las manos sobre el pecho de su hermana.

Había estado abrazando a Powder de la misma forma en que solía abrazar a Caytlin en aquellos tiempos en que dormían juntas. Dudó si debía disculparse o aquello solo lo haría más incómodo todo, y optó por fingir que aquello no había ocurrido. Al fin y al cabo, Powder tampoco parecía haberle dado la menor importancia.

—No pasa nada. Estaba soñando. ¡Y no me llamo Powder!

Vi la miró un momento, y pasó el dorso de la mano por su mejilla antes de darse la vuelta e intentar seguir durmiendo. Jinx se acarició la mejilla que había tocado Vi y se giró en la misma dirección que Vi, para sentirse lo más cerca posible de su cuerpo. Un rato después, Vi estaba de nuevo dormida y la abrazaba casi de la misma forma que antes, solo que ahora sus manos rodeaban la cintura de Jinx.

—¿Habéis visto, imbéciles? ¡Lo ha vuelto a hacer! ¡Me quiere a mí! —susurró Jinx.

Pero Mylo y Claggor ya se habían ido, y ella puso sus manos sobre las de Vi y poco a poco fue quedando dormida de nuevo.

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Caitlyn se impacientaba. Todas las noches a la misma hora Ekko le traía comida y dos botellas de agua. No había muchos elementos en aquella habitación donde la tenían encerrada, aparte de un retrete en una esquina y un colchón el suelo, pero sí tenía un pequeño reloj de pilas. Ekko le había dicho que se lo dejaba para que no estuviera nerviosa: tener una cierta noción del tiempo era importante para su salud mental.

El maldito niñato llegaba todos los días a las doce de la noche como la cenicienta, puntual como un tren británico, pero eran las doce y media y el chico no había aparecido. De todos sus secuestradores, era el que parecía más razonable, y era el único a quien había visto la cara, tras reconocer su voz a través de la puerta entreabierta en una conversación con otros miembros de la banda. Habían cometido la imprudencia de olvidar usar el mecanismo que usaban para distorsionar sus voces.

Revelar que conocía eso había sido una estupidez, y Caitlyn sospechaba que aquella era la principal razón por la que no la soltaban. Debía haberse callado que conocía la su identidad. Pero ya no tenía remedio y era una tontería pensar más en ese error. Lo importante eran las charlas que mantenían ambos en esos momentos en el que el chico venía a traerle alimentos.

Por supuesto ambos tenían visiones del mundo por completo opuestas, pero al menos el chico no estaba loco. Comparado con la gente que había conocido últimamente, aquello ya era mucho. Caitlyn esperaba llegar a convencerlo de que la soltase y llegasen a algún tipo de acuerdo con la policía que permitiese a su banda salir impunes de todo a cambio de colaboración e información. No sería fácil: Ekko odiaba con todo su corazón a "la pasma", como él los llamaba. Pero ella no perdía la esperanza.

La puerta se abrió. Era él. Llevaba una toalla al hombro, una bolsa en la mano, y una palangana bastante grande y una jarra en la otra.

—Perdón por el retraso, tuve algunas complicaciones. Pero te lo he compensado: te he traído esto. He pensado que tal vez te apeteciera ducharte más tarde.

Aquello era incómodo, pero el chico había tenido buena intención. Y en realidad sí que quería ducharse, ¡necesitaba ducharse!

—También necesitaría ropa interior limpia. Y agua: ¡no puedo ducharme solo con una botella!

—Tengo una garrafa ahí fuera, y gel de ducha. Y cosas para los dientes. No puedo con todo a la vez. Cuando te acabes la cena te doy lo demás. Es una hamburguesa con patatas, ¿os gustan las hamburguesas en Piltover?

—¡Claro que nos gustan las hamburguesas! ¿Te crees que somos extraterrestres? —dijo Caitlyn con una sonrisa.

—No sé —dijo el chico encogiéndose de hombros—. Nunca he vivido en Piltover. Pensé que os gustaban las cosas más refinadas.

—Ese es el problema —dijo Caitlyn suspirando—. Tienes una idea completamente equivocada sobre todo lo que pasa fuera de tu barrio.

—¿Por qué se supone que debería importarme lo que hay fuera de mi barrio? ¿Acaso a la gente de Piltover le importa lo que pasa aquí?

Vale, decir eso no había sido buena idea. No quería discutir con Ekko: tenía que convencerlo de que si no amigos, sí podrían llegar a ser aliados.

—A mí me importa. Es verdad que viví muchos años ignorando lo que había más allá del puente y soy culpable de eso, pero ahora que conozco los problemas que tenéis aquí, me importan. Y si queremos cambiar la realidad, creo que el primer paso es ese: ¡intentar conocerla al menos!

—¿Para qué quieres tú cambiar la realidad? ¡A ti te ha ido bien! ¡En cuanto salgas de Zaun solo pensarás en mandarnos a todos a la cárcel, que es el sitio donde según vosotros todos los nuestros deberían estar!

—¡No es verdad! Escucha, Ekko: sabes que hay algo muy gordo en marcha. Yo no me imaginaba que fuese tan grave cuando vine aquí, ¡pero ahora que lo sé, ya no me importa lo demás: solo quiero parar a Silco y a la loca de su hija! Y liberar a Vi, aunque no se lo merezca —añadió en un suspiro.

¿Había sido un error traer a Vi a Zaun? ¿Hubiese podido ella investigar el asunto sola? De poco había servido al final, pues estaban las dos prisioneras. Una punzada de culpa la invadió: Vi no había querido venir, decía que no podía, que de ninguna manera se veía capaz de enfrentarse de nuevo a su hermana, con la que había compartido un pasado complicado.

Y ella había querido saber hasta dónde había sido complicado ese pasado. Por qué razón alguna vez se había equivocado y la había llamado Powder tras besarla, por qué se despertaba de noche tras cada pesadilla gritando ese nombre… y había hecho algo bastante sucio y rastrero.

Aquél anónimo que Vi había recibido había venido de su mano.

Y bien, necesitaba saber y supo. Era obvio que estaban obsesionadas de un modo enfermizo la una con la otra. Powder, o Jinx, o como se llamase aquella tipa, no estaba muy bien de la cabeza, pero al parecer Vi no estaba mucho mejor.

De cualquier manera, no iba a dejar que Vi se pudriese en cualquier agujero donde la loca de su hermana la tuviese secuestrada: ella la había metido en ese lío, y ella la iba a sacar. Pero para eso era necesario salir del atolladero ella misma.

—¿Y cómo piensas liberar a Vi? ¿Tienes algún plan maestro? ¡Porque hasta donde yo sé, no tenemos la dirección del escondite de esa pirada de Jinx! —dijo Ekko.

—¡Ekko, tenemos que llegar a un acuerdo con la policía! Escucha, a ellos no les interesan vuestros asuntos, si os han perseguido ha sido solo porque ella os ha inculpado. ¡Pero si les damos información, podemos pactar con ellos! Escucha, Ekko, lo sé: antes de investigar de modo privado fui policía. Sé cómo funcionan las cosas.

—¡La policía! ¡Qué fácil es para los de Piltover llamar a la policía! La última vez que la pasma intervino en nuestros asuntos, hubo muertos. No uno ni dos: decenas de muertos. Dispararon a gente desarmada, entre ellos a la madre de tu amiga Vi. Lo hicieron delante de ella… y de su hermana. Tal vez las cosas serían ahora distintas si aquel día nos hubiesen dejado resolver nuestros problemas a nuestra forma.

—No sabía eso —dijo Caitlyn en un susurro.

—Típico de los "pilties": venís aquí dando lecciones, pero no sabéis nada de nada. ¡Os creéis que con palabrería se arregla todo!

—¡Ekko, sabes que el tiempo cuenta! ¡Mientras nosotros estamos sin hacer nada, la gente de Silco puede estar desarrollando una droga muy peligrosa!

—¿Y quién te dice que yo estoy sin hacer nada? —dijo el muchacho con una sonrisa. —¡Que no intervenga la policía de Piltover no quiere decir que nosotros nos vayamos a quedar de brazos cruzados!

—Entonces… ¿tienes tú un plan maestro, Ekko?

—Podría ser que algo tuviese. ¿Te gusta Harry Potter? —preguntó el muchacho.

—A ver, tampoco tanto, en realidad. Pero he visto las películas. ¿A qué viene esa pregunta?

—Digamos que si nosotros fuésemos La Orden del Fénix y la gente de Silco los Mortífagos… bueno, podríamos decir que tenemos un Snape infiltrado. Con un poco de suerte podremos tenderle una trampa a Jinx, o tal vez incluso descubrir sus escondites y sacar a Vi de allí —dijo el muchacho con orgullo.

—¿Pero y si sale mal? ¿Y si matáis a la loca esa y Vi se queda atrapada allí dentro? —exclamó angustiada Caitlyn.

—Bueno… yo os advertí que lo mejor era que os marcharais del barrio. Vosotras decidisteis hacer lo que os dio la gana. ¡Pues ahora tenéis que apechugar!

Caitlyn se frotó los ojos: un chico que pensaba luchar contra unos narcos armados hasta los dientes valiéndose de un plan basado en una saga de novelas juveniles no le ofrecía la menor confianza.

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Hacía mucho que Vi se había despertado, abrazando a la que por un momento creyó que era Caitlyn. Pero ella no tenía el pelo tan largo, y antes de que se terminase de despertar del todo sintió la afilada caricia de sus uñas por un movimiento involuntario durante el sueño. Se retiró avergonzada al recordar lo que había pasado la noche antes, pero Powder no se despertó. Estaba tan profundamente dormida que ni un terremoto la hubiese hecho abrir los ojos.

Y así habían seguido durante mucho, mucho tiempo: Powder dormida ocupando todo el colchón y Vi arrinconada contra la pared, sin querer moverse para no despertarla y dándole vueltas a todos los errores de su vida en su cabeza. Pero Powder parecía haberse percatado incluso dormida de la ausencia de su cuerpo, y se había vuelto hacia ella para abrazarla sin abrir los ojos.

Ahora medio colchón estaba vacío, y contra la pared se apiñaban Powder y Vi, fundidas de nuevo en un abrazo.

Algunas cosas nunca cambian: Powder podría ser ahora el terror de Zaun, pero seguía siendo tan pegajosa como cuando era una cría que se colgaba de forma literal de su hermana mayor.

—Powder… Pow Pow —susurró Vi, intentando despertarla con suavidad.

—Mmmm déjame dormir —respondió la chica.

—Pow Pow, llevas muchísimo tiempo dormida. Me aburro, y necesito ir al baño. ¡Y me estás aplastando contra la pared!

Lentamente la chica se desperezó y se movió para buscar el interruptor de la luz. Parecía capaz de orientarse en aquel sótano incluso en la completa oscuridad. El tubo de neón emitió por un momento una luz parpadeante que hizo que sus ojos pareciesen extraños. Después el espejo de la pared le devolvió a Vi una imagen duplicada y distorsionada de aquél siniestro lugar.

—¿Quieres desayunar? ¡Yo tengo muchísima hambre! —dijo Powder levantándose.

—¿Dónde vas?

—Tranquila, solo voy arriba ¿vale? Voy a traer algo para comer. Estaré aquí enseguida.

Vi la miró con resentimiento mientras desaparecía por la puerta. Odiaba sentirse frágil y sin control sobre su vida. El sonido de las llaves la hizo sentir una punzada de odio hacia su hermana. Aquello tenía que acabar. Se metió en el baño para asearse dentro de sus posibilidades mientras rumiaba su rencor hacia Powder. No podía verse los dientes en el espejo, pero se pasó la lengua por ellos y le parecieron perfectamente limpios. Supo que ella estaba allí de nuevo cuando escuchó el televisor encenderse.

—Están echando una de Harry Potter. ¿Te interesa o lo cambio? —preguntó Powder.

—¿Y apagar la tele? ¿Qué tal eso?

—Me pone nerviosa el silencio, me gusta tener algo de fondo. ¿Quieres ver esto? Yo ya las he visto todas, Ekko me obligó cuando salía con él. Estaba fascinado con Harry Potter. ¿Tú las has visto? ¿O no?

—Cámbialo —dijo simplemente Vi, con la boca llena de gachas. No estaba preparada para tantas preguntas recién levantada, y tampoco quería ver nada que le recordase a Ekko, y mucho menos que le recordase que había estado saliendo con Powder y se había acostado con ella.

–El resto no merece la pena: solo hay cosas para viejas. Mira, esto le gusta a Sevika —dijo dejando un programa de recetas de cocina—. Vaya, eso me recuerda que tengo cosas que hacer… aunque preferiría quedarme contigo.

—¿Qué cosas tienes que hacer? —preguntó Vi, mirándola con sospecha.

—Cosas. No te las puedo contar, pero tal vez puedas convencerme para que me quede contigo —dijo Powder colocando sus pies en el regazo de su hermana, junto al tazón con gachas.

—¡Powder! ¡Estoy comiendo! ¿Me puedes quitar los pies de encima?

Powder la miró con el ceño fruncido, retiró sus pies, y en silencio cogió su propio cuenco y comenzó a comer.

—¿Son cosas relacionadas con cierto laboratorio de cierta facultad?

Una risita infantil fue toda la respuesta, y Powder la miró de reojo mordiéndose los labios.

—No me vas a sacar nada. Aunque me gustaría saber qué técnicas usarías para interrogarme. Quiero decir, si en realidad pudieras, claro. ¡Tengo curiosidad!

Vi puso los ojos en blanco y siguió comiendo. Aquellas gachas estaban sosas, no tenían miel, ni pasas, ni trocitos de plátano… pero la comida de la cárcel había sido peor, así que tampoco tenía muchos problemas con eso.

—¡Me aburro! ¿De qué me sirve tenerte aquí conmigo si no haces nada por entretenerme? ¡Podías al menos fingir algo de interés por frenar mis planes súper malvados!

—Gracias por las gachas. No es que estuviesen buenas, pero te agradezco el esfuerzo de haber mezclado la avena con la leche y haber metido el cuenco en el microondas. Y ahora si me disculpas, voy a hacer unas cuantas flexiones.

—¿Qué? ¿Tanto interés que tenías anoche porque me quedase aquí y ahora vas a pasar de mí?

—Sí, hasta que no empieces a comportarte como una persona razonable. No pienso entrar en tus juegos, Powder. Si a otros los tratas así, conmigo no vas a poder —dijo Vi con frialdad.

Powder se la quedó mirando con el ceño fruncido y los labios apretados. Vi le dio la espalda y se puso a hacer ejercicio. Cuando ya llevaba veinte, volvió la cabeza: allí estaba Powder, mirándola con una extraña sonrisa. Se sentó en el suelo con los brazos cruzados sobre las rodillas y suspiró resignada.

—¿No tenías que destruir el mundo o algo así?

—Claro, por supuesto, esa siempre es una tarea pendiente. También podría hacerle una visita a Ekko y darle dos tiros en las rodillas. Pero de momento estoy bien mirándote. Lo demás puede esperar, ¡no tengo tanta prisa!

—¿Qué quieres, Powder? ¿Estás haciendo tiempo hasta que te llame Silco para correr como un perrito a su lado?

—Bah, no me voy a enfadar por tus tonterías. Silco estará muy ocupado dibujándole cuernos y rabo a las fotos del periódico, ¡así que de momento tienes toda mi atención!

—En serio, ¿qué quieres?

—Había pensado que podríamos hacer algo juntas.

—¿Algo como qué?

—No sé: ver algo en la tele, jugar a las cartas… lo que se te ocurra, en realidad.

—¿Y me contarás lo que hiciste ayer? ¿Por qué viniste con la espalda señalada?

—No puedo, Vi. Yo te lo contaría, pero he prometido que no hablaría de eso. Aunque en realidad no es nada, te lo aseguro, ¡no deberías darle tanta importancia!

—Muy bien. Entonces seguiré con lo mío, si no te importa —dijo Vi con sequedad.

—Podría contestarte a otra cosa. ¡Hazme más preguntas! He hecho muchas cosas guays últimamente ¿sabes?

—En serio, Powder ¿qué es lo que quieres?

—¡A ver, Vi! ¡Yo lo que quiero es volver a enrollarme contigo! ¡Pero es que no me lo estás poniendo nada fácil!

Vi se echó a reír sin poder evitarlo. Incluso sabiendo de sobra todo el tiempo lo que de verdad quería Powder, el que se lo hubiese dicho de esa forma tan directa y con tanto descaro… le daban ganas de tirarle algo a la cabeza o abrazarla para volver a hacerle cosquillas, una de las dos cosas.

—Suéltame. Déjame salir de aquí y hacemos lo que quieras —dijo Vi mirándola a los ojos. Powder tenía las pupilas dilatadas y se mordía el labio inferior.

—¿Lo que yo quiera?

—Lo que tú quieras. Lo prometo —dijo Vi alzando una ceja y sonriendo de medio lado.

—¡Buen intento, Vi! Pero a ver, no me compensa. Podría estar bien, pero obviamente si te suelto será la última vez que te vea. ¡Aunque me ha gustado ver que estés dispuesta a tanto por conseguir tu libertad, eso es muy admirable! —dijo Powder con aire burlón.

—¿Por qué supones que me voy a ir? Podría quedarme contigo. Si tú te alejaras de Silco y de toda su mierda, podría quedarme a tu lado, tal vez para siempre.

—No me puedes pedir eso.

De pronto Powder se había puesto seria. Su cara se había quedado con una expresión triste y su respiración se había acelerado.

—¡No la creas, es una trampa! —susurró Mylo en su oído.

—No puedes abandonar a Silco: ¡nadie más te soporta, y además ayer mismo hiciste un juramento! —dijo Claggor.

—Ella solo quiere salir de aquí para irse con la otra. Ella es como tú, pero mejor. ¡Es normal que la prefiera a ella! —insistió Mylo.

Powder se apretó las sienes con los dedos. Respiró profundo, intentando tranquilizarse. No parecía fácil. Ella sabía que aquello no estaba ocurriendo, pero lo sentía como más real que la propia realidad.

—¿Powder? ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

—¡Como si a ti te importara! ¡Mentirosa! ¡Solo quieres hacerme daño! —gritó Powder fuera de sí.

—Powder… ven aquí —dijo Vi acercándose a ella—. Ven, vamos a hacer algo juntas, como tú querías ¿está bien eso?

Vi se acercó y acarició su brazo. Al primer impulso Powder intentó retirarlo, pero Vi mantuvo su mano firme, acariciando de forma tranquilizadora, como si fuese un animal asustado.

—Venga, ven aquí. Vamos a ver algo en la tele ¿vale? —dijo Vi conduciéndola hasta uno de los colchones y empujándolo para situarlo frente al televisor.

Vi eligió una película al azar. En la pantalla un solitario antihéroe tomaba venganza contra aquellos que habían destrozado su vida. Powder se limpió con disimulo una lágrima, y Vi la sentó entre sus piernas para poder acariciar su pelo.

—¿Quieres que te haga tus trenzas? Siempre te he visto con trenzas, se me hace raro verte con el pelo suelto.

—Como quieras —dijo Powder con un hilo de voz.

Vi comenzó a dividir su pelo, primero en dos mitades y luego una de ellas en tres partes iguales. Se dio cuenta de que había perdido el manejo del pelo de su hermana: antes de que las separasen por la fuerza, ella solía ocuparse de peinarla, pero ahora su pelo se escurría entre sus dedos. Poco a poco y tras varios intentos consiguió terminar una de las trenzas. Powder le pasó una goma que llevaba en el bolsillo, y Vi comenzó con la otra.

—Powder… —comenzó a decir Vi.

—Cállate. Si vas a intentar mentirme de nuevo, mejor cállate.

Su tono no era amenazante, ni furioso. Solo parecía… tan triste. Vi no podía comprenderla, pero sí podía adivinar que había presionado en un punto muy sensible. El maldito Ekko llevaba razón: si Silco le pidiese a Powder que saltase por el puente, a ella le faltaría tiempo para tirarse.

Al fin y al cabo, él había sido el que había recogido los pedacitos rotos de Powder y los había pegado de nuevo. Solo que la nueva Powder —ella se negaba a llamarla Jinx— no había quedado exactamente igual que antes.

Porque había partes que habían quedado perdidas, extraviadas en las múltiples catástrofes que había sufrido Powder en su vida llena de infortunios. Al margen de la inexistente moralidad de Silco o su dudosa capacidad parental, no se puede terminar un puzle del que faltan piezas. Pero tal vez ella pudiese hacer algo, tal vez ella todavía tuviese algo que darle, después de tantos años.

Terminó la trenza, la aseguró con otra goma y luego apoyó la cabeza sobre el hombro de su hermana, con suavidad, dándole tiempo para aceptar el contacto o rechazarlo en caso de que no lo deseara. Powder cerró los ojos y suspiró. Vi apoyó las manos en sus hombros, y al ver que tampoco había reacción, se atrevió a abrazarla. La pequeña mano de Powder se cerró sobre la suya, apretándola como si tuviese miedo de volver a perderla.

Powder no quería que ella hablase, y Vi tampoco sabía qué decir. Ella quería a Powder, y la quería más de lo que se quiere a una hermana, o al menos de diferente forma, no podía engañarse con eso. Pero no la amaba más de lo que se amaba a sí misma ni había perdido el instinto de autopreservación. ¿Podría ser esto suficiente para alguien tan roto como Powder? Tendría que serlo, se dijo Vi.

Giró su cuerpo tras el de Powder hasta que pudo mirar sus ojos, y haciendo un gesto muy parecido al de tantos años atrás, sujetó su mandíbula con las manos, esta vez sin rastro de agresividad. Powder se dejó hacer mientras la miraba con los ojos muy abiertos. Antes de que le diera tiempo a arrepentirse, cerró los labios sobre los de su hermana y la besó de nuevo. Sus labios tenían el sabor dulce de la avena con leche y tras el primer roce se abrieron para ella.

Esta vez la besó con suavidad. No era necesario tratar de hacerle daño: Powder ya se lo hacía sola. Recorrió su boca con la lengua, notando la pequeña irregularidad de sus dientes inferiores. Siempre había amado ese pequeño defecto de sus dientes, pensó la chica de forma fugaz. Powder mordió con suavidad el labio de Vi y tiró de él de forma juguetona. Vi abrió los ojos y vio cómo su hermana la miraba, y como su propio rostro se reflejaba en sus ojos azules. Puso su mano sobre la de Vi y pasó sus brazos luego en torno a sus hombros, dejando caer la cabeza en su clavícula.

—¿Entonces me quieres? —preguntó Powder.

—Sí, siempre te he querido. Lo sabes, Pow Pow.

—¿Me quieres como yo te quiero?

—No lo sé. Te quiero. Te quiero de la forma en la que yo sé querer.

—¿Me quieres como a ella? —preguntó Powder separándose de su hombro para mirarla. Tenía un brillo peligroso en los ojos y los labios apretados, y el tono de su voz era impaciente: "vamos, Vi, sabes lo que quiero decir" parecía decir sin necesidad de palabras.

—Powder, te quiero mucho más. Siempre has sido tú: en la cárcel, cuando salí, en todos los lugares y todo el tiempo… solo he pensado en ti. Mi cuerpo estaba allí ¿sabes? Pero mi cabeza no. ¡Solo me importabas tú!

Powder la miró y tragó saliva. Ahora Vi estaba hablando por fin de una forma que ella podía entender muy bien.