N/A: Sé que técnicamente es miércoles, pero para mi sigue siendo martes, de madrugada. En fin, dentro capítulo.

Disclaimer: Aún sigo buscando una forma original y divertida de decir que esto es de Sarahjota.


Capítulo 5


El funeral tuvo lugar a los tres días.

Cuando Evalin estuvo un poco recuperada, lo suficiente como para poder salir de la cama. Lavinia no se separó un instante de ella. Cuando terminó la ceremonia, Evalin volvió a la cama y no salió hasta una semana después.

Ese día Lavinia entró por la puerta y sin miramientos le tiró un balde de agua fría por encima. Luego la sacó a rastras de la cama, la lavó, la vistió y la llevó casi a rastras hasta el jardín. Se sentaron en una mesa que ya estaba preparada con las cosas favoritas de Evalin para desayunar.

–Mañana haré lo mismo, y también comeremos aquí. Y pasado mañana cenaremos. Poco a poco Evalin, pero tienes que avanzar.

Evalin lloró en silencio, pero aceptó la manzana que le dio Lavinia. Con eso bastaba, de momento. Evalin podía llorar todo lo que quisiera, podía reír y de pronto echarse a llorar. Para Lavinia el tiempo de duelo no tenía caducidad, siempre y cuando no estuviera en la cama poniendo en riesgo su salud. Unas pisadas le indicaron que alguien se acercaba. Y si no se equivocaba, debía de ser Rhoe. Unos pocos pasos más y la silueta de Rhoe se desdibujó entre los árboles. Se paró en seco al ver que Evalin había salido de la cama por fin y se acercó a ellas con una sonrisa. Lavinia le devolvió la sonrisa, se levantó para dejarles a solas y fue a caminar por el jardín.

Si ella también seguía llorando por las noches, no sabía cuánto tiempo necesitaría su hermana para poder volver a reír de nuevo. Todo el castillo se había volcado en cuidados hacia su hermana, había habido algún que otro lord o lady que hablaba del poco respeto que tenía por Terrasen la futura reina, que se ponía por encima del heredero. Lavinia había callado todos esos rumores con miradas asesinas y comentarios mordaces impropios de una dama y que escandalizarían a su madre. Pero lo haría todas las veces que fueran necesarias.

Al principio no se dio cuenta de que era lo que le faltaba. Tuvieron que pasar unos días para que se diera cuenta. Y es que en aquellos días no había visto mucho al guerrero hada. Cuando se despertó después de la primera noche, estaba tumbada en su cama y el guerrero hada la observaba en su forma de gato montés. Lavinia se acercó a él en busca de calor y se durmió un par de horas más. La segunda vez que se despertó ya no estaba con ella.

Sabía que había acudido al funeral, y que le había presentado sus condolencias a Rhoe. Pero no se había dejado ver por Evalin. Lavinia le agradecía su discreción. Suponía que no tardaría mucho en irse por su cuenta. Y aunque el motivo principal por el que había llegado ya no existía, Lavinia no iba a irse tan pronto. Y mucho menos su corte…bueno, si su corte quería irse, podían hacerlo. Lavinia no obligaría a nadie a quedarse si no lo deseaba.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que el crujido de una rama, indicándole que no estaba sola, la sobresaltó más de lo necesario.

Cuando miró alrededor vio que el motivo de sus pensamientos estaba a unos pocos metros. No le imaginaba tan poco discreto, así que supuso que habría partido la rama con el pie para advertirle de su presencia sin asustarla. Sin embargo no se acercó a ella, aunque tampoco se alejó. Cuando Lavinia fue la primera en dar un paso en su dirección, Gavriel miró hacia su derecha. Lavinia siguió su trayectoria y vio que había un grupo de mujeres de la corte paseando y cuchicheando.

Lavinia giró en redondo y fue al fondo del jardín. Donde había un laberinto de setos en el que podrían tener intimidad. Era la primera vez que entraba, así que fue cogiendo caminos aleatorios y en menos de cinco minutos se había perdido. A su alrededor solo había setos, arbustos y algunos árboles en la lejanía. A unos pocos pasos de donde se encontraba, había un banco de piedra. Llegó en un par de zancadas, se sentó y esperó. No mucho más tarde, Gavriel giró por el mismo camino que ella había cogido.

–Tiene que estar bien eso de tener un olfato por encima de la media para saber dónde está la persona a la que buscas.

Gavriel sonrió.

–No es tanto el olfato como las huellas que has dejado en el barro. Y esto.

Levantó la mano en la que tenía un trozo de tela. Lavinia se miró el vestido y vio que tenía la parte baja desgarrada. Suspiró.

Gavriel se sentó a su lado, le tendió el trozo de tela.

–Quédatelo. Recortaré el vestido, así estaré más fresquita.

Gavriel la miró con las cejas alzada, luego miró a su alrededor. Aún no había llegado el invierno en su plenitud, pero hacía el bastante frío como para que la escarcha que había sobre las plantas no se fuera. Algunas ya estaban incluso congeladas y, aunque no había cuajado, sí que había empezado a nevar algunas noches.

–Cuando llegue el verano–especificó Lavinia, adivinando los pensamientos de Gavriel.

–¿Tienes pensado quedarte aquí seis meses más?

–No es recomendable viajar en invierno, el oleaje es muy fuerte y nos podemos quedar atrapados en cualquier parte del camino.

–Eso es lo que ponía en la carta que les mandaste a tus padres.

Lavinia sonrió.

Gavriel negó con la cabeza.

–No quiero dejar a mi hermana sola. Aún no. Y no tengo la cabeza para pensar en organizar bailes y estar radiante para que alguien como Vernon Lochan babee sobre mí.

Gavriel asintió con la cabeza. Si la vuelta a casa suponía entrar en el mundo de las fiestas, las exigencias y hacer lo que se esperaba de una princesa era lógico que alguien con un carácter como el de Lavinia quisiera retrasar ese momento lo máximo posible. Él había vivido muchas vidas, y había pasado por incontable momentos de dolor y sufrimiento. Pero no lo cambiaría por la vida de Lavinia, por mucho que su historia estuviera teñida de sangre, él así lo había elegido. Mientras que Lavinia no tenía muchas opciones.

–Imagino que tu querrás volver cuanto antes.

Debería hacerlo. Si no ahora en un futuro cercano.

–No quiero que te vayas–dijo Lavinia del golpe.

Gavriel la miró sorprendido por su franqueza.

–¿Con quién voy a quejarme de lo pesados que son algunos de los cortesanos? Normalmente lo haría con Evalin o Rhoe, pero aún no es el momento.

Gavriel dejó escapar una risa.

–¿Esa es la única razón por la que no quieres que me vaya?

Lavinia se enderezó en el asiento. Bajó la vista a los pies, repentinamente interesada en apartar la nieve con los zapatos. Al cabo de unos segundos le miró de reojo y un ligero rubor adornó sus mejillas.

Gavriel suspiró.

–Lo sé. Lo sé–hizo una pausa.–Lo cierto es que me sorprende que me sigas hablando. ¿No eres como 300 años mayor que yo?

–¿Cuántos años me echas?

Lavinia se encogió de hombros.

–Muchos. No importa que tengas 200 o 300 años. Yo sigo teniendo 17, siguen siendo muchos años de diferencia. Te tengo que parecer una cría.

–Cada persona vive unas circunstancias diferentes. Hay personas con una madurez excepcional a una edad muy temprana y personas inmaduras que han vivido más años que tú.

Lavinia dejó escapar un suspiro. No del todo convencida, lo que decía tenía sentido, aun así no se quitaba de la cabeza el sentirse muy poca cosa al lado de una persona como Gavriel.

–¿Cuándo te irás?–preguntó para cambiar de tema.

–Las órdenes de mi reina fueron volver cuando la princesa Evalin estuviera en mejores condiciones de salud o hubiera dado a luz a su heredero o heredera. Técnicamente, ninguna de las dos circunstancias se ha cumplido todavía.

Lavinia le miró con una sonrisa. Las hadas y sus trucos de palabras. Sospechaba que la reina Maeve habría adquirido el arte de dar órdenes muy detalladas para que casos como aquel no se dieran. Sin embargo se sorprendió al ver que había una laguna en su mandato.

–¿No se enfadará si te tomas esas libertades?

–No si le llevo algo a cambio.

Lavinia le miró. Esa frase no había sonado nada bien. Pero no estaba segura de querer saber más acerca de ello. A lo mejor le hablaba de las hadas que había en Terrasen o bien de la vida de Evalin. O algo más del tipo militar, o algo que no tuviera nada que ver con lo que estaba pensando, las opciones eran muy variadas.

–Además, el riesgo a veces vale la pena.

Lo dijo en un tono tan bajo, cuando estaba pensando en tantas cosas que Lavinia no tuvo muy claro si lo había escuchado bien. Además, cuando miró al guerrero hada, éste estaba muy interesado en observar la planta que tenía a su lado. Pero aun con la cabeza ladeada, Lavinia vio que sonreía. Y su rubor aumentó.

Las damas de su corte no hacían más que quejarse, la mayoría había partido cuando llegaron las primera nieves. Y aunque Lavinia se relacionaba con algunas damas de la corte de su hermana, seguía siendo una extranjera. La únicas personas con las que tenía algo en común eran Evalin y Gavriel. Pero su hermana había estado más centrada en su embarazo y no habían hablado de temas muy complicados.

Por lo que sólo le quedaba el guerrero hada.

Al principio habían tenido reuniones muy tensas en las que Lavinia tenía mucho cuidado de lo que decía. Pero con el paso de las semanas la cosa se había ido relajando. Tenían conversaciones triviales dando paseos por los jardines. Y Gavriel le había enseñado como ser fiel a su palabra, tomándose algunas licencias para ocultar información. Lavinia se había vuelto una experta en poco tiempo y conseguía ocultar bastante información sobre ella misma y Evalin. Lavinia sabía que Maeve podía obligar a Gavriel a contar todas y cada una de sus conversaciones, así que esa práctica le venía bien. Si Gavriel se creía lo que decía o fingía que no sabía que le estaba mintiendo no lo sabía, el guerrero hada no dejaba traslucir sus emociones al respecto.

Lavinia había descubierto cosas del reino de las hadas que le gustaban. Como las festividades o algunas tradiciones que tenían. Sabía que no podría pisar Dornaelle en su vida, nunca obtendría la aprobación de Maeve para ello, aunque tampoco lo pretendía. De modo que bebía de lo que Gavriel le contaba. Además, tampoco podía (ni quería) quitarse de la cabeza la noche en la que su hermana perdió a su bebé. Cómo se había tirado a los brazos de Gavriel y cómo había llorado hasta quedarse dormida.

Se quedaron en silencio, el uno al lado del otro. Un cómodo silencio con el que ambos disfrutaban. Si Maeve fuera una reina hada justa y pacífica, una amistad entre ellos no supondría ningún problema. Pero no estaban en un mundo utópico y Lavinia no estaba dispuesta a arriesgarse a caer en las garras de su tía lejana. La única licencia que podían permitirse eran esos momentos. Si no hablaban, no había peligro. Además, disfrutaban de la mutua compañía.

Lavinia sabía que estaba dejándose llevar más de la cuenta. A parte de Maeve, estaban sus posiciones sociales: ella una princesa, él un guerrero hada. La diferencia de edad y el hecho de que a lo mejor Lavinia nunca se asentara como hada y viviera como una mortal. ¿Era justo estar con una persona a la que ibas a abandonar sí o sí? Incluso una amistad así dolería. Cuando eres inmortal, tener crear lazos afectivos de cualquier tipo con alguien mortal debía ser algo doloroso.

Pero al guerrero hada parecía no importarle. Tal vez fuera porque para él su amistad no significara tanto como para Lavinia. Al fin y al cabo, como le había dicho, ella sólo tenía 17 años. Gavriel veía las cosas con una perspectiva que Lavinia rara vez llegaba si quiera a entender. Pero si no significaba tanto, no entendía cómo era posible que siguiera hablando con ella, o disfrutando de su compañía en silencio. Si decía que merecía la pena, era porque algo sí que le importaba, ¿verdad?

Un dedo de Gavriel le rozó el dorso de la mano.

No le estaba sujetando la mano, si quiera la tenía encima. Simplemente le rozó la mano con el meñique como si notara lo mucho que se estaba comiendo en coco y quisiera decirle: «No lo pienses mucho, estoy aquí ahora. Olvida el resto

Lavinia se relajó. Era mejor disfrutar del presente y olvidarse del resto del mundo, aunque solo fueran unos minutos. Movió la mano que seguía apoyada en el banco ligeramente hacia la izquierda, hacia Gavriel. Él también acercó la suya y posó sus dedos fuertes y curtidos en batalla sobre los de ella, sin embargo no los entrelazó con los suyos.

Se escuchó el crujido de una rama y Lavinia se levantó como un resorte. De nuevo tensa y nerviosa. Gavriel dejó escapar una risa.

–Están dos pasillos más atrás, no saben que estamos aquí.

Lavinia se relajó y expulsó el aire que había contenido inconscientemente. Evaluó la situación: casi se había dado la mano con Gavriel, pero la rama les había interrumpido. Ese sería un buen momento para salir del laberinto y ver cómo estaba su hermana. Porque aunque no hubiera habido interrupción alguna, la situación con Gavriel no habría pasado a más.

¿O sí?

¿Y si lo hubiera hecho? ¿Y si le hubiera dado la mano? No era un crimen que se dieran la mano. Implicaba un gesto de intimidad, pero como cualquier gesto de intimidad que se tiene con una persona cercana. Y Gavriel se había vuelto alguien cercano en esas semanas. Porque venían del mismo país y estaban solos en una tierra extranjera.

Gavriel la miraba con las cejas alzadas. No había variado en nada su postura, su mano seguía apoyada en el banco. Y parecía que el hecho de que Lavinia estuviera a punto de echar humo por las orejas de lo mucho que estaba pensando las cosas le divertía. Así que Lavinia tomó una decisión. No la meditó demasiado, ya que si lo hacía seguramente se acabaría echando atrás. Además, no quería que el guerrero hada viera sus intenciones. Se acercó unos pasos al guerrero hada y cogió una rama que estaba sobre su cabeza. La miró unos segundos, como inspeccionándola. La cercó a ella un poco, para soltarla segundos después.

La rama rebotó en el aire y la nieve que había caído encima cayó sobre la cabeza y los hombros del guerrero hada.

Gavriel la miró pestañeando, como si no asimilara lo que acababa de pasar. Lavinia sonrió, tampoco creyéndose que el guerrero hada no hubiera visto sus intenciones.

Pero cuando vio en los ojos de Gavriel que ya había procesado lo ocurrido, salió corriendo como alma que lleva el diablo por el primer pasillo que vio. Se guardó de gritar, eso sí. Porque aunque la mirada del guerrero hada le había provocado auténtico pavor, si gritaba se enterarían de que estaban ahí. Así que corrió en silencio, aguantándose las ganas de gritar, y puede que de reír también. Seguía perdida, yendo por diferentes pasillos alternando derecha e izquierda, por suerte ninguno de los caminos que cogió estaba cortado. También se guardó de mirar atrás. Fuera lo que fuera a pasar a continuación, sabía que Gavriel se vengaría.

No pasó mucho tiempo hasta que Gavriel la encontró, llegó a su altura y le puso la zancadilla. Lavinia se agarró a una de las ramas, pero cayó igualmente, aunque de nuevo la nieve que había salpicó en la cara al guerrero hada. Ahora sí, Lavinia rio desde el suelo, divertida porque hubiera pasado una segunda vez. Gavriel le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Lavinia la cogió y tiró de ella, pero el guerrero hada no se movió. Intentó que doblara la rodilla para que se inclinara y cayera, pero tampoco funcionó.

–Si sigues haciéndolo así no vas a conseguir tirarme ni en 100 años.

–Eso no lo sabes.

–Claro que lo sé.

Gavriel tiró de ella y Lavinia acabó de pie como si no pesara más que una pluma.

–Si quieres que te enseñe vale, pero no en el suelo duro lleno de nieve sucia.

–No me importa que se ensucie el vestido.

–Lo sé, pero cogerás frío si estás mojada.

Lavinia se miró la espalda. Estaba llena de nieve que se iba derritiendo y oscureciendo la tela del vestido. No es que fuera a coger una pulmonía por mojarse el vestido, pero a lo mejor un ligero catarro sí que podía coger. En el continente no había inviernos como los de Terrasen. Cuando se giró se dio cuenta de que Gavriel no se había movido, sus rodillas rozaban su vestido. Y no le había soltado la mano. El silencio cómodo se había esfumado y Lavinia empezó a ponerse nerviosa. La mirada de Gavriel era intensa y no sabía qué se le estaba pasando al guerrero hada por la cabeza.

Pero sí sabía lo que se le estaba pasando a ella por la suya. Los ojos de Gavriel eran claros, como los suyos, la miraban como si quisiera atravesar su alma. Tenía una pequeña cicatriz en el mentón, ya curada y de los labios entreabiertos salía vaho. Lavinia no apartó la mirada de los labios inmediatamente, en lugar de ello se preguntó cómo sería besarlos. ¿Serían suaves o estarían curtidos como sus manos? ¿Qué se sentiría al besar a alguien que seguro que tenía mucha experiencia? A Lavinia la habían besado un par de veces. La primera la recordaba bien, al ser una nueva experiencia. La segunda no tanto. Cuando finalmente levantó la mirada de los labios, vio como Gavriel levantaba la suya a su vez. Lavinia entreabrió los labios, no sabía si para decir algo o simplemente para quedarse boqueando como un pez. Pero Gavriel fue más rápido, puso una mano por su mejilla, notaba el tacto de los callos en la piel. Lavinia contuvo la respiración cuando Gavriel se acercó.

Y juntó sus frentes.

Lavinia expulsó todo el aire de golpe. Gavriel dejó escapar una risa.

–Deberías volver.

Lavinia dio un ligero apretón a la mano de Gavriel, dándole a entender que no quería hacerlo. No obstante se separó, se alejó unos pasos y fue soltando la mano de Gavriel poco a poco.

Cuando les separaba un metro, dijo:

–No sé cómo se sale de aquí.


¿Y bien? Ya por fin están pasando cosillas. Hasta yo estaba harta de miradillas y construcción de la relación. Pero bueno, son cosas que requiere la trama jejeje. Ya sabéis que un fanfic con reviews es un fanfic feliz, así que si me dejáis vuestras opiniones en forma de review me haréis muy feliz. ¡Nos vemos (leemos) el viernes!