N/A: ¿Ers esta el capítulo que no tenía terminado? Sip. ¿Me he estado poniendo post-it durante días para acabarlo antes de hoy y los he ignorado deliberadamente? También. ¿Me he puesto a ello y he dicho que como me llamo Miky que el capítulo salía hoy? TAMBIÉN. Así que, vale, un poco tarde, pero lo tenéis. Que sepáis que ni he cenado por terminarlo. Creo que es el capítulo más largo de todo el fic, pero es que pasan muchas cosas.
Disclaimer: aún sigo buscando ese disclaimer divertido y original que diga que todo esto es de Sarahjota.
Capítulo 6
—Lo siento mucho—dijo Rhoe por lo bajini por millonésima vez.
—No tiene importancia—respondió Gavriel.
Gavriel superaba en edad todos los habitantes de la ciudad y puede que del continente. Había peleado en innumerables batallas, tenías cicatrices para demostrarlo. Y tenía tatuada en la piel el nombre de los hombres y mujeres que habían caído están él al mando. Era un gran estratega, respetado por sus iguales y admirado por los soldados rasos o la gente de su pueblo.
Por eso no entendía cómo había podido caer en la trampa de Lavinia.
Llevaban unas semanas extrañas. Navegando por unas aguas un tanto peligrosas. Se veían prácticamente todos los días. En el laberinto, en los jardines e incluso se habían atrevido a comer juntos en la ciudad. Se suponía que era amigos y Lavinia estaba aprovechando el viaje al continente para que Gavriel conociera un poco más las costumbres de los humanos. Por eso fingía que no escuchaba cómo se aceleraban los latidos del corazón de Lavinia cuando estaban juntos. O cuando sus mejillas se volvían rojas aun cuando hacía un frío de mil demonios y estaban en el exterior.
Gavriel creía que le quedaba más bien poco por saber acerca de Lavinia. Pero a la chica todavía le quedaba un as en la manga. Un as que jugó muy bien. Gavriel no sabía cómo había pasado, en un momento dado estaban en el laberinto hablando y al siguiente estaba siendo arrastrado por Lavinia al interior del castillo. Para acabar en la habitación de Evalin y Rhoe. Rhoe se había reído cuando les vio entrar y Evalin la lanzó una moneda. Al parecer el matrimonio había vuelto a su costumbre de apostar. Lavinia le dejó junto a Rhoe y fue con su hermana a una habitación contigua. Al cabo de unos minutos salieron con montañas de ropa que pusieron en la cama y ambas hermanas se giraron hacia ellos con una sonrisa que no auguraba nada bueno. Rhoe solo tragó saliva de forma audible.
Y ahí seguían, horas después. Cuando parecía que estaba todo aclarado y se habían escogido los conjuntos que llevarían Rhoe y él al baile que se celebraba esa noche (la primera fiesta tras el funeral), Lavinia encontraba un nuevo problema y todo era un drama y había que volver a empezar. Gavriel se había dado cuenta en seguida que lo hacía a posta para que su hermana, quien parecía de mejor humor y con fuerzas por primera vez en semanas, siguiera así. Y por los suspiros de Rhoe él también lo sabía, pero cualquiera le decía algo a la menor de las hermanas. Si las miradas asesinaran, ambos habrían caído muertos un par de veces, fulminados por esos ojos Ashryver.
Aunque también había captado otra cosa. Lavinia aprovechaba cualquier oportunidad para estar cerca de él. Tocarle, mirarle y sonreírle. Algo que no era raro en ella desde aquella conversación en el laberinto, sin embargo ese día se estaba haciendo todo mucho más notorio. Y el príncipe Rhoe, quién al parecer también se había dado cuenta, estaba esperando el momento adecuado para hablar con él. De modo que cuando las hermanas salieron de la habitación durante unos segundos, Gavriel dio pie a que tuvieran esa conversación.
—¿Qué es lo que queréis decirme?
Rhoe ni se molestó en disimular sorpresa.
—¿Cuáles son vuestras intenciones? Evalin no está embarazada, así que vuestra presencia aquí no es necesaria. Seguís aquí sin embargo, frecuentando la compañía de mi cuñada. ¿Cuáles fueron vuestra órdenes exactamente?
—Mis órdenes fueron quedarme hasta que naciera el bebé o mi reina me reclamase. Técnicamente, no se ha cumplido ninguna de las dos. Con respecto a mis intenciones, podéis estar tranquilo, no pretendo perjudicarla.
—Sin embargo tampoco frenáis la situación—dijo Rhoe, visiblemente más relajado. Al principio el príncipe había sido cordial con él, sin embargo ambos tenían un carácter parecido. Se regían por un código de honor y Gavriel le respetaba.
—No creo que me escuchara si quisiera hablar del tema.
—Eso no lo sabréis a menos que lo intentéis.
Gavriel asintió con la cabeza y el príncipe hizo lo mismo. Creyó distinguir un deje de tristeza en sus ojos, pero las hermanas volvieron y la atención de Rhoe se centró en ellas.
El baile era más o menos como el de la primera noche que llegaron. Solo que las caras le eran algo conocidas, y se le acercaron para darle más conversación que aquella noche. Al parecer en esas semanas algunos nobles le habían perdido el miedo inicial. Distinguió a Vernon Lochan en una de las esquinas, bebiendo e ignorando a su hermano, quien después de un par de intentos por darle conversación fue junto a su esposa y la sacó a bailar. Aunque la pareja que causó más furor fue la de los príncipes herederos. Unidos, radiantes y fuertes tras su pérdida. Bailaron, comieron y hablaron con algunas personas. Siempre monitorizados por el rey Orlon y Lavinia.
Esta última llevaba un vestido que Evalin le había regalado expresamente para el baile. No tenía mangas, pero el tejido era caluroso, no mucho como para que la chica se acalorara, aunque sí lo bastante como para que ya tuvieran las mejillas sonrosadas por el calor. Cuando captó su mirada, Lavinia se acercó con disimulo a él.
—Te sienta bien.
—Después de quince pruebas, no esperaba menos.
—Lo siento—dijo Lavinia con una sonrisa que le decía que en el fondo no lo sentía en absoluto. Gavriel negó con la cabeza.
Lavinia bebió de una copa y miró la pista de baile. Había rechazado algunas invitaciones, incluía la del propio rey. Sin embargo, ahora miraba a los bailarines para luego mirarle de reojo a él y beber de su copa.
Gavriel captó la indirecta. Se puso delante de Lavinia y le ofreció su mano a la vez que se inclinaba ligeramente hacia ella. Gavriel escuchó algunos murmullos, que se acrecentaron cuando Lavinia le cogió de la mano y caminaron hacia la pista de baile. Pero ambos los ignoraron. Lavinia pasó su mirada rápidamente por la sala justo antes de que empezaran los acordes de una nueva canción.
—Se han ido. Evalin no soportaba seguir sonriendo a tanta gente falsa, o algo así, y a fingido que se encontraba peor. Rhoe con la excusa de acompañarla se ha ido con ella.
Lavinia se relajó. Luego centró su atención en su compañero de baile. Giraron y giraron por la pista con agilidad. Él gracias a todos sus años de entrenamiento, ella acostumbrada a esa clase de eventos. En ningún momento dejaron de mirarse a los ojos. Ignorando por completo algunas miradas y cuchicheos. No eran demasiados, pero sí lo suficientes como para que cuando la música terminó, el rey Orlon sacó a una noble a bailar. Con toda la atención centrada en ellos, Gavriel le hizo un gesto con la cabeza a Lavinia.
—Sí, por favor.
Gavriel le tendió su brazo y la chica lo cogió. Juntos salieron al jardín, el frío les golpeó en la cara. Pero después de llevar tanto tiempo dentro, lo agradecieron. El corazón de Lavinia empezó a latir con fuerza. Gavriel suspiró. Se le había ocurrido un plan, algo no muy noble por su parte, pero si funcionaba, su relación con Lavinia terminaría y ella estaría a salvo de Maeve. Le rezó a los dioses para que su plan funcionara antes de conducir a Lavinia a una zona más apartada. Ignorando cómo los latidos de la chica se acrecentaban hasta tal punto que parecía que se le iba a salir del pecho, Gavriel se paró en seco y acercó a Lavinia hacia él con rapidez.
Como aquella vez en el laberinto Gavriel juntó sus frentes y Lavinia suspiró.
Intentó apartar las manos del guerrero hada de su cara, pero él no le dejó. En su lugar bajó una de sus manos rápidamente hasta su cintura para acercarla a él. Y luego la besó. Durante unos segundos Lavinia parpadeó, sorprendida por lo que estaba viviendo. Gavriel la condujo hasta una columna y la ocultó con su cuerpo. No la soltó en ningún momento mientras lo hizo, ni dejó de besarla de forma posesiva, incluso lasciva. La mano que tenía en la cintura bajó por su pierna hasta colarse bajo su vestido, mientras que su boca buscó el cuello de la chica.
Lavinia temblaba. De deseo principalmente, pero también con algo de temor. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien. Sabía que a ella no le iba a gustar, aun así no paró. Ni cuando ella le puso las manos en el pecho, en un intentó suave de decirle que se detuviera. Ni cuando apartó la cara para evitar que la besara. Ni quiera cuando dijo que no. Durante unos segundos, el miedo se apoderó de Lavinia. Su mente se quedó en blanco y se asustó. ¿A qué venía esa posesividad tan repentina? Todo había ido bien esas semanas. Habían hablado, reído e incluso comido en una de las cantinas de la ciudad. Lavinia sabía que ambos estaban cogiendo unas confianzas que no podían llevar a bien puerto. Pero nunca habían hecho nada más allá de rozarse las manos o mirarse durante unos segundos extra. Sabía que el baile que habían compartido había suscitado rumores. Y que el hecho de que hubieran salido minutos después, no ayudaría demasiado. Pero al fin y al cabo Lavinia no estaba interesada en los nobles de Terrasen. Suponía que Gavriel querría poner fin a aquello, ¿pero cuál era el propósito de lanzarse sobre ella de esa manera?
Hasta que de pronto lo entendió.
La estaba besando de una forma inapropiada. Le estaba metiendo la mano bajo el vestido y seguramente tendría una marca en el cuello al día siguiente. Pero no había pasado de ahí, no le estaba rompiendo el vestido en busca de más piel, ni siquiera hizo amago de desabrocharlo. Estaba siendo muy poco delicado, pero no había pasado a mayores. Cuando Lavinia entendió eso, todas las posibilidades que había barajado se redujeron a una. Tal y como Rhoe le había enseñado, Lavinia cogió a Gavriel de las solapas de su chaqueta, dobló la rodilla y le dio con todas sus fuerzas en la entrepierna. No le hizo todo el daño que pretendía, ni mucho menos. De hecho el guerrero hada vio sus intenciones con tiempo de sobra como para apartarse. Pero sí que le dejó sorprendido.
–Me das asco–dijo Lavinia.
La fría mirada que le dedicó, aquella que solo le salía cuando estaba muy cabreada y todo su cuerpo le gritaba que dejara salir esa furia, pero que finalmente no hacía, sorprendió a Gavriel. Y supo que él entendía el significado oculto tras esas palabras. Que no estaba enfadada por lo que le había hecho, sino que estaba furiosa por el hecho de creer que esa era la única opción que le quedaba para alejarla de él.
Lavinia se recolocó el vestido, levantó la cabeza y se fue con toda la dignidad que fue capaz de reunir sin mirar atrás. Gravriel no la siguió inmediatamente. Notaba cómo la princesa le miraba con otros ojos desde hacía unas pocas semanas, como un rubor adornada su rostro cada vez con más frecuencia. Y lo nerviosa que se ponía a su lado, no por miedo, por otra cosa. No quería que le pasara nada a la princesa por culpa del vínculo que tenía con Maeve. Era joven y aunque madura en muchos más aspectos de los que había considerado en un principio, también seguía siendo inocente en muchos otros. Sabía que no atendería a razones. Sabía que, por su juventud, el peligro era algo que le atraería. Por eso decidió comportarse así.
Pero la princesa era muy lista. Había tardado muy poco en darse cuenta de lo que pasaba. Había conseguido controlar y dominar su miedo y se había defendido. Los aplausos retumbaron en el salón donde se celebraba la fiesta. Gavriel no tenía intención de volver, hasta que escuchó las palabras del rey Orlan.
–Querida Lavinia, que no se te olvide que me debes un baile.
–Por supuesto que no.
La música sonó de nuevo y cuando Gavriel llegó, Lavinia estaba bailando con el rey. Era pequeña comparada con él, pero se movía con gracia y naturalidad. Una dulce sonrisa adornaba su rostro, ocultando la rabia que había sentido momentos antes. Nadie que la hubiera visto hubiera pensado lo que había pasado en el jardín. Excepto por su recogido, ya no había rastro del moño que tan elegantemente había tenido, seguía con parte del pelo recogida, pero la mayoría caía por su hombro derecho, ocultándole el cuello.
—¿Necesitas algo Lavinia?—escuchó cómo le susurraba el rey.—Solo necesitas darme un nombre.
Lavinia sonrió.
—Me he ocupado del asunto—no podía ver al rey, pero Lavinia añadió a continuación.—Rhoe me enseñó un par de trucos.
—Bien. Aun así, mi oferta sigue en pie. Un solo nombre y deseará no haber nacido. Y me importa tres pepinos que tenga casi 300 años y nos esté escuchando, nadie le hace daño a mi sobrina postiza.
Lavinia sonrió con sinceridad por primera vez en toda la noche. Desde que se habían conocido, el rey Orlon la había adoptado como un miembro más de su familia. Gavriel estaba seguro de que el retraso de la vuelta de Lavinia era también en parte insistencia del rey. La adoraba demasiado.
—Lo tendré en cuenta majestad.
La música cesó y llegaron los aplausos. El rey Orlon condujo hacia la salida a Lavinia y le dio un beso en la frente. Luego volvió a la fiesta, habló, comió y disfrutó de su cumpleaños. Lavinia se fue con discreción. No cambió su semblante en ningún momento. Solo cuando estuvo segura entre los muros de su habitación, se dejó llevar por la rabia y dejó que las lágrimas ganaran la batalla y salieran sin que ella pusiera impedimento alguno. Odiaba las situaciones como aquella. Se sentía pequeña e indefensa. Le habría gustado poder estar más serena al respecto, pero aún le faltaba madurez como para ser capaz de actuar con tanta calma. Como Evalin aquella vez antes de su compromiso. De hecho gracias a ese incidente, el compromiso entre Rhoe y Evalin se aceleró. Rhoe vio cómo Evalin se había defendido de su agresor y fue a su lado. No para ayudarla ni consolarla, sino para declarar su admiración por ella.
Lavinia no recordaba que Evalin se hubiera puesto a llorar como lo estaba haciendo ella en esos momentos. Tampoco temblar con temblaba Lavinia. Lo peor de todo es que no creía que acudir a su hermana en ese estado fuera la mejor de las ideas. Tendría que explicar muchas cosas: sus paseos con el guerrero hada, su amistad, sus flirteos…
No, tendría que aprender ella sola a salir de aquella situación. No supo cuánto tiempo pasó, pero poco a poco las lágrimas dieron paso a unos suaves hipidos, hasta que por fin consiguió calmarse lo suficiente como para levantarse del suelo. Tenía la cara empapa por las lágrimas, tenía que lavarse la cara o al día siguiente tendría los ojos rojos e hinchados. Cuando se aseguró que no quedaba nada de maquillaje en el rostro, se lavó la cara a conciencia. No fue hasta que se tapó la cara con la toalla que sintió que la observaban. Se dio la vuelta de golpe y se encontró con Gavriel en el balcón de su habitación.
La puerta estaba abierta, sin embargo no había entrado. Después de llorar durante tanto tiempo Lavinia estaba agotada y sólo tenía ganas de dormir. Sin embargo, al ver de nuevo al guerrero hada, toda la furia que había sentido antes se agitó en su interior. Sintió como si unas llamas ardieran dentro de ella y tomaban el control de su cuerpo y sus acciones. Dejó caer la toalla al suelo y caminó con rapidez hacia él. Cuando llegó a su altura echó el brazo para atrás para coger impulso y le dio con todas sus fuerzas en la nariz. Con el puño cerrado. Gavriel no se había movido, Lavinia se lo tomó como que aceptaba el castigo de la joven y aunque sintió rabia por no poder pillarle desprevino una retorcida parte de ella se alegró de que no se apartara.
—Siempre dices que soy muy madura para mi edad. Pero cuando quieres tratar un tema importante, no me das ni la opción de intentar entenderlo. Actúas sin consultarme y haciendo algo ruin y cobarde. Me lo podría esperar de muchas personas, pero no de un guerrero hada con casi 300 años de experiencia en lidiar con temas complicados.
Lavinia se sacudió la mano. Se había hecho daño al golpearle, de hecho le palpitaban los nudillos, pero qué bien le había sentado darle en la cara. Gavriel sangraba ligeramente por la nariz y eso hizo que Lavinia sacara pecho. En el fondo sabía que si el guerrero hada estaba así es porque él se lo había permitido, aun así era difícil no sentirse ufana de haberlo conseguido. Ni siquiera Rhoe podía decir que le había dado un puñetazo a un guerrero hada y había salido vivo de la situación. Lavinia se sacudió la mano. Se había hecho daño al golpearle, la mano le dolía como mil demonios, pero no le importaba. Ahora no era el momento de preocuparse por su mano, sino de dejar su postura clara.
—Lo siento.
—¿El qué?—preguntó Lavinia. y añadió al ver la cara de incomprensión de Gavriel.—¿Sientes haberte comportado como un cerdo o sientes tratarme como una cría? ¿O sientes que me duela la mano por el puñetazo tan merecido que te he dado? ¿Qué es lo que sientes?
—Todo eso, supongo.
—¿Supones?—Lavinia se encaminó a la puerta y la abrió.—Pues hasta que averigües porqué lo sientes, te sugiero que te vayas a dar un paseo. Supuestamente ayuda a aclarar las ideas.
Y remarcó el hecho de que quería que se fuera haciendo un ademán con la mano. Gavriel la miró unos instantes, solo se giró a mirarla cuando ya estaba en el pasillo.
—Deberías ponerte hielo…
Lavinia le cerró la puerta en las narices de un portazo.
—…en la mano.
No era la primera vez que veía a Lavinia enfadada. Pero era la primera vez que le miraba con esos ojos fríos y serios. Esos ojos que transmitían odio, miedo, vergüenza, sufrimiento, dolor y decepción. Todo estaba ahí, mezclado y no precisamente en ese orden, pero ahí estaba. También sabía que Lavinia podía ser muy orgullosa, hasta el punto de rozar la terquedad. Era capaz de quedarse dando vueltas por la habitación, esperando a que él se marchara para ir a por el hielo que tanto necesitaba.
Por lo que se marchó, y haciendo caso del consejo que le había dado Lavinia fue a dar un paseo terapéutico para aclararse las ideas. ¿Por qué le importaba tanto una humana? Maeve nunca le había castigado por estar con mujeres que ella no consideraba aptas para él, cuando se cansaba del olor de esas mujeres a su alrededor, simplemente le decía que las dejara. Y él lo hacía sin protestar. La hija de un rey humano no marcaba mucha diferencia, menos si era la hija de un reino aliado. Se convenció a sí mismo que lo había hecho por el bien de la chica, por el miedo que ella le tenía a Maeve, era mejor que la reina nunca llegara a saber que algo había pasado entre ellos.
Sin embargo, las palabras de Lavinia le venían a la cabeza una y otra vez. Tenía razón cuando decía que no tenía derecho a tomar decisiones por ella. Bien podría haberle dicho que no estaba interesado en ella de esa manera. Pero no, él había tenido que hacer que la odiara hasta tal punto de lanzarse a pegarle un puñetazo sin pensar en las consecuencias. Estaba claro que no se había comportado bien. ¿Dónde estaba Rowan cuando le necesitaba? Tampoco es que Rowan fuera el mejor consejero del mundo, pero desde luego era mejor opción que Lorcan o Vaughan. O Fenrys.
Lavinia estaba en el laberinto del jardín, ya completamente nevado. Le gustaba pasear por ahí e ir conociéndolo poco a poco. Cada nuevo pasillo era una pieza de un puzzle que estaba completando en su cabeza. Y una vez que lo hubiera recorrido varias veces, el puzzle estaría completo.
También le ayudaba a pensar.
¿Maeve le había pedido a Gavriel que la intentara seducir? ¿Era lo bastante importante como para que alguien se molestara en seducirla? No es que tuviera un bajo concepto de sí misma. Sabía cuáles eran sus virtudes y cómo potenciarlas y había aprendido el juego de la corte a una edad muy temprana. Aun así le costaba mucho creer que Gavriel, Ga–vri–el, se hubiera fijado en ella por propia voluntad cuando había vivido tantas cosas. Para el resto de los mortales tenía muchas cosas que era de interés, pero para alguien inmortal que había viajado y conocido tanto…no estaba tan segura.
De modo que esa mañana se había levantado pronto y, después de un rápido desayuno, había salido a pasear y a aclarar sus ideas. ¿Era una amistad? ¿Era algo más profundo? ¿O Gavriel, como hacía Vernon Lochan, sólo quería satisfacer sus necesidades y había decidido hacerlo con ella? Esto último era lo primero que se le había pasado por la cabeza cuando la besó de forma tan lasciva la noche anterior. Aunque siendo del todo sincera, se había derretido por completo ante ese beso.
Pero luego entendió que Gavriel solo pretendía asustarla para que ella se alejara de él. Lo cual le había parecido una ridiculez. ¿No le había estado diciendo a lo largo de esas semanas que era una persona madura? ¿Qué él mismo conocía a gente que era mayor que ella (y por lo que insinuaba, se acercaban más a la edad de Gavriel que a la suya) que seguían teniendo la madurez de un niño de cinco años? ¿Entonces par qué hacer esa actuación? Notaba como un dolor punzante le palpitaba las sienes. Estaba pensando demasiado y al final acabaría por tener migraña. Se dejó caer en uno de los bancos que había. De tanto pensar se había vuelto a perder, pero antes de reanudar la marcha necesitaba descansar, cerrar los ojos y despejar la mente. Elucubrar por su cuenta no le llevaría a ninguna parte, lo mejor y más sensato sería hablarlo con el propio Gavriel, pero vista su actitud la noche anterior, no estaba muy por la labor. Además, antes de tener ningún tipo de conversación con él, le gustaría que se disculpara con ella.
—Lo siento mucho—dijo una voz a su izquierda.
Cuando Lavinia abrió los ojos, vio que Gavriel estaba con una rodilla en el suelo y la mirada bajada. Lavinia parpadeó y por un momento se preguntó si de pronto había adquirido la capacidad de que sus deseos se cumplieran al instante. Gavriel seguía en el suelo, sin mirarla.
—¿Y?
—Siento haberme portado como un capullo ayer por la noche.
Al ver que Lavinia no contestaba, Gavriel subió un poco la mirada. La chica le indicó con gestos que continuara.
—También siento haberte confundido diciéndote que eras madura y podía hablar de cualquier cosa contigo para más tarde no tenerte en cuenta y tomar decisiones por mi cuenta.
—Vas por buen camino, continúa.
—Me merecía ese puñetazo.
Lavinia le miraba con las cejas alzadas.
—No lo volveré a hacer.
Lavinia no contestó, en su lugar palmeó el hueco libre que había en el banco en el que estaba sentada.
—Se supone que los amigos se cuentan las cosas. Sobre todo las difíciles, así es como sobreviven las buenas amistades.
Gavriel la miró con la cejas alzadas, como si le preguntara «¿De verdad crees que somos solo amigos?»
—Yo sé cómo me siento yo, no cómo te sientes tú. Y no hemos hablado del asunto. Pero si quieres hacerlo, adelante, ahora es un buen momento—ante el silencio del guerrero hada Lavinia añadió.—¿Qué? ¿Pensabas que iba a hacerlo yo? Tu eres el mayor, te toca a ti. Además, me lo debes por lo de anoche.
—¿Me lo vas a estar recordando cada vez que puedas? Ya me he disculpado.
—Depende de cómo vaya esta conversación.
Gavriel suspiró.
—No puede pasar nada romántico entre nosotros Lavinia.
—Eso ya lo sé.
—No es solo que tu seas medio feérica y yo un guerrero hada. Mi vida está al servicio de Maeve, y es un honor servirla. Pero se paga un alto precio por ello. Ninguno tenemos libertad para amar, pero tampoco nos importa. El servir a un bien mayor, el ayudar a nuestra especie, a nuestro reino, es recompensa más que suficiente.
—Dicho así suena bien.
—Tu eres una princesa. ¿Qué podría ofrecerte yo? Tengo dos hermanos mayores, por algo elegí la vida de soldado.
—Para empezar, ofreces conversaciones mucho más interesantes que las que estoy acostumbrada a escuchar.
Gavriel rio.
—Creo que eso es lo que más me gusta de ti. No sé si es porque has vivido mucho y has conocido mucho, o simplemente es tu forma de ser. Pero me gusta cómo eres. Me gusta que me veas como una persona. No como una princesa o una humana, me ves a mí, a Lavinia. Me hace sentir especial, y me gusta.
Lavinia cogió aire, Gavriel lo vio venir y no la interrumpió, cosa que la chica agradeció.
—No sé si es que me caes bien, que me gustas o que puede ser algo más profundo como que me haya enamorado. Sólo sé que cuando te vayas me voy a poner muy triste, pero que lo acabaré superando. Soy consciente de todo lo que nos separa, y sé que lo más sensato es que dejemos las cosas como están. Para no sufrir, no hacernos daño. Pero a la vez me da mucha rabia.
Se levantó del banco y caminó un par de zancadas.
—¡Siempre hago lo correcto! Lo que sea bueno para mi reino y mi gente, ya que mi privilegiada posición acarrea responsabilidades. ¡Pero por una vez, quiero ser egoísta! Dejarme llevar, no pensar en las consecuencias y vivir el momento. Aunque sea el peor error de mi vida, si antes lo he disfrutado…no puede ser tan malo. ¿O sí?
—A las grandes dichas les suceden grandes caídas. Es ley de vida.
—Pero depende de nosotros dejarnos llevar por las malas experiencias o por las buenas.
Gavriel asintió con la cabeza.
—Di algo por favor, me voy a volver loca si solo te quedas ahí mirándome.
Gavriel se levantó y caminó los pasos que les separaban.
—Vas a llorar.
—Y tú también.
—Si Maeve me pregunta no podré hacer nada por ocultárselo.
Lavinia tragó saliva. Pero después asintió, despacio.
—Ahora mismo me importan un pimiento lo demás. Sólo sé que llevo semanas queriendo besarte y que ayer fue horrible. Y que espero que lo arregles.
Gavriel soltó una corta carcajada. Lavinia no apartó la mirada, aun estando roja como un tomate.
—Sería mejor si nadie más lo supiera.
—¿Quieres hacer el favor de besarme de una vez?
Lavinia le agarró de las solapas y subió la cabeza con tanto impulso que chocó su frente con la de Gavriel. Él la cogió por la cintura y la acercó un poco más. A Lavinia le temblaron las piernas y cuando Gavriel pasó sus labios sobre los suyos, algo dentro de ella explotó. Y arrasó con todo lo demás.
¿Y bien? He querido darle una vuelta al clásico donde el hombre le hace una putada a la mujer y ésta se lo cree a pies juntillas y se enfadan y cortan y es un drama. El drama, como sabemos, viene más adelante. Así que ¿lechugas? ¿tomates? ¡Ey, nada de acero valyrio que ya he dicho que eso es de otro fandom! Ya sabéis que un fanfic con reviews es un fanfic feliz :) nos vemos (leemos) la semana que viene. ¡Pasad un buen fin de semana!
