N/A: Bueno pues hemos llegado al capítulo final. Estoy alucinando muy mucho con haber llegado hasta aquí publicando DOS veces por semana. ¿Será que me hago mayor? ¡Qué horror!
Disclaimer: Aún sigo buscando ese disclaimer divertido y original que diga que no soy Sarahjota.
Capítulo 8
Aedion y Lavinia caminaban por los pasillos de la mano. Hacía poco que su tía Evalin había dado a luz a un bebé, una niña. Él hubiera preferido un niño, así cuando crecieran podrían jugar a las espadas juntos. Pero por primera vez desde hacía semanas Lavinia tenía algo de color en la cara, y una sonrisa le adornada el rostro. Aedion no entendía muy bien porqué, pero si la llegada de su prima hacía que su madre estuviera contenta y se pusiera buena para siempre, Aedion se contentaba con eso.
La recepción oficial sería dentro de unas horas, pero Lavinia no podía esperar tanto a conocer a su sobrina. Así que habían llegado antes, para conocer a Aelin en su habitación. Llamaron a la puerta y entraron sin esperar respuesta. Lavinia corrió hacia la cuna en la que había un bebé sin soltar a Aedion en ningún momento, que se dejó arrastrar por su madre.
—Oh, Evalin es preciosa. Mira, Aedion, mira a tu prima.
Aedion se sorprendió cuando su madre le cogió en brazos para que pudiera ver mejor a su prima. Siempre le costaba mucho esfuerzo levantar las cosas menos pesadas, pero ese día parecía que había recobrado las fuerzas.
—Hola Aelin—dijo.
Aelin era pequeña, de piel muy clara y un pelo tan rubio que parecía calva. Pero con sus mismos ojos, los de su madre y su tía. Aedion alargó la mano y le pasó los dedos por la mano de la pequeña. Tenía la piel suave y sonrió inconscientemente ante la caricia. Abrió su manita para agarrar el dedo de Aedion, pero las fuerzas le fallaron a Lavinia y Aedion acabó en el suelo de nuevo. Lavinia se apartó unos pasos para toser con fuerza. Su tía Evalin se acercó a su hermana y se alejaron unos pasos más, susurrando. Aedion sabía que cuando su madre se ponía así era mejor no molestarla. Así que se subió a la cama que había junto a la cuna para volver a observa a su prima. Tenía unas pocas semanas, pero ya miraba a su alrededor con curiosidad.
—¿Te gusta tu prima Aedion?—preguntó Rhoe, tapando sin mucho disimulo a su esposa y su cuñada.
—Yo quería un primo.
—Lo siento campeón. A lo mejor la próxima vez.
Algo en el tono de Rhoe hizo que Aedion le miraba. Aunque estaba sonriendo algo le decía que las cosas no estaban tan bien como pensaba. Pero no le dio importancia, eran cosas de mayores al fin y al cabo.
—¿Aunque sea una chica, crees que podré jugar con ella?
—¡Por supuesto que sí! Es la futura reina de Terrasen, creo que hasta deberías ser tú el que hiciera el juramento de sangre con ella.
—¿Qué es eso?—preguntó Aedion.
—¡Rhoe!—exclamaron Lavinia y Evalin a la vez.
Rhoe le guiñó el ojo y le pasó la mano por el pelo, despeinándolo. Aedion rio. Su tío Rhoe siempre hacía lo mismo cuando decía cosas que en teoría no debería. Se alejó hacia su esposa, donde seguramente recibiría una regañina por su parte.
—Son cosas de mayores, ya nos enteraremos—le dijo a Aelin.
Alargó la mano y su prima le cogió un dedo con toda la fuerza de la que era capaz en esos momentos. Mientras, a unos pasos de distancia, Rhoe estaba siendo sometido a la mirada matadora de las hermanas Ashryver.
—¿Se puede saber a qué viene decir lo del juramento de sangre ahora? ¡Por dios si solo tiene 5 años!
—Precisamente Evalin. Ya han pasado 5 años y ni Gavriel ni Maeve han dado señales de vida. Pero en cuanto se sepa que has dado a luz y el bebé ha sobrevivo, ¿cuánto tiempo crees que tardará Maeve en pedirte que vayas a visitarla con la niña? ¿Cuánto más crees que podremos mantener oculto a Aedion?
Lavinia bajó la mirada.
—Adoro a ese niño. Y no pienso permitir que esa hada vieja y sedienta de poder le ponga las manos encima solo porque su padre esté bajo sus órdenes. Y si para ello tiene que atarse a Aelin ahora mismo, por mi perfecto. Pero no pienso dejar a ninguno de los dos sin protección si algún día se encuentran con tu tía.
Se hizo el silencio.
Cuando Lavinia fue a verles con la noticia de que estaba embarazada estaba desecha en lágrimas. No por ella, por su reputación o por las consecuencias que traerían hacia su persona. Estaba muerta de miedo por si Maeve se enteraba. La reina hada tenía vigilada a Evalin, pero si se enteraba de que el padre del bebé era alguien de su equipo, alguien con quien tenía un juramento de sangre…Lavinia le había hecho prometer a Gavriel que no la buscaría. Que no pensaría en ella, que no volverían a verse. Y Lavinia sabía que el guerrero hada cumpliría su promesa. Siempre y cuando Maeve no le ordenara llevarle al bebé. Poco le importó que sus padres la repudiaran. Que le quitaran todos sus títulos y privilegios y que le prohibieran la entrada a su casa. Aunque la palabra destierro era un poco fuerte, Lavinia no podía pensar en otra forma de describir lo que sus padres habían hecho al enterarse de su embarazo.
Afortunadamente, su hermana, Rhoe y el rey Orlon la acogieron como una miembro de su corte. Lavinia y Aedion vivían en una modesta casa a las afueras. No tenían muchos sirvientes y cultivaban su propia comida. Lavinia sabía que Rhoe quería entrenar a su hijo de forma estricta, y que no tardaría mucho en empezar a llevarle consigo a cacerías, refriegas y puede que incluso batallas. Por eso Lavinia había querido que durante sus primeros años Aedion creciera en el campo, rodeado de naturaleza. Ya tendría tiempo para conocer el arte de la guerra.
Pero Rhoe tenía razón. Era un milagro que Maeve no hubiera sabido de su embarazo, ni de la existencia de Aedion. Pero con el nacimiento de Aelin, volvían a estar en peligro. Era por eso nunca aceptaba los tratamientos que su hermana le recomendaba. Ella conocía a gente, hadas, que podían curarla. Pero cualquier hada que viniera de fuera de Terrasen era un peligro para Aedion. Desde que supo que estaba embarazada y que el padre era Gavriel, Lavinia tuvo muy claro que su prioridad sería Aedion. Por encima de todo, incluso por encima de ella.
—Rhoe tiene razón Evalin. Tenemos que actuar deprisa, pero con cabeza. Nosotros no somos rivales para Maeve, pero a lo mejor Aedion y Aelin si lo serán en un futuro. Si están juntos.
Un nuevo acceso de tos le impidió seguir hablando.
—Lavinia…
—Estoy bien.
—No, no lo estás—dijo Rhoe.—Entiendo por qué no quieres recibir ayuda y creo que sabes las consecuencias a las que te vas a enfrentar tarde o temprano si no mejoras.
—¡Rhoe!
Rhoe levantó la mano, pidiendo silencio.
—Así que Aedion y tú os mudaréis aquí. Hoy mismo. Si no quieres que venga ningún hada a curarte, es tu decisión. Pero vamos a poner a los mejores sanadores a tu disposición. Además nos tendrás a nosotros.
Lavinia asintió con la cabeza.
—Y aquí y ahora, os prometo a las dos que voy a hacer todo lo posible por apartar a esa vieja loca de nuestros hijos.
Lavinia y Evalin se miraron. Por mucho miedo que le tuvieran a su tía, Rhoe siempre conseguía sacarles una sonrisa cuando la llamaba vieja loca.
La primera vez que Aedion conoció la muerte fue con cinco años.
Y no llegó a entender del todo lo que significaba hasta mucho más tarde. Al principio se puso contento, porque su tía Evalin y su tío Rhoe le decían que su madre ya no estaba malita. Pero cuando supo que no volvería a verla nunca, que no le abrazaría por las noches ni organizarían más peleas de comida en su casa, lloró.
Su tía Evalin estuvo con él todo el tiempo, abrazándole y llorando también.
Pasaron los días y las semanas. Se le hacía muy raro no contarle las cosas que había descubierto ese día, pero su tío Rhoe le preguntaba por lo que había hecho ese día. Además, poco después empezó a entrenarse como guerrero. Algo que siempre había querido y que le servía para despejar la mente.
«Ejercicio. Concentración. No existe nada fuera del entrenamiento. Ni la muerte, ni la pena, ni la tristeza. Estáis la espada y tú solos. Tienes que ser uno con la espada, tiene que formar parte de ti.»
Le decía Quinn, su maestro.
Y Aedion pasaba horas y horas entrenando. Con el paso de los meses, la tristeza fue quedando relegada a un segundo plano. Había muchas cosas que aún tenía ganas de contarle a su madre, algunas veces se escapaba de su cuarto por las noches y se iba a su tumba a contárselas. Cómo había conseguido esquivar la espada de bambú, pero aun así se había tropezado y había caído al suelo de cara.
Como Aelin intentaba dar sus primeros pasos y se caía al suelo, pero se seguía levantando para volver a intentarlo una vez más. Conforme pasaron los años el dolor por la pérdida de su madre se fue mitigando. Al igual que los recuerdos que tenía de ella. Recordaba sensaciones, emociones, incluso olores. Pero la cara de su madre se desdibujaba con el tiempo. A veces creía que la recordaba del todo, pero solo era la cara de su tía Evalin.
Aedion se dijo que no quería volver a pasar por aquello. Y cuando su maestro le dijo que no podía impedir la partida contra la muerte, se dijo que la próxima vez lucharía. No se quedaría de brazos cruzados, lucharía por aquella persona antes de que ésta muriera. Sin embargo, ocho años después de la muerte de su madre, Aedion tuvo que enfrentarse a la pérdida de nuevo. No de una persona, sino de tres. Su tía Evalin, su tío Rhoe y su prima Aelin. A su tía Evalin y su tío Rhoe les enterraron en el cementerio de la familia real. Cerca de donde estaba su madre. Pero no hubo tumba para su prima Aelin. Por mucho que buscaron por el río, no encontraron su cuerpo. Algunos decían que a lo mejor había sobrevivido y que era cuestión de esperar. Que seguro que Aelin volvería. Pero pasaron los meses y los años. Aedion creció, siguió entrenándose, curtiéndose en batalla y estrechando lazos con aquel que había sido el culpable de la ruina de su familia.
Con el paso de los años, la esperanza de que Aelin siguiera viva se iba desvaneciendo. Aunque siempre había algo que le empujaba a seguir teniendo esperanza. Una muchacha rubia en el mercado. Una risa como la de su prima. Siempre que estaba a punto de perder la esperanza, había algo que le hacía recuperarla, como una señal. A veces divagaba con escenas cotidianas con su prima. Como habría sido un día en la corte con ella, qué clase de vestidos llevaría. ¿Habría tenido hermanos? Aedion creía que no. Su tía Evalin había tenido un aborto antes de que Aedion naciera y había dejado de respirar en el parto de Aelin. No creía que Aelin hubiera tenido más hermanos, pero al menos le habría tenido a él. Se la imaginaba más baja que él. No haciendo caso de sus maestros y jugando con fuego (literalmente) mientras se reía con una tímida Elide a la que arrastraría en sus locuras. Ren y él también estaban por ahí, los cuatro habrían sido grandes amigos y cuando hubiera llegado el turno de Aelin de subir al trono, Elide, Ren y él habrían formado parte de su círculo íntimo y de confianza. No se dejaba llevar por esas ilusiones muy a menudo. La única vez que lo hizo fue cuando estuvo apresado en Adarlan, ocultando una herida que esperaba que poco a poco le fuera desangrando hasta morir. Si era cierto que Aelin estaba viva y él estaba preso, le iba a poner las cosas muy fáciles a su prima. Si él moría, el rey de Adarlan no tendría nada con lo que controlar, amenazar o chantajear a Aelin.
Aunque sus planes no salieron como él pensaba. Aelin le rescató y cuando volvieron a verse cara a cara, a solas, fue como si esos diez años no hubieran existido. Poco importaba lo que hubieran tenido que hacer para sobrevivir, el caso es que estaban vivos. Juntos. Y listos para salir al mundo, anunciar sus planes y enfrentarse a cualquiera que se pusiera por delante de ellos.
¿Qué os ha parecido el mini Aedion? Pobrecito, le he torturado un poco. ¡Pero solo estoy siguiendo el canon! Así que las quejas a Sarahjota, que a mí también me dolió cuando conocí su historia. Pero bueno, no os preocupéis que os he dejado con una sorpresita llamada epílogo que publicaré el martes. Espero que así terminéis de leer el fic con una sonrisa.
¿Qué? ¿De verdad pensabais que iba a terminar el fic así en plan lacrimógeno? Me gusta terminar algunos fics así pero desde el principio se notan que van a ser melodramáticos. Bueno, pues eso, que la semana que viene nos vemos (leemos) en el epílogo.
