Capítulo 1: Las responsabilidades de Snape
El primer año de Harry Potter en Hogwarts no había sido fácil, ni para el niño que vivió ni para el resto de quienes vivían en el castillo. Para Severus Snape, en particular, había sido un reto mantener su temperamento a un nivel apropiado como profesor y aliado de Albus Dumbledore. Potter y compañía no cesaban de retarlo con ese típico comportamiento inmaduro que los niños a punto de entrar en la adolescencia presentan. Se creían invencibles y eso los había llevado a realizar innumerables actos de estupidez que otro director hubiera considerado dignos de expulsión o, al menos, de castigos ejemplares. Pero no Albus Dumbledore. Los imprudentes estudiantes se habían salido con la suya al volar escobas cuando no debían, a escabullirse por las noches argumentando sonambulismo, y a causar explosiones en el aula por el simple hecho de ser incompetentes e indiferentes a sus estudios. Al menos el prefecto de Gryffindor había actuado sensatamente al avisar a los profesores de la intrusión del trol en los baños, o ahora tendrían otra estudiante muerta entre sus manos.
Definitivamente, no había una cosa que Severus Snape detestara más, que tener que vivir en un castillo las 24 horas del día, cuando dicho castillo estaba plagado de mocosos. Pero ¿qué podía hacer? Hogwarts era el único hogar que tenía y que le daba acceso tanto a sus secretos como a su director, con quien podía reunirse sin levantar sospechas, bajo la fachada de investigarlo. Por su parte, fuera de sus tareas de profesor, Dumbledore le había pedido explícitamente que vigilara a Quirrell y este, a su vez, vigilaba estrechamente a Potter, quien definitivamente era una copia de su insufrible padre. El chico no dejaba de meterse en problemas, tan frecuentemente, que Snape estaba tentado a pensar que había sido confundido o con una maldición Imperius sobre su cabeza. No obstante, parte del trabajo de Snape era mantenerlo alejado de maldiciones, hechizos y venenos, como el resto del profesorado hacía, sin mencionar a los elfos domésticos de Hogwarts, por lo que estaba absolutamente seguro de que ese no era el caso. No, definitivamente el chico simplemente era un idiota incauto, con la vista fija en una diminuta pelota. Ni siquiera tenía intenciones de prestar completa atención a las clases, dándole veracidad al sospechado síndrome del mestizo: los hijos de muggles sobrecompensaban, los sangre pura ricos hacían el mínimo esfuerzo para no embarrar el apellido de su familia, mientras que los sangre pura pobres se esforzaban para mejorar sus prospectos al salir de Hogwarts. No obstante, los mestizos, al no pertenecer a un sector ni a otro simplemente se confiaban. Él, Snape, era la excepción, pero Harry Potter era el vivo ejemplo.
Afortunadamente, el ciclo escolar había terminado, con Quirrell muerto, ni más ni menos, y la confirmación del regreso del Señor tenebroso. Al menos ahora el profesorado estaba en guardia y, con un poco de suerte, Snape podría dejar la vigilancia de Potter en sus manos, para retomar su investigación sobre los planes de los mortífagos con ayuda de la legeremancia. El chico, afortunadamente, no se había dado por enterado de nada de lo ocurrido pero, conociendo la afinidad a los problemas que tenía su padre, eso cambiaría tarde o temprano. Por ahora, las tareas como niñera de Potter, aunque tediosas, resultaban más sencillas de lo que Snape había esperado al inicio de ese curso y no había razones de más para que realmente odiara al chico.
Saliendo de la contemplación recordó de pronto que era la hora de su entrevista de fin de curso con Dumbledore. ¿Finalmente lo felicitaría por su trabajo? ¿Dejaría de encomendarle la seguridad de Potter? Con ese alegre pensamiento en mente, se encaminó hacia su despacho resguardado por la fiel gárgola, con la capa ondeando detrás de sí y un beligerante optimismo por delante.
