Capítulo 2. La chica insufrible hace amigos
Para Hermione Granger la niñez no había sido fácil como muchos esperarían de la única hija de dentistas. Ciertamente tenía todo lo que podía necesitar y desear, incluyendo una gran colección de libros y viajes a distintos lugares, donde podía ver de primera mano cómo era la cultura de la que tanto había leído con anterioridad. Sus padres trabajaban bastante, sí, pero cuando estaban de descanso le dedicaban toda su atención, por lo que, aunque Hermione no tenía amigos de su edad, sus padres eran los mejores amigos que cualquiera podría desear. Excepto, por supuesto, que Hermione realmente quería encajar. Toda su vida se había sentido fuera de lugar con chicos de su edad, y no fue sino hasta que se unió al club de lectura de su biblioteca local cuando tuvo algo que discutir y de lo que hablar apasionadamente con alguien fuera de su familia.
Había soportado muchos años de silencio, en el mejor de los casos, y de humillaciones, con más frecuencia de la que quisiera admitir, pero Hermione había decidido dejar todo eso atrás al empezar su nueva vida como bruja en su nuevo colegio: Hogwarts, hogar de los raros y hábiles que no podían encajar en ningún otro lugar. Estaba segura que todos ahí eran una gran familia, unida como todos aquellos que comparten un increíble secreto y sólo intercambian miradas cómplices ante los ojos de individuos en la ignorancia. Pero Hermione, por supuesto, le contaría a sus padres tanto como pudiera de su nuevo mundo, para no hacerlos sentir rechazados y enajenados de su propia hija. Muchos años después, cuando Hermione tuviera su propia familia, sus padres podrían escuchar historias de sus nietos y contarles a su vez sus propias historias. Después de todo, Hermione estaba orgullosa de sus orígenes muggles y nada cambiaría eso. Aunque sí esperaba que cambiara todo lo demás, lo que la hacía diferente ahora sería aquello que la uniría para siempre a su nuevo mundo.
Pero algo había salido mal. Sus esperanzas de desvanecían día a día. Para finales de septiembre no había conseguido otra cosa que un saludo esporádico de parte de sus compañeros y, si no fuera porque tenía que compartir habitación con las otras chicas, ellas no la saludarían ni harían conversación trivial y absurda con ella todos los días, perdiéndose el único contacto que tenía con otro humano que duraba más de 5 minutos. Hermione realmente no las soportaba, pero por ahora las necesitaba, mucho más de lo que ellas la necesitaban, a no ser por la ayuda que les brindaba con sus tareas casi todos los días. El comportamiento indiscreto que aplicaban con Hermione la había llevado a pasar cada vez más tiempo en la biblioteca, a donde iba todos los días a estudiar y relajarse. Así fue como llegó a conocer a los Ravenclaw, fuera del salón de clases, quienes también pasaban tiempo en la biblioteca, a pesar de tener una en su sala común. Ellos le habían dado la bienvenida al unirse a sus mesas de estudio, actuando siempre con cortesía y amabilidad. Pasaban mucho tiempo callados, respetando con rigor las reglas de la biblioteca, pero cuando la bibliotecaria, la señora Pince, se alejaba, aprovechaban para intercambiar algunas ideas y datos sobre su investigación. Las ideas de Hermione, conocida por todos ellos como devoralibros, siempre eran bienvenidas, lo cual la llenaba de satisfacción y un sentimiento de pertenencia que, no obstante, no la aliviaba del todo. 'No es una situación mala', pensaba Hermione, 'y por ahora tendrá que ser suficiente'. Pero antes de que terminara el año debía hacer amigos de su casa, Gryffindor.
Con esta resolución dentro de su cabeza, se había esforzado en ayudar a sus compañeros con sus tareas, con sus actividades en clase y con cualquier otra cosa que se presentara. Si alguien necesitaba una pluma se la daba, afortunadamente había comprado varias de repuesto. Si necesitaban algunas notas de la clase ella con mucho gusto se sentaba con sus compañeros mientras estos copiaban sus notas. Todo iba, aparentemente, por buen camino para que, al regresar a casa durante las vacaciones de inverno, pudiera contarles a sus padres que había hecho amigos y pedirles que se acostumbraran a ver lechuzas llegar, porque seguramente le escribirían con frecuencia.
Así transcurrió Octubre hasta que, en la víspera de Halloween, el horrendo chico Ron Weasley se burló de ella y sus esfuerzos por ayudar a otros. No sólo despreciaba la ayuda que ella le había dado, también desestimaba la ayuda que le había dado a los demás, interpretando su generosidad y buena disposición como una necesidad por destacar y ganarse a los profesores.
Hermione estaba furiosa y muy dolida. Apenas había alcanzado a llegar a los baños de chicas del primer piso cuando rompió en llanto. Era tan injusto. ¿Por qué siempre tenían que pensar lo peor de ella? ¿Por qué tenían que aislarla y castigarla sólo por ser inteligente y que su pasatiempo favorito fuera leer? ¿Acaso ella se burlaba de ellos cuando les iba mal en clase? Más de una vez había salvado a Weasley de hacer el ridículo en la clase de pociones, cuando estaba a punto de agregar ingredientes erróneos, y éste sólo le había agradecido a regañadientes.
Finalmente, cansada de tanto llorar y decidida a no seguir escondiéndose, Hermione decidió salir de ahí, pero no había dado dos pasos cuando frente a ella vio plantado a un troll de 4 metros. Con la mente en blanco se quedó paralizada sin saber qué hacer. Estaba segura de que ese era su fin y lo que más le molestaba es que nadie en Gryffindor la extrañaría. Quizá ni siquiera los Ravenclaw. El trol se alzaba amenazador sobre ella pero no se había movido cuando de pronto se escucharon pasos apresurados y por la puerta aparecieron varios de sus profesores y Hermione ya no supo más.
La experiencia le había abierto los ojos. Weasley y los otros no la veían como una amiga. Tendrían que aprender a soportarse si querían estar en paz durante los 7 años que estuvieran en Hogwarts. Habría discusiones y pleitos sin duda, pero ahora que finalmente podía dejar de intentar ser su amiga no le veía objeciones a decirle una o dos cosas sobre su forma de comer, hablar o mover su varita.
Noviembre trajo consigo temperaturas aún más frías y un partido de Quidditch que Hermione decidió saltarse. En su lugar, se la pasó en la sala común adelantando todas sus tareas, lo que le daría tiempo para salir más tarde a los jardines y disfrutarlos en soledad, mientras el resto de sus compañeros estaban adentro. El domingo, sin embargo, Harry Potter le pidió ayuda con una tarea que ella había hecho una semana atrás. Dividida entre no ayudar indirectamente a Weasley y negarle la ayuda a Harry, quien, Hermione podía ver, no tenía malas intenciones sino malas compañías, finalmente optó por explicarle sólo lo absolutamente necesario y hacerlo rápidamente, antes de que Weasley llegara. No se dio cuenta que Neville había estado escuchando la explicación hasta que, al darse la vuelta repentinamente, chocó con él y todas las cosas del chico quedaron esparcidas por el suelo. Hermione se dio prisa para ayudarle a recogerlas, mientras se disculpaba profusamente. Neville, con la cara roja, sólo le dijo que no se preocupara, que de todos modos probablemente tendría que reescribir todo. Hermione no le había puesto mucha atención esta semana pero, ahora que lo veía de cerca, pudo darse cuenta de las profundas ojeras y cara demacrada que ahora ostentaba. Sosteniendo bien los rollos de pergamino a medio enrollar se dirigió a una mesa alejada de sus compañeros sin decir palabra, esperando que Neville sólo la siguiera. Afortunadamente, Neville era un chico no sólo tímido, sino prudente y discreto, por lo que espero a llegar junto a ella, ya sentada a la mesa, para preguntarle por qué se había llevado sus cosas hasta ahí.
"Bueno, creí que preferirías que trabajáramos aquí, pero si lo prefieres podemos ir a la biblioteca". Neville le regaló la sonrisa más brillante que le había visto desde que lo conoció en el tren y se sentó. Esa tarde la pasaron no sólo haciendo la tarea de ese día, sino platicando sobre las clases y su vida en Hogwarts. Hermione se dio cuenta de que Neville, aunque provenía de una familia de magos, no estaba mejor adaptado a su nueva vida que ella. Los chicos de otras casas, en especial Slytherin, lo molestaban continuamente, e incluso sus compañeros de casa se burlaban de él. Ni siquiera sus compañeros de dormitorio se veían dispuestos a aceptarlo fuera de las horas de estudio en la biblioteca, o cuando trabajaban en la sala común. 'Pobre Neville', pensó Hermione. 'Lo único que le hace falta es un poco de confianza, así los demás lo aceptarían'. No obstante, Hermione se dio cuenta de lo errónea que era esa esperanza. '¿Por qué debería Neville cambiar para ser aceptado? Su caso no es diferente al mío. Ambos somos rechazados porque no nos conocen lo suficiente pero quizá nosotros podamos cambiar eso'.
A partir de esa tarde, Hermione empezó a invitar a Neville a unirse a ella para trabajar en un rincón de la sala común hasta que finalmente él se sintió seguro de no ser rechazado y se le unia cada que la veía estudiar. Ron Weasley había intentado la misma técnica, pero, como si expidiera un olor particularmente fuerte, Hermione sólo había levantado la cabeza y lo había mirado con tal frialdad que este sólo se había puesto rojo y dado media vuelta al instante.
Llegó diciembre y Hermione empezó a ponerse algo ansiosa. ¿Qué pasaría si Neville iba a casa y decidía que no valía la pena relacionarse con ella? ¿Y si al volver comenzaba a evitarla? Hermione sabía que, por su estatus de sangrepura su familia podía esperar de él que se relacionara con chicos como Weasley o Potter, famoso entre las familias mágicas. Hermione, de familia muggle, representaba el ostracismo que se consigue al relacionarse con la peor compañía, especialmente para alguien de familia mágica. Con todo eso en mente, no se atrevía a preguntarle a Neville sobre sus planes de navidad, pero no hizo falta. Una tarde, mientras escribían un ensayo de herbología que ponía a Neville de un humor excepcionalmente bueno, este le preguntó cuáles eran sus planes para navidad.
"Creo que mis padres tienen planeado que vayamos a las costas de España a pasar la navidad allá, después de todo no tenemos más familia. Ambos son hijos únicos y mis abuelos ya fallecieron hace tiempo". Y, sin pensarlo más, decidió que preguntarle sobre sus planes era lo más adecuado.
"¿Y qué hay de ti? ¿Dónde lo pasarás?"
Neville se lanzó a describirle a su familia y las tradiciones familiares que tenían para las fiestas navideñas, explicándole un poco acerca de las tradiciones navideñas mágicas en general. Estaba entusiasmado por ver a su familia de nuevo y, hablando de lo mucho que los había extrañado dejó escapar lo mucho que se alegrarían cuando supieran que era amigo de la chica más brillante de su clase, que incluso era la estudiante favorita de la profesora McGonagall, una personalidad admirada entre los Longbottom mayores de edad.
Hermione no sabía qué decir. Escuchar a Neville llamarla su amiga le conmovió tanto que casi no escuchó cuando él le preguntaba si le podía escribir durante las vacaciones y luego, recordando que ella le había dicho que estaría de vacaciones en España, le decía que probablemente no tuviera tiempo ni para leer su carta. Hermione se apresuró a corregirlo. Le encantaba escribir y recibir correspondencia y podía escribirle todos los días si quería.
Esa navidad, mientras abría sus regalos y descubría uno cuyas decoraciones se movían, Hermione pensó que hacer un amigo con quien compartir una gran parte del día y sin hablar únicamente de libros sólo le había tomado 12 años. No necesitaba tener resoluciones de Año Nuevo, sólo una: ser la mejor amiga para Neville Longbottom.
