Rimpianto

Palabra en italiano para añorar, lamentar o sentir nostalgia por algo o alguien.

El viento corre con cuchillas en los patios del Kremlin, la sede del nuevo capítulo de la Conferencia Europea. Después de la crisis del COVID-19, fue imperativo convocar a una reunión entre las naciones para discutir los pasos a seguir con el cambio climático, que empezó a atacar nada más inició el año. Un recuerdo de los últimos años que Italia quiere borrar.

Es una nación con demasiado en contra como para no sentirse cansado. Con toda y su buena actitud, casi pareciera que su crisis sucesivas va a acabar por fin con su eterno optimismo. Lovino no está de acuerdo, por supuesto, y lo ha obligado a asistir bajo la queja de que le disparará a cualquiera que lo insulte si no está él allí.

Su jefe, Draghi, está envuelto en una capa blanca que emula los cielos rusos en sus días más llevaderos. Están esperando a que las demás naciones pasen la línea de control para no romper la burbuja de protección que se ha creado para la reunión.

—La signora Merkel me llamó hace unos meses de manera privada —dice el hombre, su voz siempre le recuerda a Italia a sus viejos maestros del renacimiento—. Dice que le enviaste un regalo a Ludwig.

Italia quiere esconderse tras un arbusto, si hubiese alguno; o correr, si el frío se lo permitiera.

—Estaba aburrido y Francia me envió algunos catálogos, era muy bonito.

Su jefe mostró una sonrisa sardónica.

—El director de Hugo Boss dijo que la colección la habías inspirado tú, totalmente.

¡¿Por qué había sucumbido a sus instintos de llamar?! Tan fácil que era desempolvar alguno de sus viejos trajes o fotografías. Sabía que estaba siendo descarado, pero el dinero ni siquiera venía de las arcas públicas, eran sus ahorros ¿no le habían dicho que se dedicara a mantenerse tranquilo mientras trataban de solventar lo que sea que fuera su crisis ahora? Casi todo el 2020 lo había pasado en cama y el último año se había sentido realmente decaído por la tasa de natalidad. Era una pequeña alegría minúscula la que estaba presentando.

—No te voy a regañar, Feli —dice el hombre, a su manera discreta—. Solo podría pedirte que la próxima vez lo hagas por un canal oficial como parte de un procedimiento estándar, a muchos les pareció un poco de mal gusto.

Italia sabe que algunos de sus ciudadanos odian a su presidente, él mismo en los últimos meses ha estado más dispuesto a llorar ante el Senado que a tener otra tediosa reunión con él, pero, al menos en el tema de Alemania, no parece especialmente tendiente a alejarlo, como había sucedido con otros.

—¡Feliciano! —el hermano mayor Francia ingresa al patio, luciendo una gabardina color salmón y arrastrando a su presidente por el codo como si fuesen un par de amigos en un paseo.

—¡Ciao, Francia! —responde, recibiendo un cálido abrazo de su vecino—. ¿Qué tal has estado?

—Muy bien —expresa exultante, como si olvidase que está frente a sus jefes—. Mi gente ha vuelto a marchar y hacer protestas. Huelgas aquí y allá ¡ah! El amor está en el aire.

Francis siempre está feliz de que sus ciudadanos luchen por sus derechos, o por cualquier cosa que involucrase cantar mucho, detener el tráfico y sentirse parte de todos. Casi puede olvidar que a veces son tan superfluos como para olvidar algunas cosas básicas como el buen trato. Aunque, siendo sincero, vivir en París, rodeado siempre de gente extranjera tratando de vivir "una aventura francesa" debe ser un tanto agotador.

Detrás de Francis, sus jefes se dan la mano y comienzan a hablar en un muy apropiado italiano, que resulta divertido a sus oídos. Generalmente, los jefes de estado se comunican en un inglés plano que deja de lado la alegría propia de sus propios idiomas.

—Me gusta tu nuevo look, Italia —comenta Francia, dando vuelta al cuello de su abrigo para mirar la marca—. ¿Un regalo de Ludwig?

—... —de qué manera le explica que sí es un regalo alemán, pero no de Alemania.

Apartándolo de los demás, con la excusa de buscar algo de café, lleva a Francis hacia uno de los pasillos laterales donde han puesto una barra con diferentes alimentos y bebidas. Tal vez sea la única persona que entienda por lo que pasa. Francia ha tenido, reiteradas veces, intentos de acabar consigo misma o ser acabado por otros.

El problema con todo este asunto de la moda es que Italia se aburría mortalmente en su casa, encerrado desde primavera por la pandemia y acosado, días sí, días no, por malestares cada vez más extraños que lo hacían sentir apagado y molesto. Sabía que su gente lo pasaba mal, tan mal que empezaban a ver con nostalgia cosas tan horribles como los periodos de violencia de la mafia, o la guerra.

Él había hecho lo propio, sacando los viejos álbumes que escondía en su ático en Venecia. Allí había cosas que nadie vio nunca; como una carta desesperada que jamás envió, en la que le advertía a Ludwig que Lovino había decidido entregar información a los aliados y que él estaba tan cansado que no veía más solución que rendirse. La carta nunca se fue, pero Alemania nunca le guardó rencor de todos modos. También había dibujos que nunca terminó, recuerdos de todas las veces que perdió y de todas las armas que disparó (un poco demasiado violento todo para alguien que prefiere pintar y comerciar antes que declarar una guerra). Incluso conservaba un traje renacentista que usó en algún momento para un festival de disfraces... había besado tantas chicas lindas esa noche, y bebido tanto, que fue difícil evitar que se tirase al mar desnudo en la madrugada.

Al final había encontrado una vieja camisa de la segunda guerra mundial, con un chaleco de del Frente Oriental Alemán encima. Era de uno de sus accidentes, Ludwig lo había sacado de una situación espantosa, envolviéndolo en su ropa y enviándolo junto a otros soldados detrás de la antigua frontera alemana. El recuerdo lo llenó de lo que podría denominar nostalgia. Estaba tan solo y la idea de Alemania protegiéndolo de todos le parecía romántica, aunque en términos estrictos lo que defendieran en ese momento fuese cuestionable.

Estaba melancólico, enfermo y con miedo, esta vez no podía llamar a Alemania para que lo sacara de ahí. Tampoco podía correr a buscarlo por ayuda. Así que no pudo hacer más que echarse a llorar de manera desconsolada, abrazando el viejo uniforme.

Más tarde, cuando pasó su momento y le envió a Alemania diecisiete fotos de sus nuevas pinturas ofreciendo la mitad para su casa; a cambio, Alemania le hizo una llamada para preguntar por su rutina, por sus hábitos de sueño y si estaba haciendo algo de ejercicio.

—Suenas como en la guerra, ve~ —había dicho, arrepintiéndose de manera inmediata, Alemania nunca hablaba de la guerra.

—Preferiría la guerra, allí sabía lo que estaba matando —sonaba cansado.

—¿Sigues ayudando? —obvio sí, Alemania iba a donde su gente iba. Él sería el primero en encausar cualquier cosa hacia un trabajo conciso y elegante que reflejara el espíritu nacional.

El suspiro del otro lado de la línea, le dio una clara impresión del trabajo de su amigo.

—Estaba ayudando en el hospital, en el área de niños —la voz en el teléfono se había quebrado—. Tuve una crisis en mi descanso de ayer. No había visto morir tanta gente desde hace tanto, mucho menos niños. Me recordó a la toma de Berlín y yo... bueno, creo que ahora voy a un nuevo psiquiatra.

Feliciano lo escuchó un buen rato, teniendo pequeñas intervenciones de apoyo cada tanto. Desde que Ludwig le comentó que se inscribiría en la universidad de Munich para estudiar medicina a mediados del 2005, supo que era algo más que la intriga por la ciencia lo que le llevaba a tal decisión.

Se había ido a dormir con el teléfono en alta voz y una soledad más extraña que cualquiera de sus aventuras.

Días después estaba dando vueltas por su casa mientras pensaba en un buen regalo para Ludwig. Deseaba entregarle algo que lo hiciese sentir seguro y reconfortado con su pasado, como una protección, sin de meritar sus logros. Quería la mejor versión de Alemania que pudiese encontrar.

Sobre una silla encontró la camisa y la chaqueta de la guerra.

La ropa siempre ayuda a que las personas se sientan más ellas mismas.

Tomando su celular del sofá, buscó en algunas tiendas al azar hasta que llegó a una marca inglesa... y tuvo una idea.

Treinta minutos después, alguien atendía su llamada a las oficinas de Hugo Boss. En realidad, no esperaba que tuviesen su número registrado, pero le pareció que, ser el mejor amigo de su más afamado cliente lo mantenía en la bandeja de "llamadas prioritarias". Tal vez el tema de la cuarentena si le había causado alguna alteración nerviosa, como su hermano no dejaba de señalar a gritos.

Fue un poco abrumador cuanto tuvo al otro lado de la línea a Michael Kampe* preguntando qué podía hacer por él. Podría haber dicho simplemente: "Vi una chaqueta de Burberry inspirada en el uniforme de la segunda guerra mundial y de pronto tuve mucha nostalgia por Alemania, a quien no he visto en un año, así que me pregunté si podían hacer un traje de la Wehrmacht". Dios no, eso ofendería a más personas de las que estaba dispuesto a ver a los ojos y Alemania se metería en problemas.

—Ve~... estuve buceando por su catálogo estos días y quería preguntar, qué tanta disponibilidad de prendas de viejas pasarelas tiene —en Milán hay miles de casas de moda, incluso Boss tiene una allí. Sabía cómo manejaban todo, solo quería tantear el terreno.

—Bueno... —el hombre parecía contrariado. Cuando una nación llama a una casa de moda es, generalmente, para pedir un nuevo diseño, exclusivo y a la medida para algún evento importante—. Creo que todo después de 1988 tiene disponibilidad, incluso podemos recurrir a viejos patrones. Antes de eso, hay cosas que como usted sabrá... bueno, no podemos sacar del armario.

Italia había mirado por la ventana de su apartamento hacia el soleado día del exterior. Los atracaderos de Venecia estaban a media capacidad, las personas temerosas de salir de sus casas se asomaban en balcones desvencijados.

—No se preocupe, nadie tiene ganas de revivir viejos dolores de cabeza... Ve~ —escuchó un suspiro de alivio desde el otro lado. En realidad, fueron varios.

Sabía que Alemania no llamaba allí nunca, siempre lo hacían los asesores de sus jefes o alguno de los secretarios que le asignan rutinariamente. Esa debió ser la primera vez que tratan con alguien del Eje desde el final de la guerra.

—Pero si quiero algo para Alemania —se animó a decir.

—¿Y por qué no algo de la nueva colección? —la voz de una chica iluminó la llamada, hablando alemán con un marcado acento francés.

—Alemania no consciente nada que no lo haga ver el hombre más sobrio del planeta. No dejará que le regale nada que dañe su imagen. Es posible que, si no le gusta, solo lo guarde y nunca lo vuelva a ver.

Hubo una discusión en un alemán bastante rápido, Italia distinguió palabras como "exclusivo" o "único" y algo como "puedo hacer un uniforme militar que no sea militar" entre más personas de las que esperó que estuviesen escuchando su llamada. Sí, la soledad y el aislamiento le han hecho mucho mal... si alguien se ocupa de comprar ropa es Romano, a veces solo le pide a Francia que le sugiera algo bonito. No está en una llamada porque extraña la peor época de su historia reciente... bueno, ya no es la peor; quizá por eso le estaba cogiendo el gusto a la nostalgia por el fascismo. Bueno, no por el fascismo, únicamente por Alemania en traje militar gritando a todo lo que podía ver.

¡La jefa de Alemania iba a gritarle de nuevo!

—Creo que hay algo perfecto para... —la voz de la chica lo sacó de su estupor mental, se encontraba dudosa de cómo debía llamar a la encarnación de una nación.

—Puedes llamarlo Ludwig, le gusta su nombre —propone—. O señor Beilschmidt, si le parece mejor.

—Bueno, le estoy enviando a su número algo que le gustará para el señor Beil-schmi-dt —sonaba como una chica de perfecto maquillaje, con olor a jazmines, que intentaba no meter la pata frente a un hombre muy, muy poderoso. ¿Qué hubiese pensado si le decía que Alemania nunca mencionaba su apellido?

El teléfono vibró, así que lo mantuvo en alta voz para mirar lo que le enviaron. Recuerda haberse enojado consigo mismo por no recordar dónde dejó sus manos libres. La imagen en su teléfono le generó dos cosas: una profunda necesidad de ver a Alemania usando eso y la necesidad de quitarle esas prendas a Alemania una vez las tuviese puestas. Oh, porque sí que podía imaginarlo en ellas, luciéndolas para pasear por alguna plaza en diciembre después de una cena fastuosa.

Quería estar en Alemania. Deseaba estar encerrado en Alemania. Los encierros con Ludwig constituían estar bajo las mantas, beber té o chocolate, leer libros e intentar hacer algo de ejercicio que terminaba por ser el dormitar frente a un fuego hogareño en la sala principal. La soledad de Venecia es la de cualquier banco o museo al cerrarse: nada más que Historia apilada con la piedra que se traduce en dinero que no corre. Italia siempre ha estado feliz de ser lindo, de generar dinero y de no tener comparación a la hora de poder salirse de un embrollo sin levantar un arma. Pero, en situaciones como esta, sólo necesita que un par de manos y brazos enormes le protejan de cualquier situación de fuera.

Francia se ríe mucho cuando termina su historia. Dando palmaditas en su cabeza como compensación por su mohín.

—Feli, eso muy fue tierno. Aunque creo que algo dramático. Ah, todo sea por ver a Alemania en uniforme —enseguida le guiña un ojo sin nada de disimulo.

Bromean algo más, al tiempo que recogen un par de bombones y dos tazas de café. Lo mejor del frío es la comida que lo acompaña. Mientras comen, Francia lo molesta, en medio de risas, por se hizo amigo de Alemania.

—Cuando me capturó, le dije que me gustaba la comida de la cárcel, pero que hubiese preferido la pasta —responde, con sinceridad—. Al día siguiente me preguntó cómo se hacía la pasta. No le salió bien así que me llevó a las cocinas. Hice mucha y se la comió toda.

—¿Así es como te hiciste amigo de alguien tan sanguinario y rígido? —la sorpresa de Francis es como una puñalada, Alemania es mucho más que sus malas decisiones.

—También porque era grande y muy musculoso.

Francia se ríe y continúan caminando. Pero es cierto, la razón por quedarse con Alemania es que era la primera vez que alguien con tanto poder le dejaba tomar confianza con facilidad (si no cuenta a quien no se atreve a nombrar). No lo llevó a su casa a las malas (fue más amable que sus anteriores captores), no le exigió un rescate (no le vio un uso estratégico), le dejó comer lo que quisiera (así se callaba). Las celdas de Alemania eran más cómodas que los años de servidumbre para Austria. Además, Ludwig podría tener ideas atroces, pero siempre quería protegerlo y darle una mano, incluso intentando que fuese mejor para la guerra a pesar de su historial de derrotas. Ludwig no le miró mal después de dos traiciones, solo le envío cartas con recomendaciones para evitar que otras naciones le hicieran lo mismo que le hicieron a él, incluidas las violaciones y los golpes.

Francia está hablando de algo, sinceramente no tiene ganas de escucharlo. Está pensando en las posibilidades de la maldad; lo que hizo Alemania estuvo mal, pero nadie se comportó mejor que él, Francia e Inglaterra se hicieron los desentendidos hasta que la guerra ya era una realidad inevitable ¿no había sido esa la posición de todo el mundo también para esta pandemia? ¿Y no lo era para el cambio climático? Si Europa se había merecido la guerra, tal vez también se merecen el fin del mundo.

Es cuando llegan al final del pasillo, de vuelta al patio donde están los demás, que Feliciano distingue las conversaciones de nuevo. La voz de Ludwig, el ruso perfecto en el que habla con Iván de nuevos lotes de vacunas, le lleva a desviar la mirada hacia su dirección.

¡Está llevando su regalo! La gabardina gris y negra, el chaleco de cuero, con los cierres metálicos, el perfecto pantalón de pana y unas botas dignas de cualquier comandante. El nudo de la corbata es tan perfecto que Italia siente que sus rodillas van de ceder bajo su peso. Va a llamarlo a viva voz cuando alguien más lo llama a él.

—Herr Vargas —el nuevo jefe de Alemania está a unos cuantos pasos de él, cerca está su propio jefe, el jefe de Iván y el jefe en funciones de Inglaterra (Dios salve a la reina)—. Me alegra mucho verle ¿ya se encuentra mejor?

—Mio signore, le agradezco su preocupación. Me encuentro mejor de salud, aunque tendré que ser más cuidadoso en los próximos años si no quiero desaparecer —le da una sonrisa al final. Los humanos a veces suelen esperar este tipo de desapego de los países por su propia vida. A Italia le duele, su vida es la vida de la gente que pinta sus obras, escribe sus poemas, canta sus canciones, construye sus monumentos, hace sus vinos, disfruta el mar, sale de fiesta y se aman. ¿Cómo no amar su propia vida si significa la extensión misma de las dificultades de otros y de la tierra que pisan, cultivan, admiran y aman?

—Nadie quisiera que desaparecieras —el jefe de Rusia da tanto miedo como el mismo país.

—Gracias —les responde con otra sonrisa.

El jefe de Alemania, del que aún no se aprende el nombre, le da un par de golpecitos en el hombro y otro en la mejilla, como una madre que consiente a su hijo después de una travesura.

—Tendremos que hablar después —le dice. Otra charla incómoda que no quiere tener.

En ese momento, un soldado ruso llega al lugar y les indica a todos que la sala para la reunión está lista y desinfectada. Todos comienzan a caminar tras él, Italia retrasa sus pasos y, en el momento en que tiene a Alemania a su lado, hala de la manga de su abrigo para retenerlo. Su café se tambalea un poco. Él se gira desconcertado para mirarlo y lentamente retrocede. Años de sutilezas sirven para estas situaciones. Claro que no tiene nada de que hablar realmente, solo quiere que lo acompañe, que camine a su lado.

Ludwig es bueno en eso, ni siquiera fuerza un saludo. Sus pasos son deliberadamente lentos y se retrasa hasta acompasar con los suyos. Por primera vez en mucho tiempo, se siente acompañado.

...

Las preocupaciones de Ludwig comenzaron cuando Feliciano cayó en coma. No era algo que otros países no hubiesen sufrido en el pasado. China, milenario como es, ni siquiera se había sorprendido cuando la situación se comentó a través de una junta en zoom.

—Puede estar así unos cuantos meses o años, depende de lo que pasé con su población —diagnosticó la anciana nación, mientras su jefe la miraba con preocupación.

Alemania conocía esa expresión. El hombre estaba calculando la manera de evitar a toda costa que eso sucediera; lo bueno de tener una versión física de una nación es que puedes probar en ella lo que le sucede a la tierra que representa y a los ciudadanos que la habitan. China ha sido experta en probar eso durante milenios.

—¿Entonces sugieres que solo deje a mi hermano en una cama como si fuese la bella durmiente? —Lovino se veía, si es que se podía, más enojado de lo usual.

—Se va a despertar —la voz clara y monótona de Austria irrumpió por su auricular con determinación—. Las naciones como Italia no se mueren únicamente porque su gente sé enferme. En ese caso, Francia hubiese sucumbido a la peste igual que España. Italia pasó por lo mismo en esos años.

Los aludidos sonrieron orgullosos. La peste se había convertido en un tema común en lo que iba del 2020 y parecía verse un resurgimiento de las más arcaicas y extrañas supersticiones. Alemania, en su practicidad y ciencia, encontraba todo aquello salido de una terrible novela distópica.

Las cosas continuaron más o menos igual el resto del año, con leves esperanzas cuando Rusia y su jefe anunciaron la primera vacuna. Después, la esperanza se hizo más tangible, con las más que esperadas creaciones de América, financiado por la Unión Europea y de China, que miró por sobre el hombro a todos y su encierro fue tan severo como en la edad media. Este declaró, que el exterior no solo era peligroso por lo que podemos hacer en él, sino por lo que harían quienes lo habitan. Sus ciudadanos, de acuerdo con ello, se sentían satisfechos de las medidas de protección. Alemania estuvo de acuerdo cuando, a pesar de que el 2021 estaba más que bendecido por sus vacunas, las personas o no creían en ellas o seguían teniendo prácticas insalubres. Además, Italia, luego de despertar, seguía presentando malestares constantes.

—No hay nada que podamos hacer —su jefa, sentada en su oficina, seguía revisando los oficios que preparaban todo para el momento en que dejara su cargo. Ludwig iba a extrañarla, había pasado los mejores momentos como nación a su lado—. No es como que podamos obligar a la gente a tener hijos.

Herr Merkel siempre había sido clara, concisa, pero ante todo, amable. Sus palabras no eran más que la conclusión de una obvia condición insuperable. Si los italianos preferían el desgaste paulatino de sus ciudadanos, no podía hacer nada contra ello. No era su deber. Tampoco deber de Herr Merkel, por mucho que ella quisiera a aquella patria como si fuese la suya propia.

—Vamos a visitarlo a finales de año, pasaré a ver a Draghi y a Francisco por última vez antes de dejar el cargo. Además, la universidad de Turín le ofreció una plaza a Joa.

El esposo de su jefa era aún más interesante que ella, un hombre dedicado a la ciencia que se apartó de los reflectores, tanto por el valor que le daba a la discreción, como por dejar brillar sin condición la carrera de su esposa. Podría usar el tiempo de ambos en casa de su vecino como una excusa para visitarlo de manera más asidua sin que nadie dijera, una vez más, que malgastaba su tiempo.

Desgastante. Las llamadas con Italia se hicieron tan comunes en estos meses que se sorprendió analizando hasta la más mínima inflexión en la voz de este.

—¿Estás ocultando algo? —No había sido una acusación real, solo una sospecha. Pero Italia, siendo Italia, soltó todo sin presión.

—Te envié a hacer una regalo —dijo—. Es muy, muy bueno. Es tu estilo.

Los regalos que involucraban su gusto, desde la mirada de Feliciano, terminaban en un seguro regaño de un vendedor o de una muy preocupada persona que creía que por alguna razón estaba organizando un evento multitudinario. Le gustaba más cuando Feliciano nada más veía algo y pensaba que era lindo, por lo que lo enviaba junto a una postal y una carta llena de poemas, retazos de libros o fotografías. El olor del sol mediterráneo y el color de los campos bajo el mismo parecían vivir en cada una de esas pequeñas muestras de amor y persistían en su corazón.

—Espero que no sea nada extravagante.

—No, no, no. Es, solo… —su actitud risueña y enérgica pareció apaciguarse, cortando el aire, a pesar de encontrarse a kilómetros, conectados únicamente por el sonido de sus voces—. ¿Recuerdas tu llamada desde el hospital? Bueno… tampoco he estado muy bien, con los pensamientos. A veces… a veces estoy reflexionando las cosas dos o tres veces y me parece mejor si todo se acabara de una vez.

Escuchar una versión ajena de sus propios pensamientos fue inquietante. Escucharlo de la persona más alegre que conoce lo fue aún más.

Sabe que Feliciano puede ser muy oscuro, con largos recovecos en su mente a los que solo se accede después de luchar. No se trata únicamente de que pueda ser violento, si no cuanto se recrimina a sí mismo por ciertas cosas, la manera en que lo maneja y como, lento y seguro, determina con ello su temor a dar un paso al frente, tomar una decisión por sí mismo o aceptar que necesita algo de ayuda en otra cosa que no sea atarse los zapatos. Él ha aprendido a cuidar de esos pequeños detalles, más que de los grandes errores, pues son estos los que destruyen su alma.

—¿Hay algún pensamiento más usual que el resto?

Lo primero que aprendió cuando estudió medicina fue que no debía recetar, estudiar o diagnosticar a su familia o allegados, pero… las naciones seguro que están fuera de las categorías de parentesco a considerar.

—Bueno. Yo, creo que extraño la guerra. No puedo disparar un arma, pero al menos puedo verte. Y… si alguien te hiciera algo, podría ayudar. Aquí estoy muy solo. Fratello está encargado de todo lo administrativo hasta que esté mejor ¿consideras que pueda enloquecer?

—No lo creo. —Tampoco es que le quisiera decir que lo entendía. No necesitaba darle alas—. Pero ¿qué tiene que ver esto con mi regalo?

Del otro lado de la línea hubo una risita.

—¡Italia!

—No te puedo decir hasta que lo veas.

Y lo había visto. Y la mirada divertida de su hermano mayor desde el vestíbulo cuando lo descubrió abriendo el paquete no ayudó en absoluto. Prometió encontrar el momento preciso para usarlo, pero no se presentó; ni en la visita a Italia, ni en navidad. Fue necesario cuando Rusia pareció encontrar muy interesante poner tanques en la frontera con Ukrania.

Por eso están aquí hoy, en casa de Iván, intentando conciliar algo.

Las naciones siguen reacias a cualquier contacto real los unos con los otros. Sus jefes, siempre abrumados por el espíritu humano de la competencia, parecen especialmente decididos a demostrar que pueden ser más "civilizados" que su vecino. Su nuevo jefe, aún más práctico que la anterior, tiene un claro disgusto por toda la situación. Alemania también quiere regresar a casa. En su experiencia, solo están aquí para darse palmaditas y aumentar más la llama bélica.

Su traje es perfecto para aquel ambiente tenso.

Saluda, habla, se relaciona. De manera muy profesional evita al primer ministro inglés y debate con Iván acerca de los avances en estudios científicos sobre la vacuna. Entonces lo ve. Italia trae un bonito conjunto azul claro, perfecto para el invierno. Si de algo le sirvió el catálogo que vino con su traje, es saber aquel también es un regalo.

No importa. Como con otras cosas, mejor no preguntar. Es mejor observar su sonrisa y escuchar que divaga, a pensar que puede estallar una guerra.

Se quedan juntos el resto de la reunión, mientras escuchan los tensos discursos de los allí reunidos. Iván dice que no se echará para atrás, lo dice con tanta indiferencia como ha tenido desde el 91. Ludwig empieza a tener jaqueca cuando el jefe de Arthur asegura que América ha dado su respaldo para cualquier acción disuasoria. Arthur, frunciendo el ceño, no mira al hombre en absoluto. A Arthur siempre le duelen las guerras en las que es llamado sin obtener botín.

—Es una completa estupidez —Erzsébet suele ignorar las reuniones de la UE. Para ella siempre ha sido un desgaste el existir de manera tan pobre luego de la disolución del imperio—. Aún hay gente muriendo por la enfermedad y ustedes se quieren seguir peleando por una estúpida posición política.

Austria ni siquiera está asistiendo, por lo que sabe, se ha concentrado en solucionar lo que pasa en su casa y no en el resto del continente. Es absurdo dado su personalidad, pero eso también deja ver lo mal que va todo. ¿Todos están tan rotos?

Al final, no se resuelve nada. Como siempre.

Erzsébet tiene razón, la política es absurda: tanto para el que tiene tanto poder que desdeña su papel, como para aquel que tiene tan poco que el esforzarse por comprender es un gasto. Su jefe está enojado y el Italia también. Acuerdan tomar el mismo avión hasta Berlín para proponer una sanción internacional que pueda frenar todo esto.

Dos horas después, cuando las violentas tormentas de nieve han bajado, se encuentran en un avión privado. Lovino, sentado en una de las ventanas, ignora a todos los presentes con la música de sus audífonos y unas claras amenazas masticadas entre ritmos. Feliciano, en cambio, está atado a su antebrazo escuchando la charla de los políticos con una fijación impropia. Cubierto por una manta y arrinconado a su lado, parece un adolescente deslumbrado por una charla adulta interesante.

Ludwig hace bien en recordar que es mucho mayor que él mismo y que, más allá de sus actitudes despreocupadas, puede tener ideas peligrosas.

Lo sacude un poco, llamando su atención. Los ojos pardos cambian de la intriga a la completa adoración. Es un tanto abrumador aquella devoción absoluta. Olvida que piensa decir, aunque su compañero lo arregla con facilidad:

—Nadie va a notar si nos vamos atrás, ve~ —susurra en su oído. Su idea inicial, de exclusivamente preguntar por el estado de ánimo del otro, se esfuma. En cambio, el rubor más impropio caldea sus mejillas con rapidez. Nadie debería culparlo, ha estado lejos del objeto de sus afectos más de lo que alguna vez planeó. No recuerda ningún instante de su vida donde tuviese que dejar a Italia por tan prolongado motivo.

Lo arrastra sin mayor cortesía. El avión tiene una sala privada en la que pueden ser solo ellos sin lo demás: las adiciones melancólicas de sus ciudadanos y las regias instrucciones de sus gobiernos. Al menos, por lo que queda del viaje.

Feliciano se instala en un cómodo sillón junto a un bar de madera. La reliquia, herencia de los aviones privados de los años 70, podría estar más cómoda en una casa de campo que a tantos kilómetros del suelo. Ludwig entra en la habitación y echa el cerrojo en la puerta, lo cual no es sino una invitación a que cualquiera se trate de asomar en cualquier momento. Herr Merkel, innumerables veces preguntó por la naturaleza de su relación con distintos grados de intriga.

—¿Lo amas demasiado o tienes miedo de no amarlo lo suficiente? —le preguntó una tarde del 2010, cuando llegó tarde a una conferencia por distraerse con una visita a un museo. Una exposición renacentista que Feliciano describió tanto en las técnicas como en los hombres y mujeres que las habían ejecutado—. No es tu responsabilidad.

—Claro que sí. Es mi responsabilidad mantener la buena relación con otras naciones para la prosperidad de la paz.

—Nunca he visto a un solo italiano que le traiga paz a un alemán —dictaminó ella, con una sonrisa y un suspiro mientras le entregaba el nuevo plan de manejo ecológico que había aprobado el budenstag.

Ahora, observándolo jugar con una botella de aspecto arcaico, cree que puede ser la segunda opción. Si no lo ama lo suficiente, Italia podría irse en cualquier momento. Si no lo ama como es debido, estará abandonado con su corazón extraño. Si no lo ama, la próxima guerra o la próxima pandemia o la próxima crisis económica podría extinguirlo, consumirlo, desaparecerlo y no está preparado, joven como es, para un anhelo eterno por un ser que se va a disgregar sin dejar más que páginas de historia mal redactada.

Camina hasta su lado, dejando que le haga espacio en el sofá.

Como cada una de las veces que se encuentran a solas, es muy clara la facilidad con que se enredan el uno sobre el otro como una parte indivisible de su personalidad e intereses particulares sobre el territorio del otro. Fundirse en el calor compartido, el olor a sol, a felicidad y a vida del otro es tan, pero tan importante para sentir que su existencia como nación vale la pena completamente. ¿Por qué que sería de las antiguas tribus bárbaras del norte si no tuvieran batallas épicas contra los bravos soldados del sur para contar en sus fogatas luego de derramar sangre en la tierra para honrar a dioses de árboles y viento? La Historia no son la batallas épicas, lo sabe, sino los pequeños hechos que día a día configuran la toma de decisión de sus ciudadanos. La Historia y la vida, es la boca de Feliciano robando el aire, sonriendo, besando; es el trasegar de sus manos sobre el arte y sobre su cuerpo, como el campesino que dedica cada mañana a surcar de la manera adecuada la tierra.

Su beso es, al fin y al cabo, nada más que una invasión intempestiva producto de una desoladora hambruna de afecto.

—Te extrañé mucho —la voz de Italia está aplastada contra su boca—. Creí que me iba a morir y luego solo podía verte cuando pensaban que estaba bien. Es tan injusto.

—Había que pensar en la gente con la que estábamos —le consuela, pasando sus dedos por el sedoso cabello castaño. La respiración del otro pone sus nervios de punta allí donde toca su cuello sensible, también anticipa la sensación de un beso allí, uno ansioso, necesitado y animal. En cambio, siente el eco de una sonrisa. Las sonrisas siempre son mejores que cualquier otra cosa.

—Eres demasiado bueno. —Ha escuchado eso demasiadas veces. En demasiados escenarios trágicos.

—Hago lo necesario. —En sus brazos, estrecha a la pequeña nación hasta que esta exhala un pequeño grito de socorro. Se ríe mientras lo suelta. El rebelde rizo castaño está ahora enredado entre otros tantos.

Ve como Italia deja ser a su cabellera desordenada y le mira con anhelo suplicante. Las pequeñas y artísticas manos sujetan con aprehensión la chaqueta de cuero que viste.

—Cuando pedí este traje para ti, creí que ibas a verte muy guapo en él —la confesión es a medias una risita y un tono bajo de melancolía—. Ahora, me parece que te ves más como la idea que siempre he tenido de un superhéroe. —Si antes ya se sentía apenado, una última línea lo ata a una percepción de sí mismo no imaginada: —¡Alemania! Eres como mi ángel de la guarda.

Aunque quiere suspirar antes eso, sujeta las muñecas del otro en un signo de advertencia: —No es chistoso.

—No trato de ser chistoso —el cuerpo medio tendido sobre el suyo parece tensarse de repente. Cuando Feliciano frunce al ceño, su parecido con Lovino se hace irritante—. Tómalo en serio, si vuelve a ocurrir una tragedia, voy a llegar corriendo a tu puerta sin preguntarle a nadie.

Alemania sonríe. No puede hacer nada más. Se sale de sus manos el control de esa enérgica nación del mediterráneo.

—Está bien. Pero tienes que aprender a usar un arma.

—No —el puchero viene acompañado de un abrazo—. No, si alguien le hace algo a Alemania yo mismo lo voy a destruir con mis manos.


Este fanfic existe por tres cosas:

1. La salida de Angela Merkel de la CA deja a la UE en una posición bastante delicada, muy similar a la que tenía el continente justo antes de la caída del muro. Y, pues, su vida siempre ha sido una extensión de todo lo que es Alemania, tanto en su posición como en lo personal. Eso, sumado a la crisis en la frontera Ucrania/Rusia, pues me ha hecho pensar mucho en como creamos los lazos internacionales.

2. Tengo depresión, la pandemia no hizo más que ponerme peor y llegó un momento en el que empecé a ver con buenos ojos etapas oscuras de mi vida. Pero, en un giro bueno de los acontecimientos, mi compañero hizo que diera un nuevo significado a esas cosas a través de exteriorizarlas en arte. Precisamente por eso volví a los fanfics. Y, la verdad el fandom de Hetalia significó mucho por allá en el 2010-2014 para mí. Así que, aquí me tienen.

3. Weeeeee estuve dos meses obsesionada con todo lo que tenía que ver con Araki-sensei (Jojo's) debido a unas colecciones de ropa italiana y de ahí salió mi idea. Además de que un amix alemán me dijo que solo por el meme deberíamos disfrazarnos como si fuésemos a la guerra (quedó pendiente para este año). Y yo como: verga, a Italia le ponen los uniformes alemanes de la WWII como a toda persona decente. Lo compro.

Este es el link para el regalo de Alemania: pin/481392647677174088/
Este para el de Italia: pin/60657926221047400/ (este modelo , pero en la versión invierno con pantalones largos. Perdón, perdí el link donde estaba toda la colección y me dio paja ir a buscar todo de nuevo)
Y este de la marca que viste a Francis: apc_paris/_created/

Aprovecho para decir que escribir esto me hizo hacerme menos patriótica de lo que ya era. En momentos de crisis como los que atravesamos, el valor de las naciones debería ser el de únicamente establecer directorios de trabajo para la unificación, no impartir valores que nos separen y nos acorralen lejos de la hermandad y la fraternidad.

(Quítenme a Scheidemann de las manos)