Antes que nada, buenas noches. Estoy aquí para traerles un nuevo y pequeño fanfic (por Arceus que así sea), poco convencional (y por el que seguramente me iré al infierno). No estoy muy familiarizada con el manejo del protagonista de este fanfic, assí que si hay OoC no me odien y denme sus sabios consejos.
Quiero dedicar esta historia a Melgamonster. Ella terminó arrastrándome a un mundo que ella nunca debió conocer. Así que espero lo disfrutes y lo comentes. También mención especial a Tamago que ama el salseo y ver el mundo arder.
Sin más, disfruten y no me odien demasiado.
*Nota: Probablemente muchos que lleguen no conozcan a la mayoría de los OC's que salgan aquí. Y esto es normal porque son personajes derivados de mi fanfic principal de Gintama (Blood and Roses). Una disculpa por ello.
Time
Las frías mañanas se volvían recuerdos fugaces que marcaron el inicio y el final del invierno. Ahora la calidez y el perecimiento de la gélida nieve le daban la bienvenida a la candorosa primavera y a sus coloridos paisajes que convertían aquella ciudad rutinaria en una hermosa atracción.
Sin embargo, esa clase de detalles carecían de importancia para quien contemplaba a esa estación como la etapa del año en que los postulantes al Shinsengumi arribaban al cuartel general en espera de quienes serían sus mentores de ahora en adelante.
—Con cada año que pasa tenemos menos aspirantes —comentó el comandante del Shinsengumi. Él había salido en compañía del segundo al mando—. Bueno, no podemos quejarnos demasiado. En los tiempos de paz no se requiere alzar una espada en defensa del pueblo.
—Podrías tener razón en ello —espetó tras observar a cada uno de los diez jóvenes que llegaron para formar parte de la policía de Edo—. Al menos tienen mejor pinta que los que entraron el año pasado.
—Bienvenidos sean todos. Mi nombre es Kondō Isao y actualmente soy el comandante del Shinsengumi. —Se presentó con la formalidad que le caracterizaba—. El hombre que me acompaña es Hijikata Tōshirō, el vicecomandante. Ambos nos encargaremos de entrenarlos y llevarlos por el camino que los convertirá en policías ejemplares.
—Si piensan que este trabajo será fácil están muy equivocados. De modo que espero estén mentalizados para trabajar arduamente y sin descanso.
Lo peor no eran sus palabras que lucían como una amenaza pasiva, sino la mirada poco cordial que les estaba regalando.
Él llegaba a intimidar a la gente con tan poco.
—Bien. Ahora pasarán algunos de nuestros miembros para tomar los datos que son necesarios para que queden registrados oficialmente. —Isao sonreía con entusiasmo.
Él era tan opuesto a su mano derecha.
—Dense prisa y no estén perdiendo el tiempo —dijo Hijikata para los que fueron comisionados para registrar a los nuevos.
Ambos adultos tomaron asiento en la escalinata que conducía a su preciado cuartel. Mientras esperaban a que los trámites administrativos quedaran listos no caería nada mal un poco de té y unas galletas de arroz para matar el rato y alimentar sus estómagos.
—¿Y cómo están las cosas en casa? —preguntaba Tōshirō—. Escuché que tu mujer te corrió de la casa y te mandó a dormir al patio junto con el perro.
—Podría decirse que Tae-chan tuvo un mal día. —Estaba tan acostumbrado al temperamento de su mujer—. Somos una pequeña, disfuncional y feliz familia. Lo de siempre.
—Y pensar que hasta hace unos años luchábamos para salvar al planeta y vivir un día más. —Una media sonrisa se dibujó en sus labios. Algo en esas memorias del pasado le removían cierta emoción—. Tras ello todo se tornó demasiado tranquilo. Hasta ese maldito sádico sentó cabeza.
—Al final todos acabamos siendo amarrados por alguna loca mujer mientras nos llenábamos de hermosos hijos. —Y algo como eso lo envolvía de plenitud y dicha—. ¿No te hubiera gustado algo así para ti también?
—Kondō-san, ya hemos hablado sobre ese tema muchas veces y mi respuesta sigue siendo la misma. —Tomó una galleta, dándole un par de mordiscos antes de proseguir:—. Jamás he necesitado algo como eso. Ni antes ni mucho menos ahora. —Isao se limitó a suspirar. Siempre era lo mismo con él—. Así como hay personas que terminan con una agradable esposa y un par de hijos, también están los que han optado por transitar esta vida completamente solos.
—Toshi, nadie merece una vida tan triste como esa sin importar el peso de sus pecados.
Hijikata sabía perfectamente que se estaba refiriendo a él. Sin embargo, prefería no decir nada más al respecto; aquel tema era demasiado espinoso por tantas razones.
—No soy el único al que le gustaría verte feliz.
—Kondō-san —pronunció su nombre como manera de pedirle que parara el carro ahí mismo.
—Está bien, me callaré. —Exhaló largo y tendido ante la actitud de su viejo amigo.
Y bien podrían seguir hablando de los temas más banales que se les ocurrieran. No obstante, los repentinos y numerosos murmullos interrumpieron su tranquila charla. ¿Qué es lo que se supone que estaba provocando tanto alboroto entre los nuevos reclutas?
—¿Qué demonios pasa con todos ustedes? —Hijikata fue el primero en llamarles la atención—. ¿Por qué tanto escándalo?
Entonces sus celestes pupilas se trasladaron hasta lo que no embonaba en lo más mínimo con la escenografía que había unos minutos atrás.
El azul rey de su parasol fue lo primero que atrajo la atención de quienes no estaban familiarizados con las criaturas que se movían bajo su cobijo. Lo segundo fue el portador de tan ordinario y peligroso objeto.
El verde celeste de sus pupilas era tan poco usual que parecía ser el atractivo principal de su portadora. Mas tras contemplar lo albo de su piel y el profundo azabache de su rizada cabellera entendían que la suma de todas esas características físicas en conjunto con su elegante hanfu daban como resultado algo que era deleitable a la vista y que no podía ser desatendido.
—¡Yuki-chan! —exclamó Kondō cuando se acercó y abrazó a la joven—. ¿Tan rápido ya ha transcurrido un año? —Se apartó de ella con una gran sonrisa en sus labios—. Has crecido un poco desde la última vez que estuviste aquí.
—Kon-chan, estoy tan feliz de volverte a ver. ¿Cómo has estado? ¿Ya no has tenido problemas con Tae-chan? —expresó sonriente—. Cada año que pasa se va mucho más rápido que el anterior.
—Dímelo a mí que ya empiezo a sentir los años encima. —Ya no era el jovenzuelo de hace diez años atrás—. Tae-chan y yo estamos de maravilla. Nada de qué preocuparse.
—Hijikata-san, muy buenas tardes. —Saludó al que recién llegaba—. ¿Cómo ha estado?
—Mejor de lo esperado.
—Me alegra saberlo. —Estuvo a punto de decir algo más. Pero calló y optó por quitarle la caja de cigarrillos—. Pensaba que ya había dejado este mal hábito.
—Lo hice. —Remarcó—. Sin embargo, he tenido una semana de lo más estresante —expresó con un ceño fruncido—. Y la visita inesperada de Sōgo no hizo más que empeorarla.
—Pues a su edad ya debería buscarse algo más para relajarse en vez de recurrir a la nicotina. —Ese preciado vicio fue resumido a nada entre sus dos manos—. Y espero que también le haya bajado a su consumo de mayonesa.
—Ah, claro que sí —habló con titubeo. Lo cual hacía dudar sobre la veracidad de sus palabras.
—Voy a tirar todas las botellas que encuentre en cuanto entre —soltó con dulzura.
Y unos segundos después alguien salió corriendo a toda prisa.
—Va a ir a esconderlas, ¿verdad?
—Como lo hace cada vez que vienes a visitarnos —agregó de lo más divertido—. Cuando no estás le pone mayonesa a todo como si la vida se le fuera en ello —contó con resignación—. Ya le he dicho que ya no está tan joven para comer tantas grasas. Que si sigue así se le van a tapar las arterias.
—Algunos vicios no se van tan fácilmente.
—¿Qué tal si aprovechamos que es temprano y desayunamos? Le pediré a la cocinera que nos prepare algo delicioso para que tengamos fuerzas para todo el día.
—Me parece una excelente idea. Y después podemos comer esto entre todos.
Fue el momento cuando Isao se dio cuenta que detrás de ella había una caja de madera cilíndrica como de un metro de altura.
—No sabía que habías aprendido a cocinar. —Tomó el objeto para cargarlo sobre su hombro—.¿Acaso estás intentando llegar al corazón de algún chico a través de su estómago?
Preguntó divertido mientras ambos caminaban hacia el interior del cuartel.
—C-claro que no. —Se apresuró a contestas—. A mí me gusta la cocina. Aunque no se me da bien.
—Descuida, mejorarás con el tiempo. Todo es cuestión de práctica.
Llegaron al comedor y depositaron la carga en una de las mesas mientras tomaban asiento. El desayuno estaba en proceso de elaboración.
—¿Y qué es lo que has traído? —Sentía curiosidad por el contenido del extraño medio de transporte.
—Son bollos de piña.
—¿Puedo probar uno? —Ella asintió y él sacó uno de esos panecillos—. Tiene forma de piña. Incluso es amarillo como uno. —Le dio un pequeño mordisco y evaluó el sabor y la textura—. Oye, no saben a piña.
—Estos bollos reciben su nombre por su forma y el color que adquieren tras hornearse. No por su sabor o contenido. Y suelen estar rellenos de mantequilla o crema pastelera —informó para quien ya se había terminado aquel postre—. ¿Qué tal quedaron?
—Podrías venderlos y te iría muy bien.
—Ojalá así me quedara la comida salada. —Se dejó caer sobre la mesa con cierto pesimismo—. No importa lo que haga, los platillos salados jamás me salen. Y por alguna extraña razón sólo me quedan bien los postres. Kyōhei y Kazuya son felices con eso porque los devoran en un santiamén. De hecho, fueron ellos quienes se comieron la otra parte de panecillos que pensaba traer.
—Oh Toshi, has llegado justo a tiempo. —Miró a quien retornó de esconder el motivo por el cual sus triglicéridos y colesterol sobrepasaban el límite normal—. Prueba esto. —Le ofreció uno de esos bollos en forma de piña—. Los ha preparado Yuki-chan.
—Mmm. —Lo aceptó y lo probó.
Ambos estaban a la expectativa de lo que diría.
—No soy afecto a las cosas dulces, pero no puedo negar que sabe bien.
Oyuki estaba complacida con su visto bueno.
—Muy bien, entonces hagámoslo oficial. —Ninguno de los dos entendió a qué se refería hasta que lo oyeron gritar—. ¡Chicos, comida gratis para todos!
Lo siguiente que experimentaron fue una estampida de uniformados que aparecieron para desaparecer todos los bollos de piña.
—Por poco y termino sepultada entre toda esa testosterona —comentó después de esconderse debajo de la mesa.
—¿Te encuentras bien? —preguntó quien también escapó por los pelos y tuvo la misma idea que ella.
—Sí. ¿Y usted?
—Sí. —Suspiró—. Por cierto, me sorprende que él no haya venido contigo en esta ocasión a dejarnos sus bonitas amenazas.
—Ah, se refiere a Kazuya. —Él asintió—. Está cumpliendo una misión importante en compañía de Kyōhei y mi padre. Por eso no pudo acompañarme.
—Menos mal o esos pobres novatos hubieran salido corriendo en cuanto lo escucharan hablar.
—No creo que sea para tanto. —Era su deber moral defender a su hermano mayor cuando no estaba presente—. Él es un buen chico y siempre está cuidando de mi hermana y de mí. Todo un hermano ejemplar.
—¿Exagerar? El año pasado nos dijo que si te hacíamos algo nos iba a vender como esclavos dentro del Harusame. —Le refrescó la memoria por si lo había olvidado.
—Lo decía por meterles miedo. Él no sería capaz de hacerlo.
—Sin ofender, pero ese hermano tuyo sacó lo peor de tus padres.
Y mira que conocía de lo que eran capaces sus progenitores.
—Usted le cae bien. —Lo notificó—. Dice que es un hombre recto y de buenos principios que antepone el deber y la justicia ante todo. Y eso es algo que no muchos hacen. —Ese comentario no lo estaba esperando—. Y mire que ganarse la simpatía de Kazuya es algo complicado.
—Tu hermano es un bicho bastante extraño.
—Eso lo dice porque no ha conocido por completo a Kyōhei. —Probablemente era lo mejor para él—. Él es bastante desastroso en ocasiones.
—No me quiero ni imaginar cómo serían si en vez de tu madre los hubiera criado ese adicto a las peleas.
Una panorámica como esa no era para nada alentadora.
—Es por eso que todos están muy agradecidos de que la crianza de mis hermanos haya quedado totalmente en las manos de mi madre —relató jovial—. Creo que ya está listo el desayuno. —Desde su posición veía una larga fila esperando a que les llegara el turno para pedir de comer—. Vayamos antes de que se termine.
Salieron de su escondite y tomaron su lugar dentro de la fila. Lo que hubieran hecho ese día olía endemoniadamente bien.
—¿Por cuánto tiempo piensas quedarte esta vez? —preguntó el mayor que tenía su mirada puesta en las personas que iban por delante de ellos.
—Hasta que termine la primavera.
—Los veranos en la Tierra nunca te han sentado bien.
—No pienso pasar por ese momento vergonzoso de nuevo —decía con pesar—. Mira que decir muy valientemente que iría al bosque a atrapar escarabajos para terminar con insolación debajo de un árbol…
—Bueno, eres un Yato. Es normal que sufras a causa del sol.
—En realidad no debería existir mayor problema con el sol de verano. Sin embargo, de todos mis hermanos soy la que menos lo soporta.
Como si la vida no la odiara lo suficiente como para joderle el deseo de cocinar cosas saladas todavía tenía que lidiar con que su cuerpo fuera el más débil ante los rayos ultravioletas de la Tierra.
—Velo como un pequeño precio a pagar por todo lo que te ofrece ser un Yato.
—Si lo veo de esa manera no es tan malo. —era obvio que no estaba satisfecha. Él lo sabía y terminó suspirando ante lo caprichosa que podía llegar a ser.
La hora del desayuno transcurrió entre la degustación de deliciosos alimentos y la actualización de los últimos acontecimientos en la vida de cada uno. Una vieja tradición que inició de manera inconsciente desde hace diez años atrás; justamente el tiempo desde que la Yato fue a dar por primera vez a los cuarteles del Shinsengumi como consecuencia de una pequeña riña familiar.
—Quedé satisfecho. Ahora sí que se lució Momo-chan. —Kondō masajeó su satisfecha panza—. Si continuo comiendo de esta manera terminaré hecho una bola.
—Es normal Kondō-san. Cualquiera comería como un pordiosero si en su casa tuviera una mujer que todo lo que cocina lo transforma en una masa oscura insípida.
Porque ya había tenido la desgracia de ser invitado a su casa a comer. Vaya que ese día terminó con un dolor de estómago marca diablo.
—La comida de Tae-chan es de otro mundo y la gente no sabe apreciarla como es debido.
Obviamente tenía que defender los dotes culinarios de su compañera de vida.
—Un buen día de estos vas a terminar muerto. —Le advirtió Hijikata.
El ameno momento de relajación pasó a segundo plano cuando la hora del entrenamiento llegaba bajo el comando del temido Hijikata Tōshirō. Y no había manera más rápida de hacerlo enfurecer que aplicar la impuntualidad.
—Se tomaron su tiempo para llegar hasta aquí. —Fue el comentario que escapó de los labios de Oyuki en cuanto los vio entrar al dojo del cuartel—. Yo ya estoy lista. —Sus llamativas vestimentas fueron sustituidas por ropajes más apropiados para el entrenamiento con la espada—. Aunque ustedes no parecen tener muchas ganas de entrenar.
Miraba divertida el semblante de esos dos. No sabía si su fastidio se debía a que no tenían muchas ganas de imponer un poco de disciplina o a que los que se supone debían entrenar todavía no llegaban.
—Malditos bastardos impuntuales. Todos deberán cometer seppuku —soltó notoriamente cabreado.
Los impuntuales subordinados entraron a toda prisa. Era como si lo hubieran escuchado.
—Cada uno de ustedes hará el triple de entrenamiento del usual. Y si alguno llega a quejarse yo mismo los cortaré con mi espada. —Si las palabras no eran suficientes para intimidarlos, desenvainaría su espada para terminar con el acto de amenaza—. ¿Entendieron?
—¡Sí, señor!
Porque el miedo era una emoción universal que movía a cada uno de ellos.
¿Qué fuerzas podrían quedarles después del calentamiento infernal que realizaron bajo la tutela del temible vicecomandante del Shinsengumi? Probablemente ninguna; mas tenían que levantar su patética humanidad del suelo si es que no querían morir a manos de tan intimidante hombre.
—Deberían sentirse avergonzados por tan patético desempeño. —Nada como bonitas palabras motivacionales por parte del que convertiría sus mañanas en un infierno—. Quien no termine no tendrá derecho a comer por este día.
—¿Por qué?
—Sí, es injusto. No somos máquinas.
—Esto es maltrato y debe estar penado por alguna ley del trabajador.
Las quejas no hicieron más que crecer y con ello empeoraban el temperamento volátil de Hijikata.
—Ya comenzaron de nuevo. —Para Kondō esa escena era cosa de cada año.
—Los hombres de verdad no deberían estarse quejando por un entrenamiento como este.
Los cuchicheos cesaron en cuanto la Yato tomó la palabra. Ella también hizo lo mismo que ellos y se mantenía inmutable.
—Si realmente están aquí porque quieren proteger la ciudad necesitarán tener un cuerpo y una mente fuertes. Y para lograrlo deben entrenar hasta el punto en que sientan que sus cuerpos sean incapaces de continuar —estableció para quienes lloriqueaban con tan poco—. No es una tarea fácil, pero si están aquí ya han superado el primer obstáculo. Sean firmes y podrán lograrlo.
La escucharon e intercambiaron miradas como si este fuera su nuevo método de comunicación.
—¿Cuál es su nombre señorita?
—Sí. Desde hace rato queremos saberlo. Mas no sabíamos cómo iniciar plática contigo.
Primero fueron dos los que se aproximaron. Y pronto ya se hallaba rodeada y abrumada con un montón de preguntas.
¿Eso podría ser denominado como acoso?
—No sabíamos que había chicas dentro del Shinsengumi. Mucho menos que fueran tan bonitas como tú.
—Si hay una chica tan hermosa como tú dándome ánimos todos los días siento que puedo lograrlo todo.
—¿Qué edad tienes?
—¿Tienes novio?
—Ey imbéciles, ¿qué creen que están haciendo? —Tōshirō se trasladó detrás de la Yato. La mirada que les estaba dedicando no era ni por asomo amable; significaba peligro—. Al siguiente que vea acosándola de esta manera tan asquerosa me encargaré personalmente de darle la paliza de su vida. ¿Entendieron?
Y como cachorros magníficamente adiestrados retrocedieron y volvieron a su formación. Sabían que hacerlo enfadar podría ser el último error de sus vidas.
—Agradézcanle a Toshi por haberles salvado el pellejo. Si los hermanos de Yuki-chan se enteraran de esto, sus cabezas se convertirían en los próximos aperitivos de sus mascotas espaciales.
Lo curioso y escalofriante es que su comentario lo soltaba en tono burlón, como si masacrar gente fuera cualquier cosa.
—Gracias. —Gratificaba para quien había intervenido y cesado todo ese parloteo indeseable.
—Puedes golpearlos si es necesario para que te dejen en paz.
—Si hago eso van a terminar escapando de aquí y se quedará sin hombres —soltó con guasa.
—Oyuki.
Pronunció su nombre como si fuera un modo de llamarle la atención por darle tan poca importancia a lo ocurrido.
—Está bien. Lo haré para la próxima vez. Así que no me mire de esa manera. —Él siempre tan estricto para esas cosas—. Si sigue frunciendo tanto el ceño se arrugará antes de tiempo. Y eso asustará a las mujeres.
—Eso me tiene sin cuidado.
Ciertamente era un tema que le importaba muy poco.
—No debería decir eso Hijikata-san. —Clavó su atención en él como si estuviera regañándolo—. Usted sería un espléndido esposo y padre de familia.
—Esa clase de cosas no van conmigo —expresó y ella lamentó su terquedad—. Será mejor que vayas a ducharte y cambiarte.
—Pero la práctica aún no termina.
—Por hoy está bien así.
Ella hizo un mohín como queja. Seguía siendo un tanto infantil para la edad que poseía.
—¿Iremos a patrullar cuando termine el entrenamiento?
—Si no tienes nada mejor que hacer, no me importaría que vinieras.
—Cuente con ello.
Había viajado infinidad de veces de copiloto en aquella patrulla que se sentía de lo más cómoda. Incluso le gustaba mirar por la ventana todo su alrededor. El Distrito Kabuki era tan pintoresco y ruidoso que siempre había alguna curiosidad que ver. Uno jamás se aburría ahí.
—¿Otra vez Sakata-san?
La patrulla se detuvo en cuanto contemplaron que intentaba tirar la puerta para entrar por la fuerza a un establecimiento de Pachinko.
—No quisiera hacer esto...—En menos de treinta segundos ya había logrado someter al irresponsable hombre. Incluso estaba dentro de la patrulla—. Ya ni le leeré sus derechos porque ya debe de saberlos.
—No pienso gastar mi saldo llamándole a tu esposa. —Hijikata arrancó de nuevo el auto.
—Oigan, ¿no sienten esto como una especie de déjà vu? Es como si ya lo hubiéramos vivido. Es algo muy extraño.
—Lo extraño es que tu mujer no se haya largado con todo y sus hijos. —Oyuki lo miraba de soslayo desde el asiento delantero—. Lo he arrestado diez veces. No sé cómo no aprende.
—Los imbéciles y degenerados como él nunca entenderán.
—¡Que ahora tenga dieciocho no hace menos gravoso el delito, maldito lolicon de clóset! —Le gritó importándole un bledo perturbar la paz pública—. ¡Le triplicas la edad y muy probablemente aquello ya ni siquiera se te parará sin importar lo bien desarrollada que está esta chiquilla!
Y como ocurrió hace diez años. Y como pasaba con cada año cuando lo arrestaba en compañía de aquella Yato, aquel hombre boca suelta terminó con un poco de plomo en su sistema mientras permanecía en el mundo de la inconsciencia.
—Maldito bastardo adicto al azúcar. —Chasqueó la lengua con malhumor.
Su tarde iba tan bien hasta que ese samurái desempleado apareció.
—Me está dando hambre. —Sentía cómo su estómago se quejaba de que no le diera alimento alguno—. Deberíamos ir por algo de comer y después continuar con el patrullaje.
—Necesito un buen trago después de lidiar con este imbécil.
El auto se detuvo frente a un restaurante que no le resultaba en lo más mínimo conocido a la Yato. No obstante, no le prestó atención y descendió para seguir al mayor.
Por dentro era limpio y ordenado. Era un sitio familiar sumamente popular.
Tomaron asiento en la única mesa disponible y vieron el menú.
—¿Este sitio es nuevo?
—Lo abrieron a finales del año pasado. Desde entonces se ha hecho de lo más popular y siempre está lleno. —Ilustró—. La comida sabe bastante bien. Posiblemente te guste.
—Qué sorpresa verte por aquí, Tōshirō.
La voz que saludaba tan amistosamente al policía pertenecía a una mujer; la misma que se había acercado hasta su mesa.
—Creí que vendrías hasta la siguiente semana.
—Teníamos hambre y estábamos cerca por lo que decidimos pasar.
—Oh Tōshirō, nunca mencionaste que tenías una hermanita. —Los grisáceos ojos de la mujer se escurrieron hacia la Yato—. Mi nombre es Shikata Maiko, encantada de conocerte.
Era alta y poseía una figura envidiable que saltaba a la vista gracias a sus vaqueros y una blusa carmesí de hombros descubiertos.
Su ondulada cabellera castaño clara llegaba a media espalda, poseyendo como único adorno un pequeño broche en forma de libélula.
Era en términos simples una mujer hermosa en la primavera de su juventud.
«¿Que soy su "hermanita"?¿De dónde nos ha visto el parentesco? Además, ¿quién es ella?».
—Ah no. Ella no es mi hermanita ni nada parecido —aclaró antes de que siguieran los malos entendidos—. Es la hija de unos viejos conocidos. Y suele visitarnos una vez al año.
—De modo que ella es la niña de la que me hablaste la vez pasada. —Ahora su atención estaba puesta en Tōshirō—. La que has estado cuidando y entrenando desde que tenía ocho años.
«¿De dónde me ve lo niña esta mujer?».
Aquello lo sintió como una ofensa y le fue imposible ocultarlo.
—¿Sucede algo?
Ella olvidó que él sabía leer sus gestos sin dificultad gracias a que la conocía desde niña.
—Nada en realidad. Es sólo que tengo hambre.
Y la extraña había llegado en el momento menos oportuno.
—Una disculpa por eso. En un momento tomo su orden y les traigo su pedido.
Todo indicaba que trabajaba ahí de mesera.
—Pide lo que quieras, yo invito.
Eso era lo más hermoso y maravilloso que le podían decir a un Yato.
—Hoy la casa invita. Así que no se corten y pidan lo que quieran.
El entusiasmo de Oyuki parecía haberse apagado un poco ante las palabras de Shikata.
—No tienes que hacer algo como eso.
—Tómalo como un pago por haber estado conmigo aquella noche mientras escuchabas mis patéticas quejas.
—Fue una noche entretenida. La comida y la bebida fueron de lo mejor.
—Eso es muy cierto —expresó con una sonrisa—. Deberíamos repetirlo en otra ocasión.
«¿Cono que un pago? ¿Cómo que repetir? ¿Qué clase de relación se supone que tienen?», pensó, viéndoloscon desconcierto. No entendía cómo es que ambos parecían llevarse tan bien como lo haría una pareja.
—Disculpa mi grosería. ¿Cómo te llamas? —preguntó Maiko para quien estaba bastante callada.
—Oyuki.
Era todo. No poseía apellido y no usaría el denominativo de su especie como ello.
—Es un bonito nombre.
—Gracias. Lo eligió mi padre.
—¿De verdad? —Estaba sorprendido porque conocía a su padre y no lo veía diestro en dicho asunto—. Pensé que había sido cosa de tu madre.
—Mis padres llegaron al acuerdo de que si tenían una niña mi papá se encargaría de nombrarla. Y si era niño, mi mamá.
—Es algo curioso. —Tōshirō miró a quien le compartía información sobre su vida personal—. Tu padre ha tenido buen gusto para variar.
Esa era una manera indirecta de decir que su nombre era bonito.
—G-gracias. —Aquello le había dibujado una pequeña y alegre sonrisa.
—¿Ya saben qué pedir?
Esos dos parpadearon y se dieron cuenta de que no habían elegido nada.
Tras un par de minutos la elección se hizo. Por lo que restaba aguardar a que la comida fuera servida.
—Luce bastante bien. —La Yato sabía reconocer una comida deliciosa sólo con el olor.
—Todo aquí sabe bastante bien.
Oyuki no esperó más y empezó a comer. De verdad se veía que lo estaba disfrutando.
—El sazón de Maiko es bastante bueno.
—¿Ella es la cocinera? —preguntó al tiempo que miraba su plato de comida—. De verdad que lo hace bien.
—Sí. —Se le veía bastante satisfecho con lo que estaba comiendo—. ¿Ya te llenaste? —Lo dijo porque había dejado su plato a medias—. No me digas que estás con esas modas ridículas de hacer dieta —criticó.
—Por supuesto que no. Como con calma para saborear bien cada bocado. La buena comida hay que disfrutarla. —Lo cual era cierto pero no era realmente lo que estaba pasando.
—Regreso. Y espero que para ese momento hayas terminado.
¿La estaba amenazando con algo como eso? Ella rió ante su petición y él le regañó con la mirada.
—Me lo comeré todo. No necesita molestarse. —Y para que le creyera se metió un buen bocado de comida.
—Vuelvo.
Hijikata se dirigió a los baños de hombres.
—Oyuki-chan.
Escuchó su nombre justo a su costado derecho. Se trataba de aquella mujer.
—Hola. —Estuvo a nada de ahogarse con un bocado de comida por el susto vivido—. ¿Sucede algo?
—La verdad es que quiero tu ayuda.
El que se sentara y le tomara de manos debía decirle que algo no iba a acabar bien.
—¿Mi ayuda? ¿Sobre qué? —Su maldita curiosidad nunca fue buena compañera.
—Sé que eres una persona cercana para Tōshirō. Que él te ve y trata como una hermanita menor. —Ciertamente podría verse de ese modo el tipo de relación que tenían—. Así que quisiera pedirte que me ayudaras a conquistarlo.
