¡Buenas tardes casi noches! Por problemas técnicos esta actualización casi no llega (se me fue la luz). Pero regresó y aquí estamos con la continuación de esta historia que ya nos aseguró un lugar muy especial al lado del señor de las tinieblas XD Sin más, nos leemos la próxima.

Delirium

Se había mantenido en su habitación desde la tarde de ayer tras regresar del acuario.

En cuanto cerró la puerta su única compañía fue Togoro, quien se acurrucó a su lado y se volvió su suave respaldo.

Sacó su último cigarrillo y lo encendió aprovechando la soledad en la que se encontraba. Tal vez eso lo ayudaría a olvidarse de todo lo que Maiko le dijo.

Sin embargo, ese método no funcionó. Continuaba recordando con claridad cada palabra.

—Qué estupidez.

Obviamente había notado que la Yato dejó de ser una chiquilla. Mas no le dio la mayor importancia; no tenía motivos para hacerlo.

Continuaba molesto de que Shikata creyera que sus atenciones escondían dobles intenciones.

A su lado, esa Yato era una niña que fácilmente podría ser su propia hija.

—A la gente siempre le gusta malinterpretar todo de la peor forma.

Fue descuidado por no terminar su trabajo y por quedarse dormido en quien lo recibió con una húmeda lamida en toda la cara.

Se levantó abruptamente y una fuerte punzada lo hizo cerrar los ojos ante la dolencia.

Estaba mareado. Tenía sequedad en la garganta y su temperatura corporal estaba por encima de lo habitual. Se había enfermado y ni siquiera sabía por qué.

Todo se volvió oscuro. Y sólo cuando escuchó su nombre logró regresar de la inconsciencia.

—Toshi, ¿cómo te sientes?

Quiso pararse, pero el comandante se lo impidió. No saldría de esa cama sin importar su insistencia.

—El doctor ya te revisó —habló—. Estarás bien mientras te tomes unos días de descanso.

—Yo tengo muchas cosas que hacer. No puedo quedarme aquí.

—Ni siquiera lo piense.

Al lado de Kondō se encontraba la Yato con un ceño intransigente.

—Fue justamente el exceso de trabajo lo que te llevó a la cama.

Su pesar era tan fácil de notar que Hijikata se sintió mal por causarle tantos problemas.

—Toshi, eres tan necio. —Lo regañó—. Aunque seas joven otra vez no puedes excederte. El descanso también forma parte el entrenamiento.

—Ignoraremos sus quejas y lo dejaremos aquí encerrado hasta que mejore.

—Dejen de confabular en mi contra.

—Mientras tú descansas me encargaré de todas tus actividades —El hombre sonrió como muestra de que todo saldría bien—. Yuki-chan, te encargo a este necio policía.

—Descuida, si intenta escapar lo lamentará.

Que rieran disimuladamente no levantaba mucha confianza.

—Ni objete. No es la primera vez que le pasa esto por ser tan obseso.

Dijo tras despedirse del moreno.

—Puedes irte. No me iré a ninguna parte.

—Eso le dijo la vez pasada a Kon-chan y se escapó para irse a patrullar. Por lo que no me iré.

—Esta vez no lo haré.

—No insista porque no va a pasar.

Su frente sintió la frescura de una compresa mojada. Era una sensación tan agradable.

—Ey, Oyuki.

—¿Quiere agua o tiene hambre?

—No. Nada de eso —respondió—. Es algo relacionado con la salida de ayer.

Pudo escuchar cómo su corazón iba a marcha forzada. La alertaba del peligro y la preparaba para huir.

—Ella pensó que eran novios.

—Supusimos que algo así había ocurrido por los comentarios que lanzaba.

—Descuida. Ya aclaré eso.

Oyuki sabía que había algo más. Mas no quería preguntarle directamente.

—Siempre nos pasa. Por eso ya no me sorprende.

—Tiene que ser incómodo.

—Ya lo tomamos con humor.

—Eso me dice que sí fue incómodo en algún momento.

—Dejando eso de lado nos divertimos mucho. Aunque creo que Maiko-san no tanto...

Y no la culpaba. No sólo faltó a su promesa de ayudarla, sino que monopolizó a Hijikata.

Era un intercambio justo después de que ella obtuvo un beso indirecto por parte de él.

—Ella estaba actuando muy extraña.

—¿Por qué lo piensa?

—Por nada en particular.

—Si ya no tiene nada más que decir, duérmase.

—Es muy temprano para dormir.

—Está enfermo. No tiene elección.

—Pero no tengo sueño.

—El médico dejó medicamento para dormirlo en caso de rebeldía.

—¡¿Qué clase de médico me trajeron?!

—Si no quiere dormir, entonces le traeré de comer.

Era mucho más necia que él y eso era decir demasiado.

—No le pondré mayonesa.

Ella salió y él se quedó con la mirada absorta en el techo de su habitación.

La fatiga lo obligaba a permanecer en cama y seguir las indicaciones de esos dos a regañadientes.

—Está muy caliente, así que tenga cuidado para no quemarse.

La Yato colocó la charola a un costado en su cama y destapó el tazón de arroz hervido y la pequeña olla de verduras. Incluso había pescado y otros acompañamientos.

—Se ve muy saludable.

Se sentó con lentitud para no marearse más y aceptó el arroz.

—Le falta mayonesa.

—No.

Ya no rebatió. Una verdura hervida fue introducida en su boca con rapidez.

Ella rió ante su pequeña maldad y él gruñó.

—Enojarse no le hará bien.

—Yo puedo encargarme solo.

Obviamente a ella le hizo gracia lo que dijo. Él frunció el ceño.

Masticaba su arroz en silencio. Debido a la gripe resultaba muy insípido para su gusto. Mas no podía ser quisquilloso.

Comía y miraba de reojo a quien se encontraba acariciando el costado de Togoro. Parecía no importarle recibir sus muestras de afecto en forma de lengüetazos.

—¿No te aburres?

—¿De qué? —cuestionó sin dejar de acariciar al juguetón Syx.

—De estar aquí en el Shinsengumi. —Terminó con el arroz y prosiguió con las verduras—. Antes, cuando eras una niña, todo lo referente al cuartel y la policía te llamaba la atención. Incluso te divertías arrestando a los criminales —contó—. Sin embargo, has dejado esos años atrás. Ahora este viejo y anticuado cuartel debe resultarte muy soporífero.

No era eso lo que esperaba escuchar por lo que se sentía desconcertada.

¿Es que era una pregunta trampa? ¿Pasaría algo malo si no respondía apropiadamente?

—¿Cree que si estuviera harta de este cuartel vendría año con año? —Se acercó y lo confrontó—. Existen muchas razones que me atan a la Tierra y al Shinsengumi.

Una de ellas era él.

—Después de que los Amanto invadieron la Tierra y los samuráis fueran cazados como ratas sólo hubo un grupo de personas que se encargaron de proteger a la población y ciudad de Edo: el Shinsengumi —expresó para el que la escuchaba atentamente—. No bajaron su espada ni contra Utsuro o esos Amanto parásitos que estuvieron a nada de apropiarse de todo el país. Siempre de pie, orgullosos y valientes —soltó con admiración—. Y todavía en estos tiempos continúan protegiendo a todos con una implacable devoción.

De repente su animado mirar comenzó a apagarse como si la amargura quisiera filtrarse dentro de su discurso.

—Sé que hasta parece una burla que la hija de dos piratas espaciales quiera formar parte de los buenos. Sin embargo, quiero evitar que una tragedia como la de aquel día se repita.

—¿Tragedia?

—No quiero que ningún niño vuelva a perder a sus padres a manos de Amanto sin escrúpulos que únicamente ven las vidas de otros como objetos comerciables.

La melancolía fue reemplazada por la cólera.

¿Realmente cuánto le pesaba aquel tema?

—No quiero que nadie más pase por todo lo que vivió mi madre. Nadie más merece atravesar ese infierno.

Se arrepintió de indagar al verla tan apesadumbrada y con su atención puesta en sus manos.

Si bien no conocía los detalles sobre el tortuoso pasado de sus padres, sabía que estuvieron plagados de agudas y dolorosas espinas.

—Lo lamento. No debí preguntar.

—Si no lo mencionaba, entonces no entendería por qué sigo viniendo a este ruidoso y anticuado cuartel de policías.

Era un idiota. Un grandísimo imbécil.

A quien tenía ahí no conocía la amargura y las consecuencias de la insufrible guerra; tampoco sabía lo que era vivir sin sus padres, la hambruna o la pobreza. Pero era capaz de hacer suyo el dolor de quienes amaba y desear desde lo más profundo de su ser que nadie más tuviera que cargar con esas mimas cicatrices.

—No cabe duda de que la sangre de esos dos corre por tus venas.

Era noble y ambiciosa.

—Espero que no lo esté diciendo porque le resulto problemática.

¿Ahora que estaba indignada si lo miraba?

—Por supuesto que no.

—Entonces dígame por qué —demandó con un mohín.

—Por obstinada.

Se burló y ella se cruzó de brazos aguardando a que dijera algo más.

—Ellos también lo son y por eso lograron llegar hasta donde están —dijo para la impaciente Yato—. Así que no tienes que preocuparte, tú también construirás tu propio camino. Sé que lo harás bien.

La ciega fe que depositaba en ella la conmovía.

Contar con su apoyo la alentaba aún más a seguir sosteniendo fuertemente la decisión que tomó el día que comprendió el dolor de su madre y lo que era capaz de hacer para protegerlos y tenerlos unidos como familia.

—Hijikata-san, muchas gracias.

Su sincera gratitud adquirió la forma de una dulce sonrisa.

—Todo lo has hecho por ti misma. No necesitas agradecerme.

—Siempre tan necio.

Él estaba dispuesto a debatirla, mas su cabeza no cooperaría. Le recordaría por qué estaba tumbado en cama.

—¿Está bien?

—Sí. Sólo siento que la cabeza me va a estallar.

—Recuéstese y trate de dormir.

El hombre accedió no porque fuera el ejemplo de obediencia, sino porque la cabeza le punzaba.

—Descanse.

Solamente unos minutos le tomó al samurái el encaminarse hacia el mundo de los sueños y olvidarse momentáneamente de los malestares físicos que lo aquejaban.

Cambió su compresa y se llevó los trastos sucios que fueron dejados después de que el afiebrado hombre comió. No perdió demasiado tiempo en ir hasta la cocina y lavarlos; incluso se tomó el tiempo para alimentar y sacar a pasear a Togoro.

Comió, tomó una ducha y se dirigió nuevamente hacia la habitación del policía. Con un poco de suerte continuaría durmiendo plácidamente. Y si bien lo halló aún descansando ya se había alejado de su lecho; se había arrastrado hasta la puerta.

—¡Hijikata-san!

Lo llevó de nuevo hasta su futón y lo cubrió con su colcha. Sintió su frente y notó que la fiebre se incrementó. Mojó otra compresa y se la colocó. Y aunque pensó en despertarlo para darle su medicamento, sería complicado que pudiera deglutir la cápsula en su estado.

—Podría sacar su contenido y disolverlo en agua —meditaba—. Porque si la temperatura sigue subiendo más su vida estará en peligro.

—Tamegoro...

Notó que sus gestos faciales se contraían y se relajaban en intervalos irregulares. Su cuerpo se tensó, sus manos sujetaban con fuerza la colcha y aquel nombre volvió a abandonar sus labios.

—¿Tamegoro? ¿Hablará de Togoro?

—Lo...siento...

Dolor y tristeza es lo que reflejaba su entrecortada disculpa.

¿Quién era ese hombre y por qué le causaba tanto sufrimiento su nombrar?

—¿Será algún amigo cercano?

—Siento...no haber regresado a casa.

Deliraba.

Lo supo con certeza cuando él la miraba para dirigir aquellas palabras de añoranza que seguramente nunca pudo pronunciar para aquel hombre que le significaba tanto.

—Si yo hubiera...

Ella se sobresaltó al verlo de pie.

¿Qué tan terco o qué tan grande el peso de aquel pecado?

—Hijikata-san, tiene que recostarse.

Dio dos pasos y se tambaleó. Si continuaba avanzando caería.

—Por favor, tranquilícese.

Impidió que cayera al interponerse entre él y el suelo.

—Tiene que ir a la cama de nuevo.

Ella sintió el peso y la fuerza de sus manos alrededor de sus hombros; así como su ígnea respiración a un costado de su cabeza.

Se había sujetado para no caer mientras luchaba por mantenerse erguido.

—Si no me hubieras protegido aquella noche...

Su hombro se humedeció. Se empapó con la tibieza de la amargura y la añoranza que únicamente sabían brotar desde la profundidad de sus melancólicos ojos.

Las frases de consuelo no llegarían hasta a él. Tenía que limitarse a escuchar su suave sollozo.

¿Qué otra cosa podía hacer para calmarlo?

Acarició los oscuros mechones de su cabeza con suavidad como una manera de decirle que no estaba solo, que estaba siendo escuchado y que permanecería a su lado hasta que lograra tranquilizarse; hasta que terminara de exteriorizar todo su pesar.

Aquel cuerpo que tanto ansiaba estar de pie empezó a perder fuerza; mas ella lo sostuvo y permitió que ambos descendieran y se encontraran a salvo sobre la firmeza del suelo.

Su impulso la dominó.

Lo envolvió entre un entrañable y protector abrazo mientras las últimas lágrimas mojaban su mejilla.

—Tamegoro.

Aquel nombre que inició todo, también lo concluyó.

—Hijikata-san...—susurró para quien ya dormía profundamente sobre la curvatura de su hombro—. Perdón por querer estar así un poco más.

La suave brisa de primavera refrescaba la habitación y le daba la bienvenida al nuevo día que había comenzado hace un par de horas.

—Ya tiene mejor cara que anoche.

—Oyuki —dijo para quien estaba abriendo para ventilar la habitación—. La cabeza me pesa.

—Anoche estuvo delirando por la fiebre tan alta que tenía —comunicó—. Por lo que es normal que se sienta incluso más fatigado que ayer.

—¿Delirando?

Sentir pánico era normal. Porque no sabía qué pudo decir o hacer estando en ese estado.

—Quite esa cara de susto. No asesinó a nadie —decía divertida—. Aunque...

—Dime que no dije nada inapropiado.

—No.

Su respuesta lo tranquilizó.

—Pero sí mencionó a alguien.

—¿A quién?

—A un hombre llamado Tamegoro.

No pudo esconder su sobresalto. Ese nombre todavía tenía el poder de derrumbar su máscara de estoicismo.

—Lo siento. Indagué en algo indebido.

—No debes disculparte —habló con presteza—. Tamegoro era el nombre de mi hermano mayor.

No gustaba de hablar de sí mismo ni de su pasado. Sin embargo, despejar su duda era lo mínimo que le debía por cuidarlo estando enfermo.

—Su nombre es muy parecido al de...

Ahora tenía sentido el motivo por el cual el Syx fue bautizado de aquel modo. Lo hizo en honor a su hermano mayor.

—Perdón por burlarme de su mal gusto para nombrar a las mascotas. —Estaba tan apenada—. Fue una falta de respeto.

—Descuida —dijo mientras la miraba desde el rabillo del ojo—. Soy yo el que te debe una disculpa por estar cuidando de un necio enfermo.

—Kon-chan confía en que me encargue de vigilarlo. No puedo defraudarlo —soltó bromista—. Y ya que está consciente llegó la hora de tomar su medicina.

Objetar no serviría. Se ahorró esa energía y tomó la cápsula.

—Regreso. Iré por Ryōta.

No le dio importancia al nombramiento del Yato hasta que llegó y lo echó sobre su hombro como si fuera un bulto de harina.

—¡Ey, idiota! ¡Bájame! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!

—Hijikata, un buen baño te sentará bien para mantener a raya la fiebre.

—Tómense su tiempo.

Los despidió con un ademán.

—¡Espera!

Gritó en vano porque el Yato no iba a detenerse.

—Hay que aprovechar que los chicos no se están bañando en este momento.

—¡Iré por mí mismo!

—No te creo nada. Por lo que lo haremos a mi modo.

Años atrás cuando Ryōta era un crío que con apuro podía comunicarse con él y los miembros del Shinsengumi gustaba mucho de bañarse en compañía de él e Isao. Pero conforme fue creciendo optó por hacerlo en solitario; y probablemente el motivo de ello era su largo cabello.

—Deberías pensar en cortarlo.

—De ninguna manera. Así me gusta.

Los dos se habían metido en la amplia pila de agua para relajarse con el agua tibia.

—Preocúpate más por recuperarte que por mi cabello.

—Todo es culpa de tu padre por heredarte esa cara de niña.

—Voy a darle tu número telefónico a todas las que están locas y obsesionadas contigo.

—Maldito vengativo.

—¿Y en qué acabó tu situación con esa tal Maiko?

—Se molestó por cosas sin sentido.

Ryōta deducía sin apuro lo que había ocurrido entre ambos cuando abandonaron la sala de las medusas por lo que sonrió con cinismo.

—Entonces ella nunca te gustó, ¿no?

—¿A qué viene esa pregunta?

—Hijikata, a ella ya le atraías desde antes. Y estuvo coqueteándote durante todo este tiempo. Por lo que me pregunto si tu vista está bien o eres muy idiota.

—¡Maldito mocoso! ¡Yo mismo te arrancaré esa cola de caballo!

—No me digas que...—Lo veía con fingida aflicción—. Eres un maldito asexuado y por eso nunca te hiciste de mujer durante estos años. ¿Eres mayosexual?

—¡¿Qué demonios se supone que es «mayosexual»?! ¡¿Qué te hace pensar que soy asexuado?!

Si no se encontraba golpeándolo es porque continuaba debilitado por la enfermedad.

—Tu soltería de más de treinta años —dijo burlón—. Tal vez sí te gusten los hombres.

—¡Maldito mocoso, te voy a mandar al otro mundo ahorita mismo!

—Una pena que alguien ya te quitó a Sakata.

—¡Desde hoy tu padre sólo tendrá que alimentar dos bocas!

El clima era perfecto para sentarse frente al estanque cristalino y mirar a los coloridos peces que se acercaban tímidamente tras arrojarles su preciado alimento. Y si eso no era suficiente para traer tranquilidad y belleza, el que los árboles de cerezo que bordeaban al cuartel estuvieron en pleno florecimiento, haría el resto.

—No sería mala idea preparar pasteles de arroz dulce de flor de cerezo.

—Seguramente quedarán deliciosos. Solamente asegúrate de hacer suficientes.

—¡Tae-san! —exclamó en cuanto cruzaron miradas—. ¿Está buscando a Kon-chan?

—Justo me encontré con él hace poco —decía, acercándose a ella—. Aunque en realidad te estaba buscando a ti.

—¿A mí? ¿Necesita algo de mí?

—Te quiero dar esto.

Oyuki parpadeó cuando Shimura le entregó un paquete de cebollas de hoja.

—Isao me contó que Hijikata-san se ha enfermado de gripe, por lo que traje esto.

—Le diré a las cocineras que hagan una sopa con esto.

—Ya que has pasado la mayor parte de tu vida fuera de la Tierra es normal que no estés familiarizada con los métodos caseros que tenemos aquí para tratar la gripe —explicaba para la confundida Yato—. Estos cebollinos no se preparan en sopa; se amarran alrededor del enfermo.

—¿Algo como eso en verdad funciona?

Se mostraba completamente escéptica.

—Por supuesto.

—Supongo que puedo intentarlo.

—Oyuki.

—¿Qué pasa? —Miró a la mujer y ella sonrió por un motivo que le resultaba ajeno.

—Gracias por no dejar solo a Hijikata-san.

Su agradecimiento la aturulló.

Y su mente, siempre tan activa, la llenó de cuantiosas interrogantes. Porque no se trataba del significado tras sus palabras, sino de la cálida manera en que vocalizó el nombre del policía.

¿Qué había ocurrido entre ellos dos?