No, no había olvidado esta historia. Es sólo que como tiene mucho fluff, me empalago, me retuerzo y debo escribir cosas angst para poder retomarlo XD También la inspiración tiene que ver. En fin, no mueran de dulzura.
Memories
Su parte racional quiso detenerla. Mas su lado emocional ya dominaba cada una de sus acciones.
—Parece que Hijikata-san y usted son cercanos.
—No realmente —puntualizó—. Podría decirse que somos buenos amigos.
—De cualquier modo, él nunca ha estado solo. Siempre ha tenido al Shinsengumi y a Kon-chan a su lado.
—¿Y eso no te resulta triste?
Las posiciones de entrevistador y entrevistado rotaron.
—Ha vivido por años dentro de estas cuatro paredes, levantando su espada para salvaguardar a todos los que habitan en esta ciudad. Lo ha hecho por tanto tiempo que pareciera que no conoce otro estilo estilo de vida; o que ha sido incapaz de encontrar algo más que llene por completo su corazón.
Su voz destilaba normalidad; sin embargo, cuando se buscaba su mirada se podía hallar el verdadero sentimiento que la embargaba.
—No lo tomes a mal. No es que sea incorrecto que él se dedique con pasión a lo que le entregó tanto; al contrario, es algo por lo que lo he admirado a él y a Isao durante todos estos años. Sin embargo, también estoy segura de que pudo recorrer este camino de manera diferente.
—¿Quiere decir que es lamentable que lo único que tenga en su vida sea el Shinsengumi?
—El verdadero problema radica en que piense que es lo único que merece.
—¿Por qué pensaría así?
Nunca ansió profundizar en la vida personal de Hijikata. Con las experiencias vividas cuando visitaba el cuartel era suficiente; indagar en su pasado era como tirar un ancla en el inmenso mar de sus memorias, olvidándose de la posibilidad de salir de allí.
Mas ahora que ya no luchaba para detener sus sentimientos, quería rellenar todos esos huecos oscuros que desconocía sobre él.
—Porque es un completo idiota. —Una respuesta digna de Shimura Tae—. Alguien que a este punto de su vida ya debería de haber dejado atrás todo el estigma de su pasado.
—Tae-san, eso es muy ambiguo.
—Si tanta curiosidad tienes, deberías preguntárselo personalmente —Lo dijo con un suave ápice burlón.
No quería preguntarle directamente porque sabía lo que pasaría.
—Él no me dirá nada.
—Oyuki, si no quieres que Hijikata-san se dé cuenta tienes que ser más discreta.
—¿Darme cuenta de qué?
La Yato quería ser tragada por la tierra y ser escupida en Kouan. Anhelaba estar tan lejos para que no viera cómo se enrojecieron sus orejas ante la premisa de que él hubiera sobreentendido lo que Shimura dijo.
—...Darse cuenta de que odio el natto y hacer la colada.
Compuso para el hombre que las encontró en compañía de Ryōta.
—Ah, eso ya lo sabía —espetó el moreno.
—Y ya que he quedado expuesta. Regrese a su habitación.
—Ya me siento mucho mejor. Por lo que me pondré a trabajar.
Que fuera un experimentado luchador no significaba nada contra la fuerza de un Yato. Para ella bastaba una mano para empujar su espalda y lograr que avanzara contra su voluntad.
—¡Ey, Oyuki!
—Yo estoy cumpliendo con el trabajo que me asignó Kon-chan. Cualquier queja o sugerencia hágasela llegar a él directamente.
—Es tan idiota que nunca se dará cuenta por sí solo —habló Ryōta para cuando se halló a solas con Tae.
—Ni siquiera se ha percatado de que es menos amargado cuando ella está a su alrededor.
Llevarlo hasta su habitación era la parte fácil. El siguiente reto era lograr que volviera a meterse en la cama y continuara guardando reposo.
—Usted no quiere que use la fuerza bruta para que se recueste, ¿verdad?
—Ya te dije que esto no es necesario. —La miró con intenciones de usar su ventaja física con él y se resignó—. Eso es extorsión.
—Si fuera cooperativo no tendría que recurrir a esto.
Se acostó para persuadirla de sus métodos violentos.
—Por cierto, ¿por qué tienes esos cebollinos contigo?
—Me los dio Tae-san para ayudarlo con su recuperación.
—Te agradecería que no comentaras con nadie lo que pasó aquí anoche.
—No le mencionaré nada a nadie sobre ese tema.
Su promesa tranquilizó a Hijikata.
—Deberías ir a descansar tú también. Ya pasaste una mala noche; no necesitas una más.
—Los Yato podemos pasar largos períodos sin dormir. Por lo que esto no es nada.
—Eres tan necia.
—Aprendí de mis padres y de usted.
Era gracioso que se oponía a seguir descansando porque ya se sentía mucho mejor para que al final su propio organismo lo traicionera y lo sumiera en un profundo sueño.
Lo borroso se volvió mucho más nítido y aquel objeto que tenía alrededor de su muñeca adquirió su real forma.
—¿Cebollines?
Claro. El remedio casero para la gripe del que le habían hablado. ¿Quién le habría puesto eso?
—¿Hm?
No pudo enderezarse. Tenía un peso extra sobre su pecho que subía y bajaba al ritmo de su apacible respiración.
—¿Oyuki?
Él sabía del gran aguante que los Yato poseían; que podían pasar varios días sin dormir mientras se baten en duelos peligrosos. Y sin embargo, allí estaba ella, recostada, durmiendo, reponiendo energía de un cansancio que pudo derivar de varios motivos; entre ellos, el estar al pendiente de su estado de salud.
Sería grosero de su parte el despertarla. La mínima consideración que podía tener hacia ella era el dejar que despertara por sí misma.
—¿Qué hora será?
No había ningún reloj. Sólo podía ayudarse de los sonidos externos, la luz y la temperatura del ambiente.
El patio se llenó de la armoniosa orquesta de las cigarras. Y los tonos cálidos de la tarde podían verse reflejados por debajo de la puerta.
—Dormí demasiado.
No tenía sueño. Estaba más despierto y activo que en días anteriores cuando comenzó su padecimiento físico.
Miró a la Yato y sin desearlo recordó a la enfurecida mujer que deseaba intoxicarle la mente con malos pensamientos.
Oyuki era su estudiante, su protegida. Y aunque ya había dejado atrás su etapa infantil, las cosas no cambiarían.
Suspiró. Se sentía estúpido por seguir dándole vueltas a ese asunto tan trivial cuando él mismo tenía su propia conclusión.
—Sí sus hermanos hubieran escuchado eso ahora mismo estaría siendo el aperitivo de Masamune.
Nuevamente volcó su atención en quien parecía tener un agradable sueño porque aquella suave sonrisa se había hospedado en sus labios.
Entonces recordó el día en que la conoció. Así como las pesadas tareas que le asignó para que ella desistiera de trabajar en el Shinsengumi. Y todo había sido en vano porque se adaptó y disfrutó su estadía dentro del cuartel hasta que llegó el día de despedirse. Y aunque creyó que nunca más la volvería a ver, se equivocó.
Dos años después regresó en compañía de sus hermanos mayores y su hermana melliza. Desde ese día las cosas cambiaron para él; tanto para bien como para mal. Porque mientras con las mellizas recuperaba su fe en las próximas generaciones, con los hermanos agradecía no ser padre.
Tal vez Okita ya no formaría parte de su día a día, pero esos dos supieron llenar muy bien su ausencia.
—Tenían que salir como su idiota padre.
Ya no había sentido en lamentarse. No se podía rebobinar el tiempo y tampoco podía deshacerse de esos dos aunque quisiera; sus padres guardaban relaciones diplomáticas con el actual gobierno de Edo y por ende, la policía también tenía que ver con ellos.
—Hijikata-san...
Alguien había despertado y continuaba adormilada.
Se sobresaltó. Se apartó con prontitud, como si hubiera esquivado un golpe letal.
—¡Hijikata-san!¡L-lo siento!
Se sentía tonta. Ella diciéndole que no necesitaba descansar y no sólo terminó quedándose dormida, sino también lo hizo sobre él.
A sus deseos de desaparecer se le unieron unas mejillas sonrojadas.
—Te dije que necesitabas descansar. —Tōshirō se enderezó y la miró.
—Lamento eso. Fui descuidada.
Hijikata notó lo apenada que se sentía. Mas no era por la misma razón que él creía.
—Voy a quitarle esto —dijo a la vez que retiraba esas cebollinos de ambas muñecas—. Esto es bastante efectivo. Después de todo, ya se ve mejor.
—No creo que se deja a eso.
—¿Se debe a su juventud o terquedad?
—No soy terco.
—Reconozco a un terco cuando lo veo.
La verdad era que su pronta recuperación se debió a una mezcla de factores que involucraban los medicamentos, la revitalizante comida, el descanso y sus cuidados.
—Ya si mañana amanece sin fiebre, puede considerarse recuperado. Y por fin podrá reincorporarse al trabajo.
—Hay demasiado por archivar. No puedo esperar hasta mañana.
—Sí puede. Deje de estar de intenso.
Esa mirada intransigente iba a ser imposible de zanjar por lo que se ahorraría el desgaste.
—Empezaré mañana.
—Es justo lo que sabía que diría.
Su nuevo día comenzó en la despedida del crepúsculo. Tenía mucho por hacer y tan poco tiempo a su disposición.
La enfermedad que lo debilitó y lo redujo a un lastre era cosa del pasado. Ahora se encontraba con energías y fuerza. Se sentó frente a su escritorio y no encontró más que un par de reportes de robo pequeños. Todo su trabajo fue hecho.
—Kondō-san...
Le prometió que sacaría su trabajo y así lo hizo.
—Esto es...
Un sobre de papel y un nombre que él conocía perfectamente.
—Es cierto. Este año no he ido.
Isao llamó a la puerta antes de entrar.
—Toshi, es bueno verte recuperado. —Su preocupación y alegría por su salud eran sinceras—. Así que no has ido aún.
—Lo olvidé por todas las ocupaciones que tuvimos.
—Aprovecha este día y ve.
Iba a oponerse, pero lo reconsideró y tomó su palabra.
Dejó de lado su uniforme y vistió algo informal y cómodo porque el viaje sería un poco largo. Verificó que su automóvil estuviera en perfectas condiciones y se mentalizó para su viaje anual mientras abría la puerta del piloto.
Espada, cartera, cigarrillos y una carta. Es todo lo que requería para partir.
—¡Togoro!
Mas olvidó que había adoptado a un fiel compañero que no lo abandonaba por demasiado tiempo. El canino lo tumbó para demostrarle su amor a través de húmedas lamidas.
—Togoro, no sigas con eso. Vas a empapar a Hijikata-san.
Oyuki le quitó al Syx de encima y el policía pudo incorporarse.
—No lo encontró por ninguna parte y se puso a buscarlo —relataba para quien limpiaba su rostro con un paño—. ¿Se va de viaje?
—Podría decirse.
Se abstuvo de preguntar a dónde iba pese a que deseaba saberlo.
—Togoro, no. Bájate de ahí —pedía Oyuki.
El animal no era tonto. Él había asegurado su permanencia al lado de Hijikata, subiéndose al vehículo.
—No irás.
El policía intentó sacarlo y el Syx amenazó con usar el volante como una mordedera. Allí el único que iba a perder era Hijikata.
—Parece que le tiene mucho cariño que no quiere apartarse de usted.
Ella y ese pequeño animal tenían eso en común.
—Entiéndelo, no puedo llevarte. Asustarás a todos.
Recurriría al diálogo. Y el Syx sollozaba con tristeza.
—Hijikata-san, él quiere ir. Mírelo.
Tōshirō sabía que no se quitaría de ahí sin destruir su auto en el proceso. Tampoco quería perder más tiempo. Pero estaba consciente de que debía ser vigilado durante la travesía; y no podía hacerlo correctamente porque él es quien manejaría.
—Ey, Oyuki.
Siempre visitaba en solitario la tumba de su hermano mayor; como si fuera una traición auto impuesta. Nunca pidió la compañía de nadie porque era algo muy entrañable y privado para él.
Sin embargo, ya había pasado demasiado tiempo desde aquella despedida silenciosa. Ya no podía seguir tratando esa herida con tanto recelo.
—Claro, yo lo saco para que pueda irse de viaje tranquilamente.
—No. No se trata de eso.
—Soy un dueño responsable. Me llevaré a Togoro.
—Ya lo oíste. Deja de querer arrancar el volante.
El perro pasó al asiento trasero con notoria maestría. En ese espacio cabía a la perfección si se echaba.
—Puedes venir con nosotros si quieres.
Que saliera fuera de la ciudad para conocer un nuevo sitio podría ser gratificante para alguien que no sabía lo que había más allá de Edo. Además, tenía que compensar de algún modo el tener que soportarlo estando enfermo.
—¿Seguro?
—No te lo diría de no ser de esa manera.
—Iré por mi bolso. Regreso rápido.
Volvió, subió al vehículo y comenzó el viaje.
Guardó la compostura. No quería lucir demasiado emocionada ante su salida.
—¿A dónde iremos? —La curiosidad de Oyuki afloró.
—A un pequeño pueblo que está a unas horas de aquí.
—En los pueblos siempre hay comida deliciosa.
—No esperes mucho de ahí.
—No rompa mis ilusiones.
Encendió la radio y puso una estación de variedad. Así el viaje no sería tan silencioso y aburrido.
Togoro asomó su cabeza entre el espacio de los asientos delanteros. Era un perro curioso que quería ver el aburrido paisaje de carretera.
La Yato por su lado se había quedado dormida.
—En eso sí se parece al resto de sus hermanos.
Los cuatro sin excepción poseían la habilidad de dormirse donde quisieran a la hora que fuera. Así como eran de activos, también podían serlo de perezosos.
—Aunque ellos se movían demasiado.
Recordó aquella tarde donde movido por el cansancio terminó quedándose dormido sobre el suelo de su habitación.
Lo que lo despertó fue el peso extra de cuatro crías de Yato y un manotazo sobre su cara cortesía del mayor del grupo.
—Maldito Kyōhei.
El poblado que los recibió era muy tranquilo y simultáneamente lleno de verdor, pequeños establecimientos y gente bonachona que se llevaba bien entre ellos.
Predijo que captaría la atención por su monstruosa mascota. Y por ello no le daba importancia ni a los susurros ni a esas miradas llenas de pavor.
—Andando.
Decía para Oyuki y Togoro que se habían retrasado por comprar un paquete de fideos.
—Para usted. —Ofreció una charola con fideos fritos bañados en mayonesa—. Debe tener hambre después del largo viaje.
—Ah, gracias.
No fue tan intransigente y destinó un tiempo prudente para comer. Todos necesitaban llenar sus estómagos. Así que tomaron asiento afuera de una tienda y ordenaron.
—Pesé a todos los avances tecnológicos que tenemos, aquí se mantienen como décadas atrás. Es como si el tiempo se hubiera detenido.
—Lugares como estos siempre ayudan a desconectarse del trajineo de la ciudad.
—En eso tiene razón. —Su tercer plato de fideos fríos murió con la última porción que metió a su boca—. Ver sitios así es refrescante para mí.
—Normal. Siempre estás viajando en una nave espacial.
Hijikata se levantó para ir a pagar la cuenta. Si se hubiera quedado un poco más hubiera podido escuchar el cotilleo de las clientas que se habían limitado a mirar y murmurar.
—Es un forastero.
—Tiene que serlo. No hay hombres así de apuestos en este pueblo aburrido.
—¿Será soltero?
—Espero que sí. Aunque ya ven que no está solo. Esa chica lo acompaña.
La Yato las escuchaba, mas no les hacía saber que sus comentarios no pasaban desapercibidos por ella.
Concordaba con ellas en que el samurái era atractivo y era inevitable no regalarle una mirada furtiva. Sin embargo, malinterpretaban su relación. Aunque eso tampoco le molestó.
—Listo. Vámonos. —Tōshirō volvió.
Ese par atendieron a su pasiva orden.
—¿Sucede algo? —inquiría al verla pensativa.
—Nada de cuidado.
Por supuesto que sucedía algo. Solamente que él no se percataba. Mientras se marchaban y pasaban al lado de quienes añoraban hablar con Hijikata, ella les dedicó una dulce y altanera sonrisa.
Si él no se enteraba, no importaba que ellas sobreentendieran que eran pareja.
—Mintió. La comida aquí sí es deliciosa.
No contó cuántos escalones requirieron construir para conectar al pueblo con aquella boscosa montaña. Tampoco interesaba saber por qué motivo los terrícolas construirían algo tan adentro de la madre tierra.
Y la razón del viaje le fue entregada cuando vislumbró ese panteón.
—No demoraré.
Fue lo único que le escuchó decir antes de que se adelantara. Ella dudó en seguirlo. Pero su indecisión era más pequeña que su curiosidad y deseo de estar con él.
La tumba que estaba frente al samurái tenía un nombre claro y doloroso.
«El hermano mayor de Hijikata-san...».
¿Cómo no concibió la posibilidad de que aquella persona tan preciada para él ya no estuviera en este plano?
Lo vio colocar aquel sobre corrugado y ofrecer sus respetos.
Y aunque esas cianitas se veían tan espesas e inmutables todavía existía esa pequeña chispa de tristeza y añoranza.
—Oyuki.
—L-lo lamento.
Hijikata sabía que se disculpaba tanto por su intromisión como por su dolorosa perdida.
—No pasa nada.
—¿Quiere quedarse un poco más?
Le daría la privacidad que necesitara.
—No. —Sus visitas siempre eran breves. La ese día no sería la excepción—. Regresemos.
—Para que sea más justo puedo conducir de vuelta al cuartel.
—Espera, ¿sabes conducir?
—Hasta tengo mi licencia. —Le mostró el carnet con orgullo—. Deje que me haga cargo.
Aceptó porque manejar por tantas horas era un verdadero fastidio. Y aunque era una licencia expendida fuera de la Tierra, era válida.
Sin embargo, conoció el verdadero arrepentimiento después de subir al auto.
Sí. Sabía manejar a la perfección. Mas tenía un pequeño inconveniente: era amante de la velocidad.
—¡Oyuki, maneja más lento!
Tōshirō se abrazó a Togoro. Ambos querían seguir viviendo un día más.
—Llegaremos pronto a Edo, Hijikata-san.
Por supuesto que lo hicieron. El viaje de dos horas se convirtió en uno de treinta minutos. Y para cuando el auto hizo alto total, ese par de pasajeros descendieron.
Hijikata estaba de rodillas contra el suelo, intentando que su corazón no se le escapara por la boca.
—Toda mi vida pasó frente a mí. —Por poco y seguía la luz al final del túnel—. Ey, Oyuki, tendré que revocar tu...
Entre estar seguro a tener un mal presentimiento había una delgada franja.
—Mierda.
Reconocía esas blancas y enormes patas que estaban a un costado de su patética postura. Asimismo conocía perfectamente a la dueña de tan siniestra y sádica mascota.
—¡Kyōka!
Oyuki se arrojó a los brazos de quien esperaba pacientemente a la entrada del cuartel con tan singular compañía.
—¿Has tenido un buen viaje, hermana?
La muchacha asintió y correspondió a su fraternal abrazo. No costaba trabajo percatarse de lo unidas que continuaban siendo; mas si era fácil hallar las similitudes y diferencias físicas que dificultaban el considerar que eran mellizas.
La misma pulcra piel de porcelana. Los mismos ojos verde turquesa. Y la misma cabellera rizada. Sin embargo, el profundo azabache chocaba contra el escandaloso pelirrojo.
—Ten vigilada a esa cosa —ordenaba Tōshirō ya recompuesto—. No quiero que se coma algún edificio.
—Yoshimune siempre sabe comportarse. No se comerá ninguna construcción —aseguraba Kyōka—. Es más, ni siquiera notará su presencia.
—Por supuesto que lo haré. Mide más de cuatro metros.
—Vamos, Hijikata-san. Yoshimune es un buen chico. —Oyuki abogó por aquel conejo espacial—. Y le agrada.
—Lo tiene en alta estima.
Esas dos Yato poseían una definición muy bizarra para catalogar las muestras de afecto. Porque él no podía considerar ser atrapado entre esa poderosa mano como una muestra de cariño.
—Toshi-san, no sea tan arisco y acepte los cariños de Yoshimune.
—Y dime, hermana. ¿Qué te ha traído a la Tierra?¿Te quedarás varios días?
—Vine a visitar a nuestra tía para entregarle unos productos que le pidió a mamá.
—Deben ser las cremas especiales que le encargó a la tía Moka. Ya sabes, para mantenerse joven y hermosa por más tiempo.
—No debería preocuparse por ello —aseguraba—. El tío Okita es incapaz de ver a cualquier otra mujer dentro del Hokusei.
—Igual si se atreve a engañar a nuestra tía lo castraremos para después dárselo de comer a las bestias.
Mientras ellas charlaban tan amena y alegremente, Hijikata intentaba escapar para no seguir siendo hostigado por el Hemu al que le parecía una grandiosa idea el frotar su cara contra su mejilla.
—¡Ey!¡Díganle a esta cosa que me suelte de una buena vez!
—También vine por eso.
—¿Eso?¡Ah!¡Hablas de nuestra tradición anual! —Kyōka confirmó y ella sonrió con emoción—. Pero, ¿nuestros hermanos podrán?
—Despreocúpate. Vendrán. Después de todo, es un evento que tenemos calendarizado.
—Esperen, ¿de qué demonios están hablando ustedes dos?
Tōshirō empezó a sudar frío. Tenía un desagradable presentimiento.
—Hijikata-san, ¿ya lo olvidó?
—Estamos hablando sobre nuestro campamento especial.
No. Jamás podría olvidar ese evento anual que siempre arrojaba funestas consecuencias.
De ninguna manera permitiría que la tragedia se repitiera.
