Summary: Colección de viñetas románticas sobre parejas raras o poco explotadas, con motivo de la cercanía del día de San Valentín. Capítulo dos:"–Así que estoy aquí por lo guapo que soy – recapitula Michael, mirándola divertido. Debe de ser la chica de catorce años más directa que conoce –. Y yo que pensé que lo que te interesaba de mí era mi cerebro." Michael Corner/Romilda Vane.

Disclaimer: Ningún personaje me pertenece. Todo es propiedad de J.K. Rowling. All hail the queen.


Contando estrellas.

Una mata de cabello negro y rizado le ensombrece la visión.

–Ay por Merlín, esto es asombroso.

Michael siente un pinchazo de orgullo extenderse por su pecho.

–Sí lo es – concuerda –, ¿quieres que empecemos ya?

–Sí, espera. Voy por el pergamino.

Romilda se aparta del telescopio bruscamente y trota un poco hasta llegar a los pupitres, que es donde ha dejado su mochila. Saca un rollo de pergamino nuevo y dos botes de tinteros y vuelve presurosa hasta donde Michael la espera sentado.

– ¿Por dónde empezamos? – pregunta ella, dejando caer sus útiles al suelo y tendiéndose boca abajo cuan larga es.

–Por las constelaciones más grandes – responde Michael –. Es más fácil partir de ahí y luego buscar las otras con ciertos puntos de referencia.

La chica asiente con la cabeza y le sonríe antes de ponerse a garabatear el título de "Mapa Estelar" al inicio del pergamino. Su letra es grande, redonda y muy junta, la mar de diferente que la de él, que es pequeña y apresurada. Terry suele bromear acerca de que Michael siempre obtiene buenas notas únicamente porque los profesores son incapaces de descifrar lo que ha escrito en sus redacciones.

– ¿Has logrado identificar alguna ya? – pregunta él, observando como Romilda vuelve a colocarse detrás del telescopio.

Michael ha dejado ya enfocada la Osa Mayor y está cruzando los dedos para que ella sea capaz de encontrarla pronto.

–Pues sí, sabelotodo – replica Romilda, volviendo su vista a él y rodando los ojos –. He llevado Astronomía por cuatro cursos, tampoco soy una completa inútil.

Él levanta una ceja. Por supuesto que sabe que no es una completa inútil, pero hasta donde es capaz de recordar, más de la mitad de su curso batalló barbaridades para completar los dichosos mapas cuando estaban en cuarto curso.

– ¿Ah, no? – la pica, mientras la ve comenzar a trazar puntos y líneas sobre el papel –. ¿Entonces por qué has venido hasta mí en la biblioteca para solicitar mi ayuda?

Romilda se encoje de hombros.

–Quería pasar tiempo contigo – le informa, garabateando los nombres "Dubhe" y "Merak" en una horrible tinta rosa –. Que seas tutor de Astronomía es simplemente un punto extra.

– ¿Y por qué querrías tú pasar tiempo conmigo, Vane? – inquiere Michael, genuinamente halagado.

–Porque me parece que eres guapo – comienza ella, enumerando sus razones con sus dedos –, porque eres mayor que yo y tienes pinta de listillo. Porque me gustan tus ojos y porque... ¿esa de ahí es Phecda?

Michael reprime por un momento su enorme sonrisa de autosuficiencia en pro de la enseñanza.

–No lo sé, déjame ver – le pide, y ella se hace un poco a un lado para dejarlo mirar –. Sí, sí lo es.

– ¡Lo sabía! – exclama Romilda, triunfante.

–Así que estoy aquí por lo guapo que soy – recapitula Michael, mirándola divertido. Debe de ser la chica de catorce años más directa que conoce –. Y yo que pensé que lo que te interesaba de mí era mi cerebro.

La chica le da un codazo en las costillas.

–Por supuesto que me interesa tu cerebro. ¿Cómo si no voy a encontrar a Polaris? Nunca lo he hecho.

– ¿Polaris? – se extraña Michael, frunciendo el entrecejo –. Eso es fácil. ¿Ves a Dubhe y Merak, cierto? Sólo tienes que trazar una línea recta entre las dos, contar cinco veces la distancia que las separa y listo, verás Polaris.

Romilda deja escapar un ruido de incredulidad, pero se pone al telescopio.

– ¿Cómo sé cuando ya he cubierto toda la distancia?

– Espera – instruye Michael, dando un golpecito al telescopio con su varita –. ¿Ves la linea roja que ha aparecido? Da cuatro toques más con tu varita.

La chica hace lo que le dice y luego suelta un gritito de emoción que a Michael le parece un poco absurdo.

– ¡Esto es genial, Michael! – lo felicita, aplaudiendo –. ¡Eres un genio! ¿Lo has inventado tú? ¿El sistema para medir?

–Todo el mundo usa el sistema métrico, Vane – le recuerda él –. Pero si te refieres al hechizo que mide la distancia entre estrellas y te traza un mapa estelar completo cuando logras identificar las tres mayores, sí, lo he inventado yo.

Romilda le da un tortazo en el brazo, pero eso no disminuye ni un poco su emoción. Por primera vez en la noche, Michael se permite admirar plenamente lo bonita que es, con su abundante melena de rizos negros, su nariz recta salpicada de pecas y esos ojos oscuros de pestañas imposiblemente largas.

Sólo tiene catorce años, se recuerda.

–Entonces, aquí está Polaris – murmura ella, mientras escribe el nombre de la constelación.

Por un momento a Michael se le pasa por la cabeza decirle que la Profesora Sinistra no admitirá ni loca un mapa estelar hecho con tinta rosa chicle, pero toda advertencia queda fuera de su mente cuando Romilda lo mira directo a los ojos.

– ¿Quieres ir conmigo a Hosgmeade, Michael? La próxima visita es en San Valentín.