-¡¿QUÉ?! ¡¿Te volviste loco?! – exclamó Koga, el guardián de las montañas, mientras sostenía una escoba en la puerta de su hogar. - ¡Yo no puedo tener una niña viviendo conmigo!
-¡Por favor, Koga! ¡Te lo suplico! – gritó Neah, juntando las palmas de sus manos y poniéndole ojitos de cachorro. - ¡Te juro que he buscado en cada rincón del universo un padre apto para Susan y el único capacitado para esa tarea eres tú! – el hombre de piel morena frunció el ceño. - ¡A-Además, no viviría realmente contigo! ¡Solo la sacarías del orfanato y la dejarías en manos de la orden oscura! – al escuchar aquello, cambió su expresión.
-Mira, Neah. Para serte sincero, a mí me importa un bledo si la orden oscura gana su estúpida guerra contra los Akuma. – habló enfadado, cruzándose de brazos. - Lo que si me interesa, es saber a dónde estás encaminando a esas niñas. ¿A un futuro feliz o a una destrucción inminente?
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que sus acciones estaban teniendo graves consecuencias.
-No lo sé. – dijo con sinceridad, luego de unos segundos en silencio. - Lo que si me queda claro... es que quiero cambiar su destino. Lograr que el Conde les tenga tanto miedo y que no pueda hacer nada en su contra. – Koga se rascó por detrás de su cabeza y suspiró.
-¡Cambié de opinión! – exclamó. - ¡Sacaré a Susan Hoshino del orfanato y la entrenaré yo mismo!
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-¿A dónde habrá ido Neah? – se preguntó Megumi, sentada en una banca negra que se encontraba en uno de los largos pasillos de la orden oscura. - Ya se tardó mucho y tengo hambre...
-Hola. – de pronto, la saludó uno de los chicos a los que había visto entrenando con sus compañeros. - Hace rato, te vi con un hombre con un impecable traje blanco. ¿Eres rica o algo así? – ella negó en silencio. - Ah, ya veo. – avergonzado, sonrió y se llevó una mano por detrás de su corto cabello negro. - Me llamo Alan, mucho gusto.
-Megumi. – susurró.
-Iré a la cafetería por algunos bocadillos, ¿Te gustaría acompañarme?
-No puedo. – dijo de inmediato. - Neah me dijo que me quedara aquí y eso...
Antes de poder continuar, su estómago la traicionó, sacando un gran gruñido que la apenó profundamente e hizo reír al chico.
-Te traeré algo de comer, no me tardo. – comentó, perdiéndose de su vista.
-Creo que este lugar será muy divertido. – pensó la niña, sonriendo con un ligero rubor en sus mejillas.
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-¡¿Cómo?! – más tarde, en la pequeña casa de Neah Walker, Mana llegó para hacerle compañía; como casi todos los días, en la cocina. - ¡¿Megumi entrará en la orden oscura?!
-Cuando le comenté todo lo que podría hacer, me pidió que la llevara. – respondió, terminando de limpiar una sartén, al que se le había quedado pegado una costra de huevos fritos. - Nunca antes había visto tanto brillo en sus ojos.
-Pero... - habló con dudas. - ¿No crees que es muy pronto? Aún es pequeña.
-Así está bien. – se encogió de hombros, dejando el lavamanos para servir un par de tazas de café. - De día, entrenará como Exorcista y en las tardes, le enseñaré otras cosas como música, gramática, matemáticas...
-¡PFFF! ¡¿Tú?! ¡¿Enseñando matemáticas?! – cuestionó divertido, ganándose una mirada sombría de su hermano mayor. - Mejor yo me encargo de eso. – dijo más seriamente, fingiendo que leía el periódico que se encontraba sobre la mesa. Luego de que Neah le sirviera su taza de café, suspiró. - Debe ser genial poder educar a un niño. Tal vez debería adoptar a uno también.
-Piénsalo con calma. – le pidió, sirviéndose su café y sentándose frente a él. - Porque una vez que lo tengas a tu lado, será tu responsabilidad. – Mana sonrió.
Tomó su taza de café con las yemas de sus dedos y la levantó. Neah, al verlo, hizo lo mismo, alzándola hasta chocarla un poco con la taza de su hermano.
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Pasado 1 año y medio, todo iba de maravilla para las hermanas Hoshino y la familia Walker. Megumi formaba parte del escuadrón Yeagar, por lo que se había hecho amiga de Kikyo y Rin. Dos niñas originarias de Japón que, al igual que ella y su hermana Susan, habían perdido a sus padres muy pequeñas por culpa de un Akuma.
En aquella ocasión, tuvieron suerte de conocer al general Kevin Yeagar, quien no dudó en llevárselas a la orden oscura y educarlas como si fueran sus propias hijas, instruyéndolas en el manejo de energía espiritual. Alan, el chico de cabello negro y ojos azules, que era parte del escuadrón de la generala Klaud Nine, pasaba de vez en cuando a saludarlas, convirtiéndose con el paso de los meses en el mejor amigo de Megumi.
Susan, quien había salido del orfanato con la ayuda de Koga, un amigo guardián de Neah, se entrenaba con fuerza dentro de sus territorios. Montañas altas con paisajes hermosos que, de un segundo a otro, podían llegar a ser un fastidio por el cambio tan abrupto del clima. Aun así, era un bonito lugar para descansar y meditar. O incluso para cazar animales si así lo requerían.
Mana siguió siempre el consejo de Neah y decidió no adoptar a un niño hasta estar seguro de que podría hacerse cargo de él. Por esa razón, comenzó a trabajar en un proyecto al que no le cansaba de decir "circo oscuro". En este medio de entretenimiento callejero, buscaba asombrar a sus posibles espectadores con la hechicería avanzada que poseía. Tanto niños como adultos disfrutarían aquella maravilla.
Parecía que las cosas se quedarían así por mucho tiempo. Sin embargo, aquella mañana nublada, mientras Neah y Megumi se dirigían como de costumbre a la orden oscura... el Conde del milenio los encontró, usando una carreta fuera de control, para arrinconarlos en una pared y aplastarlos.
La niña de cabello castaño, resguardada en los brazos del hombre de corto cabello negro, estaba muy asustada y confundida. Tanto como para creer que su antiguo padre; un hombre alto de cabello rojo con rasgos ingleses, había sido el causante del accidente. Pero era imposible.
Él, al igual que su madre, había sido asesinado por un Akuma. Sus cadáveres hundidos en charcos de sangre sería algo que jamás podría olvidar. Mientras la gente en los alrededores se acercaba, ella continuaba jadeando, buscando algún tipo de abertura para salir. Entonces, escuchó a Neah quejarse, por lo que subió la mirada.
Dentro del carruaje; cuyo lado frontal había quedado destrozado por la fuerza del choque, el mayor se encontraba sentado sobre los escombros de madera. Se había colocado de espaldas para abrazarla rápidamente y protegerla.
-P-Papá... - lo llamó en un susurro, comenzando a llorar.
Un par de caminos de sangre se derramaban de su frente y sus labios. Además, tenía clavado un gran pedazo de madera en el pecho; a un lado del corazón, sobresaltando por encima de su traje gris claro.
-Papá... d-despierta... - pidió, moviéndolo de su brazo izquierdo. - p-papá...
Neah finalmente reaccionó, abriendo sus ojos que, en ese momento, dejaron de ser negros, iluminándose con el ámbar que lo delataba como miembro de la familia de Noé.
Sin embargo, a Megumi poco le importó. Ya que, para empezar, no sabía nada sobre ese tema. Lo único que la aliviaba, era ver que seguía con vida. Al menos...
-Pequeña... discúlpame... - hasta que escuchó como le decía esas palabras, sacando un brillante trozo de inocencia de sus ropas, para colocárselo a ella en el corazón.
Al instante, perdió la consciencia. Mientras la sostenía en sus brazos, con una media sonrisa en su rostro; el cual, al igual que el resto de su piel, se oscurecía, pronunció en voz baja unas palabras antiguas, creando un sello en su espalda que la convertía en su sucesora legítima. La próxima guardiana dimensional.
-¡Neah! – de pronto, escuchó a su izquierda una voz conocida.
Cross Marian, percatándose de la repentina presencia del Conde del milenio, acudió al lugar para perseguirlo, pero, en su lugar, solo se encontró con su desafortunado accidente, quedando más que sorprendido con sus condiciones, luego de haber roto más la madera del carruaje con su puño.
-Marian... - pronunció débilmente. - llévate a Megumi... - el hombre pelirrojo escarbó un poco más en los escombros para meterse más en la carreta destruida y sacar a la niña. Neah, aprovechando la cercanía, sacó algo más de sus ropas. - y... esto...
-¿Qué contiene? – cuestionó, mirando confundido el brillante cubo blanco en su mano.
-Es una misión... - respondió entre jadeos. - que se me encomendó... hace mucho tiempo... - mirando por última vez a la niña, llevó su mano a su mejilla derecha. - la dejaré en manos de Megumi... advierte a Mana... - el brillo en sus ojos ámbar estaba desapareciendo. - dile que... se esconda... y que lo siento... - su voz se debilitó más. - lo siento mucho...
El general de la orden oscura lo miró unos segundos en silencio. Llevó su mano derecha a su rostro; mientras sostenía con la izquierda a Megumi y el cubo blanco, para luego cerrar los ojos de su amigo.
Ese día, no solo había muerto un buen hermano, hechicero y padre.
También fue el origen del trayecto de la guardiana dimensional.
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-¡Maldición! – gritó Mana Walker, golpeando una pared con su puño, para luego sostenerse la cabeza con sus manos.
Un rato después del incidente, Marian lo citó en la enfermería de la orden oscura, donde acomodaron a Megumi en una cama.
-¡Sabía que ese idiota se había arriesgado al sellar al Conde!
-La carreta que lo mató no era común. – dijo el general, apoyando su espalda en una pared, mientras se encontraba cruzado de brazos. – Había una maldición en su interior. – entonces, sus ojos voltearon hacia la niña inconsciente. – Una que debía matar a un blanco especifico.
-Marian... - se giró hacia él y lo llamó con temor. - ¿Intentas decirme que el verdadero objetivo del Conde era Megumi?
-Seguramente la bruja Urasue le contó que ella sería la próxima guardiana dimensional.
-Claro... - murmuró atónito. - ahora tiene sentido por qué mostró tanto interés en salvarla, tanto a ella como a su hermana. ¡Buscaba continuar con su ciclo de reencarnación!
-Y el objeto que usó como puente, para transferirle sus poderes, fue un trozo de inocencia. – añadió con una sonrisa de lado, sorprendiéndolo aún más. - Puedes verlo, ¿Cierto? Se fusionó con su corazón. Por eso se quedó dormida. Y continuará así hasta que su cuerpo pueda soportar el cargo que ahora tendrá de aquí en adelante. - Mana vio a Megumi con tristeza. A su edad, debería estar yendo a la escuela, aprender muchas cosas y jugar con otros niños... no estar durmiendo por la irresponsabilidad de su hermano.
-¿Neah te dejó algo más? – interrogó con curiosidad.
-Si. Pero son cosas que solo pueden ser usadas por Megumi. – comentó, arrojándole algo. Al tenerlo en sus manos, Mana vio confundido el objeto. – Estará más seguro contigo. Sabes lo que es, ¿Cierto? – viendo sus palmas con pesar, asintió. Giró sobre sus talones y abrió la ventana de la enfermería, dejando pasar un poco de la lluvia que caía esa noche.
-Seguiré las instrucciones de mi hermano. – comentó, subiendo al borde de la ventana. - Cuento contigo, Marian.
Después de ver al mencionado por encima de su hombro derecho, saltó, desapareciendo en la oscuridad.
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La lluvia continuó cayendo por los próximos días, dándole un ambiente nostálgico y tenebroso al funeral de Neah Walker. Al menos, desde el punto de vista de Cross Marian, quien se había hecho cargo de todo el proceso, evitando, como siempre, los comentarios del supervisor Lee y del resto de sus compañeros.
Él había sido su gran amigo. ¡Por supuesto que, como cualquier persona, tenía el derecho de que lo enterraran bajo tierra con honor! No que lo olvidaran en una fosa común, como sucedía a menudo con los Exorcistas.
Koga, quien se había enterado del accidente de Neah, gracias a un mensaje de su líder; la guardiana del universo, no dudó en llevar a Susan a la orden oscura, para que pudiera ver a Megumi. Al encontrarla inconsciente en la cama de la enfermería, tanto él como la niña, quisieron saber qué le había sucedido.
El general Kevin Yeagar, la persona encargada de cuidarla por la ausencia de Marian, solo pudo decirle que su estado actual se debía a la repentina transferencia de los abrumadores poderes de su padre adoptivo. Incluso aprovechó el momento para ofrecerle a Susan un lugar en su escuadrón, conociendo así a las amistades de su querida hermana.
Incluyendo al niño que próximamente se convertiría en su prometido, trayéndole sufrimiento y muerte. Al menos, era lo que creía debido a las visiones que había tenido las últimas noches, donde no dejaba de aparecer un hombre con sus mismas características físicas.
Concluido el funeral, Marian arribó a la orden, entregándole a la niña pelirroja un rosario blanco. En palabras de Neah, ese objeto estaba destinado a pertenecerle.
FFFFF
Fin del capítulo.
