En búsqueda de algo
En algún momento dejó de interesarle el tiempo.
Fue, quizá, poco después de que los primeros parsecs de tortura pasaron. Al principio el miedo la había hecho aguardar con esperanza, no sabía qué... ¿Qué alguien la salvara? ¿Qué tuvieran compasión?
No lo sabía, pero había aprendido lo vigorizante que podía ser la tortura física cuando se la mantenía tan ordenada como sus captores la practicaban. Contaba los tiempos no en parsecs, era imposible en los pasillos que tenían siempre la misma iluminación, siempre el mismo material frío que recubría las paredes, los pisos y los techos. No, contaba el tiempo en el ajetreo que provocaba el que la llevaran de su celda al otro lado del pasillo, a la habitación donde el horror sucedía. Contaba el tiempo en las pocas frías y asquerosas comidas que deslizaban por la ranura debajo de su puerta, y en lo que se tardaba su cuerpo en digerirlas. Sabía que al menos medio día pasaba desde su "desayuno" hasta el traslado, porque su cuerpo evacuaba siempre sobre la mesa, la silla o en el suelo, dependiendo de la maquina o el aparato que sus captores habían elegido para ese día. Apenas consiente y sucia la llevaban a su habitación, y eran los rociadores de las paredes y los gases que liberaban lo que la mantenía medianamente alerta hasta que le traían la cena.
Nunca se podía dormir bien entre el dolor, los gases, el frío y su bata húmeda, no obstante debía hacerlo porque habían ocasiones que se levantaba para la primera comida con una prenda nueva (si la anterior estaba ya muy desgastada), una sábana delgada pero limpia en su camastro y un nuevo objeto intercambiable de su pasado.
Estos eran los peores días, los días en que Seena se sentía más violentada. Sus captores tenían completo control de todo lo que ella era, de su presente, de su pasado y de su futuro.
Cuando los golpes, quemaduras, latigazos, electroshocks y toda la combinación de cosas horribles que podían suceder en la habitación del horror demostraron no ser suficientes había comenzado lo peor, fue en ese momento en el que Seena de verdad dejó de interesarse por el pasar del tiempo. La poca sanidad que había conservado, a pesar de tener un cuerpo desgastado, se filtró entre el dolor que, hasta ese momento, se había convertido en lo peor que había tenido que soportar.
La habían llevado de nuevo casi a rastras, porque difícilmente podía ponerse de pie por sí misma, menos intentar caminar un trecho. Sin embargo esa vez pasaron la habitación del horror de largo, su mente se reavivo con la curiosidad, demasiado fatigada para comprender que lo que estaba a punto de suceder debía ser peor que lo vivido anteriormente, siempre era peor.
La nueva habitación estaba casi a oscuras, una mesa en el centro de metal frío era el único artefacto que había sido capaz de percibir. Los soldados la colocaron encima, activando los amarres que la mantendrían en su lugar: en su frente, hombros, caderas, rodillas y tobillos, con la novedad de que sujetaron sus manos con tiras de cuero, un poco salvaje comparado con el metal al que estaba acostumbrada.
Una luz rojiza iluminó los bordes de la habitación, los soldados salieron y una voz detrás de ella, en algún punto invisible para ella, le habló en un tono formal y desapegado de toda calidez humana.
—Muy bien, hoy comenzaremos un nuevo acercamiento señorita, veremos qué tanto podrá resistir antes de entregarnos lo que queremos—.
Seena no sabía lo que querían, nunca lo habían pedido directamente, siempre le exigían algo en la habitación del horror, pero ella no sabía que darles, de haberlo sabido, habría sucumbido mucho tiempo antes.
Entonces la verdadera tortura había comenzado, un siseo arremetió contra ella y le tomó un momento darse cuenta de que aquella fuerza terrible que le penetraba el cráneo estaba dentro de su mente.
Sus recuerdos, su familia, las praderas y el agua de los manantiales, el dolor de las torturas, los golpes, la primera vez que sintió vergüenza al evacuar sus intestinos después de un shock fuerte, el calor que bañaba su piel por las mañanas en el techo de su casa, el olor de su madre y de comida recién hecha. Todo se entremezclaba, se derretía, el dolor la hizo gritar, llorar, rogar, le desgarró la garganta, sentía que la presión de aquella mano invisible le sacaría los ojos, le reventaría los tímpanos, algo, pero nada. El dolor solo continuaba y continuaba, mientras los momentos más sagrados de su vida, lo más profundo de su ser era manoseado, destruido y desechado. Perdió el conocimiento antes de que el hombre encontrara lo que necesitaba, cuando despertó en su celda tres bandejas de comida le indicaron el paso del tiempo. Después podía decirse que pasaba más lapsos en la mesa, atada, muriendo sin morir realmente, que en su celda. Debían alimentarla de otro modo, limpiarla y dejarla en su camastro cada cierto tiempo, nunca lo suficiente.
Cuando podía, es decir, cuando su mente estaba lo suficientemente ordenada para poder hablar coherentemente Seena le rogaba a los soldados que no la llevaran, se resistía lo más que podía, aunque su resistencia era ridícula, casi risible.
Ahí no era nada, era un bulto que movían de habitación a habitación, un bulto que se había quedado sin habla por los gritos, un bulto que asemejaba más a un muerto. Un bulto que un día les dio exactamente lo que necesitaban.
Había pasado poco antes de desmayarse en algún punto de la nueva tortura, un recuerdo, su madre mirándola a los ojos angustiada, sujetando sus manos con las suyas tan fuerte como podía sin lastimarla, el ambiente cálido del verano a su alrededor. "Tienes que prometerme Seena, prométeme que nunca más volverás a hacerlo" Su vista se había nublado un poco al mirar a su madre, hermosa, con su cabello castaño enmarcando su rostro, sus mejillas pecosas y sonrojadas, y sus ojos verdes profundos, tan profundos que Seena se sintió hundirse en ellos como se hundía en los manantiales montaña arriba. ¿Qué debía prometer?
Y entre la bruma del recuerdo, el dolor, y algo más, algo más poderoso y profundo Seena supo exactamente qué.
El imperial se había detenido cuando lo encontró, ese recuerdo que no debía estar ahí, ese recuerdo enterrado, asegurado profundamente en su memoria, en su mente y en su ser, el recuerdo de aquel fuego que recorría a Seena de vez en cuando y que la hacía tan maravillosa comparada con los demás niños del pueblo. El mismo fuego que la alertaba de todo, que la hacía fuerte y que la ayudaba a mover las pesadas rocas de la montaña cuando las manadas atrapaban a uno de sus animales entre los riscos.
Ese fuego, sí, pero antes de que Senna pudiera hacer algo más, el dolor volvió a cruzar todo lo que ella era, y lo único que quedó de aquel momento y adelante fue el recuerdo de los ojos de su madre. Verdes, hermosos, advirtiéndole y suplicándole inútilmente cada vez que la voz del imperial volvía a sisear en su cerebro.
"No lo hagas Seena, no lo hagas"
