¡Hola, sempais! Bueno, la verdad no esperaba tener nada para hoy, jaja. Pero decidí que si igual iba a dormirme tarde por mi asqueroso trabajo, bien podría aprovechar para escribir algo para disfrutar la vida un poquito y de pronto salió más largo y ocupé más tiempo del pensado (x'D) Y me arrepiento de nada.

Después de todo, ha sido una tradición hasta cuando ya no quería que lo fuera, jaja.

En fin, tenía esta espinita de publicarle una conti a este fic desde hace casi un mes, cuando vi la historia de Kurosawa y Adachi (es demasiado noche, o temprano, para recordar tremendo nombre de drama/manga, así que lo nombro por la pareja).

Naruto le pertenece a Kishimoto, yo sólo quiero ser feliz.

Advertencias: Yaoi, AU, terrible OoC, falta de sueño y creatividad.


((~*~[[ Reprise ]]~*~))

—¿Podrías verme después de clases en los talleres?

Aquella pregunta movía la galaxia y me dibujaba constelaciones en los ojos, los cuales eran —generalmente— tan negros como una noche sin estrellas. Mi memoria repetía una y otra vez sus palabras, deseando levantarle el fino rostro para descubrir sus orbes cambiantes bajo el flequillo de mechones carmín-rosado.

—Por supuesto, Sasori —le dije, echándome el cabello tras la oreja.

Oh, ¡todavía no podía creerlo! Su voz se reproducía en mi cabeza, igual que la música de un ángel y, como siempre, me sentía encantado. Durante las siguientes horas, larguísimas y tortuosas, no dejaba de fantasear despierto: ¿Qué me diría hoy, de todos los días? ¿Se habría paseado a través de las tiendas, buscando chocolates para mí, como yo para él? ¿Me abrazaría, me besaría o esperaría que yo hiciera el primer movimiento?

Hace años que dejé de pensar en San Valentín como una fecha agradable. Sin embargo, esa mañana era algo totalmente distinto.

Mi atención continuaba escapándoseme al despeinado cabello del Akasuna, igual que si se tratara de un náufrago observando un faro en la última noche tormentosa que pasara en el océano, saboreando la civilización por primera vez, luego de años varado en una isla desierta. Era así como me sentía: un hombre que había olvidado la emoción del amor hasta que, de pronto, le regresé la mirada. Todas aquellas veces cuando imaginé que alguien podría ofrecerme algo especial, sólo para terminar defraudándome, se me olvidaron... volatizándose cual humo en el aire.

Aunque, en realidad (y humildad a un lado), nunca me faltaron chicas —e incluso muchachos— declarándoseme. En algún momento, advertí que eso no me hacía feliz.

—¿Por qué te gusto? —Les preguntaba, sonriendo mientras dibujaba una expresión tan afable como podía.

—Oh —musitaban ellos—, es que luces como un príncipe de ensueño, Uchiha-san.

—¡Creo que eres tan elegante!

—Nadie es tan bueno en los deportes como tú.

—Jamás puedo apartar mi mirada de ti cuando tocas el violín.

—Siempre respondes bien los exámenes.

Diferentes palabras, muchas voces y caras, pero siempre causaba en mí un gran desasosiego. Yo siempre me equivocaba. Mi padre no dejaba de reprenderme cuando las notas del instrumento se desafinaban, los cursos extra me tenían agotado, sólo era muy rápido, una vez me había pisado a mí mismo durante un baile. Quería estar con una persona que, a diferencia de la familia Uchiha, no me exigiera la perfección para desearme.

¿Era lo único que me permitirían ser? Me resultaba muy agotador.

Si había alguien a quien nunca imaginé perdonándome las faltas, era a Sasori. Él, obsesivo y con su corazón de artista, me juzgaba duramente. No podía ser tan diferente a su —autonombrado— alumno, quien trataba de buscarme defectos, odiándome a los cuatro vientos (de haber sido un masoquista, quizá me habría enamorado de él; pero, honestamente, aunque era un mártir de clóset, el rubio era demasiado ruidoso y buscapleitos para mí).

Oh, sí. Estaba seguro que Sasori había empezado igual a los otros: mirándome como una pintura exhibida dentro de un museo, preguntándose si tenía algún valor, decidiendo que le gustaban mi apariencia y atributos.

—Eres increíblemente atractivo —me dijo una vez, cuando estábamos sentados en la clase de Arte y él se inclinaba para verme por encima del óleo escolar (corriente y barato) donde explotaba su talento sin comparación.

Akasuna rara vez decía algo así. Su gusto, tétrico y excéntrico, solía encontrar la belleza en criaturas como arañas, escorpiones y otros animales que verías en videos de terror (sabía que le gustaban las tortugas y tenía un hurón al cual llamó Sandaime; aunque, fuera de esos dos, no muchos entendían su fascinación ni su sentido del arte).

De hecho, jamás lo había oído decirle eso a ninguna de las hermosuras que teníamos en clase, excepto a Konan.

—Gracias —dije, sin molestarme en verlo realmente. Aun si me había pillado desprevenido, esas palabras no significaban nada.

—¿Te gusta? —Preguntó él, de súbito. En esta ocasión, vaya que levanté el rostro y parpadeé, confundido.

—¿Qué cosa?

—Oír que eres atractivo.

Abrí y cerré la boca. Nunca nadie me había preguntado eso y, sólo por curiosidad, me detuve a analizarlo.

—Bueno, Akasuna-san, ¿quién no lo disfrutaría? —Rebatí, finalmente, tratando de sonar cordial.

Sasori emitió un gutural "hm" como haría un gato ronroneando y me estremecí ligeramente.

—Sé cómo se ve alguien a quien le encanta recibir esos cumplidos —observó—. Yo mismo lo hago. Tú pareces… si bien no odiarlo, tampoco encontrarlo agradable.

Torcí la boca y regresé mi atención a la pintura. A decir verdad, poseía escaso o nulo talento para dibujar. Mi Sasori era una extraña figura que trataba de imitar los angulosos pómulos del pelirrojo; sus ojos adormilados y cenicientos a la luz de la sombra, cuya tonalidad se volvía avellana al beso del sol; los adorables mechones rojizos que se disparaban de un lado a otro; la sonrisa más bien sardónica. Había fallado estrepitosamente y suspiré, dejando el pincel a un lado.

—Únicamente quisiera saber: ¿no hay otro cumplido que me puedan dar? —Musité, quedito. Sasori levantó una de sus finísimas cejas antes de sugerir:

—¿Acerca de tu inteligencia?

—No, también lo escucho mucho.

Sasori lanzó una risa musical y ladeó la cabeza, pensando.

—Tengo el presentimiento de que te tomarás a mal cualquier cumplido que te hagan —obvió, más divertido que otra cosa—. ¿Y si me haces uno?

—¿Para?

Él se encogió de hombros. Daba la impresión de que dijera: "Entretenme".

Lo observé detenidamente.

—Dame la clase de agasajo que te gustaría oír —incitó él, notándose un poco exasperado.

—Agasajo —repetí—. Nadie usa esa clase de palabras, ¿sabes? —Repliqué de forma amena, casi afectuosa. La cara del otro se iluminó—. Como rimbombante, vetusto, cachivache o mendrugo. Sólo tú.

—Chiyo-baa también —contestó, sonriendo todavía—. ¿Hablo como un abuelo? ¿Ese es tu cumplido?

—Es una observación, no tan superflua, que me gusta de ti.

La sonrisa del pelirrojo se atoró unos segundos. Por un momento, Sasori no reaccionó; sin embargo, luego de unos instantes, noté que se acercaba el dorso de la mano para ocultar su rubor. Carraspeó la garganta.

—Me parece adorable cuando estás leyendo algo y te cuesta entenderlo —dijo de súbito, como si lo hubiera estado guardando mucho tiempo (lo que, a decir verdad, me inspiró no poca ternura)—. Sé que se te hace difícil porque juegas con tu pelo nerviosamente, luego lo acomodas detrás de tu oreja y entonces comienzas a mover los labios para concentrarte más.

Imitando su reacción sin querer, yo también me sonrojé un poco y aparté la mirada.

—¿De verdad te gusta eso?

En lugar de responder, Sasori volvió su mirada al óleo.

—Deja de moverte y hablar o nunca vamos a terminar.

Reí y, por mi bienestar, decidí mermar la importancia de sus palabras.

En otra ocasión, recordé, Sasori abrió el bento preparado por su abuela y vio que se trataban de dangos. A un lado de él, mi boca se hizo agua, gesto que cualquiera habría leído o anticipado (sabiendo mi amor por esas endemoniadas bolitas dulces).

Levantó ambas cejas y, con un movimiento, me acercó su almuerzo.

—¿Por qué no te los comes? —Preguntó con voz suave, ligeramente temblorosa—. Yo no tengo demasiada hambre.

Quise rechazar la oferta, pero él insistió hasta que accedí. Sólo si me permitía intercambiarle el bento.

—Estoy seguro que no rechazarías a nadie que supiera prepararlos muy bien, ¿verdad? —Se burló y encogí los hombros.

—Los adoro —contesté tan pronto como pude.

—Bien. Le haré saber a mi abuelita. Quizá te traiga más.

Había muchos recuerdos así: detalles insignificantes que Sasori tenía hacia mí y ningún otro. Pequeñas cosas que, de alguna forma, me hicieron volver el rostro en su dirección con mayor frecuencia, preguntándome si siempre había sido tan considerado con los demás.

La respuesta corta: no. Él solía manipular las cosas a su modo cual marionetista jugando con el resto del mundo a su antojo. Pero, conmigo, era diferente… me sentía diferente.

San Valentín hizo que lo anhelara de verdad.

Esa mañana, cuando me pidió asistir detrás de los talleres, mi corazón no pudo evitar flotar hasta las nubes. ¿De verdad? ¿Recibiría un regalo de su parte? ¿Es acaso que estaba soñando? ¿Podía eso ser posible?

Mis latidos, trémulos de ilusión, golpearon mi pecho con fuerza de tambores.

¿Me probaría ese día que sentía algo por mí, como lo había sospechado, como lo había querido?

Al sonar la campana, Sasori se fue apresuradamente, ignorando a Deidara. Pensé llamarlo también; no obstante, una última chica me sujetó del brazo y, cuando la giré a ver, tuve que hacer un esfuerzo titánico para responderle a la tímida sonrisa que ella me dedicaba, pero se notaba la ausencia de ese gesto en mis ojos. Después de todo, ¡mi artista ya se había marchado y yo necesitaba alcanzarlo!

Tratando de zafarme lo más pronto posible, debí contener mis zancadas para no echar a correr hasta nuestro punto de reunión. Ahí esperé cinco, diez, quince minutos después de la hora estipulada.

¿Qué había pasado? ¿Tal vez lo entretuvo un maestro? ¡Era tan inusual que llegase tarde! «No me gusta esperar ni hacer esperar» era su lema.

Había vuelto a mirar mi celular por sexta vez, poniéndolo de regreso al instante luego de no encontrar ningún mensaje, cuando advertí la figura menuda que se acercaba arrastrando los pies.

Sasori pareció infinitamente aliviado de verme ahí y quise decirle que yo habría esperado la vida entera… lo cual, de hecho, se sentía como si —efectivamente— hubiera sido así.

—Hola —saludé, notando que me faltaba el aire mientras pensaba en la cajita de chocolates que comprara antes para él. Quería sacarla ya y dársela.

—Hum —farfulló a modo de respuesta, evitando mi mirada. Ambos nos quedamos en silencio un rato, hasta que finalmente me atreví a preguntar:

—¿Necesitabas hablar conmigo, Sasori?

Él negó primero, luego asintió rápido. No logré contenerme y arqueé una ceja.

—Verás… —musitó Akasuna—. Es que… —otra pausa. Lo observé con curiosidad, quizá demasiado intensamente, muy atento a sus palabras. Lo vi coger una bocanada de aire, encogiéndose de hombros y quitándose la mochila con (inaudita) torpeza—. Bueno, pensé…. —la abrió, sacando un paquete rojo que trataba de sostener con firmeza y fracasó rotundamente—… que te gustaría….

—¿Qué? —Pregunté, básicamente extendiendo las manos con anticipación.

Sus siguientes palabras, no obstante, rompieron mi corazón.

—Una chica me regaló una caja de dangos —alegó, suspirando—. No me gustan los dulces, pero… tú los amas, ¿verdad?

La sonrisa que naciera en mis labios, floreciendo con tanta naturalidad que rayaba en lo absurdo, se congeló mientras procesaba la explicación del más chico con mis oídos. Permanecí aturdido y luego mis manos se movieron para tomar la cajita por mera inercia.

—Ah. Eso. Claro —susurré, decepcionado como jamás me había sentido (¿quién me había hecho creer que este San Valentín valía la pena? ¿Qué divinidad se estaba riendo de mí?)—. Gracias.

Sasori asintió y, usando un tono apagado, simplemente respondió:

—Nos vemos.

Y se marchó, dejándome con el corazón entre los libros y un sabor a bilis en la boca.

¿No podíamos, al menos, regresar juntos? ¿Y si se lo preguntaba? ¿Por qué no le decía de los chocolates que tenía guardados? ¿Dónde estaba la luz celestial que las novelas te prometían, el choque de labios contra labios cuando amas tanto a una persona que dolía?

Resignado, sacudí la cabeza y metí los dangos en la mochila.

Por un minuto y más de una vez, pensé tirarlos. Sin embargo, quizá se me permitiría alimentar la fantasía de que realmente eran un obsequio de mi amado.

Volví a casa y procuré entretenerme. Puse todos los obsequios, excepto los dangos, en la cocina, donde mi mamá se asombró de la cantidad. No celebró mi popularidad, sabiendo que —al contrario de Sasuke, quien necesitaba esa aprobación— yo no lo disfrutaba. Ella se limitó a ponerlos junto con la montaña de mi hermanito, pues éste había llegado más temprano y también había recibido una cantidad descomunal.

Subí a mi cuarto y, durante un tiempo enorme, simplemente me quedé observando el regalo-no-de-parte-de-Sasori-ni-destinado-para-mí.

Luego de una hora, ya hambriento, decidí seguir engañándome a mí mismo y abrí el paquete. El interior todavía conservaba un aroma dulce que me embriagó, pero sentí un aguijonazo de culpa viendo la nota doblada sobre ellos. La hubiera desechado de no ser porque, en realidad, reconocí la caligrafía limpia y elegante de Sasori.

Abrí grandes los ojos y la tomé, abriéndola con el corazón galopando.

Si lo deseara con suficiente tesón, ¿me amarías también?

Sasori.

Emití una breve risita. "Qué palabras tan raras usas."

Mis mejillas comenzaron a arder antes de que pudiera dar cuenta de nada.

Nunca antes tan extasiado, probé uno de los dangos. ¡Qué delicia! Fue como si me derritiera por dentro.

Suspiré, maravillado.

Y enseguida tomé el teléfono para escribir.

«Me encantaron los dangos, Sasori. Gracias. PD. Estoy feliz que se te haya olvidado la nota que estaba dentro : )»

Por fin, luego de meditarlo unos momentos, añadí: «De verdad te amo. ¿Puedo ir a dejarte tu regalo?».

Esperé hasta que el teléfono volvió a sonar.

«No me hagas esperar.»

FIN


C'est tout!

No sé de dónde salieron las particularidades de ambos. La verdad, sé que no estuvo en el capítulo original, pero quería darle otras cositas para hacerlo nuevo antes de llegar a la parte que debía repetirse, jaja.

¿Saben lo mucho que me costó usar primera persona? Dios, hace siglos que no la uso, jaja. Espero no se me haya ido algo raro por ahí.

Cualquiera que haya leído esto, ¡muchas gracias! Espero leerlos en un review.